Nos tomamos una pausa musical de tanta literatura y disfrutamos de dos canciones (We Can Do It y I Wanna Be a Producer) del clásico de Mel Brooks, Los productores. Andy Nyman es Max Bialystock y Marc Antolín es Leo Bloom. La coreografía es de Lorin Latarro.
viernes, 8 de mayo de 2026
viernes, 1 de mayo de 2026
Lecturas 2026 - Cuatro novelas de Margaret Millar
“La cabra siempre tira pa’l monte”, me hubiera dicho la tía
Martina de haberme visto sentado leyendo uno de los libritos de la pila de
novelitas con las tapas idiosincráticas de El Séptimo Círculo, que hacía
equilibrio en la mesa de tres patas, reliquia del bar / cantina que alguna vez
regenteó mi viejo.
Es que cuando la oscuridad ruge afuera, lo que más aquieta
los temores de mi mente es la lectura de policiales. ¡Y mirá que la oscuridad
ruge y rige en este marzo, ya abril, de 2026 en el Mileinato del Río de la
Plata!
Cuando busqué entre los volúmenes de El Séptimo Círculo que
andaban por la biblioteca, me decidí por privilegiar autoras sobre autores,
dado que venía de una experiencia tan buena con las novelas de Kate Atkinson.
La opción final quedó entre ¿Vera Caspary o Margaret
Millar? Vamos por la Millar, me dije, porque, aunque brilló con luz propia no
dejó de estar a la sombra de su marido, Kenneth Millar, un señor que firmaba
con el seudónimo de ¡Ross Macdonald! ¡Sí, el que creó al detective Lew Archer!
Decido leer cuatro títulos de Margaret Millar. Arranco con
“Pagarás con maldad” (Do Evil in Return, 1950). Dice la contratapa: “La
doctora Charlotte Keating está en una difícil situación. Su apacible vida como
médica y su apasionada aventura con el apuesto y respetable Lewis dan un vuelco
cuando, súbitamente, aparece el cadáver de la joven Violet, a la que había
practicado un aborto tras quedarse embarazada, pero no de su marido. Sin saber
aún si la muerte de Violet es fruto de un suicidio o de un asesinato, Keating
se verá involucrada en una asfixiante espiral de amenazas y chantajes que, de
algún modo que no consigue comprender, guardan cierta relación con su propio
amante. De repente, la confianza se convierte en un lujo que Keating no se
podrá permitir, si quiere seguir con vida para averiguar el porqué de la
horrenda muerte de Violet.”
Por supuesto el morbo que se me desata está puesto en la
palabra aborto, asociada a una novela que transcurre en 1950, perdón por la
frivolidad (y la rima), pero me pareció el colmo de la modernidad. Si bien el
género negro se permite todas las sordideces, algo tan clandestino y tan íntimo
como el cese de un embarazo me parece incongruente con el canon moralizante y
pacato de los años cincuenta.
Sin embargo, a quien escribió la contratapa, leyó mal la
novela o no la entendió. En la trama la doctora Keating se niega a hacerle el
aborto a Violet, algo de lo que se arrepentirá de inmediato. Curioso lapsus del
autor de la contratapa.
La novela es apasionante, muy humana y a la vez perturbadora. Y uno cree adivinar por dónde vendrán los tiros, pero no, la autora está unos pasos por delante y saca una carta ganadora. ¡Sorpresa! En los cincuenta no solo tomaban té y jugaban a la canasta, ¡tenían mucho sexo!
Sigo con “Muerte en el estanque” (Rose´s Last Summer,
1952). Dice la contratapa: “Rose French había sido una estrella. Cinco veces
se había casado y, aun ahora, a los sesenta años, la animaba una intensa
vitalidad que parecía inextinguible. La muerte la encontró en un jardín
desierto. Su amigo y consejero, Frank Clyde, sospechó que detrás del
fallecimiento, atribuido a causas naturales, había un misterio. Se agravó la
sospecha cuando el pasado empezó a invadir el presente. Uno de los nebulosos
maridos de Rose apareció en la localidad, agresivo y próspero. Casi sin
proponérselo, Frank Clyde se convirtió en detective. La historia de su
investigación es siempre cautivante y a veces desaforadamente absurda. Es una
comedia de costumbres escrita con implacable agudeza. Esta novela originalísima
se leerá con alarma y con encanto.”
Esta vez el autor de la contratapa no puede estar más
acertado. La cosa tiene mucho de comedia y de la buena. Encanta y deleita. Y
por más que todo sea grave y haya una muerte, sonreímos durante toda la
lectura, porque a veces el absurdo de la vida es sencillamente hilarante.
Sigo con “La bestia se acerca” (Beast in View, 1955), que
fue muy elogiada, un best-seller y premiada con un Edgar. No sé si está en El
Séptimo Círculo, al menos mi copia no es de esa colección. Dice la contratapa: “El
mundo puede llegar a ser terrorífico más allá de las cuatro paredes de una
habitación de hotel. La joven Helen Clarvoe tenía muy claro que su seguridad
personal dependía de aquella reclusión voluntaria, hasta que recibió la llamada
más estremecedora de su vida: Evelyn Merrick, una supuesta ex compañera de
colegio, le contaba que había tenido una visión onírica en la que Helen
aparecía sangrienta y mutilada tras haber sufrido un terrible accidente.
Aterrorizada y confusa, Helen decide pedir ayuda a su viejo amigo Paul
Blackshear para que investigue quién es Evelyn y por qué ha pretendido
asustarla con tal dicha llamada. Paul, que decide echarle una mano, pronto
comienza a seguir pistas que le conducen a un submundo de delincuencia, abuso
de drogas y pornografía, algo que no solo implica a la desconocida Evelyn, sino
también a su propia amiga Helen.”
Bueno, aquí el que escribió la contratapa no comprendió un
par de cosas. Helen no es tan joven, es una treintañera soltera, que para los
parámetros de la época equivalía a una vieja solterona. Y Paul no es
precisamente su amigo.
El resumen de Wikipedia es más fiel a la esencia de la
novela: “una intriga psicológica desencadenada a partir del acoso telefónico
que sufre una soltera al borde de los cuarenta años por parte de una mujer
trastornada que estuvo brevemente casada con el hermano homosexual de aquella.”
Como se ve, la cosa venía fuerte: homosexualidad,
trastornos psíquicos, droga, pornografía. Todo eso está y en radiante
tecnicolor, pero la autora de a poco empieza a hacer pases de magia y cerca del
final saca la alfombra donde estamos parados y literalmente nos sienta de culo.
El truco es magistral y el engaño al que nos somete es lícito (en literatura,
claro, si lo hace en la vida, habría que encarcelarla).
El viejo axioma de “Nada es lo que parece” aquí es cierto y se verifica para nuestra total diversión. Terminada la lectura dan ganas de leerla otra vez para ir viendo cómo “cocina” el timo.
Y termino con “Solo
monstruos” (Beyond This Point Are Monsters, 1970). Dice
la contratapa: “En un rancho de California, Robert Osborn, sale a buscar a
su perro y nunca más se le vuelve a ver. Algunos rastros de sangre, el hallazgo
de una probable arma asesina, hacen que su esposa, Devon, crea que han
asesinado a Robert. Un año después, su madre y su mujer protagonizan un duelo
frente a frente en un juicio para declarar o no legalmente muerto al ranchero
desaparecido. La madre no quiere que el juez dictamine la muerte porque está
convencida de que sigue vivo y la viuda espera que lo haga para poder seguir
adelante con su vida. ¿Lo mataron? ¿No lo mataron? ¿Quién? ¿Por qué? Pero es la
policía, a través de la correspondiente investigación, la que debe aclarar este
punto. Accidentes que fueron en realidad asesinatos, amores tempestuosos y
secretos, relaciones promiscuas, violentas escenas que habían quedado ocultas
comienzan a salir a escena a medida que la investigación progresa. Al final, se
hace patente en toda su siniestra evidencia la monstruosa realidad de una
familia terrible, que se esconde celosamente tras el poder del dinero.
Publicada también en castellano como «Más allá hay monstruos».”
Esta puede que esté un punto más abajo que las anteriores.
La trama está muy bien manejada, los personajes son empáticos, los conflictos
bien delineados, pero en el final-final quiere hacernos dudar y la cosa no le
sale muy prolija.
Y si uno relee los últimos párrafos comprende que no es la
visión de la autora sino la del personaje la que quiere confundir o hacernos
polemizar. De todos modos, este pequeño demérito no le resta valor a todo lo
logrado por la novela hasta ese punto.
¿Y ahora qué leo? Vengo en una buena racha y no quiero que
se me corte. Mejor ir por lo seguro, ¡un clásico! Después les cuento
viernes, 24 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Cinco libros, cinco
Nunca había hecho eso. Leer cinco libros a la vez,
disciplinadamente, de principio a fin. En la facultad debemos de haber leído más
de cinco libros a la vez, pero no de portada a colofón, sino un capítulo aquí,
otro más allá y un largo fragmento que baja y se pierde. ¿Por qué decidí
emprender este intento? Para no aumentar la extensa lista de libros a medio
leer. Con los de ficción, tiendo a llegar al final. Pero con los de no ficción
(como estos cinco) arranco con entusiasmo, pero cuando llego a un capítulo que
no me interesa tanto, tiendo a dejar el libro de lado y seguir con otra cosa.
Así que supuse que, si arremetía varios a la vez, leyendo un capítulo de uno y
después un capítulo de otro, aunque me cruzara con capítulos que no me
interesaran tanto, al ir de un libro al otro, completaría la lectura de todos. Y
¡lo logré! Terminé los cinco.
El primero de la lista era “Historia de la última dictadura
militar (Argentina 1976-1983)” de Gabriela Águila, porque no quería ser como
ese necio viejo de mierda que me dijo una vez: “Yo la viví, a mí no me la van a
venir a contar.” Yo la viví y quiero también que me la cuenten. La dictadura
cubrió los últimos años de mi adolescencia y los primeros de mi juventud, así
que era consciente de lo que pasaba, a la vez que la bisoñez me impedía, quizá,
abarcar el horror en toda su magnitud. Como decía un artículo que leí en estos
días, lo más llamativo de la sociedad argentina es su capacidad de convivir con
el horror y hacer de cuenta de que no pasa nada extraño, de seguir viviendo
como si tal cosa, algo que en La Plata por entonces costaba doble, porque había
“operativos” a cada rato y hasta “chupaban” personas a la luz del día. El libro
me permitió cotejar “mi historia” con “la Historia” y corroborar los entresijos
de una realidad monstruosa.
El segundo fue “El mejor amigo del perro: Breve historia de
un vínculo único” de Simon Garfield, en el que como su título lo indica, el
autor reseña los efectos y consecuencias de la relación hombre-perro. Se centra
en detalles que le interesan particularmente como el enigma científico de la
derivación lobo a perro, la humanización creciente de los nombres asignados a
los perros durante el siglo XX o como se pasó de Colita a Facundo, la
comercialización millonaria de las nuevas comodidades del perro, la exclusividad
y el esnobismo detrás del Best in Show y demás concursos de Mejor Perro, los
perros en la literatura, la crueldad de los perros diseñados, de la clonación y
de la “pureza” certificada, etc. El señor es inglés y no pasa por alto la
tremenda matanza de animales domésticos que se dio en Inglaterra, en especial
en las grandes ciudades al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Como en la
Primera Guerra habían visto en las ciudades devastadas la penuria de los
animales sin amos, decidieron evitarles a las mascotas el probable sufrimiento
“durmiéndolos”. En el primer mes de esa campaña eliminaron 400.000 perros según
datos oficiales. No se dieron tiempo de pensar soluciones alternativas, el que
no tenía campos en el interior para mandar a sus mascotas, las eliminaba. Esta
historia es como el bombardeo a Plaza de Mayo de civiles indefensos casi al
final del peronismo, es algo que se sabe, pero no mucho.
El tercer libro fue “The Ballet Lover’s Companion de Zoe
Anderson”. Lo leí en inglés porque todavía no tiene traducción al español (y ya
no creo que la tenga, porque es de 2018). Es un libro de divulgación de
conocimientos, claro, y está dirigido al lego, entre los que me cuento. Como
vivo en la ciudad de La Plata donde hay un teatro de ópera, que como todos
ellos tienen también ballet, me he expuesto desde mi adolescencia al ballet. A
lo largo del tiempo, vi ballets de diferentes períodos y fui adquiriendo un
conocimiento esporádico y desordenado. Por eso necesitaba un libro que me
ordenara y me diera una perspectiva fidedigna de las distintas etapas por las
que fue evolucionando el ballet. Este libro fue la respuesta ideal a mis
inquietudes. Va reseñando los diferentes períodos y enumera los ballets que
corresponden a cada etapa. Si los mismos títulos fueron tomados para ser
renovados o modificados en etapas futuras, Anderson nos detalla los cambios. No
se lo digan a nadie, pero el final del libro le da un poco la razón a Timothée
Chalamet, el ballet (ojo, no confundir con la danza o la danza moderna, aquí
hablamos solo del ballet) está en un camino sin salida (un poco al igual que la
ópera), porque no surgen autores que creen nuevos ballets, de vez en cuando
aparece uno, pero es excepción y no regla. O sea, es muy probable que, hoy por
hoy, no sea un arte vivo. En lo que no tenía razón Chalamet es en lo que no le
interesa a nadie: soy una prueba que lo desmiente, buscaba un libro que me
guiara en la historia de esta ceremonia de belleza que me deslumbra siempre. Lo
extraño es que nadie le dijera a Chalamet que el cine, que él daba como arte
vivo, está en vías de extinción y que mantenerlo vivo, como lo conocimos en el
siglo XX, le interesa cada vez a menos personas. Por culpa, creo, de que
estamos inmersos en la lógica del escándalo superficial y berreta, alguien dice
algo que no gusta y todos corren y prenden las teas y quieren ejecutar al
apóstata en plaza pública y nadie procura entender por qué dijo lo que dijo,
confrontarlo, discutirlo, demostrándole que su juicio es apresurado y quizá muy
errado.
Los dos que siguen son autobiografías que leí porque
dijeron que seguían el modelo inaugurado por Vladimir Nabokov en su libro de
recuerdos, “Habla, memoria”, o sea, en vez de la ilación cronológica de hechos,
capítulos independientes que se centran un evento o revelación.
El primer tomo de la autobiografía de Alan Alda se llama:
“Never Have Your Dog Stuffed: And Other Things I’ve Learned” y es de 2006.
Hasta la fecha no se tradujo y en castellano sería algo así como “Nunca
embalsames a tu perro y otras cosas que aprendí”. Confieso que no era un fan
muy entusiasta de Alan Alda, pero tampoco me caía mal. Estaba en películas que
había que ver y a la salida comprobaba que sumaba más que restaba. Cuando llegó
su consagración con la serie M.A.S.H., espié el fenómeno para ver de qué se
trataba (sobre todo en qué se diferenciaba de la película de Altman), comprobé
su calidad, pero no la seguí. Pero este libro me seducía por lo que el título
prometía. ¿De qué perrito se trataba, cómo llegó a embalsamarlo y sobre todo,
por qué aconsejaba jamás hacer algo así? Se llega pronto a este capítulo porque
es un hecho de su infancia y se vuelve inolvidable. Lo traduje y lo compartiré
pronto, quizá la semana que viene. Conocí además a un tipo muy atendible,
sencillo, sensible, con una peculiar capacidad de verse sin tapujos, que no
teme quedar mal, en particular en lo que tiene que ver con su mamá, una persona
con serios problemas mentales, que tuvo la poca suerte de vivir en una época en
la que determinados trastornos psíquicos no tenían todavía diagnóstico y
tratamiento. Vi en su momento las películas con guion propio, o sea, The
Seduction of Joe Tynan, que aquí se llamó Escalera al poder, que
dirigió Jerry Schatzberg, con el coprotagónico de una tal Meryl Streep y The
Four Seasons / Las 4 estaciones que también dirigió, en 1981, con
Carol Burnett, Rita Moreno, Jack Weston y Sandy Dennis en el elenco. No me
dejaron mella, no por alguna falla que tuvieran sino porque era muy chico y los
conflictos que trataban me dejaban afuera. Cuando pueda las volveré a ver y les
cuento.
Y el quinto y último libro del desafío es el primero de
memorias de la actriz Illeana Douglas y se llama “I Blame Dennis Hopper, And
Other Stories From a Life Lived In and Out of the Movies”, es de 2015 y tampoco
se tradujo. El título sería algo así como “Le echo la culpa a Dennis Hopper y
otras historias de una vida vivida dentro y fuera del cine.” Es un libro
delicioso y como su título lo indica es de una persona que ama el cine y que
jura y perjura que algunas películas hicieron que su vida fuera mejor de lo que
era, que le salvaron la vida, porque la hicieron trascender momentos difíciles.
Principio al que adhiere a pie juntillas quien esto escribe. Pronto traduciré
los capítulos que se refieren a Liza Minnelli y a Robert De Niro, que son
también mis ídolos, por las dudas no lo sepan.
Gustavo Monteros
viernes, 17 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: La defensa de Vladimir Nabokov
Dice Nabokov en su autobiografía ("Habla,
memoria") que dos actividades lo dominaron desde la infancia: el ajedrez y
cazar mariposas (que en fino se llama Lepidopterología y es una rama de la
Entomología, esto de cazar mariposas pasó en su caso de hobby a contribución
científica, porque capturó algunas que no se conocían a las que tuvo que
bautizar).
Y dicen los que saben (o sea los críticos literarios) que a
los novelistas les conviene sacarse de encima más pronto que tarde la
elaboración de la infancia, los ritos de pasaje a la pubertad, la influencia de
los padres, etc.), para pasar a temas superadores.
¿Será siempre así?, en García Márquez, por ejemplo, no se
aplica. Aunque en Vladimir Nabokov, sí. Su primera novela,
"Mashenka", se centra en su primer amor y en su inicio en la
sexualidad, y esta, su tercera "La defensa" gira alrededor de otra
pasión arrebatadora de sus primeros años, el ajedrez.
Luzhin, a los 9 años por culpa del romance del padre con
una prima de la madre, descubre el ajedrez. Venía sin destacarse en la escuela,
no era muy apreciado por sus compañeros y su padre, un autor de libros para
adolescentes, se sentía decepcionado por un chico tan gris. El ajedrez le dará
el brillo que le faltaba, y un "productor" explotará su genio
mientras sea un niño prodigio, después lo abandonará a su suerte.
Luzhin vivirá solo para para su mente y el juego, y a los
20 años será un hombrecito sin edad, miope, asmático, muy excedido de peso,
feucho, sin gracia, no muy limpio. Pero todo un maestro del ajedrez.
Contra todo pronóstico, una chica lo hallará atractivo y se
empecinará en sacarlo adelante como un ser más "corriente". Mientras
tanto el ajedrez hará que Luzhin cruce los límites de su capacidad y terminará
¿loco?, ¿depresivo?, ¿exhausto del juego?
De allí en más, ya no sabrá qué es real y qué no. Tendrá
prohibido jugar el ajedrez, pero lo aprendido lo perseguirá y jugará con ¿el
destino?, ¿lo incognoscible?, ¿lo que subyace bajo las cosas que se ven?
Conclusión: puede que el ajedrez lleve a la locura, pero
también hace oír la música de las esferas. Un buen libro.
Y así acaba el plan de lectura propuesto para este enero y
febrero, las seis novelas de Kate Atkinson con el protagónico del detective
Jackson Brodie, intercalas por las tres primeras novelas de Vladimir Nabokov.
¿Me comprometo públicamente con otro plan? No es necesario, creo. Voy a seguir
leyendo para no encerrarme en esta realidad desesperante, a la que no me niego,
me entero de lo que pasa, pero no quiero rumiar el horror todo el día. Leer me
despeja, me despabila, hallo que me mantiene entero. Que es así como debemos
estar, porque en algún momento habrá que reconstruir todo lo que están
destruyendo.
Gustavo Monteros
viernes, 10 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Muerte en Rook Hall de Kate Atkinson
Los géneros son artificio puro, chocolate por la noticia, y
al policial, en especial a su variante ¿Quién-lo-hizo? (el famoso whodunit) se
le nota mucho la marca en el orillo.
“Muerte en Rook Hall” es la sexta novela de Kate Atkinson
protagonizada por el expolicía, exsoldado Jackson Brodie. En reseñas anteriores
contábamos que a Atkinson le gustaba apartarse de las fórmulas tradicionales de
la novela policial y que jugaba con las formas.
En esta novela, en cambio, ha decidido abrazar los más
rancios trucos de la novela típica inglesa de crímenes en pueblos chicos,
abadías o casas solariegas y divertirse a lo grande con ellos, subvirtiéndolos.
Pero no andemos con vueltas y nombremos al elefante en la
habitación. ¿Quién es la reina del whodunit en pueblitos, abadías, casas
solariegas y aledaños? ¡Agatha Christie!
Aquí Atkinson elige
referirse a ella a través de una tal Nancy Styles, un personaje inventado, que
es tanto Christie como algunas (o todas) de sus epígonos más conspicuas.
Es que si sos mujer, británica y escribís policiales, antes
de teclear la primera palabra, tenés que lidiar con el legado del monumento
Christie. Y aquí Atkinson la "homenajea" con amor y odio. Amor por el
ingenio de sus tramas y personajes, y odio por haber llevado ese ingenio a
alturas vertiginosas. Porque aun antes de empezar, si sos mujer, británica y
escribís policiales, ya tenés la vara no alta, sino olímpica.
Pero no hay monstruo o genio sin su talón de Aquiles. El de
Christie fue ser prolífica. Y así cuando la inspiración amenguaba, Agatha se
recostaba en el oficio: si no salían personajes, que sean tipos pues, si la
trama no es inteligente, que sea arrevesada, que lo intricado puede pasar por
profundo o brillante.
Por supuesto, si homenajeamos, nos metemos en el terreno de
lo "meta": lo metalingüístico o lo metaficcional, o sea el recurso
que remite a los recursos típicos de lo que se narra, el juego de espejos, la
interreferencialidad. Por ejemplo, la novela se abre y se cierra con una
compañía de teatro que se especializa en obras de "descubra al
asesino" y que está perdida en su laberinto. Bien podría uno decirles: Querido actores, no
suden las neuronas, si tienen que entregar a alguien, los mayordomos se pintan
solos, son los “perejiles” ideales para atarles el sambenito.
Y la excusa para accionar la trama de esta novela es la
pérdida de un cuadro (¿renacentista, quizá?), los herederos del mismo, una
pareja de hermanos (como diría Cortázar en “Casa tomada”) contrata a Jackson
Brodie para que encuentre a la persona que lo robó, para ellos es la chica que
cuidaba a su madre hasta que la pobre pasó a mejor vida.
En una mansión que es casi igual a Downton Abbey, ocurrió
algo similar, allí con un Turner.
Como ya mencionamos antes también, el punto fuerte de
Atkinson es la creación de personajes, aquí parte de estereotipos y, como no
puede con su genio, los empieza a tridimensionar: el reverendo, la baronesa, el
soldado son los principales y los más logrados.
El reverendo es como la respuesta contemporánea al cura de “El
poder y la gloria” de Graham Greene. Aunque ahora la pérdida de fe, según
Atkinson, ya no es tan grave y más que angustia desata sarcasmo, una de las perversas
formas del humor.
La baronesa es puro Bernard Shaw, o sea uno espera una cosa
y el autor aniquila nuestras expectativas: ejemplo, la señora tiene más libros
que la biblioteca del congreso yanqui, pero es más bruta que un arado, su
educación es puro modales, o parece frágil, pero puesta a prueba es más brava
que los parcos que hacía Clint Eastwood.
El soldadito arranca como la reformulación de otro
personaje de Graham Greene, el de “Un caso acabado”. El muchacho se presenta
aguerrido, pero es más flojo que el calzón de la empleada pública de Gasalla.
Como sea la hilaridad campea a su antojo, es el más
humorístico y regocijante de todos los libros de Atkinson con Jackson Brodie.
Gustavo Monteros
viernes, 3 de abril de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Cielo interminable de Kate Atkinson
Y el plan de lecturas sigue inexorable, lo que me
sorprende, aunque no sé por qué: la realidad es horrible, los insomnios son
largos y en algún lugar tengo que meter la cabeza para no desesperar de tanta
tristeza.
Y como dije en reseñas anteriores, no me cuesta
relacionarme con Jackson Brodie, el protagonista de las novelas policiales de
Kate Atkinson. Ya llegué a la quinta.
Por supuesto, pueden leerse individualmente, pero si se
leen seguidas en orden cronológico, se ve que conforman una saga con personajes
que figuran en todas y otros que aparecieron puntualmente en una y vuelven en
alguna otra.
Jackson, claro, viene con su historia y sus circunstancias.
Es exsoldado, expolicía, tiene una hermana asesinada, un hermano que se suicidó
por la culpa de no haber ido a buscar a su hermana en la parada del bus la
noche que la mataron, un padre minero y una madre sacrificada que reconoció
estar doblada de dolor cuando ya nada podía hacerse. Tiene una exesposa y una
hija de esa pareja.
En la primera novela (Expedientes, 2004) por el caso
que trata, conoce a Julia, una actriz. En la segunda novela (Incidentes,
2006) atestiguamos que Julia y él tienen una relación establecida, que termina
mal, ella está embarazada, pero le asegura a Jackson que él no es padre. En la
tercera novela, Esperando noticias, 2008) Jackson va al pueblito donde Julia
vive ahora con su nueva pareja y el supuesto hijo de ambos, Nathan, y le roba
al pibe unos cabellos durante un paseo con la escuela, para hacerle la prueba
de ADN. En la cuarta novela, Me desperté temprano y saqué al perro,
2010), Jackson ya sabe que Nathan es su hijo y se relaciona con él, con la
anuencia de Julia. Y en la quinta novela, Cielo interminable, 2019),
vemos a Jackson veranear con Nathan, ahora un preadolescente.
Y en esta novela reaparecerá Reggie, una de las
protagonistas de la tercera o sea, Esperando noticias.
Jackson desde que lo conocemos también ha tenido lo suyo,
sentimentalmente hablando, no solo se relacionó con Julia, conoció en Incidentes
a una comisaria, de la que se enamoró en Esperando noticias y con la que
no pudo concretar una relación en Me desperté temprano y saqué al perro.
Para olvidarla, se casó en Esperando noticias, con una chica que resultó
una estafadora que le quitó la fortuna que heredó de una clienta de la primera
o sea, Expedientes.
Y como es habitual en estas novelas, el hecho de sangre
surgirá promediando el libro y no en sus primeras páginas. Jackson anda detrás
de un adúltero, y la casualidad lo envolverá en la reapertura de un caso que
involucra un círculo de pedófilos que en su momento fue desarmado, pero que los
que se ocupaban de la logística transformaron en trata de blancas.
Y como ya mencionamos, el punto fuerte de Atkinson es la
creación de personajes que nos importan o interesan.
Hasta el cuarto libro, los mismos fueron publicados con dos
años de diferencia, pero 9 años pasaron entre el cuarto y el quinto. Este hiato
hizo que el personaje perruno del título del cuarto no reapareciera en el
quinto.
Jackson rescató este perrito del maltrato de un matón que
lo había heredado de una mujer que lo abandonó, no la juzgamos, por ahí en el
apuro por huir y sobrevivir no se llevó al perrito, lo que debió haber hecho.
El pobre tuvo suerte y cayó en manos de Jackson, al que en un momento decisivo le
salvó la vida, porque de no ser por la tozudez del perrito, Jackson no contaba
el cuento.
En la saga 5 años trascurrieron entre el cuarto y el quinto
libro, así que esperaba que este perrito de nombre horrible, Embajador, al que
Jackson prometió cambiarle el nombre al final del relato, reapareciera, pero
no. En su lugar (porque los perros son personajes en estos libros, aparece
Dido, la perrita de Julia que anda en sus últimos achaques.
Y cuando se la devuelve a Julia, Embajador es mencionado de
soslayo: "Jackson echó de menos al animal de inmediato; quizá debería
buscarse un perro solo para él. Había estado brevemente a cargo de un chucho
poco satisfactorio con un nombre absurdo. A lo mejor podía conseguirse uno más
viril: un collie, tal vez, o un pastor alsaciano, y llamarlo Spike o
Rebel."
A mí me gustaba Embajador. ¿Se sabrá algo más de él en la
última novela de serie hasta el momento que fue publicada el año pasado, Muerte
en Rock Hall? Si es así, después les cuento.
Gustavo Monteros
viernes, 27 de marzo de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Rey, dama, valet de Vladimir Nabokov
De acuerdo al plan de lecturas establecido para este verano,
le toca el turno a la segunda novela de Vladimir Nobokov, "Rey, dama,
valet" (1928). Las contratapas en su afán de "vender" son
generalmente embarulladoras y dan gato por liebre. La de este libro, sin
embargo, es clara y pertinente.
Dice: "«Este fogoso animal es la más alegre de mis
novelas», dijo Nabokov de 'Rey, Dama, Valet', una sátira en la que un jovencito
miope, provinciano, mojigato y desprovisto de sentido del humor irrumpe en el
frío paraíso de un matrimonio de nuevos ricos berlineses. La esposa seduce al
recién llegado y le convierte en su amante. Poco después le convence para
intentar eliminar al marido. Éste es el aparentemente sencillo planteamiento de
la más clásica, quizá, de las novelas escritas por Nabokov. Pero, tras esa
aparente ortodoxia se oculta una notable complejidad técnica, y, sobre todo, un
tratamiento singular presidido por el tono de farsa. Publicada originalmente en
Berlín, a finales de los años veinte, y ampliamente reelaborada por Nabokov en
el momento de su traducción al inglés, a finales de los sesenta, 'Rey, Dama,
Valet' muestra un fuerte influjo del expresionismo alemán, especialmente del
cinematográfico, y contiene un auténtico derroche de humor negro. Nabokov
vapulea a sus personajes, los convierte en autómatas, se ríe de ellos a
diabólicas carcajadas, caricaturizándolos con gruesos trazos que no impiden,
sin embargo, que posean una verosimilitud que proporciona sostenida amenidad a
toda la novela."
En relación a su primera novela, “Mashenka” (1926), Nabokov
juega en esta mucho más con la forma. ¿Cómo logra esto de "vapulear a sus
personajes"? Con un truco muy artero: los personajes son pueriles, pero
los trata con la grandiosidad reservada a los caracteres importantes,
trascendentes. Se habla de sus futilidades con grandilocuencia, como si fueran
hechos míticos o épicos. Y se las arregla para mantener este tono paródico, sin
cansar ni aburrir.
Cuando estaba en la facultad, me daba cierta admiración ver
como lxs profesorxs se daban cuenta de si habíamos leído el libro, aunque nos
tomáramos siempre el recaudo de enterarnos del argumento pormenorizadamente.
Sondheim, como tantos otros, decía que Dios estaba en los detalles, o sea, lo
que les da grandeza o singularidad a los trabajos literarios es acertar con las
pequeñeces que sacan a los personajes o lo que se narra de la generalidad
anodina. Y a eso no se accede solo con la memorización del argumento.
Es imposible leer "Rey, dama, valet" y no
sorprenderse con algunas puntualizaciones. Según consigna Nabokov en su pasión
por las nimiedades, en 1928 no estaba universalizado el uso del dentífrico y el
cepillo de dientes, de ahí que los alientos tenían su peso, sobre todo en
ambientes cerrados como compartimentos de trenes o ascensores. No existían los
desodorantes y hombres y mujeres (no estaban exentas porque la depilación de
axilas no se usaba) tenían siempre un tufillo (o un tufazo) de olor a sudor.
Los viajes en subtes o colectivos eran un festival de aromas personales. Los
baños corporales en las clases medias y bajas eran semanales, lo que traía
aparejado que ¡solo una vez por semana! se cambiaban de ropa interior. (A esto
último no lo deduzco, Nabokov lo dice expresamente). Los olores íntimos no se
disimulaban menos en invierno, porque la ropa interior incluía camisetas y
calzoncillos largos de frisa. No tenían muchas mudas de ropa, de modo que olían
a lo que cocinaban, y como gustaban de las coles... Los ricos entre que jamás
pisaban una cocina (salvo para supervisar el menú), tenían mucha ropa para
cambiarse, no se restringían con los baños y tenían plata para perfumes y
dentistas, olían mucho mejor. Es que pertenecer siempre tuvo sus ventajas.
Gustavo Monteros
viernes, 20 de marzo de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Me desperté temprano y saqué al perro
Y entonces llegué al cuarto libro de Kate Atkinson,
protagonizado por el expolicía, ¿exdetective privado? Jackson Brodie.
El título parece fáctico, "Me desperté temprano y
saqué al perro", pero en realidad es la primera línea de un poema de Emily
Dickinson.
Los poetas tienen unas mentes singulares, y en
singularidades y peculiaridades la Dickinson es soberana. ¿De dónde saca esas
metáforas?, se preguntará por ahí Jackson y todos asentiremos.
El libro se cierra también con otro poema de la Dickinson,
aquel de "Esperanza es algo con plumas"
Volviendo a Atkinson, como ya es su marca, juega con las
habitualidades de los policiales y las regenera. Aquí hay tres hilos de
historias que maneja paralelamente hasta que las junta.
Todo transcurre en Leeds y adyacencias. Ahí llegó un
itinerante Jackson Brodie que anda un poco de turismo y un poco buscando donde
sentar un hogar.
Lo trae también a Leeds una averiguación que no pudo
rechazar, una tal Hope desde Australia le pidió que descubra quienes son sus
padres biológicos, misterio que sus padres adoptivos no supieron develar, le
contaron una historia que no se sostuvo cuando pidió la partida de nacimiento.
Lo que Hope necesita saber se supone algo sencillo para un
detective. Aunque nada es fácil en un policial. ¿Hope fue secuestrada,
"entregada" en adopción por policías que interpretan la ley según les
convenga y, hoy como ayer, no quieren que se los exponga?
Estas inquisiciones involucrarán más temprano que tarde a
la policía jubilada, Tracy Waterhouse, una mujerona tan grandota como sensible,
que tiene ahora a su cargo la seguridad de un shopping. Tracy hizo un balance
de su vida y le dio negativo. (En las novelas de Atkinson, como en la vida,
bah, los mortales comunes que no tienen mucha suerte, viven como les sale)
No haber forjado una familia es uno de sus déficits y una
tarde que ve en el shopping a una puta, que conoció cuando era policía,
arrastrar de mala manera a una nena de 4 años, la encara y se la
"compra". Anda embilletada, porque justo esa mañana había ido al
banco a sacar una plata que le debía al albañil que le estaba haciendo unos
trabajos, así que ahora usa ese dinero, convenientemente fajado y ensobrado,
para pagar por la niña.
Ahora bien, ¿es la nena hija de la puta o esta solo la
estaba cuidando, si es así, qué origen tiene la nena, la mafia, el narco, la
trata de blancas?
El tercer hilo de la trama gira alrededor de vida y obra de
Matilda Squires, Tilly para los amigos, una actriz septuagenaria que anda por
los albores de una senilidad galopante.
Solo al final, sabremos por qué Tilly está en esta novela.
Mientras tanto el por qué no nos pesará porque Tilly tiene una vida apasionante
como para una miniserie de 8 episodios.
Los tres hilos son espejos que reflejan problemas y
urgencias de niños en peligro. Cada historia viene con sus protagonistas y sus
secundarios y sus terciarios, todos muy atractivos.
Y para que el título no sea metafórico, Jackson Brodie se
agencia de un cachorro, inolvidable la forma que llega a su vida y lo hace
quedar, viene con una chapa que dice Embajador, no creo que siga con ese
nombre. Y será también inolvidable cuando el perrito le salve la vida.
En lo personal, recordaré siempre este libro, creo, porque
cuando promediaba la lectura, me devastó la noticia de una muerte cercana. Y en
la impotencia de ser un deudo lejano, en la geografía al menos, me aferré a
terminarlo para amenguar el dolor. Y el libro se la bancó. Gracias, Brodie.
Gracias, Atkinson.
Gustavo Monteros
viernes, 13 de marzo de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Esperando noticias de Kate Atkinson
Y ya voy por el tercer libro protagonizado por el
expolicía, exinvestigador Jackson Brodie, "Esperando noticias" y su
autora, Kate Atkinson, sigue cumpliendo con su parte del contrato: atraparme,
entretenerme, dejarme con ganas de más.
Le gusta distinguirse de los demás autores policiales,
jugar con las tramas y las formas. Aquí parece, al menos en el comienzo, que va
a cumplir con las normas clásicas. El primer capítulo es el relato de un
crimen.
Es verano, por una campiña inglesa apartada, una mujer
joven empuja un cochecito donde va un bebé que no cumplió todavía los 2 años,
la acompañan sus dos hijas mayores de 8 y 6 años, y cierra la fila un perro
juguetón. De repente, un loco malo con un cuchillo los ataca y mata a todos,
menos a la hija de 6 que logra esconderse en un trigal cercano.
Pasan 30 años, estamos en Edimburgo, y la nena que escapó
es ahora una médica con un bebé. Tiene la edad que tenía su madre cuando la
mataron y su bebé, la edad de su hermanito.
El asesino cumplió la condena y saldrá libre. La policía
que le avisa sobre la salida de su victimario tiene en sus manos otro caso con
otro loco, un padre divorciado que no acepta que sus hijos no estén con él, y que
en la fiesta de cumpleaños de su hija (hay también un hijo) mató a su exsuegra,
a su excuñada y a la madre de un chico invitado a la fiesta. En realidad, iba a
matar a su exmujer y a sus dos hijos. Este desquiciado logró escapar, la
inspectora del caso cree que volverá a atacar, algunos colegas creen que no.
Un accidente hará que Jackson Brodie se involucre en el
caso de la médica y su bebé.
El secreto de los policiales (o de todos los libros, en
realidad) es crear personajes interesantes, con los que nos identifiquemos, o
que nos importen, o a los que nos guste odiar, que no nos sean indiferentes
para nada y nos hagan dar vueltas las páginas y seguir leyendo. En teoría
parece sencillo, en la práctica no siempre es un propósito que se consigue. La
Atkinson sabe hacerlo.
Aquí, como en las noveles anteriores, hay una galería de
personajes a cuál más atractivo, pero dos se llevan los laureles. La médica
superviviente del crimen inicial y la adolescente que la ayuda con el bebé, que
se llama Reggie, aquí diminutivo de Regina.
Nombre más que apropiado porque esta huérfana, menuda, que
parece tener menos de los 16 que tiene, es una reina guerrera que se impone a
una realidad que le es cruel, a su favor tiene un don, que aprovecha y expande
con estudio y dedicación, una inteligencia feroz. Don que le garantiza tener
humor, porque el humor es inteligencia en uso o en acción.
En un momento, la policía, medio enamorada de nuestro
Jackson, recientemente casada evoca lo siguiente: "Recordaba una balada o
un poema ambientado en una época lejana, en que se celebraba una boda en una
gran casa y todos los invitados jugaban al escondite como parte de la fiesta
(imagínate algo así ahora). La recién casada se había escondido en un enorme
baúl, en una parte recóndita de la casa donde a nadie se le ocurrió buscarla.
La tapa del baúl tenía un muelle oculto y solo podía abrirse desde fuera; la
joven se asfixió allí dentro antes de haber pasado siquiera la noche de bodas.
Encontraron su esqueleto años después, ataviado con el traje de novia.
Enterrada viva, pero algunas relaciones eran también así. Quién sabía, a lo
mejor a la pobre novia le había ido mejor muerta. Alison Needler decía que su
exmarido la habría tenido «encerrada en una caja de haber podido». «La novia de
Mistletoe», así se llamaba el poema. Si esperabas el tiempo suficiente, tu
memoria venía a tu encuentro. Un día dejaría de hacerlo."
Esta mención activó mi memoria, pero la novia no se
ocultaba en un baúl sino en un banco de jardín veneciano, y así me devolvió el
argumento del cuento largo de Beatriz Guido que sería la base de la última
película de Leopoldo Torre Nilsson: "Piedra libre".
Entonces es verdad lo que se dice: los amigos se van, los
amores se pierden o se acaban, la salud te hace largar el tabaco y el alcohol,
pero leer es un placer que no se va, no se pierde, no se acaba y que nada te
hace largar.
Gustavo Monteros
viernes, 6 de marzo de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Mashenka de Vladimir Nabokov
Si quiero hacer bien los deberes y leer las 6 novelas de
Kate Atkinson protagonizadas por Jackson Brodie y las tres primeras de Vladimir
Nabokov, cronológica pero no sucesivamente, tengo que leer dos de
Atkinson/Brodie, intercalar con una de Nabokov, y repetir el ciclo hasta
terminar.
Leídos (con sumo placer) los dos primeros Atkinson/Brodie,
me toca el primer Nabokov. Se llama "Mashenka" y transcurre en el año
en que fue escrita o sea 1926.
Sucede en una pensión en Berlín. Ya me predispone bien,
después de "Rosaura a las 10" de Marco Denevi, me gustan las novelas
que pasan en pensiones. Nunca viví en una, pero hay una intimidad forzada
cuando se comparten comidas, baños, llaves, horarios y a veces hasta cuartos.
Tienen, diríamos, una promiscuidad emocional.
A esta la regentea una señora ya mayor, Lydia Nikolaevna,
que al quedar viuda, para vivir con desahogo, transforma la holgura de su piso
en pensión.
Sus pensionados son Podtyagin, un viejo poeta, Alfyorov, un
matemático que se gana la vida como contable, Klara, una joven de veintiséis
años, que es mecanógrafa, Gornotsuetoy y Kolin, jóvenes bailarines y Lev
Glebovich, Ganin para los amigos, escritor en ciernes, a través del cual se
narra la historia.
Todos exiliados de la vieja Madre Rusia. Lydia ya estaba en
Berlín desde mucho antes de la Revolución, pero al llegar a su viudez
comprendió que ya no podía volver. A los demás los corrió el bolcheviquismo.
Y si cada persona es un mundo, estos de puro rusos, son
como un universo. Alfyorov, un cuarentón (o sea para la época un vejestorio
matusalémico) espera con ansía la llegada de su esposa, Mary, que por unas
fotos, nuestro protagonista descubre que no es otra que su Machenka, su primer
amor y su iniciación sexual.
Detalle llamativo. Gornotsuetoy y Kolin son muy queer. Se
maquillan, juegan con lo andrógino y Kolin coquetea abiertamente con Ganin, pero
al revés del uso y costumbre de la época en que los personajes homosexuales
eran tratados con crueldad y mofa, estos están retratados con ternura y
simpatía y sin una sola nota escandalizada.
Y como Nabokov era un novelista natural no parece ni ahí
una primera novela. Es que, al ser un narrador nato, no tiene nada que
aprender, solo desarrollar. Tenía 27 años al escribirla.
Y si en su "Habla, memoria", las descripciones
llegaron a insuflarme la paciencia, aquí tienen un lugar lógico y ¡breve!
Es más, me gustaron mucho, tanto que cito una:
"Aquella noche, como todas las noches, un viejecito envuelto en una capa
negra avanzaba lentamente por la acera de la larga y desierta avenida,
golpeando el asfalto con el pincho en que terminaba su bastón, mientras buscaba
colillas de cigarrillo —de papel o con boquilla dorada o de corcho— y medio
deshechas colillas de cigarro. De vez en cuando, bramando como un ciervo,
pasaba veloz un automóvil, o bien ocurría algo en que las gentes que caminan
por la ciudad nunca se fijan: una estrella, más rápida que el pensamiento, y
más silenciosa que una lágrima, cruzaba el firmamento. Más espIendentes y más
alegres que las estreIIas, eran las letras de fuego que surgían una tras otra
sobre un negro tejado, desfilando en fila india, y se desvanecían de repente en
las tinieblas. (…) Y en esas calles, ahora tan anchas como brillantes mares
negros, a última hora de la noche, cuando la última cervecería ha cerrado sus
puertas, un ruso abandona el sueño y, sin sombrero ni chaqueta, cubierto con un
viejo impermeable, pasea como en trance de vidente. Y a esta hora tardía, por
esas anchas calles pasaban mundos absolutamente ajenos entre sí: un juerguista
sin juerga, una mujer, o simplemente un caminante, cada cual un mundo aislado,
y cada cual un todo de maravillas y desdichas. Cinco viejos carruajes de
caballos aguardaban en la avenida junto a la voluminosa forma, con estructura
de tambor, de un pissoir: cinco adormilados, cálidos y grises mundos con
uniforme de cochero, y cinco otros mundos sobre doloridos cascos, dormidos y
sin soñar en otra cosa que en avena escapando por el roto de un saco, con suave
sonido de caída.
En momentos como éste todo adquiere naturaleza fabulosa,
todo se convierte en insondablemente problema y la vida parece terrorífica, en
tanto que la muerte es todavía peor. Y entonces, mientras uno camina deprisa
por la ciudad nocturna, mirando las luces a través de las lágrimas y buscando
en ellas gloriosos y deslumbrantes recuerdos de pasada felicidad —un rostro de
mujer, que surge del fondo de muchos años de olvido—, de repente, en nuestro
loco avance, nos detiene cortésmente un peatón y nos pregunta el camino para
llegar a tal o cual calle, nos lo pregunta en voz normal, pero en una voz que
nunca más volveremos a oír."
No se lo digan a nadie, en realidad me gustó mucho porque
me hizo recordar este poema de Oliverio Girondo: "Frescor de los vidrios
al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan
todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote
hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y
cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las
mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se
asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la
electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces
de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno
quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por
el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a
la de acariciar algo que duerme.
¡Silencio! —grillo afónico que nos mete en el oído—.
¡Cantar de las canillas mal cerradas! —único grillo que le conviene a la
ciudad—." (Nocturno, 1922)
Gustavo Monteros
viernes, 27 de febrero de 2026
Lecturas 2026 - Hoy: Incidentes de Kate Atkinson
Alcoyana-Alcoyana. ¡Se ha formado una pareja! Kate
Atkinson, ¡soy tu lector! Los autores ingleses no le tienen miedo al que dirán
si se meten con los géneros. Después de todo, John Le Carré fue uno de los
mejores autores del siglo XX mientras hacía "supuestamente" novelas
de espionaje. Género con el que ya se había metido nada menos que Graham
Greene.
Kate Atkinson se suma a la tradición y hace literatura de
la buena cuando se supone escribe "solo" novelas policiales.
Sabrá Dios por qué la empresa que traduce y comercializa
estos libros, rebautizó esta segunda novela con el expolicía Jackson Brodie
como “Incidentes” (Debe haber sido para asociarlo con el libro anterior al que
llamaron “Expedientes” (“Case Histories”, en el original))
Este se llama en el original “One Good Turn”, mitad de un
dicho que se completa con: Deserves Another, o sea literalmente, Una buena
acción merece otra y que en buen castellano se traduce como "Favor con
favor se paga" u "Hoy por ti, mañana por mí" o "Bien con
bien se paga" o "Una mano lava la otra".
El título es muy pertinente porque aquí los favores pagados
o a pagarse están a la orden del día. Los "incidentes" también, a
decir verdad, aunque como título es tan pelado...
Estamos en Edimburgo en su temporada más alta: la del
festival de teatro. Festival multidisciplinario (abarca todas las formas
teatrales conocidas o por conocerse) que domina durante tres semanas de agosto
todos los espacios en los que pueden montarse espectáculos, no excluyendo
calles, sitios históricos, monumentos, plazas, sótanos, terrazas, teatros,
claro, bares o donde quiera que los actuantes elijan montar su sede de
actuación.
Se dice que hay más gente dando vuelta que espectáculos
para tenerlos de público, de allí que las entradas para todos los eventos se
agotan.
En una calle hay una larga cola para entrar a ver un show
de stand up de un cómico que en los lejanos ochentas tuvo su cuarto de hora. Un
choque (más bien un pequeño topetón) entre dos autos hace que los dueños de
cada vehículo se agarren y que uno abata al otro con un bate de beisbol.
Entre los testigos, está un novelista con su laptop en una
mochila, que al ver que el del bate va literalmente a destrozarle la cabeza al
otro, le revolea con la mochila y logra detenerlo.
Pronto sabremos que el matón del bate es un violento al
servicio de un empresario inmobiliario que construye casas defectuosas, que al
que le pegó es un asesino a sueldo y que el escritor alberga
circunstancialmente al cómico al que la gente de la vereda se reunió para ver.
Jackson Brodie también anda por ahí porque su novia, Julia,
se presenta en una obra. (Julia fue una de las protagonistas de la novela
anterior).
Aparte de los mencionados tendrán especial gravitación en
lo que va contarse, la esposa del estafador inmobiliario, una inspectora
policial con un hijo adolescente que se inclina por el delito, unas chicas
rusas que tanto pueden limpiar casas como ser dominatrices, más personajes
orbitales que circundan a los personajes citados y sus particulares entornos.
Los personajes son a cuál más atractivos y recién pasada la
tercera parte del libro comenzarán los hechos de sangre que justificarán que lo
que leemos pueda calificarse de policial.
Es como el anterior, “Expedientes”, altamente adictivo. Uno
se apasiona con los personajes y puteamos cuando ya no disponemos de más tiempo
para seguir leyendo.
Últimamente le ponemos garra a todo (la serie que empezamos
con entusiasmo al rato nos aburre soberanamente y militamos para terminarla, el
libro que tanto prometía, a las 10 páginas ya nos empieza a pedir que le
pongamos interés adicional para seguirlo y así), que es un placer que algo nos
atrape y ¡no nos suelte!
Gustavo Monteros
















