De la película de 1977 de Martin Scorsese, New York, New York, Liza Minnelli canta "But the World Goes Round", con letra de Fred Ebb y música de John Kander
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viernes, 28 de febrero de 2025
viernes, 4 de agosto de 2023
Canciones de sabiduría - Hoy: But the World Goes Round
Hoy con But the World Goes Round inauguramos una nueva sección: Canciones de sabiduría.
Sometimes you're happy
And sometimes you're sad
But the world goes round
And sometimes you lose
Every nickel you'vek had
But the world goes round
Sometimes your dreams get broken in pieces
But that doesn't alter a thing
Take it from me, there's still gonna be
A summer, a winter, a spring and a fall
And sometimes a friend starts treating you bad
But the world goes round
And sometimes your heart breaks
With a deafening sound
Somebody loses, somebody wins
One day it's kicks
Then it's kicks in the shins
But the planet spins
And world goes round.
But the world goes round.
But the world goes round.
Sometimes your dreams get broken in pieces
But that doesn't matter at all
Take it from me, there's still going to be
A summer, a winter, a spring and a fall
And sometimes a friend starts treating you bad
But the world goes round
And sometimes your heart breaks
With a deafening sound
Somebody loses, and somebody wins
And one day it's kicks then it's kicks in the shins
But the planet spins
And the world goes round
And round and round and round and round
The world goes round
And round
And round
And round
But the world goes round fue compuesta para el film de 1977 de Martin Scorsese, New York, New York. Tiene letra de Fred Ebb y música de John Kander y fue estrenada y popularizada por la protagonista del film, Liza Minnelli.
viernes, 4 de marzo de 2022
Curiosidades Atendidas 01
Muchos me preguntan qué películas, series, shows, obras, etc, veo. Confieso que responder me da un poco de pudor, ¡veo cada cosa! Soy propenso a placeres culpables. Solo en materiales audiovisuales o auditivos, aclaro.
Hasta el próximo, buh, cuando Amazon Prime Video suba los dos últimos episodios de la penúltima temporada, mis viernes no se apaciguan hasta que no haya visto mi cuota semanal de The Marvelous Mrs. Maisel, ficción que eleva mis niveles de endorfinas.
Por la tarde, terminaré de ver Seven Sweethearts, incidentes cotidianos impidieron que la viera completa el fin de semana pasado.
Y esta noche, veré en Amazon Prime Video, una de las últimas con Robert De Niro, The Comeback Trail. Es todo por ahora. Durante la semana juntaré coraje para decidir si les cuento qué veo cada día. No prometo nada. ¡Buen descanso!
Gustavo Monteros
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miércoles, 25 de enero de 2017
¡Socorro! Se viene otra biopic...
Me pongo a ver cuanta biopic (película biográfica) encuentro en Netflix para
darme la razón de que poco y nada tienen que ver con el cine que aprendimos a apreciar. Me atiborro con:
Cantinflas (Sebastián del Amo, 2014) o de cómo Cantinflas (Óscar
Jaenada) llegó a trabajar con Mike Todd (Michael Imperioli) en La vuelta al mundo en 80 días.
Allende en su laberinto (Manuel Littin, 2014) o las últimas horas de Allende (Daniel
Muñoz) aquel fatídico 11 de septiembre, mientras bombardean El palacio de la
Moneda.
Papa Hemingway en Cuba (Bob Yari, 2015) o de cómo un periodista Ed Myers, en realidad Denne Bart Petitclerc (Giovani
Ribisi) llega a convivir con un escritor, Hemingway (Adrian Sparks) que ya no puede escribir, ante
los ojos de su sufrida esposa, Mary (Joely Richardson)
Grace de Mónaco (Olivier Dahan, 2014) con Nicole Kidman como Grace
Kelly y Tim Roth como el Príncipe
Rainiero o recíbase de princesa en medio de una crisis.
Race: El triunfo del espíritu (Stephen Hopkins, 2016) con Stephan James como Jesse
Owens, o la gesta de ser negro y ganar carreras en las Olimpíadas Nazis.
Manos de piedra (Jonathan Jakubowicz, 2016) con Edgar Ramírez como el
boxeador Roberto Durán y Robert De Niro como su entrenador Ray Arcel, o las luces y sombras de otro gran luchador.
Genius (Michael Grandage, 2016) con Jude Law como el
escritor Thomas Wolfe y Colin Firth como el editor Max Perkins o cómo un gran
editor lidia con un escritor de genio.
Antes y después de este festín biográfico, llegué a
odiar las biopics. Bah, no el género en sí, sino como la conciben los
productores contemporáneos, que creen que por colgarle el cartelito de “se basa
en hechos reales” pueden aburrirnos a más no poder. En cualquier película, sea
del género que sea, hay que presentar y desarrollar a los personajes, verlos en
qué ambientes se desempeñan, cuáles son sus relaciones básicas, los conflictos
que los envuelven, esas cosas. Nada de eso parece importar en una película
biográfica contemporánea, parece que basta con introducir a un actor/actriz
disfrazadx del personaje en cuestión para crear el verosímil, y en consecuencia
todos tenemos que hacer cómo que nos creemos lo que nos darán por cierto. Ya ni
siquiera se toman el trabajo de respetar los pasos narrativos básicos para
procurar despertar nuestra atención, ni se preocupan por trabajar sobre la
verosimilitud de algunas situaciones, no, se deben decir: esto fue cierto y que
lo acepten. Sí, pero casi nunca la verdad y la forma de representarla son
equivalentes. No, algo pudo haber sido cierto, pero debo presentarlo de manera
creíble, según los usos y costumbres de la narración. Estoy diciendo una
absoluta tontería, una obviedad, que sin embargo, las biopics pasan por alto.
Ya andan dando vuelta más biopics que estrellas en el
cielo y para colmo se anuncian más y más cada día. Una vez que una tendencia se
fija en las mentes de los productores, no se la sacan más de la cabeza, a menos
que inauguren otra tendencia, con la que nos sopapearán hasta que muramos en el
intento de decirles basta.
Está bien, está bien, varias de las más grandes
películas del cine fueron o están emparentadas con las biopics: El ciudadano, Lawrence de Arabia, El toro
salvaje, Ed Woods y esas cosas.
Pero rebosaban de tanta audacia y creatividad que bien pudieron haber sido
producciones originales para el cine y no “basada en”.
De todo el menú con el que me saturé, oh, sorpresa, la
única más o menos potable como relato fue Grace
de Mónaco. Nunca di dos mangos por Grace Kelly, me resultó siempre una
chica bonita, pero más fría que ministro neoliberal. Tuvo la suerte de
arrebatarle el Óscar a Judy Garland y su Nace
una estrella con una sobreactuación, con la que podrían darse clases de lo
que no hay que hacer jamás cuando se actúa. Ese horror se llamó The country girl, por aquí rebautizado
como La que volvió por su amor. Está
bien, está bien, está en un par de atendibles Hitchcocks y en el clásico de
Fred Zinnemann, A la hora señalada,
buenas películas que ella no hizo más decentes por estar allí. Yo ya la conocí
de princesa, y como las princesas me despiertan inmensas furias anarquistas,
por salud la ignoré todo lo que pude. De modo que me importaban tres cominos y
cuatro pepinos una biopic sobre su persona. La vi por respeto y cariño a Nicole
Kidman, aunque la puteaba por lo bajo por aceptar semejante estupidez. Pero,
como ya dije, me llevé una sorpresa. El film trata de cuando se recibió de
princesa, abandonando para siempre la esperanza de volver al cine, y
contribuyendo a que Mónaco ganara una puja con Francia sobre impuestos. Está
bien, está bien, no es precisamente la más noble de las luchas, pero cuando se
es princesa de un terruño de hoteles y casinos tampoco se va a andar lidiando
con grandes causas. La cuestión es que se desarrollan personajes, hay una
intriga, se crea suspenso y se llega a un desenlace no exento de apoteosis.
Algo así como una película, bah.
Gustavo Monteros
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jueves, 1 de diciembre de 2016
Saturnino "Nino" Manfredi
Que no se me pongan celosos
los DeNiro, los Jim Carrey, los Gene Hackman, los Mastroianni, los Belmondo,
los Burt Lancaster, los Danny Kaye, los James Garner, entre otros nombres
rutilantes a los que les juré amor eterno en la oscuridad de los cines, pero a
nadie amé tanto como Nino Manfredi, el hombre vivía en la genialidad, su
sensibilidad de tan flagrante era casi corpórea, su timing era perfecto en
drama o comedia, podía pasar de chistes gruegos a la más ligera sutileza, pocos
como él, por suerte queda una larga foja de servicios con varios clásicos para
descubrirlo, redescubrirlo y después celebrarlo, siempre. Saturnino
"Nino" Manfredi fue su nombre de hombre, pero yo sospecho, como un
maestro de actuación que tuve, que era más ángel que humano.
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jueves, 19 de mayo de 2016
Mientras tanto en Cannes...
Por más agotador que parezca, alquien a quien no me canso de admirar y él no se cansa de regalarme horas inmejorables... el Sr. Steven Spielberg.
Desde que decidió que su carrera no fuera un templo de las obras
sagradas de la cinematografia sino un patio de juegos en el que cabrían
excelsitudes y bodrios, en los reportajes y las sesiones de fotos,
Robert DeNiro pasó de ser un hombre hosco y parco a alguien casi tan
simpático como Ricardo Darín. Aquí en Cannes junto a Usher y Edgar
Ramírez en la presentación de Hands of stone, sobre la vida del boxeador
Roberto "mano de piedra" Durán.
Julianne Moore parece que no le tiene miedo a la tradición de que los
bífidos son mufa, bueno, los áspides y las cobras tienen mejor prensa,
de allí que estas últimas engalanen este Givenchy. Yo, por las dudas, ya
me toqué el izquierdo.
Marion Cotillard es lisa y llanamente perfecta. Actúa como los dioses,
canta, es escultural y tiene cara de saber abrir la puerta para ir a
jugar.
En Cannes, cuando uno los ve amucharse para una foto, se los percibe
tiesos. Algo comprensible. Filmar es estar muy juntos durante un tiempo
que se pierde en el pasado. Reencontrarse meses después para un estreno
es incómodo. La intimidad está perdida, aunque existió. Y encima está el
hecho de tocarse en público entre personas que fueron educadas en el
distanciamiento corporal, brecha que solo se cruza en el afecto y en el
sexo. De ahí que ver el detrás de una foto es revelador. El director
Jeff Nichols, la actriz Ruth Negga y el actor Joel Edgerton posan en la
presentación de Loving.
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miércoles, 7 de octubre de 2015
miércoles, 8 de octubre de 2014
Los caminos que desandamos
Robert
De Niro es el opuesto perfecto de Moria Casán y no porque no sea mujer ni se
haya puesto jamás un conchero o un espaldar de plumas, ni tenga tetas que
fueron de ensueño de las que supuestamente todos se cuelgan, sino porque es la
reserva personificada, mientras que la diva ex ortomolecular, de lengua que
hace karate, no se calló nada, ante prensa y público, que le haya pasado por la
cabeza u otra parte de su cuerpo.
Robert
rompe ahora parte de esa reserva con el documental de 40 minutos para la HBO, dirigido
por Geeta Gandbhir y Perri Peltz, con música de Philip Glass, Remembering the artist, Robert De Niro, Sr
(que no es “señor” sino “senior” o sea “padre”).
Sabíamos
que Robert De Niro, padre, era un pintor de talento, hasta de genio según
algunos, eso sí, ignorábamos cuán “maldito” era.
En 1942,
mientras Robert De Niro, padre, estudiaba pintura con el maestro Hans Hoffmann
en Massachusets, conoció a Virginia Admiral, también talentosa pintora. Se
enamoraron, se casaron y el 17 de agosto de 1943 nació Robert, hijo. Ella fue
la primera en triunfar, con exhibición propia, críticas laudatorias y ventas
promisorias. Pero para el segundo cumpleaños de Robert, hijo, se separaron.
Virginia abandonó la pintura para asegurarle al pequeño Robert, hijo, una
existencia económicamente estable. Robert De Niro, padre, prosiguió con la
pintura y triunfó a mediados de los cuarenta. Brevemente. Ya que no tardó en
imponerse el expresionismo abstracto. Robert, padre, era un figurativo o sea hombre
de retratos, paisajes y naturalezas muertas.
Alguien,
en uno de los testimonios que registra el documental, dice que la primera
tragedia de Robert, padre, fue descubrir su estilo, es decir su particular
versión del mundo, su qué y su cómo, tempranamente, sin las experimentaciones
varias por las que otros artistas atraviesan hasta encontrar su “voz”. Y sí, qué
se le va a hacer, Robert, padre, encontró pronto su estilo y no lo cambió. El problema
es que pasado el expresionismo, irrumpió el pop con Andy Warhol y demás
secuaces.
Robert,
padre, se deprimió y se fue a Francia, no a darse a conocer sino a admirar a
sus ídolos, Matisse, Courbet, etcétera. La pasó mal, lo rescató un Robert,
hijo, de 18 años que lo embarcó de vuelta a Nueva York. Alguien enuncia también
una metáfora teatral, dice que el spot te halla en el escenario, se detiene un
rato en vos y pasa de largo, y que cuando haya pasado por todos los que están
en escena, volverá a vos y mejor que te halle trabajando. El irónico drama de
Robert, padre, fue que cuando el spot volvió a pasar por el arte figurativo, el
pobre ya estaba muerto. Se había jubilado a la eternidad en 1993.
Robert,
padre, además de pintar, escribía diarios. Y según parece, estos diarios nada
tienen que envidiarle a los del gran novelista y cuentista, John Cheever,
comparación válida ya que ambos eran homosexuales. Y no es que Robert, hijo,
saque a Robert, padre, del clóset, porque si bien no era vox pópuli su
preferencia sexual, era un secreto a voces, o sea, que ahora lo diga no es
revelación sino una mera constatación. Robert, padre, vivía su homosexualidad
con culpa, era un católico practicante. En una parte del documental, Robert,
hijo, lee una entrada del diario en el que el padre le pide a Dios que le
muestre cómo amar a una mujer y no desear más a los hombres. Robert, hijo, lee
también cuando expresa “celos profesionales” por la plata que hace el pintor De
Kooning. Y hablando de envidia…
Robert,
hijo, confiesa no haber leído todos los diarios de su padre (¡qué querés!...
mirá que tenés que estar preparado para bancarte una cosa así…) Dice que los da
a leer a sus amigos, allegados y a los de su padre. En los escritos parece
haber referencia a la envidia que le tenía a su hijo no solo por haber
triunfado sino también por haber sido saludado como el mejor actor de su
generación. Y el que se llamara igual que él ayudaba poco.
Llegamos
entonces a la culpa que atormenta a Robert, hijo. Robert, hijo, estaba muy
ocupado a fines de los ochenta (bah, desde que asomó la cabeza, Robert, hijo,
está siempre, para beneplácito del público, muy ocupado) cuando se le diagnosticó
a Robert, padre, un cáncer de próstata. Robert, padre, lo negó, lo desestimó,
resolvió no hacer nada y cuando quiso hacer algo, ya era tarde. Ahora Robert,
hijo, dice que de no haber estado tan ocupado, podría haber intervenido, podría
haberlo obligado a tratarse, y que si lo hubiera hecho, hoy su padre seguiría
vivo. El único consuelo que le queda es mantener vivo su legado, de ahí este
documental que intenta una aproximación a su vida y obra.
Robert
De Niro, padre, fue un “maldito”. En su arte, nació “tarde”, el figurativismo ya
había conocido sus mejores días cuando él emergió. En su sexualidad, nació “temprano”,
la homosexualidad hoy ya no es el tabú ni la vergüenza que era en su tiempo,
todavía falta para la completa aceptación, pero se está en eso.
Robert
De Niro, hijo, aquí literalmente parte el alma. Quiere hablar sin emocionarse y
no puede. Y uno, está vez, no tiene la disculpa de decir que es una ficción. El
hombre al que aprendimos a respetar, a admirar, a querer se desarma, se aparta
de su natural reserva y nos cuenta, con mucho afecto, quién era su padre.
En este
link, podrán apreciar el arte de Robert De Niro, padre:
viernes, 17 de enero de 2014
Un tal Bobby De Niro
Los que no lo quieren dice que pone
cara cuatro, dice las líneas en tren sonámbulo y cuenta los billetes que gana
por perfilar los personajes de taquito, sin transpirar y sin inspirarse. Los
que lo queremos, al margen de perdonarle participar en unos cuantos bodrios,
nos solazamos hasta con las migajas de su talento, porque si el hombre no es el
mejor entre los mejores, anda cerca. Hablo de Robert De Niro, Bobby de ahora en
adelante porque como nunca dejé de admirarlo me gané el derecho de tutearlo.
Está bien, está bien, no es celoso con su carrera como Meryl Streep que elige
proyectos que pintan bien en los papeles y que le plantean desafíos, pero Bobby
incluso antes que ella extendió sus talentos en la comedia. Y aunque ha jugado
con la parodia de un musical más de una vez (en Analízate y en Stardust,
por ejemplo), debería quizá entrenarse y participar en un musical, en el fondo
ganas no le faltan. Está bien, está bien ¿cuál fue la última gran actuación
suya en una película irreprochable? Muchos trazan la línea en Casino de su compinche Martin Scorsese,
antes de que lo cambiara por Leo Di Caprio. ¿1995? ¿Acaso estamos por cumplir
20 años desde su último gran papel? Ni tanto ni tan poco, que desde entonces su
foja de servicios no está solo llena de bodrios, que hay unos cuantos títulos
de interés, no sé si indiscutibles como su obra con Marty, pero respetables y
atendibles. Descartemos desde ya la injusta leyenda de que no transpira ni se
inspira. Leonardo Sbaraglia que fue compañero suyo en Luces rojas la desmiente. El hombre llega al set concentrado y con
todos los deberes hechos como si estuviera en un Shakespeare y no en un
thriller más, contó. Hay mucha evidencia al respecto, pero para qué insistir.
Pero, ¿qué corno hizo en estos últimos años para merecer tanto debate?
Después de Casino, estuvo Fuego contra
fuego (Heat) de Michael Mann, primera vez que compartió cartel con Al
Pacino, buena película y buena actuación. En 1996, hizo El fanático (The fan) de Tony Scott en el que era un loquito que perseguía
al pobre Wesley Snipes, no era una joya pero tampoco un bodrio. El mismo año,
hizo el drama multiestelar Los hijos de
la calle (Sleepers) de Barry Levinson, junto a Kevin Bacon, Jason Patric,
Dustin Hoffman, Brad Pitt y Vittorio Gassman, inolvidable para muchos, no para
mí, aunque no por eso desdeñable. También en el 96 se metió en Marvin’s room de Jerry Zaks, drama de
enfermedades, que aquí se llamo Reencuentro
y compartió cartel con Meryl (Streep, ¿hay otra Meryl?), Diane Keaton, Leo Di
Caprio y en una de sus últimas apariciones la divina de Gwen Verdon. El 97
arrancó con Tierra de policías (Cop land)
de James Mangold, interesante y logrado policial en el que también estaban
Stallone, Ray Liotta y Harvey Keitel. Le siguió la punzante y divertidísima Mentiras que matan (Wag the dog) de
Barry Levinson, otra vez con Dustin Hoffman y la delirante Anne Heche. Terminó
el 97 con una nota alta, Triple traición
(Jackie Brown) de Quentin Tarantino
con Pam Grier, Samuel L Jackson, Bridget Fonda, Robert Forster, Michael Keaton
y otros notables en el elenco. En el 98 estuvo en dos delicias, primero en Grandes esperanzas (Great expectations)
de Alfonso Cuarón con Gwyneth Paltrow, Ethan Hawke y la inolvidable Anne
Bancroft; después en Ronin de John
Frankenheimer, con Jean Reno, Natascha McElhone, Sean Bean y otra gente de ese
calibre. En el 99, hizo uno de sus films más populares: Analízame (Analyze this) de Harold Ramis junto a Billy Crystal y
Lisa Kudrow. Después, como policía muy maltrecho, tomó clases de canto con la travesti
que componía Philip Seymour Hoffman en Nadie
es perfecto (Flawless) de Joel
Schumacher, el show era de Seymour Hoffman, pero Bobby fue un segundo violín de
primera. En el 2000 fue un cartoon más en Las
aventuras de Rocky y Bullwinkle (The adventures of Rocky and Bullwinkle) de
Des McAnuff, donde, como corresponde al género mezcla de animación y actores
reales, se dio el gusto de sobreactuar a lo pavote junto a Rene Russo y Jason
Alexander. Volvió al drama de superación en Hombres
de honor (Men of honor) de George Tillman Jr, junto a Cuba Gooding Jr y
Charlize Theron, un digno drama de llanto. Y llegó otra de sus películas
popularísimas: La familia de mi novia
(Meet the parents) de Jay Roach, junto al gran Ben Stiller. El 2001 se
abrió muy pero muy bien con la insoslayable 15
minutos (15 minutes) de John Herzfeld junto al inquieto Edward Burns. Y lo
cerró más que bien con Cuenta final (The score) de Frank Oz junto a Edward
Norton y en la que terminó dirigiendo a su compañero de elenco el difícil
Marlon Brando, cuando en mitad de la filmación no quiso saber nada más de Frank
Oz. El 2002 comenzó con la comercial aunque muy atendible Showtime junto a Eddie Murphy, Rene Russo, y que pasará a la
historia por la escena en que el para nada negado William Shatner (sindicado
sin embargo un actor medio de madera más que nada por las deliciosas falencias
técnicas del primer Viaje a las estrellas)
dirige a Bobby y le dice ¡que no sabe actuar! Le siguió el buen e intenso
policial Herencia de sangre (City by the
sea) de Michael Caton Jones, donde compartió reparto con la gran Frances
McDormand y el por entonces incipiente James Franco. Terminó el año con Analízate (Analyze, that), de Harold Ramis, secuela de Analízame otra vez con Billy Crystal, of
course. Descansa en el 2003, pero hace cuatro films en el 2004. Arranca con una
de terror, de género y de resultado, El
enviado (Godsend) de Nick Hamm, junto a Greg Kinnear y Rebecca Roymir.
Después, con Will Smith, Renée Zellweger, Angelina Jolie, Joe Black y Martin
Scorsese, le pusieron voz a la deliciosa (y me quedo corto) película animada El espanta tiburones (Shark tale).
Siguió la secuela de La familia de mi
novia, Los Fockers, la familia de mi
esposo (Meet the Fockers) de Jay Roach, siempre con Ben Stiller, Blythe
Danner y esta vez con papelones a cargo de Dustin Hoffman y Barbra Streisand. Y
terminó el año con un bodrio, bodrio, bodrio insuperable El puente de San Luis Rey (The bridge of San Luis Rey) de Mary
McGuckian en el que también daban pena F Murray Abranham, Kathy Bates, Harvey
Keitel, Gabriel Byrne y Geraldine Chaplin, entre otros desafortunados. En el
2005 soportó a una insufrible y gritona Dakota Fanning en una de terror (para
el espectador) Mente siniestra (Hide and
seek) de John Polson. En el 2006 junto a Madonna, David Bowie, Harvey
Keitel, Mia Farrow y otros desconocidos de siempre le dieron voz a Arthur y los minimoys, film de animación
de Luc Besson. E incursionó por segunda vez en la dirección con el más que buen
film El buen pastor (The good shepherd),
saludado discretamente en el estreno (no sea cosa que encima sea buen director)
y que un buen día será redescubierto y dejará a más de uno boquiabierto; drama
de espías con Matt Damon y Angelina Jolie frente a un larguísimo elenco en el
que Bobby se reservó un papelito. En el 2007 participó de la no tan lograda
superproducción Stardust, el misterio de
la estrella de Mathew Vaughn junto a las divinas Claire Dane y Michelle
Pfeiffer. En el 2008 llegó Malos
muchachos (What just happened) de Barry Levinson, drama sarcástico
ambientado en Hollywood junto a Bruce Willis, Sean Penn, Catherine Keener, John
Turturro, Robin Wright, Stanley Tucci y siguen las firmas. Luego volvió a
juntarse con Al Pacino para la no tan lograda Las dos caras de la ley (Righteous kill) de Jon Avnet. En el 2009
fue un padre en busca de entenderse con sus hijos en Están todos bien (Everybody’s fine) de Kirk Jones en la que actuó
con Sam Rockwell, Drew Barrymore, la bella Kate Becksinsale, remake del film de
Tornatore con Marcello Mastroianni; el resultado empalidecía ante el original,
pero Bobby estaba a la altura de Marcello. En el 2010 llegaron, la delirante Machete de Robert Rodríguez y Ethan
Maniquis, donde era el no menos delirante villano; una nueva asociación con
Edward Norton el interesante y denso drama La
revelación (Stone) de John Curran, junto a la siempre interesantes Milla
Jovovich y la talentosa Frances Conroy. Y otra secuela de los Fockers, Los pequeños Fockers (Little Fockers) de
Paul Weitz, explotación comercial, comercial, comercial. En el 2011 participó
de cuatro películas; primero fue a Italia para Las edades del amor (Manual d’am3re), film en episodios dirigido
por Giovanni Veronesi; después acompañó a Bradley Cooper en la atrapante Sin límites (Limitless) de Neil Burger;
fue a Inglaterra para Asesinos de elite
(Killer elite) de Gary McKendry en la que compartió elenco con Jason
Stathan y Clive Owen, acción a raudales nada vergonzante; y como muchas otras
estrellas participó de la súper comercial Año
nuevo (New Year’s Eve) de Garry Marshall, sin palabras. Y en el 2012 estuvo
en cinco películas cinco. Primero en Luces
rojas (Red lights) de Rodrigo Cortés, thriller no del todo logrado pero
tampoco bodrioso, en el que estaban también Leonardo Sbaraglia, Sigourney
Weaver, Cillian Murphy, Joely Richardson, entre otros; después llegó la muy
atendible Being Flynn de Paul Weitz
junto a Paul Dano y Julianne Moore, film intenso y sensible para el que volvió
a ser un taxista; luego con el rapero 50 cents y Forest Witaker hizo Freelancers de Jessy Terrero, en
silencio tendemos un manto de piedad y la olvidamos por nuestro bien; y por
último, otra vez con Bradley Cooper participaría de El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook) de David O
Russell, que le valdría el regreso a las nominaciones para el Óscar, esta vez
como Mejor Actor de Reparto. Abriría el 2013 con El gran casamiento (The big wedding) de Justin Zackham o como pifiarla
a lo grande con un elenco maravilloso de luminarias tales como Susan Sarandon,
Diane Keaton, Katherine Heigl, Amanda Seyfried, Robin Williams, etc. Haría
después con Luc Besson, Familia peligrosa
(The family), de la que me ocupo en el otro blog. Luego participaría en la Temporada de caza (Killing season) de
Mark Steven Johnson, junto a John Travolta ¿por qué, por qué, qué mal les
hicimos, en qué nos equivocamos?, si siempre tuvimos nuestro corazoncito para
Bobby y John… en fin. Se juntaría con Michael Douglas, Kevin Kline y el
maravilloso Morgan Freeman para un Último
viaje a Las Vegas (Last Vegas) de Jon Turteltaub, que todavía no vi. Y
haría un cameo para chuparse los dedos en la imperdible (se estrena pronto) Escándalo americano (American hustle),
de David O Russell, otra vez con Bradley Cooper, más Christian Bale, la inmensa
Amy Adams, la premiada Jennifer Lawrence, etc. Hizo también Ajuste de cuentas (Grudge match) de
Peter Segal, próxima a estrenarse también, en la que vuelve a subirse a un
ring, esta vez con Stallone.
Mientras escribo esto, suena el
teléfono, es un viejo amigo, me pregunta qué hago y le cuento, me escucha
atentamente y me dice: Mirá, debatir al
Bobby a esta altura del partido, perdón, es una pelotudez; si alguien se ganó
el derecho de hacer lo que se le canta, cuanto se le canta, por lo que se le
canta, es el Bobby De Niro, sea porque la mujer no lo aguanta en la casa, sea
porque tener un bebé lo agota, sea porque quiere acrecentar la herencia o
patrocinar su festival de cine Tribeca o porque no quiere manejar su carrera
como algo sagrado o por lo que sea, que haga lo que quiera, es su vida. Y si
les agarra la nostalgia de los momentos en que les hacía caer la baba de
admiración, pongan un DVD con los filmes de Marty, de Sergio Leone o del que
sea su favorito y no jodan.
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