Como lo especifica el realizador de esta breve no-ficción, la idea es mostrar a músicos que integran distintas orquestas sinfónicas de Gran Bretaña en una relación directa con el público, sin estar arrinconados en el foso o en el foro y sin el escudo de su instrumento de base. Para este ejercicio de actuación a través del canto eligieron una canción de Stephen Sondheim (Take me to the world) que pertenece al mediometraje musical para televisión, protagonizado por Anthony Perkins, Evening Primrose. Conmueve el amor al oficio y el amor a la canción. La versión final dista de ser perfecta, pero es precisamente más entrañable por no serlo.
Los caminos que toman algunas creaciones, especialmente
las teatrales, para alcanzar su eficacia o redondear su culminación son tan
inescrutables como los designios divinos.
En los papeles A
Funny Thing Happened on the Way to the Forum no podía ser más auspiciosa.
Un libreto lleno de enredos, con personajes atractivos, escenas muy cómicas y
con réplicas brillantes de Burt Shevelove y Larry Gelbart, basado en las
comedias de Plauto, canciones con letra y música de Stephen Sondheim, la
dirección del legendario George Abbott, la producción general del ascendente
Harold Prince, más un elenco con las brillanteces de Zero Mostel, Jack Gilford,
David Burns, John Carradine, Ruth Kobart y Raymond Walburn.
Sin embargo, en las funciones de prueba en Chicago y
otras ciudades aledañas antes del gran estreno en Broadway, la obra no
terminaba de despegar y hasta las boleterías languidecían.
Llamaron entonces a uno de los “doctores” teatrales, al
impar Jereme Robbins, que aparte de ser un coreógrafo de excepción, se había
formado como actor y director teatral y había desarrollado un infalible ojo
clínico.
Sugirió hacer un cambio importante, sacar la canción de
apertura (Love is in the air).
Entonces le pidió a Sondheim que escribiera una canción elegantemente marcial.
Sonheim fue y escribió Comedy tonight y Robbins pergeñó un número cómicamente salvaje, con
toques de procacidad y obscenidad. Santo remedio. La obra, como por arte de
magia, se convirtió en un gran éxito. Y el 8 de mayo de 1962 estrenaron en
Broadway donde hicieron ¡964 funciones!
En 1989 en Jerome
Robbins’ Broadway recrearon las coreografías más icónicas de Robbins y por
supuesto el show se abría con Jason Alexander reprisando Comedy tonight. Hoy A Funny
Thing Happened on the Way to the Forum es uno de los clásicos más
hilarantes de la auténtica “comedia” musical.
Continúo con mi repaso de las películas que Bob Fosse
hizo como actor. Hoy me toca: Kiss me,
Kate (retitulada Bésame, Catalina
por estos pagos)
El 30 de diciembre de 1948 se estrenó en el New Century
Theatre de Broadway, Kiss me, Kate
con libro de Bella y Samuel Spewack y canciones de Cole Porter, basada en La fierecilla domada de William
Shakespeare, con Alfred Drake y Patricia Morrison en los protagónicos.
Y la historia de la comedia musical sumó otro hito
insoslayable. (En su primera temporada hizo ¡1077 funciones!)
En 1953 se estrenó la versión cinematográfica con
dirección de George Sidney con Kathryn Grayson y Howard Keel al frente del
elenco.
El viejo Hollywood era todavía literalmente una fábrica
de sueños y se trabajaba de lunes a viernes de 8 de la mañana a 6 de la tarde. Y
como el bailarín y coreógrafo Bob Fosse estaba en la nómina de la MGM fue la
tercera película en la que participó en ese año del Señor, 1953 (las otras dos
son las que ya revisamos, The Affairs of
Dobie Gills (Don Weiss) y Give a girl
a break (Stanley Donen)).
(Shirley MacLaine en uno de sus tantos libros de memorias
cuenta que Fosse dirigió su primera película Sweet Charity (1969) todavía bajo el esquema horario de lunes a
viernes, de mañana a tarde, en los estertores del sistema de estudios.
Recientemente Julie Andrews recordó que hizo dos de sus películas de gran
presupuesto, Thoroughly Modern Millie
(George Roy Hill, 1967) y Star!
(Robert Wise, 1968) con ese schedule)
Kiss
me, Kate era la apuesta musical fuerte de la MGM de ese año. Gran
producción, en colores, en ¡3D!, con preestrenos en Roadshows (cines grandes,
caros y elegantes que solo daban películas espectaculares y largas que incluían
unintervalo).
Kiss
me, Kate en su versión teatral original es un milagro, un
artefacto perfecto de brillantez musical y comicidad infalible. Se nutre desde
su origen en juegos de teatro dentro del teatro (lo que más tarde se conoció
como metateatralidad).
Digo desde su origen porque se dice que se basó en las
disputas, en escena y bambalinas, que la pareja en la vida real de Lynn
Fontanne y Alfred Lunt desplegaron durante la temporada de 1935 cuando hicieron
en Broadway un montaje de La fierecilla
domada.
Kiss
me, Kate se abre cuando se inician los ensayos de una versión de
esta obra de Shakespeare, que será encabezada por los divos Fred Graham (Howard
Keel) y Lilli Vanessi (Kathryn Grayson), que años atrás fueron pareja y por más
que ella vaya a casarse con el millonario tejano Tex Callaway (Willard Parker),
ya se sabe que donde hubo fuego…
A este triángulo, hay que sumar el dúo de Lois Lane (Ann
Miller), corista harta de serlo y con ambiciones de ascender con el secundario
que le dieron en esta producción y Bill Calhoun (Tommy Rall), novio, o algo
así, de Lois, jugador empedernido que ha perdido un par de miles de dólares por
los cuales ha firmado un pagaré con el nombre de Fred Graham, lo que ocasionará
la presencia de dos gánsteres, tan amenazadores como cómicos, Lippy (Keenan
Wynn) y Slug (James Whitmore), empeñados en cobrar lo adeudado.
De allí que los conflictos de la obra se vean espejados
en los problemas de los actores que los encarnan. La película se empeña en
derribar el andamiaje irresistible de la obra, pero no lo logra, sobre todo
porque la partitura de Cole Porter que cohesiona los enredos es una de sus
mejores y no se puede opacar, por más que se intente, la genialidad de un
genio.
La película en sus escenas iniciales busca esquivar por
un rato la teatralidad del asunto, para caer luego de cabeza en la misma. Se
elimina el inolvidable opus inicial (Another
Op’nin’ Another Show) para ubicar la apertura del Segundo Acto, la híper
deliciosa Too Darn Hot, que de otro
modo no hubiera tenido cabida según como se organizó el guión.
Y cerca del final para redondear el destino de los
personajes secundarios, se agregó From
this moment on, que no estaba en la pieza original.
El cast es problemático, pero no había otro camino que
usar a las estrellas del estudio. Keel y Grayson cantan como los dioses y le
hacen justicia a la musicalidad exquisita de las canciones, pero no dan nunca
la fluidez del juego de comedia planteado. Ann Miller es sexy, pero carece de
la duplicidad que su personaje exige. Tommy Rall baila hasta dejar al público
sin aliento, pero le falta el cinismo desenfadado y seductor que su jugador
requiere.
Lo mejor viene por el lado de los gánsteres que Whitmore
y Wynn vuelven irresistibles. Y por los números de baile, claro. Si Bob Fosse
tenía mucha cámara en Give a girl a brek
y Bobby Van era el protagonista de The
Affairs of Dobie Gills, aquí son confinados al reparto, en esta ocasión se
promovía sus figuras ubicándolos al lado de las grandes estrellas del estudio.
La coreografía de todo el film se supone pertenece al
mítico Hermes Pan, colaborador habitual de Fred Astaire, pero es indiscutible
por las marcas de fábrica que denota, que la parte que hace Fosse en From this moment on ha sido
coreografiada por él.
En este número que adjunto Ann Miller baila con Tommy
Rall, Bobby Van con Jeanne Coyne y Bob Fosse con Carol Haney.
Pongo ahora solo la parte de Fosse y Hanney para destacar el truco de la vuelta en el aire sin un plano inclinado para darse impulso que hace Fosse (¡otra que Jackie Chan!) y los gestos coreográficos pequeños, múltiples y sincopados que conformarán el “estilo Fosse” y que ya se evidencian aquí. (Como puede verse, el diseño escenográfico está influenciado por las obras metafísicas del pintor surrealista, Giorgio de Chirico)Por último agrego la canción de Wynn y Whitmore, Brush up your Shakespeare. Se dice que el impecable juego cómico surgió, porque en vez de ensayar se pusieron a jugar a las cartas y a beber, dado que la canción les parecía “silly” (tonta). El director George Sidney los felicitó al terminar el rodaje del número porque creyó que la coreografía desmañada era a propósito y que habían logrado “traducir” inmejorablemente el diseño coreográfico planteado a sus atorrantes personajes. Corroboración irrefutable de que a veces menos es más.
Continúo con el repaso de la carrera actoral de Bob
Fosse.
Esta vez le toca el turno a la única película en la que
participó rodada en blanco y negro: The
Affairs of Dobie Gillis (Don Weiss, 1953). Se trata de otro vehículo de
lucimiento para afianzar la carrera de Debbie Reynolds y promover el elenco
juvenil en nómina de la Metro, en este caso Fosse, Van y Ruick. Es una
deliciosa comedia estudiantil con guión de Max Shulman sobre sus populares
relatos.
Dobie (Bobby Van) es un tarambana con suerte que se enamora
de Pansy Hammer (Debbie Reynolds) con un gran entusiasmo por aprender, más
impulsado por su padre (Hanley Stafford) que por voluntad propia. Dobie, en la
entrevista inicial sobre qué materias le interesan, llama la atención de
Charlie Trask (Bob Fosse), que de inmediato se convierte en su compinche. Lorna
Ellinboe (Barbara Ruick) completa la cuarta pata de este cuadrado clásico de
comedia ídem: la chica está enamorada de Dobie que solo tienes ojos para Pansy,
a la vez que es pretendida con obstinación y perseverancia por Charlie.
Reynolds y Van están deliciosos como la pareja
protagónica y Ruick y Fosse están solo eficientes en el juego de comedia, pero
maravillosos en los números de baile (especialmente él, claro) y canto
(especialmente ella).
Como puede verse en el clip que adjunto abajo, esta vez
Fosse no tiene un número a solas con Reynolds, cuando está con ella, están los
cuatro.
El personaje de Dobie Gillis tendría entre 1959 y 1963
una serie para televisión (The Many Loves
of Dobie Gillis) interpretado por Dwayne Hickman, el equivalente al
personaje de Bob Fosse lo hacía Bob Denver, que pasaría a la historia como el
náufrago Gilligan de la famosísima La
isla de ídem. En 1988 Dobie tendría un encore: Bring me the head of Dobie Gillis, protagonizado otra vez por Dwayne
Hickman.
Vi The Affairs of
Dobie Gillis / Ama, vive y aprende
mientras a duras penas y con un esfuerzo digno de mejor causa, Monte Carlo (Thomas Bezucha, 2011)
supuesta comedia con Selena Gomez.
La diferencia entre una y otra es abismal, sobre todo por
el oficio de saber hacer comedia. Hasta que los grandes estudios se
desmenuzaron y pasaron a ser lotes de producción televisiva, tenían
aceitadísimas las herramientas de la comedia, sabían cómo plantear escenas,
delinear personajes, y pergeñar diálogos y réplicas brillantes. Cada comedia
era un tapiz urdido y bordado con un arte casi científico en su exactitud y
precisión. Algo más que el viento se llevó.
Me pongo a repasar la carrera de actor y bailarín de Bob
Fosse y arranco con Give a girl a break,
película de Stanley Donen de 1953, que se inscribe en la tendencia de musicales
que se centran en la producción, ensayos y estreno de un espectáculo teatral. O
sea el musical “perezoso” por excelencia. No hay que concebir una historia
jalonada de números musicales que se hilvanen a la trama y que surgan cuando
las palabras ya no pueden expresar lo que se siente y haya que ponerse a cantar
y bailar para abarcarlo.
Ya se sabe, el mundo del espectáculo en general y el del teatro
en particular no son para cualquiera. El compositor Leo Belney (Kurt Kasznar),
el director y coreógrafo Ted Sturgis (Gower Champion) y su asistente Bob Dowdy
(Bob Fosse) se aprestan a dar los toques finales a un show que se traen entre
manos, cuando la estrella del mismo, estresada y quisquillosa, los planta con
un portazo definitivo sin posibilidades de enmienda. Entonces junto con el
productor Felix Jordan (Larry Keating) en vez de sustituir a la estrella
saliente con otra deciden Give a girl a break o sea darle a una chica
(desconocida, claro) la oportunidad de triunfar. Habrá un creativo y seductor
proceso de casting en el que veremos los capacidades de unas cuantas talentosas
a la espera de que se les abra una puerta, aunque, al fin, quedarán solo tres
posibles candidatas, Madedyn Corlane (Marge Champion), Joanna Moss (Helen Wood)
y Suzy Doolittle (Debbie Reynolds). Ted querrá darle el papel a Madelyn, que
supo ser su pareja años atrás, Leo optará por Joanna y Bob por Suzy. El
problema es que al optar los tres por una candidata diferente, ponerse de
acuerdo es imposible. Felix, el productor, harto de espera, los obligará a recurrir al viejo y querido
sorteo, entonces…
Esta película se concibió en realidad como vehículo de
lucimiento de la pareja en la vida real de Marge y Gower Champion, dos
bailarines excepcionales (Gower con el tiempo llegaría a ser uno de los más
grandes directores de Broadway) y como afianzamiento de la carrera de la
juvenil Debbie Reynolds que ya se había lucido en la histórica Singin’ in the rain (1952) codirigida
por Gene Kelly y Stanley Donen que vuelve a dirigirla aquí.
Bob Fosse tiene números solo con Debbie y si bien Stanley
Donen y Gower Champion figuran como los coreógrafos, se sabe que debido a una
encomiable tenacidad y férrea insistencia, Bob Fosse logró que le dejaran
coreografiar los números que lo tenían como bailarín. Son coreografías hermosas
que no muestran todavía los rasgos distintivos del Fosse que conocemos y
amamos.
Bob repitió hasta el hartazgo que no prosiguió con su
carrera de bailarín cinematográfico porque era uno del montón. Mirá que hay que
ser exigente para bailar así y calificarse del “montón”. Aunque, claro, solo
sería entendible si al montón al que se refiere es el de Astaire, Kelly, Davis
Jr., los Hermanos Nicholas, Ray Bolger, Cagney y unos pocos más.
Me cruzo en Facebook con una foto de David Niven, la replico
y por hacerme el gracioso le agrego: Este fin de semana, Nivenízate otra vez.
La idea, claro, es sugerir que vean un film con David.
Decido seguir mi propio consejo, repaso su filmografía en
IMDB y opto por Before Winter Comes (Antes de que llegue el invierno en el
original, rebautizada por estos lados como Quiero
ser libre), película de J. Lee Thompson de 1968, porque, aunque no me
acuerdo mucho de su argumento, recuerdo haberla visto y que en su momento me
dejó un sabor agridulce, pero agradable al fin de cuentas.
El argumento transcurre en Austria, apenas terminada la
Segunda Guerra, en un campo de refugiados desplazados que deben ser reubicados.
Este campamento está a cargo de los ingleses y pegado al mismo, hay otro a
cargo de los soviéticos.
La historia tiene cinco personajes principales. El mayor
Burnside (David Niven) un militar inglés que aparta las angustias que pueden
despertarle sus decisiones apegándose a las reglas con envidiable literalidad.
Decide el destino de los refugiados con la presteza de quien dirige el
tránsito. A propósito de esto, Pilkington dirá la mejor línea de la película:
Hasta a Dios le tomaría más tiempo decidir si un hombre dice la verdad. Porque
hay refugiados que no quieren ser devueltos a su lugar de origen, dado que
fueron colaboradores de los nazis y mienten a lo grande.
Y ya que lo nombramos, enlistemos como segundo protagonista
al teniente Pilkington (John Hurt) un joven idealista que se pregunta sobre si
la verdad no está en desafiar las reglas. Curiosamente (o no tanto) Burnside
las ha desafiado una vez creyendo que las únicas opciones eran blanco o negro,
para ser burlado por los grises de siempre.
Janovic (Topol) es un refugiado con un secreto tan
justificable como imperdonable en un contexto de rigideces ineludibles, que se
vuelve imprescindible porque domina idiomas y dialectos con una versatilidad
por la que mataría el políglota más dotado.
Maria (Anna Karina), una joven viuda sensual que puede
anhelar a su marido muerto en los brazos de algunos hombres que la cortejen con
respeto, siempre y cuando no sean del bando de los que lo mataron. No todos los
duelos son de sentarse en un rincón a llorar hasta secarse.
Y, por último, con menor participación si se quiere, pero
no por eso menos decisiva, el capitán Kamenev (Ori Levy) un ruso curtido al que
las privaciones y crueldades, atestiguadas y vividas, no lo han hecho más sabio
sino más vengativo. Porque, por desgracia, el resentimiento es de largo
aliento, y no incluye agradecimientos debidos.
Before
Winter Comes se basa en un cuento (The Interpreter) de Frederick L. Keefe publicado originalmente en
The New Yorker y fue un proyecto con que el siempre eficiente y rendidor J. Lee
Thompson quiso alejarse (temporariamente, por suerte) de las películas de
acción a secas que fueron su fuerte. Pertenece a lo que se llamaba (antes de la
moda de los engendros multitarget) entretenimiento para adultos. Y hace honor a
la tendencia. Es un cuento serio, maduro, sagaz, incisivo, con una moraleja
irónica: el destino tiende a reírse de la voluntad de los hombres.
Hay una versión doblada al español en YouTube con el título
con el que se la conoció en España: Cadenas
de libertad. Si en alguna ocasión, no saben que ver, no lo duden. Aquello
de que si la fidelidad es para con la lejana abstracción de las reglas o la
inmediatez de las necesidades urgentes de las personas se les quedará
reverberando.