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viernes, 1 de noviembre de 2013

Bajo el ala del ángel



El teatro puede ser un ritual milagroso. El texto es el mismo, el elenco es el mismo, los técnicos son los mismos y ninguna función es igual. Algunas se deslizan como sobre aceite, otras andan a los tumbos como sobre camino pedregoso y otras van de desastre en desastre y terminan porque todo termina. Y hay otras en que por una rara combinación astral o por la decantación aritmética del azar, todos los componentes del ritual se alinean, la representación se trasciende a sí misma, y aunque la repartición de roles entre actores y público persiste, volvemos por un rato al origen del teatro en que todos éramos oficiantes, un actor inicia un gesto que es leído al instante por el público, el público determina el ritmo al que debe ir la representación y el milagro se vuelve asequible, comprensible, remontable.

Era un día poco propicio para el milagro, 27 de octubre, domingo de elecciones. Sólo medio teatro lleno, un día a contrapelo. Sin embargo, la función de Vale todo (Anything goes) de Cole Porter de tan luminosa se volvió portentosa. Tengo autoridad para decirlo, era la tercera o la cuarta función de este espectáculo a la que asistía. En otra entrada de este blog ya hablé de las cortedades del entramado textual y de las limitaciones de la versión, pero la función del 27 habitó la hazaña. 35 actores, cantantes y bailarines, más una docena de músicos, más no sé cuántos técnicos, más sabrá Dios cuántos espectadores se contagiaron del duende, del ángel o del secreto de la magia y dimos una función extraordinaria. Después de 3 o 4 asistencias, sé cada chiste, cada gag, no obstante me reía no como la primera vez, más aún porque la ejecución provenía de la mezcla perfecta de ensayo y dominio de cada resorte de la  obra. Nadie desafinó irremediablemente, ningún bailarín entró a destiempo desvergonzadamente, ningún actor se desconcentró ostensiblemente, no hubo risas discordantes ni aplausos atrasados, hasta el único bebé presente emitió en la pausa ideal un sonido audible que le dio el  pie a Martín Salazar para un gag. Angelados estábamos. (El único lunar fue que los anteojos de Catarineu se negaron a resbalarse en el gag del sombrero con Pinti).

Cuando terminó, la platea se puso de pie, no para agradecer lo dado, sino para estar como el elenco en el escenario, parados todos, porque sin saberlo, (es imposible vivir el prodigio y ser consciente del mismo), nos celebrábamos.
Si creen  que deliro, que mi amor por cada una de las notas de una de las partituras más bellas jamás escritas para el teatro musical me obnubila, pregúntenle a mi sobrina que me acompañaba o a cualquiera de las otras personas que tuvieron la suerte de asistir a esa función sublime.

jueves, 22 de agosto de 2013

Vale todo




Michael Billington, el crítico teatral de The Guardian, sostiene que el musical  más que buenas canciones requiere un buen libro, que si el libro es de verdad bueno, aunque las canciones sean mediocres, el musical puede ser efectivo. Otros dicen lo contrario, que si las canciones son buenas se sale adelante incluso con un mal libreto. Anything goes (Vale todo) más que zanjar la discusión, la profundiza.

Tiene algunas de las más bellas canciones de Cole Porter, muchas son hoy estándares del jazz, pero viene flojito de libreto. (P.G. Wodehouse y Guy Bolton firman el original.) En sucesivos reestrenos lo pulieron un poco, pero más que mejorarlo, fortalecieron sus debilidades (valga el oxímoron). Hoy se ve en la versión de Howard Lindsay y Russel Crouse.

Tal como está es un ejemplo arqueológico de cómo se concebían los espectáculos musicales en los años treinta del siglo pasado. Salvo a Ethel Merman y a Vivian Vance, desconozco los talentos del elenco original, pero es obvio que el espectáculo se armó para lucir sus habilidades en la comedia. Si bien apunta a los enredos de lo que nosotros llamamos vodevil, más que una trama, hay aquí una sucesión de esquicios cómicos unidos con bellísimas canciones.

Transcurre en un transatlántico de lujo que viaja de Nueva York a Londres. Hay un cuarteto protagónico con amores cruzados compuesto por una cantante de cabaret de práctica filosofía (Peña), un galán tan encantador como voluble (Ramos), un noble inglés excéntrico que procura manejar el slang (lunfardo, en este caso) (Salazar) y una bella niña casadera (Scaglione), más la madre desesperada por casar a su hija para salir de apremios económicos (Gago), un millonario corto de vista muy amigo de la botella (Catarineu), un gánster perdedor que es el Enemigo Público número trece (Pinti),  un capitán (Musó) y un sobrecargo (Bossio) obsesionados por tener celebridades entre los pasajeros, una chica muy proclive a satisfacer las necesidades sexuales de todos los marineros (Pachano), y un par de chinos afectos al juego. Todos ellos, más que personajes, son arquetipos cómicos muy en boga en la época en que el espectáculo se generó.

Nuestro crítico experto en musicales, Pablo Gorlero, escribió en la reseña del estreno de la presente versión que en la visión general del espectáculo se extraña a Darío Víttori, quien como actor o director le hubiera sacado el jugo a este material. Coincido plenamente. Se extraña el oficio que daba la tradición cómica para brindar cohesión teatral hasta a las tramas más endebles. Alejandro Tantanián hace the second best, o sea lo que sigue en orden de mérito. Como cuenta con un dream team de la comicidad (Florencia Peña, Enrique Pinti, Martín Salazar, Roberto Catarineu, Noralih Gago) los deja recurrir a las herramientas que les dieron efectividad y sabiduría cómica. No habrá cohesión, pero sí muchas carcajadas cada vez que puedan despuntar el oficio. Diego Ramos por suerte está más cerca del galán paródico de Los 39 escalones que de su envarado Capitán Von Trapp en La novicia rebelde. Josefina Scaglione, que fuera la María del último Amor sin barreras (West side story) en Broadway, como es la damita joven hace lo que menos le cuesta, ser hermosa, elegante y lucir el caudal vocal que Dios le ha dado. La sorpresa, al menos para mí porque nunca la había visto, fue Sofía Pachano, la chica despliega una bienvenida soltura. Leo Bossio y Mariano Musó ratifican sus encomiables condiciones para el género. Es muy pero muy hermoso el vestuario de Pablo Battaglia y espectacular y bella la escenografía de Oria Puppo. Y de primera el resto de los rubros técnicos, los arreglos, los músicos, los bailarines, las coreografías, las luces, el sonido. Ah, y aunque no se le dé tanta relevancia a su trabajo en el programa de mano, mi reverencia al auténtico héroe de la velada: Marcelo Kotliar, el adaptador de las letras de las canciones. Pocas cosas más difíciles que serle más o menos fiel en la traducción a un buen letrista de musicales. Y si el letrista es Porter, uno de los reyes del género, más todavía.

Pese a todas las virtudes que el show ofrece, quien hace que este viaje valga la pena es Florencia Peña. Se extraña que no tenga aquí un protagónico absorbente como en Sweet Charity, porque cada vez que está en escena, el musical se eleva a otro plano, el de la armonía, ya que conjuga como pocas la actuación, el canto y el baile. El aserto que afirma que Broadway adora por sobre todo a las personalidades se refiere a eso que hace o tiene Peña. “Ángel” combinado con dominio técnico de las disciplinas involucradas, más la voluntad ecuménica de calzarse el espectáculo al hombro y llevarlo a buen puerto para devolver con creces el  precio de la entrada y el tiempo invertido. Hablando estrictamente, su fuerte es la actuación, en las lides del canto y baile, quizá haya otras con más voz (aunque ella hace buen uso de la propia y como el Gardel del mito cada día canta mejor) o que muevan las tabas con más destreza (sin embargo navega tanto las sinuosidades de Bob Fosse (Sweet Charity) como el zapateo americano estilo Hermes Pan (aquí) con grácil desenvoltura), a lo que voy es que ninguna fusiona actuación, canto y baile con la luminosa organicidad con que lo hace ella. Una genuina protagonista de musicales, porque como también dice Michael  Billington, y esto nadie le discute, el musical ante todo es teatro.

A mis compañeras y compañeros de aventuras teatrales les aclaro que como con Sweeney Todd decidí ir la primera vez solo para dejar a mi mente divagar. Pero no implica que los haya dejado por su cuenta y riesgo. Encantado los acompañaré de a uno o a todos juntos. Como con Sweeney Todd iré todas las veces que me permita el bolsillo. Y si bien no amo a Cole Porter tanto como a Stephen Sondheim, cerquita nomás le anda. Sondheim es un gusto adquirido y Porter es la música de mis primeros musicales de Hollywood que vienen con gusto a tamal y a olor de pichanilla de la cuesta del Portezuelo porque los vi en la Catamarca de mi infancia.
(En la foto se ve, de pie a Roberto Catarineu, Enrique Pinti, Florencia Peña, Diego Ramos y Noralih Gago, sentados a Mariano Musó y a Martín Salazar, y en cuclillas a Josefina Scaglione, Leo Bossio y Sofía Pachano)