Mostrando entradas con la etiqueta soledad silveyra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta soledad silveyra. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de julio de 2013

Nada del amor me produce envidia




Y fuimos nomás. Aunque no fuera feriado. En mis ganas de descansar vuelvo feriados puentes hasta los días sánguches. Así que di una clase, falté a la otra de la tarde  y en la de la noche, ojalá, el acto por el 9 de julio quizá me cubra el ausente. Salí temprano, por las dudas me demoraran los desvíos por el paro camionero. Pero no, a esa hora, el desinflado paro era un recuerdo perdido de otra mañana hostil. Entonces, antes, me quedó tiempo para pavear por las librerías de viejo. Tuve suerte, por siete pesos me hice de una obrita de Terence Rattigan que no leí, Adventure story y por doce, Raquel, la judía de Lion Feuchtwanger, que creo que me recomendaron, aunque así no fuera, no importa, porque Feuchtwanger es un gran autor. Por hacerme el Mel Gibson en un Starbucks me pedí un cappuccino para llevar, pero no me atendió Marisa Tomei.  Cerca de las ocho enfilé para el Maipo. En El Nacional estrenaban oficialmente Vale todo (Anything goes) de Cole Porter y curiosos, invitados, celebridades, fotógrafos y movileros se apelotaban en la entrada. Cuando llegué al Maipo, ya repartían fernet con cola, me encanta que me den fernet con cola en los teatros. Elena Tasisto de riguroso tapado de piel sintética negra se destacaba en la cola de la boletería y Linda –no-seré-feliz-pero-tengo-marido- Peretz envuelta en capita de paño se aprestaba a entrar. El Maipo es un teatro hermoso y con el friso de la Schussheim, más aún. No nos podíamos quejar, estábamos en la fila tres casi al centro. Y como suponía, nos gustó mucho, mucho.

Nada del amor me  produce envidia de Santiago Loza es todo lo que dijeron y más. Uno de los monólogos más bellos que se hayan escrito. Fluye, seduce, envuelve, engaña donde debe y termina por fascinar. Alejandro Tantanián, con la ayuda de una precisa escenografía y vestuario de Graciela Galán, hace una puesta minuciosa y deslumbrante. Se deslumbra también con la inteligencia, no sólo con el exceso de elementos. Su musicalización aumenta el placer y las luces de Omar Possemato enmarcan expresivamente la historia. Pero es Solita, con su magia, su talento, su sensibilidad la que envía la noche al rincón de las cosas imborrables. Vuelve un hito a su costurerita de barrio, que allá por los cuarenta tironean Libertad Lamarque y Eva Perón por un vestido que se hace fulgor y me callo para no arruinar sorpresas. Solita, no, la señora Soledad Silveyra (es hora que dejemos de intimar y establezcamos respetuosa distancia, que los diminutivos por cariñosos que sean empequeñecen  sin querer la grandeza) es una actriz inmensa que me desarma y me devuelve intacta una sensibilidad que ya no creo tener. Aquí, en un momento estira la mano y me roza el lomo del alma. Y ella, su personaje y yo ya no estamos solos nunca más.

Está sólo los lunes, si pueden no se la pierdan, pero no especulen con una gira, véanla ahí, en el Maipo, en ese teatrito casi de juguete el encanto es mayor y la entrada es muy accesible, nada más que cien manguitos.

jueves, 20 de junio de 2013

Todo del amor me produce envidia



Para su suerte, gloria y beneplácito, en esto, no como en tantas otras cosas, no estoy solo: amo a Soledad Silveyra. Desde siempre. Estuvo en la primera obra de teatro profesional que vi (antes había visto a actores catamarqueños de radioteatro representar la versión teatral de un radioteatro anterior): Víctor o los niños en el poder de Roger Vitrac. Dirigía Renan y aparte de Silveyra estaban Ana María Picchio, Víctor Laplace y otros actores ya retirados. Era una obra del absurdo. Ella y la Picchio hacían de nenas de una familia acomodada y en un momento se les pedía que hicieran una gracia y uno esperaba que tocaran el piano o recitaran un poema, pero no, agarraban unas maracas y arremetían con el bolero aquel de si la mujer que al amor no se asoma, etc. Una delicia. Para mi cumpleaños 14 o 15 pedí permiso para que me dejaran ir solo a Buenos Aires al teatro. Me lo concedieron y en un domingo me armé un doble programa y vi primero Sabor a miel de Shelagh Delaney con ella, la gran Elsa Berenguer, Alterio, Jorge Mayor y Hugo Arana, dirigía Renan otra vez y el programa de mano tenía un hermosísimo dibujo de Renata Schussheim. La segunda obra que vi esa noche fue la Yerma lorquiana dirigida por Víctor García con Nuria Spert, of course, pero ésa es otra historia. Como se ve, en mi historia de espectador teatral, la chica marcó dos hitos. Entre Víctor y Sabor a miel, como todo el mundo o medio país que tuviera televisor la vi en Rolando Rivas, taxista. Iba los martes a las 22 y literalmente no había nadie en las calles. Al año siguiente no pudo o no quiso estar en la segunda parte, en la que la enamorada fue Nora Cárpena, pero reaparecería en otro Migré: Pobre diabla, en la que me enamoré, como todo el mundo, nada original lo mío, de una tal China Zorrilla. (Con China llegaría a tener una relación epistolar-telefónica-de café, bueno, más bien de té, pero ésa también es otra historia). A Solita después la vi en casi todo lo que hizo, fuera teatro, cine o televisión. Para no apabullar con datos y recuerdos, citaré las dos obras que me hicieron tenerle un respeto eterno: La malasangre de Griselda Gambaro y Perdidos en Yonkers de Neil Simon. En esta última obra que dirigía la Zorrilla, había un momento en que pedía que la abrazaran y era tal la sensibilidad y desprotección que le daba a su personaje, una joven medio retrasada, que me hizo soltar el moco, lo cual en teatro es muy incómodo para los hombres, no hay tanta oscuridad como en el cine. Fue un momento glorioso y me emociona cada vez que lo recuerdo. En teatro Solita se planteó todos los desafíos que pudo y buscó ser dirigida por los directores más innovadores. Ahora, por ejemplo, viene de ser dirigida por Javier Daulte, está en una producción comercial de una obra de Woody Allen que dirige Luis Romero y estrena Nada del amor me produce envidia bajo el mando de Alejandro Tantanián. Esta obra de Santiago Loza, también cineasta, ya conoce una versión anterior muy aplaudida con María Merlino en el protagónico y dirección de Diego Lerman. Me muero de ganas de verla, va sólo los lunes en el Maipo. Transcribo a Télam: “La obra cuenta la historia de una costurera que debe decidir a quién le da su vestido, si a Libertad Lamarque o a Eva Perón”, sintetizó Silveyra entre bambalinas, a minutos del estreno. Que vaya nada más que los lunes me complica la vida porque tengo clases en la nocturna. Bueno, siempre se puede faltar. Pero son clases con adultos, se cierra el cuatrimestre y si falto, perderán la oportunidad de redondear o concretar la eximición, con un  poco de suerte, recién podré ir el lunes 8 de julio, que gracias a Dios es también feriado. Vi una escenita por ahí y sé que me va a gustar. Después les cuento. Y titulo este post como lo titulo porque me da bronca no estar enamorado. Amo, que es distinto, reconfortante, sí, pero más trabajoso y paciente. Estar enamorado es, no sé, sentir nueva la piel, cantar porque hay nubes, esas cosas. Ustedes me entienden. Ah y no se trata solamente de estar enamorado de alguien, se puede estar enamorado de un trabajo, una idea, una música, un cuadro, una mascota y un largo etcétera. Ay, es tan hermoso (¡y breve!) estar enamorado que lo extraño.