viernes, 3 de julio de 2015

Caroceros



Audrey Hepburn irrumpió meteóricamente en el firmamento hollywoodense. Le bastó una sola película para imponer su innegable star quality y ganarse el amor eterno de espectadores, productores y directores. El film en cuestión fue La princesa que quería vivir (Roman holiday, William Wyler, 1953) y sin querer inauguró uno de  los rasgos distintivos de su carrera: la significativa diferencia de edad que tendría con sus coprotagonistas.


Audrey había nacido en 1929, el magnético Gregory Peck, su galán en ese film consagratorio, en 1916, de modo que le llevaba 13 años, o sea que en aquel inolvidable verano romano, ella tenía 24 y él 37. En su siguiente película rutilante: Sabrina (1954) del genial Billy Wilder, tuvo dos galanes William Holden que había nacido en 1918 y que le llevaba 11 años y el irrepetible (y me pongo de pie) Humphrey Bogart, que había nacido en 1899 y le llevaba 30 años. Ya no es un spoiler decir que se quedaba con Bogart. Hollywood la consideraba consorte de reyes y la apareaba con sus mejores leones en invierno. O sea no veía impedimento físico ni moral en transformarlos en “caroceros”, término usado en el lunfardo para describir a los hombres que gustan de mujeres mucho más jóvenes que ellos.


(Por piedad nos saltearemos La guerra y la paz, 1956, de King Vidor, a la que consideramos un bodrio aburridísimo e irremontable).


En 1957 disputaron su amor, primero: Gary Cooper (que había nacido en 1901 y que le llevaba 28 años) en Amor en la tarde, delicia (si las hay) de Billy Wilder, y después: Fred Astaire (que había nacido en 1899 y que como Bogart le llevaba 30 años) en Funny Face o La Cenicienta en París, delicia (si las hay) de Stanley Donen.


En 1959, respecto a estas cosas de la edad fue una rareza, la película es una extravagancia selvática que dirigió su por entonces marido, Mel Ferrer, y ella era una especie de ave del paraíso. Se llamó Green mansions o La flor que no murió y su coprotagonista, el recordado Anthony Perkins, era tres años menor que ella, había nacido en 1932.


En 1959, dirigida por Fred Zinneman, fue una monja misionera que tenía una crisis de fe y dejaba los hábitos en Historia de una monja, su coprotagonista Peter Finch, que había nacido en 1916 y que le llevaba como Gregory Peck 13 años, no cuenta como galán, porque estrictamente no lo era en el contexto de la película.


En 1960, bajo las órdenes de John Huston, en Lo que no se perdona, lidiaría con el amor más o menos incestuoso de su no del todo hermano Burt Lancaster, que había nacido en 1913 y que le llevaba 16 años.


En 1961 haría otra de sus películas icónicas Breakfast at Tiffany’s o Muñequita de lujo de Blake Edwards. Otra rareza, su coprotagonista, George Peppard era un año más joven que ella, había nacido en 1928. También en 1961, en su segunda colaboración con William Wyler, The children’s hour o La mentira infame, pelearon por su amor, la inconmensurable Shirley MacLaine, que había nacido en 1934 y que por lo tanto era 5 años menor, y el maravilloso James Garner, que había nacido en 1928 y que, caballero hasta en eso,  era un año mayor.


En 1963 haría historia, dirigida otra vez por Stanley Donen, junto al más-allá-de-todo-adjetivo-ditirámbico Cary Grant, que había nacido en 1904 y que por lo tanto le llevaba 25 años. Charada se llamó ese regalo de los dioses.


En 1964 volvería a París dirigida por Richard Quine junto al siempre seductor William Holden en un ejercicio de metalenguaje cinematográfico (sí, la postmodernidad no inventó los metalenguajes) llamado París, tú y yo.


También de 1964 es ese monumento al musical llamado My fair lady que dirigió un señor muy talentoso, bautizado George Cukor. Su coprotagonista era el impar Rex Harrison, que había nacido en 1908 y que por lo tanto le llevaba 21 años. Es historia archiconocida, en esta película se quedó con el papel que Julie Andrews había hecho en teatro y que todos (menos Jack Warner)  esperaban que lo reprisara en la pantalla, después de todo, menos ella, el elenco entero que había estrenado el musical en Broadway repetía sus papeles. Julie, que había nacido en 1935, y que era por lo tanto 6 años menor que Audrey, en edad y en voz (Audrey fue doblada) se acercaba más al personaje.


En 1966 colaboró por tercera vez con William Wyler en Cómo robar un millón de dólares, su coprotagonista, el siempre distinguido Peter O’Toole, había nacido en 1932 y era tres años menor que ella. Cosa que a nadie le importaba porque la película es sencillamente deliciosa.


En 1967 volvería a trabajar con Stanley Donen en Two for the road o Un camino para dos, su coprotagonista, el talentoso Albert Finney, había nacido en 1936 y era, por lo tanto, 7 años más joven que ella. También en 1967 sería una cieguita que la pasa mal, muy mal en Espera a la oscuridad de Terence Young. Sus compañeros, para nada sus galanes, son Richard Crenna, que había nacido en 1926 y que, por lo tanto, era 3 años más viejo, y el muy talentoso Alan Arkin, que había nacido en 1934 y que era 5 años menor que ella.


Y se retiró del cine. Hasta 1976. Volvió de la mano de Richard Lester en Robin y Marian, su coprotagonista es Sean Connery, que como nació en 1930, es un año menor. Quizá nunca debió retirarse del cine, siempre había sido una chica de suerte respecto de los proyectos en los que participó. Si con buena voluntad exceptuamos Robin y Marian, las películas que le siguieron a su reentrada a escena fueron irrevocablemente malas.


En 1979 dirigida otra vez por Terence Young haría Lazos de sangre, basada en el best seller de Sidney Sheldon. Si mal no recuerdo, su interés romántico era Ben Gazzara, así que habría que considerarlo entre sus galanes. Gazzara había nacido en 1930, y como Connery, era un año menor que ella. En 1981 participó en otro de los intentos fallidos del desparejo pero siempre interesante  Peter Bogdanovich, They all laughed o Nuestros amores tramposos, emparejada otra vez con Ben Gazzara. En 1987 participó del telefilm de Roger Young, Amor entre ladrones junto a Robert Wagner, que, como había nacido en 1930, también era un año menor.


En 1989 Steven Spielberg la llamó (¿quién le dice que no a Spielberg?) para Siempre, error imperdonable que todos le perdonamos. Spielberg había perdido la cabeza (literalmente) por Holly Hunter, tanto la había perdido que con el amor se le fue hasta el discernimiento y pergeñó tremendo bodrio. Pero ¿quién puede culpar a un hombre enamorado que quiere celebrar a su amada? No quiero ser lengua viperina, pero no habla bien de Holly que el hombre se desenamorara y recuperara su talento. Como sea fue el canto del cisne de Audrey. Una despedida preanunciada, nadie se interesaba por su amor. Era una especie de ángel. Quizá lo que siempre fue.

jueves, 25 de junio de 2015

Prosopopeya




Prosopopeya, según el Diccionario de la Real Academia Española es la “Figura que consiste en atribuir a las cosas inanimadas o abstractas, acciones y cualidades propias de seres animados, o a los seres irracionales las del hombre.”


He aquí un ejemplo de la misma, no el más académico, sin duda, pero con tanta ingenuidad e ingenio que roza la genialidad, porque nada puede definir mejor esta perfecta combinación de letra y música. Uno tiende a creer que la genialidad se halla en Bach, Mozart o Puccini, y sin embargo, también puede encontrarse en un rasguido doble de Abel Montes, que la voz de Ramona Galarza convirtió en clásico, primero del litoral y después de todo el folklore argentino.


GAVIOTA - Rasguido doble

Letra y Música: Abel Montes

Miraba el río con cariño una gaviota
que muy graciosa picoteando lo rozaba
y el pobre río creyendo que lo besaba
con su romántico murmullo así le habló:

Gaviota, que vas volando
con giros de mariposa
los peces me vas robando.
Gaviota, con tu blancura
me recuerdas a una novia
con su traje de ilusión.

Yo que soy río te miro
desde el fondo de mi cauce
y siento que me enamoro
cuando me miras del aire.

Gaviota, siento tus besos
en mi turbia piel castaña
cuando tu pico me araña.
Gaviota, todo es un sueño
pero quiero que me beses
de tarde al oscurecer.

viernes, 12 de junio de 2015

Lo que deba ser, será




Cualquiera sea nuestra filosofía, religión o creencia, cuando nos conviene nos ponemos fatalistas. Hacemos algo y decimos: Que sea lo que Dios quiera. No hacemos algo y decimos: Si tiene que ser, será. La cosa es sacarnos  de encima la neurosis de tener que decidir encomendándonos a las leyes superiores que rigen los destinos. Después de todo abundan las anécdotas de Fue lo que Dios quiso o de Lo que tuvo que ser, fue.

Esto viene a cuento porque en el blog de al lado (http://cronicas-de-cine.blogspot.com.ar/) me relamo de gula con el encuentro actoral entre Juliette Binoche y Kristen Stewart en El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria), algo que estuvo a punto de no suceder.


Kristen Stewart era la primera elección del director/guionista Olivier Assayas, pero por una “confusión” de su agente, la producción de la  película creyó que desistía. Mia Wasikowska fue elegida para reemplazarla.


Kristen habló directamente con la producción para saber qué había pasado, le contestaron que, “confusiones” al margen,  el papel de Valentine, que le habían propuesto originalmente lo haría ahora la Wasikowska, pero que de todos modos podrían ofrecerle el papel de  Jo-Ann Ellis, que terminaría por ser interpretado por la también hipertalentosa Chloë Grace Moretz.


Kristen tenía sus dudas, quería participar en la película, pero quería hacer el papel de Valentine y no el de Jo-Ann Ellis. La historia como sabemos tuvo un final feliz: Mia Wasikowska se bajó del proyecto y la Stewart se quedó con el anhelado rol.


Nadie niega que la Wasikowska tiene lo suyo, pero actuar no se trata solo de retratar personajes sino de establecer relaciones con los compañeros y potenciar la historia que se cuenta. En el film, Juliette Binoche se complementa de maravillas con la Stewart, ¿lo habría hecho igual con la Wasikowska? Ya nunca lo sabremos, pero en vista de los resultados, no nos inquietamos mucho.


¿Habrá Kristen Stewart despedido a su agente por casi hacerle perder esta oportunidad única? Años atrás Meryl Streep despidió al suyo por hacerle perder un proyecto al alargar las negociaciones y pedir más de lo que la producción estaba dispuesta a pagarle. El proyecto era nada más ni nada menos que Lo que queda del día (James Ivory, 1993) Sin duda, Meryl habría dado una actuación superlativa, como acostumbra, pero ¿se habría relacionado con Anthony Hopkins como lo hizo la también genial Emma Thompson? Nunca lo sabremos, pero en vista de los resultados tampoco nos inquietamos demasiado.


Solo anécdotas que afianzan el fatalismo de que Lo que deba ser, será.

jueves, 11 de junio de 2015

Christopher Lee

Cuando te cruces con la noticia de su muerte, puede que en un despiste inicial te preguntes ¿y éste quién corno era? Para los mayorcitos fue "EL" Drácula (por cercanía, incluso más que el de Bela Lugosi), pero además estuvo en todas partes, como la mugre, sí, pero también como los junquillos. Desde La guerra de las galaxias hasta El Hobbit pasando por un villano para 007-mi-nombre-es-Bond-James-Bond. Debe haber sido alguien muy querible ya que participó en ¡281! películas (nadie trabaja tanto por más talento o imagen que se tenga si no es una buena persona). Sus compañeros siempre destacaron el contraste que había entre su cara naturalmente siniestra y su personalidad jocosa y tierna. Gracias, Sir Christopher Lee, su recuerdo siempre será acompañado por una ovación, ¿qué más puede pedir un actor?

jueves, 4 de junio de 2015

Moi aussi, j'adore Satie



El pasado lunes 18 de mayo, Juan Sasturain publicó en la sección Contratapa de Página 12 este poema dedicado a Erik Satie. Y como yo también amo a Satie, lo transcribo con gusto. A milonguear entonces.

Milonga para Satie
Por Juan Sasturain

Desde el día que te oí
no pude apagar la radio.
Ni las voces del estadio
me emocionaron así.
Era una Gymnopedie
por un pianista noruego
y las notas, como el riego
del pasto, por aspersión,
punzaron mi corazón
y me abrasaron sin fuego.


Al nombrar eso que hacías
no explicabas lo que era:
Morceax en forma de pera.
Gnosciennes, Piezas frías...
Tu sutil melancolía
paseaba por el teclado:
un gato, de lado a lado,
entreveraba las notas,
juntando las piezas rotas
de un sueño ya desarmado.
En ese ambiente tan serio
de Ravel y Debussy
apostaste, Erik Satie,
por el humor y el misterio.
Un chiste en el cementerio,
un acorde cenestésico...
Tu repertorio analgésico
curaba la tontería:
llamaste, a tu biografía,
Las memorias de un amnésico.



Satie, viejo poligriyo
con ojitos de atorrante,
recortabas cada instante
como el ruidito del grillo.
Pero nunca fue sencillo
lo tuyo, denso y liviano:
hiciste música a mano,
como pintaba Toulouse.
Cuando me apaguen la luz,
esperame con el piano.