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viernes, 8 de marzo de 2024

Lecturas 2024 - Hoy: A orillas del amor


 Escrito el 21 de enero de 2024

Como la realidad persiste en su dureza, pongo otra vez mi cabeza dentro de un libro. Esta vez es A orillas del amor de Andreï Makine. El autor, nacido y criado en Rusia, a sus 30 años, en 1987 se nacionalizó francés, país donde desarrolló su carrera literaria ganando los premios más importantes de la actividad.

A orillas del amor es una novela que uno sospecha autobiográfica, en la que cuenta cómo 3 chicos pasan de niños a adolescentes maduros en Siberia y cómo son "salvados" por algunas películas de Jean-Paul Belmondo.

El lenguaje que usa es poético y florido cuando describe geografías y sensaciones y es llano y directo cuando relata hechos concretos. No es crítico con la Rusia soviética en que la acción transcurre, no se mencionan años, pero por las películas de Belmondo que aparecen en la trama, suponemos que estamos a fines de los setenta o principios o mediados de los ochenta.

Estos chicos, de tendencias heterosexuales todos, ingresan al universo Belmondo por Le magnifique / El magnífico que es de 1973, film que ven 17 veces seguidas. Después ven L'animal / El animal que es de 1977 y mencionan más tarde detalles de Le guignolo / El estafador que es de 1980. Hablan también de otros filmes con el astro francés, pero en general, sin entrar en detalles. De las aristas del fenómeno Belmondo, se quedan con el perfil de héroe humorístico de acción.

Crecer en Siberia no es fácil, pero el contacto con una naturaleza tan agresiva los forja muy singulares y a su manera disfrutan del hábitat que les tocó, pero los ánimos se les vienen abajo cuando piensan en el futuro. Se ven como guardianes de los campos de prisioneros, leñadores o buscadores ilegales de oro. Prospectos que no los entusiasman precisamente.

Entonces en el cine del pueblo, que se llama Octubre Rojo, ven Le magnifique y se deslumbran con la alegría y la vitalidad de "Occidente" porque ellos se consideran "orientales" puros. El destino los separará y los reencontrará años después.

El libro fue escrito en 1994, mi edición es de 1999 y hace años que está en mi pila de Pisa de libros a leer. No me atraía demasiado la parte de los ritos de pasaje de niño a adolescente, pero sí que sus vidas fueran intervenidas por películas de Belmondo. Porque como se evidencia en los avatares que uso en las redes sociales, y por muchos escritos aquí y allá, mi vida fue intervenida también por Belmondo (y el cine en general, más bien). Aunque en mi caso, de un modo diferente al de estos chicos rusos. (Tranquilos, no creo que me ponga a contar cómo Belmondo "salvó" mi vida). En resumen, es un libro atractivo, se lee con interés y lo recomiendo.

Gustavo Monteros

jueves, 1 de diciembre de 2016

Saturnino "Nino" Manfredi








Que no se me pongan celosos los DeNiro, los Jim Carrey, los Gene Hackman, los Mastroianni, los Belmondo, los Burt Lancaster, los Danny Kaye, los James Garner, entre otros nombres rutilantes a los que les juré amor eterno en la oscuridad de los cines, pero a nadie amé tanto como Nino Manfredi, el hombre vivía en la genialidad, su sensibilidad de tan flagrante era casi corpórea, su timing era perfecto en drama o comedia, podía pasar de chistes gruegos a la más ligera sutileza, pocos como él, por suerte queda una larga foja de servicios con varios clásicos para descubrirlo, redescubrirlo y después celebrarlo, siempre. Saturnino "Nino" Manfredi fue su nombre de hombre, pero yo sospecho, como un maestro de actuación que tuve, que era más ángel que humano.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Por los techos de París

París es hermosa, hasta en sus techos, los cuales conocemos por las persecuciones que tuvieron lugar en ellos. Comenzaremos nuestra recorrida en 1975 en una película de Henri Verneuil, Peur sur la ville, conocida aquí como Pánico en la ciudad, en la que Jean-Paul Belmondo perseguía a un asesino serial.

En 1988, Roman Polanski decidió encarar otro homenaje a Hitchcock esta vez con Harrison Ford, para lo cual fueron a París. La película se llamó Frantic, rebautizada en estos pagos como Búsqueda frenética, y ya que estábamos en París, ¿por qué no darnos una vuelta por los techos? Después de todo, ¿una de las películas más recordadas de Alfred no era Vértigo, en la que casualmente hay andanzas por las alturas?




Y ahora con menos peligro para actores y dobles de riesgo por los avances digitales (la de Belmondo y Ford son de truco práctico o sea en los mismos lugares donde transcurre la acción, de paso recuérdese que Jean-Paul hacía sus propias escenas de riesgo, para desesperación de los productores y las compañías aseguradoras) llega otro paseo por los techos de París, esta vez con Idris Elba y Richard Madden en la película de James Watkin, Atentado en París.

viernes, 12 de agosto de 2016

Happy long weekend!!!

Y no olviden que ante cualquier caso de melancolía, el mejor remedio es un Belmondo-Philippe De Broca. Infalible. 

miércoles, 25 de junio de 2014

Los nuevos Belmondos



Veo un documental homenaje a Jean-Paul Belmondo hecho por la televisión francesa y que precederá un ciclo de sus películas. En la última parte aparecen muchos de los protagonistas del cine francés de hoy, algunos veteranos, otros más jóvenes: Vincent Cassel, Vincent Lindon, Benoît Magimel, Mathieu Amalric, Jean Dujardin y Lambert Wilson, entre otros. Todos tienen en común haber sido saludados en algún momento como El Nuevo Belmondo. Algunos por una comedia, otros por un film de cine arte, la mayoría por una de acción. Amalric, entre risas, concluye: Y bueno la carrera de Belmondo fue larga y variada. Cassel dice: Es como un título de nobleza eso de El Nuevo Belmondo. Y Magimel agrega: Es como si solo comenzaras a existir a partir de que te llaman El Nuevo Belmondo. Que se le va a hacer, cuestiones de referencia. Ineludible (perdón, habla el fanático de Jean-Paul que vive en mí).

jueves, 5 de septiembre de 2013

To be or not to be (qué cagada... soy actor)




Soy un actor, ante todo, por sobre todo, debajo de todo. Por elección, por imposición, por obstinación. Aunque no ejerza, en un rincón del espejo, en una foto perdida, aunque nadie venga a mis funciones. Y más que nada, claro, un actor de teatro, porque de televisión y cine, tan poco, casi nada.

 

Cuando asume un personaje, un actor de teatro investiga, propone, prueba, recrea, pone el cuerpo, mete la pata, avanza, retrocede, apuesta, le hace trampas a la emoción, a la intención, traza el conflicto del derecho, del revés y al través, juega, se aburre, se entusiasma, se rebela, reniega, cansa, sueña y vuelve a intentarlo otra vez. Ensaya, bah, hasta que lo logra, hasta que hace pie, hasta que el personaje respira en él, con él, y si no se desvía, si no se desconcentra, fluye en él.

 

Al fin, por fin. Sonríe. Y todos los maestros que tuvo también. Los muertos en sus tumbas, en sus nubes, en el viento. Los vivos en sus ascensores de gloria, en sus cadalsos de ego, en los libros insurgentes que prometieron escribir y que jamás garabatearán. Al fin, por fin. Todas las clases de actuación a las que asistió, todas las discusiones en las que participó, los hectolitros de café que tomó, las horas de sueño que perdió, cobran sentido, abandonan su imbecilidad, se recubren de significación. Al fin, por fin. No descubrió la cura de nada, no disminuyó el hambre, la pobreza, no pasará a la historia, ni desandará la trascendencia, pero el pedacito de mundo que le tocó habitar es un poquito menos lúgubre, porque él hizo su trabajo y casi atrapó un personaje. Porque, lamento decepcionarlos, un personaje nunca se atrapa del todo, el muy pillo puede desvanecerse con la celeridad con que se corporizó, no es hijo de mujer, es cosa de la imaginación.

 

Por eso el actor sabio sólo sonríe, ya aprendió que si se cree el César o descorcha el champán, vuelve a cero, o lo que es peor a la mascarada vacía. Ya sabe que a pesar de las luces, del aplauso, crear es casi una proeza secreta. Y si es un buen actor, uno de verdad, se olvida de todo, estira los músculos, calienta la gola, ejercita la respiración y se prepara para la repetición. Porque el teatro es un ajo, da sabor, deja aliento perfumado y repite.

 

Quienes no entienden el trabajo del actor teatral creen que la repetición es una maldición, un espejismo absurdo, una quimera rota, una contradicción insalvable, que es imposible disfrutar una y otra vez de algo que se sabe cómo empieza, cómo se desarrolla y cómo termina. Pero claro hay un truco para todo, hasta para el amor. El truco, ya lo dije, como al pasar, es olvidarse de todo, o, bueno, hacer cómo que todo se olvida. Entrar a escena y que nada exista salvo este aquí y ahora. Ése es el juego, como en el del amor, ir de a un paso a la vez, decirse sólo estoy en este segundo, desentenderse de toda ansiedad y expectativa, ser aquí, en este instante, uno, entero, abierto, y las líneas saldrán solas, sin que deba recordarlas, nada más que porque soy en este juego.

 

Actuar es también un viaje programado en el que todo saldrá bien si lo preparamos con detalle y previmos las contingencias. La ropa puede rasgarse, no importará si traemos un par de hilos y la aguja. La comida puede darnos acidez, no importará si el botiquín básico está cubierto. Y así. Y así también, un minuto lleva a otro y a otro y a otro. Y como atendemos nada más que la aventura de cada minuto, con su dicha o con su angustia, todo vuelve a ser nuevo otra vez y volvemos a sorprendernos como la primera vez. Ésa es la ilógica lógica del actuar, el eterno placer renovado de la repetición, el espejismo milagroso de hacer siempre lo mismo.

 
(Esta perorata es una respuesta a un alumno que me preguntó: che, profe, ¿no te aburre enseñar siempre el to be?)


viernes, 18 de enero de 2013

Envejecer es difícil

Nos sentamos en el cine, se apagan las luces y nos someten al IN-TER-MI-NA-BLE festival de colas (ahora es moderno decirles “trailers”, ma vaffanculo) de los próximos estrenos. Nos dan una que corresponde a S.O.S. familia en apuros, una comedia yanqui de fórmula con al menos un chiste bueno. Pero lo que apabulla y espanta es lo siguiente. Ese señor de cara hinchada, labios rígidos y con menos expresión que un cactus, ¿es Billy Crystal? Esa señora que parece llevar una careta de cartón piedra mal hecha de Miss Piggy, ¿es Bette Midler? Sí y sí. Cielo santo, hasta Viktor Frankenstein les hubiera tenido más piedad.
 


A las muchas cosas buenas de las que estamos a la vanguardia, habría que sumarle la cirugía plástica. Todas las estrellas locales que pasaron una o varias veces por el bisturí quedaron iguales o mejor que antes. Ningún cirujano argentino les  propinó la impericia y la maldad que sus colegas yanquis le hicieron a los pobres Bette y Billy.
 


Habiendo caído en cuenta de la ventaja que se nos ofrece, ya me pongo a ahorrar y a pedir turno. Si además pudiera pedir cara, no hay ningún misterio conmigo, elegiría la de Jean Paul Belmondo. Joven, claro. Aunque tengo tanta suerte que sin duda quedaría como Al Pacino ahora. “Arreglado” también por algún carnicero, perdón, cirujano plástico.
 


¡Viva Robert De Niro, carajo! Porque envejece con dignidad. El gran Bobby sigue siendo mi modelo de actor y un ejemplo a seguir.