martes, 6 de diciembre de 2011

Querido diario

He tomado una resolución muy importante que no cambiará mi destino ni engrandecerá el de la patria, pero que, con suerte, sosegará mi espíritu. Todo el tiempo que no trabaje (la tarea docente continúa, tengo la última mesa de examen el jueves 22 del corriente y las putas traducciones llegan puntuales como resacas después de grandes borracheras) lo pasaré tirado en el living bajo el ventilador de techo leyendo novelas policiales. Así que me alejaré de ti temporalmente, querido diario. Si alguien lee estas páginas, sepa que puede hojearlas a su antojo. Quizá encuentre algo que lo solace, le arranque una sonrisa o le despierte una puteada. (La reacción es lo que cuenta, no importa el signo). 

jueves, 1 de diciembre de 2011

Montand


Montand

1

Siempre que puedo reincido con las clases de canto. Sólo cuando puedo, se refiere esta vez más al dinero que al tiempo, porque por su especificidad y poca demanda, las clases de canto son tan caras como una exclusiva prostituta francesa traída especialmente de París para la ocasión en vuelo chárter. Una vez, hace tiempo ya, había cobrado una plata que se me debía por una demanda, que pensé que jamás recibiría. No era una fortuna, pero algún lujo, pequeño, me podía permitir. Decidí entonces tomar clases con una renombrada profesora que sólo le daba clases a los grandes, reconocidos profesionales tanto de la lírica como del canto popular. De puro negro cabeza, no más. Para poder después chapear y decir que yo también había tomado clases con la profesora de menganito o zutanita. Le pedí a una amiga, que por entonces trabajaba en relaciones públicas, que consiguiera el teléfono y me presentara. Mi amiga, que la conocía de mentas, dijo: Mirá, Gustavo, que no sólo es cara sino que casi no toma alumnos, es probable que te ponga en una lista de espera, te exija una audición y después ni siquiera te llame. Que sea lo que Dios quiera, le contesté, vos insistí. Llamó, hizo el contacto y me llamó. Dijo que te agendaría, que por ahora es imposible, que si llega a tener un hueco te tomaría en cuenta. OK, contesté, veamos qué pasa. Algunos meses después, me llama mi amiga. La señorona ésta, la profesorcita con la que querés tomar clases llamó, dice que vayas el jueves a las 18, que te va a entrevistar, que prepares algo. Me pasó la dirección y el jueves a la hora señalada, toqué el timbre. Me dio la mano, no un beso en la mejilla y me hizo pasar. Recalamos en una biblioteca, grande como una pista de baile, en el centro un piano de cola, junto a la puerta, otro piano, vertical. Empecemos por el principio, me dijo. Se sentó al piano vertical, me hizo vocalizar y me pidió la partitura de lo que había preparado. Saqué de mi mochila la partitura. No llegué a alcanzársela porque había visto el título y me dijo: No es necesario, la conozco. Yo había elegido una vieja canción italiana que exhibía todas mis falencias y ninguna de mis virtudes (si es que las tengo). Una dama, no movió una ceja. Emití el trémolo final, para nada triunfal, y me invitó a sentarme en un sofá que estaba junto al ventanal que daba al cuidado jardín delantero. Acercó una mesa con tazas y termos y dijo: ¿Té o café? Decidí ser sincero: Café. Eso le cayó bien porque sonrió y me dijo: En realidad, para ayudar a calentar la gola, conviene más el mate, pero los alumnos lo consideran poco fino, casi todos eligen el té. Ella también se sirvió un café y sin preaviso me largó: ¿Cómo quien le gustaría cantar? De todas las respuestas posibles, sin pensarlo siquiera, sin habérmelo planteado jamás, dije, como si fuera una elección de toda la vida: Como Yves Montand. Claro, me contestó, usted es actor. Sí, musité, procurando deducir si era un insulto o un elogio. Tomó un sorbo de su café, pensó un segundo y dijo: Usted tiene una formación vocal muy embrionaria, ante cualquier otro cantante, yo le hubiera dicho que sí, que como no, pero Montand como modelo..., yo podría enseñarle todas las piruetas vocales que se le ocurrieran, pero el artificio de la simplicidad es el más difícil de enseñar y de lograr, no sé, déjeme pensarlo, deme su teléfono, cuando tome una decisión lo llamaré. Ah, agregó, esta entrevista se paga como una clase más. Me dijo una cantidad, importante y extendió la mano. Recontó los billetes que le di y puso el fajo bajo la azucarera. Lo acompaño, dijo, y en la puerta, volvió a darme la mano y con una sonrisa, que no me pareció fingida, remató: Fue un gusto. En el viaje de vuelta, pensé que lo de Montand y el artificio de la simplicidad era un cuento chino, una excusa que se le ocurrió en el momento para mandarme a cagar; que nombrara a quien nombrara, la respuesta hubiera sido la misma, un no rotundo. Mi amiga, que no en vano se dedicaba a las relaciones públicas, opinó en contrario. Mirá, Gustavo, si te hubiera mandado a cagar, no hubiera tomado tu número, habría dicho que se comunicaría conmigo para que yo te avisara, esperá, unos meses, quizá unos años, pero te va a llamar. No fueron meses ni años, fueron unas semanas.

2

El teléfono sonó a las 23:30 de un miércoles. Como todavía vivía con mis padres, todos, hasta el perro, pararon las orejas. Una llamada a deshora bien puede ser una mala noticia. Era ella que después de identificarse, dictaminó: Lo pensé mucho, estuve escuchando mucho a Montand, hay algo que le puedo enseñar, tomará unos tres meses, tendrá que venir dos veces por semana y me dijo los días y horarios. Hizo una pausa, yo saqué cuentas, las clases se comerían la plata de la demanda y parte de mis ahorros. Acepté, no en el colmo del entusiasmo, pero sí satisfecho. El día fijado para la primera clase, llovía. Llegué antes y esperé a que se hiciera la hora bajo el alero de una ferretería que estaba no exactamente en frente sino unos metros más allá de su casa. A la hora fijada, toqué el timbre. Me atendió una mucama uniformada esta vez. Me hizo pasar y me estacionó en un incómodo sillón Luis Algo, que estaba en un cuartito diminuto junto a la biblioteca. Oí que le daba clase a una famosa folklorista que no podía lograr que su color vocal fuera tan oscuro como ella quería en algunas notas. Entendía lo que decían, claro, pero el problema técnico estaba más allá de mi experiencia. La clase se demoró y tomó unos cuarenta y cinco minutos de mi horario asignado. Me hizo pasar, me tendió un vaso con agua y me dijo: Está vez el café va de salida, usted viene de La Plata, si llega antes, pasé nomás, no espere a la intemperie (evidentemente me había visto), usted es muy educadito y no se va a instalar tres días antes, y, ah, no soy una psicoanalista sino más bien una dentista que se asegura que los arreglos después no duelan, o sea que si la clase anterior se extiende, paciencia. Me hizo hacer unos ejercicios de yoga que conocía por las clases de teatro y me indicó que me recostara en la alfombra frente al sofá, ella se sentó, se descalzó, puso los pies sobre mi panza y dijo: Llene la panza de aire. Eso hice y ella empujo con los pies para que lo expulsara. Hicimos eso un rato, largo, que me pareció una eternidad. Después se sentó en la alfombra, puso mi cabeza en el regazo y con sus manos en mi pecho, me pidió que respirara. De vez en cuando presionaba sus manos con gentileza. Terminada la clase, tomamos café, me pidió que le contara la última novela que había leído, vio que mis hemisferios cerebrales estaban más o menos en orden y me habló de las columnas de aire y los resonadores. Ya había tomado lecciones antes y las columnas de aire y los resonadores no me eran nuevos, pero ella hablaba de un modo que los hacía sonar como de ciencia ficción. El mismo esquema se repitió en las siguientes ocho clases. Espiaba un poco de la clase anterior que siempre se demoraba, aunque los famosos no siempre eran los mismos. La mayoría hacía "clínica", venían con un problema concreto que tratar. Yo llegaba siempre antes de hora, pero como era muy educadito si el día estaba lindo, me dedicaba a estudiar la arquitectura del señorial barrio y tocaba el timbre a horario. Si llovía, no. Entraba y la mucama, que se llamaba Eloísa, aunque no me correspondiera de entrada, me daba café con galletitas y me guiñaba el ojo. Para cuando la clase empezaba, la bandeja había desaparecido. Mis clases consistían en técnicas de respiración. Iban de lo que me parecían variaciones de la gimnasia alemana a modos de manejar el aire, típicos de la meditación. Las clases pautadas duraban una hora, pero en realidad nunca bajaban de una hora y media o dos. Yo tenía que repetir por mi cuenta los ejercicios dos horas por día, lloviera, tronara o fuera fiesta de guardar. Yo cumplía como un soldadito. Conscripto, más que de carrera. Parecía bruja, sabía cuando en vez de practicar dos horas, había practicado media hora menos. De los tres meses pautados, había pasado uno y yo no había cantado una nota. Me propuse preguntarle si alguna vez lo haría. Tenga paciencia, me dijo, si hubiera elegido de modelo a Plácido Domingo o, no sé, a Julio Sosa, estaría cantando hasta por los codos, pero eligió a Montand, o sea la simpleza, el no adorno, el buen decir, nada de fuegos ni juegos vocales, pero si siente que no va a ningún lado con las clases, lo dejamos aquí y amigos como siempre. Suspiré y le dije que continuaría. Muy bien, dijo y agregó: Le iba a pedir que se hiciera estos estudios, y me dio una lista de exámenes otorrinolaringológicos. Cuando estuvieron listos, se los llevé y ella analizó las radiografías y los estudios con fruición y exclamó: Claro, es lógico, por acá iba en el camino incorrecto, pero por acá acertaba. Me preguntó si les podía quedar hasta que terminaran las clases. Accedí, ¿para qué los querría yo? Gracias a Dios, de salud, al menos esos órganos estaban bien. Las clases siguientes transcurrieron en idéntica tesitura. Meta respirar, respirar y respirar. De cantar nada. En las clases posteriores a la entrega de mis exámenes, me ponía las manos en las narices, en las mejillas, en la frente, en la garganta, en el pecho, en la espalda, en las caderas, en el vientre, y me hacía respirar. Una vez hasta me auscultó las rodillas mientras respiraba. Menos las partes pudendas, no le quedó centímetro de mi cuerpo sin tocar.

3

Aquel día, el de la revelación, cuando me hizo entrar a la biblioteca, me dijo que era la última clase. Cambió la rutina del café, lo tomamos al principio, me hizo relajar, fue hacia el equipo de música, preparó un disco y me dijo: No quiero que cante con él, las palabras no importan, quiero que tararee junto a él, que respire las frases con él, hágalo con los ojos cerrados y cuando le toque el codo o el hombro, hágalo con la boca cerrada. Sé que no entiende bien lo que le pido, pero confíe en mí, al principio no le saldrá, pero verá como de a poco, respira y emite al mismo tiempo que él. Puso el disco y comencé. Era Yves Montand, claro. Dijo bien, al principio no entendía qué carajo se suponía que hiciera, pero de a poco me dejé ganar por el juego y la magia comenzó. Era el disco de un recital en vivo y promediaba el tercer o cuarto tema cuando comencé a respirar al mismo tiempo que Montand, la carga de aire me duraba lo que a él, a veces más, a veces menos. Sin querer le hacía una segunda voz, pero terminé cantando con él, al unísono. Cuando el disco terminó, puso otro. No se desconcentre, no abra los ojos, siga. Canté todo el segundo disco y me pidió que repitiéramos un tema: La bicicleta. Lo repetí. Ella sacó el disco, me sentó, me besó con dulzura la frente y me dijo: No venga más, ya no tengo nada que enseñarle. Cuando le quise pagar, negó con la cabeza y dijo: No, la clase de hoy es un regalo, bueno, en realidad, yo tendría que pagársela a usted. En la puerta, no sé por qué, o sí, pero para qué insistir, se me llenaron los ojos de lágrimas. A ella, también. Tomó mi mano, la rozó con sus labios y dijo: Gracias. Giró y entró, la espalda levemente convulsionada por el llanto. Yo di vuelta la esquina y me senté en un umbral a llorar hasta que no me quedaron lágrimas.


Sigo cantando como el culo, pero me bebo el aire cuando respiro. Creo que tengo la respiración de un mamífero y la de un pez. Nunca le conté que me ganaba la vida como profesor de inglés. Lo que aprendí con ella, me sirvió y me sirve no sólo en el teatro sino en mi vida profesional docente. Ni el resfrío más acérrimo, ni la disfonía más aguda, me dejan mudo. Puedo hacerme oír en medio de tormentas y ruidos de motores. Si respiro bien y emito a conciencia puedo proyectar mi voz a dos cuadras de distancia, quizá tres si es de noche. Alumnas sensibles me han dicho: ¿Puede hablar más bajo, profesor? Pero, si estoy hablando bajo, contesto. Sí, me dicen, pero haga que su voz no me retumbe en la cabeza. Parejas me han hecho callar, no porque fuera aburrido o impertinente lo que dijera, sino para descansar los oídos. A veces hablás y parece que las paredes reverberan, me dijeron. He dado funciones con la voz rota y me han escuchado hasta los boleteros. En fin, si soy un fenómeno de circo o de parque de diversiones, se lo debo a ella.

4

Muchas veces, cuando ahorraba un poco, me preguntaba si no debía volver, si no debía plantearle un problema, pedirle una "clínica", pero me resonaba aquello de "ya no tengo nada que enseñarle". Una vez hice una "clínica" con una famosa cantante porque la puta i se me desinflaba y por sostenerla, me salía calante. Yo sabía que esta famosa cantante había estudiado con ella, me había precedido en un par de ocasiones a mis clases. Cuando me preguntó con quien había estudiado, hice la lista y la nombré. Está loca, me dijo, todo lo hace pasar por el aire. Pero yo aprendí mucho, protesté. Una cosa no tiene que ver con la otra, dijo la famosa cantante. Como ella tampoco era un ejemplo de salud mental, no le di importancia. Me enseñó a solucionar el problema de la puta i, el truco está en relajar la lengua, apoyarse en los dientes y no jugar mucho con los labios. Si practico y no la quiero sostener tres días, no me sale calante. Si la querés sostener mucho, concluyó la famosa cantante, se te va a calar, el problema no es el aire, es que ya no te da la voz, tenés aire como para un titán, pero de voz sos un alfeñique. No sonó bien, pero era verdad. Los años pasaron. Como estudiaba canto para acrecentar mis recursos de actor, a veces tomaba clases, a veces no. Regresaron algunos grandes maestros de teatro que se habían exiliado por la dictadura, así que cada vez que ahorraba, prefería tomar clases con ellos, en vez de profundizar con el canto. Hasta que dejé de estudiar. Un importante maestro extranjero que vino a presentar una obra y dio unas clases magistrales me tomó como ejemplo y me retó mal. Ahí tienen lo que deben evitar, dijo, este joven (por ese entonces lo era) ya no tiene nada que aprender, lo que tiene que hacer es hacer sus cosas, convertirse en maestro si le da el cuero y dejarse de joder, pero él, no, prefiere ser el perfecto alumno eterno. Me vio la cara de desazón, me puso la mano en el hombro y agregó: Lo que te quiero decir es que te quiero de colega, no de alumno. Más claro, echale agua. O largaba todo o me ponía a hacer mis cosas. Me dejé de joder. Para maestro no me dio el cuero, pero colega del señor ya soy. Un buen día recibo por carta (era la época en que se usaba el correo) una invitación de la profesora a un recital que hacía a pedido de sus alumnos. Así se enteran que enseñaba lo que no sabía, agregaba de puño y letra al impreso. Y detrás de la tarjeta ponía: Si podés no me falles, Montand, es importante. Me sorprendí, tenía mi teléfono, pero jamás le había dado la dirección. El misterio fue breve. Debe ser la señora que llamó hace unos días, dijo mamá, se presentó como una ex profesora tuya, que necesitaba la dirección para invitarte a no sé qué cosa y se la di. Fui. Pagaba el pato de quien abandona una carrera para dedicarse a enseñar. Cantaba a la perfección, pero se apegaba tanto a la técnica que el alma se le escapaba, no aparecía. Hasta que apareció, por un ratito, en los bises. Se despachó con un aria de las joyas del Fausto de Gounod, que nos puso la piel de gallina. Era su canto del cisne, se había jurado no cantar más en público. Emocionado, me acerqué y le di un beso. No me quedé a la recepción. Era el único no famoso. Yo ya tenía una carrera más larga de la de muchos de los que estaban ahí. Pero en las sombras, en los márgenes, el seguidor jamás me había iluminado. A la semana me llegó una tarjeta en la que sólo había escrito: Gracias.

5

El tiempo pasó (menos mal porque si deja de pasar es porque se acabó para vos) y no volví a saber de ella, directa o indirectamente. Bah, a veces en la televisión, alguien mencionaba estudiar o haber estudiado con ella. Me la choqué literalmente la primera vez que Ute Lemper vino a cantar a la Argentina. El hall del teatro está llenísimo. Yo iba al baño, lo que parecía imposible porque había que pasar por la boletería, donde una multitud pujaba por retirar entradas o invitaciones. Ella me reconoció primero, antes de que le pidiera disculpas por atropellarla, exclamó: ¡Montand! y me dio un cálido abrazo. Feliz estuve después por reencontrármela, en ese momento estaba apabullado. ¿Qué fue de tu vida? preguntó, pero no esperó respuesta, siguió con la palabra. ¡Si supieras la cantidad de veces que estuve por llamarte para que volvieras a estudiar conmigo! (Fuck, pensé, yo también) Pero no tenía sentido, lo que me faltaba enseñarte, lo podías aprender con cualquiera. En cambio lo que hicimos fue único. Enloquecí con lo que aprendí con vos y volví a todos locos con las tomas de aire, las columnas de aire que comencé a llamar columnas de luz y los secretos de los resonadores. Inventé un sistema que comencé a aplicar con resultados sorprendentes. Todo gracias a que a vos se te ocurrió decir Montand y no Domingo o cualquier otro tenor. Comenzaron a llamarme de Europa, paso 10 meses allá y dos meses acá, me casé bien, con un italiano, es tan encantador como rico, vivo en París, soy asesora vocal de la Ópera de París, alumnos argentinos casi no tengo, salvo un par de nuevas estrellas que vienen nada más que para decir que estudiaron conmigo, no te rías, pero hasta la alemana que escucharemos hoy pasó por mi sistema de la toma-de-aire-Montand, pero contame vos. Le dije cómo me ganaba la vida, que lo que había aprendido me sirvió para hablar por encima de alumnos díscolos con vozarrón de barra brava, que cantaba en mis espectáculos cuando los mismos lo ameritaban, que nunca la olvidaba. Se acercó un famoso cantante de tangos a saludarla y aproveché para despedirme. Me dio un beso en la mejilla y me dijo al oído: Profesionalmente fuiste mi hombre del destino. Cuando salí del baño, hacía su entrada una superestrella de la televisión y nos asfixiaba un enjambre de camarógrafos y fotógrafos. Rescaté a la amiga con la que estaba y la llevé a la vereda, para respirar y fumar un cigarrillo. La convencí de que entráramos cuando la multitud del hall adelgazara un poco. ¿A quién saludaste?, me preguntó. A alguien del pasado, contesté y no dije más porque el cuento era largo y no sé si tenía ganas de contarlo. El espectáculo nos fascinó y cuando Ute ensayaba una pirueta vocal me divertía pensando que en algún momento había pasado por un sistema de toma de aire que habían inaugurado conmigo. Bah, más que divertirme, me llenaba de orgullo.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cosas de actores


Asistimos el domingo a la última función de Hamlet en el teatro Presidente Alvear. Entra Hamlet, o sea Mike Amigorena, compungido por la muerte de su padre. Habla bajo, para adentro. Estamos en la fila 7 y escuchamos a duras penas. Desde la platea alta una señora pide: "Más alto, por favor". Amigorena hace una mínima pausa y sigue hablando bajo. Sus compañeros en escena, levantan el tono. Minutos más tarde, otra señora, la voz parece venir de más arriba, de la tertulia quizá, dice educadamente: "No se oye". Amigorena termina la escena hablando bajo. La próxima escena en la que interviene es más vivaz y todos oímos. Cuando llega la escena de la entrada de los cómicos que harán la obra con la que pretende desenmascarar a su tío, Amigorena dice sus líneas, pero subraya lo que transcribiré con mayúsculas: "Espero que no tengan las voces cascadas para QUE LOS PUEDAN OÍR LOS QUE ESTÁN MÁS LEJOS". Incomprensiblemente, parte de la platea aplaude el exabrupto.

Soy tímido y nunca me atrevería a decirle a un actor que levante la voz. Más de una vez me he quedado con parlamentos a la mitad por dicciones viscosas y voces susurradas, pero comprendo a la gente que tiene la valentía de expresarlo. Sí, claro, es un acto de violencia, como retar a alguien en público, pero ¿qué hacer, soportar estoicamente no oír nada o decírselo al actor para que procure corregir la falencia?


Al viejo teatro Ópera, Miguel Ángel Solá vino a hacer Greta Garbo, quién diría, está bien y vive en Barracas; empezó muy bajo y alguien de atrás le pidió que hablara más alto. Solá, sin perder la concentración, simplemente levantó el tono y siguió con la escena. En una función de El protagonista en el Coliseo Podestá, Oscar Martínez empezó bajo, bajo. Una señora en el gallinero le dijo con poca paciencia: "Más alto". Martínez, con simpática humildad, dijo: "Perdón, querida", y levantó el tono. En el San Martín de Buenos Aires, en una función de Los caminos de Federico, unipersonal con  Alfredo Alcón sobre textos de García Lorca, cuando arrancó con el monólogo de la vejez de Doña Rosita, la soltera, bajó muchísimo el tono, encima la luz se ponía penumbrosa lo que aumenta la sensación de que oímos poco, una señora dijo para sí, no fue su intención informárselo a Alcón, pero por el silencio de misa que provoca Alcón, se oyó un: "Lástima que no se oiga bien". Alcón se interrumpió y comenzó de nuevo el monólogo, esta vez en voz más alta. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Ay, Sophia. Hay Sophia


Sophia Loren toma sol en una pausa de la filmación de Orgullo y Pasión. Ay, Sophia, Sophia. Tu ecuación perfecta de carnalidad, sensualidad, sensibilidad y espirtualidad desbarata desde siempre las matemáticas de mis sueños. En vos conviven la hembra rotunda que entrega y demanda, y la mamma que condiciona, contiene y alimenta. Ay, Sophia, Sophia. A muchas mujeres pedí que me dejaran en paz. A vos, jamás. ¿Cómo podría? Sería como pedir que me dejara en paz la vida. Ay, Sophia, Sophia. Hay Sophia.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Quinteto


Como tenía una pinta que rajaba las veredas, pudo haber sido el chico lindo de las películas. Pero no. Siempre que pudo, encarnó el fracaso del Sueño Americano, que se volvía más punzante porque tenía una pinta que rajaba las veredas. Subrayaba que la belleza no te abría puertas ni te garantizaba el éxito en una sociedad individualista, para nada solidaria y miserablemente prepotente. Como tenía una pinta que rajaba las veredas, pudo haber sido el rubio ganador al que se le daba todo. Pero eligió ser como nosotros: un perdedor. A secas. Por eso lo amamos. Porque su pinta que rajaba las veredas jamás nos amenazó ni nos insultó. Y si existe el Paraiso, y accedemos, no tocaremos el arpa o la lira en una nube. No. Nos emborracharemos con cerveza o whisky en un patio trasero en noches de buena luna con nuestro amigo Paul Newman, el único de la barra con una pinta que rajaba las veredas.

viernes, 25 de noviembre de 2011

El niño interior

Blake Edwards dirige a Julie Andrews en una escena de Darling Lili. El fotógrafo los llama. Giran y se burlan. ¿Quién lo diría, gente tan seria y responsable? Cualquiera, todos somos el chico que nunca crece. Por eso la vejez es tan injusta, nos sorprende en la mitad de la primera infancia. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

No sé ustedes



No sé ustedes, pero yo cuando estoy tan cansado como ahora me pongo voluble (sí, boludo también). Puedo pasar de la furia al llanto, una media sonrisa puede lastimarme y una traición no moverme ni una ceja. Mi apreciación de la realidad se distorsiona a niveles de una absurdidad inabarcable. Me acuesto sombrío y lento. Duermo poco y agitado. Sueño feo y mal. Me despierto pronto y peor. Vivo para el último minuto de la clase, el último punto de la traducción. Para ese recreo mísero en el que puedo ser por un ratito el vago irresponsable que en verdad soy. Con nadie puedo sincerarme. La mascarada es completa, todos me creen trabajador y feliz. Me obsesiono porque el año laboral termine de una vez, pero hasta contar los días que faltan lo hace más largo. Nada me consuela. Nada. Ni que el perrito tome mis pies como almohada. Pero cuando el desaliento es más profundo, me roza el ala del ángel de la vida y vislumbro por un segundo la llegada eventual y tardía de ese tiempo mágico en que mi única preocupación es decidir si dormir o no la siesta...

Ilustración: Un Michael Caine agotado descansa como puede antes que lo llamen a filmar otra vez. Si Michael Caine puede, quizá yo también...

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sweet sixteen



Esta foto de cuando Ava tenía 16 años, exhibida en el estudio fotográfico de su cuñado en Nueva York, le significó un contrato inmediato con la MGM. Algunas cosas tienen que pasar. Ava Lavinia Gardner llegó a Hollywood a los 18 años. En un principio a nadie le interesó si podía actuar. A belleza semejante, dijeron los productores, el público le perdonaría cualquier cosa. Pero la chica tenía amor propio y se convirtió en una actriz fascinante, que nadie tomó muy en serio hasta que la belleza comenzó a ajarse. Su belleza la hizo estrella y su belleza fue el cepo que le impidió crecer. Hay bendiciones malditas.

(La última línea se la dedico a Susana que a veces es oximorónica)

lunes, 21 de noviembre de 2011

The divine

Bette Midler es una de las estrellas más originales que nos ha regalado el mundo del espectáculo. La única clasificación posible que acepta es precisamente la de inclasificable. Es proteica, carismática, camaleónica. Te amamos, Bette. Sos irresistible. ¿Cómo negarse a alguien que nos hace reír, nos emociona y nos canta? 

sábado, 19 de noviembre de 2011

Haciendo historia





La serie que lo había colocado en el mapa, Rawhide (conocida aquí como Cuero crudo), terminaba y su carrera no parecía ir a ninguna parte. Recibió entonces la invitación para filmar en Italia y España algo que se llamaría Por un puñado de dólares (1965). Clint Eastwood ceptó a regañadientes sólo porque la historia que le proponían se parecía a la de Yoyimbo (1961) de Kurosawa, film que le había gustado. Su agente le había dicho que no aceptara, que era un "bad move", (como al hombre le gustan las ironías, a la compañía cinematográfica que fundaría después le pondría Malpaso en recuerdo a las palabras de su agente, a bad move, un mal paso). Los primeros días en Europa los pasó borracho, se sentía frustrado. Pero empezó a percatarse de que las cosas allí se hacían de otro modo y ya no se emborrachó. Con el director Sergio Leone filmaría también Por unos dólares más (1965) y Lo bueno, lo malo y lo feo (1966), después rebautizada como El bueno, el malo y el feo. El cine del Oeste ya no sería el mismo. El spaghetti western adquiría proporciones artísticas.El resto es historia conocida. Clint se convertiría en una súper estrella. Leone en un maestro del cine y el mundo entero silbaría las tonaditas de Ennio Morricone, que en las primeras copias de Por un puñado de dólares aparecía como Dan Salvio.

(en la foto, Sergio Leone dirige a Clint Eastwood en Por un puñado de dólares)

viernes, 18 de noviembre de 2011

A mí me pasaría lo mismo

Extracto de un reportaje a Leonardo Sbaraglia, publicado el 17 de noviembre:


-¿Cómo fue tu encuentro con Robert De Niro durante el rodaje? 
-Con él directamente no trabajé. Sí compartimos set y fui a verlo trabajar y ver que es un ser humano [se ríe]. Es un tipo muy agradable. Estuvimos conversando un ratito en su motorhome. Fue verle la cara, escucharlo hablar y que eso te recuerde a diferentes momentos. En mi caso, como actor, es un tipo al que he admirado durante toda la vida. Fue una emoción muy fuerte tenerlo enfrente. El se ríe y te hace acordar a una película; te mira y te hace acordar a otro momento. Yo estando ahí decía «Ya está, me puedo quedar tranquilo: no sólo que trabajo con Robert De Niro, sino que también va a ver la película».

jueves, 17 de noviembre de 2011

La luna en el charco

Supieron siempre que los llamaban por tener caras de tipos comunes, de esos que se encuentran de a centenares por cuadra. Se burlaron de sí mismos más de una vez por no ser Tony Curtis o Paul Newman. Nunca se quedaron con Marilyn, Rita o Natalie. Eso era cosa de galanes. Y si a veces les tocaba ser esposos de Virna, era por el efecto cómico, nada más. No por eso se privaron de hacer cosas extraordinarias. Elevaron al hombre común que representaban a categorías míticas, proeza a la que ningún galán por bonito y sexy que fuera podía aspirar. No los envidiábamos, hacíamos algo mejor, nos identificábamos con ellos. Ellos eran nosotros. A pesar de las bromas, bendijeron siempre ser los tipos comunes de las películas y aunque las chicas no colgaron sus fotos en los dormitorios, a la larga fueron más amados que todos los elencos juntos con los que trabajaron. Ellos son Jack Lemmon y Peter Falk.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Oído al pasar



El lunes a eso de las tres de la tarde, saco a pasear a Perrito. Mientras estamos en la rambla de 25, se nos aproxima una familia. Padre, madre, dos chicos y un pitbull. El padre lleva una pelota. Los chicos tienen entre 8 y 10 años. El menor dice: Los paros son buenísimos, ojalá haya más antes de fin de año. El padre le contesta: Qué vivo, como se ve que el que se pierde la siesta no sos vos. Me doy vuelta para que no me vean sonreír. Perrito se pone a ladrar al pitbull y ya no oigo más qué dicen. Se pierden camino del parque donde pelotearán felices. Más tarde, cuando llama un colega para preguntarme unas fechas de examen, le cuento lo que oí. Familia sana, de códigos claros, me comenta. No te entiendo, le digo. Claro, me explica, el chico dice que le gustan los paros y el padre no lo sermonea con que son malos porque pierde la oportunidad de aprender u otras hipocresías por el estilo. No, el hombre confiesa por donde le aprieta el zapato: la pérdida de la siesta, pero como se quieren resuelven bien el problema, se van a pelotear al parque, y hasta el pitbull está contento.


Ilustración: Peter O'Toole en Goodbye, Mr. Chips, mi película favorita de maestros.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Dunkerque




La había visto, hace tanto que ya me la había olvidado. Consecuencias del paso del tiempo, uno se descuida y las cosas se miden en décadas. La bajé, la vi y me dispuse hacer un comentario. Antes me puse a gugliar para precisar datos y no escribir disparates y encontré una crítica ya hecha en un blog dedicado a películas de guerra. Decidí entonces transcribirla y después dialogar con ella. 


Fin de semana en Dunkerque (Week-end à Zuyd-Coote) (1964)


La acción comienza un sábado del mes de junio de 1940. El soldado francés Julien Maillat (Jean Paul Belmondo) es uno de los miles combatientes que ha quedado atrapado en la bolsa de Dunkerque, concretamente en la zona del turístico pueblo costero de Zuydcoote. Mientras Julien, acompañado de varios camaradas, recorre las atestadas playas intentando encontrar la manera de embarcar en un transporte que lo lleve a Inglaterra, entre el acoso de los aviones alemanes, conocerá a Jeanne, una atractiva jóven que se niega a abandonar su casa pese a los riesgos cada vez más evidentes de la situación, y con la que Julien vivirá un atisbo de romance.


En 1940 el joven escritor francés Robert Merle vivió en primera persona el cerco de las tropas anglo francesas en Dunquerke y su posterior evacuación por mar con destino a Inglaterra. Sus experiencias personales le servirían pocos años mas tarde para plasmarlas en su primera novela, titulada Week-end à Zuyd-Coote, publicada en 1948. En esta obra, que le valió a Merle para hacerse con el prestigioso premio Goncourt otorgado por la critica literaria del pais galo, el autor recogía las vívidas impresiones experimentadas por él en los dramáticos días de Junio de 1940, durante el cerco de Dunkerque. El éxito de la novela no podía pasar desapercibido para los productores cinematográficos, siendo adaptada para la gran pantalla en 1964. El rodaje de la pelicula, que se financió con capital francés e italiano, contó con unos medios de producción muy superiores a los habituales del cine europeo por aquella época. La labor de ambientación fue exhaustiva, de modo que en las localizaciones reales de la costa francesa se construyeron múltiples decorados para recrear los escenarios de 1940, se contrataron cientos de extras para dar vida a los soldados anglo-franceses, y se reunió abundante material y atrezzo bélico de la II GM para dotar de mayor realismo a la historia. Además se confió el papel protagonista a un joven actor que iba para estrella: Jean Paul Belmondo, arropado por varios de los mejores actores secundarios del cine francés; mientras que la dirección corrió a cargo de un director con cierto renombre comercial como Henri Verneuil.


La verdad es que resulta curioso que unos hechos históricos tan potencialmente "cinematográficos" como los del cerco de Dunkerque hayan pasado relativamente desapercibidos para el cine. Porque lo cierto es que, exceptuando la reciente “Expiación: más alla de la pasión” y la modesta producción de Serie B italiana “De Dunquerke a la victoria”, el cine apenas ha prestado atención a la dramática evacuación del importante contigente aliado cercado por los alemanes en la costa del Canal de la Mancha en junio de 1940. Pero al menos, hay que reconocer que esta producción francesa lo hizo de una manera bastante convincente en cuanto a la ambientación, si bien no del todo brillante a la hora de contar una historia interesante. Vayamos primero con lo positivo. Aparte de la ya mencionada y sobresaliente ambientación hay que reconocer que Belmondo hace un buen papel protagonista interpretando al soldado Maillat, y que los secundarios realizan una excelente labor en sus respectivos papeles. También pueden destacarse algunos momentos bastante logrados, como la secuencia que muestra a los cientos de soldados aliados intentado embarcar en medio del acoso de los aviones alemanes y el posterior fusilamiento del piloto alemán cuyo avión resulta derribado.


Sin embargo la película no termina de resultar del todo redonda por varias razones. La primera es el tono ligero, por momentos casi de comedia, que adquieren los diálogos durante la mayor parte del metraje lo cual le resta gravedad a las situaciones que va planteando el film e impide crear la atmósfera de verdadero dramatismo que la historia requería. En segundo lugar, hay que decir que la subtrama del romance latente entre Julien y Jeanne está bastante mal desarrollada y resulta tan artificial que parece metida con calzador en el resto de la historia, aunque ignoro si esto es un defecto de la novela original o del guión de la película. Pero en cualquier caso, está claro que no termina de encajar bien en el desarrollo argumental. Finalmente, hay que añadir que el desenlace me pareció un poco forzado y de un tono excesivamente melodramático, siendo este otro aspecto que no termina de casar bien con el resto de la historia.


En conclusión, pese a que “Fin de Semana en Dunkerque” es una película algo fallida en sus planteamientos, merece al menos un visionado por los buenos aficionados al género bélico. Estos encontraran en ella una soberbia recreación de la evacuación de bolsa de Dunkerque, con casi total seguridad, la mejor realizada hasta la fecha para el cine.


publicada en:
http://segundaguerramundialenelcine.blogspot.com/2009/11/fin-de-semana-en-dunkerque-week-end.html


Mayormente estoy de acuerdo con lo que aquí se dice aunque disiento en la evaluación crítica. No creo que la intención haya sido hacer un drama bélico tradicional. Es evidente el deseo de manejar un tono ligero, de comedia casi. Incluso la discusión teolgica entre el cura y Belmondo es manejada con levedad. Por lo tanto me parece injusto demandarle más dramatismo. Es como si hubieran querido hacer realidad el título de aquella vieja obra de teatro de Fernando Arrabal: Pic nic en el campo de batalla. Y lo que pudo verse como una desvantaja en el estreno, se ve ahora como algo muy moderno, muy contemporáneo. Hoy el dramatismo tradicional sonaría antiguo. Como está, angustia por la acumulación de absurdos, ya que la superposición de tragedia y ligereza da un absurdo pronunciado y desconcertante, que termina por desesperar más que el simple dramatismo, que otorga siempre la escapatoria del alivio de la angustia por lo habitual, lo conocido y lo tradicional. Lo mismo pasa con el romance y el final, el absurdo los potencia y nos deja más desolados. Tardaré otro tiempo en revisitarla, más allá de su espectacularidad es devastadora. Lo que prueba que es un manifiesto antibélico muy logrado.

sábado, 12 de noviembre de 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

Extraña pareja

En cuanto a imagen cinematográfica de mujer, nada más opuesto que este par. Mae West siempre representará la mujer sexualmente deshinibida, pícara, procaz, chabacana incluso. Julie Andrews, pese a sus numerosos intentos de hacer pie en los aspectos más sensuales de su personalidad, será recordada como una institutriz adorable, asexuada, despabilada pero incapaz de proferir un chiste de doble sentido o una grosería.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Caída mortal



Continúo con mi revisión de los films de Michael Caine y me llevo una gran sorpresa. Deadfall (Caída mortal) conocida también como Angustia mortal, es una película de 1968 dirigida por Bryan Forbes (Mientras sopla el viento, La caja equivocada, Doble triunfo, La loca de Chaillot). Michael Caine es Henry Stuart Clarke, un ladrón contactado por Richard Moreau (Eric Portman) para que le robe unos diamantes a Salinas (David Buck). Como Henry se muestra medio reacio, Moreau le encarga a su esposa, Fe (Giovanna Ralli) que lo seduzca. Moreau no tiene ningún problema en entregar a su esposa porque es homosexual y no le da cama. Lo curioso es que este film, artificioso, refinado, rebuscado, parece una creación de Almodóvar, no sólo porque transcurre en España sino porque los conceptos utilizados para describir su cine y su última película pueden aplicarse a este viejo film con toda justeza. Porque es “melodrama noir”; donde “conviven los hallazgos visuales (hay refinamiento en la puesta y también en la pulcritud casi publicitaria de la fotografía), con giros artificiosos que pueden resultar irritantes o bordear el ridículo”; “refinamiento visual”; “barroquismo, aunque escondido debajo de una superficie límpida, ascética y gélida como la de un laboratorio”; “voluntad de provocar, actitud transgresora, la infaltable dosis de perversidad, atmósferas cargadas de perturbadora sexualidad, referencias a la cultura pop, inverosímiles enredos folletinescos, excentricidades varias y el atrevimiento que tanto se le celebra”; “thriller glacial, melodrama rocambolesco”.

Aseguro con honestidad que no exagero ni me entrego a juegos diacrónicos. La historia de Deadfall tiene muchos recovecos estrambóticos, y la resolución con laberintos sexuales incluidos deja a la de Todo sobre mi madre a la altura del naturalismo más acendrado. Y el estilizado registro visual es puro pop sesentista como con el que tanto le gusta jugar a Pedro. Original en este caso, claro,  porque Deadfall es de fines de los sesenta. ¿Coincidencia? ¿Cinefilia no declarada? ¿Influencia tan marcada que más que reflejo en el manchego parece copia? Cosas vederes, Sancho, que non crederes.

El afiche que adjunto aclara mucho (demasiado) las cosas. Dice: “Michael Caine se sumerge en el mundo de los adúlteros, los traidores y los perversos”. “La chica que no sabía que su padre y su marido eran el mismo hombre”. “El hombre que no se satisfacía ni con mujeres ni robos”. “La mujer que se acostaba con los hombres que su marido le elegía”. Como se ve, ingredientes very Almodóvar.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El fantasma y la Sra. Muir


Como me había portado bien, decidí hacerme un regalo. Bah, si me hubiera portado mal, también me la hubiera regalado. Siempre hay que premiarse. El fantasma y la Sra. Muir es una de las más hermosas y románticas historias de amor. Lo gracioso es que la historia pelada (a principios del siglo XX, una vuidita huye de una suegra y cuñada espantosas y se va con su hija y una criada a vivir en una casa junto al mar, habitada por el fantasma de un marino cascarrabias del que se enamora y es correspondida) puede parecer una pelotudez, pero no lo es. Más bien todo lo contrario. Pertenece a una época en la que Hollywood se enorgullecía de ganar dinero contando una historia lo mejor posible; no como ahora que sólo pretende hacer plata con un "producto" que con piedad podríamos denominar "entretenimiento" y que no es sino el acompañamiento para deglutir pochoclos. Que esta historia sea inolvidable se debe a la magnífica orquestación que hizo su director, Joseph L. Mankiewicz, de todos los elementos técnicos y humanos. El guión de Philip Dunne está lleno de detalles y observaciones certeras. Los actores celebran su oficio con talento y afecto, y el resultado final es una fiesta para el ojo y el espíritu. Por suerte y porque la magia no se agota, sigue tan joven como el primer día. Gene Tierney, Rex Harrison, George Sanders y los demás siguen convenciéndonos de que el amor surge hasta en los ambientes y personas menos esperados. Ah, la música de Bernard Hermann acaricia los oídos, y la nena de la historia es una jovencísima Natalie Wood a quien ya se le nota que sería muy hermosa. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Un tranvía



Un tranvía llamado deseo es una bendición y una maldición. Es una bendición porque es una de las obras mejor escritas del mundo. Y es una maldición porque la versión cinematográfica posa como la lectura definitiva de la obra. Durante años sostuve esa creencia y me negué a ver otras versiones. Decía que para qué molestarse en hacerla en vez de exhibir la película. El tiempo enseña y si lo dejamos nos abre la mente. El film de Elia Kazan de 1951 con Marlon Brando, Vivien Leigh, Karl Malden y Kim Hunter no es, más allá de todas sus excelencias, la única versión posible. Marlon Brando no es el súmmum de Stanley Kowalski ni Vivien Leigh la apoteósis de Blanche Du Bois. Más allá de que Marlon Brando le diera la impronta de su cuerpo musculado y de su magnetismo animal inimitable. Y Vivien contara con el beneficio en el arte y desgracia en la vida real de ser emocional y psíquicamente inestable, lo que le venía como anillo al dedo al personaje. Bien, por ellos y por la gloria del cine, pero Stanley Kowalski no se agota en Marlon ni Blanche en la exquisita Vivien. La obra es tan rica que ni siquiera ellos abrazan por entero la magnitud de los personajes. Otras versiones, otras lecturas son posibles. Los críticos, como yo antes, suelen creer que Kazan, Brando y Leigh establecieron la perfección y que son insuperables. Hoy sé que no es así. Los críticos habitualmente entregan elogios a los Mitchs y a las Stellas, los personajes que delinearan Malden y Hunter, porque, aunque están magníficos, no enamoran tanto como Brando y Leigh; y castigan con durezas y sarcasmos a los Stanleys y a las Blanches por no ser Marlon y Vivien, y acentúan que el director de turno no es el "buchón" de Kazan. (Buchón porque denunció compañeros en el Macarthismo, quizá hago mal en mezclar arte y vida, pero me pudren algunos endiosamientos, Kazan era un gigante en el arte y un ser humano pequeñito por no decir miserable. Retomo:) Algo de eso pasa con la versión que se presenta en estos momentos. Érica Rivas es una Blanche estupenda y Diego Peretti está muy pero muy bien como Stanley. Por supuesto que la gran Paola Barrientos está genial como Stella y que Guillermo Arengo es un Mitch querible y comprensible, y es justo que hayan recibido las alabanzas prodigadas, como que no es menos cierto que Rivas y Peretti pagaron injustamente la estrechez de los críticos y se quedaron con todos los "peros". La dirección de Daniel Veronose es acertada y da una lectura rica de la obra. Distinta a la de Kazan, pero no por eso equivocada. Esta versión del tranvía ha entrado en sus últimos días en el teatro Apolo de Buenos Aires, de no hablerla visto todavía, si pueden, véanla. Vale la pena. Para sostener mi argumentación, va esta foto de la puesta dirigida por Luchino Visconti para el estreno en Italia (1951). Se ve a Marcello Mastroianni como Stanley y a Rossella Falk como Stella. No se había estrenado la película aún y Marcello no tuvo que sufrir la comparación con Brando. Y si duda, su interpretación fue diferente a la de Brando. Para empezar nunca fue musculado y su encanto no dependía precisamente del magnetismo animal. No, lo suyo iba por otro lado, pero no por eso tenía menos derecho a ser un Stanley Kowalski válido. 


(Está en la escena en la que Stanley, después de revolver el baúl, se sorprende por las "supuestas" joyas de Blanche)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Un millón

Audrey Hepburn y Peter O'Toole en un descanso de la filmación de Como robar un millón de dólares (1966) de William Wyler, película que amé a primera vista y que seguí amando todas las veces que la vi.

lunes, 31 de octubre de 2011

Fucking Halloween



Halloween o Noche de Brujas es una fiesta que se celebra principalmente en Estados Unidos, norte de México, y algunas provincias de Canadá en la noche del 31 de octubre. Tiene origen en la festividad celta del Samhain y la festividad cristiana del Día de todos los santos. En gran parte, es una celebración secular aunque algunos consideran que posee un trasfondo religioso. 


El día se asocia a menudo con los colores naranja y negro y está fuertemente ligado a símbolos como la Jack-o'-lantern. Las actividades típicas de Halloween son el famoso truco o trato y las fiestas de disfraces, además de las hogueras, la visita de casas encantadas, las bromas, la lectura historias de miedo y el visionado películas de terror.


Halloween tiene su origen en una festividad céltica conocida como Samhain, que deriva de irlandés antiguo y significa fin del verano. Los antiguos britanos tenían una festividad similar conocida como Calan Gaeaf. En el Samhain se celebraba el final de la temporada de cosechas en la cultura celta y era considerada como el «Año nuevo celta», que comenzaba con la estación oscura.

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañado. 


En 1840 esta festividad llega a Estados Unidos, donde queda fuertemente arraigada. Los inmigrantes irlandeses transmitieron versiones de la tradición durante la Gran hambruna irlandesa. Fueron ellos quienes difundieron la costumbre de tallar los «Jack-o'-lantern» (calabaza gigante hueca con una vela dentro), inspirada en la leyenda de «Jack el Tacaño».

Sin embargo, la fiesta no comenzó a celebrarse11 masivamente hasta 1921. Ese año se celebró el primer desfile de Halloween en Minnesota y luego le siguieron otros estados. La fiesta adquirió una progresiva popularidad en las siguientes décadas.

La internacionalización del Halloween se produjo a finales de los años 70 y principios de los 80 gracias al cine y a las series de televisión. En 1978, se estrenaba en EEUU y en el mundo entero La Noche de Halloween, de John Carpenter; una película ambientada en la víspera de Todos los Santos que supuso una referencia para el cine de terror de serie B; con innumerables secuelas e imitaciones.


Hoy en día Halloween es una de las fechas más importantes del calendario festivo estadounidense y canadiense. Algunos países latinoamericanos, conociendo aún esta festividad, tienen sus propias tradiciones y celebraciones ese mismo día, aunque coinciden en cuanto a su significado: la unión o extrema cercanía del mundo de los vivos y el reino de los muertos. Otros países latinoamericanos, como la Argentina, entienden Halloween como una festividad característica del mundo anglosajón, y no dan ninguna importancia a la fecha.


Tomado de Wikipedia


Subrayo lo de: Otros países latinoamericanos, como la Argentina, entienden Halloween como una festividad característica del mundo anglosajón, y no dan ninguna importancia a la fecha.


Y agrego: POR FAVOR, SIGAMOS ASÍ. QUE EL SENTIDO COMÚN, LA SENSATEZ Y EL SENTIDO DE IDIOSINCRACIA NOS HAGAN VER QUE SOMOS LATINOS Y NADA TENEMOS QUE VER CON TRADICIONES ¡¡¡CELTAS!!! POR FAVOR


ilustración: Veronica Lake en Me casé con una bruja, 1946

sábado, 29 de octubre de 2011

Dolly 1



En el fondo, Hello, Dolly! (1969) fue un error en las carreras de Barbra Streisand y Gene Kelly. No uno del que tuvieran que arrepentirse, pero sí uno sobre el que tuvieran que decir: Hice lo mejor que pude según las circunstancias. La Streisand, de 27 años por entonces, tenía más ganas de exhibir su sensualidad que de interpretar a una matrona cincuentona. Motivo por el que le surgieron inseguridades y ansiedades varias. Más de una vez despertó a Gene Kelly en medio de la noche para que le disipara dudas y le fortaleciera la menguante autoestima. Como toda estrella insegura se refugió en divismos que, entre otras cosas, le granjearon le enemistad de Walter Matthau, que le prodigó una invencible antipatía durante todo el rodaje. Se negó a besarla en la escena final. El beso que se ve es un truco de perspectiva, están en realidad a más de un metro de distancia. Mucho se habló de los desplantes de la Streisand, algunos alcanzaron proporciones míticas, pero el único certificado lo contó Fritz Feld, que en el film interpreta al asistente del maître. Un día mientras se dirigía al plató, vestido para la escena, se paró delante de un espejo que estaba junto al camarín de la Streisand, que, como correspondía a una estrella, era el más cercano al set. Salió la mucama de la Streisand que a grito pelado le dijo: Apártese inmediatamente, en este espejo sólo se puede mirar la Srta. Streisand. Se oyó desde dentro la voz de Barbra que preguntó: ¿Quién es el atrevido, Doris? El Sr. Fritz, contestó la aludida. Por supuesto que Fritz, concedió la Streisand, puede mirarse en nuestro espejo, lo queremos. No hablaba en tercera persona como Maradona, sino que, como los reyes, usaba el plural de modestia. Streisand no está mal como Dolly, pero tampoco particularmente bien. No le saca todo el jugo posible al rol, que es un auténtico vehículo de lucimiento para damas de la escena un poco mayorcitas.

Gene Kelly era a priori el indicado para dirigir este material, pero la 20th Century Fox, desesperada por salir de los aprietos económicos en que estaba hundida procurando repetir el éxito descomunal de La novicia rebelde, sobredimensionó tanto la producción que lo que debió ser una gacela en la sabana, fue un elefante en un desfile. Kelly no pudo darle ni el trote cansado de un jamelgo viejo a una película que a cada segundo debía mostrar sus magnificencias. De todos modos, si bien no pudo huir de la teatralidad flagrante, el resultado es agradable. El guión tiene buenos diálogos, el enredo es atractivo, las coreografías abusan de las acrobacias aunque exudan creatividad, y las canciones son alegres y pegadizas. Se tiende a desvalorar a Jerry Herrman, el compositor. Sin embargo, como dijo un músico talentoso, todo un maestro, él: Es más difícil redondear una melodía verificable que ponerse a jugar con armonías.

No fue un gran éxito, pero tampoco un fracaso. Salió quinta en la lista de las películas que más recaudaron ese año. No le alcanzó a la Fox para salir de problemas. Cuatro años más tarde, los rescataría de la bancarrota la reposición de La novicia rebelde, que demostraba ser un caballo de batalla, fiel, seguro e infatigable.

Dolly 2


Para Walter Matthau Hello, Dolly! no fue un error, fue todo un triunfo. Está perfecto como el eterno malhumorado y fácilmente irascible Horace Vandergelder, y, por extraño que parezca, su nula capacidad para el baile le da a sus coreografías el encanto imperecedero que sólo logran los eximios bailarines en la plenitud, por el más sencillo de los motivos: lo que hace es único e irrepetible. Ya comentamos que no podía ver a la Streisand ni en fotos. Un día, harto de repetir una escena por las inseguridades de ella, dijo: Esta mujer tiene menos talento que el pedo de una mariposa. Es obvio que la Streisand se sentía avasallada por la contundencia de su coestrella, por eso declararía años más tarde: Matthau estaba convencido de que la película no se llamaba, Hello, Dolly!, sino Hello, Walter! Aunque Matthau podía ser antipático y comportarse como un cabrón, no era rencoroso. En 1985, cuando Barbra Streisand inició la fundación que lleva su nombre dando un recital en los jardines de su mansión a 10.000 dólares la entrada, Matthau la pagó con gusto y se lo ve escucharla embelesado. No se sabe si esa noche se hablaron y se reconciliaron, pero es evidente que firmaron las paces. Desde ese momento, en los reportajes que se sucedieron, los recuerdos de Hello, Dolly! adquirieron una serenidad que antes no tenían.

viernes, 28 de octubre de 2011

Bobby


Los retratos fotográficos, como antes los ejecutados por los pintores, son una impostura. Del daguerrotipo a la foto digital, con las "mejoras" que fueron del retocado, el coloreado, pasando por el juego de luz y sombra hasta el photoshop, nunca se trató de salir parecido a como se es, sino de salir lo mejor que se pueda, lo más halagüeñamente posible. Robert De Niro es uno de los pocos que todavía prefiere ser "natural". Este retrato suyo me gusta por las tres cejas despeinadas y rebeldes que se niegan a ser "masificadas". 

jueves, 27 de octubre de 2011

De señoras, lavandas y violinistas



A las inescrutables decisiones de los productores, sumo ahora las de los distribuidores, que con piedad sólo pueden calificarse de inexplicables. Que una película tan buena y tan explotable comercialmente como Ladies in lavender (2004) (Las señoras de lavanda, en el original, El violinista que llegó del mar, en el título con que la rebautizaron) no se haya estrenado en cine ni tenido un lanzamiento decente en DVD y que haya pasado directamente al casi anonimato del cable se suma a los misterios irresolutos del universo.

Pertenecería al género conocido como “de mujeres”, designación no muy certera, la experiencia me enseñó al tratar con alumnos adultos sus películas favoritas que hombres de voz estentórea y de pelo en pecho suspiran por la trilogía Meg Ryan (Cuando Sally conoció a Sally, Sintonía de amor y Tienes un e-mail) y que señoras remilgadas y correctas prefieren ante todo las patadas, acrobacias y piruetas de Jackie Chan, la dureza del Harry de Clint Eastwood y el heroísmo sucio y sangrante de los Duros de matar de Bruce Willis. Como sea, se supone que son las mujeres las primeras destinatarias de las películas “de mujeres”, ésas con romances, entendimientos o no entre madres e hijas, o de dramones familiares que culminan a violinazo limpio. Ésta tiene amores inesperados, violines protagónicos y hermanas que se entienden.

Estamos a fines de los años treinta y ya se percibe la agitación que estallará en guerra, la célebre Segunda Mundial. Janet (Maggie Smith) y Ursula (Judi Dench) viven en una hermosa casa junto al mar en Cornwall, Inglaterra. Una mañana, después de una noche de furiosa tormenta, llega a la playa de las hermanas un naufrago, Andrea (Daniel Brühl, el chico de Good bye, Lenin!) El médico del pueblo (David Warner) dirá que el chico no tiene nada que unos días de descanso no puedan curar. La irrupción del extraño desbaratará la apacible y metódica vida de las hermanas. Andrea es polaco y no habla inglés. Y por raro que parezca, las dificultades en comunicarse los acercará más que si hablaran el mismo idioma. Tanto que Ursula que lleva años vistiendo santos, perderá el control y le dará rienda al amor que se le despertó por el chico. Andrea, como denuncia el título que le pusieron en español, es un violinista nato.

Maggie Smith y Judi Dench son grandes amigas en la vida real, compartieron filmaciones y hasta largas temporadas teatrales, lo cual es bueno porque es bueno que la gente se quiera, pero aunque se odiaran, no nos importaría ya que en escena, se entienden, se respetan y se complementan de una manera única. Verlas juntas es una fiesta de emociones. Completan este elenco soñado, la gran Miriam Margolyes, grande de tamaño y de talento, como la cocinera. (Miriam es la matrona que dirige la batuta de la alta sociedad en La edad de la inocencia de Scorsese). La deslumbrante Natascha McElhone es una pintora veraneante que oficiará de agente del destino del chico. Y está también en un rol chiquito, el pequeño gran Toby Jones, que fuera el otro Capote, el de Infame.


Dirigió con seguridad y elocuencia Charles Dance, que es asimismo un gran actor y se nota. Los actores que dirigen suelen hablar mejor con sus pares y lograr como en este caso que hasta el último extra dé una actuación notable. Un film inolvidable que merece ser descubierto y venerado. Ah, y la banda sonora, Paganini incluido, no es un placer menor. 

miércoles, 26 de octubre de 2011

Marcello



¿Dije ya que mi segundo nombre es Marcelo gracias a Marcello? (Mi madre y mis tías morían de amor por Mastroianni)

lunes, 24 de octubre de 2011

Por fin

¡Por fin pude ver El fin de Sheila (The last of Sheila, 1973)! ¿Por qué me desesperaba verla? Por una sencilla razón. Soy un devoto, por no decir fanático, admirador de Stephen Sondheim, el genial letrista y compositor de Algo gracioso sucedió camino del foro, A little night music, Follies, Company, Pacific overtures, Sweeney Todd, Into the woods, etc. (me encanta este etcétera porque involucra obras que amo tanto como las que consigno, pero que no incluyo para no apabullar, no por mi sapiencia que es nula sino por la munificencia de su obra). Confesión apasionada: de Gershwin, Weill y Sondheim no hay cosa que no me guste). Bueno, la cuestión es que Sondheim, junto con Anthony Perkins, escribió el guión de The last of Sheila, el único para cine hasta la fecha. ¡Y yo no había visto el film! Cuando se estrenó, yo era un pibe, sí alguna vez lo fui, y no tenía idea por entonces de quién corno era Sondheim, de modo que pasó de largo sin que me preocupara verlo. En aquel momento estaba ocupado descubriendo las maravillas que Bergman, Fellini, Buñuel, Ferreri, De Sica, etc. (amo también este etcétera) tenían para darnos. No recuerdo si la dieron por tele, pero no alcancé a verla en el cable. Anduvo un tiempo por Space, pero siempre llegaba tarde. Cuando empezó el downloading de internet, la busqué y la busqué sin resultados positivos. Hasta ahora. Espere con impaciencia a que bajara, la abrí, vi que estaba entera y decidí verla sin interrupciones. Para eso debía esperar a la mañana del sábado, que por algún error del cosmos suelen ser tranquilas. A Sondheim le encantan los juegos de ingenio. Durante años armó acertijos, palabras cruzadas y esas cosas para el New York Times de los domingos. The last of Sheila se basa en juegos que se entrelazan continuamente. Sheila, la esposa de un sádico productor cinematográfico, Clinton Greene (James Coburn) muere atropellada por un conductor que se da a la fuga. Unos años después, Clinton reúne en un crucero por el sur de Francia a un grupo de amigos, entre los que espera desenmascarar al asesino de Sheila. Adicto a los juegos, como Sondheim y Perkins, organizó un acertijo para cada velada. Y como es de esperarse, habrá más de una sorpresa. El elenco es una selección de nombres muy populares o familiares en las películas de los setenta: Dyan Cannon es una agente feroz, James Mason es un ex importante director de cine, Richard Benjamin es un guionista sin ideas, Joan Hackett es su esposa rica de pasado sombrío, Ian McShane es el marido arribista que procura explotar la fama de Alice, Rachel Welch, que interpreta lo que era en ese tiempo, una actriz conocida hasta en los Polos. Básicamente el film es un whodunit (¿quién lo hizo?, ¿quién es el asesino?) Por supuesto tiene algo de Agatha Christie, la reina del whodunit, sobre todo en las revelaciones à huis clos (a puerta cerrada), con los sospechosos encerrados en un ámbito del que no pueden huir. Leo en la página de donde la bajé que The last of Sheila se está redescubriendo y transformando en una película de culto. Se lo merece, es tan artificiosa como inteligente, ingeniosa y mordaz. Ah, la dirigió Herbert Ross.

domingo, 23 de octubre de 2011

La primera

...de muchas fotos que postearé de ella. Porque ¿cómo prescindir de la sensualidad de Ava Gardner? No en vano la llamaron en su momento "el animal más hermoso del mundo".

sábado, 22 de octubre de 2011

Fiebre de sábado

No serán John Travolta, pero tienen lo suyo. Son Stan Laurel y Oliver Hardy, El gordo y el flaco, claro.

viernes, 21 de octubre de 2011

Problemas de traducción



Toda traducción implica una elección que deja fuera otras opciones igualmente válidas. Una posible traducción (no tan traidora según el viejo dicho) del texto que acompaña la imagen sería: ¿Cómo se supone que lidie con la escuela en un día así? Pero "lidiar" que da cuenta del "handle" me parece tibio y poco evocador. Yo optaría por esta versión más directa y contundente: ¿Cómo se supone que vaya a la escuela en un día así? Quizá porque expresa más claramente cómo me siento hoy. 


Es de la película Un experto en diversión (Ferris Bueller's Day Off,1986 de John Hughes) una de las producciones más relevantes y elocuentes sobre la adolescencia que hizo la industria hollywoodense y que convirtió en gran estrella al hoy insustituible Mathew Broderick. 

jueves, 20 de octubre de 2011

Sophia


Loren en una escena de Matrimonio estilo italiano de Vittorio De Sica, que no es nada más ni nada menos que otra versión cinematográfica de la magnífica obra del maestro Eduardo De Filippo, Filumena Marturano. Esta foto justifica con creces la decisión de Domenico Soriano (Marcello Mastroianni) de rescatarla del prostíbulo donde trabajaba. Cualquiera robaría un banco, asesinaría un prohombre o despojaría a la madre para liberar una mujer así de bella e imponente. 

miércoles, 19 de octubre de 2011

Cenizas



Las cenizas son poéticas. Sin rebuscar demasiado en los rincones de mi cerebro, puedo recordar al menos 10 poemas que usan las cenizas como tema o metáfora. Hasta en el repetido dicho de Donde hubo fuego aparecen las cenizas como símbolo de un probable renacimiento. Sí, las cenizas son poéticas. Todas menos las volcánicas. Ésas son un incordio. Son persistentes, invasivas, ineludibles. Los autos han perdido sus brillos bajo una capa pardusca. Los verdes primaverales se han amarronado. Como camino hacia todas las escuelas en las que trabajo, mi campera azul llega cubierta de una capa casposa. Mi bolso negro parece recubierto de tiza incluso antes de que la lluvia del borrador lo alcance. Y, lo que más me sorprende y alarma, mis zapatos recién lustrados parecen de desenterrado. Mi pelo plateado por las nieves del tiempo está más ceniciento que nunca. En casa, el segundo sorbo de café tiene gusto a tierra. El negro del mantel es un gris lechoso. Mis cortinas ya no son más bordó (un amigo dijo: no podía ser de otro modo, tus cortinas tienen el color de los telones), son arratonadas. Y aunque en mi vida he plumereado tanto, los muebles proyectan  una eterna película de polvo que no es tal sino ceniza. Ahora mismo dejo de teclear y vuelvo al mouse y el mouse está sucio de ceniza. Aunque cierre puertas y ventanas a cal y canto, se filtran por las rendijas, parecen atravesar los vidrios. Hasta Perrito ya no es más rubio, tiene el color de las nueces oscuras. La naturaleza nos informa que estamos de prestado en el planeta, que si quisiera podría sacudirnos como a pulgas, aplastarnos como a moscas y pisotearnos como a cucarachas. Conmigo no tendría que insistir tanto, soy un converso, vengo de un lugar en que se despereza en temblores, zondas y plagas de langostas. Se ha ganado mi respeto a fuerza de sustos. Y no por haberme vuelto un citadino, me olvidé de lo aprendido. No insistas más, no te cueles tanto en mi casa, en mi ropa y en mi perro. Redoblá tus esfuerzos en los que te ignoran, en los que se creen superiores a vos. Pero sos sorda y tengo otra vez que reubicar tu recordatorio cósmico a plumerazo limpio.

Ilustración: Peter O'Toole en Lawrence de Arabia. Ya sé, Lawrence está cubierto de arena, pero el simil vale para como me siento cuando entro de la calle en estos días.

martes, 18 de octubre de 2011

El camarín de los talentos

La filmación de Muerte en el Nilo tuvo lugar casi por completo a bordo de un barco. Como no había suficientes camarotes para que cada estrella tuviera su camarín, Bette Davis, Angela Lansbury y Maggie Smith debieron compartir uno. Oh, la, lá. Sí, no nos apresuremos. Considerémoslo un minuto. Bette Davis, Angela Lansbury y Maggie Smith maquillándose, cambiándose y repasando las líneas JUNTAS. Sin duda, Dios debe haber espiado las conversaciones o los gruñidos, los intercambios de anécdotas, recuerdos y chismes o los silencios casi amables interrumpidos por sonrisas frías de estas tres grandes damas de la escena a las que premió con tanto, tanto talento.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sólo para fanáticos


María Von Trapp o La novicia rebelde o Julie Andrews en un descanso de la filmación de La novicia of course, no con uno de los niños Von Trapp sino con su propia hija Emma Watson, que tenía tres años por entonces. Por el vestuario estaba filmando I have confidence o la entrada a la casita Von Trapp.

domingo, 16 de octubre de 2011

Por eso

Por eso ando siempre con un libro en la mochila o bajo el brazo o en la mesa de luz y por eso tengo hoy reunión del club del libro al que pertenezco.
(Ah, perdón, el texto de la foto dice: A los hombres de verdad les encanta leer)

sábado, 15 de octubre de 2011

viernes, 14 de octubre de 2011

Cosecharás tu siembra


Maggie Smith goza de una renacida popularidad. Para los veteranos es nuestra amiga de toda la vida. Para los más jóvenes, que crecieron con las películas de Harry Potter, es Minerva McGonogall. Todos nos regocijamos con sus magnificencias en la extraordinaria miniserie inglesa, Downton Abbey (de la que hablaré en otro momento, o no, nunca se sabe) y por la que acaba de ganar un Emmy. Una vez, Alan Bates le tiró un piropo, que más que piropo es un reconocimiento a sus virtudes. Dijo: Maggie Smith es la única actriz que puede pasar de la comedia a la tragedia, y viceversa, en una misma oración.

jueves, 13 de octubre de 2011

Mi vida como Burt Lancaster


Mi vida como Burt Lancaster
de Joe Queenan, publicado en The Guardian, el viernes 1 de febrero de 2008
(la traducción es mía)

Cuando era un chico impresionable, Joe Queenan vio La celda olvidada (Birdman of Alcatraz) y tomó una decisión que cambiaría su destino: su vida sería un homenaje a la estrella

Como la mayoría de las personas, tengo un alter ego colorido. Quiero decir con esto que tengo acceso a una segunda personalidad a la que recurro de tanto en tanto: cuando estoy aburrido, cuando me hallo en una situación en la que mi personalidad actual no está a la altura de la tarea asignada, o simplemente cuando tengo que matar el tiempo. Es un hábito, aunque algunos lo llamarían un defecto de la personalidad, que desarrollé cuando era un chico pequeño y frágil y mi papá me pegaba y yo fantaseaba con convertirme en un hombre grande y fuerte. Entre los modelos a imitar que probé figuraban Carlomagno, John Wayne, Cassius Clay y Keith Richards.

Por un motivo u otro, los hallé deficientes. Carlomagno estuvo bien durante el breve período en que tuve debilidad por los franceses, hasta que descubrí que los francos eran en realidad alemanes. Me gustó la idea de fingir que era Cassius Clay hasta que descubrí que Cassius era el nombre de uno de los conspiradores que mataron a Julio César, un hombre al que admiré sin desear personificarlo (era pelado). Descarté pronto a Keith Richards porque no esperé que sobreviviera a Brian Jones. Que lo hiciera y que todavía esté muy vivo es uno de las grandes misterios de la medicina. Aunque Keith jamás habría sido un candidato ideal para el trabajo, porque en ningún momento de su vida fue un hombre grande y fuerte.

Un día cuando tenía 11 años, vi a Burt Lancaster en el film de John Frankenheimer de 1962 La celda olvidada (Birdman of Alcatraz). Desde ese momento supe que Lancaster era mi hombre. En La celda olvidada, Lancaster interpreta un asesino antisocial y quisquilloso que cumple sentencia de por vida en la famosa cárcel de Alcatraz y que en sus muchas horas libres se convierte en un ornitólogo experto. El mensaje del film era que sin importar lo horribles que fueran los crímenes que pudieras haber cometido, la redención era posible, siempre y cuando desarrollaras un hobby que valiera la pena. Por entonces, debido a algunas transgresiones sociales de prepúber (robos, desprecio por la autoridad,  fantasías de tirar a mi padre bajo un camión), no creí que llegara a ser un buen ciudadano, por lo tanto el protagonista de La celda olvidada me parecía el perfecto alter ego.

Desde ese momento no me podían apartar de los tordos, estorninos y urracas que convertían a nuestro barrio desangelado en un Edén aviario, y cada vez que visitaba la casa de mi tía Marge, el loro Pedrito y yo éramos compañeros inseparables. Pero no era el Burt Lancaster de La celda olvidada el que me había transfigurado. Era el propio Lancaster. Con sus rasgos recios, su físico digno de Praxíteles, sus ojos penetrantes, su voz estentórea, y por sobre todo, su manera belicosa y resuelta de apretar los dientes que se convirtió en su marca de fábrica. Lancaster fue una de las estrellas más veneradas de mi infancia. Fue uno de esos  tipos duros y carismáticos que caminaban por la calle un día, tomaban unas pocas clases de actuación y en poco tiempo tenían a la nación entera a sus pies. Lancaster, como Cary Grant y Jimmy Stewart, era un actor con el que el público se enamoraba de inmediato (en su caso con el film de 1946, Los asesinos/The killers) y que no dejaba de amarlo hasta el día que moría. Como Stewart, aunque más particularmente como Grant, Burt Lancaster era un actor único, tan brillantemente original que nunca podrá ser reemplazado. En esto, era un poco como Carlomagno.

El público amaba de Burt Lancaster porque parecía auténtico. Por haber sido un chico de las calles de Nueva York que había trabajado en un circo antes de entrar en el cine, Lancaster era completamente creíble como trapecista, pistolero, sheriff, general, maquinista de trenes u ornitólogo psicopático, de un modo en que muchos otros actores no lo eran. Hasta donde era posible, hacía sus propias escenas de riego con verdadera eficacia.

Es por eso que aún después de que mi fase de La celda olvidada terminase, continué imitándolo. Como JJ Hunsecker, el cronista de sociales innecesariamente cruel de La mentira maldita (The sweet smell of success), me convertí en un periodista gratuitamente cruel. Mi veneno descontrolado e inmotivado se parece tanto al del periodista que hizo Lancaster que algunas personas creyeron que fui el autor de la columna firmada por JJ Hunsecker para la revista Spy. (No fui yo; la columna comenzó a aparecer antes de que conociera a nadie en Spy, y la escribió uno de los fundadores con colaboraciones de otra gente).

JJ Hunsecker no fue mi única inspiración. Como el predicador fanático y lisonjero que Burt interpretó en Elmer Gantry, defendí causas en las que no creo, ensalcé valores que no comparto, sólo porque me pagaban. Por la interpretación del moribundo aristócrata siciliano que procura aceptar la nueva política italiana que Burt hizo en El gatopardo (Il gattopardo) (1963) de Luchino Visconti, fui a aprender el idioma de Garibaldi en una escuela que se llamaba Parliamo Italiano. Fue la inolvidable interpretación de un ejecutivo menopáusico que hizo Burt en El nadador (The swimmer) la que me motivó a mudarme a Westchester, donde transcurre el film. Y fue la temeraria interpretación de Burt como Wyatt Earp en Duelo de titanes (Gunfight at the OK Corral) -especialmente su dulce aunque enigmática amistad con el tuberculoso y dipsómano dentista convertido en pistolero Doc Holiday (Kirk Douglas)-  la que me decidió a nunca ponerme en peligro a no ser que esté acompañado cuando menos por un borracho jovial.

Cuando digo que Burt Lancaster es mi alter ego, no soy tímido o remilgado como lo sería si diera que Keanu Reeves o Jason Statham lo son. A lo largo de mi vida, procuré emular a Lancaster, tan seguido, con tanto entusiasmo y tanta verosimilitud como me fue posible, a veces reproduciendo famosas escenas de sus películas. Como JJ Hunsecker, a menudo se me ve usando anteojos que no necesito, utilería que incorporo sólo porque me hace ver más injurioso. Las veces que estuve con una mujer en una playa, procuré abrazarla de la manera apasionada con la que Burt besa a Deborah Kerr en la inolvidable escena de De aquí a la eternidad (From here to eternity). Nunca salió bien, en especial con mujeres a las que no había sido presentado. Y resultó peor con mi mujer, en especial en esas ocasiones en las que ella no era la mujer de la playa.

Y lo que es más llamativo, realizar mis propias investigaciones se convirtió en un fetiche. Rechazo la ayuda de los verificadores de datos de cara fresca cuyos servicios me ofrecen las revistas para las que trabajo. Lo hago porque quiero ser como Burt Lancaster cuando camina en la cuerda floja de Trapecio (Trapeze). Cuando el público lee un libro o un artículo firmado por mí, quiero que entre en la relación fugaz que se produce con la convicción de cada palabra que lee es mía. Como Burt, pero no como muchos otros despreciables periodistas que conozco, hago mis propias escenas de riesgo.

Una de las cosas más admirables de Burt Lancaster es que encontró un modo elegante de salir del primer plano cuando comprendió que su poder de convocatoria declinaba. Al contrario de tantos ídolos de matinée viejos, fantasmas corpulentos a los que se le pasó la hora y que permanecen eternamente interpretando roles para los que están muy viejos, enamorando a co estrellas glamorosas lo suficientemente jóvenes como para ser sus nietas, Lancaster cuando llegó a los 50 decidió aceptar papeles menores, aparecer en films menos deslumbrantes y hasta hacer más films en el extranjero. Algunos de sus mejores trabajos se pueden ver en El reto de Valdez (Valdez is coming), donde interpreta a un sheriff mexicano poco comunicativo aunque incansable que usa un sombrero desvergonzadamente pasado de moda; o en Un tipo genial (Local hero), donde fue un excéntrico magnate del petróleo; o en Atlantic City en la que interpretó a un seductor envejecido en plena cuesta abajo; o en Novecento, donde hacía de un caballero italiano viejo atrapado en un film extranjero incomprensible, algo así como El último tango en Toscana.

Todas estas películas tuvieron en mí una tremenda influencia. Por culpa de El reto de Valdez, a menudo hablo un inglés de fuerte acento para hacerme pasar por un sheriff de Puerto Vallarta. Atlantic City me inculcó el deseo todavía insatisfecho (por obvias razones) de espiar a mujeres hermosas que se pasan jugo de limón por los pechos. Para ser sinceros, ni siquiera tienen que ser hermosas. Un tipo genial me impulsó a visitar el pueblo pesquero adecuadamente escocés donde transcurre el film, y hasta telefoneé a un amigo para decirle que llamaba desde la cabina roja que se usa como un chiste continuo en la película. Como eran las seis de la mañana en los EEUU cuando llamé, mi amigo no me agradeció la llamada. Menos ayudó que no hubiera visto la película.

Ahora que estoy en la cincuentena, llegué a un punto en mi carrera en que debo dar un paso atrás y aceptar un rol menos dominante en el gran escenario de la vida. Más viejo, más sabio, pero de algún modo menos estable en las piernas, ya no puedo mezclarme con los muchachos como Burt lo hace en Veracruz, Los profesionales (The professionals), Desert fury o Apache. Pero en cada día de mi vida, Burt está presente para mantenerme firme. El otro día, cuando escribí algo innecesariamente cruel sobre Madonna, lo hice por La mentira maldita. Esta mañana, cuando alimenté a una bandada de palomas que no parecían para nada hambrientas, lo hice por La celda olvidada. Esta misma tarde, me metí en el patio trasero de un vecino y retocé en la piscina como Lancaster en El nadador. Por suerte, no había agua en la pileta en este momento del año. Por último aunque no por eso menos importante, esta noche antes de acostarme abordaré a un tipo duro que maltrate a un chico indefenso, le tomaré el brazo y personificando a Elmer Gantry, apretaré los dientes de una manera enérgica y cruel, y le diré: "¿Nadie te dijo que eso duele?"

Ojalá alguien se lo hubiera dicho a mi padre.