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viernes, 20 de enero de 2023

Grandes oberturas - Hoy: Obertura 1812

 Obertura no es solamente una pieza de música introductoria de otra mayor, que pasea por los temas que se desarrollarán en el transcurso de la ópera, ballet o musical siguiente. Algunos compositores denominaron obertura a piezas independientes. Una de las más famosas es la Obertura 1812 de Tchaikovsky que incluye ¡cañones! y campanas y fuegos artificiales. Conmemora el triunfo ruso frente a la Grande Armée de Napoleón Bonaparte. A disfrutarla invito. Gustavo Monteros


viernes, 23 de diciembre de 2022

Grandes oberturas - Hoy: No una obertura sino una suite

Obedecemos el imperativo de la hora e interrumpimos nuestra selección de oberturas para recurrir a uno de los clásicos navideños por excelencia, El cascanueces de Pyotr Ilyich Tchaikovsky. La obra original es un ballet de dos actos y en algún momento en el tiempo, Tchaikovsky seleccionó ocho temas y armó una suite para ser ejecutada en conciertos sinfónicos. A apretar el signo de Play y a disfrutar. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Cascanueces salvó mi vida






En los países en que las Navidades son tan blancas como las que cantaba Bing Crosby, el Cascanueces es una costumbre navideña tan tradicional como el arbolito.
 

Hace unos años, el Argentino montó el Cascanueces en una breve temporada de diciembre que culminó en un 23. Ya que los argentinos somos cipayos muy adeptos a adoptar celebraciones ajenas (Halloween, San Patricio y esas yerbas), pensé que la costumbre se adquiriría, pero no.
 

De todos modos este año no faltarían ofertas de Cascanueces en diciembre. Iñaki Urlezaga haría uno en el Ópera (al que no iría porque las entradas estaban carísimas), Eleonora Cassano se despediría del ballet con otro en plena 9 de julio (al que tampoco iría por el calor y la lejanía del escenario, porque para ver el espectáculo desde una pantalla, me quedo en mi casa). Terminé aceptando la del cine.
 

La Royal Opera House de Londres filmaba su versión en vivo para ser exhibida en los cines de todo el mundo. Esta vez no sería trasmitida en directo de modo que no había peligro de que se suspendiera como pasó con el prometido Lago de los cisnes. El primer día que se ofrecía, el lunes 17, no éramos muchos. La suspensión anterior pasaba su factura. La página web de los cines locales prometía sonido deslumbrante y nitidez visual inusitada. Promesas que se incumplirían flagrantemente.
 

Las nuevas tecnologías demandan de los proyeccionistas celo y dedicación, ya no se trata de cambiar el rollo y sentarse a tomar mate, leer un libro y escuchar la radio hasta el próximo cambio, no. Hay películas que vienen con su manual de exhibición. El proyeccionista es ahora como el iluminador de un teatro, durante la función debe hacer cambios, ajustes y monitorear efectos. Lo sé porque hago traducciones para una compañía que genera subtítulos y de vez en cuando me toca pasar al español las instrucciones de cómo proyectar tal o cual película. A lo que voy es que a los proyeccionistas locales no les llegan los manuales o no los leen. Resultaba obvio que el Cascanueces en 2 D intensificado venía con especificaciones que se ignoraron olímpicamente. Pusieron la computadora (para estas cosas se usa una) en default o sea en una especie de piloto automático y a conformarnos. El sonido salía fuerte, plano y acolchado. Si esperábamos disfrutar de Tchaikovski con el juego de planos sonoros del Dolby, nos quedaríamos con las ganas. Es más, las toses del auditorio (no olvidemos que es casi invierno en Londres), que no pueden eliminarse pero si filtrarse hasta reducirlas cerca de la inaudibilidad, competían con los instrumentos por el primer plano sonoro. La imagen sólo por momentos era nítida, la mayor parte del tiempo estaba sumida en una bruma. Los colores eran borrosos y los contrastes a veces marcadísimos y otras inexistentes. Nos hicieron comer el intervalo de 20 minutos como si estuviéramos en vivo cuando pudieron reducirlo a 10 con solo mover el mouse y hacer click con el cursor. 

De todos modos nada impidió que atestiguáramos que tanto el ballet como la orquesta de la Royal Opera House chapotean la perfección con la naturalidad con que se respira. Eso sí, nos cobraron la entrada diferenciada como si nos dieran lo que habían prometido.
 

Yo quedé tan sediento de Tchaikovski que llegué a casa y bajé cuanto Cascanueces encontré en la red. La suite para piano, la suite para orquesta, las versiones highlights (antologías de los mejores momentos) y un par de versiones completas. Las escucho a todas en mis momentos libres. El Cascanueces me sale literalmente por los poros. Es mi manera de no desesperar, de no rendirme al estrés, de no caer en la depresión profunda. Diciembre es un mes chicle para los docentes, parece que termina, pero no, se estira, se estira, se estira.
 

La cultura puede parecer inútil, un adorno sofisticado, una proveedora de tópicos de conversación que van más allá del clima y de la salud, sin embargo puede salvar tu vida. En mi caso el Cascanueces hace que el eterno diciembre sea menos eterno. Permítanme darles un consejo, cuando estén bien hagan acopio mental de músicas, cuadros, fotografías, poemas, pedazos de prosa, libros, películas que les alivien el alma. Y ténganlas a mano que, cuando la tormenta arrecie, serán el refugio inexpugnable a los rayos, vientos y cortinas de agua. No hay dolor, problema, pesar, preocupación o malestar que no puedan aligerar. No curan pero alivian.
 

Porque ¿para qué carajo sirve la cultura? Para sobrevivir, para eso sirve.

viernes, 26 de octubre de 2012

Lo que no fue


Como ya confesé en este mismo blog, Tchaikovsky y su música para ballet me vuela la cabeza. El martes el Cinema City anunciaba que exhibiría en directo desde Londres El lago de los cisnes. La idea me seducía por dos motivos. El ya mencionadoTchaikovsky y participar de una trasmisión en directo, porque se dice que en un futuro cercano es así como veremos las películas. Parece que para evitar la piratería, los yanquis planean transmitir via satélite a todo el mundo los estrenos cinematográficos. 

Como soy desconfiado, entré a la página web de la Royal Opera House para ver si era verdad que el espectáculo se transmitiría en vivo. Y sí, era verdad. 

Con la debida anticipación llegué al cine. Para mi desilusión y la de muchos la función había sido suspendida "por problemas técnicos". 

Hoy en la página web del Royal Ballet, espectadores de todo el mundo comentan la experiencia. Nosotros, "por problemas técnicos" nos quedamos afuera. Sin comentarios...

sábado, 6 de octubre de 2012

Tchaikovsky



Los años lectivos son cada vez más largos. Arrancan el 10 de febrero y con suerte terminan el 23 de diciembre (sin suerte, después de Navidad).  En cuanto a las condiciones de trabajo, bueno, no son aterradoras como hace algunos años (hay más trabajo, más poder adquisitivo, la cacareada distribución de la riqueza se nota: ya no hay que lidiar con los efectos de las frustraciones económicas de las familias de los alumnos, ¡eso sí que era bravo!), pero lo pedagógico, lo burocrático y lo edilicio siguen en coma, de modo que, en resumen amable, distan de ser buenas  como yo de ser Daniel Radcliffe. El secreto, como siempre, está en sobrevivir. A como dé lugar. El problema es que con la edad, uno no se vuelve sabio, se vuelve intolerante. Las mañas se estratifican, la paciencia se acorta y la salud, si no la física, sin duda la mental, se resiente. Yo sobrevivo a través del arte (escénico). Necesito sí o sí que en diciembre haya algún espectáculo que me avive las endorfinas. Recitales no valen, son muy ying. Tampoco estrenos de cine, más que nada porque son tan estimulantes como sacarse los mocos de la nariz (antes en Navidad o en Año Nuevo había cosas interesantes, New York, New York, por ejemplo, una de las películas de mi vida, se estrenó en Año Nuevo; hoy son pura basura pochoclera). La promesa de rever films de Billy Wilder, John Huston, Bergman o Visconti tampoco vale (son las cosas con las que sobrevivo semana a semana). A lo que voy es que necesito abrir los ojos y saber que para el fin o cerca del fin del año lectivo me espera un espectáculo que me regocije. Eso me hace enfrentar el día si no con alegría, al menos con un poco más de paciencia. Hasta ahora me las he ingeniado para encontrar uno. En 2008 fue Eva, el gran musical argentino (que volví a ver en diciembre en el Lola Membrives con Mariel, antes ya había estado en el estreno en el Argentino); en 2009 fue un Cascanueces del Argentino, en 2010 fue la reposición de Chicago, otra vez en el Lola Membrives; y en 2011 el delicioso Primeras Damas del Musical en el Gran Rex.

Este año, cuando leí la programación del teatro Argentino y vi que en diciembre darían La bella durmiente, supe que estaba salvado. Pero, claro, Scioli que es taaan buen administrador se percató tarde y sobre la marcha que el presupuesto no le alcanzaría y como tampoco le basta con lo que nos roba con la estafa del agua, empezó con los recortes. El Argentino no fue la excepción: levantaron Zorba y adelantaron La bella durmiente para octubre. Buuu.

No soy precisamente un fanático del ballet clásico, lejos de ello. A menos que alguna estrella decida reverdecer laureles, las Giselles, las Coppelias, las Sílfides, las Paquitas, las Raymondas me son indiferentes. Pero la trilogía Tchaikovsky-Petipa (La bella durmiente, El lago de los cisnes, El cascanueces) me vuela el moño. Lo de Petipa es medio diluido porque siempre es Petipa según alguien. (En algún momento tendré que averiguar porque no hay Petipas en estado puro. Supongo que tendrá que ver con que en esas épocas no se podían “anotar” todavía las coreografías y lo que sobrevive debe depender de la “memoria” de los que las bailaron). Aunque de verdad lo de Petipa (lo siento, maestro) me importa menos. Lo que me importa es Tchaikovsky. La música de sus ballets me manda a la estratósfera, entro al Nirvana, recupero el Paraíso que perdió Milton. Me siento en la butaca y la orquesta me envuelve, me arropa, me arrulla, me acaricia. Y hay momentos, impensados, inesperados, es que se me caen gruesos y pacíficos lagrimones, lo que escucho me parece de tan indecible belleza que rozo lo divino. Que se le va a hacer, todos tenemos nuestro punto G espiritual.

En fin, si la Bella no se duerme en diciembre, que ronque en octubre entonces. Mierda, apenas cuatro funciones y todas en el mismo fin de semana. Sólo se puede despertarla del jueves que pasó hasta este domingo. El jueves hubo traducción así que ni en pedo. El viernes, bañado, cambiado y con el perro paseado, aceché la computadora hasta las 7 y media. Gracias a Dios y todos los Santos del Cielo, nada, ningún trabajo urgente que requiriera traducción inmediata. A las 7 y 31, apagué la computadora y huí más rápido que Melquíades. En la boletería puse cara de soy yo solito y estoy tan solo en la vida que una buena localidad podría compensar en algo mi melancolía, tenga por favor piedad de mí. Yes!!! Había nada más ni nada menos que un hueco en la primera fila de la platea alta. Ni soñado.

Me siento y miro el mundo desde mi sitial de privilegio, pero, ¡oh, dioses del Olimpo!, a mi lado se sienta un matrimonio ¡con una nena chiquita de entre el jardín maternal y el jardín común! Pensé: se va a poner a llorar y va a joder toda la fucking velada. Cada función tiene sus vaivenes irrepetibles. Ésta comenzó con un retraso de 20 minutos, el director de orquesta estaba en la gatera y no se había oído el aviso de apaguen los celulares, que se oyó al fin por la mitad, se anunció un cambio en el elenco que fue bien recibido por los que conocían a los bailarines, y después una voz nos pidió que les diéramos la bienvenida a gente de Lincoln que nos visitaban por un plan de Mi pueblo al Argentino o algo así; les dimos una cálida bienvenida, en su mayoría eran chicos que salvo algunos aplausos a destiempo se portaron como duques rusos; y por fin empezó. Después hubo un minuto de desconcierto porque las luces de sala se prendieron antes de que terminara el primer acto, se anunció un entreacto y hubo dos, pero el show lo dio la nena.

Se sentaba alternativamente en las faldas de su padre y su madre. Hablaba bajito y en el Prólogo, la fiesta de bautismo de Aurora, en la que el hada no invitada, Carabosse, echa la maldición, le preocupaba por donde andaba el bulto que se suponía era la bebé. Cuando comenzó el Primer Acto, se acercó adonde yo estaba para ver mejor a la bebé y preguntó cuándo aparecería. Le saqué la palabra de la boca a la madre y le dije que la bebé había crecido y que ahora tenía 15 años y era esa bailarina que entraba a escena. Me sonrió y me dijo: Bueno. Se apoyó en la baranda y buscó con que entretenerse ya que la bebé no estaba. Entonces dijo: Ese bailarín de allá hace una cosa diferente. Y sí, el señor no tenía muy segura la coreografía. Más tarde agregó: La bailarina de allá levanta la patita después de las otras. Y sí, la señorita andaba a destiempo. La frutilla del postre fue: Mamá, la música terminó antes que la chica ¿eso está bien? No sé, dijo la mamá. Mientras el público aplaudía, la nena me miró y dijo: Hum. La amé. No volvieron después del intervalo para el Segundo Acto y la extrañé, tuve que darme cuenta solo de las imperfecciones, que fueron pocas, a decir verdad, porque fue una buena función. Aurora era una delicia y el Príncipe fue medio celeste al principio, pero se fue poniendo Azul y se volvió el ideal de toda Princesa. La orquesta, que no es tonta, disfruta de Tchaikovsky y lo vierte con fidelidad y orgullo. Y yo, por un ratito, fui dichoso. Me queda encontrar otra zanahoria de diciembre que me alivie el yugo.