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sábado, 28 de noviembre de 2020

De regresos con penas y sin glorias 01


 

Voy a darme el gusto de decir lo que nadie dirá. Va a ser muy difícil volver a las escuelas porque el alejamiento por la cuarentena desnudó la verdad que ocultamos cuando íbamos con continuidad: a muy pocos (¿casi nadie?) le gusta ir.

 

Para empezar son lugares horribles (salvo honrosas y cada vez más pocas excepciones). Las lavadas de pintura (en sus deprimentes versiones de blanco, crema, marfil o amarillito) hacen poco para disfrazar manchas de humedad, cielos rasos descascarados o rajados en sus sustitutos de telgopor, paredes heridas de tantos clavos o perforaciones para tubos de luz o gas. Vidrios eternamente sucios, pisos a los que nunca les vendría mal otro balde de agua, luces permanente opacas y malamente lechosas, muebles a punto de desvencijarse con solo mirarlos, pizarrones de negrura o verdor tristes desesperados por tragarse consignas que ya eran viejas hace tres siglos y el pupitre más desolado de todos, el del docente, que alberga tres o cuatro veces por turno los bolsos, las mochilas, los portafolios, las carteras del huésped cambiante y bienvenidamente fugitivo.

 

Desde siempre la derecha (casualmente la más urgida al regreso escolar) ha erigido la escuela como el templo de quitarle la fe al niño de que alguna vez será feliz o completo, de que deberá a acostumbrarse a hacer durante toda su vida cosas que no le gustan en un ambiente hostil, rodeado por gente que lo detesta, lo maltrata, lo desprecia.

 

Y como hay que sobrevivir, el chico se hará de una solidaridad escuálida que le permita seguir hasta el día siguiente.

 

Cuando entrás a un salón, casi nadie te mira, los ojos fijos en los útiles o en el celular, talismanes de un mundo mejor al que refugiarse cuando el timbre final nos dice que la tortura terminó hasta el día siguiente o si se tiene suerte y es viernes hasta dentro de dos días o si se tiene más suerte, tres.

 

¿Quién está bien dentro de una escuela? El desesperado que viene de un hogar más feo y lúgubre y deshecho y hostil que este páramo estéril, que rescatarás, cuando te hayas ido, como un lugar no tan feo después de todo, para no reconocer que lo hacés porque no te quedó otra, que tu vida y las de los otros hubiera sido infinitamente mejor si nunca hubieras tenido que ir.

 

Hoy, le guste a quien le guste, por la pandemia, el alumno ha probado otra cosa, ¿querrá dejarla?

 

Como siempre, no le va a quedar otra, pero va a resistirse, va a resistirse. (Continuará)

Gustavo Monteros

jueves, 19 de octubre de 2017

Aprieto Pausa


con vuestro permiso me voy a tomar una pausa sabática, prometo volver renovado. Gracias y ¡hasta luego! 

Gustavo Monteros

viernes, 21 de febrero de 2014

Cuidado con los campesinos




Esta reflexión se me impone por casualidad, por haber visto con poco tiempo de diferencia Agosto y Nebraska. En ambas películas, sus protagonistas, Meryl Streep y Bruce Dern respectivamente, padecieron infancias feroces a manos de padres sádicos en medio del campo. El rasgo común de las dos familias es el protestantismo acérrimo. Ya se sabe, los estadounidenses descienden del Mayflower, el mítico barco que trajo en 1620 a Norteamérica desde Inglaterra a los Peregrinos (es decir a los puritanos enemistados con la iglesia anglicana recién fundadita por Enrique VIII). De allí que en la cultura estadounidense a poco que se rasque aparece la intransigente impronta puritana, que parece haberse enraizado con profundidad en las comunidades agrícolas. Sitios lógicos, porque ya incluso en el Antiguo Testamento, las ciudades son centros del pecado, en los que las buenas, es decir santas, costumbres se distienden y los libertinajes más abyectos (según ellos, los autodenominados puros, claro) bullen y se propagan.


El protestantismo tiene más ramas que un árbol centenario, las principales son las de los luteranos, los calvinistas, los metodistas, los bautistas, los anglicanos y los pentecostales. No me pidan que exponga las diferencias que los distinguen porque no las sé. Bástenos decir que estas ramas se dividen en muchísimas gajos y que todos tienen en común normas estrictas respecto al sexo, la diversión, el entretenimiento, la bebida y la comida, es decir a todo aquello que podríamos englobar como “la sal de la vida”. Bástenos decir también que estas normas que los rigen son tan estrechas que las que propone el dogma católico en comparación son el colmo del progresismo, así que imaginemos… (Pocas veces los míseros puntos suspensivos pueden parecer tan elocuentes).


A lo que voy es que los rednecks (una traducción más o menos fiel sería en primera instancia: campesinos; aunque también se acepta la de palurdos, o sea campesinos hoscos y groseros) adhieren a alguna rama del protestantismo intransigente y sus hijos en algún momento de sus vidas, como se comprueba en las películas citadas, deben luchar contra esa pesada herencia.


No estoy refiriendo nada novedoso, lejos de ello. El fanatismo puritano de los rednecks es un lugar común en la cultura estadounidense. En realidad el retrato que se hace de los rednecks cae en dos grandes categorías. Por un lado tenemos el modelo de Los Beverly ricos (The Beverly hillbillies) o de La inconquistable (inhundible en el original) Molly Brown (The unsinkable Molly Brown) o sea el de los hillbillies (habitantes de zonas remotas, rurales o montañosas) que son toscos, rudos, sin ningún roce social pero de buen corazón; y por el otro lado tenemos a los temibles rednecks de El loco de la motosierra, la masacre de Texas (The Texas chain saw massacre) o de La colina de los ojos malditos (The hills have eyes).


Como puede verse el primer retrato, halagüeño en definitiva, cae en el género de la comedia, mientras que el segundo, terrible como pocos, cae en el género del terror. No soy experto en películas de terror de modo que no abundaré en ejemplos, pero sé que los rednecks como villanos son muy populares y estelarizan infinidad de películas.


Ningún lugar común es azaroso o gratuito sino que llega a ese status por prepotente insistencia basada en una observación comprobable y fehaciente. Ningún lugar común es inocente a espera de juicio sino un culpable sentenciado. Yo suelo quejarme (¡ingrato, desagradecido!) de la herencia católica que recibí. No volveré a hacerlo. Gracias a Agosto y Nebraska me doy cuenta de que desembarazarse de la tradición puritana es infinitamente peor.


Ilustración: American Gothic (1930) de Grant Wood

viernes, 17 de enero de 2014

Un tal Bobby De Niro



Los que no lo quieren dice que pone cara cuatro, dice las líneas en tren sonámbulo y cuenta los billetes que gana por perfilar los personajes de taquito, sin transpirar y sin inspirarse. Los que lo queremos, al margen de perdonarle participar en unos cuantos bodrios, nos solazamos hasta con las migajas de su talento, porque si el hombre no es el mejor entre los mejores, anda cerca. Hablo de Robert De Niro, Bobby de ahora en adelante porque como nunca dejé de admirarlo me gané el derecho de tutearlo. Está bien, está bien, no es celoso con su carrera como Meryl Streep que elige proyectos que pintan bien en los papeles y que le plantean desafíos, pero Bobby incluso antes que ella extendió sus talentos en la comedia. Y aunque ha jugado con la parodia de un musical más de una vez (en Analízate y en Stardust, por ejemplo), debería quizá entrenarse y participar en un musical, en el fondo ganas no le faltan. Está bien, está bien ¿cuál fue la última gran actuación suya en una película irreprochable? Muchos trazan la línea en Casino de su compinche Martin Scorsese, antes de que lo cambiara por Leo Di Caprio. ¿1995? ¿Acaso estamos por cumplir 20 años desde su último gran papel? Ni tanto ni tan poco, que desde entonces su foja de servicios no está solo llena de bodrios, que hay unos cuantos títulos de interés, no sé si indiscutibles como su obra con Marty, pero respetables y atendibles. Descartemos desde ya la injusta leyenda de que no transpira ni se inspira. Leonardo Sbaraglia que fue compañero suyo en Luces rojas la desmiente. El hombre llega al set concentrado y con todos los deberes hechos como si estuviera en un Shakespeare y no en un thriller más, contó. Hay mucha evidencia al respecto, pero para qué insistir. Pero, ¿qué corno hizo en estos últimos años para merecer tanto debate?

Después de Casino, estuvo Fuego contra fuego (Heat) de Michael Mann, primera vez que compartió cartel con Al Pacino, buena película y buena actuación. En 1996, hizo El fanático (The fan) de Tony Scott en el que era un loquito que perseguía al pobre Wesley Snipes, no era una joya pero tampoco un bodrio. El mismo año, hizo el drama multiestelar Los hijos de la calle (Sleepers) de Barry Levinson, junto a Kevin Bacon, Jason Patric, Dustin Hoffman, Brad Pitt y Vittorio Gassman, inolvidable para muchos, no para mí, aunque no por eso desdeñable. También en el 96 se metió en Marvin’s room de Jerry Zaks, drama de enfermedades, que aquí se llamo Reencuentro y compartió cartel con Meryl (Streep, ¿hay otra Meryl?), Diane Keaton, Leo Di Caprio y en una de sus últimas apariciones la divina de Gwen Verdon. El 97 arrancó con Tierra de policías (Cop land) de James Mangold, interesante y logrado policial en el que también estaban Stallone, Ray Liotta y Harvey Keitel. Le siguió la punzante y divertidísima Mentiras que matan (Wag the dog) de Barry Levinson, otra vez con Dustin Hoffman y la delirante Anne Heche. Terminó el 97 con una nota alta, Triple traición (Jackie Brown) de Quentin Tarantino con Pam Grier, Samuel L Jackson, Bridget Fonda, Robert Forster, Michael Keaton y otros notables en el elenco. En el 98 estuvo en dos delicias, primero en Grandes esperanzas (Great expectations) de Alfonso Cuarón con Gwyneth Paltrow, Ethan Hawke y la inolvidable Anne Bancroft; después en Ronin de John Frankenheimer, con Jean Reno, Natascha McElhone, Sean Bean y otra gente de ese calibre. En el 99, hizo uno de sus films más populares: Analízame (Analyze this) de Harold Ramis junto a Billy Crystal y Lisa Kudrow. Después, como policía muy maltrecho, tomó clases de canto con la travesti que componía Philip Seymour Hoffman en Nadie es perfecto (Flawless) de Joel Schumacher, el show era de Seymour Hoffman, pero Bobby fue un segundo violín de primera. En el 2000 fue un cartoon más en Las aventuras de Rocky y Bullwinkle (The adventures of Rocky and Bullwinkle) de Des McAnuff, donde, como corresponde al género mezcla de animación y actores reales, se dio el gusto de sobreactuar a lo pavote junto a Rene Russo y Jason Alexander. Volvió al drama de superación en Hombres de honor (Men of honor) de George Tillman Jr, junto a Cuba Gooding Jr y Charlize Theron, un digno drama de llanto. Y llegó otra de sus películas popularísimas: La familia de mi novia (Meet the parents) de Jay Roach, junto al gran Ben Stiller. El 2001 se abrió muy pero muy bien con la insoslayable 15 minutos (15 minutes) de John Herzfeld junto al inquieto Edward Burns. Y lo cerró más que bien con Cuenta final (The score) de Frank Oz junto a Edward Norton y en la que terminó dirigiendo a su compañero de elenco el difícil Marlon Brando, cuando en mitad de la filmación no quiso saber nada más de Frank Oz. El 2002 comenzó con la comercial aunque muy atendible Showtime junto a Eddie Murphy, Rene Russo, y que pasará a la historia por la escena en que el para nada negado William Shatner (sindicado sin embargo un actor medio de madera más que nada por las deliciosas falencias técnicas del primer Viaje a las estrellas) dirige a Bobby y le dice ¡que no sabe actuar! Le siguió el buen e intenso policial Herencia de sangre (City by the sea) de Michael Caton Jones, donde compartió reparto con la gran Frances McDormand y el por entonces incipiente James Franco. Terminó el año con Analízate (Analyze, that),  de Harold Ramis, secuela de Analízame otra vez con Billy Crystal, of course. Descansa en el 2003, pero hace cuatro films en el 2004. Arranca con una de terror, de género y de resultado, El enviado (Godsend) de Nick Hamm, junto a Greg Kinnear y Rebecca Roymir. Después, con Will Smith, Renée Zellweger, Angelina Jolie, Joe Black y Martin Scorsese, le pusieron voz a la deliciosa (y me quedo corto) película animada El espanta tiburones (Shark tale). Siguió la secuela de La familia de mi novia, Los Fockers, la familia de mi esposo (Meet the Fockers) de Jay Roach, siempre con Ben Stiller, Blythe Danner y esta vez con papelones a cargo de Dustin Hoffman y Barbra Streisand. Y terminó el año con un bodrio, bodrio, bodrio insuperable El puente de San Luis Rey (The bridge of San Luis Rey) de Mary McGuckian en el que también daban pena F Murray Abranham, Kathy Bates, Harvey Keitel, Gabriel Byrne y Geraldine Chaplin, entre otros desafortunados. En el 2005 soportó a una insufrible y gritona Dakota Fanning en una de terror (para el espectador) Mente siniestra (Hide and seek) de John Polson. En el 2006 junto a Madonna, David Bowie, Harvey Keitel, Mia Farrow y otros desconocidos de siempre le dieron voz a Arthur y los minimoys, film de animación de Luc Besson. E incursionó por segunda vez en la dirección con el más que buen film El buen pastor (The good shepherd), saludado discretamente en el estreno (no sea cosa que encima sea buen director) y que un buen día será redescubierto y dejará a más de uno boquiabierto; drama de espías con Matt Damon y Angelina Jolie frente a un larguísimo elenco en el que Bobby se reservó un papelito. En el 2007 participó de la no tan lograda superproducción Stardust, el misterio de la estrella de Mathew Vaughn junto a las divinas Claire Dane y Michelle Pfeiffer. En el 2008 llegó Malos muchachos (What just happened) de Barry Levinson, drama sarcástico ambientado en Hollywood junto a Bruce Willis, Sean Penn, Catherine Keener, John Turturro, Robin Wright, Stanley Tucci y siguen las firmas. Luego volvió a juntarse con Al Pacino para la no tan lograda Las dos caras de la ley (Righteous kill) de Jon Avnet. En el 2009 fue un padre en busca de entenderse con sus hijos en Están todos bien (Everybody’s fine) de Kirk Jones en la que actuó con Sam Rockwell, Drew Barrymore, la bella Kate Becksinsale, remake del film de Tornatore con Marcello Mastroianni; el resultado empalidecía ante el original, pero Bobby estaba a la altura de Marcello. En el 2010 llegaron, la delirante Machete de Robert Rodríguez y Ethan Maniquis, donde era el no menos delirante villano; una nueva asociación con Edward Norton el interesante y denso drama La revelación (Stone) de John Curran, junto a la siempre interesantes Milla Jovovich y la talentosa Frances Conroy. Y otra secuela de los Fockers, Los pequeños Fockers (Little Fockers) de Paul Weitz, explotación comercial, comercial, comercial. En el 2011 participó de cuatro películas; primero fue a Italia para Las edades del amor (Manual d’am3re), film en episodios dirigido por Giovanni Veronesi; después acompañó a Bradley Cooper en la atrapante Sin límites (Limitless) de Neil Burger; fue a Inglaterra para Asesinos de elite (Killer elite) de Gary McKendry en la que compartió elenco con Jason Stathan y Clive Owen, acción a raudales nada vergonzante; y como muchas otras estrellas participó de la súper comercial Año nuevo (New Year’s Eve) de Garry Marshall, sin palabras. Y en el 2012 estuvo en cinco películas cinco. Primero en Luces rojas (Red lights) de Rodrigo Cortés, thriller no del todo logrado pero tampoco bodrioso, en el que estaban también Leonardo Sbaraglia, Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Joely Richardson, entre otros; después llegó la muy atendible Being Flynn de Paul Weitz junto a Paul Dano y Julianne Moore, film intenso y sensible para el que volvió a ser un taxista; luego con el rapero 50 cents y Forest Witaker hizo Freelancers de Jessy Terrero, en silencio tendemos un manto de piedad y la olvidamos por nuestro bien; y por último, otra vez con Bradley Cooper participaría de El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook) de David O Russell, que le valdría el regreso a las nominaciones para el Óscar, esta vez como Mejor Actor de Reparto. Abriría el 2013 con El gran casamiento (The big wedding) de Justin Zackham o como pifiarla a lo grande con un elenco maravilloso de luminarias tales como Susan Sarandon, Diane Keaton, Katherine Heigl, Amanda Seyfried, Robin Williams, etc. Haría después con Luc Besson, Familia peligrosa (The family), de la que me ocupo en el otro blog. Luego participaría en la Temporada de caza (Killing season) de Mark Steven Johnson, junto a John Travolta ¿por qué, por qué, qué mal les hicimos, en qué nos equivocamos?, si siempre tuvimos nuestro corazoncito para Bobby y John… en fin. Se juntaría con Michael Douglas, Kevin Kline y el maravilloso Morgan Freeman para un Último viaje a Las Vegas (Last Vegas) de Jon Turteltaub, que todavía no vi. Y haría un cameo para chuparse los dedos en la imperdible (se estrena pronto) Escándalo americano (American hustle), de David O Russell, otra vez con Bradley Cooper, más Christian Bale, la inmensa Amy Adams, la premiada Jennifer Lawrence, etc. Hizo también Ajuste de cuentas (Grudge match) de Peter Segal, próxima a estrenarse también, en la que vuelve a subirse a un ring, esta vez con Stallone.

Mientras escribo esto, suena el teléfono, es un viejo amigo, me pregunta qué hago y le cuento, me escucha atentamente y me dice: Mirá, debatir al Bobby a esta altura del partido, perdón, es una pelotudez; si alguien se ganó el derecho de hacer lo que se le canta, cuanto se le canta, por lo que se le canta, es el Bobby De Niro, sea porque la mujer no lo aguanta en la casa, sea porque tener un bebé lo agota, sea porque quiere acrecentar la herencia o patrocinar su festival de cine Tribeca o porque no quiere manejar su carrera como algo sagrado o por lo que sea, que haga lo que quiera, es su vida. Y si les agarra la nostalgia de los momentos en que les hacía caer la baba de admiración, pongan un DVD con los filmes de Marty, de Sergio Leone o del que sea su favorito y no jodan.

Le discutí con argumentos que creí sólidos y eran en realidad endebles y cuando corté convine que sus palabras no eran una mala conclusión. Espero que hayan disfrutado el repaso de su currículum desde el 95.

jueves, 9 de enero de 2014

El tango de la guardia vieja




Arturo Pérez-Reverte es un novelista generoso. (Generoso porque está más interesado en contar historias que en mirarse el ombligo). Y soy su lector más o menos fiel (leí con gran placer El húsar, El maestro de esgrima, El club Dumas, La piel del tambor, La carta esférica, La reina del sur, La sombra del águila, Un asunto de honor, Territorio Comanche y toda la saga del capitán Alatriste; leí con menos gusto El pintor de batallas y El asedio; me debo Cabo Trafalgar (demasiados barcos) y Un día de cólera (no sé, El asedio me dejó agotado). Soy muy infiel con su trabajo de no-ficción (perdón Arturo, creo que me interesa más el novelista que el hombre detrás del novelista).


Pérez-Reverte es uno de los pocos grandes autores en honrar el novelón, el folletín, el page-turner (el libro imposible de abandonar, del que siempre queremos leer una página más). No en vano ¿sus modelos?, ¿sus influencias? son Dumas, las historietas, las películas.



El tango de la guardia vieja es un libro ideal para este caluroso y sofocante verano porque a la segunda página ya no recordamos que hace calor. Hay tres nudos argumentales. El primero transcurre en 1928 en un transatlántico primero y en la ciudad de Buenos Aires (con sus grandes hoteles, pensiones piojosas y tugurios tangueros) después y hace pie en el desafío entre dos músicos. El segundo transcurre en Niza durante la Guerra Civil Española, el fascismo italiano y el ascenso del nazismo y se centra en un asunto de espías. El tercero transcurre en Sorrento en los años sesenta y se enrosca en una partida de ajedrez, sus circunstancias y sus consecuencias. A estos nudos argumentales los atan y desatan un ladrón elegante que es a veces también un gigoló algo pacato y una femme no tan fatale, por suerte, aunque igual de peligrosa.



La novela está muy bien escrita, los diálogos son diamantinos de tan pulidos y brillantes, los personajes guardan secretos hasta el final y se lee con pasión.
 

La tapa reproduce una foto de Grace Kelly en los tiempos de Para atrapar a un ladrón de Alfred Hitchcock, la cual coprotagonizó con Cary Grant. Detalle no menor, porque el protagonista es tanto un Cary Grant, un Noël Coward, un Michael Caine, o sea un orillero ambicioso que a fuerza de tesón llega a personificar mejor la elegancia que cualquier noble ruso de amplia prosapia, y ella es tanto una Grace Kelly, una Naomi Watts o una Nicole Kidman, o sea el minón inalcanzable de impecable genética que el sexo, o quizá el amor, vuelve abordable. Después de todo, un orillero ambicioso es siempre un pirata; orilleros, piratas, personajes que Pérez-Reverte conoce y transmite como pocos. Bah, como nadie en la actualidad.


miércoles, 1 de enero de 2014

San Spielberg



Steven Spielberg presidió en 2013 el Gran Jurado del Festival de Cannes integrado por Daniel Auteuil, Vidya Balan, Naomi Kawase, Ang Lee, Nicole Kidman, Cristian Mungiu, Lynne Ramsay y Christoph Waltz. A medida que se exhibían las películas en competencia, algunos críticos del mundo se preguntaban cómo reaccionaría Spielberg ante el desfile de sexo duro, violencia sucia y crueldades casi inhumanas que ostentaban algunos de los films. Preguntas tontas si las hay, porque Steven dista mucho de ser el pacato integrante de una secta ultracatólica o recontrapurita, aunque en una primera lectura simplista el ideario colectivo lo asocie con el conservadurismo de la familia tradicional con niños encantadores. A poco que se analicen sus películas pronto se comprende que esto no es así ni remotamente, incluso si se toman las presumiblemente "blancas" como E.T. o Encuentros cercanos del tercer tipo. En la mejor tradición clásica del western, sus héroes (el sheriff de Tiburón o el detenido en el aeropuerto de La terminal, por ejemplo) son seres solitarios y desclasados que enfrentan desafíos que los exceden y que ponen en jaque el orden establecido. Políticamente puede que no siempre estemos de acuerdo con él, no deja de ser el emergente de una sociedad soberbia que nos es ajena, aunque si de sexo, violencia o crueldad se trata, no le esquivó nunca al bulto. Por herencia religiosa o social no se regodeó en el sexo, pero sus personajes lo practican y disfrutan. Ya sea por el mandato puritano que resiente el sexo y acepta la violencia en el cine, en despanzurramientos varios sí se regodeó, no olvidemos que fue el primero en utilizar las nuevas tecnologías para acercar los horrores de la guerra en Salvando al soldado Ryan. Y si de crueldades casi inhumanas se trata, sus películas están llenas, y por más que caiga en una obviedad en el ejemplo por tratarse de un animal, su Caballo de guerra las padece en catarata.

La cuestión es que a medida que se acercaba el desenlace del festival, los mismos críticos se aprestaban a discutir sus decisiones. Se quedaron con las ganas. La premiación, según los que vieron todas las películas, fue justa y equilibrada. La palma de oro fue para La vida de Adèle, y como película que gana el premio mayor no puede aspirar a otros, como el de Mejor Director o Mejor Actriz por ejemplo, sugirió que el premio fuera compartido entre el director y las actrices. A algún desmemoriado le llamó la atención que no se inmutara por la vehemente historia de amor entre dos mujeres. Claro, el pobre tipo que opinó esto se había olvidado que Spielberg dirigió El color púrpura. Llamó también la atención que le diera el premio a la mejor dirección al mexicano Amat Escalante por la supuestamente “dura” y “sucia” Heli. Claro, el mundo creativo de Spielberg no es el de Scorsese, lo que no impide que el hombre entienda de que van las mafias y las drogas, tampoco es estúpido, qué joder. Y cuando digo que él decidió o entregó tal o cual premio, lo personalizo a propósito, porque como dijo uno de los integrantes del jurado, “si Spielberg te explica su parecer, andá a discutírselo…”

Trascribo a continuación la lista completa de la premiación:

Palma de Oro – La vie d'Adèle, de Abdellatif Kechiche; Palma de Oro Honoraria – Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, por La vie d'Adèle

Grand Prix – Inside Llewyn Davis, de los hermanos Coen

Premio a la Mejor Dirección – Amat Escalante, por Heli

Premio al Mejor Guion – Jia Zhangke, por Tian zhu ding (Un toque de pecado)

Premio a la Interpretación Femenina – Bérénice Bejo, por Le passé

Premio a la Interpretación Masculina – Bruce Dern, por Nebraska
Premio del Jurado – Soshite chichi ni naru (De tal palo, tal astilla), de Hirokazu Koreeda

viernes, 27 de diciembre de 2013

La misma historia




Cambia todo cambia, dice la canción y uno asiente, más por ganas que por convicción. Quizá todo cambie, pero lenta, lenta, lentamente. Estamos en el siglo XXI, tenemos familias ensambladas, monoparentales, homoparentales, consensuales y claro, las tradicionales, pero a la hora de publicitar las benditas fiestas, solo se promueve el modelo tradicional estilo 1950, con el abuelo patriarcal y la imposición de la alegría fascista con arbolitos con bolas, papás noeles de gorros de piel en plena alerta roja, roja y no naranja o amarilla para estar a tono con el vestuario del gordo barbudo, estilo festivo que obliga a que casi todo el mundo se ponga en pedo para poder soportarlo.



En el obligado Facebook superamos el millón de amigos, que ambicionaba Roberto Carlos, los que nos oponemos al uso de la pirotecnia. Y llegan las 12 y hasta casi las 2, se desata en la ciudad el sitio de Stalingrado. Vivimos en un país con un altísimo número de perros por habitante y sin embargo por tirar un puto cuete más, a nadie le importa si quedan de tan aterrorizados al borde del ataque cardíaco.



Un policía pierde el control y balea a un pobre tipo que protestaba por el corte de luz, quien después muere. Dos vidas truncadas por usar la misma herramienta para protestar: el corte de calles, molestia que a todos incomoda. Cuando son otros los que lo hacen, puteamos, pero cuando nos toca protestar ¿qué hacemos? ¡cortar las calles!  Con lo imaginativos que somos para las puteadas, las avivadas, ¿no se nos ocurre otro tipo de protesta? No sé, ponernos en bolas, pintarnos de verde, hacer break dance, o lo más lógico para los cortes de luz: agarrar toda la comida que se nos pudrió y depositarla en las entradas a las oficinas de las distribuidoras de electricidad más cercanas o averiguar donde viven los gerentes y tirarles huevos podridos a las paredes de sus casas. No sé, me parece más efectivo que cortar por enésima vez una calle para fastidiar a quien nada tiene que ver con conflicto y que por supuesto nada pero nada puede hacer para solucionarlo.
 

Arranco con una canción, termino con una canción. Y el mundo gira, gira y gira, canta Liza Minnelli en una interpretación tan magistral que uno adhiere a su dolor de que todo seguirá igual. Bien, uno adhiere emocionalmente aunque intelectualmente uno espera que no sea así. No perdamos las esperanzas, después de todo hasta ella aprende en la misma película (New York, New York) y deja plantado al mejor DeNiro, todavía apuesto, joven y pujante, porque sabe que no le deparará más que sufrimientos. ¿Ven? Se aprende. Lástima que sea tan a la larga, larga, larga y tan lenta, lenta, lentamente.