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viernes, 17 de enero de 2014

Un tal Bobby De Niro



Los que no lo quieren dice que pone cara cuatro, dice las líneas en tren sonámbulo y cuenta los billetes que gana por perfilar los personajes de taquito, sin transpirar y sin inspirarse. Los que lo queremos, al margen de perdonarle participar en unos cuantos bodrios, nos solazamos hasta con las migajas de su talento, porque si el hombre no es el mejor entre los mejores, anda cerca. Hablo de Robert De Niro, Bobby de ahora en adelante porque como nunca dejé de admirarlo me gané el derecho de tutearlo. Está bien, está bien, no es celoso con su carrera como Meryl Streep que elige proyectos que pintan bien en los papeles y que le plantean desafíos, pero Bobby incluso antes que ella extendió sus talentos en la comedia. Y aunque ha jugado con la parodia de un musical más de una vez (en Analízate y en Stardust, por ejemplo), debería quizá entrenarse y participar en un musical, en el fondo ganas no le faltan. Está bien, está bien ¿cuál fue la última gran actuación suya en una película irreprochable? Muchos trazan la línea en Casino de su compinche Martin Scorsese, antes de que lo cambiara por Leo Di Caprio. ¿1995? ¿Acaso estamos por cumplir 20 años desde su último gran papel? Ni tanto ni tan poco, que desde entonces su foja de servicios no está solo llena de bodrios, que hay unos cuantos títulos de interés, no sé si indiscutibles como su obra con Marty, pero respetables y atendibles. Descartemos desde ya la injusta leyenda de que no transpira ni se inspira. Leonardo Sbaraglia que fue compañero suyo en Luces rojas la desmiente. El hombre llega al set concentrado y con todos los deberes hechos como si estuviera en un Shakespeare y no en un thriller más, contó. Hay mucha evidencia al respecto, pero para qué insistir. Pero, ¿qué corno hizo en estos últimos años para merecer tanto debate?

Después de Casino, estuvo Fuego contra fuego (Heat) de Michael Mann, primera vez que compartió cartel con Al Pacino, buena película y buena actuación. En 1996, hizo El fanático (The fan) de Tony Scott en el que era un loquito que perseguía al pobre Wesley Snipes, no era una joya pero tampoco un bodrio. El mismo año, hizo el drama multiestelar Los hijos de la calle (Sleepers) de Barry Levinson, junto a Kevin Bacon, Jason Patric, Dustin Hoffman, Brad Pitt y Vittorio Gassman, inolvidable para muchos, no para mí, aunque no por eso desdeñable. También en el 96 se metió en Marvin’s room de Jerry Zaks, drama de enfermedades, que aquí se llamo Reencuentro y compartió cartel con Meryl (Streep, ¿hay otra Meryl?), Diane Keaton, Leo Di Caprio y en una de sus últimas apariciones la divina de Gwen Verdon. El 97 arrancó con Tierra de policías (Cop land) de James Mangold, interesante y logrado policial en el que también estaban Stallone, Ray Liotta y Harvey Keitel. Le siguió la punzante y divertidísima Mentiras que matan (Wag the dog) de Barry Levinson, otra vez con Dustin Hoffman y la delirante Anne Heche. Terminó el 97 con una nota alta, Triple traición (Jackie Brown) de Quentin Tarantino con Pam Grier, Samuel L Jackson, Bridget Fonda, Robert Forster, Michael Keaton y otros notables en el elenco. En el 98 estuvo en dos delicias, primero en Grandes esperanzas (Great expectations) de Alfonso Cuarón con Gwyneth Paltrow, Ethan Hawke y la inolvidable Anne Bancroft; después en Ronin de John Frankenheimer, con Jean Reno, Natascha McElhone, Sean Bean y otra gente de ese calibre. En el 99, hizo uno de sus films más populares: Analízame (Analyze this) de Harold Ramis junto a Billy Crystal y Lisa Kudrow. Después, como policía muy maltrecho, tomó clases de canto con la travesti que componía Philip Seymour Hoffman en Nadie es perfecto (Flawless) de Joel Schumacher, el show era de Seymour Hoffman, pero Bobby fue un segundo violín de primera. En el 2000 fue un cartoon más en Las aventuras de Rocky y Bullwinkle (The adventures of Rocky and Bullwinkle) de Des McAnuff, donde, como corresponde al género mezcla de animación y actores reales, se dio el gusto de sobreactuar a lo pavote junto a Rene Russo y Jason Alexander. Volvió al drama de superación en Hombres de honor (Men of honor) de George Tillman Jr, junto a Cuba Gooding Jr y Charlize Theron, un digno drama de llanto. Y llegó otra de sus películas popularísimas: La familia de mi novia (Meet the parents) de Jay Roach, junto al gran Ben Stiller. El 2001 se abrió muy pero muy bien con la insoslayable 15 minutos (15 minutes) de John Herzfeld junto al inquieto Edward Burns. Y lo cerró más que bien con Cuenta final (The score) de Frank Oz junto a Edward Norton y en la que terminó dirigiendo a su compañero de elenco el difícil Marlon Brando, cuando en mitad de la filmación no quiso saber nada más de Frank Oz. El 2002 comenzó con la comercial aunque muy atendible Showtime junto a Eddie Murphy, Rene Russo, y que pasará a la historia por la escena en que el para nada negado William Shatner (sindicado sin embargo un actor medio de madera más que nada por las deliciosas falencias técnicas del primer Viaje a las estrellas) dirige a Bobby y le dice ¡que no sabe actuar! Le siguió el buen e intenso policial Herencia de sangre (City by the sea) de Michael Caton Jones, donde compartió reparto con la gran Frances McDormand y el por entonces incipiente James Franco. Terminó el año con Analízate (Analyze, that),  de Harold Ramis, secuela de Analízame otra vez con Billy Crystal, of course. Descansa en el 2003, pero hace cuatro films en el 2004. Arranca con una de terror, de género y de resultado, El enviado (Godsend) de Nick Hamm, junto a Greg Kinnear y Rebecca Roymir. Después, con Will Smith, Renée Zellweger, Angelina Jolie, Joe Black y Martin Scorsese, le pusieron voz a la deliciosa (y me quedo corto) película animada El espanta tiburones (Shark tale). Siguió la secuela de La familia de mi novia, Los Fockers, la familia de mi esposo (Meet the Fockers) de Jay Roach, siempre con Ben Stiller, Blythe Danner y esta vez con papelones a cargo de Dustin Hoffman y Barbra Streisand. Y terminó el año con un bodrio, bodrio, bodrio insuperable El puente de San Luis Rey (The bridge of San Luis Rey) de Mary McGuckian en el que también daban pena F Murray Abranham, Kathy Bates, Harvey Keitel, Gabriel Byrne y Geraldine Chaplin, entre otros desafortunados. En el 2005 soportó a una insufrible y gritona Dakota Fanning en una de terror (para el espectador) Mente siniestra (Hide and seek) de John Polson. En el 2006 junto a Madonna, David Bowie, Harvey Keitel, Mia Farrow y otros desconocidos de siempre le dieron voz a Arthur y los minimoys, film de animación de Luc Besson. E incursionó por segunda vez en la dirección con el más que buen film El buen pastor (The good shepherd), saludado discretamente en el estreno (no sea cosa que encima sea buen director) y que un buen día será redescubierto y dejará a más de uno boquiabierto; drama de espías con Matt Damon y Angelina Jolie frente a un larguísimo elenco en el que Bobby se reservó un papelito. En el 2007 participó de la no tan lograda superproducción Stardust, el misterio de la estrella de Mathew Vaughn junto a las divinas Claire Dane y Michelle Pfeiffer. En el 2008 llegó Malos muchachos (What just happened) de Barry Levinson, drama sarcástico ambientado en Hollywood junto a Bruce Willis, Sean Penn, Catherine Keener, John Turturro, Robin Wright, Stanley Tucci y siguen las firmas. Luego volvió a juntarse con Al Pacino para la no tan lograda Las dos caras de la ley (Righteous kill) de Jon Avnet. En el 2009 fue un padre en busca de entenderse con sus hijos en Están todos bien (Everybody’s fine) de Kirk Jones en la que actuó con Sam Rockwell, Drew Barrymore, la bella Kate Becksinsale, remake del film de Tornatore con Marcello Mastroianni; el resultado empalidecía ante el original, pero Bobby estaba a la altura de Marcello. En el 2010 llegaron, la delirante Machete de Robert Rodríguez y Ethan Maniquis, donde era el no menos delirante villano; una nueva asociación con Edward Norton el interesante y denso drama La revelación (Stone) de John Curran, junto a la siempre interesantes Milla Jovovich y la talentosa Frances Conroy. Y otra secuela de los Fockers, Los pequeños Fockers (Little Fockers) de Paul Weitz, explotación comercial, comercial, comercial. En el 2011 participó de cuatro películas; primero fue a Italia para Las edades del amor (Manual d’am3re), film en episodios dirigido por Giovanni Veronesi; después acompañó a Bradley Cooper en la atrapante Sin límites (Limitless) de Neil Burger; fue a Inglaterra para Asesinos de elite (Killer elite) de Gary McKendry en la que compartió elenco con Jason Stathan y Clive Owen, acción a raudales nada vergonzante; y como muchas otras estrellas participó de la súper comercial Año nuevo (New Year’s Eve) de Garry Marshall, sin palabras. Y en el 2012 estuvo en cinco películas cinco. Primero en Luces rojas (Red lights) de Rodrigo Cortés, thriller no del todo logrado pero tampoco bodrioso, en el que estaban también Leonardo Sbaraglia, Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Joely Richardson, entre otros; después llegó la muy atendible Being Flynn de Paul Weitz junto a Paul Dano y Julianne Moore, film intenso y sensible para el que volvió a ser un taxista; luego con el rapero 50 cents y Forest Witaker hizo Freelancers de Jessy Terrero, en silencio tendemos un manto de piedad y la olvidamos por nuestro bien; y por último, otra vez con Bradley Cooper participaría de El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook) de David O Russell, que le valdría el regreso a las nominaciones para el Óscar, esta vez como Mejor Actor de Reparto. Abriría el 2013 con El gran casamiento (The big wedding) de Justin Zackham o como pifiarla a lo grande con un elenco maravilloso de luminarias tales como Susan Sarandon, Diane Keaton, Katherine Heigl, Amanda Seyfried, Robin Williams, etc. Haría después con Luc Besson, Familia peligrosa (The family), de la que me ocupo en el otro blog. Luego participaría en la Temporada de caza (Killing season) de Mark Steven Johnson, junto a John Travolta ¿por qué, por qué, qué mal les hicimos, en qué nos equivocamos?, si siempre tuvimos nuestro corazoncito para Bobby y John… en fin. Se juntaría con Michael Douglas, Kevin Kline y el maravilloso Morgan Freeman para un Último viaje a Las Vegas (Last Vegas) de Jon Turteltaub, que todavía no vi. Y haría un cameo para chuparse los dedos en la imperdible (se estrena pronto) Escándalo americano (American hustle), de David O Russell, otra vez con Bradley Cooper, más Christian Bale, la inmensa Amy Adams, la premiada Jennifer Lawrence, etc. Hizo también Ajuste de cuentas (Grudge match) de Peter Segal, próxima a estrenarse también, en la que vuelve a subirse a un ring, esta vez con Stallone.

Mientras escribo esto, suena el teléfono, es un viejo amigo, me pregunta qué hago y le cuento, me escucha atentamente y me dice: Mirá, debatir al Bobby a esta altura del partido, perdón, es una pelotudez; si alguien se ganó el derecho de hacer lo que se le canta, cuanto se le canta, por lo que se le canta, es el Bobby De Niro, sea porque la mujer no lo aguanta en la casa, sea porque tener un bebé lo agota, sea porque quiere acrecentar la herencia o patrocinar su festival de cine Tribeca o porque no quiere manejar su carrera como algo sagrado o por lo que sea, que haga lo que quiera, es su vida. Y si les agarra la nostalgia de los momentos en que les hacía caer la baba de admiración, pongan un DVD con los filmes de Marty, de Sergio Leone o del que sea su favorito y no jodan.

Le discutí con argumentos que creí sólidos y eran en realidad endebles y cuando corté convine que sus palabras no eran una mala conclusión. Espero que hayan disfrutado el repaso de su currículum desde el 95.

viernes, 25 de enero de 2013

Un guiño a De Niro


Robert De Niro ha vuelto a las nominaciones para las premiaciones, incluso es candidato al Óscar como mejor actor de reparto, lo que me alegra. Mucho. Por él, pero también por mí. Porque significa que ha vuelto a cometer otra tropelía excepcional. 

Que De Niro es uno de los mejores actores de la historia de la humanidad ya no hay quien lo discuta. Su actuación promedio es alta para cualquiera. Se dice que un actor podría vender el alma al diablo para lograr una actuación promedio de De Niro, así que, insisto, si vuelve a ser propuesto para premios es porque ha vuelto a superarse a sí mismo. La película (El lado bueno de las cosas / Silver linings playbook) se estrenará la semana que viene, pero yo ya la vi y doy fe que es así. 

En un momento, De Niro debe ver una pareja en un concurso de baile y la pareja hace varios ritmos y termina haciendo Río de luna. Y ahí está el guiño. Río de luna es el tema de Muñequita de lujo (Breakafast at Tiffany’s, Blake Edwards, 1961) “casualmente” la o una de las películas favoritas de De Niro. 

Love you, Bobby!

viernes, 18 de enero de 2013

Envejecer es difícil

Nos sentamos en el cine, se apagan las luces y nos someten al IN-TER-MI-NA-BLE festival de colas (ahora es moderno decirles “trailers”, ma vaffanculo) de los próximos estrenos. Nos dan una que corresponde a S.O.S. familia en apuros, una comedia yanqui de fórmula con al menos un chiste bueno. Pero lo que apabulla y espanta es lo siguiente. Ese señor de cara hinchada, labios rígidos y con menos expresión que un cactus, ¿es Billy Crystal? Esa señora que parece llevar una careta de cartón piedra mal hecha de Miss Piggy, ¿es Bette Midler? Sí y sí. Cielo santo, hasta Viktor Frankenstein les hubiera tenido más piedad.
 


A las muchas cosas buenas de las que estamos a la vanguardia, habría que sumarle la cirugía plástica. Todas las estrellas locales que pasaron una o varias veces por el bisturí quedaron iguales o mejor que antes. Ningún cirujano argentino les  propinó la impericia y la maldad que sus colegas yanquis le hicieron a los pobres Bette y Billy.
 


Habiendo caído en cuenta de la ventaja que se nos ofrece, ya me pongo a ahorrar y a pedir turno. Si además pudiera pedir cara, no hay ningún misterio conmigo, elegiría la de Jean Paul Belmondo. Joven, claro. Aunque tengo tanta suerte que sin duda quedaría como Al Pacino ahora. “Arreglado” también por algún carnicero, perdón, cirujano plástico.
 


¡Viva Robert De Niro, carajo! Porque envejece con dignidad. El gran Bobby sigue siendo mi modelo de actor y un ejemplo a seguir.

lunes, 16 de julio de 2012

viernes, 1 de junio de 2012

miércoles, 21 de marzo de 2012

Robert Oscarizado

De Niro, con cara de gato que se tomó toda la leche, sostiene el Óscar que se ganó en más que buena ley por El toro salvaje (1980).

lunes, 6 de febrero de 2012

Brad



Aunque parece que el Óscar al mejor actor protagónico será de George Clooney, yo deseo fervorosamente que lo gane Brad Pitt. No porque el muchacho me caiga bien, no, más bien todo lo contrario, pero estoy harto de leer por todas partes que el señor Pitt es un actor subvalorado. Por favor, si Brad Pitt está subvalorado, yo soy George Clooney.

Procuraré ser justo con él. No es un negado, no considero que debió hacer carrera de modelo de zapatillas, pero tampoco es un dechado de virtudes, un Robert De Niro en versión rubio oxigenado. Es un actor limitado, un chico lindo que tuvo suerte.

Venía remándola sin mucha fortuna y hubiera seguido así, sin que el arte de la actuación llorara ninguna pérdida significativa, de no ser porque a Ridley Scott se le ocurrió darle el papelito del atorrante que estafa a Thelma (Geena Davis) en la gloriosa Thelma y Louise (1991). Fue su golpe de suerte, el premio grande de la lotería. Después de un par de películas comerciales más o menos efectivas, que hizo a continuación, Robert Redford lo puso en la magnífica Nada es para siempre (1992) y se comenzó a correr la pelota de que podía actuar. Algo del entusiasmo de las fanáticas se les coló a los críticos, otra explicación no cabe. Sabios, ni Al Pacino ni Dustin Hoffman vieron peligrar sus tronos.

Durante un tiempo fue un galán con aperitivo, como una picada. Lo envejecían en Leyendas de pasión (mama mía, qué bodrio) o le ponían colmillos en Entrevista con el vampiro, entretenimiento interesante, quizá porque la película se la quedaba Kirsten Dunst y Tom Cruise, que tampoco me cae pero al que le reconozco talento, lo que hace en Magnolia no se lo puede discutir nadie.

Llegamos a 1996 y su primera nominación para el Óscar como mejor actor de reparto: 12 monos. Una sobreactuación apoteótica en toda la línea. Por suerte no ganó, hubiera sido una injusticia. Como que Bruce Willis no fuera nominado por la misma película. A Bruce nunca lo nominaron para el Óscar, es verdaderamente talentoso, se lo subvalora de verdad y nadie se desgarra las vestiduras. En 12 monos, Willis entrega una actuación compleja, sutil y sentida, que parece que nadie notó, porque todo el mundo estaba asombrado de que Brad al menos pudiera sobreactuar, ¡quién lo diría!

Torturó a Morgan Freeman en Pecados capitales, a De Niro, Hoffman y Gassman en Los hijos de la calle y a Harrison Ford en Enemigos íntimos. Puso cara de nada en 7 años en el Tíbet, volvió a ser galán en ¿Conoces a Joe Black? y ¡oh, sorpresa! dio tres actuaciones interesantes seguidas, nada del otro mundo, pero encomiables: en El club de la pelea, La mexicana y Snatch: cerdos y peces.

Volvió a las andadas o sea actuar mal o mediocremente en La gran estafa y Juego de espías. Volvió al galán, con minifaldas en Troya, a las patadas en El Sr. y la Sra. Smith, y con barba en el súper bodrio: Babel.

Vendió revistas por sus romances con Gwyneth Paltrow, Jennifer Aniston y, su actual pareja, Angelina Jolie. Dio un par de buenas actuaciones en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford y en la fallida Quémese después de leerse.

Obtuvo su segunda nominación para el Óscar, como actor protagónico esta vez, por la aburridísima: El curioso caso de Benjamin Button. Menos mal que tampoco ganó, porque su actuación se limitaba a dejarse maquillar de viejo e ir rejuveneciendo de a poco, para tortura de una sufrida Cate Blanchett, que ya lo había aguantado en Babel.

Y cuando toda esperanza parecía perdida, hizo algo interesante en Bastardos sin gloria, una actuación estereotipada, pero es tan poco lo que puede dar, que una sobreactuación o un estereotipo es saludado como un logro histórico.

Y llegamos a El árbol de la vida, en la que está muy bien, nobleza obliga, (no insistiré con mi maldad de que su actuación luce mejor de lo que es, porque la cámara casi siempre lo toma oblicuamente) y a El juego de la fortuna, por la que lo nominaron para el Óscar como actor protagónico, y en la que está aceptable.

Ante la insistencia de que lo premien, circula un chiste: Es lindo, exitoso, ¿encima quiere ser premiable? Tanta alharaca porque lo gane este actor más o menos eficiente, parece injustificable si tomamos en cuenta que ni Peter O'Toole, Donald Sutherland, Christopher Plummer ni Max Von Sydow lo han ganado todavía y nadie parece desvelarse.

Yo me pregunto qué hubiera pasado si William Baldwin hubiera aceptado aquel papel de Thelma y Louise, a él se lo ofrecieron primero. ¿Nos habríamos librados de Pitt?

A favor de Brad diré que pudiendo ganarse la vida con películas románticas y de acción que no le demanden otra cosa que poner la cara, elige films arriesgados que le exigen algo que, a decir verdad, no sabe hacer, o sea actuar bien.
Perdón si ofendí a alguien que le tenga mucho cariño, pero no jodamos, el hombre tiene pinta, elegancia, y es una gran estrella, pero actuar lo que se dice actuar, es algo que se le escapa.

viernes, 18 de noviembre de 2011

A mí me pasaría lo mismo

Extracto de un reportaje a Leonardo Sbaraglia, publicado el 17 de noviembre:


-¿Cómo fue tu encuentro con Robert De Niro durante el rodaje? 
-Con él directamente no trabajé. Sí compartimos set y fui a verlo trabajar y ver que es un ser humano [se ríe]. Es un tipo muy agradable. Estuvimos conversando un ratito en su motorhome. Fue verle la cara, escucharlo hablar y que eso te recuerde a diferentes momentos. En mi caso, como actor, es un tipo al que he admirado durante toda la vida. Fue una emoción muy fuerte tenerlo enfrente. El se ríe y te hace acordar a una película; te mira y te hace acordar a otro momento. Yo estando ahí decía «Ya está, me puedo quedar tranquilo: no sólo que trabajo con Robert De Niro, sino que también va a ver la película».

viernes, 28 de octubre de 2011

Bobby


Los retratos fotográficos, como antes los ejecutados por los pintores, son una impostura. Del daguerrotipo a la foto digital, con las "mejoras" que fueron del retocado, el coloreado, pasando por el juego de luz y sombra hasta el photoshop, nunca se trató de salir parecido a como se es, sino de salir lo mejor que se pueda, lo más halagüeñamente posible. Robert De Niro es uno de los pocos que todavía prefiere ser "natural". Este retrato suyo me gusta por las tres cejas despeinadas y rebeldes que se niegan a ser "masificadas". 

jueves, 6 de octubre de 2011

El Tito


Esta foto me da mucha emoción, porque está distendido, receptivo, entregado a un momento muy creativo de todo actor: repasar la letra o revisar las notas que tomó sobre la escena que hará, todavía el cuerpo no se pone, pero sí la cabeza, uno analiza, visualiza cómo será todo, imagina, propone, repite con la boca o en la mente las palabras que, con un poco de suerte o una milagrosa alquimia, pueden volverse inolvidables para alguien; se lo ve también liberado de coqueterías y vanidades, se encorva, saca panza, parece cumplir con la frase hecha de que uno es uno cuando nadie te ve; admitámoslo, se lo ve mayor, ya no es el toro salvaje, el taxi driver, el saxofonista de nueva york, nueva york, no, es como el abuelo de todos ellos, eso sí, se lo verá patriarcal, pero entregado ni ahí, todavía puede seducir mujeres y dar pelea a hombres más jóvenes; y yo lo miro y me enternezco más por mí, porque con un poco de suerte pasado mañana estaré así de mayor, de viejo, bah, y ojalá esté así de no entregado, de ya no tengo nada que aprender, que probar, y de repente lo quiero, como no lo quise antes, cuando los dos éramos más jóvenes y salía del cine y decía qué hijo de puta, cómo puede, cómo carajo lo hace; porque maduré, crecí, me hice viejo, mirándome en este hombre. Y como no quiero emocionarme más e inundar el teclado, le miro los pies y sonrío, porque me encantan los zapatos y porque yo también pongo los pies así.