Nos tomamos una pausa musical de tanta literatura y disfrutamos de dos canciones (We Can Do It y I Wanna Be a Producer) del clásico de Mel Brooks, Los productores. Andy Nyman es Max Bialystock y Marc Antolín es Leo Bloom. La coreografía es de Lorin Latarro.
En Un Bel Mondo
apuntes innecesarios y caprichosos
viernes, 8 de mayo de 2026
viernes, 1 de mayo de 2026
Lecturas 2026 - Cuatro novelas de Margaret Millar
“La cabra siempre tira pa’l monte”, me hubiera dicho la tía
Martina de haberme visto sentado leyendo uno de los libritos de la pila de
novelitas con las tapas idiosincráticas de El Séptimo Círculo, que hacía
equilibrio en la mesa de tres patas, reliquia del bar / cantina que alguna vez
regenteó mi viejo.
Es que cuando la oscuridad ruge afuera, lo que más aquieta
los temores de mi mente es la lectura de policiales. ¡Y mirá que la oscuridad
ruge y rige en este marzo, ya abril, de 2026 en el Mileinato del Río de la
Plata!
Cuando busqué entre los volúmenes de El Séptimo Círculo que
andaban por la biblioteca, me decidí por privilegiar autoras sobre autores,
dado que venía de una experiencia tan buena con las novelas de Kate Atkinson.
La opción final quedó entre ¿Vera Caspary o Margaret
Millar? Vamos por la Millar, me dije, porque, aunque brilló con luz propia no
dejó de estar a la sombra de su marido, Kenneth Millar, un señor que firmaba
con el seudónimo de ¡Ross Macdonald! ¡Sí, el que creó al detective Lew Archer!
Decido leer cuatro títulos de Margaret Millar. Arranco con
“Pagarás con maldad” (Do Evil in Return, 1950). Dice la contratapa: “La
doctora Charlotte Keating está en una difícil situación. Su apacible vida como
médica y su apasionada aventura con el apuesto y respetable Lewis dan un vuelco
cuando, súbitamente, aparece el cadáver de la joven Violet, a la que había
practicado un aborto tras quedarse embarazada, pero no de su marido. Sin saber
aún si la muerte de Violet es fruto de un suicidio o de un asesinato, Keating
se verá involucrada en una asfixiante espiral de amenazas y chantajes que, de
algún modo que no consigue comprender, guardan cierta relación con su propio
amante. De repente, la confianza se convierte en un lujo que Keating no se
podrá permitir, si quiere seguir con vida para averiguar el porqué de la
horrenda muerte de Violet.”
Por supuesto el morbo que se me desata está puesto en la
palabra aborto, asociada a una novela que transcurre en 1950, perdón por la
frivolidad (y la rima), pero me pareció el colmo de la modernidad. Si bien el
género negro se permite todas las sordideces, algo tan clandestino y tan íntimo
como el cese de un embarazo me parece incongruente con el canon moralizante y
pacato de los años cincuenta.
Sin embargo, a quien escribió la contratapa, leyó mal la
novela o no la entendió. En la trama la doctora Keating se niega a hacerle el
aborto a Violet, algo de lo que se arrepentirá de inmediato. Curioso lapsus del
autor de la contratapa.
La novela es apasionante, muy humana y a la vez perturbadora. Y uno cree adivinar por dónde vendrán los tiros, pero no, la autora está unos pasos por delante y saca una carta ganadora. ¡Sorpresa! En los cincuenta no solo tomaban té y jugaban a la canasta, ¡tenían mucho sexo!
Sigo con “Muerte en el estanque” (Rose´s Last Summer,
1952). Dice la contratapa: “Rose French había sido una estrella. Cinco veces
se había casado y, aun ahora, a los sesenta años, la animaba una intensa
vitalidad que parecía inextinguible. La muerte la encontró en un jardín
desierto. Su amigo y consejero, Frank Clyde, sospechó que detrás del
fallecimiento, atribuido a causas naturales, había un misterio. Se agravó la
sospecha cuando el pasado empezó a invadir el presente. Uno de los nebulosos
maridos de Rose apareció en la localidad, agresivo y próspero. Casi sin
proponérselo, Frank Clyde se convirtió en detective. La historia de su
investigación es siempre cautivante y a veces desaforadamente absurda. Es una
comedia de costumbres escrita con implacable agudeza. Esta novela originalísima
se leerá con alarma y con encanto.”
Esta vez el autor de la contratapa no puede estar más
acertado. La cosa tiene mucho de comedia y de la buena. Encanta y deleita. Y
por más que todo sea grave y haya una muerte, sonreímos durante toda la
lectura, porque a veces el absurdo de la vida es sencillamente hilarante.
Sigo con “La bestia se acerca” (Beast in View, 1955), que
fue muy elogiada, un best-seller y premiada con un Edgar. No sé si está en El
Séptimo Círculo, al menos mi copia no es de esa colección. Dice la contratapa: “El
mundo puede llegar a ser terrorífico más allá de las cuatro paredes de una
habitación de hotel. La joven Helen Clarvoe tenía muy claro que su seguridad
personal dependía de aquella reclusión voluntaria, hasta que recibió la llamada
más estremecedora de su vida: Evelyn Merrick, una supuesta ex compañera de
colegio, le contaba que había tenido una visión onírica en la que Helen
aparecía sangrienta y mutilada tras haber sufrido un terrible accidente.
Aterrorizada y confusa, Helen decide pedir ayuda a su viejo amigo Paul
Blackshear para que investigue quién es Evelyn y por qué ha pretendido
asustarla con tal dicha llamada. Paul, que decide echarle una mano, pronto
comienza a seguir pistas que le conducen a un submundo de delincuencia, abuso
de drogas y pornografía, algo que no solo implica a la desconocida Evelyn, sino
también a su propia amiga Helen.”
Bueno, aquí el que escribió la contratapa no comprendió un
par de cosas. Helen no es tan joven, es una treintañera soltera, que para los
parámetros de la época equivalía a una vieja solterona. Y Paul no es
precisamente su amigo.
El resumen de Wikipedia es más fiel a la esencia de la
novela: “una intriga psicológica desencadenada a partir del acoso telefónico
que sufre una soltera al borde de los cuarenta años por parte de una mujer
trastornada que estuvo brevemente casada con el hermano homosexual de aquella.”
Como se ve, la cosa venía fuerte: homosexualidad,
trastornos psíquicos, droga, pornografía. Todo eso está y en radiante
tecnicolor, pero la autora de a poco empieza a hacer pases de magia y cerca del
final saca la alfombra donde estamos parados y literalmente nos sienta de culo.
El truco es magistral y el engaño al que nos somete es lícito (en literatura,
claro, si lo hace en la vida, habría que encarcelarla).
El viejo axioma de “Nada es lo que parece” aquí es cierto y se verifica para nuestra total diversión. Terminada la lectura dan ganas de leerla otra vez para ir viendo cómo “cocina” el timo.
Y termino con “Solo
monstruos” (Beyond This Point Are Monsters, 1970). Dice
la contratapa: “En un rancho de California, Robert Osborn, sale a buscar a
su perro y nunca más se le vuelve a ver. Algunos rastros de sangre, el hallazgo
de una probable arma asesina, hacen que su esposa, Devon, crea que han
asesinado a Robert. Un año después, su madre y su mujer protagonizan un duelo
frente a frente en un juicio para declarar o no legalmente muerto al ranchero
desaparecido. La madre no quiere que el juez dictamine la muerte porque está
convencida de que sigue vivo y la viuda espera que lo haga para poder seguir
adelante con su vida. ¿Lo mataron? ¿No lo mataron? ¿Quién? ¿Por qué? Pero es la
policía, a través de la correspondiente investigación, la que debe aclarar este
punto. Accidentes que fueron en realidad asesinatos, amores tempestuosos y
secretos, relaciones promiscuas, violentas escenas que habían quedado ocultas
comienzan a salir a escena a medida que la investigación progresa. Al final, se
hace patente en toda su siniestra evidencia la monstruosa realidad de una
familia terrible, que se esconde celosamente tras el poder del dinero.
Publicada también en castellano como «Más allá hay monstruos».”
Esta puede que esté un punto más abajo que las anteriores.
La trama está muy bien manejada, los personajes son empáticos, los conflictos
bien delineados, pero en el final-final quiere hacernos dudar y la cosa no le
sale muy prolija.
Y si uno relee los últimos párrafos comprende que no es la
visión de la autora sino la del personaje la que quiere confundir o hacernos
polemizar. De todos modos, este pequeño demérito no le resta valor a todo lo
logrado por la novela hasta ese punto.
¿Y ahora qué leo? Vengo en una buena racha y no quiero que
se me corte. Mejor ir por lo seguro, ¡un clásico! Después les cuento
viernes, 24 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Cinco libros, cinco
Nunca había hecho eso. Leer cinco libros a la vez,
disciplinadamente, de principio a fin. En la facultad debemos de haber leído más
de cinco libros a la vez, pero no de portada a colofón, sino un capítulo aquí,
otro más allá y un largo fragmento que baja y se pierde. ¿Por qué decidí
emprender este intento? Para no aumentar la extensa lista de libros a medio
leer. Con los de ficción, tiendo a llegar al final. Pero con los de no ficción
(como estos cinco) arranco con entusiasmo, pero cuando llego a un capítulo que
no me interesa tanto, tiendo a dejar el libro de lado y seguir con otra cosa.
Así que supuse que, si arremetía varios a la vez, leyendo un capítulo de uno y
después un capítulo de otro, aunque me cruzara con capítulos que no me
interesaran tanto, al ir de un libro al otro, completaría la lectura de todos. Y
¡lo logré! Terminé los cinco.
El primero de la lista era “Historia de la última dictadura
militar (Argentina 1976-1983)” de Gabriela Águila, porque no quería ser como
ese necio viejo de mierda que me dijo una vez: “Yo la viví, a mí no me la van a
venir a contar.” Yo la viví y quiero también que me la cuenten. La dictadura
cubrió los últimos años de mi adolescencia y los primeros de mi juventud, así
que era consciente de lo que pasaba, a la vez que la bisoñez me impedía, quizá,
abarcar el horror en toda su magnitud. Como decía un artículo que leí en estos
días, lo más llamativo de la sociedad argentina es su capacidad de convivir con
el horror y hacer de cuenta de que no pasa nada extraño, de seguir viviendo
como si tal cosa, algo que en La Plata por entonces costaba doble, porque había
“operativos” a cada rato y hasta “chupaban” personas a la luz del día. El libro
me permitió cotejar “mi historia” con “la Historia” y corroborar los entresijos
de una realidad monstruosa.
El segundo fue “El mejor amigo del perro: Breve historia de
un vínculo único” de Simon Garfield, en el que como su título lo indica, el
autor reseña los efectos y consecuencias de la relación hombre-perro. Se centra
en detalles que le interesan particularmente como el enigma científico de la
derivación lobo a perro, la humanización creciente de los nombres asignados a
los perros durante el siglo XX o como se pasó de Colita a Facundo, la
comercialización millonaria de las nuevas comodidades del perro, la exclusividad
y el esnobismo detrás del Best in Show y demás concursos de Mejor Perro, los
perros en la literatura, la crueldad de los perros diseñados, de la clonación y
de la “pureza” certificada, etc. El señor es inglés y no pasa por alto la
tremenda matanza de animales domésticos que se dio en Inglaterra, en especial
en las grandes ciudades al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Como en la
Primera Guerra habían visto en las ciudades devastadas la penuria de los
animales sin amos, decidieron evitarles a las mascotas el probable sufrimiento
“durmiéndolos”. En el primer mes de esa campaña eliminaron 400.000 perros según
datos oficiales. No se dieron tiempo de pensar soluciones alternativas, el que
no tenía campos en el interior para mandar a sus mascotas, las eliminaba. Esta
historia es como el bombardeo a Plaza de Mayo de civiles indefensos casi al
final del peronismo, es algo que se sabe, pero no mucho.
El tercer libro fue “The Ballet Lover’s Companion de Zoe
Anderson”. Lo leí en inglés porque todavía no tiene traducción al español (y ya
no creo que la tenga, porque es de 2018). Es un libro de divulgación de
conocimientos, claro, y está dirigido al lego, entre los que me cuento. Como
vivo en la ciudad de La Plata donde hay un teatro de ópera, que como todos
ellos tienen también ballet, me he expuesto desde mi adolescencia al ballet. A
lo largo del tiempo, vi ballets de diferentes períodos y fui adquiriendo un
conocimiento esporádico y desordenado. Por eso necesitaba un libro que me
ordenara y me diera una perspectiva fidedigna de las distintas etapas por las
que fue evolucionando el ballet. Este libro fue la respuesta ideal a mis
inquietudes. Va reseñando los diferentes períodos y enumera los ballets que
corresponden a cada etapa. Si los mismos títulos fueron tomados para ser
renovados o modificados en etapas futuras, Anderson nos detalla los cambios. No
se lo digan a nadie, pero el final del libro le da un poco la razón a Timothée
Chalamet, el ballet (ojo, no confundir con la danza o la danza moderna, aquí
hablamos solo del ballet) está en un camino sin salida (un poco al igual que la
ópera), porque no surgen autores que creen nuevos ballets, de vez en cuando
aparece uno, pero es excepción y no regla. O sea, es muy probable que, hoy por
hoy, no sea un arte vivo. En lo que no tenía razón Chalamet es en lo que no le
interesa a nadie: soy una prueba que lo desmiente, buscaba un libro que me
guiara en la historia de esta ceremonia de belleza que me deslumbra siempre. Lo
extraño es que nadie le dijera a Chalamet que el cine, que él daba como arte
vivo, está en vías de extinción y que mantenerlo vivo, como lo conocimos en el
siglo XX, le interesa cada vez a menos personas. Por culpa, creo, de que
estamos inmersos en la lógica del escándalo superficial y berreta, alguien dice
algo que no gusta y todos corren y prenden las teas y quieren ejecutar al
apóstata en plaza pública y nadie procura entender por qué dijo lo que dijo,
confrontarlo, discutirlo, demostrándole que su juicio es apresurado y quizá muy
errado.
Los dos que siguen son autobiografías que leí porque
dijeron que seguían el modelo inaugurado por Vladimir Nabokov en su libro de
recuerdos, “Habla, memoria”, o sea, en vez de la ilación cronológica de hechos,
capítulos independientes que se centran un evento o revelación.
El primer tomo de la autobiografía de Alan Alda se llama:
“Never Have Your Dog Stuffed: And Other Things I’ve Learned” y es de 2006.
Hasta la fecha no se tradujo y en castellano sería algo así como “Nunca
embalsames a tu perro y otras cosas que aprendí”. Confieso que no era un fan
muy entusiasta de Alan Alda, pero tampoco me caía mal. Estaba en películas que
había que ver y a la salida comprobaba que sumaba más que restaba. Cuando llegó
su consagración con la serie M.A.S.H., espié el fenómeno para ver de qué se
trataba (sobre todo en qué se diferenciaba de la película de Altman), comprobé
su calidad, pero no la seguí. Pero este libro me seducía por lo que el título
prometía. ¿De qué perrito se trataba, cómo llegó a embalsamarlo y sobre todo,
por qué aconsejaba jamás hacer algo así? Se llega pronto a este capítulo porque
es un hecho de su infancia y se vuelve inolvidable. Lo traduje y lo compartiré
pronto, quizá la semana que viene. Conocí además a un tipo muy atendible,
sencillo, sensible, con una peculiar capacidad de verse sin tapujos, que no
teme quedar mal, en particular en lo que tiene que ver con su mamá, una persona
con serios problemas mentales, que tuvo la poca suerte de vivir en una época en
la que determinados trastornos psíquicos no tenían todavía diagnóstico y
tratamiento. Vi en su momento las películas con guion propio, o sea, The
Seduction of Joe Tynan, que aquí se llamó Escalera al poder, que
dirigió Jerry Schatzberg, con el coprotagónico de una tal Meryl Streep y The
Four Seasons / Las 4 estaciones que también dirigió, en 1981, con
Carol Burnett, Rita Moreno, Jack Weston y Sandy Dennis en el elenco. No me
dejaron mella, no por alguna falla que tuvieran sino porque era muy chico y los
conflictos que trataban me dejaban afuera. Cuando pueda las volveré a ver y les
cuento.
Y el quinto y último libro del desafío es el primero de
memorias de la actriz Illeana Douglas y se llama “I Blame Dennis Hopper, And
Other Stories From a Life Lived In and Out of the Movies”, es de 2015 y tampoco
se tradujo. El título sería algo así como “Le echo la culpa a Dennis Hopper y
otras historias de una vida vivida dentro y fuera del cine.” Es un libro
delicioso y como su título lo indica es de una persona que ama el cine y que
jura y perjura que algunas películas hicieron que su vida fuera mejor de lo que
era, que le salvaron la vida, porque la hicieron trascender momentos difíciles.
Principio al que adhiere a pie juntillas quien esto escribe. Pronto traduciré
los capítulos que se refieren a Liza Minnelli y a Robert De Niro, que son
también mis ídolos, por las dudas no lo sepan.
Gustavo Monteros
viernes, 17 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: La defensa de Vladimir Nabokov
Dice Nabokov en su autobiografía ("Habla,
memoria") que dos actividades lo dominaron desde la infancia: el ajedrez y
cazar mariposas (que en fino se llama Lepidopterología y es una rama de la
Entomología, esto de cazar mariposas pasó en su caso de hobby a contribución
científica, porque capturó algunas que no se conocían a las que tuvo que
bautizar).
Y dicen los que saben (o sea los críticos literarios) que a
los novelistas les conviene sacarse de encima más pronto que tarde la
elaboración de la infancia, los ritos de pasaje a la pubertad, la influencia de
los padres, etc.), para pasar a temas superadores.
¿Será siempre así?, en García Márquez, por ejemplo, no se
aplica. Aunque en Vladimir Nabokov, sí. Su primera novela,
"Mashenka", se centra en su primer amor y en su inicio en la
sexualidad, y esta, su tercera "La defensa" gira alrededor de otra
pasión arrebatadora de sus primeros años, el ajedrez.
Luzhin, a los 9 años por culpa del romance del padre con
una prima de la madre, descubre el ajedrez. Venía sin destacarse en la escuela,
no era muy apreciado por sus compañeros y su padre, un autor de libros para
adolescentes, se sentía decepcionado por un chico tan gris. El ajedrez le dará
el brillo que le faltaba, y un "productor" explotará su genio
mientras sea un niño prodigio, después lo abandonará a su suerte.
Luzhin vivirá solo para para su mente y el juego, y a los
20 años será un hombrecito sin edad, miope, asmático, muy excedido de peso,
feucho, sin gracia, no muy limpio. Pero todo un maestro del ajedrez.
Contra todo pronóstico, una chica lo hallará atractivo y se
empecinará en sacarlo adelante como un ser más "corriente". Mientras
tanto el ajedrez hará que Luzhin cruce los límites de su capacidad y terminará
¿loco?, ¿depresivo?, ¿exhausto del juego?
De allí en más, ya no sabrá qué es real y qué no. Tendrá
prohibido jugar el ajedrez, pero lo aprendido lo perseguirá y jugará con ¿el
destino?, ¿lo incognoscible?, ¿lo que subyace bajo las cosas que se ven?
Conclusión: puede que el ajedrez lleve a la locura, pero
también hace oír la música de las esferas. Un buen libro.
Y así acaba el plan de lectura propuesto para este enero y
febrero, las seis novelas de Kate Atkinson con el protagónico del detective
Jackson Brodie, intercalas por las tres primeras novelas de Vladimir Nabokov.
¿Me comprometo públicamente con otro plan? No es necesario, creo. Voy a seguir
leyendo para no encerrarme en esta realidad desesperante, a la que no me niego,
me entero de lo que pasa, pero no quiero rumiar el horror todo el día. Leer me
despeja, me despabila, hallo que me mantiene entero. Que es así como debemos
estar, porque en algún momento habrá que reconstruir todo lo que están
destruyendo.
Gustavo Monteros
viernes, 10 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Muerte en Rook Hall de Kate Atkinson
Los géneros son artificio puro, chocolate por la noticia, y
al policial, en especial a su variante ¿Quién-lo-hizo? (el famoso whodunit) se
le nota mucho la marca en el orillo.
“Muerte en Rook Hall” es la sexta novela de Kate Atkinson
protagonizada por el expolicía, exsoldado Jackson Brodie. En reseñas anteriores
contábamos que a Atkinson le gustaba apartarse de las fórmulas tradicionales de
la novela policial y que jugaba con las formas.
En esta novela, en cambio, ha decidido abrazar los más
rancios trucos de la novela típica inglesa de crímenes en pueblos chicos,
abadías o casas solariegas y divertirse a lo grande con ellos, subvirtiéndolos.
Pero no andemos con vueltas y nombremos al elefante en la
habitación. ¿Quién es la reina del whodunit en pueblitos, abadías, casas
solariegas y aledaños? ¡Agatha Christie!
Aquí Atkinson elige
referirse a ella a través de una tal Nancy Styles, un personaje inventado, que
es tanto Christie como algunas (o todas) de sus epígonos más conspicuas.
Es que si sos mujer, británica y escribís policiales, antes
de teclear la primera palabra, tenés que lidiar con el legado del monumento
Christie. Y aquí Atkinson la "homenajea" con amor y odio. Amor por el
ingenio de sus tramas y personajes, y odio por haber llevado ese ingenio a
alturas vertiginosas. Porque aun antes de empezar, si sos mujer, británica y
escribís policiales, ya tenés la vara no alta, sino olímpica.
Pero no hay monstruo o genio sin su talón de Aquiles. El de
Christie fue ser prolífica. Y así cuando la inspiración amenguaba, Agatha se
recostaba en el oficio: si no salían personajes, que sean tipos pues, si la
trama no es inteligente, que sea arrevesada, que lo intricado puede pasar por
profundo o brillante.
Por supuesto, si homenajeamos, nos metemos en el terreno de
lo "meta": lo metalingüístico o lo metaficcional, o sea el recurso
que remite a los recursos típicos de lo que se narra, el juego de espejos, la
interreferencialidad. Por ejemplo, la novela se abre y se cierra con una
compañía de teatro que se especializa en obras de "descubra al
asesino" y que está perdida en su laberinto. Bien podría uno decirles: Querido actores, no
suden las neuronas, si tienen que entregar a alguien, los mayordomos se pintan
solos, son los “perejiles” ideales para atarles el sambenito.
Y la excusa para accionar la trama de esta novela es la
pérdida de un cuadro (¿renacentista, quizá?), los herederos del mismo, una
pareja de hermanos (como diría Cortázar en “Casa tomada”) contrata a Jackson
Brodie para que encuentre a la persona que lo robó, para ellos es la chica que
cuidaba a su madre hasta que la pobre pasó a mejor vida.
En una mansión que es casi igual a Downton Abbey, ocurrió
algo similar, allí con un Turner.
Como ya mencionamos antes también, el punto fuerte de
Atkinson es la creación de personajes, aquí parte de estereotipos y, como no
puede con su genio, los empieza a tridimensionar: el reverendo, la baronesa, el
soldado son los principales y los más logrados.
El reverendo es como la respuesta contemporánea al cura de “El
poder y la gloria” de Graham Greene. Aunque ahora la pérdida de fe, según
Atkinson, ya no es tan grave y más que angustia desata sarcasmo, una de las perversas
formas del humor.
La baronesa es puro Bernard Shaw, o sea uno espera una cosa
y el autor aniquila nuestras expectativas: ejemplo, la señora tiene más libros
que la biblioteca del congreso yanqui, pero es más bruta que un arado, su
educación es puro modales, o parece frágil, pero puesta a prueba es más brava
que los parcos que hacía Clint Eastwood.
El soldadito arranca como la reformulación de otro
personaje de Graham Greene, el de “Un caso acabado”. El muchacho se presenta
aguerrido, pero es más flojo que el calzón de la empleada pública de Gasalla.
Como sea la hilaridad campea a su antojo, es el más
humorístico y regocijante de todos los libros de Atkinson con Jackson Brodie.
Gustavo Monteros
viernes, 3 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Cielo interminable de Kate Atkinson
Y el plan de lecturas sigue inexorable, lo que me
sorprende, aunque no sé por qué: la realidad es horrible, los insomnios son
largos y en algún lugar tengo que meter la cabeza para no desesperar de tanta
tristeza.
Y como dije en reseñas anteriores, no me cuesta
relacionarme con Jackson Brodie, el protagonista de las novelas policiales de
Kate Atkinson. Ya llegué a la quinta.
Por supuesto, pueden leerse individualmente, pero si se
leen seguidas en orden cronológico, se ve que conforman una saga con personajes
que figuran en todas y otros que aparecieron puntualmente en una y vuelven en
alguna otra.
Jackson, claro, viene con su historia y sus circunstancias.
Es exsoldado, expolicía, tiene una hermana asesinada, un hermano que se suicidó
por la culpa de no haber ido a buscar a su hermana en la parada del bus la
noche que la mataron, un padre minero y una madre sacrificada que reconoció
estar doblada de dolor cuando ya nada podía hacerse. Tiene una exesposa y una
hija de esa pareja.
En la primera novela (Expedientes, 2004) por el caso
que trata, conoce a Julia, una actriz. En la segunda novela (Incidentes,
2006) atestiguamos que Julia y él tienen una relación establecida, que termina
mal, ella está embarazada, pero le asegura a Jackson que él no es padre. En la
tercera novela, Esperando noticias, 2008) Jackson va al pueblito donde Julia
vive ahora con su nueva pareja y el supuesto hijo de ambos, Nathan, y le roba
al pibe unos cabellos durante un paseo con la escuela, para hacerle la prueba
de ADN. En la cuarta novela, Me desperté temprano y saqué al perro,
2010), Jackson ya sabe que Nathan es su hijo y se relaciona con él, con la
anuencia de Julia. Y en la quinta novela, Cielo interminable, 2019),
vemos a Jackson veranear con Nathan, ahora un preadolescente.
Y en esta novela reaparecerá Reggie, una de las
protagonistas de la tercera o sea, Esperando noticias.
Jackson desde que lo conocemos también ha tenido lo suyo,
sentimentalmente hablando, no solo se relacionó con Julia, conoció en Incidentes
a una comisaria, de la que se enamoró en Esperando noticias y con la que
no pudo concretar una relación en Me desperté temprano y saqué al perro.
Para olvidarla, se casó en Esperando noticias, con una chica que resultó
una estafadora que le quitó la fortuna que heredó de una clienta de la primera
o sea, Expedientes.
Y como es habitual en estas novelas, el hecho de sangre
surgirá promediando el libro y no en sus primeras páginas. Jackson anda detrás
de un adúltero, y la casualidad lo envolverá en la reapertura de un caso que
involucra un círculo de pedófilos que en su momento fue desarmado, pero que los
que se ocupaban de la logística transformaron en trata de blancas.
Y como ya mencionamos, el punto fuerte de Atkinson es la
creación de personajes que nos importan o interesan.
Hasta el cuarto libro, los mismos fueron publicados con dos
años de diferencia, pero 9 años pasaron entre el cuarto y el quinto. Este hiato
hizo que el personaje perruno del título del cuarto no reapareciera en el
quinto.
Jackson rescató este perrito del maltrato de un matón que
lo había heredado de una mujer que lo abandonó, no la juzgamos, por ahí en el
apuro por huir y sobrevivir no se llevó al perrito, lo que debió haber hecho.
El pobre tuvo suerte y cayó en manos de Jackson, al que en un momento decisivo le
salvó la vida, porque de no ser por la tozudez del perrito, Jackson no contaba
el cuento.
En la saga 5 años trascurrieron entre el cuarto y el quinto
libro, así que esperaba que este perrito de nombre horrible, Embajador, al que
Jackson prometió cambiarle el nombre al final del relato, reapareciera, pero
no. En su lugar (porque los perros son personajes en estos libros, aparece
Dido, la perrita de Julia que anda en sus últimos achaques.
Y cuando se la devuelve a Julia, Embajador es mencionado de
soslayo: "Jackson echó de menos al animal de inmediato; quizá debería
buscarse un perro solo para él. Había estado brevemente a cargo de un chucho
poco satisfactorio con un nombre absurdo. A lo mejor podía conseguirse uno más
viril: un collie, tal vez, o un pastor alsaciano, y llamarlo Spike o
Rebel."
A mí me gustaba Embajador. ¿Se sabrá algo más de él en la
última novela de serie hasta el momento que fue publicada el año pasado, Muerte
en Rock Hall? Si es así, después les cuento.
Gustavo Monteros
viernes, 27 de marzo de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Rey, dama, valet de Vladimir Nabokov
De acuerdo al plan de lecturas establecido para este verano,
le toca el turno a la segunda novela de Vladimir Nobokov, "Rey, dama,
valet" (1928). Las contratapas en su afán de "vender" son
generalmente embarulladoras y dan gato por liebre. La de este libro, sin
embargo, es clara y pertinente.
Dice: "«Este fogoso animal es la más alegre de mis
novelas», dijo Nabokov de 'Rey, Dama, Valet', una sátira en la que un jovencito
miope, provinciano, mojigato y desprovisto de sentido del humor irrumpe en el
frío paraíso de un matrimonio de nuevos ricos berlineses. La esposa seduce al
recién llegado y le convierte en su amante. Poco después le convence para
intentar eliminar al marido. Éste es el aparentemente sencillo planteamiento de
la más clásica, quizá, de las novelas escritas por Nabokov. Pero, tras esa
aparente ortodoxia se oculta una notable complejidad técnica, y, sobre todo, un
tratamiento singular presidido por el tono de farsa. Publicada originalmente en
Berlín, a finales de los años veinte, y ampliamente reelaborada por Nabokov en
el momento de su traducción al inglés, a finales de los sesenta, 'Rey, Dama,
Valet' muestra un fuerte influjo del expresionismo alemán, especialmente del
cinematográfico, y contiene un auténtico derroche de humor negro. Nabokov
vapulea a sus personajes, los convierte en autómatas, se ríe de ellos a
diabólicas carcajadas, caricaturizándolos con gruesos trazos que no impiden,
sin embargo, que posean una verosimilitud que proporciona sostenida amenidad a
toda la novela."
En relación a su primera novela, “Mashenka” (1926), Nabokov
juega en esta mucho más con la forma. ¿Cómo logra esto de "vapulear a sus
personajes"? Con un truco muy artero: los personajes son pueriles, pero
los trata con la grandiosidad reservada a los caracteres importantes,
trascendentes. Se habla de sus futilidades con grandilocuencia, como si fueran
hechos míticos o épicos. Y se las arregla para mantener este tono paródico, sin
cansar ni aburrir.
Cuando estaba en la facultad, me daba cierta admiración ver
como lxs profesorxs se daban cuenta de si habíamos leído el libro, aunque nos
tomáramos siempre el recaudo de enterarnos del argumento pormenorizadamente.
Sondheim, como tantos otros, decía que Dios estaba en los detalles, o sea, lo
que les da grandeza o singularidad a los trabajos literarios es acertar con las
pequeñeces que sacan a los personajes o lo que se narra de la generalidad
anodina. Y a eso no se accede solo con la memorización del argumento.
Es imposible leer "Rey, dama, valet" y no
sorprenderse con algunas puntualizaciones. Según consigna Nabokov en su pasión
por las nimiedades, en 1928 no estaba universalizado el uso del dentífrico y el
cepillo de dientes, de ahí que los alientos tenían su peso, sobre todo en
ambientes cerrados como compartimentos de trenes o ascensores. No existían los
desodorantes y hombres y mujeres (no estaban exentas porque la depilación de
axilas no se usaba) tenían siempre un tufillo (o un tufazo) de olor a sudor.
Los viajes en subtes o colectivos eran un festival de aromas personales. Los
baños corporales en las clases medias y bajas eran semanales, lo que traía
aparejado que ¡solo una vez por semana! se cambiaban de ropa interior. (A esto
último no lo deduzco, Nabokov lo dice expresamente). Los olores íntimos no se
disimulaban menos en invierno, porque la ropa interior incluía camisetas y
calzoncillos largos de frisa. No tenían muchas mudas de ropa, de modo que olían
a lo que cocinaban, y como gustaban de las coles... Los ricos entre que jamás
pisaban una cocina (salvo para supervisar el menú), tenían mucha ropa para
cambiarse, no se restringían con los baños y tenían plata para perfumes y
dentistas, olían mucho mejor. Es que pertenecer siempre tuvo sus ventajas.
Gustavo Monteros












