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jueves, 19 de octubre de 2017

Aprieto Pausa


con vuestro permiso me voy a tomar una pausa sabática, prometo volver renovado. Gracias y ¡hasta luego! 

Gustavo Monteros

jueves, 3 de noviembre de 2016

An evening with dos ladrones



"An evening with" es un formato que inventaron los yanquis en el siglo XIX para estrellas acabadas, semi-acabadas o en vías de extinción. Consiste, en el mejor de los casos, en un stand-up biográfico interrumpido por las "gracias" de la estrella en cuestión. Si cantaba, intenta una canción de su repertorio; si bailaba, ensaya unos pasos; y si actuaba, hace un par de monólogos. Y en el peor de los casos, si la estrella ya no sabe o no puede hacer nada, ni siquiera recordar un monólogo con anécdotas personales, se la somete a un reportaje público. En ambos casos, tanto en el mejor como en el peor, por las dudas la oferta parezca poca, otorgan el "beneficio" de que el público pueda hacer preguntas. En algunos casos se ofrece además un “meet and greet”, es decir, por un sobreprecio, bastante alto en verdad, se puede acceder a saludar y dialogar unos minutitos con la estrella en bambalinas o en camarines.


En líneas generales es un formato que trafica con la nostalgia del espectador y con la necesidad de la estrella. El espectador siempre siente nostalgia por las figuras que amó, y que ya no se ven tanto, o que ya no trabajan. Del lado de las estrellas, si no fueron lo suficientemente previsoras y ahorraron para el invierno, “An evening with…” es una buena manera de engrosar una alicaída cuenta bancaria, explotando la fidelidad del público. Se lo mire como se lo mire, incluso con ternura, el formato no deja de ser espurio.


Entre 1982 y 1986, Cary Grant (por entonces retiradísimo del cine, se había alejado en 1966, y no hizo televisión porque, por entonces, no tenía el prestigio que tiene ahora, sino que se la consideraba el lado B de la profesión y estaba casi al mismo nivel que los estudios Walt Disney, o sea un cementerio de actores cinematográficos) apareció en un escenario para contar su cura psicológica con LSD, detalles de sus matrimonios e intimidades de algunas estrellas. Las cintas grabadas en la gira se vendieron hace unos años en CDs y, desgrabadas,  originaron un libro.


Entre 1994 y 1999 Gregory Peck hizo una gira de “An evening with…” para beneplácito de sus fanáticos que querían saber quién había sido su coprotagonista femenina favorita, si había visto desnuda a Sophia Loren y los entretelones de Matar un ruiseñor. En 1999 se hizo un documental sobre esta gira y puede verse en Netflix, se llama A conversation with Gregory Peck.


Desde 2004, Julie Andrews, con su voz destruida en una operación para quitar un nódulo en las cuerdas vocales, despunta el vicio de presentarse en un escenario con “An evening with”,  a veces sola, a veces con su hija mayor Emma Walton Hamilton que tuvo con el híper-talentoso escenógrafo Tony Walton. En la última versión del año pasado, con la que recorrió Australia, sumó cuatro cantantes que entonaban las canciones que la habían hecho inolvidable.


Cuando se anunció que John Malkovih y Al Pacino vendrían a hacer sendas “An evening with…” no se me movió ni un pelo, pese a la gran admiración que siento por ellos. Para empezar no están acabados, lejos de ello, y bien podrían venir a hacer un espectáculo como Dios manda, ya sea un unipersonal, un show, o una obra de teatro. (Ah, Vittorio Gassman que siempre viniste a dignificar la profesión, ¡cómo te extrañamos!)


John Malkovich, al menos tuvo la decencia de obviar el reportaje público con anécdotas, y propuso la intervención a dos piezas de música contemporánea, el concierto de Alfred Schnittke para piano y orquesta y  "The Protecting Veil", de John Tavener. Las “intervino” con textos de Ernesto Sábato que sacó de Informe sobre ciegos y de Nunca más. Según la crítica que asistió a la velada, los leyó a cara de piedra, casi sin inflexiones, en un español bastante correcto. Eso sí, tuvieron que ensayar sesudas explicaciones sobre estas “intervenciones”, aunque reconocieron que se estaba más frente a un intento de obra plástica que ante un espectáculo, una especie de happening muy intelectual y aburrido. Consignaron también la decepción de los fanáticos que esperaban algo parecido a una actuación.


La evening de Al Pacino venía más polémica desde los mismos papeles. Iba a ser directamente un reportaje público conducido por Iván de Pineda. Y no menos discutible era el lugar elegido, nada más ni nada menos que el teatro Colón. No soy público del Colón, fui dos veces en mi vida, de modo que no me desgarraré las vestiduras ni romperé una lanza por la nueva violación a este elevado recinto que se supone dedicado a la música más excelsa, la danza o la ópera. Que se ocupen sus espectadores de su desacralización, a mí me basta con decir que la Ciudad de Buenos Aires tiene muchísimas salas para albergar espectáculos de texto, con el perdón de la palabra o de la expresión, porque Al Pacino solo se dedicaría a contar anécdotas. Pero, qué se le va a hacer, el oficialismo que rige la ciudad tiene la frivolidad en el ADN y siempre están más cerca del marketing y del shopping mall que de la cultura.


Al día siguiente de la primera presentación de Pacino, en el diario La Nación publicaban una nota sobre las frases más salientes de la velada. Eran de una pobreza que daban vergüenza ajena. La más feliz era la de cuando casi lo echan de El padrino 1 y su carrera casi termina a poco de empezar. Ya debería jubilarla, la conocen hasta los chicos de jardín de infantes que jamás escucharon hablar de El padrino. Uno no podía dejar de preguntarse si esto era lo mejor ¿cómo sería lo peor? Nos despejó la duda al día siguiente la prestigiosa Norma Aleandro, que confesó haberse levantado al minuto 50, perdida ya toda paciencia o esperanza. En la segunda función amagó un paso de tango, momento ideal para mirar para otro lado, al techo, por ejemplo, en Perfume de mujer tenía al menos la disculpa de representar un ciego, además el montaje ponía piedad a su falta de habilidad para la danza. Entre los presentes, estaba Georgina Barbarrosa, fanática muy decepcionada que juraba haber preferido jamás someterse a esta ignominia.


Lucila Polak, la esposa argentina de Al Pacino, salió a defender a su marido y esgrimió razones que se le vuelven en contra, como confundir el arte con la amabilidad, y respeto de espectador con el respeto de la estrella a su público.


Desde que el teatro es teatro, si se cobra una entrada y no se da nada a cambio, se dice que es un robo. Y si se cobra una entrada y se da muy poco a cambio, se dice que es una rascada, aquí sinónimo de estaba. En buen criollo, Al Pacino y John Malkovich vinieron a robar y a estafar. Como diría la divina Beatriz Bonnet: ¡Qué bochorno!  

miércoles, 17 de febrero de 2016

El año que vivimos en comedia



Al año 1959, el director Stanley Donen (entre otras, nada más ni nada menos que Cantando bajo la lluvia) y el actor Yul Brynner (que patentó la calva antes que Telly Savalas o Bruce Willis) lo pasaron juntos. Trabajando, digo, no sea cosa que se pongan a pensar mal, o bien, bah. Hicieron dos comedias que no figurarán entre las obras maestras del género, pero que tampoco avergonzarían ningún currículum y que los que peinamos canas y veíamos la televisión de 5 canales aprendimos a apreciar, ya que las daban seguido y las calles de la dictadura no eran precisamente amistosas. Y que por esas cosas de la vida, después con el VHS y el cable, se volvieron esquivas y solo persistían en nuestra memoria.


Y se va la primera. Once more, with feeling!, rebautizada para estos pagos como Volverás a mí u Otra vez con amor. Se basa en una obra de teatro de Harry Kurnitz que fue un éxito en Broadway. Yul es Víctor Fabian, un director de orquesta, temperamental y egocéntrico como pocos. Al igual que Calamardo, las paredes de su casa están repletas de retratos suyos. Su esposa, Dolly (Kay Kendall) es el reverso de su moneda, una ex arpista que lo ayuda seduciendo patrocinadores para su orquesta y reparando los egos heridos por los arrebatos físicos y psíquicos de su marido. Entre ambos, para equilibrar o desequilibrar situaciones, el representante de Víctor, Maxwell (Gregory Ratoff), un hombre que habla inglés con fuerte acento ruso y que profiere juramentos muy divertidos, como que si lo que dice no sea verdad que tenga que aguantar toda una ópera de Wagner sin levantarse de su butaca ni dormirse. Un día mientras Dolly va a una fiesta con patrocinadores a los que debe encantar para que continúen con la subscripción, Víctor debe entrevistar a una niña prodigio de 12 años, que por un error de tipeo no tiene 12 sino 21 y que como es muy sexy, la audición es más bien carnal que musical. Pero hete aquí que Dolly los descubre y se va. A los 6 meses, Víctor debe recuperarla sí o sí, porque sin ella se acaba el patrocinio y adiós orquesta. Pero ella que se fue a dar clases a una universidad inglesa (que no está muy lejos, porque la acción principal transcurre en Londres) se lió con un  colega, el Dr. Richard Hilliard (Geoffrey Toone) y como no está casada con Víctor aunque así se lo hizo creer a Richard, primero tendrá que casarse con Víctor para después separarse. Algo bastante difícil porque por más promesas, juramentos y declaraciones de odio que se hagan, Víctor y Dolly todavía se aman y lo que no es poco, se desean.


La película más que disimular su origen teatral, lo subraya. Los personajes, ya muy histriónicos de por sí, hablan a los gritos y se mueven ampulosamente. Los fragmentos musicales de compositores como Wagner, Beethoven, Strauss, Rimsky-Korsakov, Chopin, Litszt, o Tchaikosvky ofician de deliciosos hiatos a tanta voz en cuello. Hay un gag final con la famosísima marcha de John Philip Sousa, The stars and stripes forever. Ah, el peor lugar que se le ocurre a Maxwell (Gregory Ratoff) para que Víctor se haga cargo de una orquesta, el equivalente a una Siberia estadounidense, es Fargo, Dakota del Norte, sitio que los hermanos Coen mitificarían en 1996 y que después a partir de 2014, Noah Hawley revisitaría para gloria de la televisión en hasta la fecha dos fabulosas temporadas de la serie homónima.


Once more, with feeling! se filmó entre el 3 de abril y el 30 de junio de 1959 en los estudios de Bolougne, Paris, y se estrenó en febrero de 1960. Fue el último trabajo de Kay Kendall, que moriría de leucemia a sus 33 años, el 6 de septiembre de ese año, 1959. Comediante deliciosa que estaba casada con Rex Harrison y que los matiné-Eros de entonces recordamos por sus dos trabajos previos a éste: La rebelde debutante (Vincente Minnelli, 1958) junto a Rex Harrison, Sandra Dee, John Saxon y la híper-fabulosa Angela Lansbury y Les girls (George Cukor, 1957) junto al sumun de lo maravilloso Gene Kelly, Mitzi Gaynor y Taina Elg más canciones de Cole Porter. Curiosamente Gregory Ratoff, el actor que hace de representante también moriría de leucemia, en su caso a los 63 años, el 14 de diciembre de 1960. Y la curiosidad del tercero en discordia en la comedia, Geoffrey Toone, descripto como un auténtico ídolo de matinée por sus rasgos parejos, como esculpidos, fue que vivió durante más de 40 años en pareja con otro actor, Frank Middlemass, recuérdese que en el siglo pasado esas cosas no eran muy bien vistas y se tenían que mantener en absoluto secreto. Toone murió a los 94 años, el 1 de junio de 2005. Su pareja, Middlemass, murió a los 87 años, casi un año después, el 8 de septiembre de 2006. Cuando los miembros de una pareja mueren con poco tiempo de separación, al romántico que hay en mí le gusta creer que el segundo muere de tristeza. Sin comentarios…


Y se va la segunda. Surprise package. Rebautizada para estos pagos como Una rubia para un gánster o Paquete sorpresa. Yul, esta vez, hace de Nico March, un gánster de origen griego que es deportado por el FBI a su Grecia natal, a la isla de Lindos, para ser más precisos. Antes liquida todos sus “negocios” por los que junta más de un millón de dólares (por ese tiempo una cantidad enorme). El dinero irá a parar a una valija que se constituirá en el “paquete” que Nico espera con ansia (al igual que el jefe de policía de la isla (Eric Pohlman), un espía húngaro vocacional, Tibor (Guy Deghy) y un maleante de poca monta, Klimatis (Warren Mitchell). Claro, el paquete no llegará, se lo quedarán los ex hombres de confianza de Nico, en su lugar vendrá Gabby Rogers (Mitzi Gaynor) su rubia amante. A Nico no le quedará más remedio que idear un plan (no para comprarle como estaba en tratativas) sino para robarle la corona al rey Pavel de Anatolia (Noël Coward) depuesto monarca que pasa su exilio en la isla y que quería venderla para financiar sus demandantes gastos o sea el mantenimiento de tres chicas ex campesinas que en menos de dos semanas pasaron de ordeñar cabras a exigir Cartier, Christian Dior, Chanel.


El guión vuelve a ser de Harry Kurnitz, aunque esta vez no se basa en material propio sino en un libro de Art Buchwald. Esta comedia es más cinematográfica que la anterior, aunque no es en colores como aquella sino en hermoso blanco y negro. Yul Brynner arranca en un tono alto, como si estuviera todavía encarnando al  director de orquesta, Víctor Fabian, después, por suerte, cuando ya está en la isla, ya sea por la naturaleza, Noël Coward, que aparte de ser el rey Pavel, era el rey de la relajación actoral, o por el delicioso aplomo de Mitzi Gaynor, se calma y se pone maravillosamente sutil. Cerca del final, Coward y Gaynor hacen una hermosa canción de Sammy Cahn y Jimmy Van Heusen, que se llama igual que la película, claro.


Surprise Package se filmó entre el 19 de octubre y el 23 de diciembre de 1959 en los estudios Shepperton de Londres y en la isla de Lindos, y se estrenó en octubre de 1960.


Ambas películas tienen títulos de apertura diseñados por el genial Maurice Binder. Y ninguna de las dos tuvo éxito en la taquilla. Pero como Dios premia a los que hacen comedia, más fama, más dinero y más laureles los esperaban a Yul y a Stanley a la vuelta de la esquina. En 1960 Yul sería uno de Los siete magníficos, inolvidable versión en western de Los siete samuráis de Kurosawa. Y Stanley tendría dos colaboraciones con el que-está-más-allá-de-todos-los-adjetivos Cary Grant, primero La mujer que quiso pecar (The grass is greener, 1960) y después, maravilla de maravillas,  Charada (1963).


Stanley Donen (con quien comparto el mismo día de nacimiento; día y mes, no año, claro) y Mitzi Gaynor (con quien no comparto nada, aunque quisiera ser así de encantador o simpático), y ojalá por mucho tiempo más y bien, están todavía entre nosotros. Como dije, hay que hacer comedia, no sé si se vive más, pero mejor, seguro.


Gustavo Monteros



De yapa, un número de Les girls, con Mitzi Gaynor y coreografía de Gene Kelly, nótese el salto de Gene Kelly a la barra, ¡guau! 

viernes, 3 de julio de 2015

Caroceros



Audrey Hepburn irrumpió meteóricamente en el firmamento hollywoodense. Le bastó una sola película para imponer su innegable star quality y ganarse el amor eterno de espectadores, productores y directores. El film en cuestión fue La princesa que quería vivir (Roman holiday, William Wyler, 1953) y sin querer inauguró uno de  los rasgos distintivos de su carrera: la significativa diferencia de edad que tendría con sus coprotagonistas.


Audrey había nacido en 1929, el magnético Gregory Peck, su galán en ese film consagratorio, en 1916, de modo que le llevaba 13 años, o sea que en aquel inolvidable verano romano, ella tenía 24 y él 37. En su siguiente película rutilante: Sabrina (1954) del genial Billy Wilder, tuvo dos galanes William Holden que había nacido en 1918 y que le llevaba 11 años y el irrepetible (y me pongo de pie) Humphrey Bogart, que había nacido en 1899 y le llevaba 30 años. Ya no es un spoiler decir que se quedaba con Bogart. Hollywood la consideraba consorte de reyes y la apareaba con sus mejores leones en invierno. O sea no veía impedimento físico ni moral en transformarlos en “caroceros”, término usado en el lunfardo para describir a los hombres que gustan de mujeres mucho más jóvenes que ellos.


(Por piedad nos saltearemos La guerra y la paz, 1956, de King Vidor, a la que consideramos un bodrio aburridísimo e irremontable).


En 1957 disputaron su amor, primero: Gary Cooper (que había nacido en 1901 y que le llevaba 28 años) en Amor en la tarde, delicia (si las hay) de Billy Wilder, y después: Fred Astaire (que había nacido en 1899 y que como Bogart le llevaba 30 años) en Funny Face o La Cenicienta en París, delicia (si las hay) de Stanley Donen.


En 1959, respecto a estas cosas de la edad fue una rareza, la película es una extravagancia selvática que dirigió su por entonces marido, Mel Ferrer, y ella era una especie de ave del paraíso. Se llamó Green mansions o La flor que no murió y su coprotagonista, el recordado Anthony Perkins, era tres años menor que ella, había nacido en 1932.


En 1959, dirigida por Fred Zinneman, fue una monja misionera que tenía una crisis de fe y dejaba los hábitos en Historia de una monja, su coprotagonista Peter Finch, que había nacido en 1916 y que le llevaba como Gregory Peck 13 años, no cuenta como galán, porque estrictamente no lo era en el contexto de la película.


En 1960, bajo las órdenes de John Huston, en Lo que no se perdona, lidiaría con el amor más o menos incestuoso de su no del todo hermano Burt Lancaster, que había nacido en 1913 y que le llevaba 16 años.


En 1961 haría otra de sus películas icónicas Breakfast at Tiffany’s o Muñequita de lujo de Blake Edwards. Otra rareza, su coprotagonista, George Peppard era un año más joven que ella, había nacido en 1928. También en 1961, en su segunda colaboración con William Wyler, The children’s hour o La mentira infame, pelearon por su amor, la inconmensurable Shirley MacLaine, que había nacido en 1934 y que por lo tanto era 5 años menor, y el maravilloso James Garner, que había nacido en 1928 y que, caballero hasta en eso,  era un año mayor.


En 1963 haría historia, dirigida otra vez por Stanley Donen, junto al más-allá-de-todo-adjetivo-ditirámbico Cary Grant, que había nacido en 1904 y que por lo tanto le llevaba 25 años. Charada se llamó ese regalo de los dioses.


En 1964 volvería a París dirigida por Richard Quine junto al siempre seductor William Holden en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico (sí, la postmodernidad no inventó los metalenguajes) llamado París, tú y yo.


También de 1964 es ese monumento al musical llamado My fair lady que dirigió un señor muy talentoso, bautizado George Cukor. Su coprotagonista era el impar Rex Harrison, que había nacido en 1908 y que por lo tanto le llevaba 21 años. Es historia archiconocida, en esta película se quedó con el papel que Julie Andrews había hecho en teatro y que todos (menos Jack Warner)  esperaban que lo reprisara en la pantalla, después de todo, menos ella, el elenco entero que había estrenado el musical en Broadway repetía sus papeles. Julie, que había nacido en 1935, y que era por lo tanto 6 años menor que Audrey, en edad y en voz (Audrey fue doblada) se acercaba más al personaje.


En 1966 colaboró por tercera vez con William Wyler en Cómo robar un millón de dólares, su coprotagonista, el siempre distinguido Peter O’Toole, había nacido en 1932 y era tres años menor que ella. Cosa que a nadie le importaba porque la película es sencillamente deliciosa.


En 1967 volvería a trabajar con Stanley Donen en Two for the road o Un camino para dos, su coprotagonista, el talentoso Albert Finney, había nacido en 1936 y era, por lo tanto, 7 años más joven que ella. También en 1967 sería una cieguita que la pasa mal, muy mal en Espera a la oscuridad de Terence Young. Sus compañeros, para nada sus galanes, son Richard Crenna, que había nacido en 1926 y que, por lo tanto, era 3 años más viejo, y el muy talentoso Alan Arkin, que había nacido en 1934 y que era 5 años menor que ella.


Y se retiró del cine. Hasta 1976. Volvió de la mano de Richard Lester en Robin y Marian, su coprotagonista es Sean Connery, que como nació en 1930, es un año menor. Quizá nunca debió retirarse del cine, siempre había sido una chica de suerte respecto de los proyectos en los que participó. Si con buena voluntad exceptuamos Robin y Marian, las películas que le siguieron a su reentrada a escena fueron irrevocablemente malas.


En 1979 dirigida otra vez por Terence Young haría Lazos de sangre, basada en el best seller de Sidney Sheldon. Si mal no recuerdo, su interés romántico era Ben Gazzara, así que habría que considerarlo entre sus galanes. Gazzara había nacido en 1930, y como Connery, era un año menor que ella. En 1981 participó en otro de los intentos fallidos del desparejo pero siempre interesante  Peter Bogdanovich, They all laughed o Nuestros amores tramposos, emparejada otra vez con Ben Gazzara. En 1987 participó del telefilm de Roger Young, Amor entre ladrones junto a Robert Wagner, que, como había nacido en 1930, también era un año menor.


En 1989 Steven Spielberg la llamó (¿quién le dice que no a Spielberg?) para Siempre, error imperdonable que todos le perdonamos. Spielberg había perdido la cabeza (literalmente) por Holly Hunter, tanto la había perdido que con el amor se le fue hasta el discernimiento y pergeñó tremendo bodrio. Pero ¿quién puede culpar a un hombre enamorado que quiere celebrar a su amada? No quiero ser lengua viperina, pero no habla bien de Holly que el hombre se desenamorara y recuperara su talento. Como sea fue el canto del cisne de Audrey. Una despedida preanunciada, nadie se interesaba por su amor. Era una especie de ángel. Quizá lo que siempre fue.

viernes, 13 de marzo de 2015

Ser Grant como Cary

Cuando sea viejo (o sea ya) me gustaría lucir así. (Lástima que para eso, antes tendría que haber lucido asi:)
Y... no es fácil ser Grant...

jueves, 9 de enero de 2014

El tango de la guardia vieja




Arturo Pérez-Reverte es un novelista generoso. (Generoso porque está más interesado en contar historias que en mirarse el ombligo). Y soy su lector más o menos fiel (leí con gran placer El húsar, El maestro de esgrima, El club Dumas, La piel del tambor, La carta esférica, La reina del sur, La sombra del águila, Un asunto de honor, Territorio Comanche y toda la saga del capitán Alatriste; leí con menos gusto El pintor de batallas y El asedio; me debo Cabo Trafalgar (demasiados barcos) y Un día de cólera (no sé, El asedio me dejó agotado). Soy muy infiel con su trabajo de no-ficción (perdón Arturo, creo que me interesa más el novelista que el hombre detrás del novelista).


Pérez-Reverte es uno de los pocos grandes autores en honrar el novelón, el folletín, el page-turner (el libro imposible de abandonar, del que siempre queremos leer una página más). No en vano ¿sus modelos?, ¿sus influencias? son Dumas, las historietas, las películas.



El tango de la guardia vieja es un libro ideal para este caluroso y sofocante verano porque a la segunda página ya no recordamos que hace calor. Hay tres nudos argumentales. El primero transcurre en 1928 en un transatlántico primero y en la ciudad de Buenos Aires (con sus grandes hoteles, pensiones piojosas y tugurios tangueros) después y hace pie en el desafío entre dos músicos. El segundo transcurre en Niza durante la Guerra Civil Española, el fascismo italiano y el ascenso del nazismo y se centra en un asunto de espías. El tercero transcurre en Sorrento en los años sesenta y se enrosca en una partida de ajedrez, sus circunstancias y sus consecuencias. A estos nudos argumentales los atan y desatan un ladrón elegante que es a veces también un gigoló algo pacato y una femme no tan fatale, por suerte, aunque igual de peligrosa.



La novela está muy bien escrita, los diálogos son diamantinos de tan pulidos y brillantes, los personajes guardan secretos hasta el final y se lee con pasión.
 

La tapa reproduce una foto de Grace Kelly en los tiempos de Para atrapar a un ladrón de Alfred Hitchcock, la cual coprotagonizó con Cary Grant. Detalle no menor, porque el protagonista es tanto un Cary Grant, un Noël Coward, un Michael Caine, o sea un orillero ambicioso que a fuerza de tesón llega a personificar mejor la elegancia que cualquier noble ruso de amplia prosapia, y ella es tanto una Grace Kelly, una Naomi Watts o una Nicole Kidman, o sea el minón inalcanzable de impecable genética que el sexo, o quizá el amor, vuelve abordable. Después de todo, un orillero ambicioso es siempre un pirata; orilleros, piratas, personajes que Pérez-Reverte conoce y transmite como pocos. Bah, como nadie en la actualidad.