De acuerdo al plan de lecturas establecido para este verano,
le toca el turno a la segunda novela de Vladimir Nobokov, "Rey, dama,
valet" (1928). Las contratapas en su afán de "vender" son
generalmente embarulladoras y dan gato por liebre. La de este libro, sin
embargo, es clara y pertinente.
Dice: "«Este fogoso animal es la más alegre de mis
novelas», dijo Nabokov de 'Rey, Dama, Valet', una sátira en la que un jovencito
miope, provinciano, mojigato y desprovisto de sentido del humor irrumpe en el
frío paraíso de un matrimonio de nuevos ricos berlineses. La esposa seduce al
recién llegado y le convierte en su amante. Poco después le convence para
intentar eliminar al marido. Éste es el aparentemente sencillo planteamiento de
la más clásica, quizá, de las novelas escritas por Nabokov. Pero, tras esa
aparente ortodoxia se oculta una notable complejidad técnica, y, sobre todo, un
tratamiento singular presidido por el tono de farsa. Publicada originalmente en
Berlín, a finales de los años veinte, y ampliamente reelaborada por Nabokov en
el momento de su traducción al inglés, a finales de los sesenta, 'Rey, Dama,
Valet' muestra un fuerte influjo del expresionismo alemán, especialmente del
cinematográfico, y contiene un auténtico derroche de humor negro. Nabokov
vapulea a sus personajes, los convierte en autómatas, se ríe de ellos a
diabólicas carcajadas, caricaturizándolos con gruesos trazos que no impiden,
sin embargo, que posean una verosimilitud que proporciona sostenida amenidad a
toda la novela."
En relación a su primera novela, “Mashenka” (1926), Nabokov
juega en esta mucho más con la forma. ¿Cómo logra esto de "vapulear a sus
personajes"? Con un truco muy artero: los personajes son pueriles, pero
los trata con la grandiosidad reservada a los caracteres importantes,
trascendentes. Se habla de sus futilidades con grandilocuencia, como si fueran
hechos míticos o épicos. Y se las arregla para mantener este tono paródico, sin
cansar ni aburrir.
Cuando estaba en la facultad, me daba cierta admiración ver
como lxs profesorxs se daban cuenta de si habíamos leído el libro, aunque nos
tomáramos siempre el recaudo de enterarnos del argumento pormenorizadamente.
Sondheim, como tantos otros, decía que Dios estaba en los detalles, o sea, lo
que les da grandeza o singularidad a los trabajos literarios es acertar con las
pequeñeces que sacan a los personajes o lo que se narra de la generalidad
anodina. Y a eso no se accede solo con la memorización del argumento.
Es imposible leer "Rey, dama, valet" y no
sorprenderse con algunas puntualizaciones. Según consigna Nabokov en su pasión
por las nimiedades, en 1928 no estaba universalizado el uso del dentífrico y el
cepillo de dientes, de ahí que los alientos tenían su peso, sobre todo en
ambientes cerrados como compartimentos de trenes o ascensores. No existían los
desodorantes y hombres y mujeres (no estaban exentas porque la depilación de
axilas no se usaba) tenían siempre un tufillo (o un tufazo) de olor a sudor.
Los viajes en subtes o colectivos eran un festival de aromas personales. Los
baños corporales en las clases medias y bajas eran semanales, lo que traía
aparejado que ¡solo una vez por semana! se cambiaban de ropa interior. (A esto
último no lo deduzco, Nabokov lo dice expresamente). Los olores íntimos no se
disimulaban menos en invierno, porque la ropa interior incluía camisetas y
calzoncillos largos de frisa. No tenían muchas mudas de ropa, de modo que olían
a lo que cocinaban, y como gustaban de las coles... Los ricos entre que jamás
pisaban una cocina (salvo para supervisar el menú), tenían mucha ropa para
cambiarse, no se restringían con los baños y tenían plata para perfumes y
dentistas, olían mucho mejor. Es que pertenecer siempre tuvo sus ventajas.
Gustavo Monteros

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