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jueves, 16 de marzo de 2017

Te amé media hora, no me pidas más

Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.

Alfonsina Storni

La película se iba a llamar The Cassandra Crossing y era un poco de trenes como Asesinato en el Expreso de Oriente, un poco de catástrofes como Infierno en la torre, filmes que tenían mucho éxito por entonces. Era de esas películas que se les decía globales porque estaban coproducidas por varios países, con artistas de varias nacionalidades. Y en esta, dirigida por el florentino, George Pan Cosmatos, salvo en las escenas grupales, la acción progresaría de a pares o tríos, como en los decorados de las telenovelas, en las que tal ámbito abriga solo a tales o cuales personajes, por un lado estaban los protagonistas, Sophia Loren y Richard Harris, que eran un médico famoso y una escritora que se divorciaban para volver a casarse, Burt Lancaster, como el coronel que haría poco y nada para evitar el desenlace nefasto, asistido por un soldadito que era John Phillip Law, que yo tendía a confundir con Terence Stamp e Ingrid Thulin, como una experta infectóloga, que ayudaría al coronel Lancaster y le sugeriría que haga lo que él no haría, Alida Valli tras unos enormes anteojos, casi desconocida, arrastraba una niña, y había también pasajeros sueltos como Lee Strasberg, un carterista que había sobrevivido a los campos de exterminio nazis, u O. J. Simpson como un oficial norteamericano de incógnito disfrazado de cura, o al guarda que era Lionel Stander, de oscuro vozarrón, que unos pocos años más tarde se haría popular como el mayordomo de Los Hart, esa serie con Robert Wagner y Stephanie Powers. Y como una ricachona caprichosa y muy sexuada, casada con un armamentista muy ocupado y ausente, lo que la obligaba a estar siempre acompañada por su gigoló, ellos. Ava Gardner y Martin Sheen, o sea la gran dama y el joven gigoló.


Ella, claro, era una estrella de toda la vida. Él la venía remando en los repartos, la había pegado con Malas tierras junto a Sissy Spacek, se había hecho notar en el multiestelar elenco masculino de Trampa 22,  y venía de ser el galán de Linda Blair en Dulce prisionera, que era para televisión, pero que acá se dio en cines. Le faltaban dos o tres años para Apocalypse Now, que fue la que lo hizo histórico, estábamos en el 76, y el Apocalipsis, al menos para él fue en el 79.


No sé si se conocían de antes, de alguna fiesta, de alguna gala, de alguna entrega de premios. Ella tenía 54 años, él, 32. Ella con su forma característica de hablar declaró: El verdadero motivo por el que estoy en esta película es el dinero, cariño, y no se hable más. Después de todo no se necesitaba ser muy suspicaz para darse cuenta de que el proyecto era una vehículo de lucimiento para la Loren, que no por nada, la coproducía su eterno marido, don Carlo Ponti. A él le servía estar entre figurones de  tanto renombre, aunque fueran estrellas del ayer. A ella ya no le importaba mucho nada, su carrera hacía rato que declinaba, algún que otro buen proyecto como El juez de la horca, que había hecho en el 72 con sus amigos John Huston y Paul Newman reverdecía sus laureles, mientras que éxitos resonantes como Terremoto en el 74 la sacaban un rato del olvido.


Los interiores de Pánico en el puente, que así se llamó por estos pagos, se rodarían en Roma, en Cinecittá para ser más precisos y los exteriores en Basel, Suiza. Él estaba casado, ¿quién no?, diría ella, con la mujer con la que permanecería casado hasta hoy, hombre constante, relación estable, qué suerte. Quizá fue después de una cena o de un almuerzo, la cuestión es que decidieron repetir en camarines lo que hacían en escena, y eso que eran veteranos, aunque él era joven, había empezado de muy chico, a los 16, y ella, bueno, ya se sabe, los dos eran muy experimentados en este mundo del espectáculo para saber que las sábanas y los telones no se mezclan, pero también, bueno, lo que pasa en locación muere en locación, no se dice, no se recuerda, es tan circunstancial como pasar letra u olvidarla, algo del momento. Pero ella no era mujer para hombres de una sola noche, aunque un par de sus películas sugirieran lo contrario. En La condesa descalza y en La noche de la iguana, las ellas que encarnaba no repetían compañeros de alborozo, despierta, muchacho, tu noche acabó, hasta la vista y buena suerte. Quizá él no podía concebir que ella, el animal más hermoso del mundo, fuera suya solo una noche. Quizá a ella le gustaba estar enamorada, ¿a quién no?, bueno, quizá a ella le gustara más. Quizá a él le gustaba amarla. La cosa es que una noche siguió a la otra, y el romance fue relación. Y en público había siempre alguien en el medio, un asistente, un peluquero, un chofer, que no había que dar que hablar, que él estaba casado y con hijos que eran chicos todavía, quien sería conocido como Charlie Sheen andaba por los 11, Emilio Estevez por los 14, Renée Estevez por los 9 y Ramón Estevez por los 13. Por ellos, o para evitarse problemas o hasta que surgieran los planes de futuro, el amor debía ser secreto o al menos negable.


La película terminó y fue un éxito en todas partes menos en los Estados Unidos, qué importa, estas son cuestiones de productores y boleterías, lo que importa es que ella volvió a Londres, desde el 68 ya no vivía en Madrid, en la casa vecina de la Puerta de Hierro peronista, y él a Los Ángeles a continuar criando a sus pichones de actores. Unos días, que al rato había que ir a Toronto, donde filmaría La niña del caserón solitario con Jodie Foster, que por entonces era niña y la del título. Pero él si tenía dos días de pausa en el rodaje, inventaba una excusa y no se iba a Los Ángeles sino a Londres a visitarla, y ella lo compartía con sus perros. Y él se volvía feliz, pero una mañana ella despertó y se dijo, no está bien que dure tanto, y lo llamó y le dijo, no vengas la próxima, y él dijo que no pero sí, y fue The end.


Después ella se fue Nueva York a filmar una de terror, Centinela de los malditos e hizo que lo olvidó, pero se ponía enigmática cada vez que se lo mencionaban. Cuando vio el Apocalipsis que era ahora, lo llamó para felicitarlo, pero colgó cuando él se puso más personal, ya está, ya pasó, le dijo antes de colgar, fue amor de locación, no fue tu primero ni será tu último. Y se perdieron en sus cosas. Ella en su soledad, él en sus hijos, en sus proyectos. Pero el amor, por pequeño y breve que sea no se olvida, que no todos los amores son gigantes y largos, y ella, en las noches de insomnio, apaciguadas por dos o tres tragos de más, se acordaba de él y sonreía, y él, cortando el pasto en algún atardecer se acordaba de haber conocido bíblicamente al animal más hermoso del mundo y de puro orgullo se le despuntaba una sonrisa. Los grandes amores se recuerdan con lágrimas, reproches o fulgores, los pequeños con una sonrisa, no sé cuáles son más lindos.

Gustavo Monteros

jueves, 1 de diciembre de 2016

Saturnino "Nino" Manfredi








Que no se me pongan celosos los DeNiro, los Jim Carrey, los Gene Hackman, los Mastroianni, los Belmondo, los Burt Lancaster, los Danny Kaye, los James Garner, entre otros nombres rutilantes a los que les juré amor eterno en la oscuridad de los cines, pero a nadie amé tanto como Nino Manfredi, el hombre vivía en la genialidad, su sensibilidad de tan flagrante era casi corpórea, su timing era perfecto en drama o comedia, podía pasar de chistes gruegos a la más ligera sutileza, pocos como él, por suerte queda una larga foja de servicios con varios clásicos para descubrirlo, redescubrirlo y después celebrarlo, siempre. Saturnino "Nino" Manfredi fue su nombre de hombre, pero yo sospecho, como un maestro de actuación que tuve, que era más ángel que humano.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Burt y el secreto de la creación

Dijo Burt Lancaster: "Si sacias el hambre, ya no sos el campeón". 

Verdad irrefutable, la creación está en el hambre, nunca en la saciedad. 

Por eso él siempre fue un grande, nunca dio nada por sentado.

viernes, 3 de julio de 2015

Caroceros



Audrey Hepburn irrumpió meteóricamente en el firmamento hollywoodense. Le bastó una sola película para imponer su innegable star quality y ganarse el amor eterno de espectadores, productores y directores. El film en cuestión fue La princesa que quería vivir (Roman holiday, William Wyler, 1953) y sin querer inauguró uno de  los rasgos distintivos de su carrera: la significativa diferencia de edad que tendría con sus coprotagonistas.


Audrey había nacido en 1929, el magnético Gregory Peck, su galán en ese film consagratorio, en 1916, de modo que le llevaba 13 años, o sea que en aquel inolvidable verano romano, ella tenía 24 y él 37. En su siguiente película rutilante: Sabrina (1954) del genial Billy Wilder, tuvo dos galanes William Holden que había nacido en 1918 y que le llevaba 11 años y el irrepetible (y me pongo de pie) Humphrey Bogart, que había nacido en 1899 y le llevaba 30 años. Ya no es un spoiler decir que se quedaba con Bogart. Hollywood la consideraba consorte de reyes y la apareaba con sus mejores leones en invierno. O sea no veía impedimento físico ni moral en transformarlos en “caroceros”, término usado en el lunfardo para describir a los hombres que gustan de mujeres mucho más jóvenes que ellos.


(Por piedad nos saltearemos La guerra y la paz, 1956, de King Vidor, a la que consideramos un bodrio aburridísimo e irremontable).


En 1957 disputaron su amor, primero: Gary Cooper (que había nacido en 1901 y que le llevaba 28 años) en Amor en la tarde, delicia (si las hay) de Billy Wilder, y después: Fred Astaire (que había nacido en 1899 y que como Bogart le llevaba 30 años) en Funny Face o La Cenicienta en París, delicia (si las hay) de Stanley Donen.


En 1959, respecto a estas cosas de la edad fue una rareza, la película es una extravagancia selvática que dirigió su por entonces marido, Mel Ferrer, y ella era una especie de ave del paraíso. Se llamó Green mansions o La flor que no murió y su coprotagonista, el recordado Anthony Perkins, era tres años menor que ella, había nacido en 1932.


En 1959, dirigida por Fred Zinneman, fue una monja misionera que tenía una crisis de fe y dejaba los hábitos en Historia de una monja, su coprotagonista Peter Finch, que había nacido en 1916 y que le llevaba como Gregory Peck 13 años, no cuenta como galán, porque estrictamente no lo era en el contexto de la película.


En 1960, bajo las órdenes de John Huston, en Lo que no se perdona, lidiaría con el amor más o menos incestuoso de su no del todo hermano Burt Lancaster, que había nacido en 1913 y que le llevaba 16 años.


En 1961 haría otra de sus películas icónicas Breakfast at Tiffany’s o Muñequita de lujo de Blake Edwards. Otra rareza, su coprotagonista, George Peppard era un año más joven que ella, había nacido en 1928. También en 1961, en su segunda colaboración con William Wyler, The children’s hour o La mentira infame, pelearon por su amor, la inconmensurable Shirley MacLaine, que había nacido en 1934 y que por lo tanto era 5 años menor, y el maravilloso James Garner, que había nacido en 1928 y que, caballero hasta en eso,  era un año mayor.


En 1963 haría historia, dirigida otra vez por Stanley Donen, junto al más-allá-de-todo-adjetivo-ditirámbico Cary Grant, que había nacido en 1904 y que por lo tanto le llevaba 25 años. Charada se llamó ese regalo de los dioses.


En 1964 volvería a París dirigida por Richard Quine junto al siempre seductor William Holden en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico (sí, la postmodernidad no inventó los metalenguajes) llamado París, tú y yo.


También de 1964 es ese monumento al musical llamado My fair lady que dirigió un señor muy talentoso, bautizado George Cukor. Su coprotagonista era el impar Rex Harrison, que había nacido en 1908 y que por lo tanto le llevaba 21 años. Es historia archiconocida, en esta película se quedó con el papel que Julie Andrews había hecho en teatro y que todos (menos Jack Warner)  esperaban que lo reprisara en la pantalla, después de todo, menos ella, el elenco entero que había estrenado el musical en Broadway repetía sus papeles. Julie, que había nacido en 1935, y que era por lo tanto 6 años menor que Audrey, en edad y en voz (Audrey fue doblada) se acercaba más al personaje.


En 1966 colaboró por tercera vez con William Wyler en Cómo robar un millón de dólares, su coprotagonista, el siempre distinguido Peter O’Toole, había nacido en 1932 y era tres años menor que ella. Cosa que a nadie le importaba porque la película es sencillamente deliciosa.


En 1967 volvería a trabajar con Stanley Donen en Two for the road o Un camino para dos, su coprotagonista, el talentoso Albert Finney, había nacido en 1936 y era, por lo tanto, 7 años más joven que ella. También en 1967 sería una cieguita que la pasa mal, muy mal en Espera a la oscuridad de Terence Young. Sus compañeros, para nada sus galanes, son Richard Crenna, que había nacido en 1926 y que, por lo tanto, era 3 años más viejo, y el muy talentoso Alan Arkin, que había nacido en 1934 y que era 5 años menor que ella.


Y se retiró del cine. Hasta 1976. Volvió de la mano de Richard Lester en Robin y Marian, su coprotagonista es Sean Connery, que como nació en 1930, es un año menor. Quizá nunca debió retirarse del cine, siempre había sido una chica de suerte respecto de los proyectos en los que participó. Si con buena voluntad exceptuamos Robin y Marian, las películas que le siguieron a su reentrada a escena fueron irrevocablemente malas.


En 1979 dirigida otra vez por Terence Young haría Lazos de sangre, basada en el best seller de Sidney Sheldon. Si mal no recuerdo, su interés romántico era Ben Gazzara, así que habría que considerarlo entre sus galanes. Gazzara había nacido en 1930, y como Connery, era un año menor que ella. En 1981 participó en otro de los intentos fallidos del desparejo pero siempre interesante  Peter Bogdanovich, They all laughed o Nuestros amores tramposos, emparejada otra vez con Ben Gazzara. En 1987 participó del telefilm de Roger Young, Amor entre ladrones junto a Robert Wagner, que, como había nacido en 1930, también era un año menor.


En 1989 Steven Spielberg la llamó (¿quién le dice que no a Spielberg?) para Siempre, error imperdonable que todos le perdonamos. Spielberg había perdido la cabeza (literalmente) por Holly Hunter, tanto la había perdido que con el amor se le fue hasta el discernimiento y pergeñó tremendo bodrio. Pero ¿quién puede culpar a un hombre enamorado que quiere celebrar a su amada? No quiero ser lengua viperina, pero no habla bien de Holly que el hombre se desenamorara y recuperara su talento. Como sea fue el canto del cisne de Audrey. Una despedida preanunciada, nadie se interesaba por su amor. Era una especie de ángel. Quizá lo que siempre fue.