«Parlami d'amore Mariù» (Háblame de amor, Mariù) es una canción italiana de 1932, escrita por Cesare Andrea Bixio y Ennio Neri. Fue compuesta para la película Gli uomini, che mascalzoni! (¡Qué sinvergüenzas son los hombres!), dirigida por Mario Camerini, e interpretada por Vittorio De Sica, que accedía al protagónico en el papel de un taxista. Desde entonces es versionada hasta hoy.
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viernes, 31 de marzo de 2023
jueves, 28 de septiembre de 2017
Si es martes, debe ser Bélgica
El
título debe haberme parecido ingenioso, o me divirtió su idea central (la de un
grupo de turistas confinados en un bus hasta el agotamiento mientras recorren
sin descanso un país tras otro) o mi mente joven inauguraba recuerdos con
facilidad. La cuestión es que mientras muchas otras películas terminaron en el
olvido, que no es más que el fondo de la memoria, esta siempre estuvo viva y
presente.
Y no porque la haya visto muchas veces, un par en cine, una como atracción principal, la otra como relleno, más alguna que otra visión parcial por televisión en esos sábados de matiné, y después se perdió. No llegó a video y no paseó mucho por el cable. (Para los que ven las películas solo una vez, lo que cuento puede que les parezca una exageración de veces, pero un cinéfilo no me juzgará así, sabe que las películas se repiten, al igual que las comidas que disfrutamos, si te gustan, nadie come milanesas solo una vez).
La hicieron en 1969, cuando estaban de moda las películas corales y de episodios. La dirigió Mel Stuart, cuyo único otro mérito es haber dirigido en 1971 la primera versión de Willy Wonka y la fábrica de chocolate con el inolvidable Gene Wilder. O sea no era ni un Robert Altman ni Alan Rudolph, que hicieron unas cuantas películas corales más que estimables. La escribió con más profesionalidad que arte, David Shaw, un prolífico guionista cuyo mayor mérito es haber concebido la idea de A foreing Affair/La mundana, 1948, que dirigió Billy Wilder y que se suponía sería un vehículo de lucimiento de Jean Arthur, pero no, porque estaba también Marlene Dietrich que en plena madurez daba pelea como una recién llegada y se robó la película.
Era también una sátira a la manera en que algunos yanquis hacían turismo. “Conozca 9 países en 18 días a solo $448, 50”.
El contingente estaba integrado por Harve (Norman Fell) e Irma (Reva Rose), señora de colon muy irritable, lo que la convertía en una maníaca del papel higiénico, afición que le contagió al marido, y por huir de una prueba de quesos se subirá por error a un bus de turistas japoneses con un recorrido similar aunque no igual al que pertenecía, y las veces que se cruce a la distancia con su marido, lo verá en situaciones “supuestamente” comprometidas con otras mujeres.
Jack Harmon (Michael Constantine) es un solterón sobreviviente a la Segunda Guerra Mundial ansioso por visitar de nuevo los sitios que conoció en combate y reencontrarse quizá con su novia de guerra, Gina (Marina Berti). Constantine es un actor astuto, sugiere que su personaje en un gay enclosetado, partiendo del dato que no puede superar la obsesión por la perdida mujer “ideal”.
John Marino (Sandy Baron) es un hombre de ascendencia italiana que quiere conocer a sus parientes, en Venecia huirá de una boda imprevista con una adolescente linda pero obesa a la que lo quieren someter por la ventana de un baño cayendo en pleno canal, y en Roma se hará negar ante una prima insistente, a la que finalmente conocerá cuando trepa al bus camino del aeropuerto y que resulta ser nada más ni nada menos que una Virna Lisi, fogosamente afectuosa, de quien, claro, no debió negarse.
Fred (Murray Hamilton) al contrario de su esposa, Edna (Peggy Cass) tiene tantas ganas de hacer este tour como de domar leones en celo, pero acepta hacerlo porque quiere alejar a su apasionada hija adolescente, Shelly (Hilary Thompson) de un novio más que predispuesto al sexo.
Demás está decir que Shelly conocerá en el tour a Bo (Luke Halpin, que no es otro que uno de los pibes de la serie Flipper, convenientemente crecido, of course) un activista político, que en una escapada la llevará a una soporífera reunión (soporífera de sopor de alcohol y drogas, se supone) en la que un siempre saludable Donovan canta una canción en mi opinión horrible.
Bert Greenfield (Marty Ingels) va en viaje sexual, se conformará con sacar fotos y filmar a deslumbrantes señoritas, como mandaba la moda o la posibilidad de la época, el humor radicaba en la frustración sexual, piénsese en la picaresca de Olmedo y Porcel durante la dictadura, se suponía “gracioso” que estos personajes no concretaran sus ambicionados celos amatorios.
Dos viudas muy desaprovechadas Freda (Pamela Britton, una buena comediante que no podría desarrollar todo su potencial porque moriría prematuramente por culpa de un tumor cerebral en 1974) y Jenny Grant (la inmensa Mildred Natwick, que venía de reverdecer fama y lograr nominaciones con su gloriosa participación en Descalzos en el parque (Gene Saks, 1967).
Harry Dix (Aubrey Morris) es un cleptómano que arranca con un valijón vacío que ira llenando de recuerdos arrebatados en hoteles y restaurantes, cleptomanía que permitirá en los títulos finales un gag muy logrado con el infaltable The end.
Y last but not least, not in the least, Samantha Perkins, vendedora de una tienda que se embarca en este viaje para pensar en si quiere casarse con George (Frank Latimore) y que tras rechazar todos los avances del mujeriego guía, Charlie Cartwright, caerá finalmente en sus brazos en la última parada, Roma, donde deberá decidir si se queda con Charlie o si vuelve a la tienda. Como Samantha está Suzanne Pleshette, una hermosa mujer de ojos pícaros y deslumbrantes que era por entonces omnipresente en toda comedia que se precie. Y como Charlie está Ian McShane, talentosamente impecable como siempre.
Y no porque la haya visto muchas veces, un par en cine, una como atracción principal, la otra como relleno, más alguna que otra visión parcial por televisión en esos sábados de matiné, y después se perdió. No llegó a video y no paseó mucho por el cable. (Para los que ven las películas solo una vez, lo que cuento puede que les parezca una exageración de veces, pero un cinéfilo no me juzgará así, sabe que las películas se repiten, al igual que las comidas que disfrutamos, si te gustan, nadie come milanesas solo una vez).
La hicieron en 1969, cuando estaban de moda las películas corales y de episodios. La dirigió Mel Stuart, cuyo único otro mérito es haber dirigido en 1971 la primera versión de Willy Wonka y la fábrica de chocolate con el inolvidable Gene Wilder. O sea no era ni un Robert Altman ni Alan Rudolph, que hicieron unas cuantas películas corales más que estimables. La escribió con más profesionalidad que arte, David Shaw, un prolífico guionista cuyo mayor mérito es haber concebido la idea de A foreing Affair/La mundana, 1948, que dirigió Billy Wilder y que se suponía sería un vehículo de lucimiento de Jean Arthur, pero no, porque estaba también Marlene Dietrich que en plena madurez daba pelea como una recién llegada y se robó la película.
Era también una sátira a la manera en que algunos yanquis hacían turismo. “Conozca 9 países en 18 días a solo $448, 50”.
El contingente estaba integrado por Harve (Norman Fell) e Irma (Reva Rose), señora de colon muy irritable, lo que la convertía en una maníaca del papel higiénico, afición que le contagió al marido, y por huir de una prueba de quesos se subirá por error a un bus de turistas japoneses con un recorrido similar aunque no igual al que pertenecía, y las veces que se cruce a la distancia con su marido, lo verá en situaciones “supuestamente” comprometidas con otras mujeres.
Jack Harmon (Michael Constantine) es un solterón sobreviviente a la Segunda Guerra Mundial ansioso por visitar de nuevo los sitios que conoció en combate y reencontrarse quizá con su novia de guerra, Gina (Marina Berti). Constantine es un actor astuto, sugiere que su personaje en un gay enclosetado, partiendo del dato que no puede superar la obsesión por la perdida mujer “ideal”.
John Marino (Sandy Baron) es un hombre de ascendencia italiana que quiere conocer a sus parientes, en Venecia huirá de una boda imprevista con una adolescente linda pero obesa a la que lo quieren someter por la ventana de un baño cayendo en pleno canal, y en Roma se hará negar ante una prima insistente, a la que finalmente conocerá cuando trepa al bus camino del aeropuerto y que resulta ser nada más ni nada menos que una Virna Lisi, fogosamente afectuosa, de quien, claro, no debió negarse.
Fred (Murray Hamilton) al contrario de su esposa, Edna (Peggy Cass) tiene tantas ganas de hacer este tour como de domar leones en celo, pero acepta hacerlo porque quiere alejar a su apasionada hija adolescente, Shelly (Hilary Thompson) de un novio más que predispuesto al sexo.
Demás está decir que Shelly conocerá en el tour a Bo (Luke Halpin, que no es otro que uno de los pibes de la serie Flipper, convenientemente crecido, of course) un activista político, que en una escapada la llevará a una soporífera reunión (soporífera de sopor de alcohol y drogas, se supone) en la que un siempre saludable Donovan canta una canción en mi opinión horrible.
Bert Greenfield (Marty Ingels) va en viaje sexual, se conformará con sacar fotos y filmar a deslumbrantes señoritas, como mandaba la moda o la posibilidad de la época, el humor radicaba en la frustración sexual, piénsese en la picaresca de Olmedo y Porcel durante la dictadura, se suponía “gracioso” que estos personajes no concretaran sus ambicionados celos amatorios.
Dos viudas muy desaprovechadas Freda (Pamela Britton, una buena comediante que no podría desarrollar todo su potencial porque moriría prematuramente por culpa de un tumor cerebral en 1974) y Jenny Grant (la inmensa Mildred Natwick, que venía de reverdecer fama y lograr nominaciones con su gloriosa participación en Descalzos en el parque (Gene Saks, 1967).
Harry Dix (Aubrey Morris) es un cleptómano que arranca con un valijón vacío que ira llenando de recuerdos arrebatados en hoteles y restaurantes, cleptomanía que permitirá en los títulos finales un gag muy logrado con el infaltable The end.
Y last but not least, not in the least, Samantha Perkins, vendedora de una tienda que se embarca en este viaje para pensar en si quiere casarse con George (Frank Latimore) y que tras rechazar todos los avances del mujeriego guía, Charlie Cartwright, caerá finalmente en sus brazos en la última parada, Roma, donde deberá decidir si se queda con Charlie o si vuelve a la tienda. Como Samantha está Suzanne Pleshette, una hermosa mujer de ojos pícaros y deslumbrantes que era por entonces omnipresente en toda comedia que se precie. Y como Charlie está Ian McShane, talentosamente impecable como siempre.
Para hacer más atractiva la propuesta hay cameos o brevísimas
participaciones de encumbradas estrellas como Joan Collins, Robert Vaugh, John
Cassavetes, Elsa Martinelli, Ben Gazzara, Anita Ekberg, Catherine Spaak, Senta
Berger y la nombrada Virna Lisi.
Dejo
afuera de esta lista al hombre que tal vez hizo que no olvidara jamás esta
comedia más amable que graciosa, Vittorio de Sica, a quien por entonces veneraba
con cada cosa suya que conocía, tanto como actor como director. Aquí hace de un
zapatero veneciano que no sabe una palabra de inglés y que recibe a un cliente
yanqui que no sabe una palabra de italiano. El yanqui quiere zapatos a medida
de color tostado, “tan” en inglés, el zapatero terminará creyendo que pide
zapatos a dos colores, marrón y blanco. El honor de codearse con De Sica le
tocará a Murray Hamilton, que ya había pasado a la historia del cine como el Sr
Robinson, el marido del personajes de Anne Bancroft en El graduado (Mike Nichols, 1967) y que ratificaría su historicidad
como el alcalde del pueblo atacado por el escualo en Jaws/Tiburón (1975) de un tipo sin ningún talento para el cine, un
tal Steven Spielberg.
Eso sí, no era gratuito que el guionista David Shaw
fuera tan prolífico, si bien este trabajo no es el colmo de la brillantez, por
aquí y por allá, hay alguna que otra línea feliz. Ejemplo, el guía presenta el
paseo por Londres de la siguiente manera: “World Wind Tours se enorgullece en
presentar dos mil años de historia británica, así que intenten no cabecear o se
perderán un siglo”.
Tampoco
fui el único en no olvidar esta película. En 1971, en el documental que ganó el
Óscar The Hellstrom Chronicle/Los
herederos de la Tierra sobre la lucha de los insectos por quedarse con el
planeta, se usan escenas de Si es martes…
para ejemplificar (¿?) Y en 1987, casi 20 años después del original, la
televisión hizo un film que en algunos países se pasó en el cine, If it’s Tuesday, it still must be Belgium o
sea Si es martes, todavía debe ser
Bélgica con Claude Atkins, Courteney Cox, Peter Graves y Lou Jacobi entre
otros. Y en la serie de dibujos animados Captain
Planet and the Planeteers, que se emitió entre 1990 y 1996, hubo un
episodio en 1992 que se llamó If it’s
Doomsday, this must be Belfast, o sea, Si
es el Día del Juicio Final, debe ser Belfast.
Ah, y una línea del diálogo fue premonitoria. En una
de las discusiones entre Samantha y Charlie, Suzanne Pleshette, que ya no está entre nosotros, se hizo
eterna en 2008, le dice al personaje de Ian McShane: “¿Cuánto crees que va a
durar tu encanto de grandulón?”, a lo que él responde: “El resto de mi vida si
tengo suerte”. La tuvo, el inglés, que en estos tiempos protagoniza la serie American Gods, tiene 135 proyectos en su
haber y sigue tan pagador del tiempo invertido en su persona como el primer
día.
Gustavo Monteros
Si es martes, debe ser Bélgica puede verse en Qubit.com
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jueves, 21 de enero de 2016
Filomena
A los que hemos escrito
teatro nos han preguntado alguna vez qué obra del repertorio mundial nos
hubiera gustado escribir. Hay una mayoría que prefiere Hamlet; otros, muchos también, optan por Esperando a Godot; otros eligen El
enemigo del pueblo; algunos El
tranvía llamado deseo; más de uno Las
brujas de Salem; no pocos Largo viaje
del día hacía la noche; los melancólicos La gaviota o El tío Vania;
y no crean que se quedan afuera El
inspector general, Fuenteovejuna,
Yerma, Santa Juana, Las troyanas,
Galileo, Tartufo o La importancia de
llamarse Ernesto. A mí me hubiera gustado escribir Filumena Marturano.
¿Por qué? Porque es
esencialmente popular y nadie en su sano juicio no la tildaría de arte puro.
Las obras de teatro son putas. Algunas son amadas. Otras, respetadas. Pero
entre las mejores están las que son a la vez amadas y respetadas. De tan putas,
claro. (Esta idea de la putez, por desgracia, no es mía. Tito Cossa, entre
otros, la han usado).
Tiene uno de los personajes
femeninos mejor redondeados. Cualquiera en su situación se sentaría a llorar en
un rincón. Se flagelaría o maldeciría su suerte. Ella no, toma el rencor en sus
manos y pergeña un plan creativo, recuperará a su hombre, que no será un
dechado de virtudes, pero no es malo y es suyo, y de paso construirá una
familia. Algo nada fácil en tiempos en que la única familia posible era la
reglada por el estado y santificada por la iglesia, con casamiento de blanco,
por las virginidades que eso implica y con los correspondientes bautismos ante
cada nacimiento.
La obra arranca bien arriba,
como le gustaba a Shakespeare (en realidad lo obligaba el público que estaba
más para atender sus cosas que una obra). No doy detalles para no arruinarles
las sorpresas a los que tienen el placer de no conocerla (envidio siempre a los
que todavía no han leído Cien años de
soledad, Boquitas Pintadas, que
no han visto Mi bella dama o Breaking bad, porque tienen la
posibilidad de maravillarse al descubrirlas, a mí me queda solo amarlas, el
descubrimiento ya fue hecho). Y cuando el pobre Doménico quiera salir de la
trampa en la que ha caído, ella esgrimirá un secreto que lo dejará de una
pieza. Encima el secreto implica un enigma, que le desatará una curiosidad insaciable,
que ella manejará diamantina, inexorablemente. Se llega entonces a un final que
conmociona al más pintado y ratifica una idea que la obra venía piloteando
desde un principio: que la vida se preserva mejor a sí misma a través del amor
(para perdurar puede usar la violencia y el horror pero por suerte elige también
el amor) e introduce otra que uno se lleva de recuerdo a la salida: que las
lágrimas no son privativas de la angustia. Algo que uno experimenta en carne propia en ese momento, porque el que
no anda moqueando, las oculta como puede.
Para cine o televisión ya
fue filmada 9 veces, una argentina (195), tres italianas (1951, 1964 y 2010),
dos alemanas (1960 y 1967), una francesa (1970), una portuguesa (1994) y una
yugoslava, de cuando todavía existía Yugoslavia, claro (1996). La variedad de
nacionalidades da cuenta de su popularidad mundial. Desde que nació, allá por
1946, se dio en cuanto país tuviera un teatro.
A nosotros, por cercanía, de
estas versiones registradas nos interesan las dos primeras y la de 1964. Por
esas cosas del destino no solo fue uno de los más grandes éxitos de la carrera
de Tita Merello, sino que tuvo el honor de ser la primera de llevarla a la
pantalla, allá por 1950. Su Doménico era el gran Guillermo Battaglia; y puesta
teatral y película fueron dirigidas por Luis Mottura. Recién al año siguiente,
1951, su autor, el inmenso Eduardo De Filippo la llevo al cine con su hermana
Titina De Filippo como Filumena y con él, como Doménico. Y en el año 1964, el
genial Vittorio De Sica con el título de Matrimonio
all’italiana haría la versión cinematográfica por excelencia (según leí,
las demás versiones (vi solo la de Tita y la Titina, aparte de la de De Sica,
claro) son registros más o menos fieles de la obra teatral). Por supuesto a la
película de De Sica no la hace menos extraordinaria, entrañable e inolvidable
que los protagonistas fueran Sophia Loren y Marcello Mastroianni.
Con lo que por aquí amamos
el teatro, se hizo pocas veces. Durante años y años tuvo dueña: Tita Merello.
En el fondo nadie se le animaba por temor a la comparación. En 1980, gracias al
éxito de 1977 de la versión dirigida en Londres por Franco Zeffirelli con Joan
Plowright y Colin Blakely en los protagónicos, llegó nuevamente a un teatro
porteño con Cipe Lincovsky y Alberto de Mendoza, quien por esas caprichos de la
vida fuera uno de los hijos en la versión de Tita Merello. Tita todavía vivía y
Osvaldo Pacheco medió sin éxito para que recibiera a Cipe y le contara secretos
del personaje y aunque nunca lo reconoció, como el Teatro del Globo le quedaba
cerca de dónde vivía, una noche entró y la vio. A la salida le dijo al control
que la dejó pasar: “No será la Merello, pero vale”. Cuando se enteró, Cipe
sintió como si se hubiera ganado un Óscar. Graciela Dufau la leyó una vez a
beneficio de la casa del teatro, pero por lo que fuera nunca la hizo como Dios
manda. En el 2006 la hicieron Hugo Arana y Betiana Blum, luego reemplazada por
Virginia Lago. Norma Pons que la tenía entre ceja y ceja no pudo al final
hacerla y se la legó en una cena a Moria
Casán. Habrá que ver si alguna vez la encara o si la deja en anécdota.
Hoy llega de la mano de
Claudia Lapacó y Antonio Grimau. Claudia, grande entre las grandes, tiene ya un
currículo que envidiaría hasta la divina Sarah. Iluminó algunos de los
personajes más complejos del teatro universal. Me regaló tantas noches
inolvidables que no sé por dónde empezar. Entre las que rápido me dicta la
memoria, me vienen Los monstruos sagrados
de Cocteau, La profesión de la Señora
Warren de Bernard Shaw, Viaje de un
largo día hacia la noche de O’Neill, Lo
que vio el mayordomo de Orton y entre las dirigidas por China Zorrilla, me
quedo con La pulga en la oreja de
Feydeau y Salven al cómico de Marcelo
Ramos. Ah, la amé casi tanto como el personaje de Alfredo Alcón en Filosofía de vida de Juan Villoro, obra
por la que su primer exmarido, Rodolfo Bebán, abandonó el ostracismo.
Todo pinta bien en esta
versión, elenco, dirección (nada más ni nada menos que Helena Tritek),
escenografía y luces de nuestro ganador del Óscar, Eugenio Zanetti.
Comprobaremos que tal fue cuando la veamos.
En mi pequeña historia personal, jamás olvidaré que fue la espera de
este estreno lo que me ayudó a soportar el primer mes del avasallamiento
macrista. Al menos por eso, mis eternas gracias.
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jueves, 7 de enero de 2016
La tristeza no tiene fin
Los dos estrenos de esta
semana (El precio de un hombre, La gran apuesta) revelan los flagelos de
esa peste mundial conocida como NEOLIBERALISMO (sí, debería ir así con
mayúsculas como si se tratara de AIDS y esas cosas). Vi El precio de un hombre a poco de su presentación en Cannes el año pasado, por
mayo o junio, o sea lejos de la elección general o del ballotage. Sí, fue como
ver una película sobre el desamor cuando uno está enamorado y correspondido. La
vi con esa lejana angustia de algo que pasó y que forma parte de pesadillas
apenas recordadas. Sí, sí, fue horrible, pero ya está, ya fue, ya pasó. Tampoco
había peligro de que volvieran, las pesadillas, digo, las encuestas daban
ganador a quien las mantenía a raya, ¡andá a creerles a las encuestas! Hoy,
vuelvo a ver El precio de un hombre,
ya no como un retrato de horrores olvidados sino como un recordatorio de lo que
vendrá… pasado mañana.
En la Crónica que hago sobre
La gran apuesta en el blog de al
lado, cometo una injusticia que procuro corregir aquí. (http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/2016/01/la-gran-apuesta.html)
Digo que los yanquis no aprenden, que todo vuelve a empezar como si nada hubiera
pasado. Bueno, no es privativo de los yanquis. Tampoco nosotros aprendimos
nada, no puede ser que una gran parte del electorado, a pesar de nuestras
insistentes advertencias, haya votado el regreso al ¡¡¡NEOLIBERALISMO!!! Nos
hundieron en el infierno, no hace mucho, apenas 12 años atrás, y ¡¡¡ya lo
olvidamos!!! Y no es que intentaran confundirnos, volvieron con la misma gente,
¡¡¡los mismos nombres!!! responsables del hundimiento anterior. ¿Cómo?
Fácil. Hay en gran parte de
la población un antipopulismo de base, que se lleva en los genes, en los
tuétanos, en los dobladillos de los pantalones, en los pliegues del vestido, un
antiperonismo prejuicioso que se nutre de las peores visiones de una clase
media que se cree tanto a salvo de la necesidad como del mal gusto, que cree
que aislándose, no reconociéndose como clase, no solidarizándose se pondrá a
salvo de todo. Cree que no le debe nada a nadie, ni a vecinos, ni a gobiernos,
ni a humores sociales. Y se cree que está más cerca de los de arriba, adonde
aspira arribar, que los de los de abajo, que es de dónde viene, y no hace
mucho. Gente que vive de un salario y se comporta como si tuviera una cuenta en
Suiza. Gente que reacciona más por las ganas de ser, que por lo que
verdaderamente es.
Y a esas ganas apuntan los
grandes medios, a incentivarle esa pertenencia que nunca tendrán, a
incrementarles la ofuscación, el escándalo. La emoción, bah. Y esa emoción los
vuelve inabordables, irreductibles, irracionales. Y los más politizados caímos
y caemos en el error de querer razonar con ellos, de querer explicarles. ¡No!,
si hablamos dos idiomas distintos, ellos no hablan de política, ellos expresan
su ofuscación, su crispación, su insatisfacción. No se puede razonar con
alguien que grita, que no quiere oír razones, que solo quiere que lo calmen con
el alejamiento de lo que provoca su disgusto, la yegua, el modelo, el dólar,
las cadenas nacionales, el índice de precios, todas esas cosas, que se vayan, que
desaparezcan, ya, ya, ya. Realidades a lo sumo, muy a lo sumo, cuaternarias,
que el monopolio mediático les ha hecho creer que es primaria, esencial para su
vida. Porque desde siempre a estas personas les gusta prender la radio y la
televisión y que les digan qué creer, qué pensar, qué decir. Les gusta
pertenecer a ese sector “ideal”, que no es “negro”, ni “choripanero”, y, ojo, no
vayan a decirles que son prejuiciosos, porque te salen con que adoran a Denzel
Washington y bien que en los asados se comen un choripan…
Y en el camino, con su voto,
aunque es más un empate técnico que otra cosa, porque no ganaron por afano,
aunque gobiernen como si lo hubieran hecho, retomo, repito, subrayo, con su
voto, les guste o no les guste, nos cagaron a todos. En una nota a propósito de
la obra que protagoniza en Mar del Plata y de la marcha de la temporada
veraniega, el Puma Goity dice: “Hay una mitad del país que está triste y otra
mitad que está expectante. Feliz no está nadie.” Y lo cito, claro, porque
coincido. Nadie está feliz. Y los expectantes, o sea los que los votaron,
¿están expectantes de qué? ¿De hasta dónde van a llegar a cagarnos? ¿Dónde
termina el atropello? ¿Hasta dónde van a favorecer a los suyos, que no son, por
supuesto, los que los votaron, los que los llevaron al poder?
Y así llegamos a la suprema ironía, les decís
que se equivocaron, que con su voto nos CAGARON a todos, y encima… los tenés
que contener. Porque si no se encaprichan, como se manejan con la emoción y no
con el raciocinio, endurecen la postura, como los chicos persisten en el error.
Te dicen: “Lo que me decís, me ratifica más en mi postura”. Y vos contás hasta
mil y pensás, no se trata de que todo, todo, todo, lo hagas pasar por tu ego.
No se trata de quién se siente superior, no me importa en lo más mínimo, porque
esto es política, algo objetivo, mensurable, que te beneficia o te perjudica
directamente. Es sencillo, los anteriores nos beneficiaban, nos daban mayor
poder adquisitivo, así comprábamos y calentábamos la economía, nos incentivaban
a que nos fuéramos de fines de semana largos y gastáramos, así beneficiábamos a
los de tal o cuál lugar, en tal o cuál provincia, aumentábamos nuestra calidad
de vida durmiendo con aire acondicionado, yendo al teatro, cenando afuera, y
esas cosas. Estos, los de ahora, nos perjudican, quieren que toda esa calidad
de vida sea patrimonio exclusivo de unos pocos, los que son como ellos, que los
demás volvamos a vivir mal, como siempre, de acuerdo al lugar que ellos nos
otorgaron desde el principio de los tiempos. La eterna ley del gallinero, con
ellos arriba, claro.
Te juro que no me importa
tener razón, ni sentirme superior, porque no es eso lo que busco, ni la
política es campo para hallar eso. La política es como la matemáticas, donde no
hay razón ni superioridades, hay datos, números, estados, menos dos es menos
dos, y cuatro es cuatro. No digamos que te equivocaste, solo que votaste a
alguien que nos está perjudicando a todos, bueno, a la inmensa mayoría, para
ser precisos, porque a los que siempre fueron dueños del país, a esos les están
haciendo bien. Retomo, votaste a alguien que perjudica a la mayoría, a vos
incluido/a. Por favor, date cuenta rápido, cuando más rápido te des cuenta,
menos daño va a hacer y más pronto se va a ir, y ojo, no soy golpista por
desear que se vaya, ¿o acaso querés proteger al que te golpea, te maltrata, te
avasalla?
Un par de meses atrás El precio de un hombre y La gran apuesta hubieran sido casi
piezas de museo. Hoy tienen una vigencia que asusta. No solo la tristeza no tiene
fin…
(Si bien dejé para que
llenes los puntos suspensivos con lo que se te ocurra, te cuento que lleno los
míos con optimismo: La esperanza también es infinita. Aunque más no sea porque
no me queda otra, apuesto a que antes de que el agua nos llegue al cuello, los
que votaron a estos impresentables reaccionen y nos ayuden a sacárnoslos de
encima. Después de todo… ¿a quién le gusta ahogarse en una cloaca?)
Las fotos corresponden a Umberto D (1952), paradigma de los desprotegidos si los hay. Vittorio de Sica contó la historia de su abuelo con la esperanza de que no se repitiera. 60 años después el problema no se solucionó sino que recrudece cada vez que gana la derecha. Si tan solo se acordaran de los Umbertos D a la hora de votar…
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