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viernes, 21 de agosto de 2026

Crooners - Hoy: Yves Montand

 Yves Montand, crooner de aquellos si los hay, canta una de las joyas de su repertorio, Las hojas muertas / Les feuilles mortes, canción de 1945 con música de Joseph Kosma y letra de Jacques Prévert. 

viernes, 21 de abril de 2023

Love songs - Hoy: Yves Montand

 

Les feuilles mortes (Las hojas muertas) es una canción francesa de 1945 con letra de Jacques Prévert y música de Joseph Kosma. La popularizó Yves Montand. La tradujo al inglés (Autumn leaves) Johnny Mercer.

Oh! je voudrais tant que tu te souviennes,

Des jours heureux où nous étions amis,
En ce temps-là, la vie était plus belle,
Et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui.
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Tu vois, je n'ai pas oublié.
Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,
Les souvenirs et les regrets aussi.
Et le vent du Nord les emporte,
Dans la nuit froide de l'oubli.
Tu vois, je n'ai pas oublié
La chanson que tu me chantais...

Oh! Querría tanto que recordaras

los días felices en los que éramos amigos.
En aquellos tiempos la vida era más bella
y el sol más ardiente que ahora.
Las hojas muertas se recogen con pala.
Ves, no lo he olvidado...
Las hojas muertas se recogen con pala,
los recuerdos y lamentos también,
y el viento del norte se los lleva
a la noche fría del olvido.
Como ves, no he olvidado
la canción que me cantabas.

C'est une chanson qui nous ressemble,

Toi qui m'aimais, et je t'aimais.
Nous vivions tous les deux ensemble,
Toi qui m'aimais, moi qui t'aimais.
Mais la vie sépare ceux qui s'aiment,
Tout doucement sans faire de bruit.
Et la mer efface sur le sable,
Les pas des amants désunis.

Es una canción que se nos parece.

Tu que me amabas y yo que te amaba
y vivíamos los dos juntos.
Tu me amabas y yo te amaba.
Pero la vida separa a los que se aman,
despacio, sin hacer ruido,
y el mar borra de la arena
las huellas de los amantes separados.

Les feuilles mortes se ramassent à la pelle,

Les souvenirs et les regrets aussi
Mais mon amour silencieux et fidèle
Sourit toujours et remercie la vie.
Je t'aimais tant, tu étais si jolie.
Comment veux-tu que je t'oublie ?
En ce temps-là, la vie était plus belle
Et le soleil plus brûlant qu'aujourd'hui.
Tu étais ma plus douce amie
Mais je n'ai que faire des regrets
Et la chanson que tu chantais,
Toujours, toujours je l'entendrai !

Las hojas muertas se recogen con pala

los recuerdos y lamentos también,
pero mi amor, silencioso y fiel,
sigue sonriendo y da gracias a la vida.
Te quería tanto, eras tan bonita
¿cómo quieres que te olvide?
En aquellos tiempos la vida era más bella
y el sol más ardiente que ahora.
Tu eras mi amiga más querida.
Pero solo me quedan lamentos.
Y la canción que solías cantar,
Siempre, siempre la escucharé!

jueves, 23 de febrero de 2017

De fotos, amores y de lo que pudo haber sido


Si Yul Brynner, Gregory Peck, Charlton Heston, Stephen Boyd o Rock Hudson hubieran aceptado participar de la película, Yves Montand no hubiera estado, esto no hubiera pasado. Otras cosas habrían pasado, pero no lo que pasó. O tal como pasó.


El título provisorio del proyecto fue Billonario, porque trataba de un multimillonario que se infiltraba en los ensayos de un musical que lo ridiculizaba. Terminó por llamarse Let’s make love (Hagamos el amor), aunque por lo que pasó Let´s fall in love (Enamorémonos)  habría sido más apropiado. Era el año 1960. (Ah, aquí se lo conoció como La adorable pecadora)


Se filmó en Los Ángeles y se les alquiló a sus estrellas dos bungalows adyacentes para que se instalaran con comodidad. Él, Yves Montand, llego acompañado de su esposa, la célebre actriz francesa Simone Signoret. Ella, Marilyn Monroe, vino con su esposo, el no menos célebre dramaturgo Arthur Miller. Los cuatro congeniaron muy bien. Los franceses sin duda deben haber hablado con el dramaturgo de la película que hicieron en 1957 sobre su famosísima obra, Les sorcières de Salem, donde él había hecho de John Proctor y ella de Elizabeth, su esposa (la pérfida Abigail le había tocado en suerte a Mylène Demongeot), deben haber discutido las razones por las cuales el resto del mundo no respetó el título en inglés de la obra, The crucible (El crisol) y prefirió el más vendedor de Las brujas de Salem. No sé de qué hablarían con Marilyn. De la fama, supongo. De las desventajas de vivir en las tapas de los diarios, en el interior de las revistas, en las bocas de los escandalosos y escandalizables.


La filmación comenzó durante los primeros días de enero. Simone fue requerida en el viejo continente. Tenía que filmar Adua e le compagne del promisorio maestro Antonio Pietrangeli, que moriría demasiado pronto y no podría erigirse como maestro a secas. La película, entrañable como solo suelen serlo las películas italianas, trataba de cuatro prostitutas que deciden poner un restaurante cuando el prostíbulo donde trabajaban cierra, cosa que no será fácil porque a algunas personas no se les perdona el pasado.


Cuando Simone llegó a Roma, un periodista le preguntó qué opinaría si Marilyn se enamoraba de su Montand, a lo que ella alegremente respondió que revelaría tener el mismo e impecable buen gusto para los hombres que ella, que no en vano se había casado con él. ¿La alertó la tonta e ineludible pregunta? ¿Vio venir lo que sucedería? ¿O se concentró por completo en el trabajo? Un director, Lumet, creo, aunque pudo haber sido otro, dijo que Simone es tan concentrada y susceptible que si se la pone en una bañera vacía y se le dice que se está ahogando, a los minutos hay que llamar a una ambulancia. Como sea, según puede comprobarse en el resultado final de Ada y sus amigas, nada pareció apartarla de su personaje.


Mientras tanto en Los Ángeles, se producía otra despedida, Arthur Miller era requerido en Nueva York y debía dejar sola a su glamorosa esposa. Se fue con la certeza de que no lo extrañaría, el film era un musical, así que a las escenas de texto, que tanta inseguridad le daban a Marilyn, había que sumar los ensayos de canto y baile, que curiosamente le daban menos temor, además esta vez habría, sin dudas, menos tardanzas en aparecer por el set, menos berrinches ante cada coma que saliera mal, ni tragos secretos detrás de la escenografía, por dos razones muy importantes, la primera, público y crítica la habían aclamado por su trabajo anterior, hasta le habían dado un Globo de Oro como mejor actriz (bueno, no era para menos, hablamos de Some like it hot / Una Eva y dos Adanes) y segundo, la película que iniciaría era dirigida nada más ni nada menos que por George Cukor, famoso por lograr que sus actrices no solo se sintieran muy cómodas sino que lograran grandes actuaciones, tan instalado estaba este concepto, que le decían el director de actrices.


¿Cómo nace el amor? ¿Cuándo? ¿En qué preciso momento? ¿Por qué? Si lo supiera me haría rico. No solo habría develado uno de los grandes misterios que persiguen al hombre desde que dejó de ser simio, sino que al precisarlo, podría transformarlo en fórmula, en receta. Enamórese en cuatro pasos. Elucubraciones al margen, Marilyn Monreo e Yves Montand se enamoraron.


Y fue amor, no solo sexo y ternura, eso que se le dice romance, eso con lo que se disimula la lujuria calenturienta que se desfoga incontenible, no, fue amor. Y hay pruebas, hay un documental de la RAI, sabrá Dios por qué existe ese metraje, ¿formará parte del material publicitario de Adua e le compagne?, sea por lo que sea, se ve pasear a Simone e Yves, acompañados por Marilyn, alrededor de una inmensa pileta de natación, según parece se trataba de una pausa que se tomaba Simone de su film para visitar a su famoso marido, y no va que atestigua que se muere de amor por otra. Se ve a Simone e Yves charlar, Marilyn está en silencio, pero el cuerpo de Yves está pendiente del cuerpo de Marilyn. Si se quiere mostrar en una clase de psicología, de sociología, cómo puede verse el amor en acción, cómo se evidencia, qué cosas le hace a las personas, deberían pasar ese metraje. Si lo ven, no lo dudan, lo aseguran, lo aseveran, lo señalan con el dedo, dicen esos dos están enamorados y no lo pueden evitar, y la tercera persona lo sabe, o porque su marido se lo ha dicho, o porque se ha dado cuenta sola, que esas cosas, si no se es celoso o paranoico,  se adivinan, se registran. Simone, que era Aries, se debe haber dicho, lo que deba pasar, pasará, y se volvió a Italia. Le gustase como no, su marido se había enamorado de la mujer más soñada del mundo, ¿por un ratito?, ¿para siempre jamás?, mejor no hacer nada, no sea cosa que por este reclamo, este dolor, este despecho, logre que la moneda caiga del otro lado, del que no me beneficia.


Simone corría con ventaja. Su matrimonio con Yves era sólido de toda solidez, no solo compartían trabajos sino ideales, eran zurdos de toda zurdez, con viaje a la Unión Soviética incluido, su pasión política no los cegaría, sin embargo, criticarían los excesos, la tortura y la muerte, pero eso vendría después, ahora, entre lo que también compartían estaba la responsabilidad de ser padres de la hija que ella le había dado a su anterior marido, el director Yves Allégret, Catherine, la llamaron y había nacido en el 46, de modo que en el 60 desandaba los recovecos de la adolescencia, algo que nunca es fácil. Claro, nada de esto le daba la seguridad de que Yves volviera con ella, pero eran fundamentos firmes que le permitían decirse que quizá lo haría, más que sí que no.


Marilyn, se sabe, era enamoradiza. Muy. Ahora sabemos qué pasó la semana que escapó de la filmación de El príncipe y la corista en 1957. Por esa historia, y por otra, sabemos también que era la reina de los afecto-carenciados. No, la reina, perdón, la suprema emperatriz. Con Tony Curtis había sido otra cosa, una travesura, de repente, como quien no quiere la cosa, le excitó hacer el amor con un hombre disfrazado de mujer. No era culpa suya, era culpa del argumento o del director Billy Wilder. Yves era otra cosa,  casi su ideal. Inteligente, culto, como Miller, pero no tan frío, tan denso, tan complejo. Como sea, por lo que fuera, se había enamorado del francés y fantaseaba con quedarse con él.


La película se interrumpió entre el 7 de marzo y el 18 de abril por una huelga del sindicato de actores. Tiempo que Yves y Marilyn aprovecharon para retozar y jugar a que estaban casados y que el lindo y alquilado bungalow era el hogar.


Terminada la huelga, todo se aceleró, debían recuperar el tiempo perdido, en el vértigo de las cosas por hacer, él no cumplió con lo que ella le había pedido, se fue. No podía decirse que era una promesa rota, porque él nunca había dicho que se quedaría. No se encogió de hombros, aunque tampoco lloró un tanque de agua, algunos hombres se le iban. El que vendría a buscarla, el gran Miller, en algún momento también había sido su amor, el matrimonio que sostenían era más una sombra que un hecho, pero en algún momento también había significado mucho, ¿por qué no defenderlo? Aunque más no sea porque había escrito el guión de la película que haría a continuación, John Huston, quien la dirigiría, decía que le había armado un personaje hermoso, estaría con una leyenda del cine como Clark Gable  y habría también alguien tan o más conflictuado que ella, Montgomery Clift. Nadie sabría que sería la última película que completaría, porque habría otra, sí, pero de la que quedarían solo unas escenas. Pero no asistamos al velorio de Marilyn, todavía, que le queda mucho por vivir. (Sería sí, la última película de Clark Gable, tan profesional hasta el final, que tendría el ataque al corazón del que ya no saldría, el día siguiente de terminada la filmación, imposible superar ese profesionalismo, un auténtico soldado del cine)


Pero no demos por terminado un rodaje que aún no empezó. Volvamos, digamos que ido Yves, Marilyn se entregó por completo a la pre-producción de The Misfits / Los inadaptados. Y de la salida de una de las pruebas de vestuario son estas fotos que salieron a la luz y que cuentan otra historia, bah, las consecuencias de la historia que se conocía, la del amor con Montand que se supo siempre, no se ocultó, no fue como la de Tony Curtis, que se suponía entre sonrisas, pero no se sabía a ciencia cierta si había o no pasado, hasta que Tony confesó, cuando ya no tenía importancia, cuando ya no desvelaba a nadie.


Estas fotos se tomaron el 8 de julio de 1960. Las tomó Frieda Hull, una fanática, una groupie, más bien, porque la seguía a todos lados, junto con otras cinco, que por eso se denominaban The Monroe Six, bueno, en fin, Frieda alega que ella en particular llegó a ser amiga de Marilyn, y que por eso puede asegurar lo que asegura, que Marilyn, como puede verse con claridad en las fotos, estaba embarazada, y no de Miller, con quien prácticamente ya no tenía sexo, sino del francés, de Yves Montand.


Frieda Hull ya no está, para jurar que es cierto lo que se dice que dijo, no, murió la pobre, el que cuenta es Tony Michaels, el que compró las fotos de entre toda la colección de recuerdos de Hull, que fue vecino, amigo y compañero de tragos de Frieda, y las compró baratas, porque no dijo que revelaban un embarazo secreto, del que supo por Frieda.


Pero volvamos al pasado, otro ratito, que tenemos que dar cuenta de un hecho muy conocido, que puede ahora reinterpretarse.


El 6 de agosto de 1960, casi un mes después de que fueran tomadas estas fotos, Marilyn, que estaba en plena filmación de The Misfits, fue internada de urgencia y se temió por su vida. De la producción adujeron agotamiento, las revistas sensacionalistas hablaron de ingesta de pastillas para dormir, tranquilizarse o bajar de peso, no faltó quien dijo sobredosis de drogas, sea lo que fuere, el cuadro clínico jamás se divulgó, y el motivo por el que fue hospitalizada se perdió en los pantanos de las suposiciones. Ahora hay que agregar también entre las causas probables, un aborto. ¿Se interrumpió naturalmente como otros que tuvo o lo provocó para dar una última oportunidad a su matrimonio con Miller?


Entre los aspectos de su leyenda figura que siempre anheló tener hijos y no pudo. También se teme a lo que se anhela. ¿Acaso al ver que el embarazo progresaba con fuerza, se asustó y se hizo un aborto clandestino que casi le cuesta la vida? De haber nacido, este hubiera sido también el primero de Yves Montand, quien como dijimos no tuvo hijos con Simone Signoret, que lo dejaría solo en esta vida por mudarse a la eternidad en 1985, después, él, buscando descendencia o no, voluntariamente digo, en 1988 tendría a Valentín con su asistente Carole Amiel. Montand moriría en 1991. Desenterrarían su cuerpo el 11 de marzo de 1998 por la demanda de una mujer, que aseguraba que su hija tenía a Montand de padre, la prueba de ADN demostraría lo contrario.


Todo muere, el tiempo todo lo sepulta, menos las historias de amor.

Gustavo Monteros

jueves, 13 de octubre de 2016

Un tal Yves Montand

En mis años tiernos, Yves Montand era una figura cercana, quizá no tanto como Paul Newman u Omar Sharif, pero casi. Supongo que la primera película que vi con él fue en televisión. Debió tratarse de una de las dos en las que hacía de galán para estrellas estadounidenses, o Let’s make love (La adorable pecadora, George Cukor, 1960) frente a Marilyn Monroe o My Geisha (Mi dulce geisha, Jack Cardiff, 1962) frente a Shirley McLaine. O quizá se trato de Goodbye, again (¿Le gusta Brahms?, Anatole Litvak, 1961)  en la que el joven Anthony Perkins se interponía en la relación que mantenía con una madura (por entonces ella tenía 46, que para los parámetros de la época eran como 100) Ingrid Bergman.


En cine debo haberlo visto por primera vez en alguna matinée de Grand Prix (John Frankenheimer, 1966) película de carreras, como su título lo indica, muy frecuentada por entonces; en ese film andaban también otro de mis favoritos de toda la vida, James Garner, la blonda Eva Marie Saint y el súper astro japonés, Toshiro Mifune.


En el 70 o en el 71 vi su película más popular por estos pagos Z (Costa Gavras, 1969) era casi de visión obligatoria. Por esa fecha lo vi en otro film, que quizá no fue tan exitoso, pero que para mí fue un hito: En un día claro se ve hasta siempre (Vincent Minnelli, 1970) un musical tan raro como bello, una historia de amor, entre un psicólogo (Montand, of course) y una paciente (Barbra Streisand) que se realizará recién en el futuro, y con canciones muy, pero muy hermosas, entre las de él, mi favorita es Melinda.


Al ratito nomás estrenaron su segunda colaboración con  Costa Gavras: La confesión (1970). Su tercera colaboración a decir verdad porque en el lejano 1965 habían hecho Los crímenes del coche cama (Compartiment tuers). Y a cada rato en los cines de cruce daban Vivir por vivir (Claude Lelouch, 1967) en la que estaba con Annie Girardot y Candice Berger, aunque yo no la vi, porque Lelouch en ese entonces no me interesaba mucho, una noche que la dio canal 13 vi la última media hora y concluí que no me había perdido mucho.


En un ciclo del Círculo de Periodistas pesqué La guerra ha terminado (Alain Resnais, 1966) en la que compartía cartel con Ingrid Thulin y Genevieve Bujold, mucho no entendí porque me faltaba contexto político para captarla por entero, y me intrigó más que me gustó, bah, por ahí no era en el Círculo de Periodistas sino en la Alianza Francesa porque estaba medio prohibida, en esa época se prohibía casi todo.


En algún ciclo también vi El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953) que me pareció muy superior a la remake con Roy Scheider que hizo William Friedkin en 1977.


A principios de los setenta fue muy popular también la que hizo con Louis de Funes, Delirios de grandeza (Gérard Oury, 1971).


En el 72 se enamoró de Romy Shneider, en la pantalla al menos, bajo batuta de Claude Sautet: César y Rosalie, la escena en la que se cambia los zapatos a pedido de ella es un inolvidable acto de amor que se me fijó en la memoria.


En el 72, vuelta al cine político de Costa-Gavras: Estado de sitio, relato cercano geográficamente porque contaba hechos ocurridos en Uruguay.


En el 74, de nuevo bajo las órdenes de Claude Sautet hizo Tres amigos, sus mujeres y los otros (Vincent, François, Paul… et les autres. (Por esos tiempos veíamos otro Sautet hasta el hartazgo: Las cosas de la vida con Michel Piccoli, Romy Schneider y Lea Massari en la que un accidente dejaba a la luz unas cuantas cosas secretas).


En el 75 se fue al sol de Caracas en El salvaje (Jean-Paul Rappeneau) para seducir con reciedumbre a la indomable Catherine Deneuve.


En el 76 lo vimos en un policial Police Python 357 (Alain Corneau) en el que también estaba Simone Signoret.


Ah, me había olvidado, pequeño olvido, mirá, en el 70 estuvo en un grandioso Jean-Pierre Melville: El círculo rojo junto a Alain Delon, Bourvil, Gian Maria Volonté, recuerdo que me impresionó sobremanera la escena de su delirium tremens, más por Melville que por él, a decir verdad, un rincón de la habitación estaba lleno y apilado de batracios y ofidios.


En el 79 aparecería en dos películas que su polvadera levantaron, primero en un Costa-Gavras que se olvidaba de la política para concentrarse en el amor: Claro de mujer, la mujer es cuestión era nada más ni nada menos que Romy Schneider, que le hacía perder el sueño y el hambre a más de uno. Y después en un thriller político apropiadamente paranoico I como Ícaro (Henri Verneuil).


En el 81 volvió con otro policial La elección de las armas (Alain Corneau) en la que compartía cartel con Catherine Deneuve y Gérard Depardieu.


En el 82 fue el padre de Isabelle Adjani Puro fuego Pura llama, otro Rappeneau. Coprotagonizaba Lauren Hutton.


En el 86 lo veríamos en el díptico de Claude Berri sobre las novelas de Marcel Pagnol: Jean de Florette y Manón del manantial junto a Gérard Depardieu, Daniel Auteuil y una despampanante Emmanuelle Béart. Para nosotros fue su canto del cisne, porque si bien filmó tres películas más: Trois places pour le 26 (un musical de 1988 de Jacques Demy armado en torno a su figura), Netchaïev est de retour (una de espías de 1991 de Jacques Deray junto al por entonces incipiente Vincent Lindon) y IP5: L'île aux pachydermes (una road movie de Jean-Jacques Beineix de 1992) no las veríamos en cine.



Aunque este recuento parezca exhaustivo, no lo es, dejé afuera unas cuantas películas o que no vi o que no termino de acordarme. Como sea, es solo un pequeño homenaje para decirle que no lo olvidé y que todavía lo extraño.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Montand


Montand

1

Siempre que puedo reincido con las clases de canto. Sólo cuando puedo, se refiere esta vez más al dinero que al tiempo, porque por su especificidad y poca demanda, las clases de canto son tan caras como una exclusiva prostituta francesa traída especialmente de París para la ocasión en vuelo chárter. Una vez, hace tiempo ya, había cobrado una plata que se me debía por una demanda, que pensé que jamás recibiría. No era una fortuna, pero algún lujo, pequeño, me podía permitir. Decidí entonces tomar clases con una renombrada profesora que sólo le daba clases a los grandes, reconocidos profesionales tanto de la lírica como del canto popular. De puro negro cabeza, no más. Para poder después chapear y decir que yo también había tomado clases con la profesora de menganito o zutanita. Le pedí a una amiga, que por entonces trabajaba en relaciones públicas, que consiguiera el teléfono y me presentara. Mi amiga, que la conocía de mentas, dijo: Mirá, Gustavo, que no sólo es cara sino que casi no toma alumnos, es probable que te ponga en una lista de espera, te exija una audición y después ni siquiera te llame. Que sea lo que Dios quiera, le contesté, vos insistí. Llamó, hizo el contacto y me llamó. Dijo que te agendaría, que por ahora es imposible, que si llega a tener un hueco te tomaría en cuenta. OK, contesté, veamos qué pasa. Algunos meses después, me llama mi amiga. La señorona ésta, la profesorcita con la que querés tomar clases llamó, dice que vayas el jueves a las 18, que te va a entrevistar, que prepares algo. Me pasó la dirección y el jueves a la hora señalada, toqué el timbre. Me dio la mano, no un beso en la mejilla y me hizo pasar. Recalamos en una biblioteca, grande como una pista de baile, en el centro un piano de cola, junto a la puerta, otro piano, vertical. Empecemos por el principio, me dijo. Se sentó al piano vertical, me hizo vocalizar y me pidió la partitura de lo que había preparado. Saqué de mi mochila la partitura. No llegué a alcanzársela porque había visto el título y me dijo: No es necesario, la conozco. Yo había elegido una vieja canción italiana que exhibía todas mis falencias y ninguna de mis virtudes (si es que las tengo). Una dama, no movió una ceja. Emití el trémolo final, para nada triunfal, y me invitó a sentarme en un sofá que estaba junto al ventanal que daba al cuidado jardín delantero. Acercó una mesa con tazas y termos y dijo: ¿Té o café? Decidí ser sincero: Café. Eso le cayó bien porque sonrió y me dijo: En realidad, para ayudar a calentar la gola, conviene más el mate, pero los alumnos lo consideran poco fino, casi todos eligen el té. Ella también se sirvió un café y sin preaviso me largó: ¿Cómo quien le gustaría cantar? De todas las respuestas posibles, sin pensarlo siquiera, sin habérmelo planteado jamás, dije, como si fuera una elección de toda la vida: Como Yves Montand. Claro, me contestó, usted es actor. Sí, musité, procurando deducir si era un insulto o un elogio. Tomó un sorbo de su café, pensó un segundo y dijo: Usted tiene una formación vocal muy embrionaria, ante cualquier otro cantante, yo le hubiera dicho que sí, que como no, pero Montand como modelo..., yo podría enseñarle todas las piruetas vocales que se le ocurrieran, pero el artificio de la simplicidad es el más difícil de enseñar y de lograr, no sé, déjeme pensarlo, deme su teléfono, cuando tome una decisión lo llamaré. Ah, agregó, esta entrevista se paga como una clase más. Me dijo una cantidad, importante y extendió la mano. Recontó los billetes que le di y puso el fajo bajo la azucarera. Lo acompaño, dijo, y en la puerta, volvió a darme la mano y con una sonrisa, que no me pareció fingida, remató: Fue un gusto. En el viaje de vuelta, pensé que lo de Montand y el artificio de la simplicidad era un cuento chino, una excusa que se le ocurrió en el momento para mandarme a cagar; que nombrara a quien nombrara, la respuesta hubiera sido la misma, un no rotundo. Mi amiga, que no en vano se dedicaba a las relaciones públicas, opinó en contrario. Mirá, Gustavo, si te hubiera mandado a cagar, no hubiera tomado tu número, habría dicho que se comunicaría conmigo para que yo te avisara, esperá, unos meses, quizá unos años, pero te va a llamar. No fueron meses ni años, fueron unas semanas.

2

El teléfono sonó a las 23:30 de un miércoles. Como todavía vivía con mis padres, todos, hasta el perro, pararon las orejas. Una llamada a deshora bien puede ser una mala noticia. Era ella que después de identificarse, dictaminó: Lo pensé mucho, estuve escuchando mucho a Montand, hay algo que le puedo enseñar, tomará unos tres meses, tendrá que venir dos veces por semana y me dijo los días y horarios. Hizo una pausa, yo saqué cuentas, las clases se comerían la plata de la demanda y parte de mis ahorros. Acepté, no en el colmo del entusiasmo, pero sí satisfecho. El día fijado para la primera clase, llovía. Llegué antes y esperé a que se hiciera la hora bajo el alero de una ferretería que estaba no exactamente en frente sino unos metros más allá de su casa. A la hora fijada, toqué el timbre. Me atendió una mucama uniformada esta vez. Me hizo pasar y me estacionó en un incómodo sillón Luis Algo, que estaba en un cuartito diminuto junto a la biblioteca. Oí que le daba clase a una famosa folklorista que no podía lograr que su color vocal fuera tan oscuro como ella quería en algunas notas. Entendía lo que decían, claro, pero el problema técnico estaba más allá de mi experiencia. La clase se demoró y tomó unos cuarenta y cinco minutos de mi horario asignado. Me hizo pasar, me tendió un vaso con agua y me dijo: Está vez el café va de salida, usted viene de La Plata, si llega antes, pasé nomás, no espere a la intemperie (evidentemente me había visto), usted es muy educadito y no se va a instalar tres días antes, y, ah, no soy una psicoanalista sino más bien una dentista que se asegura que los arreglos después no duelan, o sea que si la clase anterior se extiende, paciencia. Me hizo hacer unos ejercicios de yoga que conocía por las clases de teatro y me indicó que me recostara en la alfombra frente al sofá, ella se sentó, se descalzó, puso los pies sobre mi panza y dijo: Llene la panza de aire. Eso hice y ella empujo con los pies para que lo expulsara. Hicimos eso un rato, largo, que me pareció una eternidad. Después se sentó en la alfombra, puso mi cabeza en el regazo y con sus manos en mi pecho, me pidió que respirara. De vez en cuando presionaba sus manos con gentileza. Terminada la clase, tomamos café, me pidió que le contara la última novela que había leído, vio que mis hemisferios cerebrales estaban más o menos en orden y me habló de las columnas de aire y los resonadores. Ya había tomado lecciones antes y las columnas de aire y los resonadores no me eran nuevos, pero ella hablaba de un modo que los hacía sonar como de ciencia ficción. El mismo esquema se repitió en las siguientes ocho clases. Espiaba un poco de la clase anterior que siempre se demoraba, aunque los famosos no siempre eran los mismos. La mayoría hacía "clínica", venían con un problema concreto que tratar. Yo llegaba siempre antes de hora, pero como era muy educadito si el día estaba lindo, me dedicaba a estudiar la arquitectura del señorial barrio y tocaba el timbre a horario. Si llovía, no. Entraba y la mucama, que se llamaba Eloísa, aunque no me correspondiera de entrada, me daba café con galletitas y me guiñaba el ojo. Para cuando la clase empezaba, la bandeja había desaparecido. Mis clases consistían en técnicas de respiración. Iban de lo que me parecían variaciones de la gimnasia alemana a modos de manejar el aire, típicos de la meditación. Las clases pautadas duraban una hora, pero en realidad nunca bajaban de una hora y media o dos. Yo tenía que repetir por mi cuenta los ejercicios dos horas por día, lloviera, tronara o fuera fiesta de guardar. Yo cumplía como un soldadito. Conscripto, más que de carrera. Parecía bruja, sabía cuando en vez de practicar dos horas, había practicado media hora menos. De los tres meses pautados, había pasado uno y yo no había cantado una nota. Me propuse preguntarle si alguna vez lo haría. Tenga paciencia, me dijo, si hubiera elegido de modelo a Plácido Domingo o, no sé, a Julio Sosa, estaría cantando hasta por los codos, pero eligió a Montand, o sea la simpleza, el no adorno, el buen decir, nada de fuegos ni juegos vocales, pero si siente que no va a ningún lado con las clases, lo dejamos aquí y amigos como siempre. Suspiré y le dije que continuaría. Muy bien, dijo y agregó: Le iba a pedir que se hiciera estos estudios, y me dio una lista de exámenes otorrinolaringológicos. Cuando estuvieron listos, se los llevé y ella analizó las radiografías y los estudios con fruición y exclamó: Claro, es lógico, por acá iba en el camino incorrecto, pero por acá acertaba. Me preguntó si les podía quedar hasta que terminaran las clases. Accedí, ¿para qué los querría yo? Gracias a Dios, de salud, al menos esos órganos estaban bien. Las clases siguientes transcurrieron en idéntica tesitura. Meta respirar, respirar y respirar. De cantar nada. En las clases posteriores a la entrega de mis exámenes, me ponía las manos en las narices, en las mejillas, en la frente, en la garganta, en el pecho, en la espalda, en las caderas, en el vientre, y me hacía respirar. Una vez hasta me auscultó las rodillas mientras respiraba. Menos las partes pudendas, no le quedó centímetro de mi cuerpo sin tocar.

3

Aquel día, el de la revelación, cuando me hizo entrar a la biblioteca, me dijo que era la última clase. Cambió la rutina del café, lo tomamos al principio, me hizo relajar, fue hacia el equipo de música, preparó un disco y me dijo: No quiero que cante con él, las palabras no importan, quiero que tararee junto a él, que respire las frases con él, hágalo con los ojos cerrados y cuando le toque el codo o el hombro, hágalo con la boca cerrada. Sé que no entiende bien lo que le pido, pero confíe en mí, al principio no le saldrá, pero verá como de a poco, respira y emite al mismo tiempo que él. Puso el disco y comencé. Era Yves Montand, claro. Dijo bien, al principio no entendía qué carajo se suponía que hiciera, pero de a poco me dejé ganar por el juego y la magia comenzó. Era el disco de un recital en vivo y promediaba el tercer o cuarto tema cuando comencé a respirar al mismo tiempo que Montand, la carga de aire me duraba lo que a él, a veces más, a veces menos. Sin querer le hacía una segunda voz, pero terminé cantando con él, al unísono. Cuando el disco terminó, puso otro. No se desconcentre, no abra los ojos, siga. Canté todo el segundo disco y me pidió que repitiéramos un tema: La bicicleta. Lo repetí. Ella sacó el disco, me sentó, me besó con dulzura la frente y me dijo: No venga más, ya no tengo nada que enseñarle. Cuando le quise pagar, negó con la cabeza y dijo: No, la clase de hoy es un regalo, bueno, en realidad, yo tendría que pagársela a usted. En la puerta, no sé por qué, o sí, pero para qué insistir, se me llenaron los ojos de lágrimas. A ella, también. Tomó mi mano, la rozó con sus labios y dijo: Gracias. Giró y entró, la espalda levemente convulsionada por el llanto. Yo di vuelta la esquina y me senté en un umbral a llorar hasta que no me quedaron lágrimas.


Sigo cantando como el culo, pero me bebo el aire cuando respiro. Creo que tengo la respiración de un mamífero y la de un pez. Nunca le conté que me ganaba la vida como profesor de inglés. Lo que aprendí con ella, me sirvió y me sirve no sólo en el teatro sino en mi vida profesional docente. Ni el resfrío más acérrimo, ni la disfonía más aguda, me dejan mudo. Puedo hacerme oír en medio de tormentas y ruidos de motores. Si respiro bien y emito a conciencia puedo proyectar mi voz a dos cuadras de distancia, quizá tres si es de noche. Alumnas sensibles me han dicho: ¿Puede hablar más bajo, profesor? Pero, si estoy hablando bajo, contesto. Sí, me dicen, pero haga que su voz no me retumbe en la cabeza. Parejas me han hecho callar, no porque fuera aburrido o impertinente lo que dijera, sino para descansar los oídos. A veces hablás y parece que las paredes reverberan, me dijeron. He dado funciones con la voz rota y me han escuchado hasta los boleteros. En fin, si soy un fenómeno de circo o de parque de diversiones, se lo debo a ella.

4

Muchas veces, cuando ahorraba un poco, me preguntaba si no debía volver, si no debía plantearle un problema, pedirle una "clínica", pero me resonaba aquello de "ya no tengo nada que enseñarle". Una vez hice una "clínica" con una famosa cantante porque la puta i se me desinflaba y por sostenerla, me salía calante. Yo sabía que esta famosa cantante había estudiado con ella, me había precedido en un par de ocasiones a mis clases. Cuando me preguntó con quien había estudiado, hice la lista y la nombré. Está loca, me dijo, todo lo hace pasar por el aire. Pero yo aprendí mucho, protesté. Una cosa no tiene que ver con la otra, dijo la famosa cantante. Como ella tampoco era un ejemplo de salud mental, no le di importancia. Me enseñó a solucionar el problema de la puta i, el truco está en relajar la lengua, apoyarse en los dientes y no jugar mucho con los labios. Si practico y no la quiero sostener tres días, no me sale calante. Si la querés sostener mucho, concluyó la famosa cantante, se te va a calar, el problema no es el aire, es que ya no te da la voz, tenés aire como para un titán, pero de voz sos un alfeñique. No sonó bien, pero era verdad. Los años pasaron. Como estudiaba canto para acrecentar mis recursos de actor, a veces tomaba clases, a veces no. Regresaron algunos grandes maestros de teatro que se habían exiliado por la dictadura, así que cada vez que ahorraba, prefería tomar clases con ellos, en vez de profundizar con el canto. Hasta que dejé de estudiar. Un importante maestro extranjero que vino a presentar una obra y dio unas clases magistrales me tomó como ejemplo y me retó mal. Ahí tienen lo que deben evitar, dijo, este joven (por ese entonces lo era) ya no tiene nada que aprender, lo que tiene que hacer es hacer sus cosas, convertirse en maestro si le da el cuero y dejarse de joder, pero él, no, prefiere ser el perfecto alumno eterno. Me vio la cara de desazón, me puso la mano en el hombro y agregó: Lo que te quiero decir es que te quiero de colega, no de alumno. Más claro, echale agua. O largaba todo o me ponía a hacer mis cosas. Me dejé de joder. Para maestro no me dio el cuero, pero colega del señor ya soy. Un buen día recibo por carta (era la época en que se usaba el correo) una invitación de la profesora a un recital que hacía a pedido de sus alumnos. Así se enteran que enseñaba lo que no sabía, agregaba de puño y letra al impreso. Y detrás de la tarjeta ponía: Si podés no me falles, Montand, es importante. Me sorprendí, tenía mi teléfono, pero jamás le había dado la dirección. El misterio fue breve. Debe ser la señora que llamó hace unos días, dijo mamá, se presentó como una ex profesora tuya, que necesitaba la dirección para invitarte a no sé qué cosa y se la di. Fui. Pagaba el pato de quien abandona una carrera para dedicarse a enseñar. Cantaba a la perfección, pero se apegaba tanto a la técnica que el alma se le escapaba, no aparecía. Hasta que apareció, por un ratito, en los bises. Se despachó con un aria de las joyas del Fausto de Gounod, que nos puso la piel de gallina. Era su canto del cisne, se había jurado no cantar más en público. Emocionado, me acerqué y le di un beso. No me quedé a la recepción. Era el único no famoso. Yo ya tenía una carrera más larga de la de muchos de los que estaban ahí. Pero en las sombras, en los márgenes, el seguidor jamás me había iluminado. A la semana me llegó una tarjeta en la que sólo había escrito: Gracias.

5

El tiempo pasó (menos mal porque si deja de pasar es porque se acabó para vos) y no volví a saber de ella, directa o indirectamente. Bah, a veces en la televisión, alguien mencionaba estudiar o haber estudiado con ella. Me la choqué literalmente la primera vez que Ute Lemper vino a cantar a la Argentina. El hall del teatro está llenísimo. Yo iba al baño, lo que parecía imposible porque había que pasar por la boletería, donde una multitud pujaba por retirar entradas o invitaciones. Ella me reconoció primero, antes de que le pidiera disculpas por atropellarla, exclamó: ¡Montand! y me dio un cálido abrazo. Feliz estuve después por reencontrármela, en ese momento estaba apabullado. ¿Qué fue de tu vida? preguntó, pero no esperó respuesta, siguió con la palabra. ¡Si supieras la cantidad de veces que estuve por llamarte para que volvieras a estudiar conmigo! (Fuck, pensé, yo también) Pero no tenía sentido, lo que me faltaba enseñarte, lo podías aprender con cualquiera. En cambio lo que hicimos fue único. Enloquecí con lo que aprendí con vos y volví a todos locos con las tomas de aire, las columnas de aire que comencé a llamar columnas de luz y los secretos de los resonadores. Inventé un sistema que comencé a aplicar con resultados sorprendentes. Todo gracias a que a vos se te ocurrió decir Montand y no Domingo o cualquier otro tenor. Comenzaron a llamarme de Europa, paso 10 meses allá y dos meses acá, me casé bien, con un italiano, es tan encantador como rico, vivo en París, soy asesora vocal de la Ópera de París, alumnos argentinos casi no tengo, salvo un par de nuevas estrellas que vienen nada más que para decir que estudiaron conmigo, no te rías, pero hasta la alemana que escucharemos hoy pasó por mi sistema de la toma-de-aire-Montand, pero contame vos. Le dije cómo me ganaba la vida, que lo que había aprendido me sirvió para hablar por encima de alumnos díscolos con vozarrón de barra brava, que cantaba en mis espectáculos cuando los mismos lo ameritaban, que nunca la olvidaba. Se acercó un famoso cantante de tangos a saludarla y aproveché para despedirme. Me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído: Profesionalmente fuiste mi hombre del destino. Cuando salí del baño, hacía su entrada una superestrella de la televisión y nos asfixiaba un enjambre de camarógrafos y fotógrafos. Rescaté a la amiga con la que estaba y la llevé a la vereda, para respirar y fumar un cigarrillo. La convencí de que entráramos cuando la multitud del hall adelgazara un poco. ¿A quién saludaste?, me preguntó. A alguien del pasado, contesté y no dije más porque el cuento era largo y no sé si tenía ganas de contarlo. El espectáculo nos fascinó y cuando Ute ensayaba una pirueta vocal me divertía pensando que en algún momento había pasado por un sistema de toma de aire que habían inaugurado conmigo. Bah, más que divertirme, me llenaba de orgullo.