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jueves, 19 de octubre de 2017
Aprieto Pausa
con vuestro permiso me voy a tomar una pausa sabática, prometo volver renovado. Gracias y ¡hasta luego!
Gustavo Monteros
jueves, 3 de noviembre de 2016
An evening with dos ladrones
"An evening with" es un formato que inventaron los yanquis en
el siglo XIX para estrellas acabadas, semi-acabadas o en vías de extinción.
Consiste, en el mejor de los casos, en un stand-up biográfico interrumpido por
las "gracias" de la estrella en cuestión. Si cantaba, intenta una
canción de su repertorio; si bailaba, ensaya unos pasos; y si actuaba, hace un
par de monólogos. Y en el peor de los casos, si la estrella ya no sabe o no
puede hacer nada, ni siquiera recordar un monólogo con anécdotas personales, se
la somete a un reportaje público. En ambos casos, tanto en el mejor como en el
peor, por las dudas la oferta parezca poca, otorgan el "beneficio" de
que el público pueda hacer preguntas. En algunos casos se ofrece además un “meet
and greet”, es decir, por un sobreprecio, bastante alto en verdad, se puede
acceder a saludar y dialogar unos minutitos con la estrella en bambalinas o en
camarines.
En líneas generales es un formato que trafica con la nostalgia del
espectador y con la necesidad de la estrella. El espectador siempre siente
nostalgia por las figuras que amó, y que ya no se ven tanto, o que ya no trabajan.
Del lado de las estrellas, si no fueron lo suficientemente previsoras y
ahorraron para el invierno, “An evening with…” es una buena manera de engrosar
una alicaída cuenta bancaria, explotando la fidelidad del público. Se lo mire
como se lo mire, incluso con ternura, el formato no deja de ser espurio.
Entre 1982 y 1986, Cary Grant (por entonces retiradísimo del cine, se
había alejado en 1966, y no hizo televisión porque, por entonces, no tenía el
prestigio que tiene ahora, sino que se la consideraba el lado B de la profesión
y estaba casi al mismo nivel que los estudios Walt Disney, o sea un cementerio
de actores cinematográficos) apareció en un escenario para contar su cura
psicológica con LSD, detalles de sus matrimonios e intimidades de algunas
estrellas. Las cintas grabadas en la gira se vendieron hace unos años en CDs y,
desgrabadas, originaron un libro.
Entre 1994 y 1999 Gregory Peck hizo una gira de “An evening with…” para
beneplácito de sus fanáticos que querían saber quién había sido su
coprotagonista femenina favorita, si había visto desnuda a Sophia Loren y los
entretelones de Matar un ruiseñor. En
1999 se hizo un documental sobre esta gira y puede verse en Netflix, se llama A conversation with Gregory Peck.
Desde 2004, Julie Andrews, con su voz destruida en una operación para quitar
un nódulo en las cuerdas vocales, despunta el vicio de presentarse en un
escenario con “An evening with”, a veces
sola, a veces con su hija mayor Emma Walton Hamilton que tuvo con el
híper-talentoso escenógrafo Tony Walton. En la última versión del año pasado,
con la que recorrió Australia, sumó cuatro cantantes que entonaban las
canciones que la habían hecho inolvidable.
Cuando se anunció que John Malkovih y Al Pacino vendrían a hacer sendas “An
evening with…” no se me movió ni un pelo, pese a la gran admiración que siento
por ellos. Para empezar no están acabados, lejos de ello, y bien podrían venir a
hacer un espectáculo como Dios manda, ya sea un unipersonal, un show, o una
obra de teatro. (Ah, Vittorio Gassman que siempre viniste a dignificar la
profesión, ¡cómo te extrañamos!)
John Malkovich, al menos tuvo la decencia de obviar el reportaje público
con anécdotas, y propuso la intervención a dos piezas de música contemporánea, el
concierto de Alfred Schnittke para piano y orquesta y "The Protecting Veil", de John
Tavener. Las “intervino” con textos de Ernesto Sábato que sacó de Informe sobre ciegos y de Nunca más. Según la crítica que asistió
a la velada, los leyó a cara de piedra, casi sin inflexiones, en un español
bastante correcto. Eso sí, tuvieron que ensayar sesudas explicaciones sobre
estas “intervenciones”, aunque reconocieron que se estaba más frente a un
intento de obra plástica que ante un espectáculo, una especie de happening muy
intelectual y aburrido. Consignaron también la decepción de los fanáticos que esperaban
algo parecido a una actuación.
La evening de Al Pacino venía más polémica desde los mismos papeles. Iba
a ser directamente un reportaje público conducido por Iván de Pineda. Y no
menos discutible era el lugar elegido, nada más ni nada menos que el teatro
Colón. No soy público del Colón, fui dos veces en mi vida, de modo que no me
desgarraré las vestiduras ni romperé una lanza por la nueva violación a este
elevado recinto que se supone dedicado a la música más excelsa, la danza o la ópera. Que se
ocupen sus espectadores de su desacralización, a mí me basta con decir que la
Ciudad de Buenos Aires tiene muchísimas salas para albergar espectáculos de
texto, con el perdón de la palabra o de la expresión, porque Al Pacino solo se
dedicaría a contar anécdotas. Pero, qué se le va a hacer, el oficialismo que
rige la ciudad tiene la frivolidad en el ADN y siempre están más cerca del
marketing y del shopping mall que de la cultura.
Al día siguiente de la primera presentación de Pacino, en el diario La
Nación publicaban una nota sobre las frases más salientes de la velada. Eran de
una pobreza que daban vergüenza ajena. La más feliz era la de cuando casi lo
echan de El padrino 1 y su carrera casi
termina a poco de empezar. Ya debería jubilarla, la conocen hasta los chicos de
jardín de infantes que jamás escucharon hablar de El padrino. Uno no podía dejar de preguntarse si esto era lo mejor ¿cómo
sería lo peor? Nos despejó la duda al día siguiente la prestigiosa Norma
Aleandro, que confesó haberse levantado al minuto 50, perdida ya toda paciencia
o esperanza. En la segunda función amagó un paso de tango, momento ideal para
mirar para otro lado, al techo, por ejemplo, en Perfume de mujer tenía al menos la disculpa de representar un
ciego, además el montaje ponía piedad a su falta de habilidad para la danza. Entre
los presentes, estaba Georgina Barbarrosa, fanática muy decepcionada que juraba
haber preferido jamás someterse a esta ignominia.
Lucila Polak, la esposa argentina de Al Pacino, salió a defender a su
marido y esgrimió razones que se le vuelven en contra, como confundir el arte
con la amabilidad, y respeto de espectador con el respeto de la estrella a su
público.
Desde que el teatro es teatro, si se cobra una entrada y no se da nada a
cambio, se dice que es un robo. Y si se cobra una entrada y se da muy poco a
cambio, se dice que es una rascada, aquí sinónimo de estaba. En buen criollo,
Al Pacino y John Malkovich vinieron a robar y a estafar. Como diría la divina
Beatriz Bonnet: ¡Qué bochorno!
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miércoles, 17 de febrero de 2016
El año que vivimos en comedia
Al año 1959, el director
Stanley Donen (entre otras, nada más ni nada menos que Cantando bajo la lluvia) y el actor Yul Brynner (que patentó la
calva antes que Telly Savalas o Bruce Willis) lo pasaron juntos. Trabajando,
digo, no sea cosa que se pongan a pensar mal, o bien, bah. Hicieron dos
comedias que no figurarán entre las obras maestras del género, pero que tampoco
avergonzarían ningún currículum y que los que peinamos canas y veíamos la
televisión de 5 canales aprendimos a apreciar, ya que las daban seguido y las
calles de la dictadura no eran precisamente amistosas. Y que por esas cosas de
la vida, después con el VHS y el cable, se volvieron esquivas y solo persistían
en nuestra memoria.
Y se va la primera. Once more, with feeling!, rebautizada para
estos pagos como Volverás a mí u Otra vez con amor. Se basa en una obra
de teatro de Harry Kurnitz que fue un éxito en Broadway. Yul es Víctor Fabian,
un director de orquesta, temperamental y egocéntrico como pocos. Al igual que
Calamardo, las paredes de su casa están repletas de retratos suyos. Su esposa,
Dolly (Kay Kendall) es el reverso de su moneda, una ex arpista que lo ayuda
seduciendo patrocinadores para su orquesta y reparando los egos heridos por los
arrebatos físicos y psíquicos de su marido. Entre ambos, para equilibrar o
desequilibrar situaciones, el representante de Víctor, Maxwell (Gregory
Ratoff), un hombre que habla inglés con fuerte acento ruso y que profiere
juramentos muy divertidos, como que si lo que dice no sea verdad que tenga que
aguantar toda una ópera de Wagner sin levantarse de su butaca ni dormirse. Un día
mientras Dolly va a una fiesta con patrocinadores a los que debe encantar para
que continúen con la subscripción, Víctor debe entrevistar a una niña prodigio
de 12 años, que por un error de tipeo no tiene 12 sino 21 y que como es muy
sexy, la audición es más bien carnal que musical. Pero hete aquí que Dolly los
descubre y se va. A los 6 meses, Víctor debe recuperarla sí o sí, porque sin
ella se acaba el patrocinio y adiós orquesta. Pero ella que se fue a dar clases
a una universidad inglesa (que no está muy lejos, porque la acción principal
transcurre en Londres) se lió con un
colega, el Dr. Richard Hilliard (Geoffrey Toone) y como no está casada
con Víctor aunque así se lo hizo creer a Richard, primero tendrá que casarse
con Víctor para después separarse. Algo bastante difícil porque por más
promesas, juramentos y declaraciones de odio que se hagan, Víctor y Dolly
todavía se aman y lo que no es poco, se desean.
La película más que disimular
su origen teatral, lo subraya. Los personajes, ya muy histriónicos de por sí,
hablan a los gritos y se mueven ampulosamente. Los fragmentos musicales de compositores
como Wagner, Beethoven, Strauss, Rimsky-Korsakov, Chopin, Litszt, o Tchaikosvky
ofician de deliciosos hiatos a tanta voz en cuello. Hay un gag final con la
famosísima marcha de John Philip Sousa, The stars and stripes forever. Ah, el
peor lugar que se le ocurre a Maxwell (Gregory Ratoff) para que Víctor se haga
cargo de una orquesta, el equivalente a una Siberia estadounidense, es Fargo,
Dakota del Norte, sitio que los hermanos Coen mitificarían en 1996 y que
después a partir de 2014, Noah Hawley revisitaría para gloria de la televisión
en hasta la fecha dos fabulosas temporadas de la serie homónima.
Once
more, with feeling! se filmó entre el 3 de abril y el 30 de
junio de 1959 en los estudios de Bolougne, Paris, y se estrenó en febrero de
1960. Fue el último trabajo de Kay Kendall, que moriría de leucemia a sus 33
años, el 6 de septiembre de ese año, 1959. Comediante deliciosa que estaba
casada con Rex Harrison y que los matiné-Eros de entonces recordamos por sus
dos trabajos previos a éste: La rebelde
debutante (Vincente Minnelli, 1958) junto a Rex Harrison, Sandra Dee, John
Saxon y la híper-fabulosa Angela Lansbury y Les
girls (George Cukor, 1957) junto al sumun de lo maravilloso Gene Kelly, Mitzi
Gaynor y Taina Elg más canciones de Cole Porter. Curiosamente Gregory Ratoff,
el actor que hace de representante también moriría de leucemia, en su caso a
los 63 años, el 14 de diciembre de 1960. Y la curiosidad del tercero en
discordia en la comedia, Geoffrey Toone, descripto como un auténtico ídolo de
matinée por sus rasgos parejos, como esculpidos, fue que vivió durante más de
40 años en pareja con otro actor, Frank Middlemass, recuérdese que en el siglo
pasado esas cosas no eran muy bien vistas y se tenían que mantener en absoluto
secreto. Toone murió a los 94 años, el 1 de junio de 2005. Su pareja,
Middlemass, murió a los 87 años, casi un año después, el 8 de septiembre de
2006. Cuando los miembros de una pareja mueren con poco tiempo de separación,
al romántico que hay en mí le gusta creer que el segundo muere de tristeza. Sin
comentarios…
Y se va la segunda. Surprise package. Rebautizada para estos
pagos como Una rubia para un gánster
o Paquete sorpresa. Yul, esta vez,
hace de Nico March, un gánster de origen griego que es deportado por el FBI a
su Grecia natal, a la isla de Lindos, para ser más precisos. Antes liquida
todos sus “negocios” por los que junta más de un millón de dólares (por ese
tiempo una cantidad enorme). El dinero irá a parar a una valija que se
constituirá en el “paquete” que Nico espera con ansia (al igual que el jefe de
policía de la isla (Eric Pohlman), un espía húngaro vocacional, Tibor (Guy
Deghy) y un maleante de poca monta, Klimatis (Warren Mitchell). Claro, el
paquete no llegará, se lo quedarán los ex hombres de confianza de Nico, en su
lugar vendrá Gabby Rogers (Mitzi Gaynor) su rubia amante. A Nico no le quedará
más remedio que idear un plan (no para comprarle como estaba en tratativas)
sino para robarle la corona al rey Pavel de Anatolia (Noël Coward) depuesto
monarca que pasa su exilio en la isla y que quería venderla para financiar sus demandantes
gastos o sea el mantenimiento de tres chicas ex campesinas que en menos de dos
semanas pasaron de ordeñar cabras a exigir Cartier, Christian Dior, Chanel.
El guión vuelve a ser de
Harry Kurnitz, aunque esta vez no se basa en material propio sino en un libro
de Art Buchwald. Esta comedia es más cinematográfica que la anterior, aunque no
es en colores como aquella sino en hermoso blanco y negro. Yul Brynner arranca
en un tono alto, como si estuviera todavía encarnando al director de orquesta, Víctor Fabian, después,
por suerte, cuando ya está en la isla, ya sea por la naturaleza, Noël Coward,
que aparte de ser el rey Pavel, era el rey de la relajación actoral, o por el
delicioso aplomo de Mitzi Gaynor, se calma y se pone maravillosamente sutil.
Cerca del final, Coward y Gaynor hacen una hermosa canción de Sammy Cahn y
Jimmy Van Heusen, que se llama igual que la película, claro.
Surprise
Package se filmó entre el 19 de octubre y el 23 de diciembre de
1959 en los estudios Shepperton de Londres y en la isla de Lindos, y se estrenó
en octubre de 1960.
Ambas películas tienen
títulos de apertura diseñados por el genial Maurice Binder. Y ninguna de las
dos tuvo éxito en la taquilla. Pero como Dios premia a los que hacen comedia,
más fama, más dinero y más laureles los esperaban a Yul y a Stanley a la vuelta
de la esquina. En 1960 Yul sería uno de Los
siete magníficos, inolvidable versión en western de Los siete samuráis de Kurosawa. Y Stanley tendría dos colaboraciones
con el que-está-más-allá-de-todos-los-adjetivos Cary Grant, primero La mujer que quiso pecar (The grass is greener, 1960) y después,
maravilla de maravillas, Charada (1963).
Stanley Donen (con quien
comparto el mismo día de nacimiento; día y mes, no año, claro) y Mitzi Gaynor
(con quien no comparto nada, aunque quisiera ser así de encantador o
simpático), y ojalá por mucho tiempo más y bien, están todavía entre nosotros.
Como dije, hay que hacer comedia, no sé si se vive más, pero mejor, seguro.
Gustavo Monteros
De yapa, un número de Les girls, con Mitzi Gaynor y coreografía de Gene Kelly, nótese el salto de Gene Kelly a la barra, ¡guau!
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viernes, 3 de julio de 2015
Caroceros
Audrey
Hepburn irrumpió meteóricamente en el firmamento hollywoodense. Le bastó una
sola película para imponer su innegable star quality y ganarse el amor eterno
de espectadores, productores y directores. El film en cuestión fue La princesa que quería vivir (Roman holiday, William Wyler, 1953) y
sin querer inauguró uno de los rasgos
distintivos de su carrera: la significativa diferencia de edad que tendría con
sus coprotagonistas.
Audrey
había nacido en 1929, el magnético Gregory Peck, su galán en ese film
consagratorio, en 1916, de modo que le llevaba 13 años, o sea que en aquel
inolvidable verano romano, ella tenía 24 y él 37. En su siguiente película
rutilante: Sabrina (1954) del genial
Billy Wilder, tuvo dos galanes William Holden que había nacido en 1918 y que le
llevaba 11 años y el irrepetible (y me pongo de pie) Humphrey Bogart, que había
nacido en 1899 y le llevaba 30 años. Ya no es un spoiler decir que se quedaba
con Bogart. Hollywood la consideraba consorte de reyes y la apareaba con sus
mejores leones en invierno. O sea no veía impedimento físico ni moral en transformarlos
en “caroceros”, término usado en el lunfardo para describir a los hombres que
gustan de mujeres mucho más jóvenes que ellos.
(Por
piedad nos saltearemos La guerra y la paz,
1956, de King Vidor, a la que consideramos un bodrio aburridísimo e
irremontable).
En
1957 disputaron su amor, primero: Gary Cooper (que había nacido en 1901 y que
le llevaba 28 años) en Amor en la tarde,
delicia (si las hay) de Billy Wilder, y después: Fred Astaire (que había nacido
en 1899 y que como Bogart le llevaba 30 años) en Funny Face o La Cenicienta en
París, delicia (si las hay) de Stanley Donen.
En
1959, respecto a estas cosas de la edad fue una rareza, la película es una
extravagancia selvática que dirigió su por entonces marido, Mel Ferrer, y ella
era una especie de ave del paraíso. Se llamó Green mansions o La flor que
no murió y su coprotagonista, el recordado Anthony Perkins, era tres años
menor que ella, había nacido en 1932.
En
1959, dirigida por Fred Zinneman, fue una monja misionera que tenía una crisis
de fe y dejaba los hábitos en Historia de
una monja, su coprotagonista Peter Finch, que había nacido en 1916 y que le
llevaba como Gregory Peck 13 años, no cuenta como galán, porque estrictamente
no lo era en el contexto de la película.
En
1960, bajo las órdenes de John Huston, en Lo
que no se perdona, lidiaría con el amor más o menos incestuoso de su no del
todo hermano Burt Lancaster, que había nacido en 1913 y que le llevaba 16 años.
En 1961
haría otra de sus películas icónicas Breakfast
at Tiffany’s o Muñequita de lujo
de Blake Edwards. Otra rareza, su coprotagonista, George Peppard era un año más
joven que ella, había nacido en 1928. También en 1961, en su segunda
colaboración con William Wyler, The
children’s hour o La mentira infame,
pelearon por su amor, la inconmensurable Shirley MacLaine, que había nacido en
1934 y que por lo tanto era 5 años menor, y el maravilloso James Garner, que
había nacido en 1928 y que, caballero hasta en eso, era un año mayor.
En
1963 haría historia, dirigida otra vez por Stanley Donen, junto al
más-allá-de-todo-adjetivo-ditirámbico Cary Grant, que había nacido en 1904 y
que por lo tanto le llevaba 25 años. Charada
se llamó ese regalo de los dioses.
En 1964
volvería a París dirigida por Richard Quine junto al siempre seductor William
Holden en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico (sí, la postmodernidad
no inventó los metalenguajes) llamado París,
tú y yo.
También
de 1964 es ese monumento al musical llamado My
fair lady que dirigió un señor muy talentoso, bautizado George Cukor. Su
coprotagonista era el impar Rex Harrison, que había nacido en 1908 y que por lo
tanto le llevaba 21 años. Es historia archiconocida, en esta película se quedó
con el papel que Julie Andrews había hecho en teatro y que todos (menos Jack
Warner) esperaban que lo reprisara en la
pantalla, después de todo, menos ella, el elenco entero que había estrenado el
musical en Broadway repetía sus papeles. Julie, que había nacido en 1935, y que
era por lo tanto 6 años menor que Audrey, en edad y en voz (Audrey fue doblada)
se acercaba más al personaje.
En
1966 colaboró por tercera vez con William Wyler en Cómo robar un millón de dólares, su coprotagonista, el siempre
distinguido Peter O’Toole, había nacido en 1932 y era tres años menor que ella.
Cosa que a nadie le importaba porque la película es sencillamente deliciosa.
En
1967 volvería a trabajar con Stanley Donen en Two for the road o Un camino
para dos, su coprotagonista, el talentoso Albert Finney, había nacido en
1936 y era, por lo tanto, 7 años más joven que ella. También en 1967 sería una
cieguita que la pasa mal, muy mal en Espera
a la oscuridad de Terence Young. Sus compañeros, para nada sus galanes, son
Richard Crenna, que había nacido en 1926 y que, por lo tanto, era 3 años más
viejo, y el muy talentoso Alan Arkin, que había nacido en 1934 y que era 5 años
menor que ella.
Y se
retiró del cine. Hasta 1976. Volvió de la mano de Richard Lester en Robin y Marian, su coprotagonista es
Sean Connery, que como nació en 1930, es un año menor. Quizá nunca debió
retirarse del cine, siempre había sido una chica de suerte respecto de los
proyectos en los que participó. Si con buena voluntad exceptuamos Robin y Marian, las películas que le
siguieron a su reentrada a escena fueron irrevocablemente malas.
En
1979 dirigida otra vez por Terence Young haría Lazos de sangre, basada en el best seller de Sidney Sheldon. Si mal
no recuerdo, su interés romántico era Ben Gazzara, así que habría que
considerarlo entre sus galanes. Gazzara había nacido en 1930, y como Connery,
era un año menor que ella. En 1981 participó en otro de los intentos fallidos
del desparejo pero siempre interesante
Peter Bogdanovich, They all
laughed o Nuestros amores tramposos,
emparejada otra vez con Ben Gazzara. En 1987 participó del telefilm de Roger
Young, Amor entre ladrones junto a
Robert Wagner, que, como había nacido en 1930, también era un año menor.
En
1989 Steven Spielberg la llamó (¿quién le dice que no a Spielberg?) para
Siempre, error imperdonable que todos le perdonamos. Spielberg había perdido la
cabeza (literalmente) por Holly Hunter, tanto la había perdido que con el amor
se le fue hasta el discernimiento y pergeñó tremendo bodrio. Pero ¿quién puede
culpar a un hombre enamorado que quiere celebrar a su amada? No quiero ser
lengua viperina, pero no habla bien de Holly que el hombre se desenamorara y
recuperara su talento. Como sea fue el canto del cisne de Audrey. Una despedida
preanunciada, nadie se interesaba por su amor. Era una especie de ángel. Quizá
lo que siempre fue.
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viernes, 13 de marzo de 2015
Ser Grant como Cary
Cuando sea viejo (o sea ya) me gustaría lucir así. (Lástima que para eso, antes tendría que haber lucido asi:)
Y... no es fácil ser Grant...
jueves, 9 de enero de 2014
El tango de la guardia vieja
Arturo Pérez-Reverte es un novelista
generoso. (Generoso porque está más interesado en contar historias que en
mirarse el ombligo). Y soy su lector más o menos fiel (leí con gran placer El húsar, El maestro de esgrima, El club Dumas,
La piel del tambor, La carta esférica, La reina del sur, La sombra del águila,
Un asunto de honor, Territorio Comanche y toda la saga del capitán
Alatriste; leí con menos gusto El pintor
de batallas y El asedio; me debo Cabo Trafalgar (demasiados barcos) y Un día de cólera (no sé, El asedio me dejó agotado). Soy muy
infiel con su trabajo de no-ficción (perdón Arturo, creo que me interesa más el
novelista que el hombre detrás del novelista).
Pérez-Reverte es uno de los pocos
grandes autores en honrar el novelón, el folletín, el page-turner (el libro
imposible de abandonar, del que siempre queremos leer una página más). No en
vano ¿sus modelos?, ¿sus influencias? son Dumas, las historietas, las
películas.
El
tango de la guardia vieja es un libro ideal para este caluroso y sofocante
verano porque a la segunda página ya no recordamos que hace calor. Hay tres
nudos argumentales. El primero transcurre en 1928 en un transatlántico primero
y en la ciudad de Buenos Aires (con sus grandes hoteles, pensiones piojosas y
tugurios tangueros) después y hace pie en el desafío entre dos músicos. El
segundo transcurre en Niza durante la Guerra Civil Española, el fascismo
italiano y el ascenso del nazismo y se centra en un asunto de espías. El tercero
transcurre en Sorrento en los años sesenta y se enrosca en una partida de
ajedrez, sus circunstancias y sus consecuencias. A estos nudos argumentales los
atan y desatan un ladrón elegante que es a veces también un gigoló algo pacato
y una femme no tan fatale, por suerte, aunque igual de peligrosa.
La novela está muy bien escrita, los
diálogos son diamantinos de tan pulidos y brillantes, los personajes guardan
secretos hasta el final y se lee con pasión.
La tapa
reproduce una foto de Grace Kelly en los tiempos de Para atrapar a un ladrón de Alfred Hitchcock, la cual coprotagonizó
con Cary Grant. Detalle no menor, porque el protagonista es tanto un Cary
Grant, un Noël Coward, un Michael Caine, o sea un orillero ambicioso que a
fuerza de tesón llega a personificar mejor la elegancia que cualquier noble
ruso de amplia prosapia, y ella es tanto una Grace Kelly, una Naomi Watts o una
Nicole Kidman, o sea el minón inalcanzable de impecable genética que el sexo, o
quizá el amor, vuelve abordable. Después de todo, un orillero ambicioso es
siempre un pirata; orilleros, piratas, personajes que Pérez-Reverte conoce y
transmite como pocos. Bah, como nadie en la actualidad.
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