viernes, 14 de julio de 2017

jueves, 29 de junio de 2017

Elsa Elsita Elsona


Se había muerto tan brevemente que tuve que cerciorarme si había muerto de verdad o había sido otro cuento. Hay portales de noticias que sostienen durante semanas que se suicidó el hombre que fue el bebé en Los Cazafantasmas original y ahora, sin embargo, la noticia de esta muerte pasaba por esos mismos portales con el sigilo de un roedor y la velocidad de una flecha. Y pensar que en la historia, con mayúsculas o minúsculas o hasta con faltas ortográficas, de nuestro cine es una figura ineludible, que con su rostro fijó una etapa importante de nuestra cinematografía.


No bien me enteré, repliqué la reseña de esta irreversibilidad en mi facebook, con algo así de que había muerto mi infancia, en la impresión y en el apuro a uno le sale la cursilería, pero también la verdad. No es feliz decir que su deceso mata mi infancia, porque ya lleva muerta un largo rato, aunque no es desmerecer a la verdad que al irse ella, una de sus últimas habitantes, aquel momento  se ahonda más y más en el olvido. No es que pensara mucho en ella, pero saber que vivía mantenía presente el recuerdo, apenas, pero presente, de que yo había tenido, como todos, una infancia, y que había sido como todas, deslumbrante y decepcionante.  


Es que cuando comencé a ver cine, ella estaba ahí, en las películas de la época, pero sobre todo, estaba en dos, que decían que eran buenas, es decir, yo tenía noticia de que eran buenas de antemano, de antes de verlas, pero aunque no lo hubiera sabido, hubiera comprendido que eran buenas, porque llevaban su genialidad impresa en cada secuencia, puede que no hubiera podido decir por qué eran buenas, pero hubiera porfiado en su grandeza, tan evidente era.


Una es La casa del ángel de Leopoldo Torre Nilsson, la primera colaboración con quien sería su mujer de toda la vida, la novelista Beatriz Guido, era de 1957 y estaban también Lautaro Murúa, al que al inicio y al final no podía verle la cara cuando le entregaba la taza y la cámara subjetiva lo enfocaba hasta el cuello, y Guillermo Battaglia, que hacía del papá (y qué papá) de Elsa Daniel que hacía de Ana, Castro para más datos y estaba también Bárbara Mujica que hacía de Vicenta, que me quedó, porque mirá que llamarte Vicenta. Y era sobre la pérdida de la inocencia, de forma medio trágica, que no podía ser de otro modo, en tiempos en los que el mandato social era muy hipócrita y reprimido, y el sexo era temido.


La otra era El romance del Aniceto y la Francisca, de 1967, y ella era la Francisca y Federico Luppi era el Aniceto y la tercera en discordia era María Vaner, la Lucía, que se quería quedar con el Aniceto, que no en vano el título completo de la película era Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... Y se basaba en un cuento del hermano de Fabio, Jorge Zuhair Jury. Y era tan hermosa como triste, e inolvidable.


Antes o después, estuvo en otros dos clásicos de Torre Nilsson sobre novelas de Beatriz Guido, La caída, 1959 y La mano en la trampa, 1961 (en 1956 ya había protagonizado para Torre Nilsson Graciela, pero la Guido todavía no formaba parte del paisaje y se notaba). Y filmó bajo las órdenes de otros notables, como Mario Soffici (Isla Brava, 1958), Daniel Tinayre (La cigarra no es un bicho, 1963), Enrique Carreras (Amalio Reyes, un hombre, 1970) o José Martínez Suárez (Los chantas, 1975) Estuvo casada con Rodolfo Kuhn para quien trabajó en Los inconstantes (1962) y Ufa con el sexo (1968) y con quien tuvo una hija, Roberta.


En 1968, se descubriría como una comedianta fabulosa en Psexoanálisis de Héctor Olivera. Su personaje es hilarante y cada vez que la veo no puede dejar de reírme mucho. Esa veta cómica la explotaría en dos personajes para dos etapas distintas del recurrente programa televisivo Matrimonios y algo más de Hugo Moser. Para la etapa de la década del setenta crearía La impúdica, una pacata temerosa del sexo que se derretía si su marido (Osvaldo Terranova) le decía al oído una mala palabra que nunca supimos cuál era, pero que ella imploraba con un “Dale, decime la palabrita”. En la etapa de la década del ochenta de dicho programa, integraría junto con Hugo Caprera el dúo de music-hall Los gladiolos, unos malos y mustios actores que más cómicos eran cuánto más malo y triste era lo que contaban o hacían.


Y un buen día se retiró, para dedicarse a la administración de hoteles según supimos en algún momento. Y ya no volvió, pero yo nunca la olvidé. Y no importa que la noticia de su muerte haya durado en los portales apenas un suspiro, ella es eterna, porque eternas son La casa del ángel y El romance del Aniceto y la Francisca, es como dijo el John Keats inglés, A thing of beauty is a joy forever.

Gustavo Monteros


jueves, 22 de junio de 2017

Curso de introducción al cine de Bollywood - Unidad 1

No sé absolutamente nada de Bollywood, salvo el lugar común de que las películas que produce son exageradas, largas, coloridas y que cualquier excusa es buena para que todos se pongan a bailar.  Más alguna que otra escena, entrevista en películas de otros géneros y orígenes, en la que se atestigua a personajes solazarse en un cine con chicas frente a diosas de varias manos o que luchan contra monstruos imprecisos con algo de lagartos. De allí que en noches de insomnio me tienten los títulos de Bollywood que ofrece Netflix. (Aclaración necesaria, como cinéfilo de ley vi películas indias, casi todas de cine arte, hablo aquí de las producidas por la industria con intención de provocar grandes impactos y repercusión inmediata en las boleterías).


Una noche decido aventurarme con Raees, protagonizada por Shah Rukh Khan súper-astro indio que el cine de Hollywood usó en Mi nombre es Khan (Karan Johar, 2010).


El resumen dice: Durante la década de los ochenta, el astuto Raees se convierte en el rey del contrabando de Gujarat y, para equilibrar su vida criminal, ayuda a la gente. O sea estamos ante un maleante medio culposo que se vuelve un Robin Hood. No el más apasionante de los argumentos, pero hemos visto peores, y si los beggars can´t be choosers, los insomnes menos.


La dirige Rahul Dholakia, a quien no tengo el gusto de conocer, y que bien podría ser el mejor director del mundo o un pariente de Ed Wood (que también era excelente aunque en el sentido opuesto). Arranca hablando de un territorio y usa el  estilo épico a la manera de Lean en Lawrence de Arabia. Seamos claros, homenaje… en versión copia fiel. Y por eso ya me cae bien don Dholakia, dije no hace mucho que los directores que copian son como esos transformistas obsesivos que terminan por ser iguales a las estrellas que copian de puro amor e infatigable repetición de sus trucos. O sea, después de mucho trabajo y disciplina. Pero mucho, mucho de verdad. Lo cual debe respetarse o apreciarse, sobre todo en épocas en que todo se compra hecho y baratito en la sala de montaje digital.


El protagonista, el Raees del título, en versión pibe al inicio tiene que usar anteojos y la madre no tiene plata para comprarlos, de allí que Raees con la ayuda de un amiguito, Sadiq (Mohammed Zeeshan Ayyub en la versión adulta y que permanecerá en categoría de adjunto y no ascenderá a coprotagonista) le robaran los anteojos a una estatua de… Gandhi. Ya la cosa más que gustarme, me entusiasmaba. Los dos pibes se convierten en distribuidores de alcohol para un contrabandista local. Hay una Ley Seca, (la acción trascurre por los ochenta, digo para que no se confunda con la famosa de los EEUU) de allí que el alcohol sea ilegal.


Ya adulto, Raees querrá tener su propio negocio de contrabando y pretenderá que, el en un principio reacio, Sadiq sea su socio. Cuando lo convenza, comenzará una nueva etapa en sus vidas. Para entonces, cada transición da pie a ¡sí!... un número musical. Espectacular, grandioso, colorido y muy, muy alegre.


Habrá, por supuesto, un interés romántico para el héroe, Aasiya (Mahira Kahn) con la que se terminará casando, pero a la que no veremos besar en los labios, porque por algún lado hay una restricción para ver o hacer eso en público, y no se ve en los filmes, beso a una mujer, parece, porque en Bombay Talkies, película en episodios, otro producto Bollywood, en una de las subtramas hay un romance homosexual y se ve un beso entre dos hombres.


Pero no nos perdamos, los muchachos abren su negocio, triunfan, en el medio hay otro número musical, claro, y enfrentan las primeras envidias que solucionarán a los tiros. A esta altura, el director Dholakia ya ha perdido toda vergüenza y dirige no ya como David Lean, sino como el mismísimo Sergio Leone, y si Leone celebraba la unión de la historieta con la ópera, poniendo el acento en la ópera, su discípulo copiador Dholakia lo pone en la historieta, y si el cine de Leone no sería tan notorio sin la música de Ennio Morricone, Dholakia recurre a un parecidamente melodioso Ram Sampath.


La trama, siempre sencilla, avanza con una asociación del protagonista con políticos, que posteriormente derivará en enemistades irreconciliables, también se ganará un marcado antagonismo con un policía, indeclinable como el Javert de Los miserables o como el Tommy Lee Jones de El fugitivo. Habrá también traiciones varias de examigos y citas afanosas a Matrix (Wachowskis, 1999), El tigre y el dragón (Ang Lee, 2000), El mariachi (Robert Rodríguez, 1992) y Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003), entre las más notorias y evidentes. Son tan claras las citas/robos que uno no hace más que disfrutarlas en su esplendor.


El film dura dos horas 23 minutos que se pasan en un santiamén. No sé si voy a tener tanta suerte con los próximos títulos Bollywood que elija, pero empecé de lo más bien y no hay mejor impulso para perseverar.


Gustavo Monteros

jueves, 15 de junio de 2017

De olvidos y desmemorias

Dije por ahí, en algún momento, que un cinéfilo es un traficante de recuerdos. Pocos ejercitan tanto la memoria como un cinéfilo. El olvido y la desmemoria le están prohibidos. Le deben ser tan ajenas como la duda al fanático. Y sin embargo el cinéfilo es también un ser humano y por lo tanto se olvida. Ocasionalmente, claro, sino debería abandonar la membrecía de la cinefilia. Y así, a veces, no recuerda haber visto este o aquel film, que sí ha visto. Se da entonces explicaciones plausibles para la temida anomalía. Se dice que debió haberlo visto en una seguidilla de filmes que ganaron preeminencia y se registraron en su memoria, relegando el film en cuestión a ese apartado rincón de la conciencia que se parece al olvido.  Que debió haberlo visto ganado por circunstancias preocupantes que le impidieron imprimirlo en su elástico registro de datos. Que su desinterés por ver dicho film en aquel momento dado era tan marcado que no sobrevivió al trámite de la visión. Lo que sea, menos admitir que lo olvidamos porque estamos viejos o perdemos la pasión.


Como muchos, hago en Netflix Mi lista, o sea, agrupo aquellas opciones que me gustaría ver. Las mías abarcan algunas películas que ya he visto, pero que me gustaría revisitar, y otras que todavía no vi. Sin embargo hay noches en que me gusta saltearme Mi lista y ponerme a pescar. Un cinéfilo busca siempre el tesoro innominado y desconocido que habrá de seducirlo, de encantarlo, de deleitarlo, de desvelarlo (mientras vuelve a proyectarlo en el cine de su cabeza para que se quede a vivir ahí). Como todo cazador, disfruta tanto de la caza como de la presa.  Y así voy de una opción a otra, me digo que no tengo que persistir si no encuentro algo pronto, que tengo que evitar que la búsqueda se transforme en neurosis. Doy con algo que dice llamarse Así es la vida, lo que me divierte porque tiene el mismo título de un clásico del teatro argentino llevado al cine ya dos veces. Y corroboro que nada tiene que ver con este legado argentino cuando pido más información y me dice que se trata de una película de 2010, dirigida por Richard Levine, de 1h 33m, y me la resume así: Harto de su empleo como escritor en un pésimo programa de TV, Ned cree que su vida no podría ser peor… hasta que su hijo adolescente le confiesa que es homosexual. El elenco es de primera y me pregunto cómo no la vi todavía, de modo que sin dudarlo más le apunto al play y aprieto.


Como suele suceder el resumen miente, no es que el enterarse de la homosexualidad de su hijo sea la gota que rebalsa el vaso, sino que Ned (Liev Schreiber) el guionista en cuestión, cuando la trama empieza, ya conoce la sexualidad de su retoño adolescente, y está más preocupado por satisfacer las exigencias de su jefe, Garrett (Eddie Izzard) el coordinador de historias de la serie televisiva para la que trabajan.


Así es la vida, Every Day, en el original, es una comedia amarga, pero amable (no es un contrasentido, las comedias amargas suelen ser crueles) que funciona por acumulación de problemas.


Por un lado los de Ned, en el trabajo, en el que su jefe favorece a un guionista de menor experiencia, Brian (David Harbour, en breve participación) y dado que el pobre Ned sigue sin dar pie con bola, el jefe Garrett lo obligará a trabajar en colaboración con Robin (Carla Gugino) que ofrecerá, aparte de ayuda, alivios sexuales a los que Ned se niega primero y acepta después. En casa, Ned debe responder a las preguntas peligrosas de su hijo menor, Ethan (Skyler Fortgang) un aprendiz de violinista, mientras lidia con la intención de Jonah (Ezra Miller) de asistir a un baile LGBT, al que Ned no quiere que vaya.


Su esposa, Jeannie (Helen Hunt) mientras tanto, traslada a su padre Ernie (Brian Dennehy) que ya no puede manejarse por sus propios medios desde Nueva York a vivir con ellos. El problema es que padre e hija apenas se toleran. Ernie, viudo más o menos reciente, arrastra, sin superar, la tragedia de haber perdido a su hijo varón que no llegó a desarrollar un promisorio potencial.


No hay villanos en esta historia, aunque Ernie y Garrett se apunten para serlo, no, todos están equivocados o son débiles. Eso no impide que infrinjan daños, que arañan lo irreparable.


Como la buena peli indie que es, todos actúan de maravilla, pero es imposible no destacar a Brian Dennehy y Helen Hunt. Sin que el guión lo diga en ningún momento, Brian Dennehy se las arregla para comunicarnos con claridad que no es que no quiera a su hija, sino que tiene miedo de asumir ese cariño, una vez lo hizo y perdió al objeto de su afecto, su hijo, el hermano de Jeannie/Hunt. Por su parte Helen Hunt con admirable economía de recursos exhibe una humanidad palpitante a la que uno no puede sustraerse, nos mete así en la historia y nos hace partícipe, es una pena que no tenga una carrera más prolífica.


Acabo de verla, apago la luz y me dispongo a dormir. Antes de conciliar el sueño no puedo evitar preguntarme ¿qué hacía o me pasaba en el 2010 que me impidiera recordar haber visto una película tan buena y cercana? No llego a la respuesta definitiva, pero no me engaño, la clave del misterio quizá radique en la cercanía.  Más de una vez el olvido o la desmemoria nos ayudan a escapar de la nitidez de algunos espejos.

Gustavo Monteros

jueves, 8 de junio de 2017

Dino

Cuando era chico y comencé a ver cine, Dean Martin era como la mugre, estaba en todos lados. Estaba en esos westerns que me encantaban como Los hijos de Katie Elder, Cuatro por Texas o Río Bravo, en los que era compañía de John Wayne o Frank Sinatra. Por entonces daban también Texas más allá del río, en la que curiosamente estaba con Alain Delon, que era por completo sapo de otro pozo. Eso por Catamarca, en el cine del cura o en el de Berón.


En la casa de los abuelos paternos de La Plata, aparecía en la televisión en las películas que había compartido con Jerry Lewis, en las que era la cara seria, donde rebotaban los histrionismos deliciosos del cómico de cara y voces elásticas. (Después sabría que esa sociedad cinematográfica nació en 1949 con Mi amiga Irma y duró hasta 1956 con Entre la espada y pared (Hollywood or bust, en el original), una sociedad en especial difícil para Martin por la personalidad volátil y voluble de Lewis).


Y en los cines andaba en una de las derivaciones del éxito de James Bond, encarnaba el agente secreto Matt Helm (el otro era James Coburn y su agente secreto Flint) (bueno, por aquí estaban Tiburón, Delfín y Mojarrita, pero eso es otra historia). En esos años impresionables recuerdo que, cuando supimos de la matanza del clan Mason, me afligió sobremanera que una de las víctimas fuera una de las chicas Helm, Sharon Tate, que no asociaba todavía con los glorioso vampiros de Polanski.


Por las revistas que leían las mujeres de mi casa (la internet de mi infancia)  supe que había pertenecido al Rat Pack, el clan Sinatra por estos lados, junto a Frank Sinatra, claro, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y Joey Bishop, clan al que se le atribuía contactos con la mafia. Después, también, habría de enterarme que en su niñez y adolescencia, años antes de ser otro cantante que imitaba a Bing Crosby, alcanzar algo de éxito, y dar con Jerry Lewis y formar el dúo que habría de ponerlos en el mapa, Dean había distribuido licor ilegal en su Ohio natal, para después tener una breve carrera de boxeador.


Por entonces ya todos andábamos por los años setenta y él estaba también en la versión cinematográfica del libro que todos habíamos leído Aeropuerto. Pero para mí Dean Martin era un dato más, su rol de hombre al que todo le resbala había triunfado conmigo me importaba tres cominos, cuatro pepinos y un ajo. Era, pobre, apenas un adorno extra de la escenografía, me fijaba más en quien lo acompañara, fuera quien fuera, que en él.


En algún momento sabría que su primera película después de las dúo con Lewis fue un rotundo fracaso, 10.000 dormitorios, y que cuando todos daban por terminada su carrera sorprendió con trabajos dramáticos en Los dioses vencidos (The Young Lions, Edward Dmytryk, 1958), Dios sabe cuánto amé (Some came running, Vincente Minnelli, 1958) y Río Bravo (Howard Hawks, 1959) (veta dramática que volvería a exhibir en Pasiones en conflicto (Toys in the attic, George Roy Hill, 1963). Antes o después sería el galán afable de westerns y comedias.


Y antes o después, yo sabría que el personaje creado para conducir su show en la televisión era el de un anfitrión ligeramente borracho, achispado diríamos por aquí, de verba punzante aunque nunca hiriente. Sabría también que su éxito como cantante habría sido tal que hasta una vez desplazó a The Beatles del tope de ventas con su versión de Everybody loves somebody, algo muy destacable porque había que vencer a los Beatles cuando reinaban como Beatles.


Después vendría el ocaso profesional que él mismo alentó alejándose paulatinamente. En el cine se despediría del protagónico con Mr Ricco, un film que se estrenaría con respetable éxito en los cines locales y más tarde participaría, ya en canto de cisne, en los vehículos de lucimiento para el rey de la boletería de entonces, el ahora olvidado Burt Reynolds, Carrera de locos (The Cannonball Run, 1981) y Carrera de locos II (The Cannonball  Run II, 1984). 


Y después su epílogo, su salida de escena definitiva por el enfisema, efecto colateral del cáncer de pulmón con el que peleaba. En los obituarios supimos que quizá por la pérdida prematura de unos de sus siete hijos en un accidente aéreo, y de la muerte de un asistente de toda la vida y de otro secretario de la época del Rat Pack (las grandes estrellas dependen mucho de estos profesionales casi anónimos, sabrá Dios cuántas buenas actuaciones se deben a una casual palabra de aliento o de un té o whisky servidos a tiempo) en sus últimos años se aisló (almorzaba y cenaba solo en sus restaurantes favoritos) y en privado hizo realidad su personaje público de borrachín (que nunca había sido tal, porque el alcohol que mostraba en escena era solo jugo de manzana) y  elevó esa debilidad a la categoría de borracheras continuas extremas.


Y lo olvidé como a tantas cosas. Pero reaparecía una y otra vez como cantante en muchas de las bandas de sonido de las películas que veíamos, tanto es así que su voz está en la banda de sonido de ¡263 películas!


Y ya diestros en maestros del cine nos lo cruzaríamos en el Minnelli que protagonizó junto a la malhadada Judy Holliday Esta rubia vale un millón (Bells are ringing, 1960) y su delicioso Billy Wilder, Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964) junto a la ondulante Kim Novak y al gran Ray “Mi marciano favorito” Walston.


Sus reapariciones incluyen una hilarante obsesión del personaje de Osmar Núñez en la obra Jugadores del catalán Pau Miró, que hicieron en la temporada pasada con Daniel Fanego, Luis Machín y Roberto Carnaghi (reemplazado en la gira por el interior del país por Jorge Suárez) (última etapa en la carrera de un mito, ser referencia en una obra de teatro).


No hace mucho Scorsese amenazaba con filmar una biopic sobre su persona, algo que todavía anda en amenaza. Ayer, 7 de junio, hubiera cumplido 100 años. Yo por estos días lo descubro como cantante y digo que de verdad era bueno. Como actor sigo sin descubrirlo, sigo comprando su todo-me-imorta-un-cuerno, pero le creo a Scorsese cuando dice que si se lo toma en serio, se verifica su talento, aunque, claro, para ello haya que contradecir el artero retrato que Vincente  Minnelli hizo de él: “Dino moriría antes de que supieran lo mucho que le importaba todo”.


Gustavo Monteros

Everybody loves somebody

jueves, 25 de mayo de 2017

El Bond que era Santo y Audaz

El cinéfilo, como los viejos, vive de recuerdos. Yo ya soy ambas cosas, o sea que soy doblemente cinéfilo o doblemente viejo. Y en este ejercicio de la memoria hay cosas que uno elige olvidar hasta que un hecho, esta despedida por ejemplo, hace que volvamos a recordarlo todo, el cine, la televisión, la vida, lo que los dolores ocultaban, las tristezas mitigaban y las compensaciones no deparaban.


Ya no me duele la infancia, aunque ni en el olvido es tan gloriosa como me hubiera gustado que fuera. Hice las paces con ella, como con todo lo que ya no puede remediarse. Un poco por obligación, o resignación, que es casi lo mismo, porque para qué insistir, porque no se puede estar toda la vida rumiando las mismas angustias, porque terminan por aburrir, por volverse iguales. Pero cuando uno cierra y se va, deja detrás también los pequeños placeres que hacían menos grises los grises. El dulce de leche, tu beso casi sin querer en la oscuridad repentina de cuando se cortó la luz en la calle y yo te daba el libro que querías, y Simón Templar, El Santo. Uno siempre veía El Santo, porque no había mucho para ver y porque era buena. Entretenía de verdad y la tristeza y el hastío se alejaban por un rato en la hora en que titilaba el blanco y negro del televisor mastodónico, como todos los televisores de esa época. Y uno se sorprendía porque la chica de tal o cual capítulo fuera Julie Christie, a la que veíamos en refulgentes colores en las pantallas de los viejos cines y nos alegrábamos que hubiera llegado a estrella, esa hermosa tan en blanco y negro de este otro santo más.


Dicen que Dos tipos audaces se hizo en el 71 y en el 72, no sé cuándo se dio por acá, si sobre esas fechas o después, pero a mí se me cruza con la dictadura, y la muerte que se quería tapar y que se enseñoreaba más en el silencio que no era salud ni silencio. Brett Sinclair se llamaba ahora Simón Templar, y Tony Curtis, su coprotagonista, con más presencia en el cine de Hollywood, hacía de Danny Wilde. Vimos más de un capítulo con papá y mamá y mis hermanos, y nos reímos con los gags y nos entretuvo la insustancialidad del argumento. Y en el rato que duraba, la vida afuera era menos amenazante, lo que no es decir poco, porque por entonces la vida era amenazante hasta cuando no lo era.


Y en el 73 llegó el primer Bond de Moore, el mejor suyo, o el que más recuerdo, y lo vimos con mamá y Alejandra en el Gran Rocha, al disco ya lo teníamos transparente de tanto escucharlo, con Paul McCartney y dale con el Live and let die. Después se vino la noche y el horror no era Lovecraft sino verde oliva.


Y ahora cuando nadie más debería morirse, por decreto aunque más no fuera, va y se muere Roger Moore, y me agarran las pocas ganas de recordar y me envuelve el sentimiento de que fui injusto con Roger Moore, porque de esa época no me olvidé nunca de Chinatown, de Humphrey Bogart, del Cabaret de Minnelli, del Taxi-driver de DeNiro, de los deslumbrantes Ingmar Bergman y de tantas otras cosas, pero de él me olvidé, porque era efervescente como un chiste tonto, leve como seda que roza, pero está ahí en el rompecabezas de ese beso que me dieron porque se cortó la luz de la calle de repente, y que no volví a recordar para que no me encegueciera más con el juego de que la felicidad es posible y de que está al alcance de tus labios esquivos.


Gustavo Monteros

jueves, 11 de mayo de 2017

Julie London y su Café negro

( Nótese que una parte de la letra es hoy políticamente incorrecta, indicativo de lo mucho que hemos avanzado, por suerte)

I'm feeling mighty lonesome
Me siento tremendamente sola
Haven't slept a wink
no dormí para nada
I walk the floor and watch the door
deambulo y miro la puerta
And in between I drink
y en el medio tomo
Black Coffee
café negro
Love's a hand me down brew
el amor es una infusión de segunda mano
I'll never know a Sunday
nunca conoceré un domingo
In this weekday room
en este cuarto de día de semana


I'm talking to the shadows
les hablo a las sombras
1 o'clock to 4
de 1 a 4
And Lord, how slow the moments go
y carajo, qué lento pasa el rato
When all I do is pour
cuando todo lo que hago es servir
Black Coffee
café negro
Since the blues caught my eye
desde que la tristeza me atrapó
I'm hanging out on Monday
ojalá llegue el lunes
My Sunday dream's too dry
mi sueño de domingo es muy árido


Now a man is born to go a lovin'
el hombre nació para andar mujereando
A woman's born to weep and fret
la mujer nació para llorar y desesperarse
To stay at home and tend her oven
para quedarse en casa y cuidar el horno
And drown her past regrets
y ahogar sus pesares
In coffee and cigarettes
en café y cigarrillos


I'm moody all the morning
estoy malhumorada toda la mañana
Mourning all the night
y de luto toda la noche
And in between it's nicotine
y en el medio, nicotina
And not much hard to fight
y no mucho para evitar
Black Coffee
el café negro
Feelin' low as the ground
tengo el ánimo por el piso
It's driving me crazy this waiting for my baby
me vuelve loca esperar que mi amorcito
To maybe come around
vuelva a casa, quizá


Black coffee: música de Sonny Burke y letra de Paul Francis Webster

jueves, 4 de mayo de 2017

Brillo y plumas

Las canciones de los musicales, entre muchas otras virtudes, si están bien escritas, pueden extrapolarse y resignificarse.

En Chicago, el musical (letra de Fred Ebb, música de John Kander) el abogado Billy Flynn canta Razzle-dazzle (Brillo y plumas, en la traducción de Gonzalo Demaría) para comunicar que se puede manipular al jurado de un juicio, que basta con disfrazar la mentira, con trucos baratos de music-hall, para hacerla pasar por verdad.

Estoy medio retirado, pero si hoy tuviera que armar un show, la incluiría. Eso sí, la cantaría con la intención de subrayar cómo el monopolio de medios informativos  de este país sostiene uno de los peores gobiernos jamás conocidos, desinformando, mintiendo, inventando, con trucos baratos de actor malo, una realidad virtual que, ni por asomo, se condice con la realidad real.

Escuchemos a tres actores-cantantes que supieron ser Billy Flynn en correspondientes versiones de Chicago, el musical.


Rodolfo Valss

dales nomás brillo y plumas
emplumalos bien
dales un show con luces de neón
y vas a ver qué hermosa sensación
dales nomás magia pura
deslumbralos bien
quien ve si tiene enfrente tanto strass
que hay si tu labia está oxidada
que hay si sos bueno para nada
emplumalos bien
pedirán mucho más

Martín Ruiz

dales nomás brillo y plumas
emplumalos bien
dales un show apoteótico
y aplaudirán como neuróticos
dales nomás baratijas
engarzalos bien
no les levantes nunca la perdiz
basta decir abracadabra
y creen que vos tenés palabra
emplumalos bien y te piden un bis

Christian Giménez

dales nomás brillo y plumas
emplumalos bien
hasta el fulano más apático
ama al truhán que es carismático
dales nomás pan y circo
aturdilos bien
con tanto truco, pase y malabar
aunque lo hagas como el traste
se olvidarán
que lo mataste
emplumalos bien
y los vas a flechar

los tres

dales nomás brillo y plumas
emplumalos bien
dales una función bien épica
y que importará lo de la ética
dales nomás brujería
hechizalos bien
que vean que no sos un brujo vulgar
aunque los tengas siempre al trote
quien verá que sos un cascote
emplumalos bien
emplumalos bien
emplumalos bien
y te van a endiosar

Gustavo Monteros

(con mi mejor deseo de que la pesadilla en que la Argentina está sumida termine pronto…)

jueves, 27 de abril de 2017

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme

Y ya no habrá más películas de Jonathan Demme. Una pena. El hombre fue un apasionado de la imagen y no se restringió solo a los largometrajes, sino que cortos, series de televisión (dirigió tres capítulos de la fabulosa The Killing), documentales y hasta recitales de músicos (Talking Heads, Justin Timberlake) lo hallaron también detrás de cámara. Se lo asociará siempre a los logros de su película más famosa El silencio de los inocentes (The silence of the lambs, 1991), pero su talento no se agotó en esa vertiente, supo transitar con variada suerte, aunque siempre con audacia, diversos géneros.


La primera película suya que estrenaron en este país fue El abrazo de la muerte (Last embrace, 1979), un interesante thriller con Roy Scheider, muy famoso por aquella época. Ya llevaba en sus espaldas 4 filmes anteriores, algunos producidos por Roger Corman, gran maestro productor de cine B, de realización rápida, eficiente y de repercusión segura. Ellos eran Caged Heat (1974), Crazy Mama (1975), Fighting mad (1976) y Handle with care (1977).


En 1980 llegaría a la fiesta del Óscar con Melvin y Howard, de las tres nominaciones otorgadas, ganaría dos, la de Mejor Actriz de Reparto para Mary Steenburgen y la de Mejor Guión Original para Bo Goldman, Jason Robarts se quedaría con las manos vacías en su nominación para Mejor Actor de Reparto. Era sobre el encuentro casual de Howard Hughes y un pobre tipo que después reclamaría ser heredero del millonario.


El próximo film, si bien obtuvo una nominación para Christine Lahti como Mejor Actriz de Reparto, le significó unas cuantas peleas con su estrella, Goldie Hawn. Swing shift se llamó y trataba sobre cómo las mujeres pasaron a ocupar trabajos de hombre en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.  El coprotagonista masculino era Kurt Russell, reciente pareja de Hawn por entonces, relación que todavía dura.


En 1986 haría la deliciosa Something wild (Totalmente salvaje, por estos pagos) en la que una peculiar femme fatale, Melanie Griffith, ponía patas arriba la ordenada vida del yuppie Jeff Daniels, no poca importancia tenía en la trama un incipiente Ray Liotta.


En 1988 despacharía otra recordada comedia Casada con la mafia, en la que un policía encubierto, Matthew Modine, se enamoraba de la reciente viuda, Michelle Pfeiffer, de un mafioso (Alec Baldwin). El romance debía eludir también los avances de un capo mafia, Dean Stockwell, que obtendría una nominación para el Óscar como Mejor Actor de Reparto por este trabajo. 


Y en 1992 llegó El silencio de los inocentes que arrasó en los Óscars las principales categorías: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor y Actriz Protagónicos (para Hopkins y Foster, claro) y para el Mejor Guión Adaptado. Su historia y personajes son tan famosos que no requieren adentrarse en mayores detalles.


En 1993 entregaría una película que mucho hizo por visibilizar la naturalidad de la homosexualidad y motorizar la adquisición de derechos: Filadelfia. Con otra gran actuación del gigantesco Tom Hanks, acompañado con lujo por Denzel Washington y un galán ascendente muy promocionado entonces por Madonna, Antonio Banderas. Le significaría el primer Óscar para Hanks y uno para Bruce Springsteen por su canción Calles de Filadelfia.



En 1998 no le iría tan bien en su transcripción cinematográfica de la novela de la ganadora del Nobel, Toni Morrison, Beloved, (Querida hija, por aquí) en la que el espíritu de su hija muerta visitaba a una esclava, a poco de que acabara la Guerra de Secesión. No será muy lograda, pero es muy querible, gracias, sobre todo a la entrega de Oprah Winfrey, Danny Glover y Thandie Newton.
Tampoco le iría bien en el 2002 con la primera de sus remakes de películas famosas.  La verdad sobre Charlie, a pesar de la simpatía de Thandie Newton y Mark Wahlberg, no le llegaría ni a los talones de la Charada original, dirigida en 1963 por Stanley Donen con los inolvidables Audrey Hepburn y Cary Grant. En el 2004 le saldría mejor la remake de El embajador del miedo (The Manchurian candidate) que en 1962 dirigió John Frankenheimer con Frank Sinatra, Laurence Harvey, Janet Leigh y una tal Angela Lansbury. Demme haría una astuta relectura con, nada más ni nada menos que, Denzel Washington, Meryl Streep, el ascendente por entonces Liev Schrieber, entre muchos otros notables.


En 2008 haría un vehículo de lucimiento para Anne Hathaway, que sería nominada como Mejor Actriz para un Óscar. El casamiento de Rachel se llamó este intenso drama de segundas oportunidades.


En 2013 llevaría al cine una obra de Henrik Ibsen, A master builder (Maestro constructor) con el protagónico de Wallace Shawn, Julie Hagerty, André Gregory entre otros desconocidos de siempre. No la vi todavía,  les contaré más cuando la vea.


Su último largometraje para cine sería otro vehículo de lucimiento para una actriz. Para Meryl Streep, más precisamente, Ricki and the Flash: Entre la fama y la familia. Ninguna obra de arte, pero de una simpatía palpable. Simpatía en la que no poco contribuiría un elenco con gentuza de la calaña de Kevin Kline, Mamie Gummer, Bill Irwin, Audra McDonald, Rick Springfield, etc.


Su pasión por lo que hacía, sin duda, derrochaba amor, de ahí que incluso sus films menos logrados sean, a pesar de todo, muy entrañables. 
Se te extrañará, Jonathan, buen viaje, te lo merecés. Y no te daremos ahora las gracias, lo hacemos cada vez que repasamos tus películas, en las que vivirás por siempre, ¿qué duda te cabe?

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Apostillas a esta contemporaneidad

Tengo una tristeza poblada de injusticias. Ya son indisimulables los devastadores efectos de la crisis. ¿Qué necesidad había de entrar en este caos? La política es algo objetivo. Quienes ostentan el poder toman medidas que te favorecen o te perjudican, según el rincón en que estés. Y depende de vos defender tu espacio y tus necesidades. La derecha siempre va a buscar que confundás políticos con política. Los grandes medios demonizarán a sus enemigos y sacralizarán a quienes les conviene encumbrar para sacarles prebendas y beneficios. Y como son hegemónicos, lograron que mucha gente votara en contra de sus necesidades e intereses. Lo peor es que como los equivocados pusieron emociones en juego, a pesar de sufrir las consecuencias, siguen defendiendo las manos que sostienen el látigo. Desmoraliza ver que muchos no sepan a qué ámbito pertenecen y crean todavía lo que los grandes medios que los hicieron equivocarse les dicen. Siguen sin entender que nunca los representarán. Nunca.
 Cuando llegó a vivir a casa, Perrito ya tenía la pata delantera derecha resentida y a veces no la apoyaba cuando se movía. Una de sus ocupaciones favoritas es subir y bajar de las sillas que tienen almohadones. En febrero al bajarse de una de ellas se resintió la pata trasera izquierda. Solo le dolía cuando la apoyaba, de modo que comenzó a deambular sin pisar con ella. Todo un espectáculo, medio lamentable  a decir verdad. Se movía usando dos patas, en falsa escuadra, muy en corte de los milagros. De sus cuatro paseos diarios se quedó con solo el higiénico, que ya no era kilométrico y que se limitó a ir a la esquina. Se deprimió e hizo cucha bajo el mueble de la cocina. Pensé que había empezado el ostracismo perruno que precede al abandono de la vida. De a poco  fue acostumbrándose a sus limitaciones y descubrió que, como se lo observa con atención, no tenía por qué abandonar sus hábitos y gustos. Supo que le bastaba con pararse al lado de una silla y mirarla, para que unas manos lo subieran. Y que para bajar le bastaba con quejarse o ladrar bajito. Y que podía seguir encarando sus viejos paseos largos, que cuando se cansara, solo con dar a entender que ya no quería seguir, una manos lo levantarían y concluiría el paseo en brazos. Y ya no se escondió en la cucha de la cocina, volvió por sus fueros y ahora disfruta de una vejez producida, que no por asistida, deja de ser menos disfrutable que los años mozos. En el fondo, él piensa no que el perro es el mejor amigo del hombre, sino que el hombre es el mejor amigo de Perrito. Hace bien, la vida le da la razón. Tampoco se descuida, estimula por todos los medios a su alcance la ternura, no sea cosa que la suerte lo abandone.
 La ficción puede salvar tu vida. O si no embellecerla y mejorarla. Netflix y sus múltiples series y películas hacen que la tristeza sea menos desoladora. Ante un gobierno que no cumple con la ley, hay que sacar fuerzas de donde sea para resistirlo. Ellos juegan a agotarnos, a desalentarnos, a que nos hundamos en la impotencia. Ni ahí. Si el insomnio nos desvela, mejor poblarlo con las historias que Netflix tenga para ofrecernos, que dejarnos ganar por las preocupaciones. 

Gustavo Monteros