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viernes, 10 de mayo de 2013

Burt Lancaster no es ningún gringo viejo



El recuerdo de este hecho me vino a la memoria el día que escribí la reseña de Rigoletto en apuros para Crónicas de Cine.

Gringo viejo (1989) de Luis Puenzo, con guión de Aída Bortnik, sobre novela de Carlos Fuentes, fue en un principio un proyecto de Jane Fonda.

Carlos Fuentes con toda intención le alcanzó la novela a Jane, quién después de ver La historia oficial (1985) supuso que Puenzo era el director ideal para firmarla. Con Puenzo a bordo, el proyecto se motorizaba para su consecución. Puenzo llamó a Bortnik para que hiciera el guión y aseguró el rol del coronel Frutos García para Patricio Contreras, quien daría una actuación inolvidable.

La buena de Jane quería que el bueno de Burt Lancaster fuese el Gringo Viejo. Se sabe que los productores son, entre los hijos de puta, los reyes, los emperadores, la más rancia nobleza. Como buenos hijos de puta se cubren las espaldas, saben lo que son las puñaladas por atrás, porque viven dándolas. Con el cuento del seguro le pidieron a Burt que se hiciera chiquicientos estudios clínicos. Los análisis determinaron que Burt arrastraba unos cuantos males, todos estables, más producto de la edad que de una salud muy enclenque. Los productores les preguntaron a los médicos si podían garantizar que Burt Lancaster estuviera vivo durante los próximos tres años. Los facultativos contestaron que no podían asegurar ni que ellos mismos estuvieran vivos durante los próximos tres años, que gente muy joven podía morir de las complicaciones de un resfrío. A los productores, como buenos hijos de puta, no les gusta la sensatez ni que los sermoneen, así que sugirieron a Gregory Peck y lo sometieron a chiquicientos estudios clínicos. Finalmente los hijos de puta, perdón, los productores le bajaron el pulgar a Burt y optaron por Gregory, más que nada porque en el resumen de los análisis, Gregory tenía menos casilleros marcados que Burt. Y porque Gregory tenía mejor el corazón, el fisiológico, porque al otro los dos lo tenían perfecto.

No sé si Burt y Gregory eran amigos, pero que se respetaban era obvio. Calculo que Gregory se consoló diciéndose lo que decimos todos los que le quitamos el trabajo a otro involuntariamente: Si no acepto, llamarán a otro, no hay nada que yo pueda hacer. Como los dos eran tipos de una ética intachable, no les debe haber gustado nada verse envueltos en una disputa miserable. Después, cuando llegaron las biografías no autorizadas, los buitres debieron contentarse con si alguna vez se pasaron de tragos o con quién se acostaron y cuando, porque aunque buscaron hasta en las cloacas, no les encontraron ningún renuncio.

Burt se debe haber dicho: “Desde siempre los actores se mueren en mitad de los rodajes y Hollywood no se hace más pobre; si las escenas rodadas con el difunto son muchas, se cambia el guión; y si son pocas, se extiende el rodaje y se hacen de nuevo con el reemplazante”. Y como la sangre en el ojo no se le iba, decidió hacerles juicio a los hijos de puta, perdón, a los productores, por matarlo antes de tiempo.

Y Gregory fue el Gringo Viejo nomás y estuvo genial. El mejor elogio se lo dio una alumna mía de aquella época, entonces una niña, hoy una colega. Me contó que había ido a ver la película con la mamá. Yo no la había visto todavía y le pregunté si le había gustado. Me contestó: “Me encantó, y el viejito, no sé quién es, me mató de amor”. Yo, por supuesto, sabía. Son esos comentarios que sin querer te tiran encima una chorrera de años.

Burt ganó el juicio, pero fue una victoria pírrica. Agregó unos millones más a su herencia, pero se quedó sin un gran papel. Ironías de la vida, él, que con maquillaje se había agregado años para esas dos joyas de Luchino Visconti: El gatopardo y Grupo de familia, cuando podía de hacer de viejo sin maquillaje, le birlaban posibilidades de sacarle brillo a su talento. Como compensación hizo el mismo año del gringo viejo El campo de los sueños con el bueno de Kevin Costner, ahí Burt tenía un papelito que fue muy celebrado y después recordado.
Como espectador no sé a quién hubiera preferido para el gringo viejo, Gregory estuvo magnífico y Burt también lo hubiera estado, de otro modo, porque  otro era el modo que tenía de leer los personajes. En lo personal, si alguien me preguntara a quién prefiero más, la pregunta se equipararía en mi cabeza a la estupidez aquella de ¿a quién querés más, a tu mamá o a tu papá? En mi antología privada, hay tantos títulos de Gregory como de Burt. Amo a Gregory y amo a Burt. Lamento, sin embargo, que Burt pasara por la ignominia de que quisieran enterrarlo cuando todavía estaba de lo más vivito y coleando. Pero los hijos de puta no cambian. Así nacen y así mueren. Más tarde, porque los hijos de puta duran más.

jueves, 13 de octubre de 2011

Mi vida como Burt Lancaster


Mi vida como Burt Lancaster
de Joe Queenan, publicado en The Guardian, el viernes 1 de febrero de 2008
(la traducción es mía)

Cuando era un chico impresionable, Joe Queenan vio La celda olvidada (Birdman of Alcatraz) y tomó una decisión que cambiaría su destino: su vida sería un homenaje a la estrella

Como la mayoría de las personas, tengo un alter ego colorido. Quiero decir con esto que tengo acceso a una segunda personalidad a la que recurro de tanto en tanto: cuando estoy aburrido, cuando me hallo en una situación en la que mi personalidad actual no está a la altura de la tarea asignada, o simplemente cuando tengo que matar el tiempo. Es un hábito, aunque algunos lo llamarían un defecto de la personalidad, que desarrollé cuando era un chico pequeño y frágil y mi papá me pegaba y yo fantaseaba con convertirme en un hombre grande y fuerte. Entre los modelos a imitar que probé figuraban Carlomagno, John Wayne, Cassius Clay y Keith Richards.

Por un motivo u otro, los hallé deficientes. Carlomagno estuvo bien durante el breve período en que tuve debilidad por los franceses, hasta que descubrí que los francos eran en realidad alemanes. Me gustó la idea de fingir que era Cassius Clay hasta que descubrí que Cassius era el nombre de uno de los conspiradores que mataron a Julio César, un hombre al que admiré sin desear personificarlo (era pelado). Descarté pronto a Keith Richards porque no esperé que sobreviviera a Brian Jones. Que lo hiciera y que todavía esté muy vivo es uno de las grandes misterios de la medicina. Aunque Keith jamás habría sido un candidato ideal para el trabajo, porque en ningún momento de su vida fue un hombre grande y fuerte.

Un día cuando tenía 11 años, vi a Burt Lancaster en el film de John Frankenheimer de 1962 La celda olvidada (Birdman of Alcatraz). Desde ese momento supe que Lancaster era mi hombre. En La celda olvidada, Lancaster interpreta un asesino antisocial y quisquilloso que cumple sentencia de por vida en la famosa cárcel de Alcatraz y que en sus muchas horas libres se convierte en un ornitólogo experto. El mensaje del film era que sin importar lo horribles que fueran los crímenes que pudieras haber cometido, la redención era posible, siempre y cuando desarrollaras un hobby que valiera la pena. Por entonces, debido a algunas transgresiones sociales de prepúber (robos, desprecio por la autoridad,  fantasías de tirar a mi padre bajo un camión), no creí que llegara a ser un buen ciudadano, por lo tanto el protagonista de La celda olvidada me parecía el perfecto alter ego.

Desde ese momento no me podían apartar de los tordos, estorninos y urracas que convertían a nuestro barrio desangelado en un Edén aviario, y cada vez que visitaba la casa de mi tía Marge, el loro Pedrito y yo éramos compañeros inseparables. Pero no era el Burt Lancaster de La celda olvidada el que me había transfigurado. Era el propio Lancaster. Con sus rasgos recios, su físico digno de Praxíteles, sus ojos penetrantes, su voz estentórea, y por sobre todo, su manera belicosa y resuelta de apretar los dientes que se convirtió en su marca de fábrica. Lancaster fue una de las estrellas más veneradas de mi infancia. Fue uno de esos  tipos duros y carismáticos que caminaban por la calle un día, tomaban unas pocas clases de actuación y en poco tiempo tenían a la nación entera a sus pies. Lancaster, como Cary Grant y Jimmy Stewart, era un actor con el que el público se enamoraba de inmediato (en su caso con el film de 1946, Los asesinos/The killers) y que no dejaba de amarlo hasta el día que moría. Como Stewart, aunque más particularmente como Grant, Burt Lancaster era un actor único, tan brillantemente original que nunca podrá ser reemplazado. En esto, era un poco como Carlomagno.

El público amaba de Burt Lancaster porque parecía auténtico. Por haber sido un chico de las calles de Nueva York que había trabajado en un circo antes de entrar en el cine, Lancaster era completamente creíble como trapecista, pistolero, sheriff, general, maquinista de trenes u ornitólogo psicopático, de un modo en que muchos otros actores no lo eran. Hasta donde era posible, hacía sus propias escenas de riego con verdadera eficacia.

Es por eso que aún después de que mi fase de La celda olvidada terminase, continué imitándolo. Como JJ Hunsecker, el cronista de sociales innecesariamente cruel de La mentira maldita (The sweet smell of success), me convertí en un periodista gratuitamente cruel. Mi veneno descontrolado e inmotivado se parece tanto al del periodista que hizo Lancaster que algunas personas creyeron que fui el autor de la columna firmada por JJ Hunsecker para la revista Spy. (No fui yo; la columna comenzó a aparecer antes de que conociera a nadie en Spy, y la escribió uno de los fundadores con colaboraciones de otra gente).

JJ Hunsecker no fue mi única inspiración. Como el predicador fanático y lisonjero que Burt interpretó en Elmer Gantry, defendí causas en las que no creo, ensalcé valores que no comparto, sólo porque me pagaban. Por la interpretación del moribundo aristócrata siciliano que procura aceptar la nueva política italiana que Burt hizo en El gatopardo (Il gattopardo) (1963) de Luchino Visconti, fui a aprender el idioma de Garibaldi en una escuela que se llamaba Parliamo Italiano. Fue la inolvidable interpretación de un ejecutivo menopáusico que hizo Burt en El nadador (The swimmer) la que me motivó a mudarme a Westchester, donde transcurre el film. Y fue la temeraria interpretación de Burt como Wyatt Earp en Duelo de titanes (Gunfight at the OK Corral) -especialmente su dulce aunque enigmática amistad con el tuberculoso y dipsómano dentista convertido en pistolero Doc Holiday (Kirk Douglas)-  la que me decidió a nunca ponerme en peligro a no ser que esté acompañado cuando menos por un borracho jovial.

Cuando digo que Burt Lancaster es mi alter ego, no soy tímido o remilgado como lo sería si diera que Keanu Reeves o Jason Statham lo son. A lo largo de mi vida, procuré emular a Lancaster, tan seguido, con tanto entusiasmo y tanta verosimilitud como me fue posible, a veces reproduciendo famosas escenas de sus películas. Como JJ Hunsecker, a menudo se me ve usando anteojos que no necesito, utilería que incorporo sólo porque me hace ver más injurioso. Las veces que estuve con una mujer en una playa, procuré abrazarla de la manera apasionada con la que Burt besa a Deborah Kerr en la inolvidable escena de De aquí a la eternidad (From here to eternity). Nunca salió bien, en especial con mujeres a las que no había sido presentado. Y resultó peor con mi mujer, en especial en esas ocasiones en las que ella no era la mujer de la playa.

Y lo que es más llamativo, realizar mis propias investigaciones se convirtió en un fetiche. Rechazo la ayuda de los verificadores de datos de cara fresca cuyos servicios me ofrecen las revistas para las que trabajo. Lo hago porque quiero ser como Burt Lancaster cuando camina en la cuerda floja de Trapecio (Trapeze). Cuando el público lee un libro o un artículo firmado por mí, quiero que entre en la relación fugaz que se produce con la convicción de cada palabra que lee es mía. Como Burt, pero no como muchos otros despreciables periodistas que conozco, hago mis propias escenas de riesgo.

Una de las cosas más admirables de Burt Lancaster es que encontró un modo elegante de salir del primer plano cuando comprendió que su poder de convocatoria declinaba. Al contrario de tantos ídolos de matinée viejos, fantasmas corpulentos a los que se le pasó la hora y que permanecen eternamente interpretando roles para los que están muy viejos, enamorando a co estrellas glamorosas lo suficientemente jóvenes como para ser sus nietas, Lancaster cuando llegó a los 50 decidió aceptar papeles menores, aparecer en films menos deslumbrantes y hasta hacer más films en el extranjero. Algunos de sus mejores trabajos se pueden ver en El reto de Valdez (Valdez is coming), donde interpreta a un sheriff mexicano poco comunicativo aunque incansable que usa un sombrero desvergonzadamente pasado de moda; o en Un tipo genial (Local hero), donde fue un excéntrico magnate del petróleo; o en Atlantic City en la que interpretó a un seductor envejecido en plena cuesta abajo; o en Novecento, donde hacía de un caballero italiano viejo atrapado en un film extranjero incomprensible, algo así como El último tango en Toscana.

Todas estas películas tuvieron en mí una tremenda influencia. Por culpa de El reto de Valdez, a menudo hablo un inglés de fuerte acento para hacerme pasar por un sheriff de Puerto Vallarta. Atlantic City me inculcó el deseo todavía insatisfecho (por obvias razones) de espiar a mujeres hermosas que se pasan jugo de limón por los pechos. Para ser sinceros, ni siquiera tienen que ser hermosas. Un tipo genial me impulsó a visitar el pueblo pesquero adecuadamente escocés donde transcurre el film, y hasta telefoneé a un amigo para decirle que llamaba desde la cabina roja que se usa como un chiste continuo en la película. Como eran las seis de la mañana en los EEUU cuando llamé, mi amigo no me agradeció la llamada. Menos ayudó que no hubiera visto la película.

Ahora que estoy en la cincuentena, llegué a un punto en mi carrera en que debo dar un paso atrás y aceptar un rol menos dominante en el gran escenario de la vida. Más viejo, más sabio, pero de algún modo menos estable en las piernas, ya no puedo mezclarme con los muchachos como Burt lo hace en Veracruz, Los profesionales (The professionals), Desert fury o Apache. Pero en cada día de mi vida, Burt está presente para mantenerme firme. El otro día, cuando escribí algo innecesariamente cruel sobre Madonna, lo hice por La mentira maldita. Esta mañana, cuando alimenté a una bandada de palomas que no parecían para nada hambrientas, lo hice por La celda olvidada. Esta misma tarde, me metí en el patio trasero de un vecino y retocé en la piscina como Lancaster en El nadador. Por suerte, no había agua en la pileta en este momento del año. Por último aunque no por eso menos importante, esta noche antes de acostarme abordaré a un tipo duro que maltrate a un chico indefenso, le tomaré el brazo y personificando a Elmer Gantry, apretaré los dientes de una manera enérgica y cruel, y le diré: "¿Nadie te dijo que eso duele?"

Ojalá alguien se lo hubiera dicho a mi padre.

domingo, 9 de octubre de 2011

Segunda sábado


Brute Force es la madre de todos los dramas carcelarios. Todos, sin excepción, remiten a este súper clásico. Jules Dassin elabora el modelo perfecto en el que todos deben abrevar. De absoluta vigencia porque la premisa principal del film sigue sin resolverse: ¿para qué carajo es la cárcel?, ¿para una futura reinserción social o para acrecentar el resentimiento que los hará reincidir en el crimen? Estos presos no fingen inocencia, se saben culpables, pero necesitan algo que los saque del pozo y el maltrato los hunde más. Hume Cronyn es el carcelero sádico con ambiciones de poder. Art Smith es el médico cínico y desencantado que observa como todo se va a la mierda. Roman Bohnen es el alcalde bienintencionado, pero débil y con las manos atadas por manejos políticos y poco presupuesto. Burt Lancaster es el líder de su celda al que no le quedará otro remedio que persistir en una fuga suicida en la que todos hallarán redención a través del camino equivocado: el de la integridad que da el heroísmo. Para airear el encierro, hay raccontos de momentos claves de la vida de los presos, lo que permite la inserción de Yvonne de Carlo, Ann Blyth, Ella Raines y Anita Colby en variaciones de femme fatale o de niña sufrida. El que le corresponde a Burt es el más flojito, no por lo improbable (el fortachón enamorado de la paralítica) sino por lo cursi del tratamiento. Un detalle menor ante la abundancia de excelencia. El guión es nada más ni nada menos que de Richard Brooks. El mensaje final de que no hay escapatoria se refiere más a lo social que a la cárcel en sí. Y que la prisión esté superpoblada agrega más vigencia a esta película de ¡1947! Vibrante, electrizante, poderosa. Burt está magnífico. Verlo es la felicidad en camiseta. Fin del recreo, vuelvo a mi celda de traducciones, correcciones y actualización de planes anuales con contenidos mínimos para exámenes finales. Sí, es verdad, no hay escape.

Primera sábado




Sábado. Fin de semana largo. Llueve. Algún que otro trabajo pendiente. Insoportables, todos. Nada que no pueda esperar. Siesta o cine. Cine. Me hago un programa doble de súper acción para recordar matinées del viejo Teleonce o de los cines Select, Mayo, Máster, Belgrano o Cervantes. Elijo bien. De casualidad o por necesidad. Arranco con Night train to Munich, un film de 1940 de Carol Reed. Una delicia. De aventuras con oportunos y bienvenidos toques de humor. Cuando los nazis invaden Checoslovaquia, Axel Bomash, un científico y su hija Anna (Margaret Lockwood) deben huir a Inglaterra. Él alcanza el avión, pero la hija es detenida y enviada a un campo de concentración donde, huelga decirlo, la pasa más que mal. Conoce a un prisionero, Karl Mansen (Paul Henried) con quien escapa y llega a Londres. Pero hete aquí que Karl es de la Gestapo y ayudó a escapar a Anna para saber dónde está su padre, secuestrarlos a ambos y llevarlos a Alemania. Cosa que ocurre a pesar de la vigilancia de Gus Bennett (Rex Harrison), quien queda con la sangre en el ojo y decide traerlos de vuelta a como dé lugar. Se hará pasar por un mayor nazi y… En un momento clave de la trama requerirán la ayuda de un par de turistas ingleses, Chartres (Basil Radford) y Caldinott (Nauton Wayne) que dan un respiro cómico inolvidable. El final es de un gran suspenso, muy pero muy bien manejado. Casualmente o no tanto, habrá ecos de este final en una de mis películas favoritas: Donde las águilas se atreven. Paul Henried antes de su desembarco en Hollywood está bárbaro, pero el show lo da Rex Harrison, lo que hace con la voz es ma-ra-vi-llo-so.