viernes, 1 de mayo de 2026

Lecturas 2026 - Cuatro novelas de Margaret Millar


 

“La cabra siempre tira pa’l monte”, me hubiera dicho la tía Martina de haberme visto sentado leyendo uno de los libritos de la pila de novelitas con las tapas idiosincráticas de El Séptimo Círculo, que hacía equilibrio en la mesa de tres patas, reliquia del bar / cantina que alguna vez regenteó mi viejo.

 

Es que cuando la oscuridad ruge afuera, lo que más aquieta los temores de mi mente es la lectura de policiales. ¡Y mirá que la oscuridad ruge y rige en este marzo, ya abril, de 2026 en el Mileinato del Río de la Plata!

 

Cuando busqué entre los volúmenes de El Séptimo Círculo que andaban por la biblioteca, me decidí por privilegiar autoras sobre autores, dado que venía de una experiencia tan buena con las novelas de Kate Atkinson.

 

La opción final quedó entre ¿Vera Caspary o Margaret Millar? Vamos por la Millar, me dije, porque, aunque brilló con luz propia no dejó de estar a la sombra de su marido, Kenneth Millar, un señor que firmaba con el seudónimo de ¡Ross Macdonald! ¡Sí, el que creó al detective Lew Archer!

 

Decido leer cuatro títulos de Margaret Millar. Arranco con “Pagarás con maldad” (Do Evil in Return, 1950). Dice la contratapa: “La doctora Charlotte Keating está en una difícil situación. Su apacible vida como médica y su apasionada aventura con el apuesto y respetable Lewis dan un vuelco cuando, súbitamente, aparece el cadáver de la joven Violet, a la que había practicado un aborto tras quedarse embarazada, pero no de su marido. Sin saber aún si la muerte de Violet es fruto de un suicidio o de un asesinato, Keating se verá involucrada en una asfixiante espiral de amenazas y chantajes que, de algún modo que no consigue comprender, guardan cierta relación con su propio amante. De repente, la confianza se convierte en un lujo que Keating no se podrá permitir, si quiere seguir con vida para averiguar el porqué de la horrenda muerte de Violet.”

 

Por supuesto el morbo que se me desata está puesto en la palabra aborto, asociada a una novela que transcurre en 1950, perdón por la frivolidad (y la rima), pero me pareció el colmo de la modernidad. Si bien el género negro se permite todas las sordideces, algo tan clandestino y tan íntimo como el cese de un embarazo me parece incongruente con el canon moralizante y pacato de los años cincuenta.

 

Sin embargo, a quien escribió la contratapa, leyó mal la novela o no la entendió. En la trama la doctora Keating se niega a hacerle el aborto a Violet, algo de lo que se arrepentirá de inmediato. Curioso lapsus del autor de la contratapa.

 

La novela es apasionante, muy humana y a la vez perturbadora. Y uno cree adivinar por dónde vendrán los tiros, pero no, la autora está unos pasos por delante y saca una carta ganadora. ¡Sorpresa! En los cincuenta no solo tomaban té y jugaban a la canasta, ¡tenían mucho sexo!



Sigo con “Muerte en el estanque” (Rose´s Last Summer, 1952). Dice la contratapa: “Rose French había sido una estrella. Cinco veces se había casado y, aun ahora, a los sesenta años, la animaba una intensa vitalidad que parecía inextinguible. La muerte la encontró en un jardín desierto. Su amigo y consejero, Frank Clyde, sospechó que detrás del fallecimiento, atribuido a causas naturales, había un misterio. Se agravó la sospecha cuando el pasado empezó a invadir el presente. Uno de los nebulosos maridos de Rose apareció en la localidad, agresivo y próspero. Casi sin proponérselo, Frank Clyde se convirtió en detective. La historia de su investigación es siempre cautivante y a veces desaforadamente absurda. Es una comedia de costumbres escrita con implacable agudeza. Esta novela originalísima se leerá con alarma y con encanto.”

 

Esta vez el autor de la contratapa no puede estar más acertado. La cosa tiene mucho de comedia y de la buena. Encanta y deleita. Y por más que todo sea grave y haya una muerte, sonreímos durante toda la lectura, porque a veces el absurdo de la vida es sencillamente hilarante.



Sigo con “La bestia se acerca” (Beast in View, 1955), que fue muy elogiada, un best-seller y premiada con un Edgar. No sé si está en El Séptimo Círculo, al menos mi copia no es de esa colección. Dice la contratapa: “El mundo puede llegar a ser terrorífico más allá de las cuatro paredes de una habitación de hotel. La joven Helen Clarvoe tenía muy claro que su seguridad personal dependía de aquella reclusión voluntaria, hasta que recibió la llamada más estremecedora de su vida: Evelyn Merrick, una supuesta ex compañera de colegio, le contaba que había tenido una visión onírica en la que Helen aparecía sangrienta y mutilada tras haber sufrido un terrible accidente. Aterrorizada y confusa, Helen decide pedir ayuda a su viejo amigo Paul Blackshear para que investigue quién es Evelyn y por qué ha pretendido asustarla con tal dicha llamada. Paul, que decide echarle una mano, pronto comienza a seguir pistas que le conducen a un submundo de delincuencia, abuso de drogas y pornografía, algo que no solo implica a la desconocida Evelyn, sino también a su propia amiga Helen.”

 

Bueno, aquí el que escribió la contratapa no comprendió un par de cosas. Helen no es tan joven, es una treintañera soltera, que para los parámetros de la época equivalía a una vieja solterona. Y Paul no es precisamente su amigo.

 

El resumen de Wikipedia es más fiel a la esencia de la novela: “una intriga psicológica desencadenada a partir del acoso telefónico que sufre una soltera al borde de los cuarenta años por parte de una mujer trastornada que estuvo brevemente casada con el hermano homosexual de aquella.”

 

Como se ve, la cosa venía fuerte: homosexualidad, trastornos psíquicos, droga, pornografía. Todo eso está y en radiante tecnicolor, pero la autora de a poco empieza a hacer pases de magia y cerca del final saca la alfombra donde estamos parados y literalmente nos sienta de culo. El truco es magistral y el engaño al que nos somete es lícito (en literatura, claro, si lo hace en la vida, habría que encarcelarla).

 

El viejo axioma de “Nada es lo que parece” aquí es cierto y se verifica para nuestra total diversión. Terminada la lectura dan ganas de leerla otra vez para ir viendo cómo “cocina” el timo.



 

Y termino con “Solo monstruos” (Beyond This Point Are Monsters, 1970). Dice la contratapa: “En un rancho de California, Robert Osborn, sale a buscar a su perro y nunca más se le vuelve a ver. Algunos rastros de sangre, el hallazgo de una probable arma asesina, hacen que su esposa, Devon, crea que han asesinado a Robert. Un año después, su madre y su mujer protagonizan un duelo frente a frente en un juicio para declarar o no legalmente muerto al ranchero desaparecido. La madre no quiere que el juez dictamine la muerte porque está convencida de que sigue vivo y la viuda espera que lo haga para poder seguir adelante con su vida. ¿Lo mataron? ¿No lo mataron? ¿Quién? ¿Por qué? Pero es la policía, a través de la correspondiente investigación, la que debe aclarar este punto. Accidentes que fueron en realidad asesinatos, amores tempestuosos y secretos, relaciones promiscuas, violentas escenas que habían quedado ocultas comienzan a salir a escena a medida que la investigación progresa. Al final, se hace patente en toda su siniestra evidencia la monstruosa realidad de una familia terrible, que se esconde celosamente tras el poder del dinero. Publicada también en castellano como «Más allá hay monstruos».”

 

Esta puede que esté un punto más abajo que las anteriores. La trama está muy bien manejada, los personajes son empáticos, los conflictos bien delineados, pero en el final-final quiere hacernos dudar y la cosa no le sale muy prolija.

 

Y si uno relee los últimos párrafos comprende que no es la visión de la autora sino la del personaje la que quiere confundir o hacernos polemizar. De todos modos, este pequeño demérito no le resta valor a todo lo logrado por la novela hasta ese punto.

 

¿Y ahora qué leo? Vengo en una buena racha y no quiero que se me corte. Mejor ir por lo seguro, ¡un clásico! Después les cuento

Gustavo Monteros

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