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jueves, 14 de noviembre de 2019

jueves, 24 de noviembre de 2016

El Darin sin acento

Bobby Darin fue un ídolo de adolescentes de meteórico ascenso a la fama, sus discos se vendían de a millones. Se casó con la actriz Sandra Dee,  otra teen idol, con la que protagonizó unas cuantas películas. Obtuvo una nominación para el Óscar como mejor actor secundario por un conflictuado personaje en Capitán Newman, David Miller,1963, un vehículo de lucimiento para Gregory Peck. Kevin Spacey, escribió, dirigió y protagonizó una biopic que lo evocaba Beyond the sea, 2004. Murió muy joven, no vivió lo suficiente para ser rescatado como el excelente cantante que era. Deuda pendiente, pagada apenas por un olvido que no llega. Quizá la persistencia del recuerdo sea el mejor homenaje.

jueves, 3 de noviembre de 2016

An evening with dos ladrones



"An evening with" es un formato que inventaron los yanquis en el siglo XIX para estrellas acabadas, semi-acabadas o en vías de extinción. Consiste, en el mejor de los casos, en un stand-up biográfico interrumpido por las "gracias" de la estrella en cuestión. Si cantaba, intenta una canción de su repertorio; si bailaba, ensaya unos pasos; y si actuaba, hace un par de monólogos. Y en el peor de los casos, si la estrella ya no sabe o no puede hacer nada, ni siquiera recordar un monólogo con anécdotas personales, se la somete a un reportaje público. En ambos casos, tanto en el mejor como en el peor, por las dudas la oferta parezca poca, otorgan el "beneficio" de que el público pueda hacer preguntas. En algunos casos se ofrece además un “meet and greet”, es decir, por un sobreprecio, bastante alto en verdad, se puede acceder a saludar y dialogar unos minutitos con la estrella en bambalinas o en camarines.


En líneas generales es un formato que trafica con la nostalgia del espectador y con la necesidad de la estrella. El espectador siempre siente nostalgia por las figuras que amó, y que ya no se ven tanto, o que ya no trabajan. Del lado de las estrellas, si no fueron lo suficientemente previsoras y ahorraron para el invierno, “An evening with…” es una buena manera de engrosar una alicaída cuenta bancaria, explotando la fidelidad del público. Se lo mire como se lo mire, incluso con ternura, el formato no deja de ser espurio.


Entre 1982 y 1986, Cary Grant (por entonces retiradísimo del cine, se había alejado en 1966, y no hizo televisión porque, por entonces, no tenía el prestigio que tiene ahora, sino que se la consideraba el lado B de la profesión y estaba casi al mismo nivel que los estudios Walt Disney, o sea un cementerio de actores cinematográficos) apareció en un escenario para contar su cura psicológica con LSD, detalles de sus matrimonios e intimidades de algunas estrellas. Las cintas grabadas en la gira se vendieron hace unos años en CDs y, desgrabadas,  originaron un libro.


Entre 1994 y 1999 Gregory Peck hizo una gira de “An evening with…” para beneplácito de sus fanáticos que querían saber quién había sido su coprotagonista femenina favorita, si había visto desnuda a Sophia Loren y los entretelones de Matar un ruiseñor. En 1999 se hizo un documental sobre esta gira y puede verse en Netflix, se llama A conversation with Gregory Peck.


Desde 2004, Julie Andrews, con su voz destruida en una operación para quitar un nódulo en las cuerdas vocales, despunta el vicio de presentarse en un escenario con “An evening with”,  a veces sola, a veces con su hija mayor Emma Walton Hamilton que tuvo con el híper-talentoso escenógrafo Tony Walton. En la última versión del año pasado, con la que recorrió Australia, sumó cuatro cantantes que entonaban las canciones que la habían hecho inolvidable.


Cuando se anunció que John Malkovih y Al Pacino vendrían a hacer sendas “An evening with…” no se me movió ni un pelo, pese a la gran admiración que siento por ellos. Para empezar no están acabados, lejos de ello, y bien podrían venir a hacer un espectáculo como Dios manda, ya sea un unipersonal, un show, o una obra de teatro. (Ah, Vittorio Gassman que siempre viniste a dignificar la profesión, ¡cómo te extrañamos!)


John Malkovich, al menos tuvo la decencia de obviar el reportaje público con anécdotas, y propuso la intervención a dos piezas de música contemporánea, el concierto de Alfred Schnittke para piano y orquesta y  "The Protecting Veil", de John Tavener. Las “intervino” con textos de Ernesto Sábato que sacó de Informe sobre ciegos y de Nunca más. Según la crítica que asistió a la velada, los leyó a cara de piedra, casi sin inflexiones, en un español bastante correcto. Eso sí, tuvieron que ensayar sesudas explicaciones sobre estas “intervenciones”, aunque reconocieron que se estaba más frente a un intento de obra plástica que ante un espectáculo, una especie de happening muy intelectual y aburrido. Consignaron también la decepción de los fanáticos que esperaban algo parecido a una actuación.


La evening de Al Pacino venía más polémica desde los mismos papeles. Iba a ser directamente un reportaje público conducido por Iván de Pineda. Y no menos discutible era el lugar elegido, nada más ni nada menos que el teatro Colón. No soy público del Colón, fui dos veces en mi vida, de modo que no me desgarraré las vestiduras ni romperé una lanza por la nueva violación a este elevado recinto que se supone dedicado a la música más excelsa, la danza o la ópera. Que se ocupen sus espectadores de su desacralización, a mí me basta con decir que la Ciudad de Buenos Aires tiene muchísimas salas para albergar espectáculos de texto, con el perdón de la palabra o de la expresión, porque Al Pacino solo se dedicaría a contar anécdotas. Pero, qué se le va a hacer, el oficialismo que rige la ciudad tiene la frivolidad en el ADN y siempre están más cerca del marketing y del shopping mall que de la cultura.


Al día siguiente de la primera presentación de Pacino, en el diario La Nación publicaban una nota sobre las frases más salientes de la velada. Eran de una pobreza que daban vergüenza ajena. La más feliz era la de cuando casi lo echan de El padrino 1 y su carrera casi termina a poco de empezar. Ya debería jubilarla, la conocen hasta los chicos de jardín de infantes que jamás escucharon hablar de El padrino. Uno no podía dejar de preguntarse si esto era lo mejor ¿cómo sería lo peor? Nos despejó la duda al día siguiente la prestigiosa Norma Aleandro, que confesó haberse levantado al minuto 50, perdida ya toda paciencia o esperanza. En la segunda función amagó un paso de tango, momento ideal para mirar para otro lado, al techo, por ejemplo, en Perfume de mujer tenía al menos la disculpa de representar un ciego, además el montaje ponía piedad a su falta de habilidad para la danza. Entre los presentes, estaba Georgina Barbarrosa, fanática muy decepcionada que juraba haber preferido jamás someterse a esta ignominia.


Lucila Polak, la esposa argentina de Al Pacino, salió a defender a su marido y esgrimió razones que se le vuelven en contra, como confundir el arte con la amabilidad, y respeto de espectador con el respeto de la estrella a su público.


Desde que el teatro es teatro, si se cobra una entrada y no se da nada a cambio, se dice que es un robo. Y si se cobra una entrada y se da muy poco a cambio, se dice que es una rascada, aquí sinónimo de estaba. En buen criollo, Al Pacino y John Malkovich vinieron a robar y a estafar. Como diría la divina Beatriz Bonnet: ¡Qué bochorno!  

viernes, 7 de agosto de 2015

Cuéntame tu vida


Los creadores siempre han transmutado hechos de sus vidas en los personajes e historias que forjan. No textualmente. Como en un cóctel, casi. Tanto de invención, tanto de cambio de circunstancias, tanto de cirugía mayor (para que nadie se reconozca del todo ni salga herido) y una pizca no diluida de realidad. Claro, en tiempos de reality shows, de aceptación natural del ex amarillismo de los tabloides como periodismo “serio”, de selfies, y del egocentrismo y narcisismo de las redes sociales (y sí, en las redes sociales primero me celebro yo, yo y yo, y, después si se me da, te celebro a vos) es lógico que para los creadores los límites entre ficción y realidad se corran, se difuminen o dejen de existir. 

Esta teorización viene a cuento por dos películas italianas que se estrenaron con poca diferencia de tiempo. Antes de las vacaciones pudimos ver Un castillo en Italia, película de fuerte impronta autobiográfica, en la que su guionista y directora, Valeria Bruni Tedeschi, cuenta la muerte de su hermano a causa del SIDA, la pérdida por malos manejos del castillo del título, su imposibilidad de abrazar el catolicismo y sus dificultades para mantener una relación afectiva. En el film, su madre de la vida real, una notoria pianista, hace de su madre en la ficción, y su ex novio de la realidad hace del novio que fue en la ficción. Y ella, por supuesto, faltaba más, hace de sí misma. Casi sin pudores ni tapujos, la intimidad se expone, se transforma en espectáculo. Como intento de obra de arte, sí, pero también como exhibicionismo narcisista, como onanismo intelectual. 

Ahora es el turno de Nanni Moretti, muy amigo de trastocar en ficción hechos vividos. No me gusta el cine de Moretti, nada grave, el tipo es un capo, pero a mí su forma de establecer un diálogo artístico me deja afuera, no concita mi interés. Pero en esto de manejar los conflictos personales para que sean sustento de ficción es más de la vieja escuela, tiene cuidados, toma recaudos, usa alter egos, conserva la esencia  aunque cambia cuánto puede lo accesorio. En Mía madre, película que se estrena esta semana, cuenta la súbita enfermedad, agravamiento y muerte de una madre en medio del rodaje de un film, algo que le pasó, claro, en la vida real. Y aunque la coprotagoniza, se corre del centro y se lo da a un alter ego, una inventada hermana directora de cine, la magnífica Margherita Buy. Como puede suponerse, no hay licencias por duelo en medio de un rodaje, mientras el director esté vivo, se sigue pase lo que pase.

El título de este post remite al nombre que le pusieron en estas tierras a Spellbound, 1945, de Alfred Hitchcock, una de las primeras películas en usar el psicoanálisis o la psiquiatría para motorizar la historia. Hoy los fundamentos que usan son maniqueos, primarios, esquemáticos, absolutamente risibles (en su descargo diremos que por entonces el psicoanálisis estaba literalmente en pañales). De todos modos, si se aceptan sus limitaciones, la película sigue viva. Gracias a sus protagonistas, una impecable pareja romántica integrada por los fabulosos Ingrid Bergman y Gregory Peck, más un señor llamado Leo G. Carroll que hace con maestría un personaje de lo más viscoso, además de un guión de respuestas filosas del genial Ben Hecht, una banda de sonido, bella de toda belleza, del grande entre los grandes, Miklós Rószsa, y una secuencia onírica diseñada, nada más ni nada menos que por Salvador Dalí. Si tenés la suerte de no haberla visto, buscala y descubrila ya. Y si la viste, revisitala, sigue igual de deliciosa. Toda esa gente hizo que la amnesia nunca fuera más regocijante. 


En la primera foto vemos a Filippo Timi, Valeria Bruni Tedeschi y Louis Garrel en la sesión de fotos de Cannes cuando presentaban Un castillo en Italia.