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viernes, 12 de diciembre de 2025

Mujeres que cantan - Hoy: Sophia Loren

Sophia Loren canta To Keep My Man Alive, canción de 1943, con música de Richard Rodgers y letra de Lorenz Hart. (En realidad este post dialoga con el de su blog vecino: Crónicas de cine, en el que se habla de esta canción)

https://cronicas-de-cine.blogspot.com/2025/12/programa-doble-hoy-nouvelle-vague-blue.html

(Loren cantó esta canción en The Millionairess/Ella y sus millones, 1960, film de Anthony Asquith, que coprotagonizó con Peter Sellers.)



I married many men, a ton of them, 
and yet I was untrue to none of them,
because I bumped off ev'ry one of them 
to keep my love alive.

Sir Paul was frail, he looked a wreck to me.
At night he was a horse's neck to me,
so I performed an appendectomy,
to keep my love alive!

Sir Thomas had insomnia,
he couldn't sleep at night,
I bought a little arsenic,
he's sleeping now all right.

Sir Philip played the harp, I cussed the thing.
I crowned him with his harp to bust the thing,
and now he plays where harps are just the thing,
to keep my love alive, to keep my love alive.

I thought Sir George had possibilites,
but his flirtations made me ill at ease,
and when I'm ill at ease, I kill at ease
to keep my love alive.

Sir Charles came from a sanatorium,
and yelled for drinks in my emporium.
I mixed one drink, he's in memoriam,
to keep my love alive!

Sir Francis was a singing bird,
a nightingale,that's why 
I tossed him off my balcony
to see if he could fly.

Sir Athelstane indulged in fratricide,
he killed his dad and that was patricide.
One night I stabbed him by my mattress side,
to keep my love alive, to keep my love alive.

jueves, 16 de marzo de 2017

Te amé media hora, no me pidas más

Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.

Alfonsina Storni

La película se iba a llamar The Cassandra Crossing y era un poco de trenes como Asesinato en el Expreso de Oriente, un poco de catástrofes como Infierno en la torre, filmes que tenían mucho éxito por entonces. Era de esas películas que se les decía globales porque estaban coproducidas por varios países, con artistas de varias nacionalidades. Y en esta, dirigida por el florentino, George Pan Cosmatos, salvo en las escenas grupales, la acción progresaría de a pares o tríos, como en los decorados de las telenovelas, en las que tal ámbito abriga solo a tales o cuales personajes, por un lado estaban los protagonistas, Sophia Loren y Richard Harris, que eran un médico famoso y una escritora que se divorciaban para volver a casarse, Burt Lancaster, como el coronel que haría poco y nada para evitar el desenlace nefasto, asistido por un soldadito que era John Phillip Law, que yo tendía a confundir con Terence Stamp e Ingrid Thulin, como una experta infectóloga, que ayudaría al coronel Lancaster y le sugeriría que haga lo que él no haría, Alida Valli tras unos enormes anteojos, casi desconocida, arrastraba una niña, y había también pasajeros sueltos como Lee Strasberg, un carterista que había sobrevivido a los campos de exterminio nazis, u O. J. Simpson como un oficial norteamericano de incógnito disfrazado de cura, o al guarda que era Lionel Stander, de oscuro vozarrón, que unos pocos años más tarde se haría popular como el mayordomo de Los Hart, esa serie con Robert Wagner y Stephanie Powers. Y como una ricachona caprichosa y muy sexuada, casada con un armamentista muy ocupado y ausente, lo que la obligaba a estar siempre acompañada por su gigoló, ellos. Ava Gardner y Martin Sheen, o sea la gran dama y el joven gigoló.


Ella, claro, era una estrella de toda la vida. Él la venía remando en los repartos, la había pegado con Malas tierras junto a Sissy Spacek, se había hecho notar en el multiestelar elenco masculino de Trampa 22,  y venía de ser el galán de Linda Blair en Dulce prisionera, que era para televisión, pero que acá se dio en cines. Le faltaban dos o tres años para Apocalypse Now, que fue la que lo hizo histórico, estábamos en el 76, y el Apocalipsis, al menos para él fue en el 79.


No sé si se conocían de antes, de alguna fiesta, de alguna gala, de alguna entrega de premios. Ella tenía 54 años, él, 32. Ella con su forma característica de hablar declaró: El verdadero motivo por el que estoy en esta película es el dinero, cariño, y no se hable más. Después de todo no se necesitaba ser muy suspicaz para darse cuenta de que el proyecto era una vehículo de lucimiento para la Loren, que no por nada, la coproducía su eterno marido, don Carlo Ponti. A él le servía estar entre figurones de  tanto renombre, aunque fueran estrellas del ayer. A ella ya no le importaba mucho nada, su carrera hacía rato que declinaba, algún que otro buen proyecto como El juez de la horca, que había hecho en el 72 con sus amigos John Huston y Paul Newman reverdecía sus laureles, mientras que éxitos resonantes como Terremoto en el 74 la sacaban un rato del olvido.


Los interiores de Pánico en el puente, que así se llamó por estos pagos, se rodarían en Roma, en Cinecittá para ser más precisos y los exteriores en Basel, Suiza. Él estaba casado, ¿quién no?, diría ella, con la mujer con la que permanecería casado hasta hoy, hombre constante, relación estable, qué suerte. Quizá fue después de una cena o de un almuerzo, la cuestión es que decidieron repetir en camarines lo que hacían en escena, y eso que eran veteranos, aunque él era joven, había empezado de muy chico, a los 16, y ella, bueno, ya se sabe, los dos eran muy experimentados en este mundo del espectáculo para saber que las sábanas y los telones no se mezclan, pero también, bueno, lo que pasa en locación muere en locación, no se dice, no se recuerda, es tan circunstancial como pasar letra u olvidarla, algo del momento. Pero ella no era mujer para hombres de una sola noche, aunque un par de sus películas sugirieran lo contrario. En La condesa descalza y en La noche de la iguana, las ellas que encarnaba no repetían compañeros de alborozo, despierta, muchacho, tu noche acabó, hasta la vista y buena suerte. Quizá él no podía concebir que ella, el animal más hermoso del mundo, fuera suya solo una noche. Quizá a ella le gustaba estar enamorada, ¿a quién no?, bueno, quizá a ella le gustara más. Quizá a él le gustaba amarla. La cosa es que una noche siguió a la otra, y el romance fue relación. Y en público había siempre alguien en el medio, un asistente, un peluquero, un chofer, que no había que dar que hablar, que él estaba casado y con hijos que eran chicos todavía, quien sería conocido como Charlie Sheen andaba por los 11, Emilio Estevez por los 14, Renée Estevez por los 9 y Ramón Estevez por los 13. Por ellos, o para evitarse problemas o hasta que surgieran los planes de futuro, el amor debía ser secreto o al menos negable.


La película terminó y fue un éxito en todas partes menos en los Estados Unidos, qué importa, estas son cuestiones de productores y boleterías, lo que importa es que ella volvió a Londres, desde el 68 ya no vivía en Madrid, en la casa vecina de la Puerta de Hierro peronista, y él a Los Ángeles a continuar criando a sus pichones de actores. Unos días, que al rato había que ir a Toronto, donde filmaría La niña del caserón solitario con Jodie Foster, que por entonces era niña y la del título. Pero él si tenía dos días de pausa en el rodaje, inventaba una excusa y no se iba a Los Ángeles sino a Londres a visitarla, y ella lo compartía con sus perros. Y él se volvía feliz, pero una mañana ella despertó y se dijo, no está bien que dure tanto, y lo llamó y le dijo, no vengas la próxima, y él dijo que no pero sí, y fue The end.


Después ella se fue Nueva York a filmar una de terror, Centinela de los malditos e hizo que lo olvidó, pero se ponía enigmática cada vez que se lo mencionaban. Cuando vio el Apocalipsis que era ahora, lo llamó para felicitarlo, pero colgó cuando él se puso más personal, ya está, ya pasó, le dijo antes de colgar, fue amor de locación, no fue tu primero ni será tu último. Y se perdieron en sus cosas. Ella en su soledad, él en sus hijos, en sus proyectos. Pero el amor, por pequeño y breve que sea no se olvida, que no todos los amores son gigantes y largos, y ella, en las noches de insomnio, apaciguadas por dos o tres tragos de más, se acordaba de él y sonreía, y él, cortando el pasto en algún atardecer se acordaba de haber conocido bíblicamente al animal más hermoso del mundo y de puro orgullo se le despuntaba una sonrisa. Los grandes amores se recuerdan con lágrimas, reproches o fulgores, los pequeños con una sonrisa, no sé cuáles son más lindos.

Gustavo Monteros

jueves, 21 de enero de 2016

Filomena



A los que hemos escrito teatro nos han preguntado alguna vez qué obra del repertorio mundial nos hubiera gustado escribir. Hay una mayoría que prefiere Hamlet; otros, muchos también, optan por Esperando a Godot; otros eligen El enemigo del pueblo; algunos El tranvía llamado deseo; más de uno Las brujas de Salem; no pocos Largo viaje del día hacía la noche; los melancólicos La gaviota o El tío Vania; y no crean que se quedan afuera El inspector general, Fuenteovejuna, Yerma, Santa Juana, Las troyanas, Galileo, Tartufo o La importancia de llamarse Ernesto. A mí me hubiera gustado escribir Filumena Marturano.


¿Por qué? Porque es esencialmente popular y nadie en su sano juicio no la tildaría de arte puro. Las obras de teatro son putas. Algunas son amadas. Otras, respetadas. Pero entre las mejores están las que son a la vez amadas y respetadas. De tan putas, claro. (Esta idea de la putez, por desgracia, no es mía. Tito Cossa, entre otros, la han usado).


Tiene uno de los personajes femeninos mejor redondeados. Cualquiera en su situación se sentaría a llorar en un rincón. Se flagelaría o maldeciría su suerte. Ella no, toma el rencor en sus manos y pergeña un plan creativo, recuperará a su hombre, que no será un dechado de virtudes, pero no es malo y es suyo, y de paso construirá una familia. Algo nada fácil en tiempos en que la única familia posible era la reglada por el estado y santificada por la iglesia, con casamiento de blanco, por las virginidades que eso implica y con los correspondientes bautismos ante cada nacimiento.


La obra arranca bien arriba, como le gustaba a Shakespeare (en realidad lo obligaba el público que estaba más para atender sus cosas que una obra). No doy detalles para no arruinarles las sorpresas a los que tienen el placer de no conocerla (envidio siempre a los que todavía no han leído Cien años de soledad, Boquitas Pintadas, que no han visto Mi bella dama o Breaking bad, porque tienen la posibilidad de maravillarse al descubrirlas, a mí me queda solo amarlas, el descubrimiento ya fue hecho). Y cuando el pobre Doménico quiera salir de la trampa en la que ha caído, ella esgrimirá un secreto que lo dejará de una pieza. Encima el secreto implica un enigma, que le desatará una curiosidad insaciable, que ella manejará diamantina, inexorablemente. Se llega entonces a un final que conmociona al más pintado y ratifica una idea que la obra venía piloteando desde un principio: que la vida se preserva mejor a sí misma a través del amor (para perdurar puede usar la violencia y el horror pero por suerte elige también el amor) e introduce otra que uno se lleva de recuerdo a la salida: que las lágrimas no son privativas de la angustia. Algo que uno experimenta  en carne propia en ese momento, porque el que no anda moqueando, las oculta como puede.
Para cine o televisión ya fue filmada 9 veces, una argentina (195), tres italianas (1951, 1964 y 2010), dos alemanas (1960 y 1967), una francesa (1970), una portuguesa (1994) y una yugoslava, de cuando todavía existía Yugoslavia, claro (1996). La variedad de nacionalidades da cuenta de su popularidad mundial. Desde que nació, allá por 1946, se dio en cuanto país tuviera un teatro.


A nosotros, por cercanía, de estas versiones registradas nos interesan las dos primeras y la de 1964. Por esas cosas del destino no solo fue uno de los más grandes éxitos de la carrera de Tita Merello, sino que tuvo el honor de ser la primera de llevarla a la pantalla, allá por 1950. Su Doménico era el gran Guillermo Battaglia; y puesta teatral y película fueron dirigidas por Luis Mottura. Recién al año siguiente, 1951, su autor, el inmenso Eduardo De Filippo la llevo al cine con su hermana Titina De Filippo como Filumena y con él, como Doménico. Y en el año 1964, el genial Vittorio De Sica con el título de Matrimonio all’italiana haría la versión cinematográfica por excelencia (según leí, las demás versiones (vi solo la de Tita y la Titina, aparte de la de De Sica, claro) son registros más o menos fieles de la obra teatral). Por supuesto a la película de De Sica no la hace menos extraordinaria, entrañable e inolvidable que los protagonistas fueran Sophia Loren y Marcello Mastroianni.


Con lo que por aquí amamos el teatro, se hizo pocas veces. Durante años y años tuvo dueña: Tita Merello. En el fondo nadie se le animaba por temor a la comparación. En 1980, gracias al éxito de 1977 de la versión dirigida en Londres por Franco Zeffirelli con Joan Plowright y Colin Blakely en los protagónicos, llegó nuevamente a un teatro porteño con Cipe Lincovsky y Alberto de Mendoza, quien por esas caprichos de la vida fuera uno de los hijos en la versión de Tita Merello. Tita todavía vivía y Osvaldo Pacheco medió sin éxito para que recibiera a Cipe y le contara secretos del personaje y aunque nunca lo reconoció, como el Teatro del Globo le quedaba cerca de dónde vivía, una noche entró y la vio. A la salida le dijo al control que la dejó pasar: “No será la Merello, pero vale”. Cuando se enteró, Cipe sintió como si se hubiera ganado un Óscar. Graciela Dufau la leyó una vez a beneficio de la casa del teatro, pero por lo que fuera nunca la hizo como Dios manda. En el 2006 la hicieron Hugo Arana y Betiana Blum, luego reemplazada por Virginia Lago. Norma Pons que la tenía entre ceja y ceja no pudo al final hacerla y se la legó en una cena a  Moria Casán. Habrá que ver si alguna vez la encara o si la deja en anécdota.


Hoy llega de la mano de Claudia Lapacó y Antonio Grimau. Claudia, grande entre las grandes, tiene ya un currículo que envidiaría hasta la divina Sarah. Iluminó algunos de los personajes más complejos del teatro universal. Me regaló tantas noches inolvidables que no sé por dónde empezar. Entre las que rápido me dicta la memoria, me vienen Los monstruos sagrados de Cocteau, La profesión de la Señora Warren de Bernard Shaw, Viaje de un largo día hacia la noche de O’Neill, Lo que vio el mayordomo de Orton y entre las dirigidas por China Zorrilla, me quedo con La pulga en la oreja de Feydeau y Salven al cómico de Marcelo Ramos. Ah, la amé casi tanto como el personaje de Alfredo Alcón en Filosofía de vida de Juan Villoro, obra por la que su primer exmarido, Rodolfo Bebán, abandonó el ostracismo.


Todo pinta bien en esta versión, elenco, dirección (nada más ni nada menos que Helena Tritek), escenografía y luces de nuestro ganador del Óscar, Eugenio Zanetti. Comprobaremos que tal fue cuando la veamos.  En mi pequeña historia personal, jamás olvidaré que fue la espera de este estreno lo que me ayudó a soportar el primer mes del avasallamiento macrista. Al menos por eso, mis eternas gracias.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Solo 80


El paso del tiempo te quita muchas cosas, pero te da también algunas ventajas, amplía tu horizonte, profundiza tu perspectiva. Yo, por ejemplo, puedo decir con orgullo que vi todas, o casi todas, las películas con Sophia Loren, incluso las de su período inicial en Italia en algún ciclo perdido de la cinemateca o del instituto de cultura italiana. Está bien, no es un logro que pueda incluir en el currículum, pero engrandece mi pequeña historia individual, colorea mi pie de página. En clases con jóvenes, más como broma interna que otra cosa, suelo mencionar ejemplos con Sophia. Casi siempre me preguntan con extrañeza ¿Y esa quién es? Entonces digo alguna estupidez del tipo: Era la Angelina Jolie de su época. Símil desproporcionado si los hay. Porque, seamos francos, Angelina es una divina, pero en comparación, pierde por goleada.

Cuando empecé a ver cine, a edad tempranísima, Sophia era una estrella instalada, consolidada, y, ahora, a propósito de su cumpleaños número 80, entre escuelas, me puse a pensar ¿cuál fue la primera película con Sophia que vi? Después de mucha introspección, concluí que o La caída del imperio romano o La condesa de Hong Kong. O sea la Sophia más bella y deslumbrante de todas. Siempre fue bella, pero cerca, durante y después de La condesa de Hong Kong fue bellísima. Las estrellas sufren transformaciones, algunas quirúrgicas, y otras, menos cruentas, de maquillaje y peluquería. Algún artista de estas dos últimas disciplinas (que muere en el anonimato) descubre en algún momento que si las depilan así, si les delinean los ojos asá, si amplían o achican la frente aquí u acullá, si acentúan u opacan los pómulos con tal o cual base, si les cortan el pelo en este estilo o se lo levantan según aquel otro, la natural belleza de la estrella se realza. Y con Sophia por aquel momento, alguien descubrió el cómo y ella lo mantuvo hasta ahora. 

Esta vez no recurriré a los datos duros para hablar de su carrera sino que me remitiré a mi memoria afectiva. Si de niño que todavía tomaba la leche a la salida de la escuela (más bien mate cocido con leche porque estaba en Catamarca) la descubrí en La condesa de Hong Kong, es comprensible que después me perturbara los sueños, porque acariciada por resbaladizo  raso o ladina seda blanca, cubriéndose de repente las desnudeces con sábanas blancas o toallas rosadas, la señora era una experiencia arrebatadoramente erótica, y me quedo corto. 

Desde entonces, si ella está, la película no es mala (o sí), pero nunca, ni en el peor de los jamases es aburrida, porque me entretengo concentrándome en ella, mirándola adorándola, memorizándola, guardándomela para los momentos crudos, los duelos, los insomnios, el desamor, la ingratitud, la soledad y el fracaso. Si se la evoca, no hay hora oscura que no se ilumine un poco. 

Como todo cinéfilo con  pretensiones, tengo mi Sophias favoritas, como la de Una giornata particolare, la de Los girasoles de Rusia, la de Lady L, la de Ayer, hoy y mañana con ese inolvidable strip-tease para Marcello (Mastroianni, of course), que repetiría 31 años después, igualmente espléndida en Pret-a-porter para otro Marcello, siempre atractivo pero ya no tan espléndido, la de Matrimonio a la italiana, sobre la bellísima Filumena Marturano del gran Eduardo De Filippo, (Madonna santa), el vestidito negro de tul que se pone cuando hace de prostituta cura hasta el mal de ojo, la de Amor, muerte, tarantela y vino, la de Mortadela, la de Arabesque y (Dios la bendiga y le dé salú), la de la piel lustrosa de sudor de El hombre de la Mancha y la de (Ave María purísima) Y vivieron felices

Y a los 80 sigue en actividad, en el Cannes de este año, presentó La voz humana, un medio metraje de 25 minutos, dirigido por su hijo Edoardo  Ponti, sobre el monólogo de Jean Cocteau, hablado esta vez en dialecto napolitano y ambientado en 1950. (¡Qué manía la de las actrices por este monodrama telefónico en las que el amante las deja para casarse con otra! ¡No me explico cómo mujeres hechas y derechas, que podrían tener los hombres que quisieran y sacárselos de encima como quien escupe el carozo de la aceituna, gustan de identificarse y sufrir con la última conversación con un fulano que las termina de patear… por teléfono! Misterios del alma femenina).

Seguiré mencionando a Sophia en las clases, más que nada porque es parte de mi vida, de lo que soy, y cuando los alumnos me pregunten ¿Y ésa quién es?, sentiré pena por ellos y pensaré que el tiempo me quitó muchas cosas, pero me dio a la Loren. Un consuelo vano, dirá usted de entrada, pero si la conoce y si se le ha aparecido también en sueños, rotunda, sensual, deslumbrante, con esa pícara e invitadora mirada napolitana, convendrá conmigo en que después de todo, si se lo considera bien, el consuelo no sea en vano para nada y que solo por estupidez semántica parezca serlo.