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viernes, 5 de mayo de 2023

Love songs - Hoy: Ella Fitzgerald

 Love for sale es una canción de Cole Porter de 1930. Se estrenó en el show The New Yorkers. El “punto de vista” es el de una prostituta que ofrece Amor en venta.

 

“y al enano le coronaron la melena plateada con un foco rosa, y dijo que se sentía muy praud de presentar a la señorita Ella Fitzgerald, y mientras tanto un trío de blancos comenzó a pizzicatear Camina derechito y de repente salió muy emperifollada la señorita Fitzgerald y yo procedí a homenajearme con la mitad del contenido del vaso. July, María y Mexicali Rose aplaudieron no tan discretamente como el resto de los parroquianos, y de ahí en adelante durante media hora la boite se llenó de gorjeos, susurros, montañas rusas, columpios, actos de amor, electricidades, risas que subían como pájaros y reventaban en las botellas, y los amplios pechos de la señorita Fitzgerald fueron consumiendo imperceptiblemente el aire del local hasta que uno no hallaba qué hacer para bombearle un poco de aire a los pulmones, uno no veía cómo ni con qué derecho se existía en el mismo planeta que esa mujer, uno era lo mismo que una silla, que un reloj descompuesto frente a ella, uno era una triste cosa con las mejillas ardientes, y sólo porque Ella existía, existía Frontierboy, y María y July, y mis padres en Santiago, y el escritor con rulos, y el libro que había leído de Saroyan, y el coreógrafo, y los almacenes Macy’s, y todas las sangres y los hospicios, y porque ella existía se moría la gente, y había millonarios, y era bueno beber hasta perder la conciencia, y la negra cantaba Amor en venta...”

(fragmento de A las arenas, cuento de Antonio Skármeta)


viernes, 1 de julio de 2022

Kiss me, Kate - Bésame, Catalina




 

Continúo con mi repaso de las películas que Bob Fosse hizo como actor. Hoy me toca: Kiss me, Kate (retitulada Bésame, Catalina por estos pagos)

 

El 30 de diciembre de 1948 se estrenó en el New Century Theatre de Broadway, Kiss me, Kate con libro de Bella y Samuel Spewack y canciones de Cole Porter, basada en La fierecilla domada de William Shakespeare, con Alfred Drake y Patricia Morrison en los protagónicos.

 

Y la historia de la comedia musical sumó otro hito insoslayable. (En su primera temporada hizo ¡1077 funciones!)

 

En 1953 se estrenó la versión cinematográfica con dirección de George Sidney con Kathryn Grayson y Howard Keel al frente del elenco.

 

El viejo Hollywood era todavía literalmente una fábrica de sueños y se trabajaba de lunes a viernes de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Y como el bailarín y coreógrafo Bob Fosse estaba en la nómina de la MGM fue la tercera película en la que participó en ese año del Señor, 1953 (las otras dos son las que ya revisamos, The Affairs of Dobie Gills (Don Weiss) y Give a girl a break (Stanley Donen)).

 

(Shirley MacLaine en uno de sus tantos libros de memorias cuenta que Fosse dirigió su primera película Sweet Charity (1969) todavía bajo el esquema horario de lunes a viernes, de mañana a tarde, en los estertores del sistema de estudios. Recientemente Julie Andrews recordó que hizo dos de sus películas de gran presupuesto, Thoroughly Modern Millie (George Roy Hill, 1967) y Star! (Robert Wise, 1968) con ese schedule)

 

Kiss me, Kate era la apuesta musical fuerte de la MGM de ese año. Gran producción, en colores, en ¡3D!, con preestrenos en Roadshows (cines grandes, caros y elegantes que solo daban películas espectaculares y largas que incluían un  intervalo).

 

Kiss me, Kate en su versión teatral original es un milagro, un artefacto perfecto de brillantez musical y comicidad infalible. Se nutre desde su origen en juegos de teatro dentro del teatro (lo que más tarde se conoció como metateatralidad).

 

Digo desde su origen porque se dice que se basó en las disputas, en escena y bambalinas, que la pareja en la vida real de Lynn Fontanne y Alfred Lunt desplegaron durante la temporada de 1935 cuando hicieron en Broadway un montaje de La fierecilla domada.

 

Kiss me, Kate se abre cuando se inician los ensayos de una versión de esta obra de Shakespeare, que será encabezada por los divos Fred Graham (Howard Keel) y Lilli Vanessi (Kathryn Grayson), que años atrás fueron pareja y por más que ella vaya a casarse con el millonario tejano Tex Callaway (Willard Parker), ya se sabe que donde hubo fuego…

 

A este triángulo, hay que sumar el dúo de Lois Lane (Ann Miller), corista harta de serlo y con ambiciones de ascender con el secundario que le dieron en esta producción y Bill Calhoun (Tommy Rall), novio, o algo así, de Lois, jugador empedernido que ha perdido un par de miles de dólares por los cuales ha firmado un pagaré con el nombre de Fred Graham, lo que ocasionará la presencia de dos gánsteres, tan amenazadores como cómicos, Lippy (Keenan Wynn) y Slug (James Whitmore), empeñados en cobrar lo adeudado.

 

De allí que los conflictos de la obra se vean espejados en los problemas de los actores que los encarnan. La película se empeña en derribar el andamiaje irresistible de la obra, pero no lo logra, sobre todo porque la partitura de Cole Porter que cohesiona los enredos es una de sus mejores y no se puede opacar, por más que se intente, la genialidad de un genio.

 

La película en sus escenas iniciales busca esquivar por un rato la teatralidad del asunto, para caer luego de cabeza en la misma. Se elimina el inolvidable opus inicial (Another Op’nin’ Another Show) para ubicar la apertura del Segundo Acto, la híper deliciosa Too Darn Hot, que de otro modo no hubiera tenido cabida según como se organizó el guión.

 

Y cerca del final para redondear el destino de los personajes secundarios, se agregó From this moment on, que no estaba en la pieza original.

 

El cast es problemático, pero no había otro camino que usar a las estrellas del estudio. Keel y Grayson cantan como los dioses y le hacen justicia a la musicalidad exquisita de las canciones, pero no dan nunca la fluidez del juego de comedia planteado. Ann Miller es sexy, pero carece de la duplicidad que su personaje exige. Tommy Rall baila hasta dejar al público sin aliento, pero le falta el cinismo desenfadado y seductor que su jugador requiere.

 

Lo mejor viene por el lado de los gánsteres que Whitmore y Wynn vuelven irresistibles. Y por los números de baile, claro. Si Bob Fosse tenía mucha cámara en Give a girl a brek y Bobby Van era el protagonista de The Affairs of Dobie Gills, aquí son confinados al reparto, en esta ocasión se promovía sus figuras ubicándolos al lado de las grandes estrellas del estudio.

 

La coreografía de todo el film se supone pertenece al mítico Hermes Pan, colaborador habitual de Fred Astaire, pero es indiscutible por las marcas de fábrica que denota, que la parte que hace Fosse en From this moment on ha sido coreografiada por él.

 

En este número que adjunto Ann Miller baila con Tommy Rall, Bobby Van con Jeanne Coyne y Bob Fosse con Carol Haney.


Pongo ahora solo la parte de Fosse y Hanney para destacar el truco de la vuelta en el aire sin un plano inclinado para darse impulso que hace Fosse (¡otra que Jackie Chan!) y los gestos coreográficos pequeños, múltiples y sincopados que conformarán el “estilo Fosse” y que ya se evidencian aquí. (Como puede verse, el diseño escenográfico está influenciado por las obras metafísicas del pintor surrealista, Giorgio de Chirico) Por último agrego la canción de Wynn y Whitmore, Brush up your Shakespeare. Se dice que el impecable juego cómico surgió, porque en vez de ensayar se pusieron a jugar a las cartas y a beber, dado que la canción les parecía “silly” (tonta). El director George Sidney los felicitó al terminar el rodaje del número porque creyó que la coreografía desmañada era a propósito y que habían logrado “traducir” inmejorablemente el diseño coreográfico planteado a sus atorrantes personajes. Corroboración irrefutable de que a veces menos es más. 
Gustavo Monteros

viernes, 29 de agosto de 2014

Superlativos


Cole Porter no llegó a ser Cole Porter sin que le propinaran unos cuantos superlativos para describir su capacidad compositora.


Rachel York es una estupenda actriz y una magnífica cantante. Por derecho propio es ya una de las glorias del teatro musical. En 1989 debutó en Broadway con City of Angels del imbatible Cy Coleman. En 1993 Cameron Mackintosh la convocó para el quinteto inicial neoyorquino de Putting it together del genial Stephen Sondheim, obra en la que compartió escena con la legendaria Julie Andrews, quien al reprisar en teatro en 1995 su famosa Víctor-Victoria la llamó para el rol de Norma Cassidy (en la versión argentina, nuestra no menos fabulosa Karina K haría con ese personaje su inusualmente habitual despliegue de talento, es decir, inusual para cualquier estándar, habitual en ella). En 2003 encabezó en Londres junto al benemérito Brent Barrett Kiss me, Kate colosal clásico de Cole Porter. Aquí se la ve hacer I hate men. Nótese que en la estrofa del vendedor, cuando dice que mientras él viaja, ella se queda en casa para tener los bebés, aprovecha el sostenido en “men” para graficar un parto. No sé si fue su idea o la del director, aunque haya sido de quien haya sido, la ejecución es impecable.

 


El año pasado protagonizó otro maravilloso clásico de Cole Porter, Anything goes. En Argentina el mismo musical con el título apropiadamente traducido a Vale todo era encabezado por la multitalentosa Florencia Peña, que nos dejaba con la boca abierta o sonriendo como bobos, embriagados de encanto siempre. Aquí se ve a Rachel York hacer Blow, Gabriel, blow, el primer gran número del segundo acto. Huelgan las palabras y se impone el deleite.

jueves, 5 de diciembre de 2013

De como un colchón inflable, Jamie Cullum, Sondheim y Seurat salvaron mi vida




Lunes. Perrito me despierta para que lo saque a pasear. Espío el reloj, no me puedo hacer el zonzo, es una hora prudente. Me incorporo y la realidad me pega una trompada en el estómago. Tengo que desandar una de las peores semanas del año. Me gustaría que ya hubiera pasado, ilusión vana, hasta los malos tragos se pasan de a sorbos. Paseo a Perrito. Vuelvo y me tomo un café negro, muy Bogart, con tostadas untadas de queso crema, para nada Bogart. De repente me dobla un psicosomático dolor de espalda. Adelanto el comienzo oficial del verano. Antes me curaba el dolor de espalda acostándome sobre el piso, pero el frío de los mosaicos se me colaba. Hace un par de años para no ensuciar el colchón nuevo tirándolo al piso, compré un colchón inflable. Lo inflo cuando tomo el último examen y aunque deba patearlo todo el verano, no lo desinflo hasta que las clases regresan. Perrito se entusiasma, el colchón inflable me pone a su altura, no debe treparse con mañas de saltimbanqui para acostarse conmigo. Después de jugar un ratito, nos despatarramos. Prendo el ventilador de techo, creo una contracorriente con el ventilador de pie y que vengan degollando, que a nosotros no nos importa nada. Dormito unos minutos y Perrito ronca a sus anchas. Es un paraíso temporario, más temprano que tarde habrá que levantarse y enfrentar el día. No debo caer en el pánico, me repito. Se dice fácil, se cumple difícil. Proveerse de municiones es la respuesta. Es imperativo que ponga nueva música en el celular. Las oberturas de películas épicas no dan el  resultado Walter Mitty esperado, no me disparan a realidades paralelas. Necesito algo yang, muy masculino, potente. Los últimos días del año lectivo no son para gente sensible o delicada. Sin levantarme del colchón repaso mi musiteca. Me acuerdo de uno de mis discos favoritos, The pursuit, que hace unos años me regaló mi amigo Horacio para un cumpleaños. Me despego del colchón, lo busco, lo paso a la compu, selecciono algunos temas, le agrego otros de Heard it all before y tomo nota mental de preguntarle a Horacio si tiene Twentysomething para que me lo copie. Bien, Jamie Cullum servirá para los caminos entre escuelas. Imprimo la letra de Anyone can whistle de Stephen Sondheim, me encanta reacomodar mis órganos de fonación con estas palabras de Stephen. Poder decir o cantar palabras de Sondheim me devuelve el placer de saber inglés. Bien, Sondheim servirá para la desesperación durante las clases. Busco los libros con la obra pictórica de Seurat, servirá para cuando no pueda redondear las palabras de Sondheim. Seurat es un pintor muy cerebral del que es difícil enamorarse, pero Sondheim con su Sunday in the park with George me enseñó a quererlo. Bien, municiones anti estrés, anti pánico, anti suicidio, anti homicidio listas. Primera y segunda clases de la tarde, normales, los sentenciados a examen aceptan su destino y no patalean. Tercera clase de la tarde, horror de los horrores. Huí de ellos el lunes 18, el lunes siguiente fue feriado, hoy ya no hay clases normales en esa escuela, sólo asisten los que deben rendir examen. Mientras Jamie Cullum me da valor rumbo a  la escuela, cruzo mis dedos para que no los hayan hecho venir a todos, aunque yo no haya cerrado las notas. Una quimera. Están todos y cada uno de ellos. Me torturaron todo el año y aquí están para arruinarme hasta el último segundo. Les digo que si quieren aprobar deben hacer este trabajo compensatorio que les llevo fotocopiado. Salvo tres, los demás deben hacer buena letra si quieren que el promedio les dé siete. Por más que pretendan portarse bien, en segundos la clase es el caos habitual. No pueden consigo mismos. Uno de los más comprometidos protesta por el trabajo a realizar, dice que no tiene por qué hacerlo, que tiene la carpeta completa. Cuento hasta dos millones quinientos setenta y siete mil y le digo que tiene nada más que los días que vino, que no fueron muchos, que a pesar de que se lo pedí muchas veces, jamás completó los días que faltó, que fueron en realidad más de los que vino. Insiste en que tiene todo. Tomo la carpeta de su hermana, que está completa, y le muestro que le falta más de la mitad de los trabajos. A pesar de la obvia evidencia, insiste en que tiene todo, que siempre que vino trabajó y que no tiene por qué completar los días en que no vino por la sencilla razón de que no vino. Exploto, vuelvo a tomar su carpeta y le muestro que, en comparación con la de su hermana, ni siquiera hizo todos los trabajos los días que vino. No tengo que hacer este trabajo compensatorio, tengo todo, insiste. No puedo salir de la clase y dar un paseo por el patio para calmarme. Le digo que haga la tarea o que se va a examen. Insiste por lo bajo con que soy un tirano. Bueno, la frase que usa es soez, pero la idea creo que esa. Es hora de Sondheim, tomo la letra de Anyone can whistle y la leo en voz baja. Una nena  me dice: ¿reza, profe? Le contesto que algo así. Hasta el horror pasa y la clase termina, me queda otro lunes de espanto, pero falta una semana para eso. Estoy en casa cuando la tormenta se desata. Por suerte. Son cinco minutos intensos que dejan todo dado vuelta. Por supuesto se corta la luz. La radio aconseja no salir por lo de los cables cortados. Obedezco. Es un alivio. A esta altura, clase que no se da es un alivio. Menor, porque las clases a las que falto eran de adultos y venían sin problema a la vista. La luz no vuelve. Nunca me sentí mentido por el INDEC, porque midiera lo que midiera a mí no me mentía. Voy al almacén dos o tres veces por semana, y a los grandes supermercados una o dos veces por mes, así que sé si hay o no inflación, y si mi sueldo está o no por encima de la inflación. Pero me siento mentido cada vez que EDELAP no me informa por qué la luz no vuelve. Quiero saber qué corno está generando el que no tenga luz, por qué y cuándo volverá. Quiero saber si la culpa es de ellos o de la tormenta, y qué hacen para solucionarlo, y cuándo mierda voy a volver a tener luz. Odio sus informes generales que no dicen nada en concreto. Sé que me mienten y nadie protesta porque los medios los apañan. Mi cuarto sin ventilador es el infierno tan temido… intensificado. La noche es larga y sudorosa. El calor persiste, y aunque todo lo que puede estar abierto está abierto, me sofoco. Dormito un poco y mal. A mitad de la noche, vuelvo al living, tiro el colchón inflable y duermo allí. En el living, con la ventana del patio y la puerta de la cocina abiertas, corre algo que con buena voluntad puede considerarse un aire. Perrito se aviva o se apiada de mí y elige dormir en el piso. Nos despiertan las primeras luces del alba, bastante antes de que suene el despertador. La electricidad no volvió. Como la cafetera no funciona, me preparo un café instantáneo, no es muy Bogart pero casi. Durante la noche se oían cierras, cuando le doy a Perrito su paseo de las 6 y media de la madrugada, antes ir a la escuela, el árbol caído en la esquina ya está cercenado y no obstruye nuestro camino. Me visto de docente y salgo. Curiosamente todas las escuelas a las que voy este martes, tienen luz. Suprema ironía. Me toca la primera clase de orientación para examen, los alumnos están en negación y rechazo. Saco los cuadernillos de fotocopias que les corresponde, les hago un repaso y propongo el primer ejercicio. No tardan en decirme que no entienden. Exploto, qué tienen que entender, les digo. Es un ejercicio de sustitución por pronombres. Acabamos de repasar que I es yo, les digo, you es vos, he es él, she es ella, etc, en las fotocopias al lado de cada pronombre está la correspondiente traducción, si  Miss Perkins es la Srta Perkins ¿por cuál pronombre vamos a reemplazarlo? Por ella, me contesta uno. ¿Y según esta lista, cuál es ella?, pregunto. She, me dice otro. ¿Y entonces qué es lo que no entendés?, concluyo. Inglés, no entiendo, me responde. No te pido que entiendas el inglés, le aclaro, sólo te pido que completes el ejercicio para el que tenés en la fotocopia todos los elementos necesarios para cumplimentarlo. No entiendo inglés, insiste. No exploto porque me tomo la libertad de pasear por el patio para calmarme. Para disimular entro en Preceptoría y pregunto una obviedad para la que ya tengo respuesta. Camino de regreso al aula, decido que necesitamos mediación. Imposible, si doy participación a una autoridad nos terminaría retando a todos y demoraría más el conflicto. Es hora de Seurat, abro el libro con sus obras y mientras me pierdo en el paseo de la Grande Jatte, vuelvo a explicar qué es lo que pretendo. El alumno rebelde se resigna a que deberá rendir un examen y se aplica. A la clase siguiente el calor ha regresado, techo de chapa, sol refulgente, sudamos como inmigrantes ilegales en un conteiner. Me cago en la reputísima madre de todos los ministros de educación, pasados, presentes y futuros, que dan como única respuesta a los problemas de la educación agregar días de clase. Vengan ustedes, hijos de remil putas, a dar clase en estas condiciones y van a ver qué ganas de aumentar días cuando más calor hace les van a quedar. Es hora de combinar las municiones, mientras los alumnos hacen su ejercitación, me calzo los auriculares con Cullum, veo los cuadros de Seurat y leo a Sondheim, todo a la vez. Sobrevivo, incluso cuando una alumna sale del aula dando un portazo, previo tirarme las fotocopias por sobre Seurat y Sondheim. Cuando abro la puerta y le digo que se las lleve, que igual le servirán, que ahí están todos los temas del examen, me mira con odio reconcentrado y por suerte no me dice nada. Al rato aparece divertida la preceptora para informarme que la fugitiva ha decidido no presentarse a rendir. Cuando vuelvo a casa, la luz todavía no volvió. Preparo un bizcochuelo Exquisita, cosa para la que no hay que ser chef. Mientras espero que se enfríe, me digo, no sé la cultura, pero Cullum, Sondeim, Seurat y un colchón inflable pueden salvar vidas. La mía y las de todos los que no estrangulé. Bueno, tampoco los sobrevaloremos, que recién es martes a la tarde…

jueves, 22 de agosto de 2013

Vale todo




Michael Billington, el crítico teatral de The Guardian, sostiene que el musical  más que buenas canciones requiere un buen libro, que si el libro es de verdad bueno, aunque las canciones sean mediocres, el musical puede ser efectivo. Otros dicen lo contrario, que si las canciones son buenas se sale adelante incluso con un mal libreto. Anything goes (Vale todo) más que zanjar la discusión, la profundiza.

Tiene algunas de las más bellas canciones de Cole Porter, muchas son hoy estándares del jazz, pero viene flojito de libreto. (P.G. Wodehouse y Guy Bolton firman el original.) En sucesivos reestrenos lo pulieron un poco, pero más que mejorarlo, fortalecieron sus debilidades (valga el oxímoron). Hoy se ve en la versión de Howard Lindsay y Russel Crouse.

Tal como está es un ejemplo arqueológico de cómo se concebían los espectáculos musicales en los años treinta del siglo pasado. Salvo a Ethel Merman y a Vivian Vance, desconozco los talentos del elenco original, pero es obvio que el espectáculo se armó para lucir sus habilidades en la comedia. Si bien apunta a los enredos de lo que nosotros llamamos vodevil, más que una trama, hay aquí una sucesión de esquicios cómicos unidos con bellísimas canciones.

Transcurre en un transatlántico de lujo que viaja de Nueva York a Londres. Hay un cuarteto protagónico con amores cruzados compuesto por una cantante de cabaret de práctica filosofía (Peña), un galán tan encantador como voluble (Ramos), un noble inglés excéntrico que procura manejar el slang (lunfardo, en este caso) (Salazar) y una bella niña casadera (Scaglione), más la madre desesperada por casar a su hija para salir de apremios económicos (Gago), un millonario corto de vista muy amigo de la botella (Catarineu), un gánster perdedor que es el Enemigo Público número trece (Pinti),  un capitán (Musó) y un sobrecargo (Bossio) obsesionados por tener celebridades entre los pasajeros, una chica muy proclive a satisfacer las necesidades sexuales de todos los marineros (Pachano), y un par de chinos afectos al juego. Todos ellos, más que personajes, son arquetipos cómicos muy en boga en la época en que el espectáculo se generó.

Nuestro crítico experto en musicales, Pablo Gorlero, escribió en la reseña del estreno de la presente versión que en la visión general del espectáculo se extraña a Darío Víttori, quien como actor o director le hubiera sacado el jugo a este material. Coincido plenamente. Se extraña el oficio que daba la tradición cómica para brindar cohesión teatral hasta a las tramas más endebles. Alejandro Tantanián hace the second best, o sea lo que sigue en orden de mérito. Como cuenta con un dream team de la comicidad (Florencia Peña, Enrique Pinti, Martín Salazar, Roberto Catarineu, Noralih Gago) los deja recurrir a las herramientas que les dieron efectividad y sabiduría cómica. No habrá cohesión, pero sí muchas carcajadas cada vez que puedan despuntar el oficio. Diego Ramos por suerte está más cerca del galán paródico de Los 39 escalones que de su envarado Capitán Von Trapp en La novicia rebelde. Josefina Scaglione, que fuera la María del último Amor sin barreras (West side story) en Broadway, como es la damita joven hace lo que menos le cuesta, ser hermosa, elegante y lucir el caudal vocal que Dios le ha dado. La sorpresa, al menos para mí porque nunca la había visto, fue Sofía Pachano, la chica despliega una bienvenida soltura. Leo Bossio y Mariano Musó ratifican sus encomiables condiciones para el género. Es muy pero muy hermoso el vestuario de Pablo Battaglia y espectacular y bella la escenografía de Oria Puppo. Y de primera el resto de los rubros técnicos, los arreglos, los músicos, los bailarines, las coreografías, las luces, el sonido. Ah, y aunque no se le dé tanta relevancia a su trabajo en el programa de mano, mi reverencia al auténtico héroe de la velada: Marcelo Kotliar, el adaptador de las letras de las canciones. Pocas cosas más difíciles que serle más o menos fiel en la traducción a un buen letrista de musicales. Y si el letrista es Porter, uno de los reyes del género, más todavía.

Pese a todas las virtudes que el show ofrece, quien hace que este viaje valga la pena es Florencia Peña. Se extraña que no tenga aquí un protagónico absorbente como en Sweet Charity, porque cada vez que está en escena, el musical se eleva a otro plano, el de la armonía, ya que conjuga como pocas la actuación, el canto y el baile. El aserto que afirma que Broadway adora por sobre todo a las personalidades se refiere a eso que hace o tiene Peña. “Ángel” combinado con dominio técnico de las disciplinas involucradas, más la voluntad ecuménica de calzarse el espectáculo al hombro y llevarlo a buen puerto para devolver con creces el  precio de la entrada y el tiempo invertido. Hablando estrictamente, su fuerte es la actuación, en las lides del canto y baile, quizá haya otras con más voz (aunque ella hace buen uso de la propia y como el Gardel del mito cada día canta mejor) o que muevan las tabas con más destreza (sin embargo navega tanto las sinuosidades de Bob Fosse (Sweet Charity) como el zapateo americano estilo Hermes Pan (aquí) con grácil desenvoltura), a lo que voy es que ninguna fusiona actuación, canto y baile con la luminosa organicidad con que lo hace ella. Una genuina protagonista de musicales, porque como también dice Michael  Billington, y esto nadie le discute, el musical ante todo es teatro.

A mis compañeras y compañeros de aventuras teatrales les aclaro que como con Sweeney Todd decidí ir la primera vez solo para dejar a mi mente divagar. Pero no implica que los haya dejado por su cuenta y riesgo. Encantado los acompañaré de a uno o a todos juntos. Como con Sweeney Todd iré todas las veces que me permita el bolsillo. Y si bien no amo a Cole Porter tanto como a Stephen Sondheim, cerquita nomás le anda. Sondheim es un gusto adquirido y Porter es la música de mis primeros musicales de Hollywood que vienen con gusto a tamal y a olor de pichanilla de la cuesta del Portezuelo porque los vi en la Catamarca de mi infancia.
(En la foto se ve, de pie a Roberto Catarineu, Enrique Pinti, Florencia Peña, Diego Ramos y Noralih Gago, sentados a Mariano Musó y a Martín Salazar, y en cuclillas a Josefina Scaglione, Leo Bossio y Sofía Pachano)