Y hoy es el turno de uno de los crooners por excelencia, Dean Martin, que canta That's Amore, canción de 1953 compuesta por Harry Warren y Jack Brooks.
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viernes, 25 de septiembre de 2026
miércoles, 23 de agosto de 2017
Sing it for Mamma!
Se
dice que en el mundo del espectáculo hay una maldición para los dúos cómicos,
que conocerán fama y fortuna, que tendrán todxs lxs compañerxs de cama que
quisieran, que se llenarán libros que alabarán la buena química que mantenían
entre ellos, pero que pasado cierto tiempo, por los girones de ego puesto en
juego, por las inclinaciones de destruir lo bueno que a veces no podemos
controlar, todo dúo cómico o musical terminará a las patadas.
Todos los anales de la historia del espectáculo mundial parecen dar cuenta y razón de la maldición. Algunos terminaron apenas mal, los menos. Los más, al borde del asesinato.
Dean Martin y Jerry Lewis lejos de ser la excepción fueron un ejemplo paradigmático de las separaciones conflictivas. Con el tiempo aprendieron a decir palabras amables del otro, pero se sentían más civilizadas que sinceras. Ahora que la eternidad los ha unido ¿limarán diferencias?, ¿sanarán los egos heridos?, o ¿se mantendrán tan alejados uno del otro como el Cielo lo permita?
Para nosotros siempre estarán juntos, en perfecta sintonía para divertirnos. Es la tiranía del espectador, fija aquello que lo hace feliz y si es un suplicio para los actores, se desentiende, su felicidad está primero.
Más de una vez, más de un par de histriones se reunieron “a pedido del público” para sonreír en escena y sangrar en los camarines.
Que también hay lágrimas en el glamur…
Gustavo Monteros
Todos los anales de la historia del espectáculo mundial parecen dar cuenta y razón de la maldición. Algunos terminaron apenas mal, los menos. Los más, al borde del asesinato.
Dean Martin y Jerry Lewis lejos de ser la excepción fueron un ejemplo paradigmático de las separaciones conflictivas. Con el tiempo aprendieron a decir palabras amables del otro, pero se sentían más civilizadas que sinceras. Ahora que la eternidad los ha unido ¿limarán diferencias?, ¿sanarán los egos heridos?, o ¿se mantendrán tan alejados uno del otro como el Cielo lo permita?
Para nosotros siempre estarán juntos, en perfecta sintonía para divertirnos. Es la tiranía del espectador, fija aquello que lo hace feliz y si es un suplicio para los actores, se desentiende, su felicidad está primero.
Más de una vez, más de un par de histriones se reunieron “a pedido del público” para sonreír en escena y sangrar en los camarines.
Que también hay lágrimas en el glamur…
Gustavo Monteros
jueves, 8 de junio de 2017
Dino
Cuando era chico y comencé a ver cine, Dean Martin era
como la mugre, estaba en todos lados. Estaba en esos westerns que me encantaban
como Los hijos de Katie Elder, Cuatro por Texas o Río Bravo, en los que era compañía de John Wayne o Frank Sinatra. Por
entonces daban también Texas más allá del
río, en la que curiosamente estaba con Alain Delon, que era por completo
sapo de otro pozo. Eso por Catamarca, en el cine del cura o en el de Berón.
En la casa de los abuelos paternos de La Plata,
aparecía en la televisión en las películas que había compartido con Jerry
Lewis, en las que era la cara seria, donde rebotaban los histrionismos
deliciosos del cómico de cara y voces elásticas. (Después sabría que esa
sociedad cinematográfica nació en 1949 con Mi
amiga Irma y duró hasta 1956 con Entre
la espada y pared (Hollywood or bust,
en el original), una sociedad en especial difícil para Martin por la
personalidad volátil y voluble de Lewis).
Y en los cines andaba en una de las derivaciones del
éxito de James Bond, encarnaba el agente secreto Matt Helm (el otro era James
Coburn y su agente secreto Flint) (bueno, por aquí estaban Tiburón, Delfín y
Mojarrita, pero eso es otra historia). En esos años impresionables recuerdo que,
cuando supimos de la matanza del clan Mason, me afligió sobremanera que una de
las víctimas fuera una de las chicas Helm, Sharon Tate, que no asociaba todavía
con los glorioso vampiros de Polanski.
Por las revistas que leían las mujeres de mi casa (la
internet de mi infancia) supe que había
pertenecido al Rat Pack, el clan Sinatra por estos lados, junto a Frank
Sinatra, claro, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y Joey Bishop, clan al que se le
atribuía contactos con la mafia. Después, también, habría de enterarme que en
su niñez y adolescencia, años antes de ser otro cantante que imitaba a Bing
Crosby, alcanzar algo de éxito, y dar con Jerry Lewis y formar el dúo que
habría de ponerlos en el mapa, Dean había distribuido licor ilegal en su Ohio
natal, para después tener una breve carrera de boxeador.
Por entonces ya todos andábamos por los años setenta y
él estaba también en la versión cinematográfica del libro que todos habíamos
leído Aeropuerto. Pero para mí Dean
Martin era un dato más, su rol de hombre al que todo le resbala había triunfado
conmigo me importaba tres cominos, cuatro pepinos y un ajo. Era, pobre, apenas
un adorno extra de la escenografía, me fijaba más en quien lo acompañara, fuera
quien fuera, que en él.
En algún momento sabría que su primera película
después de las dúo con Lewis fue un rotundo fracaso, 10.000 dormitorios, y que cuando todos daban por terminada su
carrera sorprendió con trabajos dramáticos en Los dioses vencidos (The Young
Lions, Edward Dmytryk, 1958), Dios
sabe cuánto amé (Some came running,
Vincente Minnelli, 1958) y Río Bravo
(Howard Hawks, 1959) (veta dramática que volvería a exhibir en Pasiones en conflicto (Toys in the attic, George Roy Hill,
1963). Antes o después sería el galán afable de westerns y comedias.
Y antes o después, yo sabría que el personaje creado
para conducir su show en la televisión era el de un anfitrión ligeramente
borracho, achispado diríamos por aquí, de verba punzante aunque nunca hiriente.
Sabría también que su éxito como cantante habría sido tal que hasta una vez
desplazó a The Beatles del tope de ventas con su versión de Everybody loves
somebody, algo muy destacable porque había que vencer a los Beatles cuando
reinaban como Beatles.
Después vendría el ocaso profesional que él mismo
alentó alejándose paulatinamente. En el cine se despediría del protagónico con Mr Ricco, un film que se estrenaría con
respetable éxito en los cines locales y más tarde participaría, ya en canto de
cisne, en los vehículos de lucimiento para el rey de la boletería de entonces, el
ahora olvidado Burt Reynolds, Carrera de
locos (The Cannonball Run, 1981)
y Carrera de locos II (The Cannonball Run II, 1984).
Y después su epílogo, su salida de escena definitiva
por el enfisema, efecto colateral del cáncer de pulmón con el que peleaba. En los
obituarios supimos que quizá por la pérdida prematura de unos de sus siete
hijos en un accidente aéreo, y de la muerte de un asistente de toda la vida y de
otro secretario de la época del Rat Pack (las grandes estrellas dependen mucho
de estos profesionales casi anónimos, sabrá Dios cuántas buenas actuaciones se
deben a una casual palabra de aliento o de un té o whisky servidos a tiempo) en
sus últimos años se aisló (almorzaba y cenaba solo en sus restaurantes
favoritos) y en privado hizo realidad su personaje público de borrachín (que
nunca había sido tal, porque el alcohol que mostraba en escena era solo jugo de
manzana) y elevó esa debilidad a la
categoría de borracheras continuas extremas.
Y lo olvidé como a tantas cosas. Pero reaparecía una y
otra vez como cantante en muchas de las bandas de sonido de las películas que
veíamos, tanto es así que su voz está en la banda de sonido de ¡263 películas!
Y ya diestros en maestros del cine nos lo cruzaríamos
en el Minnelli que protagonizó junto a la malhadada Judy Holliday Esta rubia vale un millón (Bells are ringing, 1960) y su delicioso
Billy Wilder, Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964) junto a la
ondulante Kim Novak y al gran Ray “Mi marciano favorito” Walston.
Sus reapariciones incluyen una hilarante obsesión del
personaje de Osmar Núñez en la obra Jugadores
del catalán Pau Miró, que hicieron en la temporada pasada con Daniel Fanego, Luis
Machín y Roberto Carnaghi (reemplazado en la gira por el interior del país por
Jorge Suárez) (última etapa en la carrera de un mito, ser referencia en una
obra de teatro).
No hace mucho Scorsese amenazaba con filmar una biopic
sobre su persona, algo que todavía anda en amenaza. Ayer, 7 de junio, hubiera
cumplido 100 años. Yo por estos días lo descubro como cantante y digo que de
verdad era bueno. Como actor sigo sin descubrirlo, sigo comprando su todo-me-imorta-un-cuerno,
pero le creo a Scorsese cuando dice que si se lo toma en serio, se verifica su
talento, aunque, claro, para ello haya que contradecir el artero retrato que
Vincente Minnelli hizo de él: “Dino moriría
antes de que supieran lo mucho que le importaba todo”.
Gustavo Monteros
Etiquetas:
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