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jueves, 14 de septiembre de 2017

De ladrones, lingotes y Mini Coopers

Como dije por ahí, a esta altura ya habría que declarar a Michael Caine Patrimonio Cultural de la Humanidad. El hombre es como un Faro de Alejandría que ilumina nuestras conductas con la severidad y la piedad de un humanista curtido.


Y al igual que todos los que han estado en el mundo del cine el tiempo suficiente ha visto producirse remakes de sus películas más emblemáticas. Se rehacen porque son buenas, pero sobre todo porque ellos estuvieron allí. Caine ya vio que reformularon su Alfie, su Gambit, su Get Carter, él mismo revisitó su Sleuth ahora como el viejo con Jude Law, que fuera el nuevo Alfie, en el papel que él antes había interpretado junto a Laurence Olivier.


Los que nos criamos con él, los que seguimos su carrera primero en tardes de matiné, atesoramos su cuarto opus de 1969 (el señor estaba en el apogeo de su carrera y corría de film a film) The Italian Job con dirección de Peter Collinson. Un trabajo en Italia se la bautizó por aquí y no la olvidamos más. La recordamos con detalle en aquellas épocas en que no había ni siquiera un ahora antediluviano video para verificar su existencia. Incluso si se la ve ahora después de tanta parafernalia que anestesió la capacidad de asombro, deslumbra, imagínense lo que era para una mente casi virgen en una siesta robada o escabullida.


Charlie Croker (Michael Caine) sale de la cárcel y la viuda de Beckerman (Rossano Brazzi en corta y fulgurante aparición) le cede la idea para un golpe genial. Como necesita financiación busca el mecenazgo de Mr. Bridger (Noël Coward) distinguidísimo jefe del hampa que conoció en la cárcel. Junta un equipo de siete secuaces, entre los que se distinguen un ascendente Benny Hill y un muy incipiente Robert Powell, tan tímido que parece pedirle permiso a la cámara para cruzarse delante de ella. El atraco será en Turín y el botín unos cuantos, muchos, lingotes de oro. Y no solo deberán sortear a la policía sino también a la mafia, comandada por Altabani (Raf Vallone).


Dos elementos alborotaron nuestra imaginación: el uso (o el abuso) en el escape de unos fabulosos Mini Cooper y un final, insidioso como pocos. El final en realidad era una trampa que prefiguraba una secuela, que como nunca se hizo nos permitía discutir si se salían o no con la suya.



Entre las curiosidades que oculta toda película, hoy sabemos que no les dieron ni un solo Mini Cooper, aunque el film los glorifica, y en cambio Fiat cedió todos los otros autos que aparecen y hasta ofrecieron capital si en la fuga reemplazaban a los Mini Cooper, propuesta no aceptada por la producción, porque el film entre otras cosas era también sobre el orgullo inglés. En tiempos pasados, hasta los productores eran idealistas… en estas contemporaneidades tan cínicas hasta le hubieran cambiado el Italian del título por The Fiat Job.
Ni soy el único que quiere que Michael Caine sea patrimonio de la humanidad, ni fui el único niño con mente impresionable en matinés iniciáticas, este Trabajo en Italia tenía destino de revisión y remake.


Gracias a los dioses del cinematógrafo, más que una remake produjeron una reformulación. Dejaron eso sí los rasgos distintivos: el atraco en la calle, el oro y la fuga en Mini Cooper. Todo lo demás lo cambiaron e hicieron bien, porque ahora se pueden ver una a continuación de la otra sin que se vislumbren las sorpresas y con una apreciación mejor de las diferencias.


Este nuevo The Italian Job es de 2003, se bautizó aquí como La estafa maestra y la dirigió F. Gary Gray.


Estamos a fines del siglo XX y la banda, integrada por Jason Statham, Edward Norton, Seth Green y Mos Def (ahora actúa con el nombre de Yaslin Bey) comandados por Mark Wahlberg y apadrinados por Donald Sutherland, acomete con éxito un robo de lingotes de oro en la siempre fotogénica Venecia. Hay una traición y una venganza se impone. Años después, en 2003, con la participación añadida de Charlize Theron y un musculosísimo (no es exageración) Franky G, la banda intentará recuperar el oro en las calles de la siempre pujante Los Ángeles. Habrá sorpresivas vueltas de trama que volverán apasionante la visión, que no en vano el decálogo del género de robos y ladrones prescribe alteraciones e improvisaciones sobre los planes perfectos que nos hicieron conocer.


La derecha, por desgracia el status quo mundial más constante, concibe las peores penas por los delitos contra la propiedad, a pesar de esto, o gracias a esto, nos deleitan los cuentos de robos e hinchamos siempre por que triunfen los ladrones, puede que moralmente esté mal, pero como somos más los que no somos dueños de bancos, la presunta inmoralidad no nos restringe el gozo.

Gustavo Monteros

The Italian Job puede verse en Netflix. Y La estafa maestra puede verse en Qubit.tv

miércoles, 8 de marzo de 2017

Envejecer no es para cobardes



Para el musical Follies, que trataba el último encuentro de estrellas teatrales del pasado en un teatro de variedades, donde tuvieron grandes éxitos y que demolerán pronto, Stephen Sondheim compuso una canción, I´m still here, que era un himno a la estrella superviviente, aquella que personal y profesionalmente pasó por todo y que sin embargo sigue en pie, entera. La estrenó Yvonne De Carlo y por estos pagos se la recuerda, porque para su regreso del exilio, con letra adaptada a circunstancias de su vida, la presentó Nacha Guevara y hasta tomó su título para darle nombre al espectáculo: Aquí estoy.


 En un momento dice la letra original:

First you're another sloe-eyed vamp
Primero sos otra vamp de ojos rasgados
Then someone's mother, then you're camp
Después la mamá de alguien, después sos camp
Then you career from career to career
Y así vas de carrera en carrera…
No hay actriz que no sepa eso de que en algún momento se deja de ser el objeto romántico, la damisela en peligro, la joven emprendedora o la mujer fatal y se pasa a ser la madre, la tía o la jefa experimentada de la protagonista. (A menos que se sea Meryl Streep y se trabaje tiempo completo buscando papeles atrapantes que se adapten a los años que su cuerpo lleva encima). Es decir, o se acepta pasar del centro de la escena a la periferia, o se buscan papeles dominantes para actrices mayorcitas. O se hacen ambas cosas a la vez, como Nicole Kidman, que es la madre adoptiva del protagonista en Lion / Camino a casa, rol por el que obtuvo nominaciones a casi todos los premios importantes, Óscar incluido, como Mejor Actriz de Reparto, mientras que por otro lado, protagoniza junto a Reese Witherspoon y Shailene Woodley Big Little lies, serie de HBO, donde hace de ardiente esposa del galán sexy Alexander Skarsgard, que no hace mucho se probó el último taparrabos de Tarzán.
Por lo que sea, no son nada fáciles las transiciones de una carrera a la otra, se depende mucho de la suerte y de la predisposición a aceptar el paso del tiempo con el respectivo cambio de roles que acarrea. Muchas actrices se quedan paralizadas y tardan varios años en aceptar que ya no son jóvenes. Digo actrices, porque hablaré de lo que pasó con algunas de ellas en los sesenta, pero también les pasa a los actores, que el tiempo hace estragos con todos. Michael Caine en su autobiografía se ríe de ese momento. Cuenta que un aciago día recibió un guión y al comentar las características del galán protagónico con su representante, este lo interrumpió y sin amables prolegómenos le dijo: No te quieren en el protagónico, sino como el padre de la chica. A Michael le costó asimilar el golpe, de seducir a la dama joven pasaba a ser ¡su padre!

A comienzos de los años sesenta las carreras de Bette Davis y Joan Crawford, para decirlo con elegancia, languidecían. Si somos crudos diremos que estaban cerca de un final ominoso. Durante los años treinta y cuarenta habían reinado y competido por ser las reinas del melodrama, que también podían hacer comedia y de tan completas, por el puesto de la primera gran actriz estadounidense. No eran las únicas es aspirar a ese puesto, Katharine Hepburn también se anotaba en esa competencia, que como se sabe, siempre queda sin ganador, porque no existe en arte el absoluto del mejor, ya que se celebra siempre la diferencia, la particularidad, cualidades que no admiten un exponente triunfador único. En arte, nadie es “el mejor”. Lo que no impide que por algunas mezquindades e inseguridades muy humanas, tal o cual se erijan en Yo soy el o la mejor.
Volviendo a Bette y Joan, durante años no se habían tirado con flores, sino con floreros, macetas y hasta con jardines y viveros. Si no se odiaban, se detestaban con beligerante militancia. Entonces el director Robert Aldrich (o alguien más, supongo que lo sabré cuando vea la serie) pensó que sería un atractivo comercial extra si se las juntase en un mismo proyecto. Optó por una novela de Herny Farrell, en la que una exestrella infantil atormenta a su hermana parapléjica en una mansión decadente de Hollywood. Bette y Joan aceptaron y en 1962 comenzaron ¿Qué pasó con Baby Jane? Joan, más coqueta o sin querer desmerecer su pasado sex-appeal, prefirió no exagerar los estragos de la edad. Bette que no era de andar con melindres, no paró hasta dar con un maquillaje monstruoso, que más que un rostro parecía una máscara de cera derritiéndose. Como bien pudo deducirse por el resumen del argumento, la cosa venía para el lado del thriller, del terror gótico o del desmadre camp. El éxito de esta aventura dio nacimiento sino a un subgénero, al menos a una tendencia que se ramificó con celeridad.
El mismo Robert Aldrich, en 1964, volvió a la carga con otro cuento de Henry Farrell, Cálmate, dulce Carlota. Otra vez con Bette Davis enfrentada ahora con otra diva del viejo Hollywood, la siempre magnífica Olivia de Havilland. Bette era una exbella sureña que vive reclusa en una mansión que se erige en el centro de una plantación, ruinosas todas, la casa, la plantación y la exbella, a esta última la cuida una leal ama de llaves, Agnes Moorehead, y juntas reciben las habituales visitas de un médico amigo, Joseph Cotten. Este frágil status quo será descalabrado por la llegada de una pariente lejana, Olivia de Havilland, y entonces…
En 1965, en la rubia Inglaterra, para el estudio Hammer, especialista en sustos varios, otra vieja diva, la extraordinaria, en más de un sentido, Tallulah Bankhead, torturaría a la joven ascendente Stefanie Powers en ¡Muere, muere, querida mía! Tallulah sostenía que Powers, la novia de su hijito era la culpable de la muerte del muchacho y entonces… Dirigió Silvio Narizzano, y es una pena que la declinante salud de Tallulah, que le cobraba al fin años de descontrol, nos privara de otras supremas actuaciones delirantes como la que ofrece en esta deliciosa joya del absurdo involuntario.
A comienzos de los setenta, esta tendencia de someter a viejas glorias a historias de terror gótico parecía agotada. No fue óbice para que en 1971 un especialista del thriller terrorífico, Curtis Harrington no intentara suerte con las siempre fabulosas, a pesar de sus veteranías, Shelley Winters y Debbie Reynolds en ¿Qué pasa con Helen?, donde hacían de madres de dos asesinos amigos y cómplices, que por culpa del escándalo producido por sus sangrientos retoños, huían de su ciudad a Hollywood donde abrían una escuela de tap para niños cuyas madres ambicionaban convertirlos en estrellas infantiles. Por supuesto la sangre, todo un rasgo de familia,  no tardaba en correr y entonces…
Todo esto viene a cuento porque se estrena Feud, (Feud puede traducirse tanto como enemistad manifiesta, odio de sangre o disputa tonta), serie que quienes ya vieron el primer capítulo me recomiendan con inusitado fervor, asegurándome que disfrutaré cada segundo. La serie recrea las circunstancias del antes, durante y después de la filmación de ¿Qué pasó con Baby Jane? Serie en la que rodeadas de estrellas como Judy Davis, Alfred Molina, Stanley Tucci, Alison Wright, Catherine Zeta-Jones, Kathy Bates o Sarah Paulson, Jessica Lange interpreta a Joan Crawford y Susan Sarandon a … cha-cha-cha-chán …Bette Davis. Sin desmerecer a la inmensa Jessica, mis ojos es probable que no se aparten de Susan, porque Susan en muchas fotos me parece como una hija no reconocida de Bette.
El título de este post, surge de un almohadón que bordó Bette en su vejez, en el que ponía “Old Age ain’t no place for sissies”. Sissies literalmente es maricones, metafóricamente es cobardes. En honor a una amiga, que siempre me discute que esta frase queda mejor traducida con cobardes, es que opté por llevarle el apunte, y no insistir con que Envejecer no es para maricones.

Gustavo Monteros

jueves, 3 de marzo de 2016

Canción Simple

Sumi Jo canta Simple Song 3 de David Lang. Canción de la película La juventud de Paolo Sorrentino nominada para el Óscar. (La canción, no la película, fue nominada para el Óscar). En la película el personaje de Paul Dano le dice al de Michael Caine, que en la ficción es un compositor y el autor de la canción, que a pesar de todas las cosas maravillosas que compuso son estas canciones simples las que más lo identifican. Después un niño le dirá que no solo son simples sino muy hermosas. Aquí y allá un emisario de la reina de Inglaterra procurará convencer al personaje de Michael Caine de que las dirija en una gala. En algún momento Caine dirá que tienen dueña. En el film se dice también que el personaje de Michael Caine anduvo de parranda con Stravinsky. Un crítico de The Guardian dice que en realidad esta canción simple le debe más a Britten que a Stravinsky. No sé tanto de música para discutirlo o refrendarlo. Lo digo porque lo leí. No importa, la canción es hermosa (o a mí así me lo parece). 

jueves, 9 de enero de 2014

El tango de la guardia vieja




Arturo Pérez-Reverte es un novelista generoso. (Generoso porque está más interesado en contar historias que en mirarse el ombligo). Y soy su lector más o menos fiel (leí con gran placer El húsar, El maestro de esgrima, El club Dumas, La piel del tambor, La carta esférica, La reina del sur, La sombra del águila, Un asunto de honor, Territorio Comanche y toda la saga del capitán Alatriste; leí con menos gusto El pintor de batallas y El asedio; me debo Cabo Trafalgar (demasiados barcos) y Un día de cólera (no sé, El asedio me dejó agotado). Soy muy infiel con su trabajo de no-ficción (perdón Arturo, creo que me interesa más el novelista que el hombre detrás del novelista).


Pérez-Reverte es uno de los pocos grandes autores en honrar el novelón, el folletín, el page-turner (el libro imposible de abandonar, del que siempre queremos leer una página más). No en vano ¿sus modelos?, ¿sus influencias? son Dumas, las historietas, las películas.



El tango de la guardia vieja es un libro ideal para este caluroso y sofocante verano porque a la segunda página ya no recordamos que hace calor. Hay tres nudos argumentales. El primero transcurre en 1928 en un transatlántico primero y en la ciudad de Buenos Aires (con sus grandes hoteles, pensiones piojosas y tugurios tangueros) después y hace pie en el desafío entre dos músicos. El segundo transcurre en Niza durante la Guerra Civil Española, el fascismo italiano y el ascenso del nazismo y se centra en un asunto de espías. El tercero transcurre en Sorrento en los años sesenta y se enrosca en una partida de ajedrez, sus circunstancias y sus consecuencias. A estos nudos argumentales los atan y desatan un ladrón elegante que es a veces también un gigoló algo pacato y una femme no tan fatale, por suerte, aunque igual de peligrosa.



La novela está muy bien escrita, los diálogos son diamantinos de tan pulidos y brillantes, los personajes guardan secretos hasta el final y se lee con pasión.
 

La tapa reproduce una foto de Grace Kelly en los tiempos de Para atrapar a un ladrón de Alfred Hitchcock, la cual coprotagonizó con Cary Grant. Detalle no menor, porque el protagonista es tanto un Cary Grant, un Noël Coward, un Michael Caine, o sea un orillero ambicioso que a fuerza de tesón llega a personificar mejor la elegancia que cualquier noble ruso de amplia prosapia, y ella es tanto una Grace Kelly, una Naomi Watts o una Nicole Kidman, o sea el minón inalcanzable de impecable genética que el sexo, o quizá el amor, vuelve abordable. Después de todo, un orillero ambicioso es siempre un pirata; orilleros, piratas, personajes que Pérez-Reverte conoce y transmite como pocos. Bah, como nadie en la actualidad.