People fue compuesta en 1964 para el musical Funny Girl y tiene letra de Bob Merrill y música de Jule Styne y se convirtió en la canción insignia de quien la estrenó, Barbra Streisand.
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viernes, 25 de agosto de 2023
jueves, 9 de febrero de 2017
Sobre el destino de algunas películas
Las películas tienen también su suerte y verdad.
Algunas son entronizadas en altares que no merecen y otras son arrastradas por
ignominias que tampoco merecen.
Y los críticos, esas criaturas caprichosas e
individualistas, a las que la ausencia de grandes maestros ha vuelto inútiles,
por raro que parezca también se masifican. Y así valoran en hordas films
insustanciales y desprecian en cohortes films que deberían apreciar.
En esta temporada de premios, hay ejemplos de tal y
cual naturaleza.
Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge,
2016) de Mel Gibson no es tan buena como la cantidad de premios y nominaciones
que le endilgaron nos haría suponer que es. Ni Aliados (Allied, 2016) de
Robert Zemeckis es tan mala como la catarata de malas críticas nos haría
suponer que es.
Mel Gibson, el director, debutó bien y discretamente
con El hombre sin rostro, allá por el
93. Trepó a la excelencia con la epopéyica Braveheart/Corazón valiente. Se recibió de autor
con la polémica La pasión de Cristo,
2004 y ratificó su calidad autoral con la grandiosa Apocalypto, 2006. Y durante 10 años enfrentó las consecuencias de
un brote psicótico, por drogas o alcohol, que lo llevaron a insultar
homosexuales y judíos. Y ahora, no perdonado del todo, a pesar de públicos y
privados actos de contrición, regresa al beneplácito crítico.
Los críticos en realidad se sienten culpables por las
burlas que le prodigaron a su Braveheart/Corazón
valiente. Con sus otras obras no actuaron con saña. Pero año tras año
incluyeron a Braveheart entre las
películas que bajo ningún concepto merecían haber ganado un Óscar. No tomaban
en cuenta el amor que un público fiel, entre el que me cuento, le tomó desde su
estreno a esta película de valientes que no se rinden y que llevan con orgullos
los colores de lo que les tocó en suerte. Ni tampoco que las sucesivas
repeticiones en el cable los enfrentaría a su craso error de juicio. Por donde
se la mirara, era una buena película. Su único pecado era pertenecer con
claridad a un género, el de la épica. Sus supuestos excesos, si se los perfilan
dentro del género, dejan de ser excesos.
¿Será por eso que ahora ven con demasiada indulgencia
a Hasta el último hombre y no se
percatan de sus altibajos? El film cuenta la historia de Desmond Doss, un paramédico que participó en la batalla de Okinawa, en el Pacífico Sur duranta la Segunda Guerra Mundial y que por sus heroicas acciones de rescate fue el primer objetor de conciencia en recibir una medalla de honor.
Ahora bien, el personaje del padre del protagonista no cierra por la voluntad de sus autores de no ser duros con él. El juicio sumario al que se somete al héroe culmina en un absurdo, la respuesta que les llega por carta es tan obvia que el tribunal tendría que saberla. La insistencia en castigarlo por ser objetor de consciencia es pueril. Quizá haya sido así en la realidad, como casi todas las películas actuales, se basa en hechos reales, pero está mal contada. La ficción y la realidad no tienen los mismos parámetros. La realidad puede ser ilógica si lo prefiere. La ficción debe lucir posible… siempre. Los creadores pasaron del “Se non è vero, è ben trovato” al “verdadero, pero mal contado”. Volviendo a nuestro tema, ¿los críticos compensan con la glorificación de una película despareja el vilipendio pasado? Sabrán ellos.
Ahora bien, el personaje del padre del protagonista no cierra por la voluntad de sus autores de no ser duros con él. El juicio sumario al que se somete al héroe culmina en un absurdo, la respuesta que les llega por carta es tan obvia que el tribunal tendría que saberla. La insistencia en castigarlo por ser objetor de consciencia es pueril. Quizá haya sido así en la realidad, como casi todas las películas actuales, se basa en hechos reales, pero está mal contada. La ficción y la realidad no tienen los mismos parámetros. La realidad puede ser ilógica si lo prefiere. La ficción debe lucir posible… siempre. Los creadores pasaron del “Se non è vero, è ben trovato” al “verdadero, pero mal contado”. Volviendo a nuestro tema, ¿los críticos compensan con la glorificación de una película despareja el vilipendio pasado? Sabrán ellos.
Robert Zemeckis es un maestro, así nomás, lisa y
llanamente. Su obra justifica la corona de laureles: I wanna hold your hand/Locos por ellos, 1978, Autos usados, 1980, Romancing
the Stone/Tras la esmeralda perdida, 1984, la trilogía de Volver al futuro, 1985-1990, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, 1988, La muerte le sienta bien, 1992, Forrest Gump, 1994, Contacto, 1997. Y la cuesta abajo a partir del 2000, con una mala Revelaciones/What lies beneath y otra
supuestamente buena, del mismo año, Náufrago,
a la que no evalúo porque siempre la vi por partes. Sus experimentos con la
animación El expreso polar, 2004, Beowulf, 2007, Los fantasmas de Scrooge/A Christmas Carol, 2009, y su regreso al
cine con actores de carne y hueso, las muy desparejas El vuelo, 2012 y En la cuerda
floja/The walk, 2015.
Y ahora Aliados
con el que le perdieron todo respeto. Con absoluta injusticia. No es una
película plenamente lograda, pero dista mucho de ser el bodrio que dijeron que
era. Comienza con una revisita a la Casablanca en los tiempos y circunstancias
de la película mítica de Bogart-Bergman. La pareja central son dos espías, él,
canadiense, ella, francesa. Concluida la misión, recalan en la Londres del
Blitz, donde surgirá la sombra de una sospecha atroz. Como es de esperarse, la reconstrucción de época es impecable y el
vestuario de una soberbia belleza (la única nominación para un Óscar, Joanna
Johnston, Mejor Diseño de Vestuario, repite nominación en los BAFTA). La
inmensa Marion Cotillard hace otro lujoso despliegue de talento, se permite
incluso un par de escenas que se volverán antológicas. El guión de Steven
Knight (Negocios entrañables, Stephen
Frears, 2002, Himno de Libertad,
Michael Apted, 2006, Promesas del Este,
David Cronenberg, 2007, Redemption,
Steven Knight, 2013, Locke, Steven
Knight, 2013, Un viaje de diez metros,
Lasse Hallström, 2014, Una buena
receta/Burnt, 2015) está a la altura de sus antecedentes, que como se ve no
son pocos y no menos excelentes. Para no spoilear diré lo justo, juega con una
de las posibilidades de la resolución de la intriga que plantea, y la cumple,
claro, se puede decir que uno, entrenado, léase pervertido, por tantas
películas, espera la otra, que, bueno, esta vez no se da.
El problema mayor reside en Brad Pitt. Cotillard puede
dar clases de actuación, pero sin referente, no puede construir una relación,
algo que toda película o actuación necesitan. Algo que actores menospreciados
como Omar Sharif o el gran Hugh Grant supieron y saben desde siempre, la
coprotagonista es sagrada y se la defiende a muerte. En Netflix pusieron en
estos días el clásico Funny girl,
Barbra Streisand sigue magnífica como el primer día como Fanny Brice, pero si
Sharif no se hubiera tomado la molestia de quererla, no habría pasado a la
historia, habría quedado en puros fuegos artificiales. Algo parecido dije
respecto a Florence, Meryl Streep
hace su inolvidable festival de histrionismo, pero sin el entorno que provee
Hugh Grant habría sido un show tan carismático como vacío. Parece fácil ser el
galán, no lo es. No se trata de ser solo apuesto, hay que comprometerse.
Atreverse a armar una relación, como en la vida. Una piedra preciosa, sin un
engarce es un incordio que se pierde en el cajón, dentro de un engarce es una
joya. Las actrices fabulosas son piedras preciosas que necesitan un engarce.
Brad Pitt no me parece un buen actor, creo que es un
chico lindo que tuvo la suerte de cruzarse con un director Ridley Scott que
supo iluminarlo para justificar el error de Thelma (Geena Davis) en la ahora
mítica Thelma y Louise, 1991. Este
breve papel consagró por fin a Pitt, que venía insistiendo sin suerte, y lo
catapultó no al estrellato sino al súper-estrellato. Pero a mí nunca me vendió
nada, me parece de mediano talento para abajo, para no desvalorizarlo del todo
suelo analizarlo técnicamente y en líneas generales no hallo nada muy
destacable, a veces está menos peor que otras veces.
Pero en esta oportunidad, para escándalo de mis
amigos, habituados a oírme despotricar contra él, haré una salvedad. Actuar es
un hecho vivo, perdónenme la obviedad por un segundo. Hay que poner el cuerpo y
a veces las circunstancias de la vida no pueden dejarse de lado, invaden, no
pueden controlarse. Cuando se es una híper-estrella, los contratos se firman
con mucha antelación. Aquí Brad Pitt luce más profesional que nunca, con la
letra aprendida, haciendo grandes esfuerzos porque no se le noten las
consecuencias de su publicitado divorcio de Angelina Jolie. Está en escena y no
está. Su cuerpo está, pero su cabeza y su sensibilidad andan por otro lado. No
puedo juzgarlo porque no puede hacer otra cosa, salvo lo que le sale, lo que le
queda del oficio de actuar. Analizarlo sería una crueldad.
Aliados será eventualmente redescubierta y valorada por lo
que es, una buena película, entretenida, con una excelente actuación de su
protagonista femenina. Ninguna obra maestra, pero muy atendible (aunque más no
sea porque es la película en que Brad Pitt aparece, pero no está).
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jueves, 13 de octubre de 2016
Un tal Yves Montand
En mis años tiernos, Yves Montand era una figura
cercana, quizá no tanto como Paul Newman u Omar Sharif, pero casi. Supongo que la
primera película que vi con él fue en televisión. Debió tratarse de una de las
dos en las que hacía de galán para estrellas estadounidenses, o Let’s make love (La adorable pecadora, George Cukor, 1960) frente a Marilyn Monroe o
My Geisha (Mi dulce geisha, Jack Cardiff, 1962) frente a Shirley McLaine. O
quizá se trato de Goodbye, again (¿Le gusta Brahms?, Anatole Litvak, 1961)
en la que el joven Anthony Perkins se
interponía en la relación que mantenía con una madura (por entonces ella tenía
46, que para los parámetros de la época eran como 100) Ingrid Bergman.
En cine debo haberlo visto por primera vez en alguna
matinée de Grand Prix (John
Frankenheimer, 1966) película de carreras, como su título lo indica, muy
frecuentada por entonces; en ese film andaban también otro de mis favoritos de
toda la vida, James Garner, la blonda Eva Marie Saint y el súper astro japonés,
Toshiro Mifune.
En el 70 o en el 71 vi su película más popular por
estos pagos Z (Costa Gavras, 1969)
era casi de visión obligatoria. Por esa fecha lo vi en otro film, que quizá no
fue tan exitoso, pero que para mí fue un hito: En un día claro se ve hasta siempre (Vincent Minnelli, 1970) un
musical tan raro como bello, una historia de amor, entre un psicólogo (Montand,
of course) y una paciente (Barbra Streisand) que se realizará recién en el
futuro, y con canciones muy, pero muy hermosas, entre las de él, mi favorita es
Melinda.
Al ratito nomás estrenaron su segunda colaboración
con Costa Gavras: La confesión (1970). Su tercera colaboración a decir verdad porque
en el lejano 1965 habían hecho Los
crímenes del coche cama (Compartiment
tuers). Y a cada rato en los cines de cruce daban Vivir por vivir (Claude Lelouch, 1967) en la que estaba con Annie
Girardot y Candice Berger, aunque yo no la vi, porque Lelouch en ese entonces
no me interesaba mucho, una noche que la dio canal 13 vi la última media hora y
concluí que no me había perdido mucho.
En un ciclo del Círculo de Periodistas pesqué La guerra ha terminado (Alain Resnais,
1966) en la que compartía cartel con Ingrid Thulin y Genevieve Bujold, mucho no
entendí porque me faltaba contexto político para captarla por entero, y me
intrigó más que me gustó, bah, por ahí no era en el Círculo de Periodistas sino
en la Alianza Francesa porque estaba medio prohibida, en esa época se prohibía
casi todo.
En algún ciclo también vi El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953) que me pareció
muy superior a la remake con Roy Scheider que hizo William Friedkin en 1977.
A principios de los setenta fue muy popular también la
que hizo con Louis de Funes, Delirios de
grandeza (Gérard Oury, 1971).
En el 72 se enamoró de Romy Shneider, en la pantalla
al menos, bajo batuta de Claude Sautet: César
y Rosalie, la escena en la que se cambia los zapatos a pedido de ella es un
inolvidable acto de amor que se me fijó en la memoria.
En el 72, vuelta al cine político de Costa-Gavras: Estado de sitio, relato cercano geográficamente
porque contaba hechos ocurridos en Uruguay.
En el 74, de nuevo bajo las órdenes de Claude Sautet hizo
Tres amigos, sus mujeres y los otros
(Vincent, François,
Paul… et les autres. (Por esos tiempos veíamos otro Sautet hasta
el hartazgo: Las cosas de la vida con
Michel Piccoli, Romy Schneider y Lea Massari en la que un accidente dejaba a la
luz unas cuantas cosas secretas).
En el 75 se fue al sol de
Caracas en El salvaje (Jean-Paul
Rappeneau) para seducir con reciedumbre a la indomable Catherine Deneuve.
En el 76 lo vimos en un
policial Police Python 357 (Alain
Corneau) en el que también estaba Simone Signoret.
Ah, me había olvidado,
pequeño olvido, mirá, en el 70 estuvo en un grandioso Jean-Pierre Melville: El círculo rojo junto a Alain Delon,
Bourvil, Gian Maria Volonté, recuerdo que me impresionó sobremanera la escena
de su delirium tremens, más por Melville que por él, a decir verdad, un rincón
de la habitación estaba lleno y apilado de batracios y ofidios.
En el 79 aparecería en dos
películas que su polvadera levantaron, primero en un Costa-Gavras que se
olvidaba de la política para concentrarse en el amor: Claro de mujer, la mujer es cuestión era nada más ni nada menos que
Romy Schneider, que le hacía perder el sueño y el hambre a más de uno. Y después
en un thriller político apropiadamente paranoico I como Ícaro (Henri Verneuil).
En el 81 volvió con otro
policial La elección de las armas
(Alain Corneau) en la que compartía cartel con Catherine Deneuve y Gérard
Depardieu.
En el 82 fue el padre de
Isabelle Adjani Puro fuego Pura llama,
otro Rappeneau. Coprotagonizaba Lauren Hutton.
En el 86 lo veríamos en el
díptico de Claude Berri sobre las novelas de Marcel Pagnol: Jean de Florette y Manón del manantial junto a Gérard Depardieu, Daniel Auteuil y una
despampanante Emmanuelle Béart. Para nosotros fue su canto del cisne, porque si
bien filmó tres películas más: Trois
places pour le 26 (un musical de 1988 de Jacques Demy armado en torno a su
figura), Netchaïev est de retour (una
de espías de 1991 de Jacques Deray junto al por entonces incipiente Vincent
Lindon) y IP5: L'île aux pachydermes
(una road movie de Jean-Jacques Beineix de 1992) no las veríamos en cine.
Aunque este recuento parezca
exhaustivo, no lo es, dejé afuera unas cuantas películas o que no vi o que no
termino de acordarme. Como sea, es solo un pequeño homenaje para decirle que no
lo olvidé y que todavía lo extraño.
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jueves, 27 de agosto de 2015
Dual como Juan Carlos
Los
obituarios de actores dejan al descubierto la poca existencia de datos y la
absoluta falta de sistematización. Sobre todo de los antecedentes teatrales y
televisivos. Todos repiten como el ajo los pocos datos que pescó en internet el
aprendiz de turno de Telam. Y los conocedores al leerlos se percatan de no
pocas ironías. Junto a la apreciación de largas y exitosas temporadas de una
obra teatral que los colocó en el mapa o reverdeció sus laureles conviven otras
de cortas y amargas temporadas, que poco y nada hicieron por sus vidas
artísticas y personales, y que con gusto hubieran querido olvidar… pero como
sobrevivieron en tal o cual sitio… Y así quedan afuera otras, más valiosas, que
sí cimentaron sus famas. Los antecedentes televisivos, aunque existe bibliografía
y anuarios, son, si cabe, aún más exiguos.
No
fue la excepción con Juan Carlos Dual. Salvo Marcelo Stiletano que hizo un
perfil más personalizado en su columna de La Nación, el resto de los medios
gráficos parafrasearon los pocos datos usados por Telem para despedirlo.
Como
tengo toda la libertad, lo evocaré según mis recuerdos, sin remitirme a fuente
alguna. Cuando lo conocí o cuando empecé a acercarme al mundo del espectáculo,
ya era un actor instalado.
En
los años de la infancia, había solo cinco canales de televisión, el 2, el 7, el
9, el 11 y el 13. Y primero en las matinés de los fines de semana y después
también en las de los días de semana, casi todos los canales repasaban la
cinematografía de Enrique Carreras, mis hermanos y yo (a veces el resto de la
familia también, es decir, tíos, padres y abuelos) veíamos estas más o menos
recientes producciones argentinas. Una de las que más nos gustaba era ¡Viva la vida!, en la que un matrimonio
de guionistas compuesto por Mercedes Carreras y Juan Carlos Dual imaginaban
distintas historias para llevar al cine, la del medio era la más divertida
porque se trataba de en una especie de musical-video-clip, con Palito Ortega
que cantaba el tema que daba nombre a la película y Violeta Rivas, que gracias
a o a pesar de su peinado era una de nuestras cantantes favoritas. Y nos
fascinaba la coreografía de Olga Francés y Emilio Buis que consistía en dos
hileras de chicas o chicos que se cruzaban en diagonal delante del cantante
haciendo un pasito que siempre parecía el mismo. Sabíamos los nombres porque en
la tele trabajaban mucho y Pipo Mancera los nombraba con destaque. Por entonces
todavía daban también El show de Dick Van Dike, y en esa película un poco me lo
traía a la mente. Bueno, ambos eran altos (o al menos lo parecían) y muy
histriónicos.
Después
lo recuerdo de la tele, de sobre todo Matrimonios
y algo más, y de algunas películas
picarescas de la época como La
gran ruta, Seguro de castidad, Basta de mujeres, Donde duermen dos… duermen
tres. Y como ya era curioso y comenzaba a recopilar datos, de Vení conmigo, la penúltima película del
maestro Luis Saslavsky en la que compartía cartel con Susana Giménez, Alberto
Martín y Víctor Laplace.
En
1980 vino su gran éxito, un auténtico fenómeno de la época: Rosa… de lejos. Una mucamita (Leonor
Benedetto) a la que el patrón (Pablo Alarcón) le había hecho un hijo (Gustavo
Luppi) con la ayuda de un maestro (Juan Carlos Dual) salía del analfabetismo y
llegaba, secundada por su leal amiga (Betiana Blum), a convertirse primero en
modista de barrio y luego en una Cocó Chanel local de rodete con delantera
engominada. Fue tal el éxito que hasta hicieron una película del mismo nombre,
una especie de resumen de la historia que ya atesorábamos en la memoria. Iba al
mediodía, a eso de la una, para ser más preciso, no olvido esos detalles porque
yo siempre almorzaba con Rosa… de lejos.
En esos tiempos enrarecidos de dictadura gris y cruel, Rosa… de lejos nos devolvía un poquito de la humanidad que aunque
no quisiéramos se nos escapaba. No en vano dejábamos de ser cuadras, barrios
para ser casas aisladas que desconfiábamos de todos los demás. Y si para
entonces Dual no nos caía simpático, después de su maestro Esteban era como de
la familia.
Lo
seguí viendo en la tele y en alguna que otra película. Se enamoró de Diana
Maggi y se convirtieron en pareja. Y como les gustaba mucho el teatro, me los
solía cruzar en joles, viendo todo tipo de obras, no solo las comerciales. Él
se había formado en el teatro independiente y no dejaba de amarlo.
En
los noventa lo vi en el escenario un par de veces, una en el San Martín
haciendo Lulú, la obra de Wedekind
junto a Mía Maestro, antes de ella se instalara en Los Ángeles. Después, junto
a Nati Mistral en Hello, Dolly!, y
como la Mistral no estaba avasalladora, él pudo lucirse con el personaje de
Horace Vandelgerder (normalmente las Dollys se tragan al galán, siempre y
cuando no se sea Walter Matthau, que no en vano se ganó este comentario de
Barbra Streisand: “Walter creía que la película se llamaba Hello, Walter!”).
Después
nos saludábamos de lejos cuando iba a ver a China Zorrilla en El camino a La Meca, una obra para un
verano que, por la magia de su historia, el talento de sus tres actores (la
tercera en cuestión era Telma Biral), y el milagro del teatro se convirtió en un
suceso de varias temporadas.
Casualmente o no tanto (porque veo teatro
tupido) vi su última actuación. Fue en el verano del 2009 en el Maipo. La obra
era Cash, escrita y dirigida por José
María Muscari. Desparramaba elegancia y seguridad, lo que no era de extrañar en
un actor nato, con dominio de la escena, ubicuo como pocos, que se dejaba
dirigir lo que acrecentaba su versatilidad. Saltaba del teatro y la televisión
populares al teatro de texto culto o cultivado con la espontaneidad de quien
tiene talento de verdad. Era como el sueño de un director de casting hecho
realidad. Sabía brillar en los protagónicos y pulir su rincón, sin pisar
canteros ajenos, en los secundarios. Nada más ni nada menos que un irrepetible,
bah.
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sábado, 11 de julio de 2015
Ojos oscuros
Hizo
una entrada triunfal en el cine occidental. David Lean le armó, en el ahora
legendario Lawrence de Arabia, una
entrada a escena digna de una fuerza de la naturaleza. Como dijo alguien por
ahí, el peligro de esas cosas es si después se está a la altura de semejante magnificencia.
Ya sabemos que lo estuvo, tampoco era ningún advenedizo, el hombre era una
estrella en su Egipto natal con más de 12 películas en su haber. Confesó más
tarde que Lawrence de Arabia era una
película rara en los papeles, que no tenía nombres conocidos, ni mujeres, ni
mucha acción. Confesó también que David Lean sentía un profundo desprecio por
los actores, que para él solo eran caras y cuerpos que le servían para tal o
cual personaje de la historia que quería contar, pero que él, Omar, le caía
bien. A juzgar por la entrada a escena que le hizo, era verdad.
Era el
año 1962, tenía 30 años, estaba casado con una coterránea actriz de cine, que
en 1957 le había dado un hijo, antes se había graduado en Física y Matemática
en la Universidad de El Cairo y había estudiado en la Royal Academy of Dramatic
Art de Londres. Con el tiempo diría que Lawrence
de Arabia es una gran película, pero que él no estaba bien. No importa, le significó
su única nominación al Óscar y su primer Globo de Oro. Y con el tiempo también
se preguntaría qué hubiera pasado si David Lean que, lo eligió solo porque
lucía árabe y sabía inglés, no lo hubiera seleccionado, supuso que seguiría
casado y que hubiera engordado.
Siempre recordaría que su madre le pegaba por cualquier cosa y que como era un chico gordo, decidió enviarlo de pupilo a una escuela inglesa, supuso que como la comida inglesa era horrible, adelgazaría. No se equivocó, adelgazó y por la propensión de los ingleses al deporte hasta se puso atlético.
Como
bien dice Peter Bradshaw en su despedida en The Guardian, Hollywood nunca supo
qué hacer con él, no era el prolijo galán típico, ni el carismático actor de
reparto y encima era demasiado simpático para ser el malo. Lo confinó entonces
a la extranjería, fue, entro otras etnias, indio, mongol, latino, árabe, y
claro, ruso.
En 1965,
David Lean lo llama para protagonizar la versión cinematográfica de la novela
del momento: Doctor Zhivago. Y Omar
Sharif se convirtió en Omar Sharif. Sus ojos oscuros mataron de amor a las
mujeres y todos quisimos tener semejante poder de seducción. Matar de amor con
la mirada. Un milagro que a Sharif le salía sin ningún esfuerzo. El doctorcito
le dio fama imperecedera, por más que durante décadas intentó dilapidarla,
nunca cayó tan bajo como para dejar de ser Omar Sharif.
En 1968
ratificó su estatura de Omar Sharif, fue el galán de Barbra Streisand en Funny
girl, galán y chiste, porque ella, que hacía de fea, no podía creer que lo
hubiera conquistado, pero, claro, lo perdía y se deshacía cantando Mi hombre,
canción que hoy ya no es políticamente correcta. Bah, si se la cantan a Sharif
por ahí lo siga siendo.
Y
así, como se propone casamiento, a su mujer le propuso un divorcio. Le dijo que
tarde o temprano se separarían, y que era mejor hacerlo ahora que ella todavía
era joven y hermosa y no más tarde, cuando conseguir un hombre que la quisiera
fuera más difícil. Y se separaron, nomás. Y él dijo que a ella le fue mejor que
a él, porque volvió a casarse y fue feliz, él, en cambio, ya no se casaría y
sus relaciones más que relaciones eran romances.
Su probable
lista de mujeres es un Olimpo de bellezas irrepetibles. Digo probable porque
él, todo un caballero, negó que se hubieran relacionado con él. A una reconoció
haber amado, a Ava Gardner, fue en tiempos de Mayerling, película en que su pareja era Catherine Deneuve, y Ava
hacía de ¡su madre! , la de él, no la de Catherine. E hizo bien, perdón, porque
Catherine era por entonces un palo vestido, no había florecido todavía,
Marcello Mastroianni la haría florecer, Ava, en cambio, era toda opulencia y
sensualidad.
Hasta
más o menos mediados de los setenta, trabajó con directores notables o nada
desdeñables: Anthony Mann, Fred Zinnemann, Anthony Asquith, Terence Young,
Anatole Litvak, Francesco Rosi, William Wyler, J Lee Thompson, Richard
Fleischer, John Frankenheimer, Blake Edwards y Richard Lester. No todas fueron
grandes películas, pero ninguna es vergonzante. (Personalmente hay dos que
considero inolvidables: Y vivieron
felices de Francesco Rosi en la que compartió cartel con una bellísima, y
me quedo corto, Sophia Loren, si las cantantes no tienen siempre la misma voz,
las estrellas de cine, aunque bellas, no irradian siempre la misma belleza y en
ese año, por lo que fuera, Sophia estaba tan hermosa que uno se creía en el
Cielo de solo verla, y en la que era hijo de Dolores del Río, que, de tan otoño
casi en el invierno de su vida estaba, y sin embargo también deslumbraba, la
historia era un cuento con brujas y santos, no es tan conocida como merece, si
se la cruzan, dejen todo y véanla. La otra es La leyenda del tamarindo de Blake Edwards, un film raro casi
inclasificable, porque se supone que es de espías, pero en realidad es una
historia de amor en una trama de espías, la música de John Barry es muy hermosa,
¿Henri Mancini estaría ocupado?, porque Edwards tenía en Mancini a su aliado
musical, como sea, su pareja era Julie Andrews, la más andrógina de todas, la
del pelo corto, los pantalones Oxford, las camisas de cuellos anchos, y esas
poleras, incluso así encantadora, porque Julie es Julie, y es imposible no
amarla).
Para
lo que vino después, es preciso que nos detengamos en sus aficiones, al hombre
le gustaban los caballos de carrera, bah, es decir, las carreras de caballos y
los naipes. El bridge sobre todo. Llegó a tener una columna semanal sobre
bridge en un diario de Chicago, a patentar un juego de bridge para computadoras
y en los últimos tiempos una aplicación para tableta. Era todo un experto, un
campeón, partícipe habitual de torneos mundiales. Y apostaba, claro. Y fumaba
como un escuerzo, claro. O sea que en la
vida se parecía mucho al personaje de Funny
girl.
Quizá apostar tanto lo llevó a no elegir, a no diseñar una carrera, a aceptar lo
que le propusieran, películas que iban de la B a la Z, aparecer en cosas que se
llamaban El súper golpe, S-H-E o Benji contra el crimen (la peor de ese perrito). O en miniseries,
algunas “clase A”, y otras dudosas, que traficaban con elencos de notables
estrellas del pasado. Y a veces, más por casualidad que otra cosa, estuvo en
obras de cine de autor, como Andrzej Wajda, Alejandro Jorodowsky y la etapa
bien de autor de Herni Verneuil.
Harto
de ser un chiste para su nieto, que le decía que no hacía más que trabajar en
bodrios, aceptó en 2003 El Sr Ibrahim y
las flores del Corán de Francois Dupeyron, buena película que le valió un
César, el Óscar francés.
Este
año estuvo en nuestras carteleras, primero como una referencia y después como
una presencia. En Sueño de invierno
de Nuri Bilge Ceylan, cuando el protagonista, un ex actor dueño de un hotel en
Anatolia, quiere darse importancia ante unos turistas, dice que conoció a Omar
Sharif. Y en Un castillo en Italia de
Valeria Bruni Tedeschi, película de fuerte impronta autobiográfica, aparece
como Omar Sharif en la escena de la subasta en Londres. Bruni Tedeschi dice que
lo contrataron como un mimo para su madre, que hace de madre en esta película
en la que recrean, entre otras cosas, la muerte del hermano de Bruni Tedeschi. La
madre lo vio en París y la hija lo llamó con la esperanza de que pasara algo
entre ellos. No fue. Sharif se consideraba retirado de los juegos de azar y de
las mujeres.
Puede
que fuera así, pero tenía problemas para controlar su ira. En la primera década
del siglo XXI golpeó a un policía en Francia y zamarreó un valet de
estacionamiento en los Estados Unidos.
En mayo
de este año le diagnosticaron Alzheimer, según su hijo, se propuso hacer lo que
hay que hacer para atrasar el avance del mal, aunque, también según el hijo,
jamás se aplicó para hacerlo. Perdió el apetito y finalmente el corazón, al que
maltrató durante años con 50 cigarrillos diarios, le dijo basta.
Son tiempos
tristes, quienes habitaron nuestros paisajes de infancia, adolescencia y
juventud se van. En bandada. Tantos que ya uno se pregunta: quiénes quedan. Aunque
lúgubre, se podría decir que la vida es también simplemente estar y despedir,
hasta que lo despiden a uno.
Gustavo
Monteros
martes, 15 de abril de 2014
Hay momentos
Yentl es una
película musical estadounidense dirigida, protagonizada y coproducida por
Barbra Streisand, que se estrenó el 18 de noviembre de 1983. Está basada en la
obra teatral homónima de Leah Napolin que a su vez se basa en el cuento Yentl the yeshiva boy (Yentl, el chico de la Yeshivá) de Isaac
Bashevis Singer.
Yentl es una muchacha
judía que vive con su anciano padre, el rabino de un pueblo en la Europa
Oriental de principios del siglo XX. Yentl está muy interesada en los estudios
pero en su época la educación superior está vetada a las mujeres, aunque su
padre le permite estudiar las escrituras a escondidas. Cuando su padre muere
repentinamente, Yentl tiene la ocurrencia de cortarse los cabellos y vestirse
de chico para irse a estudiar a una escuela talmúdica. (Fuente: Wikipedia)
Yentl se ha
convertido en el símbolo de los que quieren estudiar y aprender más allá
de todas las dificultades.
Y ese anhelo por
aprender se expresa en esta canción:
There
are moments you remember all your life.
Hay momentos que
recuerdas toda tu vida
There
are moments you wait for
Hay momentos que
esperas
And
dream of all your life.
Y con los que sueñas
toda tu vida
This
is one of those moments.
Éste es uno de esos
momentos
I
will always remember this chair,
Siempre recordaré
esta silla
That
window, the way the light streams in.
Esa ventana, la
manera en que se cuela la luz.
The
clothes I'm wearing,
La ropa que llevo
puesta
The
words I'm hearing,
Las palabras que oigo
The
face I'm seeing,
La cara que miro
The
feeling I'm feeling,
Lo que ahora siento
The
smell, the sounds
Los olores, los
sonidos
Will
be written on my mind,
Se quedarán en mi
mente
Will
be written in my heart
Se quedarán en mi
corazón
As
long as I live!
Mientras viva
I
can travel the past and take what I need
Puedo viajar al
pasado y tomar lo que necesito
To
see me through the years
Para verme a través
de los años
What
my father learned
Lo que mi padre
aprendió
And
his father before him will be there
Y su padre antes de
él estará allí
For
my eyes and ears.
Ante mis ojos y mis
oídos.
I
can walk through the forests
Puedo caminar por los
bosques
Of
the trees of knowledge
De los árboles del
conocimiento
And
listen to the lessons of the leaves.
Y escuchar las
lecciones de sus hojas.
I
can enter rooms
Puedo entrar a
habitaciones
Where
there are rooms within rooms
Donde hay
habitaciones dentro de otras
Wrapped
in the shawl that learning weaves.
Cobijadas por el chal
que teje el aprendizaje.
I
remember, Papa, everything you taught me
Me acuerdo, papá, de
todo lo que me enseñaste
What
you gave me, Papa,
Lo que me diste, papá
Look
at what it's brought me
Mira lo que me trajo
There
are certain things that once you have
Hay ciertas cosas que
una vez que son tuyas
No
man can take away-
Ningún hombre puede
quitar
No
wave can wash away-
Ninguna ola, llevar
No
wind can blow away-
Ningún viento, doblegar
And
now they're about to be mine!
Y ahora van a ser
mías
No
tide can turn away-
Ninguna marea, arrastrar
No
fire can burn away-
Ningún fuego, devastar
No
time can wear away...
Ni el tiempo desvanecer
I
can open doors and take from the shelves
Puedo abrir puertas y
tomar de los estantes
All
the books I've longed to hold
Todos los libros que
anhelé sostener
I
can ask all the questions,
Puedo hacer todas las
preguntas
The
whys and the wheres
Los porqués y los
dóndes
As
the mysteries of life unfold
Mientras los
misterios de la vida se develan
Like
a link in a chain
Como un eslabón en
una cadena
From
the past to the future
Del pasado al futuro
That
joins me with the children yet to be,
Que me une con los
hijos que vendrán
I
can now be a part
Ahora puedo ser parte
Of
the ongoing stream,
De un arroyo que
fluye
That
has always been a part of me!
Y que siempre estuvo
en mí
There
are certain things that once you have
Hay ciertas cosas que
una vez que son tuyas
No
man can take away-
Ningún hombre puede
quitar
No
wave can wash away-
Ninguna ola, llevar
No
wind can blow away-
Ningún viento, doblegar
No
tide can turn away-
Ninguna marea, arrastrar
No
fire can burn away-
Ningún fuego, devastar
No
time can wear away-
Ni el tiempo desvanecer
And
now they're about to be mine!
Y ahora van a ser
mías
There
are moments you remember all your life.
Hay momentos que
recuerdas toda tu vida
There
are moments you wait for
Hay momentos que
esperas
And
dream of all your life.
Y con los que sueñas
toda tu vida
This
is one of those moments!
Éste es uno de esos
momentos
Música:
Michel Legrand
Letra:
Marilyn y Alan Bergman
Traducción/traición: Gustavo Monteros
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