sábado, 28 de noviembre de 2020

De regresos con penas y sin glorias 01


 

Voy a darme el gusto de decir lo que nadie dirá. Va a ser muy difícil volver a las escuelas porque el alejamiento por la cuarentena desnudó la verdad que ocultamos cuando íbamos con continuidad: a muy pocos (¿casi nadie?) le gusta ir.

 

Para empezar son lugares horribles (salvo honrosas y cada vez más pocas excepciones). Las lavadas de pintura (en sus deprimentes versiones de blanco, crema, marfil o amarillito) hacen poco para disfrazar manchas de humedad, cielos rasos descascarados o rajados en sus sustitutos de telgopor, paredes heridas de tantos clavos o perforaciones para tubos de luz o gas. Vidrios eternamente sucios, pisos a los que nunca les vendría mal otro balde de agua, luces permanente opacas y malamente lechosas, muebles a punto de desvencijarse con solo mirarlos, pizarrones de negrura o verdor tristes desesperados por tragarse consignas que ya eran viejas hace tres siglos y el pupitre más desolado de todos, el del docente, que alberga tres o cuatro veces por turno los bolsos, las mochilas, los portafolios, las carteras del huésped cambiante y bienvenidamente fugitivo.

 

Desde siempre la derecha (casualmente la más urgida al regreso escolar) ha erigido la escuela como el templo de quitarle la fe al niño de que alguna vez será feliz o completo, de que deberá a acostumbrarse a hacer durante toda su vida cosas que no le gustan en un ambiente hostil, rodeado por gente que lo detesta, lo maltrata, lo desprecia.

 

Y como hay que sobrevivir, el chico se hará de una solidaridad escuálida que le permita seguir hasta el día siguiente.

 

Cuando entrás a un salón, casi nadie te mira, los ojos fijos en los útiles o en el celular, talismanes de un mundo mejor al que refugiarse cuando el timbre final nos dice que la tortura terminó hasta el día siguiente o si se tiene suerte y es viernes hasta dentro de dos días o si se tiene más suerte, tres.

 

¿Quién está bien dentro de una escuela? El desesperado que viene de un hogar más feo y lúgubre y deshecho y hostil que este páramo estéril, que rescatarás, cuando te hayas ido, como un lugar no tan feo después de todo, para no reconocer que lo hacés porque no te quedó otra, que tu vida y las de los otros hubiera sido infinitamente mejor si nunca hubieras tenido que ir.

 

Hoy, le guste a quien le guste, por la pandemia, el alumno ha probado otra cosa, ¿querrá dejarla?

 

Como siempre, no le va a quedar otra, pero va a resistirse, va a resistirse. (Continuará)

Gustavo Monteros