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viernes, 23 de febrero de 2024

Lecturas 2024 - Hoy: Gente conmigo


 

Escrito el 12 de enero de 2024

 

Como la realidad sigue aciaga, voy de protesta en defensa de la cultura atropellada a marcha por derechos laborales vulnerados, y en el medio meto mi cabeza en un libro para no volverme loco, o como cantaba Charly, para no volverme "tan" loco. Esta vez le tocó el turno a Gente conmigo de Syria Poletti, que en mi más tierna infancia fue un libro muy popular y que por esas cosas no llegó a mis manos. Nora, una traductora de italiano, está en la cárcel por haber falsificado documentos públicos, pasaportes, actas de nacimiento y esas cosas. Transcurre los días rememorando los motivos que pudieron haberla llevado a cometer el delito por el que se la acusa. Pasó su infancia en una Italia muy empobrecida y su abuela materna le enseño el "extraño oficio" de escribir cartas para los analfabetos. Sus padres y hermanos emigrarían para Argentina y a ella por discapacitada (tiene una escoliosis deformante) no la aceptan. Se queda en Italia con la abuela y una hermana. Insistirán y finalmente, la hermana y ella podrán venir. Intentarán vivir con los padres y los hermanos en Chaco, pero por la distancia, los vínculos están rotos, sin posibilidad de reverdecimiento. Nora y la hermana terminan viviendo en Buenos Aires. La Segunda Guerra las encuentra allí. En Italia a la abuela la matan los fascistas por haber escrito cartas para los guerrilleros analfabetos. Nora cuenta las marcas que le dejaron la gente para la que escribió cartas o hizo traducciones (la Gente conmigo, del título) Y finalmente sabremos qué la mandó a la cárcel. La novela fue publicada por primera vez en el año 1960 y se destacó por ser fuertemente autobiográfica (por entonces las experiencias personales no se transmutaban en ficción, como ahora que es lo habitual, en esos tiempos se imponía lo ficcional puro, la invención). Me gustó, pero por momentos se me hizo difícil leerla. Hay mucha racionalización de sentimientos y sensaciones, que era lo típico del momento, lo que es profundo y poético, pero medio arrevesado para mi gusto de hoy. La visión social es ambigua, es una mujer de ideas progresistas, pero por momentos la férrea estructura patriarcal le gana la pulseada. Y como era habitual en los sesenta en el mundo de las letras, es antiperonista. No furibunda, como otros, pero antiperonista, con ganas de convencerme que a lo mejor adhiero. No me arrepiento de haberla leído, todo lo contrario. Ahora me queda ver la película que se hizo sobre este libro. La protagonizó Violeta Antier, que fue una actriz maravillosa que murió muy joven. Socia de Alcón en varios proyectos teatrales y radiofónicos (mamá recordó siempre los radioteatros que protagonizaron, decía que no se perdió ningún capítulo de las repeticiones que iban después de la medianoche, se levantaba para escucharlos en la cocina, mientras papá dormía, yo era bebé, o sea hablamos del ¡pleistoceno!) Mientras escribo esto, hay un cacerolazo en el Parque Alberti, o sea ¡hay esperanza!

Gustavo Monteros

viernes, 22 de julio de 2022

Alfredo Alcón en Otelo

En 1972 Alfredo Alcón viajo a España para participar en el ciclo Estudio 1 de la Televisión Española. Hizo Otelo de William Shakespeare, según adaptación de Antonio Gala. Fernando Guillén fue Yago y Maribel Martín fue Desdémona. Dirigió Gustavo Pérez Puig. Esta versión, por suerte, puede verse en YouTube. La adjunto por si extrañan a Alcón tanto como yo.




jueves, 3 de septiembre de 2015

La Lincovsky



Traducimos la frase “larger than life”, con lógica y sentido común, como “extraordinario/a”. Pero a mí, por capricho, me gusta la literalidad de la misma: “más grande que la vida”. Cipe Lincovsky era más grande que la vida. Cuando la conocí en los tempranos setenta ya era La Linconvsky. Así con el “La” que la singularizaba y que le hacía justicia a su aura de grandeza. En teatro la vi por primera vez como la Marta de ¿Quién le teme a Virginia Wolf? de Edward Albee, Juan Carlos Gené era Jorge, su marido y Ana  María Picchio y Adrián Ghio eran la pareja joven, dirigía David Stivel. Y ahí supe de una vez y para siempre que no había personaje teatral sacralizado por el cine que un actor o actriz argentinos no pudieran igualar e incluso superar. Elizabeth Taylor estaba gloriosa en la película de ¿Who’s afraid of Virginia Wolf?, pero Lincovsky no tenía nada que temerle. (Vivien Leigh era la perfecta Blanche del Tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams, pero Graciela Duffau podía calzarse sus zapatos con la misma perfección, Gertrude Lawrence podía verter toda la frustración de la Amanda del Zoo de cristal del mencionado Williams, pero Flora Steimberg también y quizás mejor; Geraldine Page era una Alexandra del Lago de Dulce pájaro de juventud, también de Williams, nacida para el papel, aunque Eva Dongé en un escenario parecía igual de predestinada para el mismo).


Volviendo a La Lincovsky, la volví a ver el año siguiente en Casa de muñecas de Ibsen, dirigida por Sergio Renán. Por entonces ya estudiaba precozmente teatro y  la veía tanto por placer como para aprender. Sí, los jóvenes estudiantes de teatro de aquella época peregrinábamos a los teatros en los que actuaban Ernesto Biano, Inda Ledesma, Alfredo Alcón, Ana María Gallo, Osvaldo Terranova, Niní Marshall, Juan Carlos Thorry, Tincho Zavala, Osvaldo Miranda o Jorge Luz con la unción de quien disfruta de la majestuosidad de un talento y con la humildad de quien quiere aprender de tanta magnificencia.


Y sus unipersonales de aquellos tiempos: Yo quiero decir algo y De dónde soy lo que soy, que por suerte perduran editados en disco, contenían para los actores cachorros instrucciones a seguir a pie juntillas de cómo respirar y verter un texto para descubrir o llenarlo de todas las sutilezas posibles.


Después llegó la tristeza, la dictadura la obligó a desandar el camino del exilio. A veces, había treguas en la persecución y en la censura y volvía, por un rato, para deslumbrarnos otra vez. En uno de esos regresos, nos maravilló literalmente con su Filumena Marturano del inmenso Eduardo de Filippo, junto a Alberto de Mendoza. Y en otro, con su Sarah Bernhardt según obra de John Murrell. Y años más tarde, ya en democracia, nos dejaría conmovidos con su Madre Coraje de Bertold Brecht, dirigida por el georgiano Robert Sturua.


El cine registró su talento, pero por desgracia no le regaló un personaje que la volviera icónica como a Ana María Picchio (Breve Cielo, La tregua, Chechechela), Marilina Ross (La Raulito), Graciela Duffau (Momentos, La isla, Sofía), Leonor Manso (Boquitas pintadas, Las sorpresas, La hora de María y el pájaro de oro), Norma Aleandro (La historia oficial, El hijo de la novia), Graciela Borges (Crónica de una señora, La ciénaga) o Esther Goris (Eva Perón). De todos modos, protagonizó dos películas: Una mujer de Juan José Stagnaro (olvidada en las notas necrológicas) en la que la estupenda dirección actoral de Carlos Gandolfo los hizo parecer que estaban en un film de John Cassavetes y La amiga de Jeanine Meerapfel, en la que compartió cartel con Liv Ullman, con quien se llevó muy bien (al contrario de Norma Aleandro que se llevó fatal con la Ullman en Gaby y que le ganó airadas palabras de la rubia noruega nacida en Tokio). Participó también en películas inolvidables como Quebracho, La tregua, Boquitas pintadas (una de mis películas favoritas de todos los tiempos) o Caballos salvajes (sí, esa en la que Alterio grita: La puta que vale la pena estar vivo).


En tiempos de su retiro, me la crucé un par de veces, hace unos años en un recital de Ute Lemper en el Gran Rex, y el año pasado en la última función de la temporada en el Apolo de Karina K en Al final del arco iris. Actriz, al fin, se la veía mayor, pero no diezmada por una enfermedad crónica.


Y sí, como hacía que la vida fuera más grande, ahora que se ha ido, la vida, por lógica, es más pequeña, lo que resulta, claro, peor para todos nosotros. 



(en la foto con Alfredo Alcón en Boquitas pintadas de Leopoldo Torre Nilsson, 1974)