Mostrando entradas con la etiqueta Barbra Streisand. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barbra Streisand. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de agosto de 2023

Canciones de sabiduría - Hoy: People

People fue compuesta en 1964 para el musical Funny Girl y tiene letra de Bob Merrill y música de Jule Styne y se convirtió en la canción insignia de quien la estrenó, Barbra Streisand. 

jueves, 9 de febrero de 2017

Sobre el destino de algunas películas


Las películas tienen también su suerte y verdad. Algunas son entronizadas en altares que no merecen y otras son arrastradas por ignominias que tampoco merecen.


Y los críticos, esas criaturas caprichosas e individualistas, a las que la ausencia de grandes maestros ha vuelto inútiles, por raro que parezca también se masifican. Y así valoran en hordas films insustanciales y desprecian en cohortes films que deberían apreciar.


En esta temporada de premios, hay ejemplos de tal y cual naturaleza.


Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) de Mel Gibson no es tan buena como la cantidad de premios y nominaciones que le endilgaron nos haría suponer que es. Ni Aliados (Allied, 2016) de Robert Zemeckis es tan mala como la catarata de malas críticas nos haría suponer que es.


Mel Gibson, el director, debutó bien y discretamente con El hombre sin rostro, allá por el 93. Trepó a la excelencia con la epopéyica Braveheart/Corazón valiente. Se recibió de autor con la polémica La pasión de Cristo, 2004 y ratificó su calidad autoral con la grandiosa Apocalypto, 2006. Y durante 10 años enfrentó las consecuencias de un brote psicótico, por drogas o alcohol, que lo llevaron a insultar homosexuales y judíos. Y ahora, no perdonado del todo, a pesar de públicos y privados actos de contrición, regresa al beneplácito crítico.


Los críticos en realidad se sienten culpables por las burlas que le prodigaron a su Braveheart/Corazón valiente. Con sus otras obras no actuaron con saña. Pero año tras año incluyeron a Braveheart entre las películas que bajo ningún concepto merecían haber ganado un Óscar. No tomaban en cuenta el amor que un público fiel, entre el que me cuento, le tomó desde su estreno a esta película de valientes que no se rinden y que llevan con orgullos los colores de lo que les tocó en suerte. Ni tampoco que las sucesivas repeticiones en el cable los enfrentaría a su craso error de juicio. Por donde se la mirara, era una buena película. Su único pecado era pertenecer con claridad a un género, el de la épica. Sus supuestos excesos, si se los perfilan dentro del género, dejan de ser excesos.


¿Será por eso que ahora ven con demasiada indulgencia a Hasta el último hombre y no se percatan de sus altibajos? El film cuenta la historia de Desmond Doss, un paramédico que participó en la batalla de Okinawa, en el Pacífico Sur duranta la Segunda Guerra Mundial y que por sus heroicas acciones de rescate fue el primer objetor de conciencia en recibir una medalla de honor. 


Ahora bien, el personaje del padre del protagonista no cierra por la voluntad de sus autores de no ser duros con él. El juicio sumario al que se somete al héroe culmina en un absurdo, la respuesta que les llega por carta es tan obvia que el tribunal tendría que saberla. La insistencia en castigarlo por ser objetor de consciencia es pueril. Quizá haya sido así en la realidad, como casi todas las películas  actuales, se basa en hechos reales, pero está mal contada. La ficción y la realidad no tienen los mismos parámetros. La realidad puede ser ilógica si lo prefiere. La ficción debe lucir posible… siempre. Los creadores pasaron del “Se non è vero, è ben trovato” al “verdadero, pero mal contado”. Volviendo a nuestro tema, ¿los críticos compensan con la glorificación de una película despareja el vilipendio pasado? Sabrán ellos.


Robert Zemeckis es un maestro, así nomás, lisa y llanamente. Su obra justifica la corona de laureles: I wanna hold your hand/Locos por ellos, 1978, Autos usados, 1980, Romancing the Stone/Tras la esmeralda perdida, 1984, la trilogía de Volver al futuro, 1985-1990, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, 1988, La muerte le sienta bien, 1992, Forrest Gump, 1994, Contacto, 1997. Y la cuesta abajo a partir del 2000, con una mala Revelaciones/What lies beneath y otra supuestamente buena, del mismo año, Náufrago, a la que no evalúo porque siempre la vi por partes. Sus experimentos con la animación El expreso polar, 2004, Beowulf, 2007, Los fantasmas de Scrooge/A Christmas Carol, 2009, y su regreso al cine con actores de carne y hueso, las muy desparejas El vuelo, 2012 y En la cuerda floja/The walk, 2015.


Y ahora Aliados con el que le perdieron todo respeto. Con absoluta injusticia. No es una película plenamente lograda, pero dista mucho de ser el bodrio que dijeron que era. Comienza con una revisita a la Casablanca en los tiempos y circunstancias de la película mítica de Bogart-Bergman. La pareja central son dos espías, él, canadiense, ella, francesa. Concluida la misión, recalan en la Londres del Blitz, donde surgirá la sombra de una sospecha atroz. Como es de esperarse, la reconstrucción de época es impecable y el vestuario de una soberbia belleza (la única nominación para un Óscar, Joanna Johnston, Mejor Diseño de Vestuario, repite nominación en los BAFTA). La inmensa Marion Cotillard hace otro lujoso despliegue de talento, se permite incluso un par de escenas que se volverán antológicas. El guión de Steven Knight (Negocios entrañables, Stephen Frears, 2002, Himno de Libertad, Michael Apted, 2006, Promesas del Este, David Cronenberg, 2007, Redemption, Steven Knight, 2013, Locke, Steven Knight, 2013, Un viaje de diez metros, Lasse Hallström, 2014, Una buena receta/Burnt, 2015) está a la altura de sus antecedentes, que como se ve no son pocos y no menos excelentes. Para no spoilear diré lo justo, juega con una de las posibilidades de la resolución de la intriga que plantea, y la cumple, claro, se puede decir que uno, entrenado, léase pervertido, por tantas películas, espera la otra, que, bueno, esta vez no se da.


El problema mayor reside en Brad Pitt. Cotillard puede dar clases de actuación, pero sin referente, no puede construir una relación, algo que toda película o actuación necesitan. Algo que actores menospreciados como Omar Sharif o el gran Hugh Grant supieron y saben desde siempre, la coprotagonista es sagrada y se la defiende a muerte. En Netflix pusieron en estos días el clásico Funny girl, Barbra Streisand sigue magnífica como el primer día como Fanny Brice, pero si Sharif no se hubiera tomado la molestia de quererla, no habría pasado a la historia, habría quedado en puros fuegos artificiales. Algo parecido dije respecto a Florence, Meryl Streep hace su inolvidable festival de histrionismo, pero sin el entorno que provee Hugh Grant habría sido un show tan carismático como vacío. Parece fácil ser el galán, no lo es. No se trata de ser solo apuesto, hay que comprometerse. Atreverse a armar una relación, como en la vida. Una piedra preciosa, sin un engarce es un incordio que se pierde en el cajón, dentro de un engarce es una joya. Las actrices fabulosas son piedras preciosas que necesitan un engarce.


Brad Pitt no me parece un buen actor, creo que es un chico lindo que tuvo la suerte de cruzarse con un director Ridley Scott que supo iluminarlo para justificar el error de Thelma (Geena Davis) en la ahora mítica Thelma y Louise, 1991. Este breve papel consagró por fin a Pitt, que venía insistiendo sin suerte, y lo catapultó no al estrellato sino al súper-estrellato. Pero a mí nunca me vendió nada, me parece de mediano talento para abajo, para no desvalorizarlo del todo suelo analizarlo técnicamente y en líneas generales no hallo nada muy destacable, a veces está menos peor que otras veces.


Pero en esta oportunidad, para escándalo de mis amigos, habituados a oírme despotricar contra él, haré una salvedad. Actuar es un hecho vivo, perdónenme la obviedad por un segundo. Hay que poner el cuerpo y a veces las circunstancias de la vida no pueden dejarse de lado, invaden, no pueden controlarse. Cuando se es una híper-estrella, los contratos se firman con mucha antelación. Aquí Brad Pitt luce más profesional que nunca, con la letra aprendida, haciendo grandes esfuerzos porque no se le noten las consecuencias de su publicitado divorcio de Angelina Jolie. Está en escena y no está. Su cuerpo está, pero su cabeza y su sensibilidad andan por otro lado. No puedo juzgarlo porque no puede hacer otra cosa, salvo lo que le sale, lo que le queda del oficio de actuar. Analizarlo sería una crueldad.



Aliados será eventualmente redescubierta y valorada por lo que es, una buena película, entretenida, con una excelente actuación de su protagonista femenina. Ninguna obra maestra, pero muy atendible (aunque más no sea porque es la película en que Brad Pitt aparece, pero no está). 

jueves, 13 de octubre de 2016

Un tal Yves Montand

En mis años tiernos, Yves Montand era una figura cercana, quizá no tanto como Paul Newman u Omar Sharif, pero casi. Supongo que la primera película que vi con él fue en televisión. Debió tratarse de una de las dos en las que hacía de galán para estrellas estadounidenses, o Let’s make love (La adorable pecadora, George Cukor, 1960) frente a Marilyn Monroe o My Geisha (Mi dulce geisha, Jack Cardiff, 1962) frente a Shirley McLaine. O quizá se trato de Goodbye, again (¿Le gusta Brahms?, Anatole Litvak, 1961)  en la que el joven Anthony Perkins se interponía en la relación que mantenía con una madura (por entonces ella tenía 46, que para los parámetros de la época eran como 100) Ingrid Bergman.


En cine debo haberlo visto por primera vez en alguna matinée de Grand Prix (John Frankenheimer, 1966) película de carreras, como su título lo indica, muy frecuentada por entonces; en ese film andaban también otro de mis favoritos de toda la vida, James Garner, la blonda Eva Marie Saint y el súper astro japonés, Toshiro Mifune.


En el 70 o en el 71 vi su película más popular por estos pagos Z (Costa Gavras, 1969) era casi de visión obligatoria. Por esa fecha lo vi en otro film, que quizá no fue tan exitoso, pero que para mí fue un hito: En un día claro se ve hasta siempre (Vincent Minnelli, 1970) un musical tan raro como bello, una historia de amor, entre un psicólogo (Montand, of course) y una paciente (Barbra Streisand) que se realizará recién en el futuro, y con canciones muy, pero muy hermosas, entre las de él, mi favorita es Melinda.


Al ratito nomás estrenaron su segunda colaboración con  Costa Gavras: La confesión (1970). Su tercera colaboración a decir verdad porque en el lejano 1965 habían hecho Los crímenes del coche cama (Compartiment tuers). Y a cada rato en los cines de cruce daban Vivir por vivir (Claude Lelouch, 1967) en la que estaba con Annie Girardot y Candice Berger, aunque yo no la vi, porque Lelouch en ese entonces no me interesaba mucho, una noche que la dio canal 13 vi la última media hora y concluí que no me había perdido mucho.


En un ciclo del Círculo de Periodistas pesqué La guerra ha terminado (Alain Resnais, 1966) en la que compartía cartel con Ingrid Thulin y Genevieve Bujold, mucho no entendí porque me faltaba contexto político para captarla por entero, y me intrigó más que me gustó, bah, por ahí no era en el Círculo de Periodistas sino en la Alianza Francesa porque estaba medio prohibida, en esa época se prohibía casi todo.


En algún ciclo también vi El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953) que me pareció muy superior a la remake con Roy Scheider que hizo William Friedkin en 1977.


A principios de los setenta fue muy popular también la que hizo con Louis de Funes, Delirios de grandeza (Gérard Oury, 1971).


En el 72 se enamoró de Romy Shneider, en la pantalla al menos, bajo batuta de Claude Sautet: César y Rosalie, la escena en la que se cambia los zapatos a pedido de ella es un inolvidable acto de amor que se me fijó en la memoria.


En el 72, vuelta al cine político de Costa-Gavras: Estado de sitio, relato cercano geográficamente porque contaba hechos ocurridos en Uruguay.


En el 74, de nuevo bajo las órdenes de Claude Sautet hizo Tres amigos, sus mujeres y los otros (Vincent, François, Paul… et les autres. (Por esos tiempos veíamos otro Sautet hasta el hartazgo: Las cosas de la vida con Michel Piccoli, Romy Schneider y Lea Massari en la que un accidente dejaba a la luz unas cuantas cosas secretas).


En el 75 se fue al sol de Caracas en El salvaje (Jean-Paul Rappeneau) para seducir con reciedumbre a la indomable Catherine Deneuve.


En el 76 lo vimos en un policial Police Python 357 (Alain Corneau) en el que también estaba Simone Signoret.


Ah, me había olvidado, pequeño olvido, mirá, en el 70 estuvo en un grandioso Jean-Pierre Melville: El círculo rojo junto a Alain Delon, Bourvil, Gian Maria Volonté, recuerdo que me impresionó sobremanera la escena de su delirium tremens, más por Melville que por él, a decir verdad, un rincón de la habitación estaba lleno y apilado de batracios y ofidios.


En el 79 aparecería en dos películas que su polvadera levantaron, primero en un Costa-Gavras que se olvidaba de la política para concentrarse en el amor: Claro de mujer, la mujer es cuestión era nada más ni nada menos que Romy Schneider, que le hacía perder el sueño y el hambre a más de uno. Y después en un thriller político apropiadamente paranoico I como Ícaro (Henri Verneuil).


En el 81 volvió con otro policial La elección de las armas (Alain Corneau) en la que compartía cartel con Catherine Deneuve y Gérard Depardieu.


En el 82 fue el padre de Isabelle Adjani Puro fuego Pura llama, otro Rappeneau. Coprotagonizaba Lauren Hutton.


En el 86 lo veríamos en el díptico de Claude Berri sobre las novelas de Marcel Pagnol: Jean de Florette y Manón del manantial junto a Gérard Depardieu, Daniel Auteuil y una despampanante Emmanuelle Béart. Para nosotros fue su canto del cisne, porque si bien filmó tres películas más: Trois places pour le 26 (un musical de 1988 de Jacques Demy armado en torno a su figura), Netchaïev est de retour (una de espías de 1991 de Jacques Deray junto al por entonces incipiente Vincent Lindon) y IP5: L'île aux pachydermes (una road movie de Jean-Jacques Beineix de 1992) no las veríamos en cine.



Aunque este recuento parezca exhaustivo, no lo es, dejé afuera unas cuantas películas o que no vi o que no termino de acordarme. Como sea, es solo un pequeño homenaje para decirle que no lo olvidé y que todavía lo extraño.

jueves, 27 de agosto de 2015

Dual como Juan Carlos



Los obituarios de actores dejan al descubierto la poca existencia de datos y la absoluta falta de sistematización. Sobre todo de los antecedentes teatrales y televisivos. Todos repiten como el ajo los pocos datos que pescó en internet el aprendiz de turno de Telam. Y los conocedores al leerlos se percatan de no pocas ironías. Junto a la apreciación de largas y exitosas temporadas de una obra teatral que los colocó en el mapa o reverdeció sus laureles conviven otras de cortas y amargas temporadas, que poco y nada hicieron por sus vidas artísticas y personales, y que con gusto hubieran querido olvidar… pero como sobrevivieron en tal o cual sitio… Y así quedan afuera otras, más valiosas, que sí cimentaron sus famas. Los antecedentes televisivos, aunque existe bibliografía y anuarios, son, si cabe, aún más exiguos.


No fue la excepción con Juan Carlos Dual. Salvo Marcelo Stiletano que hizo un perfil más personalizado en su columna de La Nación, el resto de los medios gráficos parafrasearon los pocos datos usados por Telem para despedirlo.


Como tengo toda la libertad, lo evocaré según mis recuerdos, sin remitirme a fuente alguna. Cuando lo conocí o cuando empecé a acercarme al mundo del espectáculo, ya era un actor instalado.


En los años de la infancia, había solo cinco canales de televisión, el 2, el 7, el 9, el 11 y el 13. Y primero en las matinés de los fines de semana y después también en las de los días de semana, casi todos los canales repasaban la cinematografía de Enrique Carreras, mis hermanos y yo (a veces el resto de la familia también, es decir, tíos, padres y abuelos) veíamos estas más o menos recientes producciones argentinas. Una de las que más nos gustaba era ¡Viva la vida!, en la que un matrimonio de guionistas compuesto por Mercedes Carreras y Juan Carlos Dual imaginaban distintas historias para llevar al cine, la del medio era la más divertida porque se trataba de en una especie de musical-video-clip, con Palito Ortega que cantaba el tema que daba nombre a la película y Violeta Rivas, que gracias a o a pesar de su peinado era una de nuestras cantantes favoritas. Y nos fascinaba la coreografía de Olga Francés y Emilio Buis que consistía en dos hileras de chicas o chicos que se cruzaban en diagonal delante del cantante haciendo un pasito que siempre parecía el mismo. Sabíamos los nombres porque en la tele trabajaban mucho y Pipo Mancera los nombraba con destaque. Por entonces todavía daban también El show de Dick Van Dike, y en esa película un poco me lo traía a la mente. Bueno, ambos eran altos (o al menos lo parecían) y muy histriónicos.


Después lo recuerdo de la tele, de sobre todo Matrimonios y algo más, y de algunas películas  picarescas de la época como La gran ruta, Seguro de castidad, Basta de mujeres, Donde duermen dos… duermen tres. Y como ya era curioso y comenzaba a recopilar datos, de Vení conmigo, la penúltima película del maestro Luis Saslavsky en la que compartía cartel con Susana Giménez, Alberto Martín y Víctor Laplace.


En 1980 vino su gran éxito, un auténtico fenómeno de la época: Rosa… de lejos. Una mucamita (Leonor Benedetto) a la que el patrón (Pablo Alarcón) le había hecho un hijo (Gustavo Luppi) con la ayuda de un maestro (Juan Carlos Dual) salía del analfabetismo y llegaba, secundada por su leal amiga (Betiana Blum), a convertirse primero en modista de barrio y luego en una Cocó Chanel local de rodete con delantera engominada. Fue tal el éxito que hasta hicieron una película del mismo nombre, una especie de resumen de la historia que ya atesorábamos en la memoria. Iba al mediodía, a eso de la una, para ser más preciso, no olvido esos detalles porque yo siempre almorzaba con Rosa… de lejos. En esos tiempos enrarecidos de dictadura gris y cruel, Rosa… de lejos nos devolvía un poquito de la humanidad que aunque no quisiéramos se nos escapaba. No en vano dejábamos de ser cuadras, barrios para ser casas aisladas que desconfiábamos de todos los demás. Y si para entonces Dual no nos caía simpático, después de su maestro Esteban era como de la familia.


Lo seguí viendo en la tele y en alguna que otra película. Se enamoró de Diana Maggi y se convirtieron en pareja. Y como les gustaba mucho el teatro, me los solía cruzar en joles, viendo todo tipo de obras, no solo las comerciales. Él se había formado en el teatro independiente y no dejaba de amarlo.


En los noventa lo vi en el escenario un par de veces, una en el San Martín haciendo Lulú, la obra de Wedekind junto a Mía Maestro, antes de ella se instalara en Los Ángeles. Después, junto a Nati Mistral en Hello, Dolly!, y como la Mistral no estaba avasalladora, él pudo lucirse con el personaje de Horace Vandelgerder (normalmente las Dollys se tragan al galán, siempre y cuando no se sea Walter Matthau, que no en vano se ganó este comentario de Barbra Streisand: “Walter creía que la película se llamaba Hello, Walter!”).


Después nos saludábamos de lejos cuando iba a ver a China Zorrilla en El camino a La Meca, una obra para un verano que, por la magia de su historia, el talento de sus tres actores (la tercera en cuestión era Telma Biral), y el milagro del teatro se convirtió en un suceso de varias temporadas.


Casualmente o no tanto (porque veo teatro tupido) vi su última actuación. Fue en el verano del 2009 en el Maipo. La obra era Cash, escrita y dirigida por José María Muscari. Desparramaba elegancia y seguridad, lo que no era de extrañar en un actor nato, con dominio de la escena, ubicuo como pocos, que se dejaba dirigir lo que acrecentaba su versatilidad. Saltaba del teatro y la televisión populares al teatro de texto culto o cultivado con la espontaneidad de quien tiene talento de verdad. Era como el sueño de un director de casting hecho realidad. Sabía brillar en los protagónicos y pulir su rincón, sin pisar canteros ajenos, en los secundarios. Nada más ni nada menos que un irrepetible, bah.

sábado, 11 de julio de 2015

Ojos oscuros



Hizo una entrada triunfal en el cine occidental. David Lean le armó, en el ahora legendario Lawrence de Arabia, una entrada a escena digna de una fuerza de la naturaleza. Como dijo alguien por ahí, el peligro de esas cosas es si después se está a la altura de semejante magnificencia. Ya sabemos que lo estuvo, tampoco era ningún advenedizo, el hombre era una estrella en su Egipto natal con más de 12 películas en su haber. Confesó más tarde que Lawrence de Arabia era una película rara en los papeles, que no tenía nombres conocidos, ni mujeres, ni mucha acción. Confesó también que David Lean sentía un profundo desprecio por los actores, que para él solo eran caras y cuerpos que le servían para tal o cual personaje de la historia que quería contar, pero que él, Omar, le caía bien. A juzgar por la entrada a escena que le hizo, era verdad.


Era el año 1962, tenía 30 años, estaba casado con una coterránea actriz de cine, que en 1957 le había dado un hijo, antes se había graduado en Física y Matemática en la Universidad de El Cairo y había estudiado en la Royal Academy of Dramatic Art de Londres. Con el tiempo diría que Lawrence de Arabia es una gran película, pero que él no estaba bien. No importa, le significó su única nominación al Óscar y su primer Globo de Oro. Y con el tiempo también se preguntaría qué hubiera pasado si David Lean que, lo eligió solo porque lucía árabe y sabía inglés, no lo hubiera seleccionado, supuso que seguiría casado y que hubiera engordado.


Siempre recordaría que su madre le pegaba por cualquier cosa y que como era un chico gordo, decidió enviarlo de pupilo a una escuela inglesa, supuso que como la comida inglesa era horrible, adelgazaría. No se equivocó, adelgazó y por la propensión de  los ingleses al deporte hasta se puso atlético.


Como bien dice Peter Bradshaw en su despedida en The Guardian, Hollywood nunca supo qué hacer con él, no era el prolijo galán típico, ni el carismático actor de reparto y encima era demasiado simpático para ser el malo. Lo confinó entonces a la extranjería, fue, entro otras etnias, indio, mongol, latino, árabe, y claro, ruso.


En 1965, David Lean lo llama para protagonizar la versión cinematográfica de la novela del momento: Doctor Zhivago. Y Omar Sharif se convirtió en Omar Sharif. Sus ojos oscuros mataron de amor a las mujeres y todos quisimos tener semejante poder de seducción. Matar de amor con la mirada. Un milagro que a Sharif le salía sin ningún esfuerzo. El doctorcito le dio fama imperecedera, por más que durante décadas intentó dilapidarla, nunca cayó tan bajo como para dejar de ser Omar Sharif.


En 1968 ratificó su estatura de Omar Sharif, fue el galán de Barbra Streisand en Funny girl, galán y chiste, porque ella, que hacía de fea, no podía creer que lo hubiera conquistado, pero, claro, lo perdía y se deshacía cantando Mi hombre, canción que hoy ya no es políticamente correcta. Bah, si se la cantan a Sharif por ahí lo siga siendo.


Y así, como se propone casamiento, a su mujer le propuso un divorcio. Le dijo que tarde o temprano se separarían, y que era mejor hacerlo ahora que ella todavía era joven y hermosa y no más tarde, cuando conseguir un hombre que la quisiera fuera más difícil. Y se separaron, nomás. Y él dijo que a ella le fue mejor que a él, porque volvió a casarse y fue feliz, él, en cambio, ya no se casaría y sus relaciones más que relaciones eran romances.


Su probable lista de mujeres es un Olimpo de bellezas irrepetibles. Digo probable porque él, todo un caballero, negó que se hubieran relacionado con él. A una reconoció haber amado, a Ava Gardner, fue en tiempos de Mayerling, película en que su pareja era Catherine Deneuve, y Ava hacía de ¡su madre! , la de él, no la de Catherine. E hizo bien, perdón, porque Catherine era por entonces un palo vestido, no había florecido todavía, Marcello Mastroianni la haría florecer, Ava, en cambio, era toda opulencia y sensualidad.


Hasta más o menos mediados de los setenta, trabajó con directores notables o nada desdeñables: Anthony Mann, Fred Zinnemann, Anthony Asquith, Terence Young, Anatole Litvak, Francesco Rosi, William Wyler, J Lee Thompson, Richard Fleischer, John Frankenheimer, Blake Edwards y Richard Lester. No todas fueron grandes películas, pero ninguna es vergonzante. (Personalmente hay dos que considero inolvidables: Y vivieron felices de Francesco Rosi en la que compartió cartel con una bellísima, y me quedo corto, Sophia Loren, si las cantantes no tienen siempre la misma voz, las estrellas de cine, aunque bellas, no irradian siempre la misma belleza y en ese año, por lo que fuera, Sophia estaba tan hermosa que uno se creía en el Cielo de solo verla, y en la que era hijo de Dolores del Río, que, de tan otoño casi en el invierno de su vida estaba, y sin embargo también deslumbraba, la historia era un cuento con brujas y santos, no es tan conocida como merece, si se la cruzan, dejen todo y véanla. La otra es La leyenda del tamarindo de Blake Edwards, un film raro casi inclasificable, porque se supone que es de espías, pero en realidad es una historia de amor en una trama de espías, la música de John Barry es muy hermosa, ¿Henri Mancini estaría ocupado?, porque Edwards tenía en Mancini a su aliado musical, como sea, su pareja era Julie Andrews, la más andrógina de todas, la del pelo corto, los pantalones Oxford, las camisas de cuellos anchos, y esas poleras, incluso así encantadora, porque Julie es Julie, y es imposible no amarla).


Para lo que vino después, es preciso que nos detengamos en sus aficiones, al hombre le gustaban los caballos de carrera, bah, es decir, las carreras de caballos y los naipes. El bridge sobre todo. Llegó a tener una columna semanal sobre bridge en un diario de Chicago, a patentar un juego de bridge para computadoras y en los últimos tiempos una aplicación para tableta. Era todo un experto, un campeón, partícipe habitual de torneos mundiales. Y apostaba, claro. Y fumaba como un  escuerzo, claro. O sea que en la vida se parecía mucho al personaje de Funny girl.


Quizá apostar tanto lo llevó a no elegir, a no diseñar una carrera, a aceptar lo que le propusieran, películas que iban de la B a la Z, aparecer en cosas que se llamaban El súper golpe, S-H-E o Benji contra el crimen (la peor de ese perrito). O en miniseries, algunas “clase A”, y otras dudosas, que traficaban con elencos de notables estrellas del pasado. Y a veces, más por casualidad que otra cosa, estuvo en obras de cine de autor, como Andrzej Wajda, Alejandro Jorodowsky y la etapa bien de autor de Herni Verneuil.


Harto de ser un chiste para su nieto, que le decía que no hacía más que trabajar en bodrios, aceptó en 2003 El Sr Ibrahim y las flores del Corán de Francois Dupeyron, buena película que le valió un César, el Óscar francés.


Este año estuvo en nuestras carteleras, primero como una referencia y después como una presencia. En Sueño de invierno de Nuri Bilge Ceylan, cuando el protagonista, un ex actor dueño de un hotel en Anatolia, quiere darse importancia ante unos turistas, dice que conoció a Omar Sharif. Y en Un castillo en Italia de Valeria Bruni Tedeschi, película de fuerte impronta autobiográfica, aparece como Omar Sharif en la escena de la subasta en Londres. Bruni Tedeschi dice que lo contrataron como un mimo para su madre, que hace de madre en esta película en la que recrean, entre otras cosas, la muerte del hermano de Bruni Tedeschi. La madre lo vio en París y la hija lo llamó con la esperanza de que pasara algo entre ellos. No fue. Sharif se consideraba retirado de los juegos de azar y de las mujeres.


Puede que fuera así, pero tenía problemas para controlar su ira. En la primera década del siglo XXI golpeó a un policía en Francia y zamarreó un valet de estacionamiento en los Estados Unidos.


En mayo de este año le diagnosticaron Alzheimer, según su hijo, se propuso hacer lo que hay que hacer para atrasar el avance del mal, aunque, también según el hijo, jamás se aplicó para hacerlo. Perdió el apetito y finalmente el corazón, al que maltrató durante años con 50 cigarrillos diarios, le dijo basta.


Son tiempos tristes, quienes habitaron nuestros paisajes de infancia, adolescencia y juventud se van. En bandada. Tantos que ya uno se pregunta: quiénes quedan. Aunque lúgubre, se podría decir que la vida es también simplemente estar y despedir, hasta que lo despiden a uno.

Gustavo Monteros

martes, 15 de abril de 2014

Hay momentos




Yentl es una película musical estadounidense dirigida, protagonizada y coproducida por Barbra Streisand, que se estrenó el 18 de noviembre de 1983. Está basada en la obra teatral homónima de Leah Napolin que a su vez se basa en el cuento Yentl the yeshiva boy (Yentl, el chico de la Yeshivá) de Isaac Bashevis Singer.

Yentl es una muchacha judía que vive con su anciano padre, el rabino de un pueblo en la Europa Oriental de principios del siglo XX. Yentl está muy interesada en los estudios pero en su época la educación superior está vetada a las mujeres, aunque su padre le permite estudiar las escrituras a escondidas. Cuando su padre muere repentinamente, Yentl tiene la ocurrencia de cortarse los cabellos y vestirse de chico para irse a estudiar a una escuela talmúdica. (Fuente: Wikipedia)

Yentl se ha convertido en el símbolo de los que quieren estudiar y aprender más allá de todas las dificultades.
Y ese anhelo por aprender se expresa en esta canción:





There are moments you remember all your life.
Hay momentos que recuerdas toda tu vida
There are moments you wait for
Hay momentos que esperas
And dream of all your life.
Y con los que sueñas toda tu vida
This is one of those moments.
Éste es uno de esos momentos
I will always remember this chair,
Siempre recordaré esta silla
That window, the way the light streams in.
Esa ventana, la manera en que se cuela la luz.
The clothes I'm wearing,
La ropa que llevo puesta
The words I'm hearing,
Las palabras que oigo
The face I'm seeing,
La cara que miro
The feeling I'm feeling,
Lo que ahora siento
The smell, the sounds
Los olores, los sonidos
Will be written on my mind,
Se quedarán en mi mente
Will be written in my heart
Se quedarán en mi corazón
As long as I live!
Mientras viva
I can travel the past and take what I need
Puedo viajar al pasado y tomar lo que necesito
To see me through the years
Para verme a través de los años
What my father learned
Lo que mi padre aprendió
And his father before him will be there
Y su padre antes de él estará allí
For my eyes and ears.
Ante mis ojos y mis oídos.
I can walk through the forests
Puedo caminar por los bosques
Of the trees of knowledge
De los árboles del conocimiento
And listen to the lessons of the leaves.
Y escuchar las lecciones de sus hojas.
I can enter rooms
Puedo entrar a habitaciones
Where there are rooms within rooms
Donde hay habitaciones dentro de otras
Wrapped in the shawl that learning weaves.
Cobijadas por el chal que teje el aprendizaje.
I remember, Papa, everything you taught me
Me acuerdo, papá, de todo lo que me enseñaste
What you gave me, Papa,
Lo que me diste, papá
Look at what it's brought me
Mira lo que me trajo
There are certain things that once you have
Hay ciertas cosas que una vez que son tuyas
No man can take away-
Ningún hombre puede quitar
No wave can wash away-
Ninguna ola, llevar
No wind can blow away-
Ningún viento, doblegar
And now they're about to be mine!
Y ahora van a ser mías
No tide can turn away-
Ninguna marea, arrastrar
No fire can burn away-
Ningún fuego, devastar
No time can wear away...
Ni el tiempo desvanecer
I can open doors and take from the shelves
Puedo abrir puertas y tomar de los estantes
All the books I've longed to hold
Todos los libros que anhelé sostener
I can ask all the questions,
Puedo hacer todas las preguntas
The whys and the wheres
Los porqués y los dóndes
As the mysteries of life unfold
Mientras los misterios de la vida se develan
Like a link in a chain
Como un eslabón en una cadena
From the past to the future
Del pasado al futuro
That joins me with the children yet to be,
Que me une con los hijos que vendrán
I can now be a part
Ahora puedo ser parte
Of the ongoing stream,
De un arroyo que fluye
That has always been a part of me!
Y que siempre estuvo en mí
There are certain things that once you have
Hay ciertas cosas que una vez que son tuyas
No man can take away-
Ningún hombre puede quitar
No wave can wash away-
Ninguna ola, llevar
No wind can blow away-
Ningún viento, doblegar
No tide can turn away-
Ninguna marea, arrastrar
No fire can burn away-
Ningún fuego, devastar
No time can wear away-
Ni el tiempo desvanecer
And now they're about to be mine!
Y ahora van a ser mías
There are moments you remember all your life.
Hay momentos que recuerdas toda tu vida
There are moments you wait for
Hay momentos que esperas
And dream of all your life.
Y con los que sueñas toda tu vida
This is one of those moments!
Éste es uno de esos momentos

Música: Michel Legrand
Letra: Marilyn y Alan Bergman
Traducción/traición: Gustavo Monteros