miércoles, 17 de septiembre de 2014

Grande como la China



Una vez, en uno de sus eternos almuerzos, Mirtha Legrand puso en duda ante las mismísimas narices de China de que fuera cierto que conociera a y tuviera anécdotas con tanta gente importante como Dustin Hoffman. China sonrió y no le contestó nada. Por el opuesto, doy fe de que la duda de la Sra. Legrand es infundada. China se tomó la molestia hasta de conocerme a mí, que soy prácticamente nadie.


Fue a través de una obra que yo había escrito. La escuché quejarse en un reportaje televisivo de que los autores teatrales no concebían papeles para señoras mayores. Y como yo tenía una obra con un personaje de edad avanzada, se lo acerqué. Puse en un sobre una copia de la obra y la dejé en la boletería del que ahora se llama Multiteatro y que por entonces, creo, era todavía el teatro Blanca Podestá. China representaba con Soledad Silveyra, Eva y Victoria. Pensé que el boletero adivinaría mi condición de nadie y tiraría el sobre a la basura. Pero a los días, China llamó a mi casa paterna, habló con mi hermana, dejó su número y pidió que yo la llamara en cuanto pudiera. Cuando me comuniqué con ella, me dijo que la obra le había gustado mucho y que quería hacerla. Claro, antes tenía que bajar Eva y Victoria de cartel y como eso podría tomar tiempo, mientras tanto quería leer todo lo que había escrito, que le fuera mandando las obras de a una, y que fuera de atrás para adelante, que le enviara primero la última obra que había escrito, y que en último término le enviara la primera. Eso hice. A cada obra le adjuntaba una larga carta, ella, salvo para Navidad, no me escribía, pero me llamaba por teléfono (para entonces yo tenía teléfono en el departamento que vivía, en aquellos tiempos casi nadie tenía celular). Eva y Victoria tardó un par de años más en bajar de cartel. Un día me llamó para decirme que antes que mi obra, haría por el verano, solo por el verano,  Camino a La Meca. Explotó el éxito de Camino a La Meca, que duró como cinco años y ya no hicimos mi obra. Para mí fue una gran desilusión, aliviada por algo que quizá fue mejor: nos hicimos amigos.


La expresión parar el tráfico se asocia a mujeres despampanantes, China no lo era, pero podía parar el tráfico más que Marilyn. Una vez vino a Berisso a hacer La Meca, caminábamos juntos hasta el teatro, un camión frenó de golpe y casi provoca un choque en cadena, el camionero descubrió quién era y quería gritarle su “Yo hago puchero, ella hace puchero”, que era el saludo en código que le tributaban a menudo. Los que venía detrás del camión, se aprestaron a putear, pero al ver qué era lo que había provocado el parate, gritaron ¡China, China!, y se alegraron más que si hubieran visto al mismísimo Maradona.


Tener una conversación de corrido con ella en un café era imposible. Éramos interrumpidos constantemente por gente que se acercaba a saludarla, a pedirle un autógrafo, a sacarse fotos con ella (por entonces, los celulares con cámara no estaban todavía al alcance de todos, aunque ya eran populares).


A veces me citaba en un café porteño, donde el mozo invariablemente le pedía un autógrafo dedicado a alguien de su familia. Un día me dijo: “Este hombre o tiene una familia muy grande o los vende”. Yo, interesado, la instaba a que se los diera, ya que el mozo jamás nos cobraba la segunda vuelta de tés o cafés.


También nos encontrábamos de casualidad en algún teatro. Era la emperatriz sin corona de los teatros de la calle Corrientes. Entraba a cualquiera de ellos, dieran lo que dieran, como Pancho por su casa. En general, los actores entran invitados a ver los espectáculos, pero antes deben pasar por boletería a acreditarse para que les den una ubicación. Ella no se tomaba la molestia de hacer el trámite. Encaraba al control con un Buenas noches y se metía en la sala. Los acomodadores le hallaban siempre un lugar privilegiado, y si no había butaca disponible porque estaban todas vendidas, alguien siempre le daba el asiento y veía la obra, parado atrás, o sentado en el pasillo al lado de ella. Era la única persona en el mundo a quien dejaban entrar con su mascota y nadie protestaba. Flor, era una perrita de lo más educadita, dormía en su falda durante la función y no ladraba.


Se había ganado tanto el afecto de la gente que ostentaba algunos récords. Como tardar menos de una hora en renovar el pasaporte. Entró, sacó número, una empleada la reconoció, se salteó los números y la hizo pasar. ¿Y nadie protestó?, le pregunté. No, me dijo, los que estaban antes y después de mí, me decían encantados: Siga, siga, cada vez que asomábamos la cabeza al hall central entre oficina y oficina.


Éstas son solo algunas de las cosas que en medio de esta tristeza recuerdo.


China, ¿te acordás de la canción de La novicia rebelde “Nada viene de la nada”? ¿Te acordás de la parte que dice “En algún momento de mi juventud o niñez, algo bueno debo haber hecho”? Bueno, ¿sabés qué?, yo también en algún momento debo haber hecho algo bien, porque la vida me premió y me permitió conocerte. Gracias. Y lo lamento, aunque quieras, nunca te podrás ir porque estás en nosotros.

Gustavo Monteros

(Y como siempre, te doy un beso brujo)

jueves, 11 de septiembre de 2014

Al final del arcoíris



No hace mucho se entregaron los Premios Hugo (al teatro musical) y los premios ACE (al teatro en general). En ambas premiaciones, las nominadas, junto con Karina K, a la Mejor actuación protagónica en un musical estaban perdidas de antemano. No es que les faltaran méritos para verse nominadas, lejos de ello, pero enfrentaban una labor lisa y llanamente extraordinaria, excepcional, superlativa (en la más estricta acepción de estos adjetivos).


Comencemos por el principio, Karina K protagoniza Al final del arco iris, obra del británico Peter Quilter en la que interpreta a Judy Garland. Pero no a cualquier Judy, sino la del final, la de los meses antes de su muerte en 1969. En la habitación de un hotel, con su novio Mickey Deans (Federico Amador, primero y Benjamín Rojas, ahora) y un leal pianista, Anthony (Antonio Grimau) se prepara para enfrentar las actuaciones en el club londinense The talk of the town. Y poco ayudan su adicción a las anfetaminas y su profunda soledad. La obra alterna el on-stage y el offstage, o sea, las actuaciones y bambalinas de esa penúltima temporada (su actuación final sería en Copenhague en marzo del 69). Puede que la obra no sea un dechado de virtudes, pero se postula como un vehículo de lucimiento para una actriz-cantante con agallas. Y algo que a Karina K le sobra es la voluntad de enfrentar desafíos artísticos, no difíciles sino dificilísimos.


Reprisó el último unipersonal de Niní Marshall, Y se nos fue redepente. Fue una apabullante Norma Cassady en Víctor-Victoria, una arrebatadora Sally Bowles en Cabaret, una conmovedoramente cómica Florence Foster Jenkins en Souvenir y una punzante Mrs Lovett en Sweeney Todd. Y como si todo esto fuera poco, ahora se despacha con una Judy lacerante.



Es imposible abarcar con palabras lo que hace y lo que provoca en el público en este Al final del arcoíris. Para acercarnos un poco a la apabullante realidad escénica que propone, solo podemos decir que participa del milagro, del prodigio.


Ya la he visto varias veces y la veré unas cuantas veces más. La grandeza no es algo frecuente y hay que aprovechar. Revisen cualquier crítica y verán que no le tiraron flores o macetas sino jardines enteros. Y no es para menos. Al contrario, es poco. Y como los auténticamente grandes solo pueden dialogar entre iguales, los arreglos y la dirección musical son de Alberto Favero.
 

Ricky Pashkus, que ya la dirigiera en Te quiero, sos perfecto, ahora cambiá, en Souvenir, y en Sweeney Todd, sabe llevarla a lugares que otras actrices no alcanzan ni en sueños. Pablo Battaglia creó un bello vestuario y el maestro Héctor Calmet un apropiado marco escenográfico. Y el actor Víctor Malagrino está muy simpático en sus breves apariciones.

Al final de arcoíris se representa ahora en el Teatro Astros (Corrientes 750) y va los jueves y viernes a las 21 hs, los sábados a las 21:30 hs y los domingos a las 20 hs.
 

Escribir en un blog es como lanzar al mar un mensaje en una botella. Si usted recibe este mensaje y no ha visto Al final del arcoíris, corra a verla. No se arrepentirá y me agradecerá.


viernes, 29 de agosto de 2014

Superlativos


Cole Porter no llegó a ser Cole Porter sin que le propinaran unos cuantos superlativos para describir su capacidad compositora.


Rachel York es una estupenda actriz y una magnífica cantante. Por derecho propio es ya una de las glorias del teatro musical. En 1989 debutó en Broadway con City of Angels del imbatible Cy Coleman. En 1993 Cameron Mackintosh la convocó para el quinteto inicial neoyorquino de Putting it together del genial Stephen Sondheim, obra en la que compartió escena con la legendaria Julie Andrews, quien al reprisar en teatro en 1995 su famosa Víctor-Victoria la llamó para el rol de Norma Cassidy (en la versión argentina, nuestra no menos fabulosa Karina K haría con ese personaje su inusualmente habitual despliegue de talento, es decir, inusual para cualquier estándar, habitual en ella). En 2003 encabezó en Londres junto al benemérito Brent Barrett Kiss me, Kate colosal clásico de Cole Porter. Aquí se la ve hacer I hate men. Nótese que en la estrofa del vendedor, cuando dice que mientras él viaja, ella se queda en casa para tener los bebés, aprovecha el sostenido en “men” para graficar un parto. No sé si fue su idea o la del director, aunque haya sido de quien haya sido, la ejecución es impecable.

 


El año pasado protagonizó otro maravilloso clásico de Cole Porter, Anything goes. En Argentina el mismo musical con el título apropiadamente traducido a Vale todo era encabezado por la multitalentosa Florencia Peña, que nos dejaba con la boca abierta o sonriendo como bobos, embriagados de encanto siempre. Aquí se ve a Rachel York hacer Blow, Gabriel, blow, el primer gran número del segundo acto. Huelgan las palabras y se impone el deleite.