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viernes, 21 de abril de 2017

Apostillas a esta contemporaneidad

Tengo una tristeza poblada de injusticias. Ya son indisimulables los devastadores efectos de la crisis. ¿Qué necesidad había de entrar en este caos? La política es algo objetivo. Quienes ostentan el poder toman medidas que te favorecen o te perjudican, según el rincón en que estés. Y depende de vos defender tu espacio y tus necesidades. La derecha siempre va a buscar que confundás políticos con política. Los grandes medios demonizarán a sus enemigos y sacralizarán a quienes les conviene encumbrar para sacarles prebendas y beneficios. Y como son hegemónicos, lograron que mucha gente votara en contra de sus necesidades e intereses. Lo peor es que como los equivocados pusieron emociones en juego, a pesar de sufrir las consecuencias, siguen defendiendo las manos que sostienen el látigo. Desmoraliza ver que muchos no sepan a qué ámbito pertenecen y crean todavía lo que los grandes medios que los hicieron equivocarse les dicen. Siguen sin entender que nunca los representarán. Nunca.
 Cuando llegó a vivir a casa, Perrito ya tenía la pata delantera derecha resentida y a veces no la apoyaba cuando se movía. Una de sus ocupaciones favoritas es subir y bajar de las sillas que tienen almohadones. En febrero al bajarse de una de ellas se resintió la pata trasera izquierda. Solo le dolía cuando la apoyaba, de modo que comenzó a deambular sin pisar con ella. Todo un espectáculo, medio lamentable  a decir verdad. Se movía usando dos patas, en falsa escuadra, muy en corte de los milagros. De sus cuatro paseos diarios se quedó con solo el higiénico, que ya no era kilométrico y que se limitó a ir a la esquina. Se deprimió e hizo cucha bajo el mueble de la cocina. Pensé que había empezado el ostracismo perruno que precede al abandono de la vida. De a poco  fue acostumbrándose a sus limitaciones y descubrió que, como se lo observa con atención, no tenía por qué abandonar sus hábitos y gustos. Supo que le bastaba con pararse al lado de una silla y mirarla, para que unas manos lo subieran. Y que para bajar le bastaba con quejarse o ladrar bajito. Y que podía seguir encarando sus viejos paseos largos, que cuando se cansara, solo con dar a entender que ya no quería seguir, una manos lo levantarían y concluiría el paseo en brazos. Y ya no se escondió en la cucha de la cocina, volvió por sus fueros y ahora disfruta de una vejez producida, que no por asistida, deja de ser menos disfrutable que los años mozos. En el fondo, él piensa no que el perro es el mejor amigo del hombre, sino que el hombre es el mejor amigo de Perrito. Hace bien, la vida le da la razón. Tampoco se descuida, estimula por todos los medios a su alcance la ternura, no sea cosa que la suerte lo abandone.
 La ficción puede salvar tu vida. O si no embellecerla y mejorarla. Netflix y sus múltiples series y películas hacen que la tristeza sea menos desoladora. Ante un gobierno que no cumple con la ley, hay que sacar fuerzas de donde sea para resistirlo. Ellos juegan a agotarnos, a desalentarnos, a que nos hundamos en la impotencia. Ni ahí. Si el insomnio nos desvela, mejor poblarlo con las historias que Netflix tenga para ofrecernos, que dejarnos ganar por las preocupaciones. 

Gustavo Monteros

viernes, 25 de abril de 2014

Ben-Hur es como los laureles... eterno




Durante semana santa decido estar disponible para hacer traducciones. Me arrepiento de inmediato. Me toca el detrás de escena de una nueva serie cómica australiana que se usará como tráiler. Los gags visuales son malos y el humor verbal es localista. El trabajo no consiste en traducir literalmente lo que oímos y vemos sino allanarlo para que sea universal, sin cambiar demasiado los tópicos sobre los que se basan los chistes. No sé, es como intentar traducir el humor de Sin codificar para que sea entendido en Islandia. Un auténtico trabajo de esclavo, encima contrarreloj. Y por la misma paga miserable de siempre. Me siento como un torpe al que le encargaron un trabajo de orfebre para que lo haga a la velocidad del rayo. Son 500 subtítulos, que en tiempo subjetivo equivalen a 5.000.000. El trabajo de investigación en sí consume el período otorgado para entregarlos. Porque primero es necesario saber de qué se supone que se ríen para poder verterlo a algo legible. Odio cada segundo que le dedico. Quedo de mal humor y con dolor de cabeza. Encima me comunican que el trabajo que haré a continuación no llegará a término, que hay una probable demora de unas doce horas y que con pesar en el alma, no nos podrán modificar la fecha de entrega. Lo que significa que tendré que trabajar toda la noche. Intento dormir una siesta, pero no me sale. Mantengo a raya mis problemas de insomnio con la vieja cura de la regularidad de los horarios. Y no puedo cambiarla a voluntad. O sea que volveré a dormir dentro de un día y medio, porque si después de entregar el trabajo que me tomó toda la noche, me acuesto en medio del día, no volveré a dormir quien sabe cuándo otra vez. El silencio de mis vecinos me indica que disfrutan de su tiempo libre. Muto la autocompasión por el odio, y repito la frase de Nerón: Ojalá la humanidad tuviera una sola cabeza… para poder cortársela. Envidio a Perrito con todo mi ser, porque le basta con apoyar la cabeza para ponerse a roncar. Es más, ahora me mira molesto, como si dijera: ¿por qué volver a la computadora en vez de estar así, mullidos en la cama?


En un foro del que soy miembro piden que suban películas “de semana santa”, como Los diez mandamientos, Ben-Hur o La más grande historia jamás contada. Alguien, en respuesta, subió Ben-Hur. La bajo y me pongo a verla. La copia es excelente y me llevo una gran sorpresa. No solo no ha envejecido sino que es mejor y más atrapante que cualquier tanque pochoclero semanal. Y miren que me la sé de memoria, casi. Si anda por el cable, véanla otra vez. No perderán tres horas, las ganarán. No hay nada qué hacerle. Las historias bien contadas son eternas. Y curan el mal de amores, las desgracias laborales y hasta el más acérrimo de los malos humores.

viernes, 19 de julio de 2013

Lecciones de zoología



Hago muchas cosas, más de las que quisiera, menos de las que no puedo evitar. Ya no me cuestiono, las cosas son como son y a contar las bendiciones, ya es inútil de tan tarde perderse en reproches adolescentes. Claro, una de mis actividades es la docencia, que al menos en cuanto a fechas es predecible. En algún momento de julio o quizá de agosto, hay vacaciones, que al menos en mi caso, llegan después de un pico de stress: el cierre de los cuatrimestres en las escuelas de adultos. Cuando se hacen varias cosas y una registra un pico de stress, las demás se resienten y el cuerpo entra a reclamar. Reclamos que adquieren forma de gastritis, cambios súbitos de humor y otras menos elegantes que para qué mencionar. Por suerte, mi pico de stress docente cuatrimestral se compensa casi de inmediato con la llegada de las ansiadas vacaciones, que me provocan, no se rían, una especie de jet-lag. Cosas que pasan si se frena de golpe. Los primeros días son de angustia (si se ríen, serán castigados). El cuerpo tiene memoria y si los lunes está acostumbrado a un ritmo de 40 escuelas, el primer lunes que no hay que ir a esas cuarenta escuelas, te pregunta el por qué de esa desaceleración repentina. Y el muy idiota cuando por fin se acostumbra al dolce far niente, tiene que adaptarse al vértigo otra vez, de modo que es poco lo que disfruta. Tendría que aprender de Perrito, al que todo le chupa un hueso. Durante el trajín lectivo, exige que lo saque, aunque sea brevemente,  antes y después de cada escuela. El muy pillo se aviva rápido de que permaneceré en casa junto a él más tiempo y se despreocupa de las exigencias de las salidas. Es como si necesitara salir menos veces, porque al tenerme con él más tiempo, no le hace falta que le compense mi ausencia con salidas. Hoy, primer miércoles de las vacaciones se tomó su tiempo para el paseo matinal. Normalmente espera que tome mi café y vaya al baño. Cuando salgo, me está esperando para demandarme que cumpla con mis obligaciones y por las dudas me haya atacado la desmemoria, me mira a mí y después a la correa para que no haya confusión posible. Hoy, no. Salí del baño y siguió durmiendo lo más pancho. A eso de las 11, comencé a preguntarme si no estaría enfermo. No lo parecía porque estaba en uno de sus mullidos sitiales de descanso y no en su rincón de estoy-enfermo-no-me-jodan. Recién a la una y media, se desperezó, estiró sus músculos y se apoyó en mi muslo con cara de soy-adorable-y-merezco-una-salida. No le tomó ni dos días adaptarse a las vacaciones, algo que a mí me toma entre una semana y diez días. Insisto: tengo que aprender de Perrito.

viernes, 15 de marzo de 2013

Desayuno y dudas


¿Es Ewan McGregor con un perrito que se parece a Perrito?

¿O somos Perrito y yo tomados por un buen fotógrafo?

¡No, es Ewan McGregor con otro perrito! (Y yo tengo que dejar la grappa en ayunas...)

viernes, 11 de enero de 2013

Paréntesis


La primera foto corresponde a una siesta de enero de 2012. En el living, sobre un colchón inflable, bajo el ventilador de techo, Perrito duerme y yo me memorizo la letra de un espectáculo que al final no hice (Como diría la poetisa Britney: Oops, I did it again!) 

La segunda foto es el último día del 2012, el inefable Perrito y su protector humano van camino de ver los muñecos de fin de año. 

En el medio, incontables clases, un sinnúmero de traducciones, o sea mucho, mucho trabajo; algo de diversión también, pero más trabajo que diversión. En el caso de Perrito, la ecuación es inversa, más diversión que trabajo. Qué se le va a hacer, vida de pobre, que le dicen. Vida de perro, que le dicen.

martes, 12 de junio de 2012

Hogar


A Perrito le gusta pasear, tanto que pasea 4 veces diarias. Sí, ya sé, los perros normales pasean un rato una vez por día, pero como entro y salgo 40 veces y cada vez que vuelvo me hace aspavientos como si se hubiera muerto de angustia mientras esperaba que volviera (puro teatro, no bien salgo, se hace un ovillo y duerme, lo sé, me lo contaron y hasta lo filmé), bueno, la cuestión es que como su alegría es legítima, más allá de la sobreactuación, liga como 4 salidas.

Y le gusta volver a casa tanto como le gusta salir. Cuando decide regresar, emprende el camino con alegría, recorre el pasillo con felicidad y traspone el umbral en una pata. Pero no se tranquiliza hasta que lo saludo, aunque sea yo mismo el que lo haya paseado.

Él sabe que éste es su lugar en el mundo, donde come, duerme, hace sus módicas gracias y se lo cuida, pero no halla verdadero sosiego hasta que no se le ratifica que es bienvenido.

Supongo que como siempre debo sacar una conclusión, pero ¿para qué martillar sobre lo obvio?
Fue otro capítulo de Zen al paso.

jueves, 26 de abril de 2012

Maestro peludo


Perrito, como todos los perros, tiene inteligencia limitada. Pero no por eso es menos sabio.

Después de dormir, siempre se despereza.

Antes de salir, hace siempre estiramientos y elongaciones.

Huele siempre la comida antes de abalanzarse sobre ella.

Cuando no estoy, se hace un bollo y duerme la tristeza de mi ausencia.

Pide caricias siempre que las necesita.

Cuando necesita estar solo, se pone bajo la silla del rincón, que ha elegido como su cueva inaccesible.

Cuando se aburre, me observa para ver si puede sacar una conclusión o alguna ventaja.

Cuando hay sol, al menos una vez por día se deja bañar por él.

Un par de veces por día, se tira sobre su lomo patas arriba (en lo que yo llamo “the balls ventilation”) pone su mente en blanco y disfruta de estar vivo.

¿Quién lo hubiera dicho? Todo un maestro zen me salió Perrito.
Fue otro capítulo de Zen al paso

Ilustración: el perrito de Umberto D (Vittorio De Sica, 1952)

lunes, 2 de abril de 2012

Nada como una mascota

Duermo acá porque es la única cama que puedo armar a la que Perrito no intenta subir para quedarse con ella.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Estudio


Esta foto de Cornell Capa se llama Alec Guinness estudia sus líneas, Londres, 1952. En este momento, esta imagen me da mucha ternura porque da la casualidad de que aprovecho cada momento libre para estudiar las líneas de mi próximo espectáculo. En mi caso, el escenario no es tan apacible y bucólico. Me recuesto y estudio, mientras miro el cielo raso y procuro que Perrito no se quede con la cama. (Perrito es un tramposo ambicioso y expansionista...)

sábado, 3 de marzo de 2012

Vicio

Tengo un Perrito y Uggie, el perrito de El artista, es la glorificación de los perritos. De ahí, creo, que no puedo dejar de postear fotos de Uggie.

sábado, 18 de febrero de 2012

Los peligros de pasear el perro



Domingo a la mañana. Es temprano. No me caí de la cama. Perrito me despertó instándome a que lo saque. Me mal peino, me pongo unas bermudas, me calzo las ojotas, le pongo el collar y la correa y salimos.

No estoy despierto del todo, no me importa, con un poco de suerte me volveré a dormir. No hay nadie en la calle. Perrito no hace sus necesidades de inmediato, necesita inspiración, olfatea pastos, persigue olores hasta que hace lo que tiene que hacer.

Procuro seguir en estado zombi, pero sin quererlo me acuerdo de lo que espera en el día: la traducción de mierda de un infocomercial y la actualización de los exámenes que tomaré en la semana.  Me pierdo en las lamentaciones de mi poca suerte y mi aciago destino, mientras Perrito se concentra en sabrá Dios qué aroma hay oculto en un trozo de pasto de la rambla.

De repente, un perro negro grandote tiene a Perrito agarrado del cuello y percibo que dos perros marrones están a mi espalda, al acecho. No sé si les ha pasado a ustedes, pero en las situaciones de peligro siento como si el tiempo se ralentizara, como si los hechos se desarrollaran en cámara lenta. Mi cerebro, lento por naturaleza, se toma siglos para reaccionar en un apuro.

De un recóndito rincón de mi cabeza surge algo aprendido en mi lejana infancia en Catamarca. No pateo las costillas del perro negro. No. Barro con mi pie y mi pierna sus patas traseras, siente que pierde equilibrio y suelta a Perrito. (Si querés que un perro suelte algo que tiene en la boca, levantale las patas traseras y lo soltará). Tiro de la correa, levanto a Perrito por el aire, Perrito ayuda pataleando y termina junto a mi costado izquierdo, sostenido con firmeza por mi brazo. El perro negro se dispone a atacar otra vez y esta vez casi liga la patada en las costillas, se hace a un lado justo a tiempo. Los perros a mi espalda ladran amenazantes. Desprendo la correa del collar y la uso como látigo hasta que los tres perros se van. Se reúnen con otros cuatro perros que esperaban en la vereda de enfrente. Son una jauría de siete perros de la calle que viven en la playa de estacionamiento de la remisería de la vuelta. Hasta ahora con Perrito nos mantuvimos a respetuosa distancia, es la primera vez que se meten con nosotros.

Pasado el primer susto, reacciono verbalmente y los insulto, mientras me alejo con Perrito en brazos. En la esquina me cercioro si Perrito está bien. Lo está. Ni un rasguño. La buena alimentación, el ejercicio diario y la tupida  pelambre ayudaron. Está tan fuerte como un toro, gracias a Dios. Pero está asustadísimo, como yo, tiembla, no como yo, que no tiemblo, pero casi. Perrito quiere volver, lo acaricio hasta que se tranquiliza y continuamos el paseo. Por suerte no elabora un trauma, se olvida y hace sus necesidades.

Moraleja: No te pierdas en quejas y lamentaciones, puedes no ver un peligro o un infortunio que se te viene encima y que puedes evitar o combatir.

Fue un nuevo capítulo de Zen al paso.
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