Nunca había hecho eso. Leer cinco libros a la vez,
disciplinadamente, de principio a fin. En la facultad debemos de haber leído más
de cinco libros a la vez, pero no de portada a colofón, sino un capítulo aquí,
otro más allá y un largo fragmento que baja y se pierde. ¿Por qué decidí
emprender este intento? Para no aumentar la extensa lista de libros a medio
leer. Con los de ficción, tiendo a llegar al final. Pero con los de no ficción
(como estos cinco) arranco con entusiasmo, pero cuando llego a un capítulo que
no me interesa tanto, tiendo a dejar el libro de lado y seguir con otra cosa.
Así que supuse que, si arremetía varios a la vez, leyendo un capítulo de uno y
después un capítulo de otro, aunque me cruzara con capítulos que no me
interesaran tanto, al ir de un libro al otro, completaría la lectura de todos. Y
¡lo logré! Terminé los cinco.
El primero de la lista era “Historia de la última dictadura
militar (Argentina 1976-1983)” de Gabriela Águila, porque no quería ser como
ese necio viejo de mierda que me dijo una vez: “Yo la viví, a mí no me la van a
venir a contar.” Yo la viví y quiero también que me la cuenten. La dictadura
cubrió los últimos años de mi adolescencia y los primeros de mi juventud, así
que era consciente de lo que pasaba, a la vez que la bisoñez me impedía, quizá,
abarcar el horror en toda su magnitud. Como decía un artículo que leí en estos
días, lo más llamativo de la sociedad argentina es su capacidad de convivir con
el horror y hacer de cuenta de que no pasa nada extraño, de seguir viviendo
como si tal cosa, algo que en La Plata por entonces costaba doble, porque había
“operativos” a cada rato y hasta “chupaban” personas a la luz del día. El libro
me permitió cotejar “mi historia” con “la Historia” y corroborar los entresijos
de una realidad monstruosa.
El segundo fue “El mejor amigo del perro: Breve historia de
un vínculo único” de Simon Garfield, en el que como su título lo indica, el
autor reseña los efectos y consecuencias de la relación hombre-perro. Se centra
en detalles que le interesan particularmente como el enigma científico de la
derivación lobo a perro, la humanización creciente de los nombres asignados a
los perros durante el siglo XX o como se pasó de Colita a Facundo, la
comercialización millonaria de las nuevas comodidades del perro, la exclusividad
y el esnobismo detrás del Best in Show y demás concursos de Mejor Perro, los
perros en la literatura, la crueldad de los perros diseñados, de la clonación y
de la “pureza” certificada, etc. El señor es inglés y no pasa por alto la
tremenda matanza de animales domésticos que se dio en Inglaterra, en especial
en las grandes ciudades al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Como en la
Primera Guerra habían visto en las ciudades devastadas la penuria de los
animales sin amos, decidieron evitarles a las mascotas el probable sufrimiento
“durmiéndolos”. En el primer mes de esa campaña eliminaron 400.000 perros según
datos oficiales. No se dieron tiempo de pensar soluciones alternativas, el que
no tenía campos en el interior para mandar a sus mascotas, las eliminaba. Esta
historia es como el bombardeo a Plaza de Mayo de civiles indefensos casi al
final del peronismo, es algo que se sabe, pero no mucho.
El tercer libro fue “The Ballet Lover’s Companion de Zoe
Anderson”. Lo leí en inglés porque todavía no tiene traducción al español (y ya
no creo que la tenga, porque es de 2018). Es un libro de divulgación de
conocimientos, claro, y está dirigido al lego, entre los que me cuento. Como
vivo en la ciudad de La Plata donde hay un teatro de ópera, que como todos
ellos tienen también ballet, me he expuesto desde mi adolescencia al ballet. A
lo largo del tiempo, vi ballets de diferentes períodos y fui adquiriendo un
conocimiento esporádico y desordenado. Por eso necesitaba un libro que me
ordenara y me diera una perspectiva fidedigna de las distintas etapas por las
que fue evolucionando el ballet. Este libro fue la respuesta ideal a mis
inquietudes. Va reseñando los diferentes períodos y enumera los ballets que
corresponden a cada etapa. Si los mismos títulos fueron tomados para ser
renovados o modificados en etapas futuras, Anderson nos detalla los cambios. No
se lo digan a nadie, pero el final del libro le da un poco la razón a Timothée
Chalamet, el ballet (ojo, no confundir con la danza o la danza moderna, aquí
hablamos solo del ballet) está en un camino sin salida (un poco al igual que la
ópera), porque no surgen autores que creen nuevos ballets, de vez en cuando
aparece uno, pero es excepción y no regla. O sea, es muy probable que, hoy por
hoy, no sea un arte vivo. En lo que no tenía razón Chalamet es en lo que no le
interesa a nadie: soy una prueba que lo desmiente, buscaba un libro que me
guiara en la historia de esta ceremonia de belleza que me deslumbra siempre. Lo
extraño es que nadie le dijera a Chalamet que el cine, que él daba como arte
vivo, está en vías de extinción y que mantenerlo vivo, como lo conocimos en el
siglo XX, le interesa cada vez a menos personas. Por culpa, creo, de que
estamos inmersos en la lógica del escándalo superficial y berreta, alguien dice
algo que no gusta y todos corren y prenden las teas y quieren ejecutar al
apóstata en plaza pública y nadie procura entender por qué dijo lo que dijo,
confrontarlo, discutirlo, demostrándole que su juicio es apresurado y quizá muy
errado.
Los dos que siguen son autobiografías que leí porque
dijeron que seguían el modelo inaugurado por Vladimir Nabokov en su libro de
recuerdos, “Habla, memoria”, o sea, en vez de la ilación cronológica de hechos,
capítulos independientes que se centran un evento o revelación.
El primer tomo de la autobiografía de Alan Alda se llama:
“Never Have Your Dog Stuffed: And Other Things I’ve Learned” y es de 2006.
Hasta la fecha no se tradujo y en castellano sería algo así como “Nunca
embalsames a tu perro y otras cosas que aprendí”. Confieso que no era un fan
muy entusiasta de Alan Alda, pero tampoco me caía mal. Estaba en películas que
había que ver y a la salida comprobaba que sumaba más que restaba. Cuando llegó
su consagración con la serie M.A.S.H., espié el fenómeno para ver de qué se
trataba (sobre todo en qué se diferenciaba de la película de Altman), comprobé
su calidad, pero no la seguí. Pero este libro me seducía por lo que el título
prometía. ¿De qué perrito se trataba, cómo llegó a embalsamarlo y sobre todo,
por qué aconsejaba jamás hacer algo así? Se llega pronto a este capítulo porque
es un hecho de su infancia y se vuelve inolvidable. Lo traduje y lo compartiré
pronto, quizá la semana que viene. Conocí además a un tipo muy atendible,
sencillo, sensible, con una peculiar capacidad de verse sin tapujos, que no
teme quedar mal, en particular en lo que tiene que ver con su mamá, una persona
con serios problemas mentales, que tuvo la poca suerte de vivir en una época en
la que determinados trastornos psíquicos no tenían todavía diagnóstico y
tratamiento. Vi en su momento las películas con guion propio, o sea, The
Seduction of Joe Tynan, que aquí se llamó Escalera al poder, que
dirigió Jerry Schatzberg, con el coprotagónico de una tal Meryl Streep y The
Four Seasons / Las 4 estaciones que también dirigió, en 1981, con
Carol Burnett, Rita Moreno, Jack Weston y Sandy Dennis en el elenco. No me
dejaron mella, no por alguna falla que tuvieran sino porque era muy chico y los
conflictos que trataban me dejaban afuera. Cuando pueda las volveré a ver y les
cuento.
Y el quinto y último libro del desafío es el primero de
memorias de la actriz Illeana Douglas y se llama “I Blame Dennis Hopper, And
Other Stories From a Life Lived In and Out of the Movies”, es de 2015 y tampoco
se tradujo. El título sería algo así como “Le echo la culpa a Dennis Hopper y
otras historias de una vida vivida dentro y fuera del cine.” Es un libro
delicioso y como su título lo indica es de una persona que ama el cine y que
jura y perjura que algunas películas hicieron que su vida fuera mejor de lo que
era, que le salvaron la vida, porque la hicieron trascender momentos difíciles.
Principio al que adhiere a pie juntillas quien esto escribe. Pronto traduciré
los capítulos que se refieren a Liza Minnelli y a Robert De Niro, que son
también mis ídolos, por las dudas no lo sepan.
Gustavo Monteros





No hay comentarios:
Publicar un comentario