jueves, 27 de abril de 2017

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme. Una pena. El hombre fue un apasionado de la imagen y no se restringió solo a los largometrajes, sino que cortos, series de televisión (dirigió tres capítulos de la fabulosa The Killing), documentales y hasta recitales de músicos (Talking Heads, Justin Timberlake) lo hallaron también detrás de cámara. Se lo asociará siempre a los logros de su película más famosa El silencio de los inocentes (The silence of the lambs, 1991), pero su talento no se agotó en esa vertiente, supo transitar con variada suerte, aunque siempre con audacia, diversos géneros.


La primera película suya que estrenaron en este país fue El abrazo de la muerte (Last embrace, 1979), un interesante thriller con Roy Scheider, muy famoso por aquella época. Ya llevaba en sus espaldas 4 filmes anteriores, algunos producidos por Roger Corman, gran maestro productor de cine B, de realización rápida, eficiente y de repercusión segura. Ellos eran Caged Heat (1974), Crazy Mama (1975), Fighting mad (1976) y Handle with care (1977).


En 1980 llegaría a la fiesta del Óscar con Melvin y Howard, de las tres nominaciones otorgadas, ganaría dos, la de Mejor Actriz de Reparto para Mary Steenburgen y la de Mejor Guión Original para Bo Goldman, Jason Robarts se quedaría con las manos vacías en su nominación para Mejor Actor de Reparto. Era sobre el encuentro casual de Howard Hughes y un pobre tipo que después reclamaría ser heredero del millonario.


El próximo film, si bien obtuvo una nominación para Christine Lahti como Mejor Actriz de Reparto, le significó unas cuantas peleas con su estrella, Goldie Hawn. Swing shift se llamó y trataba sobre cómo las mujeres pasaron a ocupar trabajos de hombre en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.  El coprotagonista masculino era Kurt Russell, reciente pareja de Hawn por entonces, relación que todavía dura.


En 1986 haría la deliciosa Something wild (Totalmente salvaje, por estos pagos) en la que una peculiar femme fatale, Melanie Griffith, ponía patas arriba la ordenada vida del yuppie Jeff Daniels, no poca importancia tenía en la trama un incipiente Ray Liotta.


En 1988 despacharía otra recordada comedia Casada con la mafia, en la que un policía encubierto, Matthew Modine, se enamoraba de la reciente viuda, Michelle Pfeiffer, de un mafioso (Alec Baldwin). El romance debía eludir también los avances de un capo mafia, Dean Stockwell, que obtendría una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto por este trabajo. 


Y en 1992 llegó El silencio de los inocentes que arrasó en los Óscars las principales categorías: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Actriz Protagónicos (para Hopkins y Foster, claro) y para el Mejor Guión Adaptado. Su historia y personajes son tan famosos que no requieren adentrarse en mayores detalles.


En 1993 entregaría una película que mucho hizo por visibilizar la naturalidad de la homosexualidad y motorizar la adquisición de derechos: Filadelfia. Con otra gran actuación del gigantesco Tom Hanks, acompañado con lujo por Denzel Washington y un galán ascendente muy promocionado entonces por Madonna, Antonio Banderas. Le significaría el primer Óscar para Hanks y uno para Bruce Springsteen por su canción Calles de Filadelfia.



En 1998 no le iría tan bien en su transcripción cinematográfica de la novela de la ganadora del Nobel, Toni Morrison, Beloved, (Querida hija, por aquí) en la que el espíritu de su hija muerta visitaba a una esclava, a poco de que acabara la Guerra de Secesión. No será muy lograda, pero es muy querible, gracias, sobre todo a la entrega de Oprah Winfrey, Danny Glover y Thandie Newton.
Tampoco le iría bien en el 2002 con la primera de sus remakes de películas famosas.  La verdad sobre Charlie, a pesar de la simpatía de Thandie Newton y Mark Wahlberg, no le llegaría ni a los talones de la Charada original, dirigida en 1963 por Stanley Donen con los inolvidables Audrey Hepburn y Cary Grant. En el 2004 le saldría mejor la remake de El embajador del miedo (The Manchurian candidate) que en 1962 dirigió John Frankenheimer con Frank Sinatra, Laurence Harvey, Janet Leigh y una tal Angela Lansbury. Demme haría una astuta relectura con, nada más ni nada menos que, Denzel Washington, Meryl Streep, el ascendente por entonces Liev Schrieber, entre muchos otros notables.


En 2008 haría un vehículo de lucimiento para Anne Hathaway, que sería nominada como Mejor Actriz para un Óscar. El casamiento de Rachel se llamó este intenso drama de segundas oportunidades.


En 2013 llevaría al cine una obra de Henrik Ibsen, A master builder (Maestro constructor) con el protagónico de Wallace Shawn, Julie Hagerty, André Gregory entre otros desconocidos de siempre. No la vi todavía,  les contaré más cuando la vea.


Su último largometraje para cine sería otro vehículo de lucimiento para una actriz. Para Meryl Streep, más precisamente, Ricki and the Flash: Entre la fama y la familia. Ninguna obra de arte, pero de una simpatía palpable. Simpatía en la que no poco contribuiría un elenco con gentuza de la calaña de Kevin Kline, Mamie Gummer, Bill Irwin, Audra McDonald, Rick Springfield, etc.


Su pasión por lo que hacía, sin duda, derrochaba amor, de ahí que incluso sus films menos logrados sean, a pesar de todo, muy entrañables. 
Se te extrañará, Jonathan, buen viaje, te lo merecés. Y no te daremos ahora las gracias, lo hacemos cada vez que repasamos tus películas, en las que vivirás por siempre, ¿qué duda te cabe?

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Apostillas a esta contemporaneidad

Tengo una tristeza poblada de injusticias. Ya son indisimulables los devastadores efectos de la crisis. ¿Qué necesidad había de entrar en este caos? La política es algo objetivo. Quienes ostentan el poder toman medidas que te favorecen o te perjudican, según el rincón en que estés. Y depende de vos defender tu espacio y tus necesidades. La derecha siempre va a buscar que confundás políticos con política. Los grandes medios demonizarán a sus enemigos y sacralizarán a quienes les conviene encumbrar para sacarles prebendas y beneficios. Y como son hegemónicos, lograron que mucha gente votara en contra de sus necesidades e intereses. Lo peor es que como los equivocados pusieron emociones en juego, a pesar de sufrir las consecuencias, siguen defendiendo las manos que sostienen el látigo. Desmoraliza ver que muchos no sepan a qué ámbito pertenecen y crean todavía lo que los grandes medios que los hicieron equivocarse les dicen. Siguen sin entender que nunca los representarán. Nunca.
 Cuando llegó a vivir a casa, Perrito ya tenía la pata delantera derecha resentida y a veces no la apoyaba cuando se movía. Una de sus ocupaciones favoritas es subir y bajar de las sillas que tienen almohadones. En febrero al bajarse de una de ellas se resintió la pata trasera izquierda. Solo le dolía cuando la apoyaba, de modo que comenzó a deambular sin pisar con ella. Todo un espectáculo, medio lamentable  a decir verdad. Se movía usando dos patas, en falsa escuadra, muy en corte de los milagros. De sus cuatro paseos diarios se quedó con solo el higiénico, que ya no era kilométrico y que se limitó a ir a la esquina. Se deprimió e hizo cucha bajo el mueble de la cocina. Pensé que había empezado el ostracismo perruno que precede al abandono de la vida. De a poco  fue acostumbrándose a sus limitaciones y descubrió que, como se lo observa con atención, no tenía por qué abandonar sus hábitos y gustos. Supo que le bastaba con pararse al lado de una silla y mirarla, para que unas manos lo subieran. Y que para bajar le bastaba con quejarse o ladrar bajito. Y que podía seguir encarando sus viejos paseos largos, que cuando se cansara, solo con dar a entender que ya no quería seguir, una manos lo levantarían y concluiría el paseo en brazos. Y ya no se escondió en la cucha de la cocina, volvió por sus fueros y ahora disfruta de una vejez producida, que no por asistida, deja de ser menos disfrutable que los años mozos. En el fondo, él piensa no que el perro es el mejor amigo del hombre, sino que el hombre es el mejor amigo de Perrito. Hace bien, la vida le da la razón. Tampoco se descuida, estimula por todos los medios a su alcance la ternura, no sea cosa que la suerte lo abandone.
 La ficción puede salvar tu vida. O si no embellecerla y mejorarla. Netflix y sus múltiples series y películas hacen que la tristeza sea menos desoladora. Ante un gobierno que no cumple con la ley, hay que sacar fuerzas de donde sea para resistirlo. Ellos juegan a agotarnos, a desalentarnos, a que nos hundamos en la impotencia. Ni ahí. Si el insomnio nos desvela, mejor poblarlo con las historias que Netflix tenga para ofrecernos, que dejarnos ganar por las preocupaciones. 

Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2017

Pausa de Otoño

Amigxs, con su permiso, me tomaré una pequeña pausa otoñal, vuelvo después de Semana Santa, abrazo y gracias.

viernes, 31 de marzo de 2017

¿Qué me pongo? Algunos vestidos icónicos del cine


Es Marilyn Monroe, claro. La película se llamó La comenzón del séptimo año (The Seven Year Itch, 1955) y la dirigió Billy Wilder. El vestido lo diseño Travilla.


El vestido es de Jean-Louis y lo lució Rita Hayworth en Gilda (1946) de Charles Vidor.
Muñequita de lujo (Breakfast at Tiffany's) fue la película. La dirigió Blake Edwards en 1961. El vestido, en realidad, es de Givenchy, detalle que no aclaró la diseñadora oficial del film, Edith Head. Lo luce, claro, Audrey Hepburn.
Gigi (Vincent Minnelli, 1958) fue la película, el vestido es de Cecil Beaton y lo luce Leslie Caron.


Michelle Pfeiffer se hizo notar y cómo en Scarface (Brian De Palma, 1983) y este vestido de Patricia Norris ayudó bastante en resaltarla. 

Una Eva y dos Adanes (Some like it hot, 1959) fue la segunda y última colaboración del genial Billy Wilder y Marilyn Monroe. Esta vez Orry-Kelly se ocupó del vestuario y dio este otro vestido icónico.




Last but not least, ni ahí, nuestra gloriosa Isabel Sarli, que en Carne luce un enterito de encaje diseñado por Paco Jamendreu (no encontré una buena fotos, que valga esta variedad para apreciarlo)  

jueves, 23 de marzo de 2017

Lo recuerdo muy bien

Una de las canciones más logradas para un musical pertenece al film Gigi (1958) de Vincente Minnelli y se titula I remember it well. Es muy creativa y astuta, hace progresar la acción, define los personajes, establece un conflicto y hasta si se la extrapola cuenta en sí misma una pequeña historia. Honoré (Maurice Chevalier) intenta halagar a Madame Álvarez, Mamita para los íntimos (Hermione Gingold) recordándole la intensa pasión que compartieron como si hubiera sido un momento inolvidable de su vida. El problema es que mete la pata una y otra vez porque el romance, lejos de ser un recuerdo indeleble en su memoria, fue uno más en su carrera de seductor. Mamita lo sabe, pero le sigue la corriente, aunque no excluya el sarcasmo cuando le diga: “Me reconforta saber que todavía recuerdes”. Sin embargo, reconocerá al final que su admiración y afecto por él siguen intactos. Ah, la letra es de Alan Jay Lerner y la música es de Frederick Loewe.


H: We met at nine
     Nos encontramos a las nueve
M: We met at eight
      Nos encontramos a las ocho
H: I was on time
     Llegué a horario
M: No, you were late
      No, llegaste tarde
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
We dined with friends
      Cenamos con amigos
M: We dined alone
       Cenamos solos
H: A tenor sang
     Cantó un tenor
M: A baritone
      Un barítono
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
That dazzling April moon!
       ¡Esa deslumbrante luna de abril!
M: There was none that night
       No hubo luna esa noche
And the month was June
        Y el mes era junio
H: That's right. That's right.
      Es cierto. Es cierto
M: It warms my heart to know that you
       Me reconforta saber que vos
remember still the way you do
        todavía recuerdes cómo lo hacés
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
H: How often I've thought of that Friday
      Pienso a menudo en ese viernes
M: Monday
       Lunes
H: night when we had our last rendezvous
       a la noche en la que dimos nuestro último paseo
And somehow I foolishly wondered if you might
        Y de algún modo tontamente me preguntaba si vos
By some chance be thinking of it, too?
        de casualidad no te acordabas también
That carriage ride
        aquella vuelta en coche
M: You walked me home
       Me acompañaste a casa caminando
H: You lost a glove
       Perdiste un guante
M: I lost a comb
      Perdí una peineta
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien
That brilliant sky
       Ese cielo brillante
M: We had some rain
       Llovió
H: Those Russian songs
      Aquellas canciones rusas
M: From sunny Spain?
      ¿De la soleada España?
H: You wore a gown of gold
      Llevabas un vestido dorado
M: I was all in blue
      Estaba toda de azul
H: Am I getting old?
     ¿Me estoy poniendo viejo?
M: Oh, no, not you
      No, vos no
How strong you were
      Qué fuerte que eras
How young and gay
      Tan joven y  divertido
A prince of love
      Un príncipe del amor
In every way
      Hecho y derecho
H: Ah, yes, I remember it well
      Ah, sí, lo recuerdo muy bien

        

jueves, 16 de marzo de 2017

Te amé media hora, no me pidas más

Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
Suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.

Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.

Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más.

Alfonsina Storni

La película se iba a llamar The Cassandra Crossing y era un poco de trenes como Asesinato en el Expreso de Oriente, un poco de catástrofes como Infierno en la torre, filmes que tenían mucho éxito por entonces. Era de esas películas que se les decía globales porque estaban coproducidas por varios países, con artistas de varias nacionalidades. Y en esta, dirigida por el florentino, George Pan Cosmatos, salvo en las escenas grupales, la acción progresaría de a pares o tríos, como en los decorados de las telenovelas, en las que tal ámbito abriga solo a tales o cuales personajes, por un lado estaban los protagonistas, Sophia Loren y Richard Harris, que eran un médico famoso y una escritora que se divorciaban para volver a casarse, Burt Lancaster, como el coronel que haría poco y nada para evitar el desenlace nefasto, asistido por un soldadito que era John Phillip Law, que yo tendía a confundir con Terence Stamp e Ingrid Thulin, como una experta infectóloga, que ayudaría al coronel Lancaster y le sugeriría que haga lo que él no haría, Alida Valli tras unos enormes anteojos, casi desconocida, arrastraba una niña, y había también pasajeros sueltos como Lee Strasberg, un carterista que había sobrevivido a los campos de exterminio nazis, u O. J. Simpson como un oficial norteamericano de incógnito disfrazado de cura, o al guarda que era Lionel Stander, de oscuro vozarrón, que unos pocos años más tarde se haría popular como el mayordomo de Los Hart, esa serie con Robert Wagner y Stephanie Powers. Y como una ricachona caprichosa y muy sexuada, casada con un armamentista muy ocupado y ausente, lo que la obligaba a estar siempre acompañada por su gigoló, ellos. Ava Gardner y Martin Sheen, o sea la gran dama y el joven gigoló.


Ella, claro, era una estrella de toda la vida. Él la venía remando en los repartos, la había pegado con Malas tierras junto a Sissy Spacek, se había hecho notar en el multiestelar elenco masculino de Trampa 22,  y venía de ser el galán de Linda Blair en Dulce prisionera, que era para televisión, pero que acá se dio en cines. Le faltaban dos o tres años para Apocalypse Now, que fue la que lo hizo histórico, estábamos en el 76, y el Apocalipsis, al menos para él fue en el 79.


No sé si se conocían de antes, de alguna fiesta, de alguna gala, de alguna entrega de premios. Ella tenía 54 años, él, 32. Ella con su forma característica de hablar declaró: El verdadero motivo por el que estoy en esta película es el dinero, cariño, y no se hable más. Después de todo no se necesitaba ser muy suspicaz para darse cuenta de que el proyecto era una vehículo de lucimiento para la Loren, que no por nada, la coproducía su eterno marido, don Carlo Ponti. A él le servía estar entre figurones de  tanto renombre, aunque fueran estrellas del ayer. A ella ya no le importaba mucho nada, su carrera hacía rato que declinaba, algún que otro buen proyecto como El juez de la horca, que había hecho en el 72 con sus amigos John Huston y Paul Newman reverdecía sus laureles, mientras que éxitos resonantes como Terremoto en el 74 la sacaban un rato del olvido.


Los interiores de Pánico en el puente, que así se llamó por estos pagos, se rodarían en Roma, en Cinecittá para ser más precisos y los exteriores en Basel, Suiza. Él estaba casado, ¿quién no?, diría ella, con la mujer con la que permanecería casado hasta hoy, hombre constante, relación estable, qué suerte. Quizá fue después de una cena o de un almuerzo, la cuestión es que decidieron repetir en camarines lo que hacían en escena, y eso que eran veteranos, aunque él era joven, había empezado de muy chico, a los 16, y ella, bueno, ya se sabe, los dos eran muy experimentados en este mundo del espectáculo para saber que las sábanas y los telones no se mezclan, pero también, bueno, lo que pasa en locación muere en locación, no se dice, no se recuerda, es tan circunstancial como pasar letra u olvidarla, algo del momento. Pero ella no era mujer para hombres de una sola noche, aunque un par de sus películas sugirieran lo contrario. En La condesa descalza y en La noche de la iguana, las ellas que encarnaba no repetían compañeros de alborozo, despierta, muchacho, tu noche acabó, hasta la vista y buena suerte. Quizá él no podía concebir que ella, el animal más hermoso del mundo, fuera suya solo una noche. Quizá a ella le gustaba estar enamorada, ¿a quién no?, bueno, quizá a ella le gustara más. Quizá a él le gustaba amarla. La cosa es que una noche siguió a la otra, y el romance fue relación. Y en público había siempre alguien en el medio, un asistente, un peluquero, un chofer, que no había que dar que hablar, que él estaba casado y con hijos que eran chicos todavía, quien sería conocido como Charlie Sheen andaba por los 11, Emilio Estevez por los 14, Renée Estevez por los 9 y Ramón Estevez por los 13. Por ellos, o para evitarse problemas o hasta que surgieran los planes de futuro, el amor debía ser secreto o al menos negable.


La película terminó y fue un éxito en todas partes menos en los Estados Unidos, qué importa, estas son cuestiones de productores y boleterías, lo que importa es que ella volvió a Londres, desde el 68 ya no vivía en Madrid, en la casa vecina de la Puerta de Hierro peronista, y él a Los Ángeles a continuar criando a sus pichones de actores. Unos días, que al rato había que ir a Toronto, donde filmaría La niña del caserón solitario con Jodie Foster, que por entonces era niña y la del título. Pero él si tenía dos días de pausa en el rodaje, inventaba una excusa y no se iba a Los Ángeles sino a Londres a visitarla, y ella lo compartía con sus perros. Y él se volvía feliz, pero una mañana ella despertó y se dijo, no está bien que dure tanto, y lo llamó y le dijo, no vengas la próxima, y él dijo que no pero sí, y fue The end.


Después ella se fue Nueva York a filmar una de terror, Centinela de los malditos e hizo que lo olvidó, pero se ponía enigmática cada vez que se lo mencionaban. Cuando vio el Apocalipsis que era ahora, lo llamó para felicitarlo, pero colgó cuando él se puso más personal, ya está, ya pasó, le dijo antes de colgar, fue amor de locación, no fue tu primero ni será tu último. Y se perdieron en sus cosas. Ella en su soledad, él en sus hijos, en sus proyectos. Pero el amor, por pequeño y breve que sea no se olvida, que no todos los amores son gigantes y largos, y ella, en las noches de insomnio, apaciguadas por dos o tres tragos de más, se acordaba de él y sonreía, y él, cortando el pasto en algún atardecer se acordaba de haber conocido bíblicamente al animal más hermoso del mundo y de puro orgullo se le despuntaba una sonrisa. Los grandes amores se recuerdan con lágrimas, reproches o fulgores, los pequeños con una sonrisa, no sé cuáles son más lindos.

Gustavo Monteros

miércoles, 8 de marzo de 2017

Envejecer no es para cobardes



Para el musical Follies, que trataba el último encuentro de estrellas teatrales del pasado en un teatro de variedades, donde tuvieron grandes éxitos y que demolerán pronto, Stephen Sondheim compuso una canción, I´m still here, que era un himno a la estrella superviviente, aquella que personal y profesionalmente pasó por todo y que sin embargo sigue en pie, entera. La estrenó Yvonne De Carlo y por estos pagos se la recuerda, porque para su regreso del exilio, con letra adaptada a circunstancias de su vida, la presentó Nacha Guevara y hasta tomó su título para darle nombre al espectáculo: Aquí estoy.


 En un momento dice la letra original:

First you're another sloe-eyed vamp
Primero sos otra vamp de ojos rasgados
Then someone's mother, then you're camp
Después la mamá de alguien, después sos camp
Then you career from career to career
Y así vas de carrera en carrera…
No hay actriz que no sepa eso de que en algún momento se deja de ser el objeto romántico, la damisela en peligro, la joven emprendedora o la mujer fatal y se pasa a ser la madre, la tía o la jefa experimentada de la protagonista. (A menos que se sea Meryl Streep y se trabaje tiempo completo buscando papeles atrapantes que se adapten a los años que su cuerpo lleva encima). Es decir, o se acepta pasar del centro de la escena a la periferia, o se buscan papeles dominantes para actrices mayorcitas. O se hacen ambas cosas a la vez, como Nicole Kidman, que es la madre adoptiva del protagonista en Lion / Camino a casa, rol por el que obtuvo nominaciones a casi todos los premios importantes, Óscar incluido, como Mejor Actriz de Reparto, mientras que por otro lado, protagoniza junto a Reese Witherspoon y Shailene Woodley Big Little lies, serie de HBO, donde hace de ardiente esposa del galán sexy Alexander Skarsgard, que no hace mucho se probó el último taparrabos de Tarzán.
Por lo que sea, no son nada fáciles las transiciones de una carrera a la otra, se depende mucho de la suerte y de la predisposición a aceptar el paso del tiempo con el respectivo cambio de roles que acarrea. Muchas actrices se quedan paralizadas y tardan varios años en aceptar que ya no son jóvenes. Digo actrices, porque hablaré de lo que pasó con algunas de ellas en los sesenta, pero también les pasa a los actores, que el tiempo hace estragos con todos. Michael Caine en su autobiografía se ríe de ese momento. Cuenta que un aciago día recibió un guión y al comentar las características del galán protagónico con su representante, este lo interrumpió y sin amables prolegómenos le dijo: No te quieren en el protagónico, sino como el padre de la chica. A Michael le costó asimilar el golpe, de seducir a la dama joven pasaba a ser ¡su padre!

A comienzos de los años sesenta las carreras de Bette Davis y Joan Crawford, para decirlo con elegancia, languidecían. Si somos crudos diremos que estaban cerca de un final ominoso. Durante los años treinta y cuarenta habían reinado y competido por ser las reinas del melodrama, que también podían hacer comedia y de tan completas, por el puesto de la primera gran actriz estadounidense. No eran las únicas es aspirar a ese puesto, Katharine Hepburn también se anotaba en esa competencia, que como se sabe, siempre queda sin ganador, porque no existe en arte el absoluto del mejor, ya que se celebra siempre la diferencia, la particularidad, cualidades que no admiten un exponente triunfador único. En arte, nadie es “el mejor”. Lo que no impide que por algunas mezquindades e inseguridades muy humanas, tal o cual se erijan en Yo soy el o la mejor.
Volviendo a Bette y Joan, durante años no se habían tirado con flores, sino con floreros, macetas y hasta con jardines y viveros. Si no se odiaban, se detestaban con beligerante militancia. Entonces el director Robert Aldrich (o alguien más, supongo que lo sabré cuando vea la serie) pensó que sería un atractivo comercial extra si se las juntase en un mismo proyecto. Optó por una novela de Herny Farrell, en la que una exestrella infantil atormenta a su hermana parapléjica en una mansión decadente de Hollywood. Bette y Joan aceptaron y en 1962 comenzaron ¿Qué pasó con Baby Jane? Joan, más coqueta o sin querer desmerecer su pasado sex-appeal, prefirió no exagerar los estragos de la edad. Bette que no era de andar con melindres, no paró hasta dar con un maquillaje monstruoso, que más que un rostro parecía una máscara de cera derritiéndose. Como bien pudo deducirse por el resumen del argumento, la cosa venía para el lado del thriller, del terror gótico o del desmadre camp. El éxito de esta aventura dio nacimiento sino a un subgénero, al menos a una tendencia que se ramificó con celeridad.
El mismo Robert Aldrich, en 1964, volvió a la carga con otro cuento de Henry Farrell, Cálmate, dulce Carlota. Otra vez con Bette Davis enfrentada ahora con otra diva del viejo Hollywood, la siempre magnífica Olivia de Havilland. Bette era una exbella sureña que vive reclusa en una mansión que se erige en el centro de una plantación, ruinosas todas, la casa, la plantación y la exbella, a esta última la cuida una leal ama de llaves, Agnes Moorehead, y juntas reciben las habituales visitas de un médico amigo, Joseph Cotten. Este frágil status quo será descalabrado por la llegada de una pariente lejana, Olivia de Havilland, y entonces…
En 1965, en la rubia Inglaterra, para el estudio Hammer, especialista en sustos varios, otra vieja diva, la extraordinaria, en más de un sentido, Tallulah Bankhead, torturaría a la joven ascendente Stefanie Powers en ¡Muere, muere, querida mía! Tallulah sostenía que Powers, la novia de su hijito era la culpable de la muerte del muchacho y entonces… Dirigió Silvio Narizzano, y es una pena que la declinante salud de Tallulah, que le cobraba al fin años de descontrol, nos privara de otras supremas actuaciones delirantes como la que ofrece en esta deliciosa joya del absurdo involuntario.
A comienzos de los setenta, esta tendencia de someter a viejas glorias a historias de terror gótico parecía agotada. No fue óbice para que en 1971 un especialista del thriller terrorífico, Curtis Harrington no intentara suerte con las siempre fabulosas, a pesar de sus veteranías, Shelley Winters y Debbie Reynolds en ¿Qué pasa con Helen?, donde hacían de madres de dos asesinos amigos y cómplices, que por culpa del escándalo producido por sus sangrientos retoños, huían de su ciudad a Hollywood donde abrían una escuela de tap para niños cuyas madres ambicionaban convertirlos en estrellas infantiles. Por supuesto la sangre, todo un rasgo de familia,  no tardaba en correr y entonces…
Todo esto viene a cuento porque se estrena Feud, (Feud puede traducirse tanto como enemistad manifiesta, odio de sangre o disputa tonta), serie que quienes ya vieron el primer capítulo me recomiendan con inusitado fervor, asegurándome que disfrutaré cada segundo. La serie recrea las circunstancias del antes, durante y después de la filmación de ¿Qué pasó con Baby Jane? Serie en la que rodeadas de estrellas como Judy Davis, Alfred Molina, Stanley Tucci, Alison Wright, Catherine Zeta-Jones, Kathy Bates o Sarah Paulson, Jessica Lange interpreta a Joan Crawford y Susan Sarandon a … cha-cha-cha-chán …Bette Davis. Sin desmerecer a la inmensa Jessica, mis ojos es probable que no se aparten de Susan, porque Susan en muchas fotos me parece como una hija no reconocida de Bette.
El título de este post, surge de un almohadón que bordó Bette en su vejez, en el que ponía “Old Age ain’t no place for sissies”. Sissies literalmente es maricones, metafóricamente es cobardes. En honor a una amiga, que siempre me discute que esta frase queda mejor traducida con cobardes, es que opté por llevarle el apunte, y no insistir con que Envejecer no es para maricones.

Gustavo Monteros

jueves, 2 de marzo de 2017

Martha, Brian y el tío Óscar

Si alguien estaba mirando la antesala de la entrega de los Premios Óscar, o sea la vidriera de la alfombra roja, y los veía pasar, se preguntaba quiénes eran, porque es obvio que no tienen caras de famosos, por el motivo que fuera, de mucho acicalamiento, por ego inflado, por creer tener el nombre secreto de Dios, a los famosos se les nota que son famosos. Pero la pregunta se volvía inútil cuando se veía los portafolios que llevaban, los famosos pueden llevar muchas cosas a la alfombra roja, padres, hijos, amantes, pasados inconfesables, mal aliento, pie de atleta, piojos, mugre, mascotas, pero un portafolio, no.


Entonces el portafolio los definía y uno se decía, son los llevan los sobres, los que tienen el  secreto mejor guardado de la noche, diría un presentador cursi y nada original, sí, claro, son ellos, y hasta es probable que algún entrevistador muy profesional, o muy bien producido, supiera sus nombres y hasta les preguntara una tontería de rigor para lucir humor. Y ellos sonreirían, felices, porque esa noche trabajaban, pero tenían un trabajo glamoroso como pocos, eran los que contaron los votos, los que supieron antes que nadie, cuando el último voto fue contado, no sé qué día, a qué hora, que Sylvain Bellemare había ganado el premio al Mejor Montaje Sonoro por Arrival, y que la divina de Isabelle Huppert regresaría a su patria, dejando estelas de exquisito perfume francés, pero con la manos vacías y una puteada a flor de labios por haber perdido el tiempo, puteada que sonará muy fina y aristocrática, porque será en francés, idioma en el que hasta la palabra chancho suena como nombre de flor.


Hoy, tras un ligero error, una pavada, un sobre entregado por error, son tan o igual de famosos que Warren Beatty y Faye Dunaway, que esculpieron su nombre en la piedra con sus delincuentes Bonnie and Clyde, y que reforzaron su fama con otros cuantos logros y errores, muchos, algunos, que nadie es perfecto, carajo. Ahora sabemos que estos dos gorditos, perdón, de peso normal ligeramente excedido, con los portafolios, se llaman Martha L. Ruiz y Brian Cullinan. Martha y Brian, para siempre unidos en el mismo párrafo con Faye y Warren, convertidos los cuatro en un chiste que se volverá legendario, folklore, eterno.


Martha es la primera latina y la segunda mujer en tener la responsabilidad de entregar los sobres con los ganadores, que ahora sabemos que son dobles, repetidos, que los contables responsables de los sobres, en este caso nuestros Martha y Brian, se ponen uno a cada lado del escenario, y según por dónde salgan los presentadores les entregan uno u otro, y el repetido vuelve al maletín. Pero Martha no fue la que metió la pata, menos mal, por mujer y por latina, en un mundo que posterga a la mujer y no te digo si encima es latina, la hubieran mandado al espacio a buscar a la perra Laika, no, el que metió la pata fue Brian. Pobre, se le traspapeló, en vez del de la mejor película le entregó a Warren y a Faye, el de la actriz que ya había ganado, Emma de la familia Stone, la bella Emma ya había lagrimeado, se lo había dedicado a su madre, padre, maestro de actuación, canario, tortuga, gato, caballo, perro, cobayo, o lo que fuera que tuviera de mascota cuando era chica, bah, si es que se lo dedicó también a la mascota en su discurso, igual, parecido, en nada diferente, a los cientos, miles de discurso que se dieron desde que el Óscar es Óscar, de tan octogenario, casi nonagenario.


Sí, Brian, se equivocó, pobre, encima es fanático de las estrellas, antes o después o en el momento de entregar el sobre maldito, andaba tuiteando fotos de la bella Emma, después, producido el descalabro las borró, las de Emma y las anteriores, aunque ya era tarde para desaparecer evidencias incriminatorias, queda el registro en caché, todo mal con Brian, pero Warren también tiene menos reflejos que cuadripléjico nuevo, porque se dio cuenta que decía Emma Stone y no salió a preguntar si estaba bien, o dio vuelta la espalda para consultarla a Faye, no iba a ser escuchado si la consultaba en escena, los micrófonos no los llevan encima de sus trajes de diseño y sus vestidos haute couture, no, están pegados al atril, a los que deben acercarse para ser oídos, ni tampoco se fijó qué decía el sobre, que ahora en las fotos magnificadas revela que decía Mejor Actriz Protagónica, y eso que Warren no es novato en estas lides, no, es bien veterano, porque se habrá hecho estrella con Bonnie and Clyde, pero ya venía rompiendo el vicio, desde pequeño, además es hermano menor de otra veterana de varias guerras del show, el cine y el Óscar, la Gran Shirley, sí, Shirley Mac Laine.


Pero no, el hombre se taró y aunque hizo una pausa eterna, mientras decidía algo que no decidió, cuando Faye no sabía si era que creaba suspenso o le estaba por dar un ataque de algo, apurada por la producción que sin duda le habrá dicho que no se demoraran, que era tarde, que era el último. Entonces Warren, sin haber resuelto nada, le pasó el papel a Faye, la brasa ardiente, como quien dice, y Faye no leyó el encabezado, pensó que su compañero le dejaba el honor de leer el título de la ganadora y eso hizo, leyó el título que figuraba ahí, en letras bien grandes.


Y ahí nomás subieron los La la land landeros y se pusieron a discursear, muy emocionados, y empezaron a correr los asistentes por atrás, hasta Martha y Brian hicieron acto de presencia en el escenario, que ya parecía escenario de acto de fin de curso, invadido por padres ansiosos por recuperar y felicitar a sus hijos, antes de que digan Felices Vacaciones. Warren, que mientras pensaba qué hacer era como Peter Sellers en La fiesta inolvidable y después cuando, nada solidariamente, le entregó la responsabilidad a Fay, era como Mr Bean, procuraba ahora explicar qué le había pasado. Pero el pelado productor La la land landero, hecho una furia y con razón, y con nobleza también, dijo perdimos, ganó Luz de luna, no es joda, vengan, vean. Y Ryan, de los nervios, o divertido a propósito, se reía como Patán, el perro de Pierre Nodoyuna.


Ahora la Academia dice que Martha y Brian tampoco avanzaron con el protocolo del error de urgencia, vaya uno a saber qué es eso, será ¿gritar fuego despejen el edificio?, ¿desmayar a Faye y Warren de una trompada y preguntar si hay un médico en la sala?, ¿abalanzarse sobre el micrófono y gritar Que nadie se mueva, esto es un error?, vociferar ¿Socorro, ladrón, ese Óscar no es suyo?, o ¿pedir cierren el telón y corten la transmisión televisiva? Sabrá la Academia. Pero más lástima que Martha y Brian,  merecen los que se estaban durmiendo y apagaron la tele en el momento que Faye dijo La la land, y se perdieron el error que hizo historia, que marcará un antes y un después en la entrega de las estatuillas doradas.


Warren se lamentará de aquí a la eternidad no haber hecho otra cosa, porque de ahora en más será un chiste, la nota al margen, el pie de página. Y Martha y Brian, ya deben haber perdido el trabajo. O si la empresa tiene un mínimo de sensibilidad o de abogados, porque los metedores de pata son socios, ya los debe haber mandado a la sucursal de Alaska a que cuenten caribúes, búhos grises, musarañas, grullas y somorgujos.


No se preocupen, Martha y Brian, Hollywood o sea la Academia, después de acordar, mediante juicio o arreglo sin juicio, la plata debida, generada, atribuible al error, que no en vano estamos en un sistema capitalista como Dios manda, acelerará dar vuelta la página, olvidar la vergüenza, recuperar un rigor, que a decir verdad nunca tuvieron, pero en un par de años, cinco a más tardar, un programa de televisión querrá saber qué fue de sus vidas y volverán al primer plano al que un sobre equivocado los mandó.


Mientras tanto,  no sufran ni se flagelen, después de todo no bombardearon una boda con todos sus invitados, en alguna ciudad impronunciable, porque dijeron que acudiría un terrible terrorista, que al final no fue y que hasta no hace mucho hacía negocios con el presidente estadounidense de turno. No, transformaron una ceremonia soporífera en una reedición de Miss Colombia versus Miss Filipinas en una final de Miss Universo. Que no jodan, son gente de cine, aunque más no sea por deformación profesional deberían valorar la importancia capital de un final inesperado. 


Gustavo Monteros
Coda necesaria y urgente

Uno de los pilares filosóficos de las obras de teatro de Shakespeare, es que al principio de las mismas, hay un orden natural,  establecido o de mero equilibrio que se rompe y que debe recomponerse al final de las mismas.


Cuando en los países del mundo triunfa la derecha, ese orden que sostenía Shakespeare también parece quebrarse.


Daré dos ejemplos de este mundo desquiciado.


En Santa Fe en el juicio por la causa “La Casita”, el centro clandestino de detenciones, en el que se cometieron crímenes de lesa humanidad durante la Dictadura, la hija del expolicía Eduardo Ramos, acusado en dicha causa, amenazó a los jueces con: "Cuídense ustedes tres, que las cosas están cambiando" Siempre hay amenazas, el problema es que esta vez pueden hallar asidero.


Y en la otra punta, en Los Ángeles los que metieron la pata con un sobre en la última entrega de los Óscars contrataron guardaespaldas porque están amenazados de muerte. Sí, leyeron bien, amenazados de muerte. Para que esto ocurra, los medios carroñeros de radio y televisión no pararon de batir el parche con el tema, y diarios, revistas y televisoras de intenso e incurable amarillismo hasta cercaron las casas donde viven estos dos perejiles.


Al revés de lo que quiere hacer creer la Derecha de que el orden se subvierte cuando triunfa la izquierda, es la derecha la que desinclina la balanza, soltando las riendas de los fundamentalistas exaltados.


El orden social se ha roto, ojalá se restablezca pronto, para bien de todos los Shakespeare, o sea nosotros.


Gustavo Monteros