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viernes, 11 de diciembre de 2020

¡Ay, ay, ay, ay!


 

Uno de los críticos teatrales de The Guardian dice que un musical es bueno si su libro lo es. No es que la música no importe, pero un buen libro garantiza que un musical perviva mejor que al revés, uno con un repertorio de excelentes canciones insertadas en un obra mediocre.

 

Me he pasado incontables horas discutiéndole en mi cabeza. No es que no le reconozca autoridad al señor que, por ser un crítico en una de las capitales teatrales más activas del mundo, ve casi un centenar (a veces quizá más) de musicales por año.

 

Pero no me gusta darle la razón (o negársela) a nadie sin haberla considerado o analizado antes.

 

El primer problema que uno enfrenta es que, en el cine que se basa en producciones que vienen del teatro, aprendimos a amar musicales que son ejemplares en su perfección (Mi bella dama, Sweet Charity, El violinista en el tejado, Hello, Dolly, más otras con grandes cambios en sus transcripciones cinematográficas como Cabaret, En un día claro se ve hasta siempre y La novicia rebelde). En estos títulos proverbiales hay un equilibrio perfecto entre libro, letras y música.

 

Si quiero darle la razón al señor, elijo Oklahoma y Carrusel. El primero tiene canciones inolvidables que cantaron Dios y María Santísima, con un primer acto atractivo y colorido. Todo parece ir para el lado de la comedia romántica o de costumbre o de personajes, pero cerca del final introduce un personaje nefasto, oscuro y siniestro, como salido de otra obra, que domina el segundo acto en el que hay más drama de sangre que canciones luminosas. Eso quizá haga que nunca pase del primer acto, me da siempre muy pocas ganas de ver el segundo, al que me obligo a ver para tener una perspectiva de toda la obra. Carrusel más que un mal libro, tiene uno con marcada moraleja, que me resulta poco o nada atractivo para seguirlo con fruición, eso sí, la partitura es preciosa, con canciones que también no en vano cantó casi todo el mundo.

Con el cine que filmó musicales del teatro no se me ocurren otros ejemplos.

 

Hasta que llegué a The Prom (bautizada El baile para su estreno). La obra que se estrenó en talleres en el 2016 y en el 2018 en Broadway, no fue hecha en nuestros escenarios y no la conocía ni por disco.

 

La esperaba con ansías porque Netflix y su director/productor Ryan Murphy le habían dado una realización grandiosa y un elenco de excepción. Descansé como un niño porque sabía que cuando me despertara ya estaría disponible. Tanta era mi expectativa. Sin dudas, mi predisposición era la mejor.

 

Y por la mitad le daba la razón al crítico de The Guardian y con creces, hasta le pedía disculpas por haber dudado de sus palabras. El libro es muy bueno, lo musical es, para decirlo amablemente, dudoso.

 

El inicio es promisorio y atrapante. Por un lado, en un pueblito de Indiana, la presidenta de la liga de padres, la Sra. Greene (Kerry Washington) ha conseguido coartarle el baile de fin de curso al director de la secundaria, Hawkins (Keegan-Michael Key) que pretende que sea inclusivo para que la alumna Emma (Jo Ellen Pellman) pueda ir con su novia.

 

Por el otro, dos súper figuras de Broadway, con más ego que cerebro, Dee Dee Allen (Meryl Streep) y Barry Glickman (James Corden) fracasan estrepitosamente con un musical delirante sobra vida y milagro de Eleanor Roosevelt. Terminan la fatídica noche con el “bar tender” de donde recalaron, Trent Oliver (Andrew Rannells) un actor que conoció tiempos mejores y que ahora atiende el bar entre proyectos, y más tarde se les une Angie Dickinson (Nicole Kidman) una corista de toda la vida a la que pasan por alto siempre para cubrir el rol de Roxie Hart en la eterna, por longeva ya, temporada de Chicago.

 

Para mejorar la imagen narcisista de Dee Dee y Barry, buscan una causa noble para capitanear. Se cruzan en Twitter con el revuelo de Emma y hacia allá parten los cuatro en un micro con el elenco de una versión de Godspell cuya gira organiza Trent. Una vez llegados, no todo será tan fácil como imaginaban…

 

No hagamos misterio, Ryan Murphy sabe armar elencos y esta vez no fue la excepción. Meryl está, como acostumbra,  ma-ra-vi-llo-sa, lisa y llanamente. Nos entrega otros dos o tres momentos antológicos para nuestra colección de “escenas inolvidables de Streep”. Todos los demás no le van a la zaga.

 

Me emocioné hasta las lágrimas con la escena de los recuerdos de amores contrariados de Dee Dee (Streep) y Barry (Corden). Kidman y Rannells (que no nacieron con el protagónico sino que llegaron a él) saben hacer reparto y esperar con paciencia sus momentos de lucimiento, sin robar ni interferir las escenas ajenas. Nicole está deliciosa en su escena de chica Fosse y Rannells se luce en el momento en que desarma los argumentos puritanos de los compañeros de Emma.

 

Conmigo todo bien con la parte no musical, disfrutaba los chistes, me emocionaba a tiempo, me sorprendía con las vueltas de argumento, pero por primera vez compartía en los números musicales lo que sienten los que detestan el musical, imploraba que no se pusieran a cantar o bailar (¡yo que creía amar el género por sobre todo traspié!) porque las canciones son HORRIBLES. Y van trabajando por acumulación un hartazgo indigerible. Con las primeras uno se dice, bueno, es mala, pero la letra no tanto, o las melodías son medio berretas pero efectivas. Pero promediando el film se vuelven irremediablemente insoportables. Solo el libro fluido y el encanto imperecedero sobre todo de los cuatro representantes de la comunidad de Broadway hacían que uno no mandara todo al diablo.

 

Cuando la vean ojalá digan que exagero, que las canciones no son tan malas, que alguna que otra se puede rescatar.

 

Yo por mi parte concluyo con que el crítico teatral de The Guardian tenía razón, un musical con canciones espantosas pero con un libro decente puede hasta llegar a ser un film de gran producción con Streep, Kidman y Corden. 

 


Hoy, viernes 11 de de diciembre, a la tarde pude resarcirme del mal gusto que me dejó en la boca The Prom / El baile con la versión de Gypsy filmada en un teatro londinense y protagonizada por Imelda Staunton que ofrece la página The Show Must Go On gratis en YouTube solo por 48 horas. Gypsy pertenece también a la categoría de musical perfecto. Se basa en las memorias de la reina del strip tease, Gypsy Rose Lee. En Gypsy, libro y música se integran para gloria del género, del teatro, de la actuación, porque regala unos cuantos personajes inolvidables por los que los actores son capaces de todo para conseguirlos.

 

Una de cal y una de arena.

 

Una partitura olvidable por lo mala, otra inolvidable por lo excelsa. No siempre se gana, pero con The Prom / El baile ni la magia de Meryl (devolvedora de precios de la entrada si las hay) disimula una ristra de canciones tan maaaalas.

 

Gustavo Monteros

jueves, 27 de abril de 2017

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme. Una pena. El hombre fue un apasionado de la imagen y no se restringió solo a los largometrajes, sino que cortos, series de televisión (dirigió tres capítulos de la fabulosa The Killing), documentales y hasta recitales de músicos (Talking Heads, Justin Timberlake) lo hallaron también detrás de cámara. Se lo asociará siempre a los logros de su película más famosa El silencio de los inocentes (The silence of the lambs, 1991), pero su talento no se agotó en esa vertiente, supo transitar con variada suerte, aunque siempre con audacia, diversos géneros.


La primera película suya que estrenaron en este país fue El abrazo de la muerte (Last embrace, 1979), un interesante thriller con Roy Scheider, muy famoso por aquella época. Ya llevaba en sus espaldas 4 filmes anteriores, algunos producidos por Roger Corman, gran maestro productor de cine B, de realización rápida, eficiente y de repercusión segura. Ellos eran Caged Heat (1974), Crazy Mama (1975), Fighting mad (1976) y Handle with care (1977).


En 1980 llegaría a la fiesta del Óscar con Melvin y Howard, de las tres nominaciones otorgadas, ganaría dos, la de Mejor Actriz de Reparto para Mary Steenburgen y la de Mejor Guión Original para Bo Goldman, Jason Robarts se quedaría con las manos vacías en su nominación para Mejor Actor de Reparto. Era sobre el encuentro casual de Howard Hughes y un pobre tipo que después reclamaría ser heredero del millonario.


El próximo film, si bien obtuvo una nominación para Christine Lahti como Mejor Actriz de Reparto, le significó unas cuantas peleas con su estrella, Goldie Hawn. Swing shift se llamó y trataba sobre cómo las mujeres pasaron a ocupar trabajos de hombre en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.  El coprotagonista masculino era Kurt Russell, reciente pareja de Hawn por entonces, relación que todavía dura.


En 1986 haría la deliciosa Something wild (Totalmente salvaje, por estos pagos) en la que una peculiar femme fatale, Melanie Griffith, ponía patas arriba la ordenada vida del yuppie Jeff Daniels, no poca importancia tenía en la trama un incipiente Ray Liotta.


En 1988 despacharía otra recordada comedia Casada con la mafia, en la que un policía encubierto, Matthew Modine, se enamoraba de la reciente viuda, Michelle Pfeiffer, de un mafioso (Alec Baldwin). El romance debía eludir también los avances de un capo mafia, Dean Stockwell, que obtendría una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto por este trabajo. 


Y en 1992 llegó El silencio de los inocentes que arrasó en los Óscars las principales categorías: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Actriz Protagónicos (para Hopkins y Foster, claro) y para el Mejor Guión Adaptado. Su historia y personajes son tan famosos que no requieren adentrarse en mayores detalles.


En 1993 entregaría una película que mucho hizo por visibilizar la naturalidad de la homosexualidad y motorizar la adquisición de derechos: Filadelfia. Con otra gran actuación del gigantesco Tom Hanks, acompañado con lujo por Denzel Washington y un galán ascendente muy promocionado entonces por Madonna, Antonio Banderas. Le significaría el primer Óscar para Hanks y uno para Bruce Springsteen por su canción Calles de Filadelfia.



En 1998 no le iría tan bien en su transcripción cinematográfica de la novela de la ganadora del Nobel, Toni Morrison, Beloved, (Querida hija, por aquí) en la que el espíritu de su hija muerta visitaba a una esclava, a poco de que acabara la Guerra de Secesión. No será muy lograda, pero es muy querible, gracias, sobre todo a la entrega de Oprah Winfrey, Danny Glover y Thandie Newton.
Tampoco le iría bien en el 2002 con la primera de sus remakes de películas famosas.  La verdad sobre Charlie, a pesar de la simpatía de Thandie Newton y Mark Wahlberg, no le llegaría ni a los talones de la Charada original, dirigida en 1963 por Stanley Donen con los inolvidables Audrey Hepburn y Cary Grant. En el 2004 le saldría mejor la remake de El embajador del miedo (The Manchurian candidate) que en 1962 dirigió John Frankenheimer con Frank Sinatra, Laurence Harvey, Janet Leigh y una tal Angela Lansbury. Demme haría una astuta relectura con, nada más ni nada menos que, Denzel Washington, Meryl Streep, el ascendente por entonces Liev Schrieber, entre muchos otros notables.


En 2008 haría un vehículo de lucimiento para Anne Hathaway, que sería nominada como Mejor Actriz para un Óscar. El casamiento de Rachel se llamó este intenso drama de segundas oportunidades.


En 2013 llevaría al cine una obra de Henrik Ibsen, A master builder (Maestro constructor) con el protagónico de Wallace Shawn, Julie Hagerty, André Gregory entre otros desconocidos de siempre. No la vi todavía,  les contaré más cuando la vea.


Su último largometraje para cine sería otro vehículo de lucimiento para una actriz. Para Meryl Streep, más precisamente, Ricki and the Flash: Entre la fama y la familia. Ninguna obra de arte, pero de una simpatía palpable. Simpatía en la que no poco contribuiría un elenco con gentuza de la calaña de Kevin Kline, Mamie Gummer, Bill Irwin, Audra McDonald, Rick Springfield, etc.


Su pasión por lo que hacía, sin duda, derrochaba amor, de ahí que incluso sus films menos logrados sean, a pesar de todo, muy entrañables. 
Se te extrañará, Jonathan, buen viaje, te lo merecés. Y no te daremos ahora las gracias, lo hacemos cada vez que repasamos tus películas, en las que vivirás por siempre, ¿qué duda te cabe?

Gustavo Monteros

miércoles, 8 de marzo de 2017

Envejecer no es para cobardes



Para el musical Follies, que trataba el último encuentro de estrellas teatrales del pasado en un teatro de variedades, donde tuvieron grandes éxitos y que demolerán pronto, Stephen Sondheim compuso una canción, I´m still here, que era un himno a la estrella superviviente, aquella que personal y profesionalmente pasó por todo y que sin embargo sigue en pie, entera. La estrenó Yvonne De Carlo y por estos pagos se la recuerda, porque para su regreso del exilio, con letra adaptada a circunstancias de su vida, la presentó Nacha Guevara y hasta tomó su título para darle nombre al espectáculo: Aquí estoy.


 En un momento dice la letra original:

First you're another sloe-eyed vamp
Primero sos otra vamp de ojos rasgados
Then someone's mother, then you're camp
Después la mamá de alguien, después sos camp
Then you career from career to career
Y así vas de carrera en carrera…
No hay actriz que no sepa eso de que en algún momento se deja de ser el objeto romántico, la damisela en peligro, la joven emprendedora o la mujer fatal y se pasa a ser la madre, la tía o la jefa experimentada de la protagonista. (A menos que se sea Meryl Streep y se trabaje tiempo completo buscando papeles atrapantes que se adapten a los años que su cuerpo lleva encima). Es decir, o se acepta pasar del centro de la escena a la periferia, o se buscan papeles dominantes para actrices mayorcitas. O se hacen ambas cosas a la vez, como Nicole Kidman, que es la madre adoptiva del protagonista en Lion / Camino a casa, rol por el que obtuvo nominaciones a casi todos los premios importantes, Óscar incluido, como Mejor Actriz de Reparto, mientras que por otro lado, protagoniza junto a Reese Witherspoon y Shailene Woodley Big Little lies, serie de HBO, donde hace de ardiente esposa del galán sexy Alexander Skarsgard, que no hace mucho se probó el último taparrabos de Tarzán.
Por lo que sea, no son nada fáciles las transiciones de una carrera a la otra, se depende mucho de la suerte y de la predisposición a aceptar el paso del tiempo con el respectivo cambio de roles que acarrea. Muchas actrices se quedan paralizadas y tardan varios años en aceptar que ya no son jóvenes. Digo actrices, porque hablaré de lo que pasó con algunas de ellas en los sesenta, pero también les pasa a los actores, que el tiempo hace estragos con todos. Michael Caine en su autobiografía se ríe de ese momento. Cuenta que un aciago día recibió un guión y al comentar las características del galán protagónico con su representante, este lo interrumpió y sin amables prolegómenos le dijo: No te quieren en el protagónico, sino como el padre de la chica. A Michael le costó asimilar el golpe, de seducir a la dama joven pasaba a ser ¡su padre!

A comienzos de los años sesenta las carreras de Bette Davis y Joan Crawford, para decirlo con elegancia, languidecían. Si somos crudos diremos que estaban cerca de un final ominoso. Durante los años treinta y cuarenta habían reinado y competido por ser las reinas del melodrama, que también podían hacer comedia y de tan completas, por el puesto de la primera gran actriz estadounidense. No eran las únicas es aspirar a ese puesto, Katharine Hepburn también se anotaba en esa competencia, que como se sabe, siempre queda sin ganador, porque no existe en arte el absoluto del mejor, ya que se celebra siempre la diferencia, la particularidad, cualidades que no admiten un exponente triunfador único. En arte, nadie es “el mejor”. Lo que no impide que por algunas mezquindades e inseguridades muy humanas, tal o cual se erijan en Yo soy el o la mejor.
Volviendo a Bette y Joan, durante años no se habían tirado con flores, sino con floreros, macetas y hasta con jardines y viveros. Si no se odiaban, se detestaban con beligerante militancia. Entonces el director Robert Aldrich (o alguien más, supongo que lo sabré cuando vea la serie) pensó que sería un atractivo comercial extra si se las juntase en un mismo proyecto. Optó por una novela de Herny Farrell, en la que una exestrella infantil atormenta a su hermana parapléjica en una mansión decadente de Hollywood. Bette y Joan aceptaron y en 1962 comenzaron ¿Qué pasó con Baby Jane? Joan, más coqueta o sin querer desmerecer su pasado sex-appeal, prefirió no exagerar los estragos de la edad. Bette que no era de andar con melindres, no paró hasta dar con un maquillaje monstruoso, que más que un rostro parecía una máscara de cera derritiéndose. Como bien pudo deducirse por el resumen del argumento, la cosa venía para el lado del thriller, del terror gótico o del desmadre camp. El éxito de esta aventura dio nacimiento sino a un subgénero, al menos a una tendencia que se ramificó con celeridad.
El mismo Robert Aldrich, en 1964, volvió a la carga con otro cuento de Henry Farrell, Cálmate, dulce Carlota. Otra vez con Bette Davis enfrentada ahora con otra diva del viejo Hollywood, la siempre magnífica Olivia de Havilland. Bette era una exbella sureña que vive reclusa en una mansión que se erige en el centro de una plantación, ruinosas todas, la casa, la plantación y la exbella, a esta última la cuida una leal ama de llaves, Agnes Moorehead, y juntas reciben las habituales visitas de un médico amigo, Joseph Cotten. Este frágil status quo será descalabrado por la llegada de una pariente lejana, Olivia de Havilland, y entonces…
En 1965, en la rubia Inglaterra, para el estudio Hammer, especialista en sustos varios, otra vieja diva, la extraordinaria, en más de un sentido, Tallulah Bankhead, torturaría a la joven ascendente Stefanie Powers en ¡Muere, muere, querida mía! Tallulah sostenía que Powers, la novia de su hijito era la culpable de la muerte del muchacho y entonces… Dirigió Silvio Narizzano, y es una pena que la declinante salud de Tallulah, que le cobraba al fin años de descontrol, nos privara de otras supremas actuaciones delirantes como la que ofrece en esta deliciosa joya del absurdo involuntario.
A comienzos de los setenta, esta tendencia de someter a viejas glorias a historias de terror gótico parecía agotada. No fue óbice para que en 1971 un especialista del thriller terrorífico, Curtis Harrington no intentara suerte con las siempre fabulosas, a pesar de sus veteranías, Shelley Winters y Debbie Reynolds en ¿Qué pasa con Helen?, donde hacían de madres de dos asesinos amigos y cómplices, que por culpa del escándalo producido por sus sangrientos retoños, huían de su ciudad a Hollywood donde abrían una escuela de tap para niños cuyas madres ambicionaban convertirlos en estrellas infantiles. Por supuesto la sangre, todo un rasgo de familia,  no tardaba en correr y entonces…
Todo esto viene a cuento porque se estrena Feud, (Feud puede traducirse tanto como enemistad manifiesta, odio de sangre o disputa tonta), serie que quienes ya vieron el primer capítulo me recomiendan con inusitado fervor, asegurándome que disfrutaré cada segundo. La serie recrea las circunstancias del antes, durante y después de la filmación de ¿Qué pasó con Baby Jane? Serie en la que rodeadas de estrellas como Judy Davis, Alfred Molina, Stanley Tucci, Alison Wright, Catherine Zeta-Jones, Kathy Bates o Sarah Paulson, Jessica Lange interpreta a Joan Crawford y Susan Sarandon a … cha-cha-cha-chán …Bette Davis. Sin desmerecer a la inmensa Jessica, mis ojos es probable que no se aparten de Susan, porque Susan en muchas fotos me parece como una hija no reconocida de Bette.
El título de este post, surge de un almohadón que bordó Bette en su vejez, en el que ponía “Old Age ain’t no place for sissies”. Sissies literalmente es maricones, metafóricamente es cobardes. En honor a una amiga, que siempre me discute que esta frase queda mejor traducida con cobardes, es que opté por llevarle el apunte, y no insistir con que Envejecer no es para maricones.

Gustavo Monteros

jueves, 9 de febrero de 2017

Sobre el destino de algunas películas


Las películas tienen también su suerte y verdad. Algunas son entronizadas en altares que no merecen y otras son arrastradas por ignominias que tampoco merecen.


Y los críticos, esas criaturas caprichosas e individualistas, a las que la ausencia de grandes maestros ha vuelto inútiles, por raro que parezca también se masifican. Y así valoran en hordas films insustanciales y desprecian en cohortes films que deberían apreciar.


En esta temporada de premios, hay ejemplos de tal y cual naturaleza.


Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016) de Mel Gibson no es tan buena como la cantidad de premios y nominaciones que le endilgaron nos haría suponer que es. Ni Aliados (Allied, 2016) de Robert Zemeckis es tan mala como la catarata de malas críticas nos haría suponer que es.


Mel Gibson, el director, debutó bien y discretamente con El hombre sin rostro, allá por el 93. Trepó a la excelencia con la epopéyica Braveheart/Corazón valiente. Se recibió de autor con la polémica La pasión de Cristo, 2004 y ratificó su calidad autoral con la grandiosa Apocalypto, 2006. Y durante 10 años enfrentó las consecuencias de un brote psicótico, por drogas o alcohol, que lo llevaron a insultar homosexuales y judíos. Y ahora, no perdonado del todo, a pesar de públicos y privados actos de contrición, regresa al beneplácito crítico.


Los críticos en realidad se sienten culpables por las burlas que le prodigaron a su Braveheart/Corazón valiente. Con sus otras obras no actuaron con saña. Pero año tras año incluyeron a Braveheart entre las películas que bajo ningún concepto merecían haber ganado un Óscar. No tomaban en cuenta el amor que un público fiel, entre el que me cuento, le tomó desde su estreno a esta película de valientes que no se rinden y que llevan con orgullos los colores de lo que les tocó en suerte. Ni tampoco que las sucesivas repeticiones en el cable los enfrentaría a su craso error de juicio. Por donde se la mirara, era una buena película. Su único pecado era pertenecer con claridad a un género, el de la épica. Sus supuestos excesos, si se los perfilan dentro del género, dejan de ser excesos.


¿Será por eso que ahora ven con demasiada indulgencia a Hasta el último hombre y no se percatan de sus altibajos? El film cuenta la historia de Desmond Doss, un paramédico que participó en la batalla de Okinawa, en el Pacífico Sur duranta la Segunda Guerra Mundial y que por sus heroicas acciones de rescate fue el primer objetor de conciencia en recibir una medalla de honor. 


Ahora bien, el personaje del padre del protagonista no cierra por la voluntad de sus autores de no ser duros con él. El juicio sumario al que se somete al héroe culmina en un absurdo, la respuesta que les llega por carta es tan obvia que el tribunal tendría que saberla. La insistencia en castigarlo por ser objetor de consciencia es pueril. Quizá haya sido así en la realidad, como casi todas las películas  actuales, se basa en hechos reales, pero está mal contada. La ficción y la realidad no tienen los mismos parámetros. La realidad puede ser ilógica si lo prefiere. La ficción debe lucir posible… siempre. Los creadores pasaron del “Se non è vero, è ben trovato” al “verdadero, pero mal contado”. Volviendo a nuestro tema, ¿los críticos compensan con la glorificación de una película despareja el vilipendio pasado? Sabrán ellos.


Robert Zemeckis es un maestro, así nomás, lisa y llanamente. Su obra justifica la corona de laureles: I wanna hold your hand/Locos por ellos, 1978, Autos usados, 1980, Romancing the Stone/Tras la esmeralda perdida, 1984, la trilogía de Volver al futuro, 1985-1990, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, 1988, La muerte le sienta bien, 1992, Forrest Gump, 1994, Contacto, 1997. Y la cuesta abajo a partir del 2000, con una mala Revelaciones/What lies beneath y otra supuestamente buena, del mismo año, Náufrago, a la que no evalúo porque siempre la vi por partes. Sus experimentos con la animación El expreso polar, 2004, Beowulf, 2007, Los fantasmas de Scrooge/A Christmas Carol, 2009, y su regreso al cine con actores de carne y hueso, las muy desparejas El vuelo, 2012 y En la cuerda floja/The walk, 2015.


Y ahora Aliados con el que le perdieron todo respeto. Con absoluta injusticia. No es una película plenamente lograda, pero dista mucho de ser el bodrio que dijeron que era. Comienza con una revisita a la Casablanca en los tiempos y circunstancias de la película mítica de Bogart-Bergman. La pareja central son dos espías, él, canadiense, ella, francesa. Concluida la misión, recalan en la Londres del Blitz, donde surgirá la sombra de una sospecha atroz. Como es de esperarse, la reconstrucción de época es impecable y el vestuario de una soberbia belleza (la única nominación para un Óscar, Joanna Johnston, Mejor Diseño de Vestuario, repite nominación en los BAFTA). La inmensa Marion Cotillard hace otro lujoso despliegue de talento, se permite incluso un par de escenas que se volverán antológicas. El guión de Steven Knight (Negocios entrañables, Stephen Frears, 2002, Himno de Libertad, Michael Apted, 2006, Promesas del Este, David Cronenberg, 2007, Redemption, Steven Knight, 2013, Locke, Steven Knight, 2013, Un viaje de diez metros, Lasse Hallström, 2014, Una buena receta/Burnt, 2015) está a la altura de sus antecedentes, que como se ve no son pocos y no menos excelentes. Para no spoilear diré lo justo, juega con una de las posibilidades de la resolución de la intriga que plantea, y la cumple, claro, se puede decir que uno, entrenado, léase pervertido, por tantas películas, espera la otra, que, bueno, esta vez no se da.


El problema mayor reside en Brad Pitt. Cotillard puede dar clases de actuación, pero sin referente, no puede construir una relación, algo que toda película o actuación necesitan. Algo que actores menospreciados como Omar Sharif o el gran Hugh Grant supieron y saben desde siempre, la coprotagonista es sagrada y se la defiende a muerte. En Netflix pusieron en estos días el clásico Funny girl, Barbra Streisand sigue magnífica como el primer día como Fanny Brice, pero si Sharif no se hubiera tomado la molestia de quererla, no habría pasado a la historia, habría quedado en puros fuegos artificiales. Algo parecido dije respecto a Florence, Meryl Streep hace su inolvidable festival de histrionismo, pero sin el entorno que provee Hugh Grant habría sido un show tan carismático como vacío. Parece fácil ser el galán, no lo es. No se trata de ser solo apuesto, hay que comprometerse. Atreverse a armar una relación, como en la vida. Una piedra preciosa, sin un engarce es un incordio que se pierde en el cajón, dentro de un engarce es una joya. Las actrices fabulosas son piedras preciosas que necesitan un engarce.


Brad Pitt no me parece un buen actor, creo que es un chico lindo que tuvo la suerte de cruzarse con un director Ridley Scott que supo iluminarlo para justificar el error de Thelma (Geena Davis) en la ahora mítica Thelma y Louise, 1991. Este breve papel consagró por fin a Pitt, que venía insistiendo sin suerte, y lo catapultó no al estrellato sino al súper-estrellato. Pero a mí nunca me vendió nada, me parece de mediano talento para abajo, para no desvalorizarlo del todo suelo analizarlo técnicamente y en líneas generales no hallo nada muy destacable, a veces está menos peor que otras veces.


Pero en esta oportunidad, para escándalo de mis amigos, habituados a oírme despotricar contra él, haré una salvedad. Actuar es un hecho vivo, perdónenme la obviedad por un segundo. Hay que poner el cuerpo y a veces las circunstancias de la vida no pueden dejarse de lado, invaden, no pueden controlarse. Cuando se es una híper-estrella, los contratos se firman con mucha antelación. Aquí Brad Pitt luce más profesional que nunca, con la letra aprendida, haciendo grandes esfuerzos porque no se le noten las consecuencias de su publicitado divorcio de Angelina Jolie. Está en escena y no está. Su cuerpo está, pero su cabeza y su sensibilidad andan por otro lado. No puedo juzgarlo porque no puede hacer otra cosa, salvo lo que le sale, lo que le queda del oficio de actuar. Analizarlo sería una crueldad.



Aliados será eventualmente redescubierta y valorada por lo que es, una buena película, entretenida, con una excelente actuación de su protagonista femenina. Ninguna obra maestra, pero muy atendible (aunque más no sea porque es la película en que Brad Pitt aparece, pero no está). 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Meryl y Jim

Lemony Snicket, una serie de eventos desafortunados (Brad Silberling, 2004) es una oportunidad perdida en más de un sentido. Pudo haber sido una buena película, pero se quedó en la medianía. Sobrevivirá siempre, creo, por los impecables valores de producción: la dirección de arte, la fotografía, el vestuario, el maquillaje, por el que ganó el Óscar. Y por ser hasta la fecha la única película que unió a Meryl Streep y Jim Carrey. Comparten solo una escena e híper histriónicos como pueden serlo, según incluso les sugería la naturaleza de los personajes que hacían en esta historia, la actúan... chejovianamente, o sea con sutileza, en sordina, en medio tono, como si temieran "pisar" el histrionismo del otro, la admiración mutua les jugó en contra. A los pocos meses, Meryl recibió el homenaje del American Film Institute y Jim hizo el monólogo de apertura, y esta vez el amor se alió con el arte, es uno de los mejores momentos actorales de Carrey y sin amedrentarse ¡ante una sala llena de figuras gloriosas!

viernes, 12 de junio de 2015

Lo que deba ser, será




Cualquiera sea nuestra filosofía, religión o creencia, cuando nos conviene nos ponemos fatalistas. Hacemos algo y decimos: Que sea lo que Dios quiera. No hacemos algo y decimos: Si tiene que ser, será. La cosa es sacarnos  de encima la neurosis de tener que decidir encomendándonos a las leyes superiores que rigen los destinos. Después de todo abundan las anécdotas de Fue lo que Dios quiso o de Lo que tuvo que ser, fue.

Esto viene a cuento porque en el blog de al lado (http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/) me relamo de gula con el encuentro actoral entre Juliette Binoche y Kristen Stewart en El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria), algo que estuvo a punto de no suceder.


Kristen Stewart era la primera elección del director/guionista Olivier Assayas, pero por una “confusión” de su agente, la producción de la  película creyó que desistía. Mia Wasikowska fue elegida para reemplazarla.


Kristen habló directamente con la producción para saber qué había pasado, le contestaron que, “confusiones” al margen,  el papel de Valentine, que le habían propuesto originalmente lo haría ahora la Wasikowska, pero que de todos modos podrían ofrecerle el papel de  Jo-Ann Ellis, que terminaría por ser interpretado por la también hipertalentosa Chloë Grace Moretz.


Kristen tenía sus dudas, quería participar en la película, pero quería hacer el papel de Valentine y no el de Jo-Ann Ellis. La historia como sabemos tuvo un final feliz: Mia Wasikowska se bajó del proyecto y la Stewart se quedó con el anhelado rol.


Nadie niega que la Wasikowska tiene lo suyo, pero actuar no se trata solo de retratar personajes sino de establecer relaciones con los compañeros y potenciar la historia que se cuenta. En el film, Juliette Binoche se complementa de maravillas con la Stewart, ¿lo habría hecho igual con la Wasikowska? Ya nunca lo sabremos, pero en vista de los resultados, no nos inquietamos mucho.


¿Habrá Kristen Stewart despedido a su agente por casi hacerle perder esta oportunidad única? Años atrás Meryl Streep despidió al suyo por hacerle perder un proyecto al alargar las negociaciones y pedir más de lo que la producción estaba dispuesta a pagarle. El proyecto era nada más ni nada menos que Lo que queda del día (James Ivory, 1993) Sin duda, Meryl habría dado una actuación superlativa, como acostumbra, pero ¿se habría relacionado con Anthony Hopkins como lo hizo la también genial Emma Thompson? Nunca lo sabremos, pero en vista de los resultados tampoco nos inquietamos demasiado.


Solo anécdotas que afianzan el fatalismo de que Lo que deba ser, será.

jueves, 7 de mayo de 2015

Parece que Meryl lo hizo otra vez

Una nueva caracterización antológica y de paso promover la carrera de su hija. La actriz que interpreta a su hija es Mamie Gummer, hija de Streep en la vida real. El trailer no tiene subtítulos, sorry para los que no dominan el inglés. No importa, podrán concentrarse mejor en lo que promete el desempeño de Meryl. (Confieso que Audra McDonald como la nueva esposa de Kevin Kline es un regalo del cielo)


jueves, 15 de enero de 2015

Lo mejor y lo peor de las nominaciones al Oscar 2014




Ya se sabe, las premiaciones tienen más que ver con el azar que con la justicia, y las de Hollywood, en particular, más con la forma con la que eligen verse que con la calidad intrínseca de lo que distinguen. Eso no quita que cada año, uno tenga sus predilecciones por las cuales “hinchar”, así que vayamos a lo que en nuestro modesto entender es lo mejor y lo peor de las nominaciones al  Óscar 2014.


Entre lo mejor de lo mejor, las 9 nominaciones para El gran hotel Budapest, lujo para cualquier año cinematográfico. Después, que la gran Marion Cotillard, ninguneada por los Globos de Oro, hallara su lugar en la categoría de Mejor Actriz Protagónica. Y que a pesar de las muchas nominaciones y obtenciones, Meryl Streep fuera nominada por su actuación en la versión cinematográfica del gran musical de Stephen Sondheim Into the woods o sea En el bosque. Ya no sé cómo lo hace, porque parece cosa ‘e Mandinga o de milagro, pero Meryl supera en cada actuación lo hecho anteriormente, lo que en su caso es titánico. Como sea, lo que hace en Into the woods es SEN-SA-CIO-NAL, así con mayúsculas y dividido en sílabas para que dure más al enunciarlo. Un amigo dice en broma que las nominaciones deberían ser:” Y como mejor actriz, exceptuando a Meryl Streep, fulana y mengana”, así no les ocupa el lugar a todas las demás, que serán buenas, pero que medidas con la vara de Meryl, cabalgan un poco más atrás. Y por supuesto que Rosamund Pike haya sido nominada por su impecable trabajo en Perdida, maravilla de maravillas.


Entre los actores, está de lo más bien que regrese a las premiaciones el gran Robert Duvall, el hombre tiene tan parejo nivel de calidad que a menudo se lo olvida, ser siempre excelente a veces es un detrimento o asegura la invisibilidad. Y es una alegría que J K Simmons ingrese a las premiaciones por su apabullante maestro en Whiplash, era hora, el hombre viene remando en los repartos  desde siempre  (ídem anterior, ser siempre bueno no siempre es bueno).


Los cinco nominados por la Mejor Fotografía se ganaron el lugar con creces. Emmanuel Lubezki porque en Birdman tuvo que lidiar con que todas las escenas se filmaron en una sola toma, y ninguna dura menos de unos 10 minutos. Lukasz Zal y Ryszard Lenczewski  porque en Ida tuvieron que reproducir, en un lógico blanco y negro, los planos y la secuenciación de cómo se filmaba en los años sesenta. Dick Pope porque tuvo que lograr que toda el film luciera como un cuadro de Turner en, por supuesto, Mr Turner. Roger Deakins porque tuvo que lograr el conveniente tono épico para una tanto dejada de lado Invencible. Y Robert D. Yeoman porque tuvo que vérselas con todos los cambios de formato para que el Hotel Budapest fuera El gran hotel Budapest.


Y entre lo “más” mejor también, que el gran Alexandre Desplat figure con dos nominaciones en la misma categoría, la de Mejor Banda Sonora, por sus composiciones musicales para El gran hotel Budapest y The imitation game que aquí quizá se llame El código Enigma.


Entre lo peor, bueno, más que lo peor, porque es un cuadro de honor, digamos mejor entre las omisiones, los caídos del catre anuales. ¿Jake Gyllenhaal quedó afuera a pesar de lo que hizo en Primicia mortal? Un afano. ¿El árbol de la vida no figura entre las mejores películas animadas? Una miopía imperdonable. Y claro, la típica protesta consuetudinaria, nominaciones a mejor película sin que su director sea nominado y viceversa, directores nominados cuando la película por la que se lo distingue no lo está. ¿Y solo tres nominaciones técnicas para Invencible, el film que dirigió Angelina Jolie, sin ni siquiera una nominación para el guión que firman los hermanos Coen con Richard LaGravanese? Hum. ¿Y nada para su gran protagonista, Jack O’ Connell? Épocas hubo en que los actores adelgazaban un par de kilos para el papel y le llovían las nominaciones, Jack adelgaza y hace muchas cosas más. Creo que si en vez de Angelina figurara que la dirige Juan Montoto hubiera cosechado más.


Y por último, entre lo mejor de lo mejor de esta premiación, la nominación para Relatos salvajes del gran Damián Szifrón. ¡Qué suspenso! Como en inglés es Wild tales, fue nombrada última, ya que venían en orden alfabético. Para el infarto, mire.