Mostrando entradas con la etiqueta robert de niro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta robert de niro. Mostrar todas las entradas

viernes, 28 de febrero de 2025

Mujeres que cantan - Hoy: Liza Minnelli

 De la película de 1977 de Martin Scorsese, New York, New York, Liza Minnelli canta "But the World Goes Round", con letra de Fred Ebb y música de John Kander 

viernes, 4 de agosto de 2023

Canciones de sabiduría - Hoy: But the World Goes Round

 



Hoy con But the World Goes Round inauguramos una nueva sección: Canciones de sabiduría. 

Sometimes you're happy
And sometimes you're sad
But the world goes round
And sometimes you lose
Every nickel you'vek had
But the world goes round
Sometimes your dreams get broken in pieces
But that doesn't alter a thing
Take it from me, there's still gonna be
A summer, a winter, a spring and a fall
And sometimes a friend starts treating you bad
But the world goes round
And sometimes your heart breaks
With a deafening sound
Somebody loses, somebody wins
One day it's kicks
Then it's kicks in the shins
But the planet spins
And world goes round.
But the world goes round.
But the world goes round.
Sometimes your dreams get broken in pieces
But that doesn't matter at all
Take it from me, there's still going to be
A summer, a winter, a spring and a fall
And sometimes a friend starts treating you bad
But the world goes round
And sometimes your heart breaks
With a deafening sound
Somebody loses, and somebody wins
And one day it's kicks then it's kicks in the shins
But the planet spins
And the world goes round
And round and round and round and round
The world goes round
And round
And round
And round

But the world goes round fue compuesta para el film de 1977 de Martin Scorsese, New York, New York. Tiene letra de Fred Ebb y música de John Kander y fue estrenada y popularizada por la protagonista del film, Liza Minnelli. 

viernes, 4 de marzo de 2022

Curiosidades Atendidas 01

Muchos me preguntan qué películas, series, shows, obras, etc, veo. Confieso que responder me da un poco de pudor, ¡veo cada cosa! Soy propenso a placeres culpables. Solo en materiales audiovisuales o auditivos, aclaro. 


Hasta el próximo, buh, cuando Amazon Prime Video suba los dos últimos episodios de la penúltima temporada, mis viernes no se apaciguan hasta que no haya visto mi cuota semanal de The Marvelous Mrs. Maisel, ficción que eleva mis niveles de endorfinas. 




 Por la tarde, terminaré de ver Seven Sweethearts, incidentes cotidianos impidieron que la viera completa el fin de semana pasado.


Y esta noche, veré en Amazon Prime Video, una de las últimas con Robert De Niro, The Comeback Trail. Es todo por ahora. Durante la semana juntaré coraje para decidir si les cuento qué veo cada día. No prometo nada. ¡Buen descanso!

Gustavo Monteros

miércoles, 25 de enero de 2017

¡Socorro! Se viene otra biopic...

Me pongo a ver cuanta biopic (película biográfica) encuentro en Netflix para darme la razón de que poco y nada tienen que ver con el cine que aprendimos a apreciar. Me atiborro con:

Cantinflas (Sebastián del Amo, 2014) o de cómo Cantinflas (Óscar Jaenada) llegó a trabajar con Mike Todd (Michael Imperioli) en La vuelta al mundo en 80 días.

Allende en su laberinto (Manuel Littin, 2014) o las últimas horas de Allende (Daniel Muñoz) aquel fatídico 11 de septiembre, mientras bombardean El palacio de la Moneda.

Papa Hemingway en Cuba (Bob Yari, 2015) o de cómo un periodista  Ed Myers, en realidad Denne Bart Petitclerc (Giovani Ribisi) llega a convivir con un escritor, Hemingway  (Adrian Sparks) que ya no puede escribir, ante los ojos de su sufrida esposa, Mary (Joely Richardson)

Grace de Mónaco (Olivier Dahan, 2014) con Nicole Kidman como Grace Kelly y Tim Roth como  el Príncipe Rainiero o recíbase de princesa en medio de una crisis.

Race: El triunfo del espíritu (Stephen Hopkins, 2016) con Stephan James como Jesse Owens, o la gesta de ser negro y ganar carreras en las Olimpíadas Nazis.

Manos de piedra (Jonathan Jakubowicz, 2016) con Edgar Ramírez como el boxeador Roberto Durán y Robert De Niro como su entrenador Ray Arcel,  o las luces y sombras de otro gran luchador.

Genius (Michael Grandage, 2016) con Jude Law como el escritor Thomas Wolfe y Colin Firth como el editor Max Perkins o cómo un gran editor lidia con un escritor de genio.

Antes y después de este festín biográfico, llegué a odiar las biopics. Bah, no el género en sí, sino como la conciben los productores contemporáneos, que creen que por colgarle el cartelito de “se basa en hechos reales” pueden aburrirnos a más no poder. En cualquier película, sea del género que sea, hay que presentar y desarrollar a los personajes, verlos en qué ambientes se desempeñan, cuáles son sus relaciones básicas, los conflictos que los envuelven, esas cosas. Nada de eso parece importar en una película biográfica contemporánea, parece que basta con introducir a un actor/actriz disfrazadx del personaje en cuestión para crear el verosímil, y en consecuencia todos tenemos que hacer cómo que nos creemos lo que nos darán por cierto. Ya ni siquiera se toman el trabajo de respetar los pasos narrativos básicos para procurar despertar nuestra atención, ni se preocupan por trabajar sobre la verosimilitud de algunas situaciones, no, se deben decir: esto fue cierto y que lo acepten. Sí, pero casi nunca la verdad y la forma de representarla son equivalentes. No, algo pudo haber sido cierto, pero debo presentarlo de manera creíble, según los usos y costumbres de la narración. Estoy diciendo una absoluta tontería, una obviedad, que sin embargo, las biopics pasan por alto.


Ya andan dando vuelta más biopics que estrellas en el cielo y para colmo se anuncian más y más cada día. Una vez que una tendencia se fija en las mentes de los productores, no se la sacan más de la cabeza, a menos que inauguren otra tendencia, con la que nos sopapearán hasta que muramos en el intento de decirles basta.


Está bien, está bien, varias de las más grandes películas del cine fueron o están emparentadas con las biopics: El ciudadano, Lawrence de Arabia, El toro salvaje, Ed Woods y esas cosas. Pero rebosaban de tanta audacia y creatividad que bien pudieron haber sido producciones originales para el cine y no “basada en”.



De todo el menú con el que me saturé, oh, sorpresa, la única más o menos potable como relato fue Grace de Mónaco. Nunca di dos mangos por Grace Kelly, me resultó siempre una chica bonita, pero más fría que ministro neoliberal. Tuvo la suerte de arrebatarle el Óscar a Judy Garland y su Nace una estrella con una sobreactuación, con la que podrían darse clases de lo que no hay que hacer jamás cuando se actúa. Ese horror se llamó The country girl, por aquí rebautizado como La que volvió por su amor. Está bien, está bien, está en un par de atendibles Hitchcocks y en el clásico de Fred Zinnemann, A la hora señalada, buenas películas que ella no hizo más decentes por estar allí. Yo ya la conocí de princesa, y como las princesas me despiertan inmensas furias anarquistas, por salud la ignoré todo lo que pude. De modo que me importaban tres cominos y cuatro pepinos una biopic sobre su persona. La vi por respeto y cariño a Nicole Kidman, aunque la puteaba por lo bajo por aceptar semejante estupidez. Pero, como ya dije, me llevé una sorpresa. El film trata de cuando se recibió de princesa, abandonando para siempre la esperanza de volver al cine, y contribuyendo a que Mónaco ganara una puja con Francia sobre impuestos. Está bien, está bien, no es precisamente la más noble de las luchas, pero cuando se es princesa de un terruño de hoteles y casinos tampoco se va a andar lidiando con grandes causas. La cuestión es que se desarrollan personajes, hay una intriga, se crea suspenso y se llega a un desenlace no exento de apoteosis. Algo así como una película, bah. 

Gustavo Monteros

jueves, 1 de diciembre de 2016

Saturnino "Nino" Manfredi








Que no se me pongan celosos los DeNiro, los Jim Carrey, los Gene Hackman, los Mastroianni, los Belmondo, los Burt Lancaster, los Danny Kaye, los James Garner, entre otros nombres rutilantes a los que les juré amor eterno en la oscuridad de los cines, pero a nadie amé tanto como Nino Manfredi, el hombre vivía en la genialidad, su sensibilidad de tan flagrante era casi corpórea, su timing era perfecto en drama o comedia, podía pasar de chistes gruegos a la más ligera sutileza, pocos como él, por suerte queda una larga foja de servicios con varios clásicos para descubrirlo, redescubrirlo y después celebrarlo, siempre. Saturnino "Nino" Manfredi fue su nombre de hombre, pero yo sospecho, como un maestro de actuación que tuve, que era más ángel que humano.

jueves, 19 de mayo de 2016

Mientras tanto en Cannes...

Por más agotador que parezca, alquien a quien no me canso de admirar y él no se cansa de regalarme horas inmejorables... el Sr. Steven Spielberg.

Desde que decidió que su carrera no fuera un templo de las obras sagradas de la cinematografia sino un patio de juegos en el que cabrían excelsitudes y bodrios, en los reportajes y las sesiones de fotos, Robert DeNiro pasó de ser un hombre hosco y parco a alguien casi tan simpático como Ricardo Darín. Aquí en Cannes junto a Usher y Edgar Ramírez en la presentación de Hands of stone, sobre la vida del boxeador Roberto "mano de piedra" Durán.
Julianne Moore parece que no le tiene miedo a la tradición de que los bífidos son mufa, bueno, los áspides y las cobras tienen mejor prensa, de allí que estas últimas engalanen este Givenchy. Yo, por las dudas, ya me toqué el izquierdo.
Marion Cotillard es lisa y llanamente perfecta. Actúa como los dioses, canta, es escultural y tiene cara de saber abrir la puerta para ir a jugar.
En Cannes, cuando uno los ve amucharse para una foto, se los percibe tiesos. Algo comprensible. Filmar es estar muy juntos durante un tiempo que se pierde en el pasado. Reencontrarse meses después para un estreno es incómodo. La intimidad está perdida, aunque existió. Y encima está el hecho de tocarse en público entre personas que fueron educadas en el distanciamiento corporal, brecha que solo se cruza en el afecto y en el sexo. De ahí que ver el detrás de una foto es revelador. El director Jeff Nichols, la actriz Ruth Negga y el actor Joel Edgerton posan en la presentación de Loving.


miércoles, 8 de octubre de 2014

Los caminos que desandamos



Robert De Niro es el opuesto perfecto de Moria Casán y no porque no sea mujer ni se haya puesto jamás un conchero o un espaldar de plumas, ni tenga tetas que fueron de ensueño de las que supuestamente todos se cuelgan, sino porque es la reserva personificada, mientras que la diva ex ortomolecular, de lengua que hace karate, no se calló nada, ante prensa y público, que le haya pasado por la cabeza u otra parte de su cuerpo.


Robert rompe ahora parte de esa reserva con el documental de 40 minutos para la HBO, dirigido por Geeta Gandbhir y Perri Peltz, con música de Philip Glass, Remembering the artist, Robert De Niro, Sr (que no es “señor” sino “senior” o sea “padre”).


Sabíamos que Robert De Niro, padre, era un pintor de talento, hasta de genio según algunos, eso sí, ignorábamos cuán “maldito” era.


En 1942, mientras Robert De Niro, padre, estudiaba pintura con el maestro Hans Hoffmann en Massachusets, conoció a Virginia Admiral, también talentosa pintora. Se enamoraron, se casaron y el 17 de agosto de 1943 nació Robert, hijo. Ella fue la primera en triunfar, con exhibición propia, críticas laudatorias y ventas promisorias. Pero para el segundo cumpleaños de Robert, hijo, se separaron. Virginia abandonó la pintura para asegurarle al pequeño Robert, hijo, una existencia económicamente estable. Robert De Niro, padre, prosiguió con la pintura y triunfó a mediados de los cuarenta. Brevemente. Ya que no tardó en imponerse el expresionismo abstracto. Robert, padre, era un figurativo o sea hombre de retratos, paisajes y naturalezas muertas.


Alguien, en uno de los testimonios que registra el documental, dice que la primera tragedia de Robert, padre, fue descubrir su estilo, es decir su particular versión del mundo, su qué y su cómo, tempranamente, sin las experimentaciones varias por las que otros artistas atraviesan hasta encontrar su “voz”. Y sí, qué se le va a hacer, Robert, padre, encontró pronto su estilo y no lo cambió. El problema es que pasado el expresionismo, irrumpió el pop con Andy Warhol y demás secuaces.


Robert, padre, se deprimió y se fue a Francia, no a darse a conocer sino a admirar a sus ídolos, Matisse, Courbet, etcétera. La pasó mal, lo rescató un Robert, hijo, de 18 años que lo embarcó de vuelta a Nueva York. Alguien enuncia también una metáfora teatral, dice que el spot te halla en el escenario, se detiene un rato en vos y pasa de largo, y que cuando haya pasado por todos los que están en escena, volverá a vos y mejor que te halle trabajando. El irónico drama de Robert, padre, fue que cuando el spot volvió a pasar por el arte figurativo, el pobre ya estaba muerto. Se había jubilado a la eternidad en 1993.


Robert, padre, además de pintar, escribía diarios. Y según parece, estos diarios nada tienen que envidiarle a los del gran novelista y cuentista, John Cheever, comparación válida ya que ambos eran homosexuales. Y no es que Robert, hijo, saque a Robert, padre, del clóset, porque si bien no era vox pópuli su preferencia sexual, era un secreto a voces, o sea, que ahora lo diga no es revelación sino una mera constatación. Robert, padre, vivía su homosexualidad con culpa, era un católico practicante. En una parte del documental, Robert, hijo, lee una entrada del diario en el que el padre le pide a Dios que le muestre cómo amar a una mujer y no desear más a los hombres. Robert, hijo, lee también cuando expresa “celos profesionales” por la plata que hace el pintor De Kooning. Y hablando de envidia…


Robert, hijo, confiesa no haber leído todos los diarios de su padre (¡qué querés!... mirá que tenés que estar preparado para bancarte una cosa así…) Dice que los da a leer a sus amigos, allegados y a los de su padre. En los escritos parece haber referencia a la envidia que le tenía a su hijo no solo por haber triunfado sino también por haber sido saludado como el mejor actor de su generación. Y el que se llamara igual que él ayudaba poco.


Llegamos entonces a la culpa que atormenta a Robert, hijo. Robert, hijo, estaba muy ocupado a fines de los ochenta (bah, desde que asomó la cabeza, Robert, hijo, está siempre, para beneplácito del público, muy ocupado) cuando se le diagnosticó a Robert, padre, un cáncer de próstata. Robert, padre, lo negó, lo desestimó, resolvió no hacer nada y cuando quiso hacer algo, ya era tarde. Ahora Robert, hijo, dice que de no haber estado tan ocupado, podría haber intervenido, podría haberlo obligado a tratarse, y que si lo hubiera hecho, hoy su padre seguiría vivo. El único consuelo que le queda es mantener vivo su legado, de ahí este documental que intenta una aproximación a su vida y obra.


Robert De Niro, padre, fue un “maldito”. En su arte, nació “tarde”, el figurativismo ya había conocido sus mejores días cuando él emergió. En su sexualidad, nació “temprano”, la homosexualidad hoy ya no es el tabú ni la vergüenza que era en su tiempo, todavía falta para la completa aceptación, pero se está en eso.


Robert De Niro, hijo, aquí literalmente parte el alma. Quiere hablar sin emocionarse y no puede. Y uno, está vez, no tiene la disculpa de decir que es una ficción. El hombre al que aprendimos a respetar, a admirar, a querer se desarma, se aparta de su natural reserva y nos cuenta, con mucho afecto, quién era su padre.


En este link, podrán apreciar el arte de Robert De Niro, padre:



viernes, 17 de enero de 2014

Un tal Bobby De Niro



Los que no lo quieren dice que pone cara cuatro, dice las líneas en tren sonámbulo y cuenta los billetes que gana por perfilar los personajes de taquito, sin transpirar y sin inspirarse. Los que lo queremos, al margen de perdonarle participar en unos cuantos bodrios, nos solazamos hasta con las migajas de su talento, porque si el hombre no es el mejor entre los mejores, anda cerca. Hablo de Robert De Niro, Bobby de ahora en adelante porque como nunca dejé de admirarlo me gané el derecho de tutearlo. Está bien, está bien, no es celoso con su carrera como Meryl Streep que elige proyectos que pintan bien en los papeles y que le plantean desafíos, pero Bobby incluso antes que ella extendió sus talentos en la comedia. Y aunque ha jugado con la parodia de un musical más de una vez (en Analízate y en Stardust, por ejemplo), debería quizá entrenarse y participar en un musical, en el fondo ganas no le faltan. Está bien, está bien ¿cuál fue la última gran actuación suya en una película irreprochable? Muchos trazan la línea en Casino de su compinche Martin Scorsese, antes de que lo cambiara por Leo Di Caprio. ¿1995? ¿Acaso estamos por cumplir 20 años desde su último gran papel? Ni tanto ni tan poco, que desde entonces su foja de servicios no está solo llena de bodrios, que hay unos cuantos títulos de interés, no sé si indiscutibles como su obra con Marty, pero respetables y atendibles. Descartemos desde ya la injusta leyenda de que no transpira ni se inspira. Leonardo Sbaraglia que fue compañero suyo en Luces rojas la desmiente. El hombre llega al set concentrado y con todos los deberes hechos como si estuviera en un Shakespeare y no en un thriller más, contó. Hay mucha evidencia al respecto, pero para qué insistir. Pero, ¿qué corno hizo en estos últimos años para merecer tanto debate?

Después de Casino, estuvo Fuego contra fuego (Heat) de Michael Mann, primera vez que compartió cartel con Al Pacino, buena película y buena actuación. En 1996, hizo El fanático (The fan) de Tony Scott en el que era un loquito que perseguía al pobre Wesley Snipes, no era una joya pero tampoco un bodrio. El mismo año, hizo el drama multiestelar Los hijos de la calle (Sleepers) de Barry Levinson, junto a Kevin Bacon, Jason Patric, Dustin Hoffman, Brad Pitt y Vittorio Gassman, inolvidable para muchos, no para mí, aunque no por eso desdeñable. También en el 96 se metió en Marvin’s room de Jerry Zaks, drama de enfermedades, que aquí se llamo Reencuentro y compartió cartel con Meryl (Streep, ¿hay otra Meryl?), Diane Keaton, Leo Di Caprio y en una de sus últimas apariciones la divina de Gwen Verdon. El 97 arrancó con Tierra de policías (Cop land) de James Mangold, interesante y logrado policial en el que también estaban Stallone, Ray Liotta y Harvey Keitel. Le siguió la punzante y divertidísima Mentiras que matan (Wag the dog) de Barry Levinson, otra vez con Dustin Hoffman y la delirante Anne Heche. Terminó el 97 con una nota alta, Triple traición (Jackie Brown) de Quentin Tarantino con Pam Grier, Samuel L Jackson, Bridget Fonda, Robert Forster, Michael Keaton y otros notables en el elenco. En el 98 estuvo en dos delicias, primero en Grandes esperanzas (Great expectations) de Alfonso Cuarón con Gwyneth Paltrow, Ethan Hawke y la inolvidable Anne Bancroft; después en Ronin de John Frankenheimer, con Jean Reno, Natascha McElhone, Sean Bean y otra gente de ese calibre. En el 99, hizo uno de sus films más populares: Analízame (Analyze this) de Harold Ramis junto a Billy Crystal y Lisa Kudrow. Después, como policía muy maltrecho, tomó clases de canto con la travesti que componía Philip Seymour Hoffman en Nadie es perfecto (Flawless) de Joel Schumacher, el show era de Seymour Hoffman, pero Bobby fue un segundo violín de primera. En el 2000 fue un cartoon más en Las aventuras de Rocky y Bullwinkle (The adventures of Rocky and Bullwinkle) de Des McAnuff, donde, como corresponde al género mezcla de animación y actores reales, se dio el gusto de sobreactuar a lo pavote junto a Rene Russo y Jason Alexander. Volvió al drama de superación en Hombres de honor (Men of honor) de George Tillman Jr, junto a Cuba Gooding Jr y Charlize Theron, un digno drama de llanto. Y llegó otra de sus películas popularísimas: La familia de mi novia (Meet the parents) de Jay Roach, junto al gran Ben Stiller. El 2001 se abrió muy pero muy bien con la insoslayable 15 minutos (15 minutes) de John Herzfeld junto al inquieto Edward Burns. Y lo cerró más que bien con Cuenta final (The score) de Frank Oz junto a Edward Norton y en la que terminó dirigiendo a su compañero de elenco el difícil Marlon Brando, cuando en mitad de la filmación no quiso saber nada más de Frank Oz. El 2002 comenzó con la comercial aunque muy atendible Showtime junto a Eddie Murphy, Rene Russo, y que pasará a la historia por la escena en que el para nada negado William Shatner (sindicado sin embargo un actor medio de madera más que nada por las deliciosas falencias técnicas del primer Viaje a las estrellas) dirige a Bobby y le dice ¡que no sabe actuar! Le siguió el buen e intenso policial Herencia de sangre (City by the sea) de Michael Caton Jones, donde compartió reparto con la gran Frances McDormand y el por entonces incipiente James Franco. Terminó el año con Analízate (Analyze, that),  de Harold Ramis, secuela de Analízame otra vez con Billy Crystal, of course. Descansa en el 2003, pero hace cuatro films en el 2004. Arranca con una de terror, de género y de resultado, El enviado (Godsend) de Nick Hamm, junto a Greg Kinnear y Rebecca Roymir. Después, con Will Smith, Renée Zellweger, Angelina Jolie, Joe Black y Martin Scorsese, le pusieron voz a la deliciosa (y me quedo corto) película animada El espanta tiburones (Shark tale). Siguió la secuela de La familia de mi novia, Los Fockers, la familia de mi esposo (Meet the Fockers) de Jay Roach, siempre con Ben Stiller, Blythe Danner y esta vez con papelones a cargo de Dustin Hoffman y Barbra Streisand. Y terminó el año con un bodrio, bodrio, bodrio insuperable El puente de San Luis Rey (The bridge of San Luis Rey) de Mary McGuckian en el que también daban pena F Murray Abranham, Kathy Bates, Harvey Keitel, Gabriel Byrne y Geraldine Chaplin, entre otros desafortunados. En el 2005 soportó a una insufrible y gritona Dakota Fanning en una de terror (para el espectador) Mente siniestra (Hide and seek) de John Polson. En el 2006 junto a Madonna, David Bowie, Harvey Keitel, Mia Farrow y otros desconocidos de siempre le dieron voz a Arthur y los minimoys, film de animación de Luc Besson. E incursionó por segunda vez en la dirección con el más que buen film El buen pastor (The good shepherd), saludado discretamente en el estreno (no sea cosa que encima sea buen director) y que un buen día será redescubierto y dejará a más de uno boquiabierto; drama de espías con Matt Damon y Angelina Jolie frente a un larguísimo elenco en el que Bobby se reservó un papelito. En el 2007 participó de la no tan lograda superproducción Stardust, el misterio de la estrella de Mathew Vaughn junto a las divinas Claire Dane y Michelle Pfeiffer. En el 2008 llegó Malos muchachos (What just happened) de Barry Levinson, drama sarcástico ambientado en Hollywood junto a Bruce Willis, Sean Penn, Catherine Keener, John Turturro, Robin Wright, Stanley Tucci y siguen las firmas. Luego volvió a juntarse con Al Pacino para la no tan lograda Las dos caras de la ley (Righteous kill) de Jon Avnet. En el 2009 fue un padre en busca de entenderse con sus hijos en Están todos bien (Everybody’s fine) de Kirk Jones en la que actuó con Sam Rockwell, Drew Barrymore, la bella Kate Becksinsale, remake del film de Tornatore con Marcello Mastroianni; el resultado empalidecía ante el original, pero Bobby estaba a la altura de Marcello. En el 2010 llegaron, la delirante Machete de Robert Rodríguez y Ethan Maniquis, donde era el no menos delirante villano; una nueva asociación con Edward Norton el interesante y denso drama La revelación (Stone) de John Curran, junto a la siempre interesantes Milla Jovovich y la talentosa Frances Conroy. Y otra secuela de los Fockers, Los pequeños Fockers (Little Fockers) de Paul Weitz, explotación comercial, comercial, comercial. En el 2011 participó de cuatro películas; primero fue a Italia para Las edades del amor (Manual d’am3re), film en episodios dirigido por Giovanni Veronesi; después acompañó a Bradley Cooper en la atrapante Sin límites (Limitless) de Neil Burger; fue a Inglaterra para Asesinos de elite (Killer elite) de Gary McKendry en la que compartió elenco con Jason Stathan y Clive Owen, acción a raudales nada vergonzante; y como muchas otras estrellas participó de la súper comercial Año nuevo (New Year’s Eve) de Garry Marshall, sin palabras. Y en el 2012 estuvo en cinco películas cinco. Primero en Luces rojas (Red lights) de Rodrigo Cortés, thriller no del todo logrado pero tampoco bodrioso, en el que estaban también Leonardo Sbaraglia, Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Joely Richardson, entre otros; después llegó la muy atendible Being Flynn de Paul Weitz junto a Paul Dano y Julianne Moore, film intenso y sensible para el que volvió a ser un taxista; luego con el rapero 50 cents y Forest Witaker hizo Freelancers de Jessy Terrero, en silencio tendemos un manto de piedad y la olvidamos por nuestro bien; y por último, otra vez con Bradley Cooper participaría de El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook) de David O Russell, que le valdría el regreso a las nominaciones para el Óscar, esta vez como Mejor Actor de Reparto. Abriría el 2013 con El gran casamiento (The big wedding) de Justin Zackham o como pifiarla a lo grande con un elenco maravilloso de luminarias tales como Susan Sarandon, Diane Keaton, Katherine Heigl, Amanda Seyfried, Robin Williams, etc. Haría después con Luc Besson, Familia peligrosa (The family), de la que me ocupo en el otro blog. Luego participaría en la Temporada de caza (Killing season) de Mark Steven Johnson, junto a John Travolta ¿por qué, por qué, qué mal les hicimos, en qué nos equivocamos?, si siempre tuvimos nuestro corazoncito para Bobby y John… en fin. Se juntaría con Michael Douglas, Kevin Kline y el maravilloso Morgan Freeman para un Último viaje a Las Vegas (Last Vegas) de Jon Turteltaub, que todavía no vi. Y haría un cameo para chuparse los dedos en la imperdible (se estrena pronto) Escándalo americano (American hustle), de David O Russell, otra vez con Bradley Cooper, más Christian Bale, la inmensa Amy Adams, la premiada Jennifer Lawrence, etc. Hizo también Ajuste de cuentas (Grudge match) de Peter Segal, próxima a estrenarse también, en la que vuelve a subirse a un ring, esta vez con Stallone.

Mientras escribo esto, suena el teléfono, es un viejo amigo, me pregunta qué hago y le cuento, me escucha atentamente y me dice: Mirá, debatir al Bobby a esta altura del partido, perdón, es una pelotudez; si alguien se ganó el derecho de hacer lo que se le canta, cuanto se le canta, por lo que se le canta, es el Bobby De Niro, sea porque la mujer no lo aguanta en la casa, sea porque tener un bebé lo agota, sea porque quiere acrecentar la herencia o patrocinar su festival de cine Tribeca o porque no quiere manejar su carrera como algo sagrado o por lo que sea, que haga lo que quiera, es su vida. Y si les agarra la nostalgia de los momentos en que les hacía caer la baba de admiración, pongan un DVD con los filmes de Marty, de Sergio Leone o del que sea su favorito y no jodan.

Le discutí con argumentos que creí sólidos y eran en realidad endebles y cuando corté convine que sus palabras no eran una mala conclusión. Espero que hayan disfrutado el repaso de su currículum desde el 95.