¡Pásenla muy, pero muy bien!
viernes, 7 de julio de 2017
jueves, 29 de junio de 2017
Elsa Elsita Elsona
Se había muerto tan
brevemente que tuve que cerciorarme si había muerto de verdad o había sido otro
cuento. Hay portales de noticias que sostienen durante semanas que se suicidó
el hombre que fue el bebé en Los
Cazafantasmas original y ahora, sin embargo, la noticia de esta muerte pasaba
por esos mismos portales con el sigilo de un roedor y la velocidad de una
flecha. Y pensar que en la historia, con mayúsculas o minúsculas o hasta con faltas ortográficas, de nuestro cine
es una figura ineludible, que con su rostro fijó una etapa importante de
nuestra cinematografía.
No bien me enteré, repliqué
la reseña de esta irreversibilidad en mi facebook, con algo así de que había
muerto mi infancia, en la impresión y en el apuro a uno le sale la cursilería,
pero también la verdad. No es feliz decir que su deceso mata mi infancia,
porque ya lleva muerta un largo rato, aunque no es desmerecer a la verdad que
al irse ella, una de sus últimas habitantes, aquel momento se ahonda más y más en el olvido. No es que
pensara mucho en ella, pero saber que vivía mantenía presente el recuerdo,
apenas, pero presente, de que yo había tenido, como todos, una infancia, y que
había sido como todas, deslumbrante y decepcionante.
Es que cuando comencé a ver
cine, ella estaba ahí, en las películas de la época, pero sobre todo, estaba en
dos, que decían que eran buenas, es decir, yo tenía noticia de que eran buenas
de antemano, de antes de verlas, pero aunque no lo hubiera sabido, hubiera
comprendido que eran buenas, porque llevaban su genialidad impresa en cada
secuencia, puede que no hubiera podido decir por qué eran buenas, pero hubiera
porfiado en su grandeza, tan evidente era.
Una es La casa del ángel de Leopoldo Torre Nilsson, la primera
colaboración con quien sería su mujer de toda la vida, la novelista Beatriz Guido,
era de 1957 y estaban también Lautaro Murúa, al que al inicio y al final no
podía verle la cara cuando le entregaba la taza y la cámara subjetiva lo
enfocaba hasta el cuello, y Guillermo Battaglia, que hacía del papá (y qué papá)
de Elsa Daniel que hacía de Ana, Castro para más datos y estaba también Bárbara
Mujica que hacía de Vicenta, que me quedó, porque mirá que llamarte Vicenta. Y
era sobre la pérdida de la inocencia, de forma medio trágica, que no podía ser
de otro modo, en tiempos en los que el mandato social era muy hipócrita y
reprimido, y el sexo era temido.
La otra era El romance del Aniceto y la Francisca, de 1967, y ella era la Francisca y Federico Luppi era el Aniceto y la tercera en discordia era María Vaner, la Lucía, que se quería quedar con el Aniceto, que no en vano el título completo de la película era Éste es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... Y se basaba en un cuento del hermano de Fabio, Jorge Zuhair Jury. Y era tan hermosa como triste, e inolvidable.
Antes o después, estuvo en
otros dos clásicos de Torre Nilsson sobre novelas de Beatriz Guido, La caída, 1959 y La mano en la trampa, 1961 (en 1956 ya había protagonizado para
Torre Nilsson Graciela, pero la Guido
todavía no formaba parte del paisaje y se notaba). Y filmó bajo las órdenes de
otros notables, como Mario Soffici (Isla
Brava, 1958), Daniel Tinayre (La
cigarra no es un bicho, 1963), Enrique Carreras (Amalio Reyes, un hombre, 1970) o José Martínez Suárez (Los chantas, 1975) Estuvo casada con
Rodolfo Kuhn para quien trabajó en Los
inconstantes (1962) y Ufa con el sexo
(1968) y con quien tuvo una hija, Roberta.
En 1968, se descubriría como
una comedianta fabulosa en Psexoanálisis
de Héctor Olivera. Su personaje es hilarante y cada vez que la veo no puede
dejar de reírme mucho. Esa veta cómica la explotaría en dos personajes para dos
etapas distintas del recurrente programa televisivo Matrimonios y algo más de Hugo Moser. Para la etapa de la década
del setenta crearía La impúdica, una
pacata temerosa del sexo que se derretía si su marido (Osvaldo Terranova) le
decía al oído una mala palabra que nunca supimos cuál era, pero que ella
imploraba con un “Dale, decime la palabrita”. En la etapa de la década del ochenta
de dicho programa, integraría junto con Hugo Caprera el dúo de music-hall Los gladiolos, unos malos y mustios
actores que más cómicos eran cuánto más malo y triste era lo que contaban o
hacían.
Y un buen día se retiró,
para dedicarse a la administración de hoteles según supimos en algún momento. Y
ya no volvió, pero yo nunca la olvidé. Y no importa que la noticia de su muerte
haya durado en los portales apenas un suspiro, ella es eterna, porque eternas
son La casa del ángel y El romance del Aniceto y la Francisca, es
como dijo el John Keats inglés, A thing of beauty is a joy forever.
Gustavo Monteros
jueves, 22 de junio de 2017
Curso de introducción al cine de Bollywood - Unidad 1
No sé absolutamente nada de Bollywood, salvo el lugar
común de que las películas que produce son exageradas, largas, coloridas y que
cualquier excusa es buena para que todos se pongan a bailar. Más alguna que otra escena, entrevista en
películas de otros géneros y orígenes, en la que se atestigua a personajes
solazarse en un cine con chicas frente a diosas de varias manos o que luchan
contra monstruos imprecisos con algo de lagartos. De allí que en noches de
insomnio me tienten los títulos de Bollywood que ofrece Netflix. (Aclaración
necesaria, como cinéfilo de ley vi películas indias, casi todas de cine arte,
hablo aquí de las producidas por la industria con intención de provocar grandes
impactos y repercusión inmediata en las boleterías).
Una noche decido aventurarme con Raees, protagonizada por Shah Rukh Khan súper-astro indio que el
cine de Hollywood usó en Mi nombre es
Khan (Karan Johar, 2010).
El resumen dice: Durante
la década de los ochenta, el astuto Raees se convierte en el rey del
contrabando de Gujarat y, para equilibrar su vida criminal, ayuda a la gente.
O sea estamos ante un maleante medio culposo que se vuelve un Robin Hood. No el
más apasionante de los argumentos, pero hemos visto peores, y si los beggars
can´t be choosers, los insomnes menos.
La dirige Rahul Dholakia, a quien no tengo el gusto de
conocer, y que bien podría ser el mejor director del mundo o un pariente de Ed
Wood (que también era excelente aunque en el sentido opuesto). Arranca hablando
de un territorio y usa el estilo épico a
la manera de Lean en Lawrence de Arabia.
Seamos claros, homenaje… en versión copia fiel. Y por eso ya me cae bien don
Dholakia, dije no hace mucho que los directores que copian son como esos
transformistas obsesivos que terminan por ser iguales a las estrellas que
copian de puro amor e infatigable repetición de sus trucos. O sea, después de
mucho trabajo y disciplina. Pero mucho, mucho de verdad. Lo cual debe
respetarse o apreciarse, sobre todo en épocas en que todo se compra hecho y
baratito en la sala de montaje digital.
El protagonista, el Raees del título, en versión pibe
al inicio tiene que usar anteojos y la madre no tiene plata para comprarlos, de
allí que Raees con la ayuda de un amiguito, Sadiq (Mohammed Zeeshan Ayyub en la
versión adulta y que permanecerá en categoría de adjunto y no ascenderá a coprotagonista)
le robaran los anteojos a una estatua de… Gandhi. Ya la cosa más que gustarme,
me entusiasmaba. Los dos pibes se convierten en distribuidores de alcohol para
un contrabandista local. Hay una Ley Seca, (la acción trascurre por los ochenta,
digo para que no se confunda con la famosa de los EEUU) de allí que el alcohol
sea ilegal.
Ya adulto, Raees querrá tener su propio negocio de
contrabando y pretenderá que, el en un principio reacio, Sadiq sea su socio. Cuando
lo convenza, comenzará una nueva etapa en sus vidas. Para entonces, cada
transición da pie a ¡sí!... un número musical. Espectacular, grandioso,
colorido y muy, muy alegre.
Habrá, por supuesto, un interés romántico para el
héroe, Aasiya (Mahira Kahn) con la que se terminará casando, pero a la que no
veremos besar en los labios, porque por algún lado hay una restricción para ver
o hacer eso en público, y no se ve en los filmes, beso a una mujer, parece,
porque en Bombay Talkies, película en
episodios, otro producto Bollywood, en una de las subtramas hay un romance
homosexual y se ve un beso entre dos hombres.
Pero no nos perdamos, los muchachos abren su negocio,
triunfan, en el medio hay otro número musical, claro, y enfrentan las primeras
envidias que solucionarán a los tiros. A esta altura, el director Dholakia ya
ha perdido toda vergüenza y dirige no ya como David Lean, sino como el
mismísimo Sergio Leone, y si Leone celebraba la unión de la historieta con la
ópera, poniendo el acento en la ópera, su discípulo copiador Dholakia lo pone
en la historieta, y si el cine de Leone no sería tan notorio sin la música de
Ennio Morricone, Dholakia recurre a un parecidamente melodioso Ram Sampath.
La trama, siempre sencilla, avanza con una asociación
del protagonista con políticos, que posteriormente derivará en enemistades
irreconciliables, también se ganará un marcado antagonismo con un policía,
indeclinable como el Javert de Los
miserables o como el Tommy Lee Jones de El
fugitivo. Habrá también traiciones varias de examigos y citas afanosas a Matrix (Wachowskis, 1999), El tigre y el dragón (Ang Lee, 2000), El mariachi (Robert Rodríguez, 1992) y Kill Bill (Quentin Tarantino, 2003), entre
las más notorias y evidentes. Son tan claras las citas/robos que uno no hace
más que disfrutarlas en su esplendor.
El film dura dos horas 23 minutos que se pasan en un
santiamén. No sé si voy a tener tanta suerte con los próximos títulos Bollywood
que elija, pero empecé de lo más bien y no hay mejor impulso para perseverar.
Gustavo Monteros
jueves, 15 de junio de 2017
De olvidos y desmemorias
Dije por ahí, en algún momento, que un cinéfilo es un
traficante de recuerdos. Pocos ejercitan tanto la memoria como un cinéfilo. El
olvido y la desmemoria le están prohibidos. Le deben ser tan ajenas como la
duda al fanático. Y sin embargo el cinéfilo es también un ser humano y por lo
tanto se olvida. Ocasionalmente, claro, sino debería abandonar la membrecía de
la cinefilia. Y así, a veces, no recuerda haber visto este o aquel film, que sí
ha visto. Se da entonces explicaciones plausibles para la temida anomalía. Se
dice que debió haberlo visto en una seguidilla de filmes que ganaron
preeminencia y se registraron en su memoria, relegando el film en cuestión a
ese apartado rincón de la conciencia que se parece al olvido. Que debió haberlo visto ganado por circunstancias
preocupantes que le impidieron imprimirlo en su elástico registro de datos. Que
su desinterés por ver dicho film en aquel momento dado era tan marcado que no
sobrevivió al trámite de la visión. Lo que sea, menos admitir que lo olvidamos
porque estamos viejos o perdemos la pasión.
Como muchos, hago en Netflix Mi lista, o sea, agrupo aquellas opciones que me gustaría ver. Las mías
abarcan algunas películas que ya he visto, pero que me gustaría revisitar, y
otras que todavía no vi. Sin embargo hay noches en que me gusta saltearme Mi lista y ponerme a pescar. Un cinéfilo
busca siempre el tesoro innominado y desconocido que habrá de seducirlo, de
encantarlo, de deleitarlo, de desvelarlo (mientras vuelve a proyectarlo en el
cine de su cabeza para que se quede a vivir ahí). Como todo cazador, disfruta
tanto de la caza como de la presa. Y así
voy de una opción a otra, me digo que no tengo que persistir si no encuentro
algo pronto, que tengo que evitar que la búsqueda se transforme en neurosis.
Doy con algo que dice llamarse Así es la
vida, lo que me divierte porque tiene el mismo título de un clásico del
teatro argentino llevado al cine ya dos veces. Y corroboro que nada tiene que
ver con este legado argentino cuando pido más información y me dice que se
trata de una película de 2010, dirigida por Richard Levine, de 1h 33m, y me la
resume así: Harto de su empleo como
escritor en un pésimo programa de TV, Ned cree que su vida no podría ser peor…
hasta que su hijo adolescente le confiesa que es homosexual. El elenco es
de primera y me pregunto cómo no la vi todavía, de modo que sin dudarlo más le
apunto al play y aprieto.
Como suele suceder el resumen miente, no es que el enterarse
de la homosexualidad de su hijo sea la gota que rebalsa el vaso, sino que Ned
(Liev Schreiber) el guionista en cuestión, cuando la trama empieza, ya conoce
la sexualidad de su retoño adolescente, y está más preocupado por satisfacer
las exigencias de su jefe, Garrett (Eddie Izzard) el coordinador de historias
de la serie televisiva para la que trabajan.
Así es la vida, Every Day,
en el original, es una comedia amarga, pero amable (no es un contrasentido, las
comedias amargas suelen ser crueles) que funciona por acumulación de problemas.
Por un lado los de Ned, en el trabajo, en el que su
jefe favorece a un guionista de menor experiencia, Brian (David Harbour, en
breve participación) y dado que el pobre Ned sigue sin dar pie con bola, el
jefe Garrett lo obligará a trabajar en colaboración con Robin (Carla Gugino)
que ofrecerá, aparte de ayuda, alivios sexuales a los que Ned se niega primero
y acepta después. En casa, Ned debe responder a las preguntas peligrosas de su
hijo menor, Ethan (Skyler Fortgang) un aprendiz de violinista, mientras lidia
con la intención de Jonah (Ezra Miller) de asistir a un baile LGBT, al que Ned
no quiere que vaya.
Su esposa, Jeannie (Helen Hunt) mientras tanto,
traslada a su padre Ernie (Brian Dennehy) que ya no puede manejarse por sus
propios medios desde Nueva York a vivir con ellos. El problema es que padre e
hija apenas se toleran. Ernie, viudo más o menos reciente, arrastra, sin
superar, la tragedia de haber perdido a su hijo varón que no llegó a
desarrollar un promisorio potencial.
No hay villanos en esta historia, aunque Ernie y
Garrett se apunten para serlo, no, todos están equivocados o son débiles. Eso
no impide que infrinjan daños, que arañan lo irreparable.
Como la buena peli indie que es, todos actúan de
maravilla, pero es imposible no destacar a Brian Dennehy y Helen Hunt. Sin que
el guión lo diga en ningún momento, Brian Dennehy se las arregla para
comunicarnos con claridad que no es que no quiera a su hija, sino que tiene
miedo de asumir ese cariño, una vez lo hizo y perdió al objeto de su afecto, su
hijo, el hermano de Jeannie/Hunt. Por su parte Helen Hunt con admirable
economía de recursos exhibe una humanidad palpitante a la que uno no puede
sustraerse, nos mete así en la historia y nos hace partícipe, es una pena que
no tenga una carrera más prolífica.
Acabo de verla, apago la luz y me dispongo a dormir.
Antes de conciliar el sueño no puedo evitar preguntarme ¿qué hacía o me pasaba
en el 2010 que me impidiera recordar haber visto una película tan buena y cercana?
No llego a la respuesta definitiva, pero no me engaño, la clave del misterio
quizá radique en la cercanía. Más de una
vez el olvido o la desmemoria nos ayudan a escapar de la nitidez de algunos
espejos.
Gustavo Monteros
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jueves, 8 de junio de 2017
Dino
Cuando era chico y comencé a ver cine, Dean Martin era
como la mugre, estaba en todos lados. Estaba en esos westerns que me encantaban
como Los hijos de Katie Elder, Cuatro por Texas o Río Bravo, en los que era compañía de John Wayne o Frank Sinatra. Por
entonces daban también Texas más allá del
río, en la que curiosamente estaba con Alain Delon, que era por completo
sapo de otro pozo. Eso por Catamarca, en el cine del cura o en el de Berón.
En la casa de los abuelos paternos de La Plata,
aparecía en la televisión en las películas que había compartido con Jerry
Lewis, en las que era la cara seria, donde rebotaban los histrionismos
deliciosos del cómico de cara y voces elásticas. (Después sabría que esa
sociedad cinematográfica nació en 1949 con Mi
amiga Irma y duró hasta 1956 con Entre
la espada y pared (Hollywood or bust,
en el original), una sociedad en especial difícil para Martin por la
personalidad volátil y voluble de Lewis).
Y en los cines andaba en una de las derivaciones del
éxito de James Bond, encarnaba el agente secreto Matt Helm (el otro era James
Coburn y su agente secreto Flint) (bueno, por aquí estaban Tiburón, Delfín y
Mojarrita, pero eso es otra historia). En esos años impresionables recuerdo que,
cuando supimos de la matanza del clan Mason, me afligió sobremanera que una de
las víctimas fuera una de las chicas Helm, Sharon Tate, que no asociaba todavía
con los glorioso vampiros de Polanski.
Por las revistas que leían las mujeres de mi casa (la
internet de mi infancia) supe que había
pertenecido al Rat Pack, el clan Sinatra por estos lados, junto a Frank
Sinatra, claro, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y Joey Bishop, clan al que se le
atribuía contactos con la mafia. Después, también, habría de enterarme que en
su niñez y adolescencia, años antes de ser otro cantante que imitaba a Bing
Crosby, alcanzar algo de éxito, y dar con Jerry Lewis y formar el dúo que
habría de ponerlos en el mapa, Dean había distribuido licor ilegal en su Ohio
natal, para después tener una breve carrera de boxeador.
Por entonces ya todos andábamos por los años setenta y
él estaba también en la versión cinematográfica del libro que todos habíamos
leído Aeropuerto. Pero para mí Dean
Martin era un dato más, su rol de hombre al que todo le resbala había triunfado
conmigo me importaba tres cominos, cuatro pepinos y un ajo. Era, pobre, apenas
un adorno extra de la escenografía, me fijaba más en quien lo acompañara, fuera
quien fuera, que en él.
En algún momento sabría que su primera película
después de las dúo con Lewis fue un rotundo fracaso, 10.000 dormitorios, y que cuando todos daban por terminada su
carrera sorprendió con trabajos dramáticos en Los dioses vencidos (The Young
Lions, Edward Dmytryk, 1958), Dios
sabe cuánto amé (Some came running,
Vincente Minnelli, 1958) y Río Bravo
(Howard Hawks, 1959) (veta dramática que volvería a exhibir en Pasiones en conflicto (Toys in the attic, George Roy Hill,
1963). Antes o después sería el galán afable de westerns y comedias.
Y antes o después, yo sabría que el personaje creado
para conducir su show en la televisión era el de un anfitrión ligeramente
borracho, achispado diríamos por aquí, de verba punzante aunque nunca hiriente.
Sabría también que su éxito como cantante habría sido tal que hasta una vez
desplazó a The Beatles del tope de ventas con su versión de Everybody loves
somebody, algo muy destacable porque había que vencer a los Beatles cuando
reinaban como Beatles.
Después vendría el ocaso profesional que él mismo
alentó alejándose paulatinamente. En el cine se despediría del protagónico con Mr Ricco, un film que se estrenaría con
respetable éxito en los cines locales y más tarde participaría, ya en canto de
cisne, en los vehículos de lucimiento para el rey de la boletería de entonces, el
ahora olvidado Burt Reynolds, Carrera de
locos (The Cannonball Run, 1981)
y Carrera de locos II (The Cannonball Run II, 1984).
Y después su epílogo, su salida de escena definitiva
por el enfisema, efecto colateral del cáncer de pulmón con el que peleaba. En los
obituarios supimos que quizá por la pérdida prematura de unos de sus siete
hijos en un accidente aéreo, y de la muerte de un asistente de toda la vida y de
otro secretario de la época del Rat Pack (las grandes estrellas dependen mucho
de estos profesionales casi anónimos, sabrá Dios cuántas buenas actuaciones se
deben a una casual palabra de aliento o de un té o whisky servidos a tiempo) en
sus últimos años se aisló (almorzaba y cenaba solo en sus restaurantes
favoritos) y en privado hizo realidad su personaje público de borrachín (que
nunca había sido tal, porque el alcohol que mostraba en escena era solo jugo de
manzana) y elevó esa debilidad a la
categoría de borracheras continuas extremas.
Y lo olvidé como a tantas cosas. Pero reaparecía una y
otra vez como cantante en muchas de las bandas de sonido de las películas que
veíamos, tanto es así que su voz está en la banda de sonido de ¡263 películas!
Y ya diestros en maestros del cine nos lo cruzaríamos
en el Minnelli que protagonizó junto a la malhadada Judy Holliday Esta rubia vale un millón (Bells are ringing, 1960) y su delicioso
Billy Wilder, Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964) junto a la
ondulante Kim Novak y al gran Ray “Mi marciano favorito” Walston.
Sus reapariciones incluyen una hilarante obsesión del
personaje de Osmar Núñez en la obra Jugadores
del catalán Pau Miró, que hicieron en la temporada pasada con Daniel Fanego, Luis
Machín y Roberto Carnaghi (reemplazado en la gira por el interior del país por
Jorge Suárez) (última etapa en la carrera de un mito, ser referencia en una
obra de teatro).
No hace mucho Scorsese amenazaba con filmar una biopic
sobre su persona, algo que todavía anda en amenaza. Ayer, 7 de junio, hubiera
cumplido 100 años. Yo por estos días lo descubro como cantante y digo que de
verdad era bueno. Como actor sigo sin descubrirlo, sigo comprando su todo-me-imorta-un-cuerno,
pero le creo a Scorsese cuando dice que si se lo toma en serio, se verifica su
talento, aunque, claro, para ello haya que contradecir el artero retrato que
Vincente Minnelli hizo de él: “Dino moriría
antes de que supieran lo mucho que le importaba todo”.
Gustavo Monteros
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jueves, 1 de junio de 2017
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