Si quiero hacer bien los deberes y leer las 6 novelas de
Kate Atkinson protagonizadas por Jackson Brodie y las tres primeras de Vladimir
Nabokov, cronológica pero no sucesivamente, tengo que leer dos de
Atkinson/Brodie, intercalar con una de Nabokov, y repetir el ciclo hasta
terminar.
Leídos (con sumo placer) los dos primeros Atkinson/Brodie,
me toca el primer Nabokov. Se llama "Mashenka" y transcurre en el año
en que fue escrita o sea 1926.
Sucede en una pensión en Berlín. Ya me predispone bien,
después de "Rosaura a las 10" de Marco Denevi, me gustan las novelas
que pasan en pensiones. Nunca viví en una, pero hay una intimidad forzada
cuando se comparten comidas, baños, llaves, horarios y a veces hasta cuartos.
Tienen, diríamos, una promiscuidad emocional.
A esta la regentea una señora ya mayor, Lydia Nikolaevna,
que al quedar viuda, para vivir con desahogo, transforma la holgura de su piso
en pensión.
Sus pensionados son Podtyagin, un viejo poeta, Alfyorov, un
matemático que se gana la vida como contable, Klara, una joven de veintiséis
años, que es mecanógrafa, Gornotsuetoy y Kolin, jóvenes bailarines y Lev
Glebovich, Ganin para los amigos, escritor en ciernes, a través del cual se
narra la historia.
Todos exiliados de la vieja Madre Rusia. Lydia ya estaba en
Berlín desde mucho antes de la Revolución, pero al llegar a su viudez
comprendió que ya no podía volver. A los demás los corrió el bolcheviquismo.
Y si cada persona es un mundo, estos de puro rusos, son
como un universo. Alfyorov, un cuarentón (o sea para la época un vejestorio
matusalémico) espera con ansía la llegada de su esposa, Mary, que por unas
fotos, nuestro protagonista descubre que no es otra que su Machenka, su primer
amor y su iniciación sexual.
Detalle llamativo. Gornotsuetoy y Kolin son muy queer. Se
maquillan, juegan con lo andrógino y Kolin coquetea abiertamente con Ganin, pero
al revés del uso y costumbre de la época en que los personajes homosexuales
eran tratados con crueldad y mofa, estos están retratados con ternura y
simpatía y sin una sola nota escandalizada.
Y como Nabokov era un novelista natural no parece ni ahí
una primera novela. Es que, al ser un narrador nato, no tiene nada que
aprender, solo desarrollar. Tenía 27 años al escribirla.
Y si en su "Habla, memoria", las descripciones
llegaron a insuflarme la paciencia, aquí tienen un lugar lógico y ¡breve!
Es más, me gustaron mucho, tanto que cito una:
"Aquella noche, como todas las noches, un viejecito envuelto en una capa
negra avanzaba lentamente por la acera de la larga y desierta avenida,
golpeando el asfalto con el pincho en que terminaba su bastón, mientras buscaba
colillas de cigarrillo —de papel o con boquilla dorada o de corcho— y medio
deshechas colillas de cigarro. De vez en cuando, bramando como un ciervo,
pasaba veloz un automóvil, o bien ocurría algo en que las gentes que caminan
por la ciudad nunca se fijan: una estrella, más rápida que el pensamiento, y
más silenciosa que una lágrima, cruzaba el firmamento. Más espIendentes y más
alegres que las estreIIas, eran las letras de fuego que surgían una tras otra
sobre un negro tejado, desfilando en fila india, y se desvanecían de repente en
las tinieblas. (…) Y en esas calles, ahora tan anchas como brillantes mares
negros, a última hora de la noche, cuando la última cervecería ha cerrado sus
puertas, un ruso abandona el sueño y, sin sombrero ni chaqueta, cubierto con un
viejo impermeable, pasea como en trance de vidente. Y a esta hora tardía, por
esas anchas calles pasaban mundos absolutamente ajenos entre sí: un juerguista
sin juerga, una mujer, o simplemente un caminante, cada cual un mundo aislado,
y cada cual un todo de maravillas y desdichas. Cinco viejos carruajes de
caballos aguardaban en la avenida junto a la voluminosa forma, con estructura
de tambor, de un pissoir: cinco adormilados, cálidos y grises mundos con
uniforme de cochero, y cinco otros mundos sobre doloridos cascos, dormidos y
sin soñar en otra cosa que en avena escapando por el roto de un saco, con suave
sonido de caída.
En momentos como éste todo adquiere naturaleza fabulosa,
todo se convierte en insondablemente problema y la vida parece terrorífica, en
tanto que la muerte es todavía peor. Y entonces, mientras uno camina deprisa
por la ciudad nocturna, mirando las luces a través de las lágrimas y buscando
en ellas gloriosos y deslumbrantes recuerdos de pasada felicidad —un rostro de
mujer, que surge del fondo de muchos años de olvido—, de repente, en nuestro
loco avance, nos detiene cortésmente un peatón y nos pregunta el camino para
llegar a tal o cual calle, nos lo pregunta en voz normal, pero en una voz que
nunca más volveremos a oír."
No se lo digan a nadie, en realidad me gustó mucho porque
me hizo recordar este poema de Oliverio Girondo: "Frescor de los vidrios
al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan
todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote
hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y
cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las
mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se
asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la
electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces
de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno
quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por
el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a
la de acariciar algo que duerme.
¡Silencio! —grillo afónico que nos mete en el oído—.
¡Cantar de las canillas mal cerradas! —único grillo que le conviene a la
ciudad—." (Nocturno, 1922)
Gustavo Monteros

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