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viernes, 28 de marzo de 2014

Shakespeare va al Oeste




En la segunda mitad del siglo XX, Shakespeare, en particular, y la Ópera también,  experimentaron, con estoicismo o éxito, adaptaciones, actualizaciones, trasposiciones temporo-espaciales. ¿Por qué hacer transcurrir las obras de Shakespeare en el siglo XVI (o cuando sea que transcurran originalmente) cuando podemos trasladarlas a cualquiera de los siglos que vinieron después? ¿Por qué Romeo y Julieta deben siempre amarse en Verona cuando pueden hacerlo en Jamaica, Los Ángeles o la India? ¿Por qué arrinconar siempre a la Norma de Bellini entre druidas y romanos cuando podemos hacerla sufrir con gusto en la Italia fascista con coros que comen pizzas? No vean crítica en lo que antecede, ni por un instante crean que me he vuelto (¡Dios no lo permita!) tradicionalista o conservador, no, (Vive la liberté!) sólo menciono ejemplos.


Entre los tantos tiempos y lugares a los que fue a parar Shakespeare figura nada más ni nada menos que el Far West o sea el viejo y querido Lejano Oeste.


Esto viene a cuento porque en un foro privado en el que los adscriptos nos intercambiamos películas, alguien sube King of Texas (de Uli Edel, 2002) que no es sino una versión vaquera de Rey Lear protagonizada por el grande entre los grandes, Patrick Stewart, acompañado por Marcia Gay Harden, Lauren Holly y Julie Cox como las hijas (las dos primeras, como corresponde, muy ambiciosas y la última, dulce y cariñosa) y por Colm Meaney, Patrick Bergin y Steven Bauer como sus consortes o pretendientes, David Alan Grier como el bufón, y por el recordado Roy Scheider, Matt Letscher y Liam Waite en la subtrama paralela del otro padre y sus hijos, malo y bueno respectivamente. Más allá de simplificaciones inevitables (la obra dura unas tres horas y monedas, y la película, un telefilm en realidad, una hora y media), precisiones innecesarias (se insiste demasiado en las batallas de El Álamo y de San Jacinto) y atenuación del espíritu trágico (lógicamente grandioso en un escenario y con razón amenguado para la intimidad de la cámara), la cosa funciona bien. Sobre todo por el compromiso y la sapiencia de Sir Patrick. El rey, en este caso un terrateniente, a cambio de un halago a su vanidad, sigue dividiendo sus comarcas con consecuencias desastrosas; tarde se dará cuenta de su estupidez, sufrirá una locura temporaria y la razón le volverá para ser consciente por última vez de su gigantesco error. En resumen, una versión válida de este triste cuento de padres miopes que no saben distinguir los hijos nobles de los otros que lo son poco o nada.


Un par de días después, en el citado foro, alguien escribe: “Tengo algo mejor” y sube Johnny Hamlet. ¡Una versión de Hamlet en spaghetti western! Es de 1968, se llamó originalmente Quella sporca storia nel west y la dirigió uno de los directores favoritos de Quentin Tarantino: Enzo G. Castellari, el de los Inglorious Bastards (Quel maledetto treno blindato, 1978) originales que él homenajeó. Aquí la cosa está un poco cambiada, y bueno, en el Oeste en el que por cualquier pavada humea el revólver, Hamlet no puede andar dudando mucho. De todos modos, con buena voluntad, el argumento se reconoce, aunque no es lo importante. Lo que cuenta es el liberador y libertario delirio con el que se acomete la tragedia del “noble príncipe”. Entre sus muchas virtudes (confieso que faltarle el respeto a Hamlet es uno de mis deportes favoritos) deliré con los nombres: Hamlet pasó a ser Johnny Hamilton (obsérvese la sutileza del símil), Horace siguió siendo Horacio, Claudius pasó a ser Claude a secas, Gertrude es ahora Gertry (¡qué tierno!), Polonius es Polonio (como se lo conoce también en español) y aquí es ¡el sheriff!, Ophelia es Ofelia “as usual”, pero no tan “comme d'habitude”, no se suicida sino que ¡la mata Claudio acusándolo a Hamlet, perdón, a Johnny (Hamilton, of course!), Rosencrantz y Guildenstern son ahora Ross y Guild ¡dos pistoleros sanguinarios al servicio de Claudio! Y como estamos en un western, el incidental sepulturero de Shakespeare pasa a tener un rol fundamental. Un tal Andrea Giordana (rebautizado Chip Corman para el público anglosajón) es Johnny Hamlet, perdón, Hamilton, un buenmocito de ojos verdes (en el spaghetti western casi nadie tiene ojos oscuros), este señor sigue en carrera hasta hoy y parece que aprendió a actuar porque interpretó después personajes que se le dan generalmente a los buenos actores, como Herodes en una historia de la Virgen María y el conde Rostov de La guerra y la paz dovstoievskiena. La curiosidad es que el rol de Horacio es cubierto por Luis Antonio Dámaso de Alonso, “Amigo” de sobrenombre, o sea bigotín de oro Gilbert Roland, hombre de múltiples carreras, pasó de extra a Ídolo de Matinée en el cine mudo, fue Latin Lover en las comedias parlantes de los años treinta, después bandido mexicano en películas B, buen actor de reparto en películas súper A, e hizo su canto del cisne en Cinecittà. Murió sin poder cumplir su sueño de interpretar a Salvador Dalí en una biopic, no lo lamentó demasiado, fue un hombre tan viril como feliz. Ah, en esta versión Hamlet queda vivo y se va con Horacio, cualquier parecido con Casablanca es pura coincidencia.


¡Y pensar que hace algunos años yo me creí muy vivo escribiendo una continuación de la tragedia shakesperiana en clave de comedia de acción que llamé Hamlet 2! (Una vez más derrotado por la poesía). (Perdón por la autoreferencialidad, yo también tengo mi pasado, qué joder).

martes, 26 de febrero de 2013

Disparen sobre Spielberg




Querido Steven,

Parece que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas está empeñada en darte lecciones de humildad. Ante cada buena película tuya (casi todas, a decir verdad), te entregan el dulce en forma de chiquicientas nominaciones y después intentar humillarte públicamente dándote uno o dos Óscares (o ninguno como aquella infausta noche de El color púrpura).

Esta vez ni indirectamente te premiaron por completo, sólo a medias. Vos reconociste a los cuatro vientos que Lincoln se asienta en dos columnas: en el actor protagónico y en el guión. A Daniel Day Lewis sí le dieron su Óscar, bueno, era imposible no reconocerle una de las actuaciones más deslumbrantes de la historia del cine, pero a tu guionista, el gran Tony Kushner lo dejaron con las manos vacías.

Más allá de la apabullante labor del londinense (que tuvo la suerte de enamorar allá lejos y hace tiempo a ¡Isabelle Adjani!), no puedo dejar de preguntarme como hubiera sido la peli con tu primera elección para el protagónico, o sea, Liam Neeson. Neeson me cae mejor y es también un buen actor, aunque, ahora, seamos prácticos y sinceros, toda especulación es inútil porque Danielito se subió al superlativo y a esas alturas no hay piedra que llegue. Day Lewis no me termina de llenar, pero su mamá sí. Cuenta Danielito que a su mamá sus rodajes y sus compañeros de trabajo le importaron siempre un comino, pero que cuando filmó Nine, lo llamaba todos los días para preguntarle cómo era trabajar con Sophia Loren, cómo se comportaba en el set, si llegaba tarde, si tropezaba con sus líneas,  si le molestaban las retomas, si era muy meticulosa con la luz y el maquillaje, si era tan hermosa como se la veía en la pantalla, etc. Curiosidades más que comprensibles, para los que la hemos conocido en su esplendor, la Loren es un mito irrepetible. El otro día aproveché un par de horas libres que tenía mientras esperaba que me llegara una traducción horrible y me puse a rever Una giornata particolare, Mamma mia, ¡qué actriz más bella, por fuera y por dentro!

Retomo, a Danielito lo premiaron, pero a Tony Kushner lo robaron. El guión de Argo es bueno, pero tampoco para tirar manteca al techo. Kushner en Lincoln maneja más de 100 personajes y desarrolla magistralmente la trama y los conflictos. ¿Lo habrán castigado por el supuesto “error histórico” de cambiarle el voto en el pasaje de la enmienda a dos de los representantes de Connecticut? Digo bien “supuesto” porque lo hizo para crear suspenso en la escena y era obvio que lo hacía adrede puesto que les cambió los nombres para alejarlos de toda referencia real. Si fue por eso, es una vergüenza. Como dicen los críticos ingleses cuando empiezan a joder con que las obras de Shakespeare guardan poca fidelidad histórica: Si quieren historia vayan a la biblioteca.

No sé como vivís que te ninguneen en las entregas de premios, espero que con humor. No te lo tomes en serio, por favor. Tu obra tiene más entidad que toda la Academia junta. No quiero dar títulos porque te incomodaría, pero vos y yo sabemos que premiaron cada cosa…

Los premios pasan, pero las obras perduran. El mundo sigue cantando New York, New York y ya nadie se acuerda de que ni siquiera la nominaron para Mejor Canción.

Con toda mi admiración y mi gratitud,
Gustavo