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viernes, 19 de abril de 2013

No hagan esto en casa

 
Bueno, a decir verdad, me parece difícil que lo hagan porque no creo que tengan un tigre. Aunque si lo tienen, recuerden que hay abrazos que pueden parecer hermosos pero que en realidad son muy peligrosos...
 
Moraleja: Hay pececitos de colores que en realidad son pirañas.
 
Fue otro capítulo de Zen al paso

jueves, 26 de julio de 2012

Hoy, hoy, hoy



Los días de vacaciones son como andar en bicicleta pendiente abajo con viento a favor. Cuando comenzamos a disfrutar del paseo, se acaba. Los días de trabajo son como vadear arenas pantanosas, uno cree avanzar y no, seguimos a siglos del final.

Cuando comienza la cuenta regresiva, los huesos cansados comprenden que las vacaciones son un paraíso temporario, que ya no habrá siestas intempestivas ni mañanas remolonas, que el lunes el despertador quebrará el silencio y la libertad.

El lunes, el lunes, no hoy. Ni mañana.

El infierno que se imagina es siempre peor que el infierno real. Que cada día se ocupe de su labor. A acallar la imaginación, la anticipación de horrores que quizá no sean tales y a disfrutar de que hoy, a esta hora, en este segundo, no hay obligaciones que cumplir, ni que tampoco las habrá en el segundo siguiente, en la hora siguiente ni en el día siguiente.

Olvidemos que existe el infierno, que no hay gozo mayor que el que se supone eterno.


Fue otro capítulo de Zen al paso

lunes, 2 de julio de 2012

Un domingo casi perfecto


Como termino temprano con las traducciones, aprovecho la tarde para ver algunas películas de entre las muchas que bajé. Opto por los setenta y sus bordes y elijo dos. La chica de Petrovka (Robert Ellis Miller, 1974), una comedia romántica bastante buena con una gran actuación de Goldie Hawn y El día del fin del mundo (Irwin Allen, 1980), una película catástrofe bastante mala con Paul Newman, Jacqueline Bisset, William Holden entre otros notables. Pero su encanto radica en ver cuán mala puede llegar a ser. Aumenta su atractivo que esté doblada, no al español latinoamericano, sino al español de España. Oír a William Holden decir a alguien en el teléfono: “Que se ponga”, me desata una carcajada. Me preparo una cena de papas fritas y huevos. Me cuido porque ya estoy mayorcito, pero una vez al mes me permito una comida colesterolosa sin culpa. Y como junio ya había terminado… Miro un poco de tele y me voy a dormir. Me pongo a leer un policial original y seductor. La protagonista tiene 11 años, transcurre en Inglaterra en 1950 y se recrean los modismos de los autores de la época, como Graham Greene, autor muy frecuentado por nosotros en la facultad. Me duermo con una sonrisa. A las cuatro me despierto. Me duele la espalda y el cuello. Debo haber adoptado malas posturas mientras dormía. Me levanto, me improviso un sándwich de queso para que no me den acidez las dos aspirinas que me tomo. Antes de volver a acostarme, hago estiramientos y elongaciones para acomodar los músculos, que uno no al pedo tomó tantas clases de teatro. Ni las aspirinas ni las elongaciones anulan el dolor. Sé que ya no voy a volver a dormirme e intento entretenerme con la novela de la joven detective. Como a las seis me duermo aunque me despierto pronto, tengo pesadillas. A las 8 salgo corriendo a que me den masajes. Vi que donde hacen pilates, también dan masajes. Una chica de unos treinta años, me acuesta boca abajo en una camilla, me cubre de ungüento y me castiga la espalda hasta que grito de placer y dolor. El dolor se atenúa aunque me recomienda volver a la tarde para otra sesión si quiero dormir bien. Le aseguro que volveré.

Camino a casa me pregunto por qué tengo la espalda y el cuello a la miseria, si hice mis deberes: di clases con alegría, traduje con la mejor de mis voluntades posibles, me reí cuánto pude, armé una grilla para tachar los días que faltan para las vacaciones en la que ya puedo tachar el paro del viernes y la bendición de un nueve de julio en lunes, y me premié con un domingo bueno, casi perfecto. No necesito rumiar mucho para que me venga la respuesta.

Por más que hagas los deberes y te premies otorgándote todos los pequeños placeres a tu alcance, las viejas frustraciones que arrastras de toda la vida, más las nuevas que imperceptiblemente vas sumando te alcanzan, y de nada vale que te rías o que vivas el castigo cotidiano con una sonrisa. Entonces sólo te queda joderte y hacer lo que debas para que el dolor se pase. A veces la mejor filosofía es no tener filosofía.
Fue otro capítulo de Zen al paso

martes, 12 de junio de 2012

Hogar


A Perrito le gusta pasear, tanto que pasea 4 veces diarias. Sí, ya sé, los perros normales pasean un rato una vez por día, pero como entro y salgo 40 veces y cada vez que vuelvo me hace aspavientos como si se hubiera muerto de angustia mientras esperaba que volviera (puro teatro, no bien salgo, se hace un ovillo y duerme, lo sé, me lo contaron y hasta lo filmé), bueno, la cuestión es que como su alegría es legítima, más allá de la sobreactuación, liga como 4 salidas.

Y le gusta volver a casa tanto como le gusta salir. Cuando decide regresar, emprende el camino con alegría, recorre el pasillo con felicidad y traspone el umbral en una pata. Pero no se tranquiliza hasta que lo saludo, aunque sea yo mismo el que lo haya paseado.

Él sabe que éste es su lugar en el mundo, donde come, duerme, hace sus módicas gracias y se lo cuida, pero no halla verdadero sosiego hasta que no se le ratifica que es bienvenido.

Supongo que como siempre debo sacar una conclusión, pero ¿para qué martillar sobre lo obvio?
Fue otro capítulo de Zen al paso.

martes, 5 de junio de 2012

Persona



Mañana de martes. El reloj marca que son sólo las nueve. Me falta todavía media hora para que el timbre me libere de esta clase. Intento terminar con la descripción de una casa bote, es la introducción para que los alumnos escriban una descripción de sus propios cuartos usando there is/ there are (hay) y I have (tengo) más algunas preposiciones de lugar. Llevamos una hora y media de clase ininterrumpida y cunde la dispersión. Cosa rara, los chicos están atentos, pero en la hilera de bancos que están contra las ventanas, en los dos primeros, cuatro chicas se entretienen y se ponen a conversar animadamente. Les llamo la atención con un afectuoso “Chicas, por favor”, después de todo no tienen la culpa de que años atrás, a un genio, al que habría que juzgar por atentar contra la salud pública, se le ocurrió que tenemos que tener clases de dos horas reloj sin interrupción. Las chicas se callan un segundo y después siguen como si nada. M. T., que es un seductor nato, intentando hacerse notar por estas cuatro chicas que no se rinden del todo a sus encantos, pone su mejor sonrisa, las mira y dice: “No le llevan el apunte, porque usted les dice chicas pero en realidad son chicos”. Sé que tengo que decir algo de impecable corrección política, pero estoy cansado, mal dormido, no se me ocurre nada y me sale un sintético y ambiguo: “Bueno eso por suerte hoy ya no importa”. “Claro”, dice M.T., “son personas”. Por deformación cinematográfica, su respuesta me suena a Ingmar Bergman y pregunto “¿Cómo?”. M.T., con convicción y naturalidad me desburra: “No importa el sexo, la elección o la identificación sexual o qué familia conformen, el concepto persona está por sobre todo”. Me muero de ganas de preguntarle quién lo educa así, elijo que no y para no desnudar la emoción, sonrío, asiento y sigo con la casa bote.

M. T. tiene quince o dieciséis años, cuando yo tenía tiene quince o dieciséis años, había dinosaurios antediluvianos que sostenían, como en la Edad Media, que el único modelo de vida y de familia posible era el dictado por la Iglesia Católica. Me conformo pensando que si él puede pensar así hoy, nosotros, los del medio, algo bueno debemos haber hecho.

Conclusión: Nunca pierdas la fe en la humanidad por más desesperado que estés. Siempre hay un inesperado M.T. que te salva el día.

Fue otro capítulo de Zen al paso.

lunes, 28 de mayo de 2012

¿Cómo?

-¿Cómo? ¿Faltan 17 días hábiles para el próximo feriado? ¿Cómo vamos a hacer para llegar vivos?
-Como siempre, perro, de a un día por vez, de a una hora por vez,
de a un castigo por vez...

Conclusión: No sólo el champán se toma de a sorbitos, el mal trago también.

Fue otro capítulo de Zen al paso

martes, 22 de mayo de 2012

Children will listen





La representación teatral es un arte efímero. Chocolate por la noticia. Ninguna función es igual a otra. Chocolate por la noticia, bis. Se ensaya para cimentar el trabajo actoral y mantenerlo más o menos incólume a las contingencias cotidianas.

Cuenta la inmensa Maggie Smith que años atrás hacía una obra en Los Ángeles. Sus hijos, pequeños por entonces, pasaban las vacaciones con ella. Una tarde volvían a casa después de una función. Manejaba la niñera, Maggie iba a su lado y los chicos, sentados atrás. Toby, de cinco años, le preguntó a su hermano: ¿Qué le pasa a mamá? Y Chris, de siete, le contestó: Nada, es una matinée, a la noche le saldrá mejor. Maggie se quedó de una pieza y dijo para sí: Dios mío, se dan cuenta.

Y sí, querida Maggie, por ser hijos de actores y haberse criado en teatros y sets, a esa corta edad sabían más de interpretación que Stanislavsky en toda su vida.

Conclusión: Un padre puede venderle zaraza a toda la humanidad, menos a un hijo perspicaz.

Fue otro capítulo de Zen al paso
(En las fotos, Maggie, su esposo por entonces y padre de sus hijos, el actor Robert Stephens y los niños, Chris y Toby)

sábado, 19 de mayo de 2012

¡Encerraron a Michael Caine!


Michael Caine está filmando en este momento Now you see con Morgan Freeman, Isla Fisher, Mark Ruffalo, Jesse Eisenberg y Woody Harrelson entre otros notables.

Hace unos días filmaban en un teatro fuera de uso en Louisiana. O sea no en un estudio, sino en una locación. La aclaración es importante.

El querido Michael, después de filmar una escena, fue al camarín de pruebas, el lugar en que se hacen pruebas de vestuario, a dormir una siesta. La cuestión es que se durmió profundamente. Cuando despertó, descubrió que estaba encerrado y sin luz. Como no tiene un asistente personal en esta película, la producción creyó que se había vuelto al hotel. Y no bien terminaron, cerraron todo y se fueron.

El pobre Michael, repuesto después de su siesta, comenzó a desgañitarse y aporrear la puerta sin éxito. Su celular estaba en el tráiler. Conclusión: pasó toda la noche encerrado y sin luz. Como estaban en locación y se alojaba en un hotel, solo, sin amigos ni parientes, nadie lo echó de menos. A la madrugada, por pura casualidad (si no tendría que haber esperado hasta el mediodía en que se retomaba la filmación), un carpintero que había ido a buscar unas herramientas que se había olvidado y que necesitaba para otro trabajo, lo oyó y lo rescató.

Las viejas estrellas, que ya están de vuelta hasta del ego, suelen no pedir asistentes personales, personas dedicadas a sobarte el lomo, traerte café, comprarte cigarrillos, pasearte el perro, contestar tu teléfono, etc. Si Michael hubiera tenido uno/a en esta película, no hubiera pasado por esta experiencia.

Moraleja: la modestia y la sencillez son virtudes encomiables, pero no siempre…

Fue otro capítulo de Zen al paso
(Parece que el bueno de Michael no ronca, a mí me hubieran oído. Cuando duermo, abro un aserradero.)

miércoles, 2 de mayo de 2012

Después de la caída


Después de cuatro días de libertad y deleite, llegamos en caída libre a nuestra realidad cotidiana. El golpe es durísimo. Nos sacudimos la ropa, corroboramos que no tenemos huesos rotos y recitamos del revés nuestro número de documento para comprobar que el daño psíquico no es irreversible. Procuramos no acordarnos de lo terrible que son nuestras condiciones de trabajo. ¿Para qué recitar otra vez lo que sabemos de memoria? Hacemos pie en lo positivo. Estamos bien descansados y nadie nos puede quitar lo disfrutado. Suspiramos y aunque por costumbre nos quede la sensación de que es lunes, nos pellizcamos y nos decimos que es miércoles, que en un par de días seremos libres otra vez. Y claro, comenzamos a contar los días que faltan para el 25. El trabajo es una condena y los feriados, las vacaciones y los paros son breves períodos de libertad condicional que hay que ansiar y disfrutar. En definitiva siempre hay que sobrevivir lo que no podemos cambiar.
Fue otro capítulo de Zen al paso. No deje de sintonizarnos.

jueves, 26 de abril de 2012

Maestro peludo


Perrito, como todos los perros, tiene inteligencia limitada. Pero no por eso es menos sabio.

Después de dormir, siempre se despereza.

Antes de salir, hace siempre estiramientos y elongaciones.

Huele siempre la comida antes de abalanzarse sobre ella.

Cuando no estoy, se hace un bollo y duerme la tristeza de mi ausencia.

Pide caricias siempre que las necesita.

Cuando necesita estar solo, se pone bajo la silla del rincón, que ha elegido como su cueva inaccesible.

Cuando se aburre, me observa para ver si puede sacar una conclusión o alguna ventaja.

Cuando hay sol, al menos una vez por día se deja bañar por él.

Un par de veces por día, se tira sobre su lomo patas arriba (en lo que yo llamo “the balls ventilation”) pone su mente en blanco y disfruta de estar vivo.

¿Quién lo hubiera dicho? Todo un maestro zen me salió Perrito.
Fue otro capítulo de Zen al paso

Ilustración: el perrito de Umberto D (Vittorio De Sica, 1952)

viernes, 13 de abril de 2012

sábado, 18 de febrero de 2012

Los peligros de pasear el perro



Domingo a la mañana. Es temprano. No me caí de la cama. Perrito me despertó instándome a que lo saque. Me mal peino, me pongo unas bermudas, me calzo las ojotas, le pongo el collar y la correa y salimos.

No estoy despierto del todo, no me importa, con un poco de suerte me volveré a dormir. No hay nadie en la calle. Perrito no hace sus necesidades de inmediato, necesita inspiración, olfatea pastos, persigue olores hasta que hace lo que tiene que hacer.

Procuro seguir en estado zombi, pero sin quererlo me acuerdo de lo que espera en el día: la traducción de mierda de un infocomercial y la actualización de los exámenes que tomaré en la semana.  Me pierdo en las lamentaciones de mi poca suerte y mi aciago destino, mientras Perrito se concentra en sabrá Dios qué aroma hay oculto en un trozo de pasto de la rambla.

De repente, un perro negro grandote tiene a Perrito agarrado del cuello y percibo que dos perros marrones están a mi espalda, al acecho. No sé si les ha pasado a ustedes, pero en las situaciones de peligro siento como si el tiempo se ralentizara, como si los hechos se desarrollaran en cámara lenta. Mi cerebro, lento por naturaleza, se toma siglos para reaccionar en un apuro.

De un recóndito rincón de mi cabeza surge algo aprendido en mi lejana infancia en Catamarca. No pateo las costillas del perro negro. No. Barro con mi pie y mi pierna sus patas traseras, siente que pierde equilibrio y suelta a Perrito. (Si querés que un perro suelte algo que tiene en la boca, levantale las patas traseras y lo soltará). Tiro de la correa, levanto a Perrito por el aire, Perrito ayuda pataleando y termina junto a mi costado izquierdo, sostenido con firmeza por mi brazo. El perro negro se dispone a atacar otra vez y esta vez casi liga la patada en las costillas, se hace a un lado justo a tiempo. Los perros a mi espalda ladran amenazantes. Desprendo la correa del collar y la uso como látigo hasta que los tres perros se van. Se reúnen con otros cuatro perros que esperaban en la vereda de enfrente. Son una jauría de siete perros de la calle que viven en la playa de estacionamiento de la remisería de la vuelta. Hasta ahora con Perrito nos mantuvimos a respetuosa distancia, es la primera vez que se meten con nosotros.

Pasado el primer susto, reacciono verbalmente y los insulto, mientras me alejo con Perrito en brazos. En la esquina me cercioro si Perrito está bien. Lo está. Ni un rasguño. La buena alimentación, el ejercicio diario y la tupida  pelambre ayudaron. Está tan fuerte como un toro, gracias a Dios. Pero está asustadísimo, como yo, tiembla, no como yo, que no tiemblo, pero casi. Perrito quiere volver, lo acaricio hasta que se tranquiliza y continuamos el paseo. Por suerte no elabora un trauma, se olvida y hace sus necesidades.

Moraleja: No te pierdas en quejas y lamentaciones, puedes no ver un peligro o un infortunio que se te viene encima y que puedes evitar o combatir.

Fue un nuevo capítulo de Zen al paso.
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martes, 31 de enero de 2012

Pequeño saltamontes


Se dice que el secreto del bienestar absoluto, la felicidad incluso, está en no desear nada, porque entonces lo que se reciba, será bienvenido con gratitud, embeleso, como un milagro casi. El no desear nada elimina el fracaso. Si nada se desea, no hay frustración por el no logro. Pero ¿cómo se aprende a no anhelar, a no ambicionar, a no querer la obtención de algo?
No se pierda el nuevo capítulo de Zen al paso. Próximamente en su pantalla.