Los géneros son artificio puro, chocolate por la noticia, y
al policial, en especial a su variante ¿Quién-lo-hizo? (el famoso whodunit) se
le nota mucho la marca en el orillo.
“Muerte en Rook Hall” es la sexta novela de Kate Atkinson
protagonizada por el expolicía, exsoldado Jackson Brodie. En reseñas anteriores
contábamos que a Atkinson le gustaba apartarse de las fórmulas tradicionales de
la novela policial y que jugaba con las formas.
En esta novela, en cambio, ha decidido abrazar los más
rancios trucos de la novela típica inglesa de crímenes en pueblos chicos,
abadías o casas solariegas y divertirse a lo grande con ellos, subvirtiéndolos.
Pero no andemos con vueltas y nombremos al elefante en la
habitación. ¿Quién es la reina del whodunit en pueblitos, abadías, casas
solariegas y aledaños? ¡Agatha Christie!
Aquí Atkinson elige
referirse a ella a través de una tal Nancy Styles, un personaje inventado, que
es tanto Christie como algunas (o todas) de sus epígonos más conspicuas.
Es que si sos mujer, británica y escribís policiales, antes
de teclear la primera palabra, tenés que lidiar con el legado del monumento
Christie. Y aquí Atkinson la "homenajea" con amor y odio. Amor por el
ingenio de sus tramas y personajes, y odio por haber llevado ese ingenio a
alturas vertiginosas. Porque aun antes de empezar, si sos mujer, británica y
escribís policiales, ya tenés la vara no alta, sino olímpica.
Pero no hay monstruo o genio sin su talón de Aquiles. El de
Christie fue ser prolífica. Y así cuando la inspiración amenguaba, Agatha se
recostaba en el oficio: si no salían personajes, que sean tipos pues, si la
trama no es inteligente, que sea arrevesada, que lo intricado puede pasar por
profundo o brillante.
Por supuesto, si homenajeamos, nos metemos en el terreno de
lo "meta": lo metalingüístico o lo metaficcional, o sea el recurso
que remite a los recursos típicos de lo que se narra, el juego de espejos, la
interreferencialidad. Por ejemplo, la novela se abre y se cierra con una
compañía de teatro que se especializa en obras de "descubra al
asesino" y que está perdida en su laberinto. Bien podría uno decirles: Querido actores, no
suden las neuronas, si tienen que entregar a alguien, los mayordomos se pintan
solos, son los “perejiles” ideales para atarles el sambenito.
Y la excusa para accionar la trama de esta novela es la
pérdida de un cuadro (¿renacentista, quizá?), los herederos del mismo, una
pareja de hermanos (como diría Cortázar en “Casa tomada”) contrata a Jackson
Brodie para que encuentre a la persona que lo robó, para ellos es la chica que
cuidaba a su madre hasta que la pobre pasó a mejor vida.
En una mansión que es casi igual a Downton Abbey, ocurrió
algo similar, allí con un Turner.
Como ya mencionamos antes también, el punto fuerte de
Atkinson es la creación de personajes, aquí parte de estereotipos y, como no
puede con su genio, los empieza a tridimensionar: el reverendo, la baronesa, el
soldado son los principales y los más logrados.
El reverendo es como la respuesta contemporánea al cura de “El
poder y la gloria” de Graham Greene. Aunque ahora la pérdida de fe, según
Atkinson, ya no es tan grave y más que angustia desata sarcasmo, una de las perversas
formas del humor.
La baronesa es puro Bernard Shaw, o sea uno espera una cosa
y el autor aniquila nuestras expectativas: ejemplo, la señora tiene más libros
que la biblioteca del congreso yanqui, pero es más bruta que un arado, su
educación es puro modales, o parece frágil, pero puesta a prueba es más brava
que los parcos que hacía Clint Eastwood.
El soldadito arranca como la reformulación de otro
personaje de Graham Greene, el de “Un caso acabado”. El muchacho se presenta
aguerrido, pero es más flojo que el calzón de la empleada pública de Gasalla.
Como sea la hilaridad campea a su antojo, es el más
humorístico y regocijante de todos los libros de Atkinson con Jackson Brodie.
Gustavo Monteros

No hay comentarios:
Publicar un comentario