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jueves, 4 de junio de 2020

Matiné 04 - El Señor Feudal

Se suponía que era de acción, por eso el Cine Belgrano la programaba seguido. Y sí, acción tenía, pero también era de amor y esa fue la parte que me impresionó.


Tendría, no sé, once años, ponele. Y ya me habían explicado la mecánica del sexo, lo de la tuerca y el tornillo, así que ya podía deducir lo que pasaba en el fundido a negro después de un beso, o en el paso sospechoso a otra escena.


Hoy la idea me perturba tanto como el papel que envuelven los caramelos, pero entonces, a esa edad tan sedienta y vulnerable, esta posibilidad me obsesionó y ocupó la cabeza en la almohada y el sueño que le sigue.


La cosa venía así. En el siglo XI el caballero Chrysagon de la Croix (Charlton Heston) es enviado por el Duque de Gante a defender una torre rodeada de pantanos y marismas del ataque de los frisones en la costa normanda.



Lo acompañan su conflictivo y resentido hermano, Draco (Guy Stockwell) y su fiel escudero Bors (Richard Boone). A poco de llegar, Chrysagon se topa con Bronwyn (Rosamary Forsyth) una hermosa lugareña de la que queda prendado. La chica está comprometida para casarse con Marc (James Farentino) hijo del jefe del pueblo, Odins (Niall MacGinnis).


Hay que aclarar que a pesar de que hay un cura (Maurice Evans), los aldeanos no han perdido del todo las costumbres y las creencias druidas.


Y Chrysagon, aunque podría tomar por la fuerza a Bronwyn y nadie le diría nada porque eran tiempos bárbaros, decide no hacerlo porque está enamorado y le gustaría que ella se entregara de motus propio. Se ve que el hombre no tiene mucha experiencia con las mujeres, ya que no se le ocurre seducirla, está todo el tiempo entre que si la viola o que ella se le entregue. 




Bronwyn lo quiere, pero no hasta mucho quería y respetaba a Marc. Entre tanta indecisión sentimental, atacan los frisones, y los normandos se quedan con el hijo del jefe frisón, pero no se enteran todavía de que el chico es príncipe.


Un día Odins le pide permiso a Chrysagon para realizar la boda de Bronwyn y Marc. Chrysagon se pone como loco, pero Draco se acuerda de algo que, según el cura, hacía el Señor anterior al que ellos reemplazaron, cumplir con el derecho de pernada, una cosa que le permitía al Señor Feudal desflorar a la novia que se casaría al día siguiente.


Según parece para el pueblo era un honor “mejorar” la sangre uniendo aunque solo sea por una noche a una representante humilde con la nobleza. Chrysagon decide hacer uso del privilegio como última opción de relacionarse con Bronwyn.


Ahora el que se pone como loco es Marc, pero el padre le dice que no puede hacer nada, que es la costumbre, que no es más que una noche.


Bronwyn va a la cama como si fuera al matadero, pero al ver el sufrimiento de Chrysagon y como ella también lo quiere, se deja conmover y se entrega. La pasan tan bien que cuando el alba llega, Chrysagon no quiere devolver a la novia y se arma el nudo de la película que se desata con combates, traiciones, heridas, muertes y desamores, pero eso no se cuenta, por si la ven algún día.




Lo que perturbó mis fantasías era lo del derecho de pernada. Que un señor probara antes la novia me desvelaba. A veces veía la cosa desde el punto de vista del novio y otras desde la visión del Señor Feudal. Y no me ponía en los zapatos de la novia, porque ya era muy complicado.


Especulaciones ociosas porque parece que el derecho de pernada nunca existió, que fue un mito, una fantasía alimentada a morbo. Lo que sí existió, más tarde al menos, fue la entrega de las hijas a los generales victoriosos. Los soldados o los lugareños cercanos a algún campo de batalla le llevaban sus hijas al jefe ilustre para que las inseminara, si tenían suerte la familia se ennoblecería con un descendiente de linaje mejorado. Así fue, por ejemplo, que Urquiza tuvo chiquicientos hijos.


La película es tirando a buena, la dirigió con ganas, Franklin J. Schaffner, que un par de años más tarde volvería a asociarse con Heston para hacer esa cosa mítica que fue El planeta de los simios (1968). 

Volviendo a El Señor Feudal (1965), al contrario de todas estas épicas de época que se filmaban en Italia o España (el combate final reproduce máquinas de guerra similares a las que se usaban en el Medioevo y nos da una idea acabada de cómo se combatía) esta se filmó en Los Ángeles. Schaffner cuenta que casi todos los días tenía que andar sacándose de encima un muchachito que se colaba en la filmación, un día se hartó y le dio permiso de asistir al rodaje, el chico bombardeaba a técnicos y actores con muchas preguntas pertinentes. El chico era Steven Spielberg. Detrás de todo hay una historia.

Gustavo Monteros

jueves, 19 de mayo de 2016

Mientras tanto en Cannes...

Por más agotador que parezca, alquien a quien no me canso de admirar y él no se cansa de regalarme horas inmejorables... el Sr. Steven Spielberg.

Desde que decidió que su carrera no fuera un templo de las obras sagradas de la cinematografia sino un patio de juegos en el que cabrían excelsitudes y bodrios, en los reportajes y las sesiones de fotos, Robert DeNiro pasó de ser un hombre hosco y parco a alguien casi tan simpático como Ricardo Darín. Aquí en Cannes junto a Usher y Edgar Ramírez en la presentación de Hands of stone, sobre la vida del boxeador Roberto "mano de piedra" Durán.
Julianne Moore parece que no le tiene miedo a la tradición de que los bífidos son mufa, bueno, los áspides y las cobras tienen mejor prensa, de allí que estas últimas engalanen este Givenchy. Yo, por las dudas, ya me toqué el izquierdo.
Marion Cotillard es lisa y llanamente perfecta. Actúa como los dioses, canta, es escultural y tiene cara de saber abrir la puerta para ir a jugar.
En Cannes, cuando uno los ve amucharse para una foto, se los percibe tiesos. Algo comprensible. Filmar es estar muy juntos durante un tiempo que se pierde en el pasado. Reencontrarse meses después para un estreno es incómodo. La intimidad está perdida, aunque existió. Y encima está el hecho de tocarse en público entre personas que fueron educadas en el distanciamiento corporal, brecha que solo se cruza en el afecto y en el sexo. De ahí que ver el detrás de una foto es revelador. El director Jeff Nichols, la actriz Ruth Negga y el actor Joel Edgerton posan en la presentación de Loving.


miércoles, 1 de enero de 2014

San Spielberg



Steven Spielberg presidió en 2013 el Gran Jurado del Festival de Cannes integrado por Daniel Auteuil, Vidya Balan, Naomi Kawase, Ang Lee, Nicole Kidman, Cristian Mungiu, Lynne Ramsay y Christoph Waltz. A medida que se exhibían las películas en competencia, algunos críticos del mundo se preguntaban cómo reaccionaría Spielberg ante el desfile de sexo duro, violencia sucia y crueldades casi inhumanas que ostentaban algunos de los films. Preguntas tontas si las hay, porque Steven dista mucho de ser el pacato integrante de una secta ultracatólica o recontrapurita, aunque en una primera lectura simplista el ideario colectivo lo asocie con el conservadurismo de la familia tradicional con niños encantadores. A poco que se analicen sus películas pronto se comprende que esto no es así ni remotamente, incluso si se toman las presumiblemente "blancas" como E.T. o Encuentros cercanos del tercer tipo. En la mejor tradición clásica del western, sus héroes (el sheriff de Tiburón o el detenido en el aeropuerto de La terminal, por ejemplo) son seres solitarios y desclasados que enfrentan desafíos que los exceden y que ponen en jaque el orden establecido. Políticamente puede que no siempre estemos de acuerdo con él, no deja de ser el emergente de una sociedad soberbia que nos es ajena, aunque si de sexo, violencia o crueldad se trata, no le esquivó nunca al bulto. Por herencia religiosa o social no se regodeó en el sexo, pero sus personajes lo practican y disfrutan. Ya sea por el mandato puritano que resiente el sexo y acepta la violencia en el cine, en despanzurramientos varios sí se regodeó, no olvidemos que fue el primero en utilizar las nuevas tecnologías para acercar los horrores de la guerra en Salvando al soldado Ryan. Y si de crueldades casi inhumanas se trata, sus películas están llenas, y por más que caiga en una obviedad en el ejemplo por tratarse de un animal, su Caballo de guerra las padece en catarata.

La cuestión es que a medida que se acercaba el desenlace del festival, los mismos críticos se aprestaban a discutir sus decisiones. Se quedaron con las ganas. La premiación, según los que vieron todas las películas, fue justa y equilibrada. La palma de oro fue para La vida de Adèle, y como película que gana el premio mayor no puede aspirar a otros, como el de Mejor Director o Mejor Actriz por ejemplo, sugirió que el premio fuera compartido entre el director y las actrices. A algún desmemoriado le llamó la atención que no se inmutara por la vehemente historia de amor entre dos mujeres. Claro, el pobre tipo que opinó esto se había olvidado que Spielberg dirigió El color púrpura. Llamó también la atención que le diera el premio a la mejor dirección al mexicano Amat Escalante por la supuestamente “dura” y “sucia” Heli. Claro, el mundo creativo de Spielberg no es el de Scorsese, lo que no impide que el hombre entienda de que van las mafias y las drogas, tampoco es estúpido, qué joder. Y cuando digo que él decidió o entregó tal o cual premio, lo personalizo a propósito, porque como dijo uno de los integrantes del jurado, “si Spielberg te explica su parecer, andá a discutírselo…”

Trascribo a continuación la lista completa de la premiación:

Palma de Oro – La vie d'Adèle, de Abdellatif Kechiche; Palma de Oro Honoraria – Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, por La vie d'Adèle

Grand Prix – Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen

Premio a la Mejor Dirección – Amat Escalante, por Heli

Premio al Mejor Guion – Jia Zhangke, por Tian zhu ding (Un toque de pecado)

Premio a la Interpretación Femenina – Bérénice Bejo, por Le passé

Premio a la Interpretación Masculina – Bruce Dern, por Nebraska
Premio del Jurado – Soshite chichi ni naru (De tal palo, tal astilla), de Hirokazu Koreeda