En Broadway los desastres teatrales son más frecuentes
porque mucha gente está habilitada para opinar, y a veces quienes deciden qué
queda, no pueden soslayar pareceres que deberían descartar. Por eso acuñaron un
nombre con su correspondiente definición: Theatrical Disaster. Por estos lados,
por diversos motivos y por suerte, son escasos. Aunque hacer un desastre
teatral no es difícil. Basta con tomar, ante cada disyuntiva, la solución
equivocada.
Esta versión de La ópera de tres centavos es un
desastre teatral hecho y derecho. Dos son los responsables: el puestista y
director general, el uruguayo Gabriel Calderón, hombre con muchas cucardas que
debuta infaustamente en la Argentina y la directora musical, Annunziata Tomaro
que no oyó un disco de música de Kurt Weill en su vida (un mérito tiene, a
pesar de que para todos los presentes la música de Weill ya no suena rara o
innovadora, ella, de tan mal que la hace, la devuelve al desconcierto que su
estreno provocó en algunos oídos ) (La obertura, por ejemplo, debe sonar
discordante y levemente desafinada, ella marca tanto la desafinación que uno se
pregunta como hicieron los ejecutantes para llegar a ser músicos de la orquesta
del Colón) Y el tal Gabriel Calderón desnaturaliza la obra de Brecht / Weill
hasta la nada misma. Ojalá la filmen y la guarden, los odiadores de Brecht
podrán dar seminarios de cómo destruir la obra de Bertolt al estilo Cartago.
Para empezar no "contó el cuentito" (como venimos
diciendo desde los ochenta), ni los personajes, ni justificó las dimensiones
políticas y sociológicas que la obra trae. Los personajes son unidimensionales
y si el texto no los describe no tienen color propio y pueden ser
intercambiables por cualquier otro que se te ocurra. Polly Peachum puede ser
Polly o Dorothy (con o sin Toto) o Julieta u Ofelia u otra protagonista joven.
El ensamble tiene que cubrir tres grupos de personajes: a)
los mendigos con sus deficiencias reales e inventadas, b) los malandras que
secundan a Mackie, unos estafadores, cafiolos y asesinos y c) las prostitutas,
falsas, traidoras y acomodaticias. O sea, deben ser peligrosos, siniestros,
amenazadores. Normalmente cubren estos roles actores adultos, con
características no asociadas al modelo de belleza aceptado, es decir nada muy
apolíneo que digamos, un ensamble para un Natán Pinzón, un Peter Dinklage, una Elsa
Lanchester. Calderón eligió un grupo de jóvenes rechazados de un casting para
un programa de Cris Morena. Son todos super fit, con melenas que conocen todos
los productos L'Oreal, y veganos. Son tan amenazantes y siniestros como La dama
y el vagabundo. Y dan la apariencia de ser inmunes al concepto de plusvalía
explicado para zombies. Y el marxismo, uno juraría, les es tan cercano como
Groenlandia. Encima la coreografía es muy mala, más de gimnasia rítmica que de
Terpsícore.
Entonces todo queda como de teatro infantil (lo cual podría
ser un concepto interesante para promover una relectura de Brecht/Weill, en una
serie alemana, alumnos de cuarto grado hacían esta ópera de tres centavos y a
pesar de que los chicos no entendían nada de lo que estaban haciendo, la obra
volvía a ser muy perturbadora, porque el público de padres sí entendían a lo
que aludían) No aquí, todo remite al peor teatro infantil, en el que se grita
al principio "¡Hola, chicos"! y se pregunta todo el tiempo dónde se
escondió Ramoncito y así.
Calderón y Tomaro recordaron que esta obra se representa en
el mundo como comedia musical o como ópera y decidieron hacer un mix: contratar
artistas del musical y hacerlos cantar con la gola operística. Mezcla que salió
horrible. Como hay que forzar la voz, los microfonaron por demás, entonces la
dicción se resiente y no se entiende qué dicen, y todos suenan como si les
apretaran los zapatos o tuvieran ataques de hemorroides. En el mundo de la
música, hay un chiste que dice que si hacés Weill, o no sabés cantar y por lo
tanto cantás como el orto, o sos un cantante de ópera con mal gusto. Aquí se
acercan al chiste, esta gente sabe cantar, pero la hacen sonar peor que a
Susana Giménez y sus balidos dodecafónicos.
Soy sincero, en el curso del espectáculo, llegué a odiar
a Weill, a Brecht, a Lotte Lenya, a
Julie Andrews, al musical, a Verdi, a Rodgers and Hammerstein, a Rodgers and
Hart, a Sweet Charity y a Sophia Loren y a todo lo que me pareció lindo en
algún momento. Cuando se me pase el disgusto volveré a ver en YouTube las
versiones de esta obra que me gustan y todo volverá a estar en su lugar.
Eso sí, jamás olvidaré que es posible volver inane hasta la
obra completa de Shakespeare. Ah, la escenografía, el vestuario y la
iluminación son igual de horribles que todo lo demás. No rescato ni a los
acomodadores.
Me gané otra medallita para cuando San Pedro me pregunte
por qué tendría que ir al cielo, a la larga lista de cosas que ya me
franquearían las puertas del Edén, le agregaré: "Y vi La ópera de tres
centavos de Calderón y Tomaro" ¡Me van a tirar hasta una alfombra roja!
Gustavo Monteros
Cerca del final, el actor que hace de policía le agrega a
su monólogo de cómo va a tratar a la muchedumbre en la ceremonia de coronación una
arenga contra Milei, con la que es imposible no estar de acuerdo. El agregado
está torpemente puesto y llega tarde. Bah, no sé, por ahí sirve para despertar
a los espectadores que a esta altura del espectáculo está a las cabezadas (a la
función que fui ningún número por vibrante que fuera su ejecución y su final
provocó aplausos, salvo cuando un actor los mendigó y dijo: che, ¡pueden
aplaudir!). O ¿es acaso este agregado un lavado de culpas? ¿El reconocimiento
de que la obra tendría que tener esa virulencia? Si la hubieran hecho bien, no
hubieran necesitado ningún agregado. La ópera de tres centavos, hecha
como corresponde, es el mejor alegato contra los Milei del mundo.

