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martes, 30 de julio de 2013

De la necedad y otros demonios




Me gusta discutir de política. Me hace sentir como un personaje prerrevolucionario de Tolstoi. Aunque en los círculos en los que me muevo evito o aborto toda discusión política porque no me responden en los mismos términos. ¿Cómo? ¿Por qué? Procuraré aclararme. Un gobierno en ejercicio lleva a cabo acciones políticas concretas, reales. Tal o cual gobierno instrumentan medidas que se gozan o se padecen. Un gobierno neoliberal, por ejemplo, favorece que los que más tienen tengan más y que los que menos tienen tengan menos. Un gobierno popular, por el contrario, instrumentará políticas que incluyan y ayuden a recuperarse a los postergados por un gobierno mencionado anteriormente. Como para hacer tortilla hay que romper huevos, ante cualquier política hay sectores que se favorecen y otros que no. La cuestión es ver cuáles, por qué y hasta qué punto se ven favorecidos o desfavorecidos. Sólo así se sabrá con certeza qué apoyar. El problema como siempre es la palabra. En los setenta, los que venían detentando el poder económico se avivaron que quién posee la palabra, sigue a cargo de la manija. De allí que monopolizaran las vías de expresión. A través de ellas digitan opiniones, prejuicios, pensamientos y creencias. Cuando una política no favorece sus intereses y no pueden defenderlos racionalmente apelan a lo emocional, que se traduce generalmente en una especie de indignación moral. Falsa, porque lo que oculta (el mantenimiento de intereses desmedidos) atenta contra toda lógica ética de cualquier parámetro. El problema es que esa falsa indignación moral es repiqueteada por todos los medios que poseen, desde radios, diarios, televisoras, hasta redes sociales y portales de internet. Esta falsa indignación moral impregna las reacciones de los no tan avezados en desarmar discursos. Y eso dificulta que pueda discutir (no porque yo sea una luz sino porque tanto por el inglés como por el teatro aprendí a navegar los niveles del discurso). A lo que voy es que yo quiero discutir una medida concreta tomada por el gobierno y se me contesta con una respuesta emocional.

No podré discutir con los que me rodean, pero puedo discutir con Carlos Rivas, aunque más no sea por dos motivos, no lo conozco personalmente, así que no tengo simpatías ni resquemores que alentar o curar y segundo, lo respeto profesionalmente, he visto y disfrutado algunas puestas que concretó como director teatral, tales como La prueba o La duda. Comencemos.

Esta carta aparece publicada hoy, 30 de julio de 2013, en La Nación. Toda una toma de posición. La Nación, se sabe, es antagónica (eufemismo si los hay) al gobierno. Lleva por título: El profundo dolor de un artista (casi) libre. El casi, así entre paréntesis, es tanto irónico como chicanero, pero dejémoslo pasar. Hay después una aclaración del diario que dice: Indignado por un episodio que tuvo lugar días atrás en la sala en la que se representa una obra que él dirige (Love, love, love), el autor, reconocido director y productor teatral, hizo llegar a LA NACION el siguiente texto.

El texto arranca con una confesión de parte: Nunca fui peronista. Ni creo que lo sea alguna vez. Nunca fui kirchnerista, y tampoco me veo allí en el futuro, si es que esta facción política tuviese algún futuro. (Carlos, lo siento, pero esto de “si es que esta facción política tuviese algún futuro” es descalificador y prepotente, te lo señalo porque más adelante te quejarás de sufrir descalificaciones y prepotencias, o sea te molesta cuando la ejercen los otros, pero cuando vos la ejercés, está bien). Seguís con: No milito ni milité orgánicamente en ninguna organización política. Me sentí más o menos interpretado, a lo largo de casi 40 años, con lo que hoy se da en llamar "centroizquierda", algo parecido a las socialdemocracias. Fui a la Plaza a apoyar a Alfonsín. Fui a apoyar la elección de Cámpora. Fui a la cárcel de Devoto a reclamar la liberación de los presos políticos. Fui a muchos lados. Y también fui a la ESMA en aquel famoso acto de principio de gestión de Néstor Kirchner, apoyando la recuperación para las organizaciones de derechos humanos de esa vergonzosa institución militar que manchará eternamente la historia argentina. Bien, dejás en claro tu historial participativo y rematás con algo que más políticamente correcto es más bien irreprochable: denostar la dictadura.

El segundo párrafo dice: Me gusta ser argentino, a pesar de las innumerables razones (pobreza y corrupción estructurales, represión, discriminaciones) que la práctica política y social de instituciones varias me han ido dando a lo largo de mi vida, para empujarme a sentir vergüenza más de una vez. Párrafo más bien emocional a pesar de tanto sustantivo. Como dije antes, las emociones no se discuten. Diré que emocionalmente estoy en otro lado, me gusta ser argentino y procuro que nada me avergüence y si algo tiende a hacerlo, intento cambiarlo con cuanta herramienta tenga a mi alcance. Más que por patriotismo a la galleta, por una cuestión intestinal, ya que con el cuentito de ¿no-te-da-vergüenza-ser-argentino? nos han hecho tragar cada sapo muy difícil de digerir.

Seguís con: Pretendo ser un artista y colaborar con mi obra a la construcción de una conciencia comunitaria más solidaria, justa, equitativa y de signo nacional. Frenemos en lo de signo nacional, perdón, pero desde hace mucho, mucho (si es que alguna vez lo hiciste, yo ahora no lo recuerdo)  que no llevás a escena obras argentinas, vos sólo montás obras extranjeras que ganaron cucardas en Broadway o en el West End, todo bien, pero te contesto con una perogrullada, lo extranjero no es nacional. Desde hace más de 40 años voy de teatro en teatro actuando y dirigiendo obras que me alimenten en la comprensión de la vida humana y sus misterios. No soy político. Pero no soy estúpido, creo. Sé que mis actos públicos (a través del teatro) constituyen un acto, también, de naturaleza político-social. Bienvenido sea, pero esencialmente soy un artista (lo pretendo) del teatro argentino. Insisto, es teatro argentino porque lo hacés acá, pero en esencia es teatro no-argentino, sorry, Carlos, hasta la mantención del título original de la obra que hacés lo grita: Love, love, love.

Admiro la lucha de las Madres de Plaza de Mayo en los "años de plomo". Admiro la lucha de las Abuelas y la altísima dignidad con la que buscan a sus nietos. Admiré (y quisiera que ella me permitiera seguir haciéndolo) a la señora Estela de Carlotto, con un énfasis que tuve el honor de transmitirle personalmente pocos meses atrás, cuando tuvo la deferencia de responder a una invitación nuestra y asistir a una función de la obra  Love, love, love  , que dirijo. Aunque aborrezco las actitudes "cholulas" y huyo de ellas como de la peste, le pedí que me permitiera tomarme una foto a su lado para mostrársela a mi hijo, con orgullo. A la primera parte de este párrafo la discutiremos más adelante, la segunda es emoción pura y por lo tanto, se respeta.

Le siguen dos párrafos narrativos: Hace unos días me piden que se lea al público una carta apoyando la nueva edición del ciclo Teatro por la Identidad al finalizar la función de nuestra obra, como es costumbre en todos los teatros de Buenos Aires. Decenas de veces lo hicimos en otros espectáculos y yo mismo, en persona, fui el encargado de leerlo alguna vez. Siempre lo hice muy entusiasmado, como un acto que me obligaba moralmente y a la vez me enaltecía.

Pero esta vez, con enorme dolor, no pude, Estela. La encrucijada moral en la que usted y su organización me encerraron no me dio alternativa. De ahí el motivo de esto que hoy me siento compelido a expresarle.

Al llegar al teatro donde se representa nuestra obra con la intención de leer vuestra carta, me encontré en la puerta misma de nuestra sala (dentro del teatro, no en la calle) con un grupo de legítimos adherentes de Abuelas repartiendo al público que se retiraba el periódico oficial de su organización. En la primera plana estaba una gran foto suya junto a la señora Gils Carbó, apoyando la exótica y tendenciosamente bautizada "democratización de la Justicia". Frenemos ahí, los calificativos te venden y denuncian tu postura conservadora, ninguna discusión está mal per se, Justicia Legítima es un espacio del Poder Judicial con una propuesta que procura rever el establishment judicial, y expone razones con las que se pueden coincidir o no, pero descalificarlas de antemano, desconociendo lo que exponen no es muy democrático que digamos y habla de tu prepotencia y de tu descalificación, ¿te acordás cuando párrafos atrás te quejabas de lo mismo?, caes en lo de la paja en el ojo ajeno. Había también otros titulares de primera plana acusando a la Corte Suprema de la Nación de atentar contra actos legítimos de gobierno, por el solo hecho de cumplir con las funciones a las que la Constitución (con la que este gobierno fue elegido) la obliga. Expresar disenso no tiene nada de autoritario. ¿No te enseñó acaso la dictadura lo que es ser “autoritario” de verdad? No te gustará que se exprese disenso con la Corte Suprema, bien, estás en todo tu derecho, pero no invalides el derecho de los otros a hacerlo. No olvides que Spinoza expresó disenso hasta con el mismísimo Dios, y bien que se lo agradecemos, aunque más no sea por ensanchar nuestra inteligencia. En mi barrio no estaba bien visto ir corriendo los arcos en medio de un partido. Nadie corre los arcos, la realidad fluye, no es estática, hasta si lo mirás del revés es positivo, ¿hay algo más democrático que disentir con los funcionarios que nombraste? Imposible para mi conciencia ética ser cómplice de semejante autoritarismo encubierto, contra el que traté de luchar durante toda mi vida. Caíste en la trampa lógica de los que se quedan sin razón e insisten en tenerla, como en el fondo de autoritarismo a secas no podés acusar, te refugias en lo de autoritarismo encubierto, me permito una chicana: si no la ganás, la empatás. Con la carta de Teatro por la Identidad en la mano, a punto de leerla, me sentí violentado ideológicamente. Víctima de una encerrona fáctica que pretendía obligarme a convertirme en Drácula si la leía o en Frankenstein si no lo hacía. Perdón, aunque se acepta lo de “violentado ideológicamente” es una contradicción de términos, algo así como “me violaron con amor”.

La rematás con: Pero aun había agravantes éticos más repugnantes a mi conciencia. Esto ocurría el día en que la presidenta de la República pretendía que se aprobara el pliego del general Milani, mientras una madre de desaparecidos de La Rioja lo acusaba de responsabilidad en la desaparición de su hijo conscripto. No la quiero hacer más larga, sólo te pido que salgas del túper y leas algo más que La Nación y veas algo más que a Lanata, ojo, que quede claro si el tipo está comprometido que no se lo nombre un carajo y se lo juzgue, pero mientras tanto desbrozá y no caigas en simplismos.

La seguís con: Todo esto, además, estando en plena campaña electoral.

¿Cómo no leer al público la carta que apoya el noble objetivo de ayudar a la recuperación de hijos de desaparecidos? ¿Cómo leerla sin estar implícitamente apoyando acciones netamente partidizadas por una organización que (a mi juicio) jamás debió abandonar su misión de reclamar desde ese lugar de dignidad ética, que no es propiedad de ningún gobierno, cualquiera sea su signo político?

Aquí la pifias de medio a medio, nada es apolítico, insípido e incoloro, ni la Cruz Roja, mirá. Las Abuelas llevan a cabo una lucha y tienen todo el derecho de conducirla como la creen mejor… Podés acompañarlas o no. Y hasta acompañarlas con miramientos, podrías haber leído la carta diciendo que apoyás sólo en lo que se refiere a la recuperación de hijos, sin alharaca ni prestarte a la política oscurantista de La Nación, que sí apoyó a la Dictadura que antes denostaste.

Decidí no leerla: no quiero ser parte obligada de la campaña electoral del gobierno nacional. Y pedí que si alguno de mis compañeros de trabajo en el teatro quisiera hacerlo, aclarase al finalizar que no todos los integrantes de la compañía coincidían con esta acción. Debatimos, y se concluyó que no la leeríamos. Así fue. Por primera vez una compañía en la que yo participo no adhirió a lo que siempre habíamos adherido con el corazón. En mi barrio a esto lo llamamos escudarse en el número, coaccionar y mandar al frente a todos. Si el problema lo tenías vos, hacete cargo vos y no involucres al resto. Todavía algunas personas tienen códigos y prefieren apoyar al director para no desautorizarlo aunque no se esté de acuerdo con él. Es un error pero uno muy noble…

La seguís con: Tristeza, congoja, desazón. Dolor profundo. Angustia. Noche de pesadillas en mi cama. O sea, emoción pura.

Y con: Decidí escribir este doloroso texto para explicarme. Decirles a mis amigos, a mi hijo, por qué "traicioné" la noble búsqueda de Estela de Carlotto a pocos días de fotografiarme con ella. O sea, confesión de parte.

 

Y la terminás saliendo del clóset: Ayer vi un cartel de la campaña política del Gobierno: "En la vida hay que elegir". Por debajo del afiche creí ver chorrear el pegamento del autoritarismo.

Elijo la duda. No es pragmática y trata de eludir la soberbia de los necios

Sorry, Love, love, love, pero el autoritario y necio sos vos. Por ahí de tanto hacer obras extranjeras estás acostumbrado a analizar la realidad en términos que no son los nuestros sino los de la realidad de las sociedades que las concibieron.
 

La respuesta de Teatro x la identidad




Dado el estado público que tomó la actitud del elenco de Love, love, love de no leer el texto con el que los espectáculos, todos los años, adhieren a Teatro por la Identidad, creemos importante varias aclaraciones".

En primer lugar, una consideración acerca de este mismo estado público. La decisión de leer o no leer, adherir o no adherir a Teatro por la Identidad, es absolutamente libre y personal y no merecería ningún tipo de consideración, salvo en este caso, en el que esa actitud se transforma, vía su publicación en LA NACION, en un hecho político.

De todos los espectáculos a los que les propusimos la lectura (que no son todos, solamente por nuestras limitaciones logísticas, pero son realmente muchos), el del espectáculo dirigido por Carlos Rivas fue el único que rechazó la acción.

Lo que es una actitud esperable y posible. Pero el hecho de buscar la ampliación mediática de esa actitud, no puede quedar sin respuesta. Porque implica, no solamente una actitud interna de un elenco que, suponemos, habrá sido discutida y decidida en la intimidad de la conciencia individual de cada uno, sino la pretensión de justificar públicamente esa posición.

Por lo que creemos importante tomar la palabra de todos esos otros compañeros actores que sí leyeron el mensaje cuyos espectáculos se listan al final de este texto y de la asociación Teatro por la Identidad.

La lectura de esta carta en las salas comerciales de Buenos Aires es una acción que emprendemos desde 2009 y es fundamental, dada la argumentación de Rivas, mencionar que esta adhesión siempre ha sido total, con absoluta independencia de banderías políticas, contándose, por supuesto, entre quienes leyeron la carta a notorios opositores al Gobierno Nacional. Teatro por la Identidad aprecia la libertad de sus adherentes para actuar en política partidaria, pero basa su acción en la independencia respecto de los partidos políticos. Por eso pretende representar a toda la comunidad teatral.

Es que consideramos que la cuestión de los nietos apropiados y la urgencia de su restitución va claramente mucho más allá de cualquier gobierno o partido. Las actitudes políticas de cualquiera de nuestros compañeros (Incluso las de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo) son independientes, salvo para una mente estrecha, de la indudable justicia de la causa en su conjunto. Los contenidos del diario de Abuelas pueden ser discutidos o polemizados como también la designación de los funcionarios de un gobierno.

Pero poner estas discusiones coyunturales por encima de la necesidad imperiosa de cubrir con un manto de justicia una de las acciones más perversas de la dictadura, y luego difundir esos argumentos buscando en forma oportunista (dada la situación política electoral) el eco mediático, no solamente es no aportar a esa causa, sino jugarle en contra. La tristeza de la contradicción inevitable entre los ideales y la realidad se vive en soledad. No se ventila en los medios. En los medios se actúa políticamente y se decide (cosa que aparentemente es algo que a Rivas no le gusta o que supone "autoritario") y que no es más que el juego libre de nuestra sociedad, y lo que él, claro, finalmente, termina haciendo.

En el momento de decidir, el elenco dirigido por Rivas, decidió no decir a sus espectadores los contenidos de una carta que a lo único que se refiere es a la problemática concreta que nos encuentra en la urgencia absoluta de cientos de Abuelas que están llegando al fInal de sus días sin la paz de reencontrar a sus nietos robados.

Decidió no decir, (justamente la carta lo menciona) que son ridículas nuestras rencillas cotidianas frente a la altura de esta causa. Eligió no poner lo importante por sobre lo pasajero. Esta actitud, la de coincidir en lo que coincidimos aunque difiramos en lo que difiramos, es la base de la democracia y de la convivencia.
Lamentamos, aunque respetamos, esa decisión. Pero más lamentamos que, en la búsqueda de una justificación culposa, esta actitud solitaria y respetable, se haya transformado en un hecho de resonancias sórdidas que tiene la virtud de mostrarnos cómo perviven en nuestra sociedad (como viven entre nosotros también estos 400 nietos con identidades cambiadas) las dificultades para encontrarnos con la verdad y la justicia.