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jueves, 3 de noviembre de 2016

An evening with dos ladrones



"An evening with" es un formato que inventaron los yanquis en el siglo XIX para estrellas acabadas, semi-acabadas o en vías de extinción. Consiste, en el mejor de los casos, en un stand-up biográfico interrumpido por las "gracias" de la estrella en cuestión. Si cantaba, intenta una canción de su repertorio; si bailaba, ensaya unos pasos; y si actuaba, hace un par de monólogos. Y en el peor de los casos, si la estrella ya no sabe o no puede hacer nada, ni siquiera recordar un monólogo con anécdotas personales, se la somete a un reportaje público. En ambos casos, tanto en el mejor como en el peor, por las dudas la oferta parezca poca, otorgan el "beneficio" de que el público pueda hacer preguntas. En algunos casos se ofrece además un “meet and greet”, es decir, por un sobreprecio, bastante alto en verdad, se puede acceder a saludar y dialogar unos minutitos con la estrella en bambalinas o en camarines.


En líneas generales es un formato que trafica con la nostalgia del espectador y con la necesidad de la estrella. El espectador siempre siente nostalgia por las figuras que amó, y que ya no se ven tanto, o que ya no trabajan. Del lado de las estrellas, si no fueron lo suficientemente previsoras y ahorraron para el invierno, “An evening with…” es una buena manera de engrosar una alicaída cuenta bancaria, explotando la fidelidad del público. Se lo mire como se lo mire, incluso con ternura, el formato no deja de ser espurio.


Entre 1982 y 1986, Cary Grant (por entonces retiradísimo del cine, se había alejado en 1966, y no hizo televisión porque, por entonces, no tenía el prestigio que tiene ahora, sino que se la consideraba el lado B de la profesión y estaba casi al mismo nivel que los estudios Walt Disney, o sea un cementerio de actores cinematográficos) apareció en un escenario para contar su cura psicológica con LSD, detalles de sus matrimonios e intimidades de algunas estrellas. Las cintas grabadas en la gira se vendieron hace unos años en CDs y, desgrabadas,  originaron un libro.


Entre 1994 y 1999 Gregory Peck hizo una gira de “An evening with…” para beneplácito de sus fanáticos que querían saber quién había sido su coprotagonista femenina favorita, si había visto desnuda a Sophia Loren y los entretelones de Matar un ruiseñor. En 1999 se hizo un documental sobre esta gira y puede verse en Netflix, se llama A conversation with Gregory Peck.


Desde 2004, Julie Andrews, con su voz destruida en una operación para quitar un nódulo en las cuerdas vocales, despunta el vicio de presentarse en un escenario con “An evening with”,  a veces sola, a veces con su hija mayor Emma Walton Hamilton que tuvo con el híper-talentoso escenógrafo Tony Walton. En la última versión del año pasado, con la que recorrió Australia, sumó cuatro cantantes que entonaban las canciones que la habían hecho inolvidable.


Cuando se anunció que John Malkovih y Al Pacino vendrían a hacer sendas “An evening with…” no se me movió ni un pelo, pese a la gran admiración que siento por ellos. Para empezar no están acabados, lejos de ello, y bien podrían venir a hacer un espectáculo como Dios manda, ya sea un unipersonal, un show, o una obra de teatro. (Ah, Vittorio Gassman que siempre viniste a dignificar la profesión, ¡cómo te extrañamos!)


John Malkovich, al menos tuvo la decencia de obviar el reportaje público con anécdotas, y propuso la intervención a dos piezas de música contemporánea, el concierto de Alfred Schnittke para piano y orquesta y  "The Protecting Veil", de John Tavener. Las “intervino” con textos de Ernesto Sábato que sacó de Informe sobre ciegos y de Nunca más. Según la crítica que asistió a la velada, los leyó a cara de piedra, casi sin inflexiones, en un español bastante correcto. Eso sí, tuvieron que ensayar sesudas explicaciones sobre estas “intervenciones”, aunque reconocieron que se estaba más frente a un intento de obra plástica que ante un espectáculo, una especie de happening muy intelectual y aburrido. Consignaron también la decepción de los fanáticos que esperaban algo parecido a una actuación.


La evening de Al Pacino venía más polémica desde los mismos papeles. Iba a ser directamente un reportaje público conducido por Iván de Pineda. Y no menos discutible era el lugar elegido, nada más ni nada menos que el teatro Colón. No soy público del Colón, fui dos veces en mi vida, de modo que no me desgarraré las vestiduras ni romperé una lanza por la nueva violación a este elevado recinto que se supone dedicado a la música más excelsa, la danza o la ópera. Que se ocupen sus espectadores de su desacralización, a mí me basta con decir que la Ciudad de Buenos Aires tiene muchísimas salas para albergar espectáculos de texto, con el perdón de la palabra o de la expresión, porque Al Pacino solo se dedicaría a contar anécdotas. Pero, qué se le va a hacer, el oficialismo que rige la ciudad tiene la frivolidad en el ADN y siempre están más cerca del marketing y del shopping mall que de la cultura.


Al día siguiente de la primera presentación de Pacino, en el diario La Nación publicaban una nota sobre las frases más salientes de la velada. Eran de una pobreza que daban vergüenza ajena. La más feliz era la de cuando casi lo echan de El padrino 1 y su carrera casi termina a poco de empezar. Ya debería jubilarla, la conocen hasta los chicos de jardín de infantes que jamás escucharon hablar de El padrino. Uno no podía dejar de preguntarse si esto era lo mejor ¿cómo sería lo peor? Nos despejó la duda al día siguiente la prestigiosa Norma Aleandro, que confesó haberse levantado al minuto 50, perdida ya toda paciencia o esperanza. En la segunda función amagó un paso de tango, momento ideal para mirar para otro lado, al techo, por ejemplo, en Perfume de mujer tenía al menos la disculpa de representar un ciego, además el montaje ponía piedad a su falta de habilidad para la danza. Entre los presentes, estaba Georgina Barbarrosa, fanática muy decepcionada que juraba haber preferido jamás someterse a esta ignominia.


Lucila Polak, la esposa argentina de Al Pacino, salió a defender a su marido y esgrimió razones que se le vuelven en contra, como confundir el arte con la amabilidad, y respeto de espectador con el respeto de la estrella a su público.


Desde que el teatro es teatro, si se cobra una entrada y no se da nada a cambio, se dice que es un robo. Y si se cobra una entrada y se da muy poco a cambio, se dice que es una rascada, aquí sinónimo de estaba. En buen criollo, Al Pacino y John Malkovich vinieron a robar y a estafar. Como diría la divina Beatriz Bonnet: ¡Qué bochorno!  

jueves, 3 de septiembre de 2015

La Lincovsky



Traducimos la frase “larger than life”, con lógica y sentido común, como “extraordinario/a”. Pero a mí, por capricho, me gusta la literalidad de la misma: “más grande que la vida”. Cipe Lincovsky era más grande que la vida. Cuando la conocí en los tempranos setenta ya era La Linconvsky. Así con el “La” que la singularizaba y que le hacía justicia a su aura de grandeza. En teatro la vi por primera vez como la Marta de ¿Quién le teme a Virginia Wolf? de Edward Albee, Juan Carlos Gené era Jorge, su marido y Ana  María Picchio y Adrián Ghio eran la pareja joven, dirigía David Stivel. Y ahí supe de una vez y para siempre que no había personaje teatral sacralizado por el cine que un actor o actriz argentinos no pudieran igualar e incluso superar. Elizabeth Taylor estaba gloriosa en la película de ¿Who’s afraid of Virginia Wolf?, pero Lincovsky no tenía nada que temerle. (Vivien Leigh era la perfecta Blanche del Tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams, pero Graciela Duffau podía calzarse sus zapatos con la misma perfección, Gertrude Lawrence podía verter toda la frustración de la Amanda del Zoo de cristal del mencionado Williams, pero Flora Steimberg también y quizás mejor; Geraldine Page era una Alexandra del Lago de Dulce pájaro de juventud, también de Williams, nacida para el papel, aunque Eva Dongé en un escenario parecía igual de predestinada para el mismo).


Volviendo a La Lincovsky, la volví a ver el año siguiente en Casa de muñecas de Ibsen, dirigida por Sergio Renán. Por entonces ya estudiaba precozmente teatro y  la veía tanto por placer como para aprender. Sí, los jóvenes estudiantes de teatro de aquella época peregrinábamos a los teatros en los que actuaban Ernesto Biano, Inda Ledesma, Alfredo Alcón, Ana María Gallo, Osvaldo Terranova, Niní Marshall, Juan Carlos Thorry, Tincho Zavala, Osvaldo Miranda o Jorge Luz con la unción de quien disfruta de la majestuosidad de un talento y con la humildad de quien quiere aprender de tanta magnificencia.


Y sus unipersonales de aquellos tiempos: Yo quiero decir algo y De dónde soy lo que soy, que por suerte perduran editados en disco, contenían para los actores cachorros instrucciones a seguir a pie juntillas de cómo respirar y verter un texto para descubrir o llenarlo de todas las sutilezas posibles.


Después llegó la tristeza, la dictadura la obligó a desandar el camino del exilio. A veces, había treguas en la persecución y en la censura y volvía, por un rato, para deslumbrarnos otra vez. En uno de esos regresos, nos maravilló literalmente con su Filumena Marturano del inmenso Eduardo de Filippo, junto a Alberto de Mendoza. Y en otro, con su Sarah Bernhardt según obra de John Murrell. Y años más tarde, ya en democracia, nos dejaría conmovidos con su Madre Coraje de Bertold Brecht, dirigida por el georgiano Robert Sturua.


El cine registró su talento, pero por desgracia no le regaló un personaje que la volviera icónica como a Ana María Picchio (Breve Cielo, La tregua, Chechechela), Marilina Ross (La Raulito), Graciela Duffau (Momentos, La isla, Sofía), Leonor Manso (Boquitas pintadas, Las sorpresas, La hora de María y el pájaro de oro), Norma Aleandro (La historia oficial, El hijo de la novia), Graciela Borges (Crónica de una señora, La ciénaga) o Esther Goris (Eva Perón). De todos modos, protagonizó dos películas: Una mujer de Juan José Stagnaro (olvidada en las notas necrológicas) en la que la estupenda dirección actoral de Carlos Gandolfo los hizo parecer que estaban en un film de John Cassavetes y La amiga de Jeanine Meerapfel, en la que compartió cartel con Liv Ullman, con quien se llevó muy bien (al contrario de Norma Aleandro que se llevó fatal con la Ullman en Gaby y que le ganó airadas palabras de la rubia noruega nacida en Tokio). Participó también en películas inolvidables como Quebracho, La tregua, Boquitas pintadas (una de mis películas favoritas de todos los tiempos) o Caballos salvajes (sí, esa en la que Alterio grita: La puta que vale la pena estar vivo).


En tiempos de su retiro, me la crucé un par de veces, hace unos años en un recital de Ute Lemper en el Gran Rex, y el año pasado en la última función de la temporada en el Apolo de Karina K en Al final del arco iris. Actriz, al fin, se la veía mayor, pero no diezmada por una enfermedad crónica.


Y sí, como hacía que la vida fuera más grande, ahora que se ha ido, la vida, por lógica, es más pequeña, lo que resulta, claro, peor para todos nosotros. 



(en la foto con Alfredo Alcón en Boquitas pintadas de Leopoldo Torre Nilsson, 1974)

viernes, 7 de febrero de 2014

Quién es quién





Si como yo acaba de ver Agosto de John Wells y vio también la puesta argentina de 2009 dirigida por Claudio Tolcachir en el Lola Membrives y se pregunta qué actores interpretaban qué papeles y no tiene un programa a mano, no se preocupe, yo sí y le cuento.


Violet, el personaje que hace Meryl Streep, aquí se llamo Violeta y lo interpretó Norma Aleandro. Beverly, esposo de Violet, personaje que interpreta Sam Shepard, aquí se llamó Ramón y lo hizo el inolvidable Juan Manuel Tenuta. La hermana de Violet, Mattie, interpretada por Margo Martindale en el film, aquí se llamó Mati y la hizo la gran Lucrecia Capello. El esposo de Mattie, Charlie, interpretado por Chris Cooper en la peli, se llamó aquí Carlos y lo hizo Antonio Ugo. A la hija mayor de Violet y Beverly, Barbara, interpretada en el film por Julia Roberts, aquí siguió llamándose Bárbara y la hizo Mercedes Morán. El marido de Barbara, Bill, interpretado por el bueno de Ewan McGregor, fue aquí bautizado Miguel y lo hizo Horacio Roca. La hija adolescente de Barbara y Bill, Jean, interpretada en el largometraje por Abigail Breslin, aquí se llamó Jimena y lo hizo Julieta Zylberberg. El sheriff Deon Gilbeau, reducido a la mínima expresión en la película e interpretado por Will Coffey, aquí se llamó Comisario Gilbeau y lo hizo Gabo Correa. La hija del medio de Violet y Beverly, Ivy, interpretada en el film por Julianne Nicholson, aquí se llamó Eli y la hizo Andrea Pietra. La hija menor de Violet y Beverly, Karen, interpretada en el film por Juliette Lewis, aquí se llamó Carolina y la hizo Eugenia Guerty. El novio de Karen, Steve, interpretado en cine por Dermont Mulroney, se llamó aquí Marcelo y lo hizo Fabián Arenillas. El hijo de Mattie y Charlie, Little Charles, interpretado en la pantalla por Benedict Cumberbatch, aquí se llamó Carlitos chico y lo hizo Estabán Meloni. Y Johnna, interpretada en la peli por Misty Upham, aquí se llamó Blanca y la hizo Mónica Lairama.


Bah, para hacerla simple,  pongo primero el nombre original del personaje, entre paréntesis cómo se lo llamó aquí y después a los dos actores que los encarnaron.


Violet (Violeta) – Meryl Streep – Norma Aleandro
Beverly (Ramón) – Sam Shepard – Juan Manuel Tenuta
Mattie (Mati) – Margo Martindale – Lucrecia Capello
Charlie (Carlos) – Chris Cooper – Antonio Ugo
Barbara (Bárbara) – Julia Roberts – Mercedes Morán
Bill (Miguel) – Ewan McGregor – Horacio Roca
Jean (Jimena) – Abigail Breslin – Julieta Zylberberg
Sheriff Gilbeau (Comisario Gilbeau) Will Coffey – Gabo Correa
Ivy (Eli) – Julianne Nicholson – Andrea Pietra
Karen (Carolina) – Juliette Lewis – Eugenia Guerty
Steve (Marcelo) – Dermont Mulroney – Fabián Arenillas
Little Charles (Carlitos chico) – Benedict Cumberbatch – Estebán Meloni
Johnna (Blanca) – Misty Upham – Mónica Lairama

No sé de qué cosas puede quejarse Tracy Letts, el autor de Agosto, pero de elencos seguro que no.