jueves, 21 de noviembre de 2013

La variación 34



33 variaciones de Moisés Kaufman marcó el regreso de Jane Fonda a Broadway. Por saberes previos de cómo se hacen las cosas en el centro mundial del teatro comercial, esperé una obra bien construida con personajes que permitieran el lucimiento de las o la estrella principal. Sorpresa. Construcción hay, también la posibilidad de lucimiento, lo que no hay es una obra de teatro en el sentido estricto del término. Una obra teatral se diferencia de las otras formas literarias en que se motoriza a través de conflictos modificadores de personajes claramente delineados. Aquí hay unos cuantos conflictos, pero mueren en embrión, jamás se desarrollan o se potencian.

Esta obra es más el relato de dos obsesiones o de una, la de Beethoven, que cobija la otra. La cosa es así, hay dos grupos de personajes. Por un lado tenemos a Catalina (Marilú Marini), una musicóloga con una enfermedad terminal que está obsesionada en saber por qué Beethoven hizo 33 variaciones de un vals pobretón de Anton Diabelli. Tiene una hija, Clara (Malena Solda) que va sin rumbo fijo por la vida, cambiando de profesión como de zapatos. Por una consulta médica ambas conocen a David Clark (Francisco Donovan) un kinesiólogo que se enamorará de Clara. Catalina parte a Bonn y conocerá y se hará amiga de Gertie (Gaby Ferrero), la guardiana del archivo Beethoven que le permitirá ver los borradores de las partituras de las 33 variaciones.

Por otro lado tenemos a Beethoven (Lito Cruz) que está pobre, sordo y crepuscular. Un día, el editor Anton Diabelli (Rodolfo De Souza) le propone, como le ha propuesto a todos los grandes compositores del momento, que escriba una variación de un vals que el propio Diabelli acaba de componer. Como sabemos ya, Beethoven no hará una sino 33 variaciones del dichoso valsecito. Beethoven tiene un secretario Anton Schindler (Alejo Ortiz) que le es más fiel que un perro.

El relato se estructura en escenas que van de un grupo de personajes al otro, y a veces ambos grupos se entremezclan. El desarrollo del relato se basa en la alternancia de una supuesta normalidad de Beethoven y en ocasionales caídas en la enfermedad y una desmesura que bordea la insania por un lado y por el otro en el progresivo deterioro físico de Catalina.

Hay tres personajes que cuentan con cierta entidad propia. Beethoven, el genio sordo e incomprendido. Catalina, una musicóloga narcisista con más ganas de comprender a Beethoven que a su hija. Y Clara que debe aprender a asimilar la influencia de su madre y hallar un camino propio.

Catalina es el centro del relato. Y sus supuestos conflictos se solucionan sin desarrollo alguno. Gertie le dice en un momento que ignora a su hija y a la escena siguiente como por arte de magia no la ignora más. Al principio soporta la hostilidad de Gertie y después de esperar un tren juntas son las más amigas del mundo. Beethoven le dirá (lugar común de todos los dramas de enfermedades) que se deje morir y ella muy obediente se muere.

A Clara la conocemos más por anécdotas que por desarrollo dramático. Parece tener problemas sexuales y de relación que resuelve de la noche a la mañana con sólo dejarse llevar (si la vida fuera así de fácil, los psicoanalistas se morirían de hambre).

David, el novio kinesiólogo, parte a Bonn y se queda. ¿No necesita trabajar? ¿Tiene licencias acumuladas? ¿Es rico? En Bonn se hará voluntario de la Cruz Roja, ¿gratis o le tirarán algún viático? Si demuestra ser el candidato ideal para cualquier chica, ¿cómo es que llegó los 30 años solterito y con apuro?

Gertie está casada, se dice por ahí. ¿El marido no le tira la bronca porque se pasa todo el tiempo con Catalina, Clara y David? Pasa de ser una guardiana feroz del archivo Beethoven a poner en peligro ese trabajo llevándole incunables a la casa de Catalina, ¿nada más que porque padece una enfermedad similar a la que tuvo un pariente cercano? ¿Y el espíritu prusiano del principio, qué, era puro verso?

Anton Schindler, el perfecto secretario, ¿respetaba y admiraba a Beethoven, el genio, o sentía afecto a Beethoven, el hombre? ¿Beethoven le pagaba algún sueldo? Cuando estaba en la mala ¿Schindler ayudaba con algún mango ahorrado a que Beethoven tuviera un pan para llevarse a la boca o un remedio para aliviar la enfermedad? ¿Por qué no hace más que repetir lo escrito en la biografía de Beethoven cuando Catalina y Gertie le echan en cara el error en las fechas que acaban de descubrir? ¿Fue un error de atolondrado o se traía algo bajo el poncho?

Anton Diabelli ¿es un comerciante descarado que escribió un vals para hacer plata o cree haber escrito algo bueno? ¿Por qué tiene tanto apuro en que Beethoven le entregue las variaciones y después ninguno? ¿Por qué no reacciona cuando le dicen que escribió una composición mediocre? ¿Por qué se ofende cuando descubre que las variaciones se apartan del original y en una escena posterior le encantan?

Beethoven era un genio, eso nadie lo discute, pero ¿era un loco, un santo, un idealista o un boludo a pedal?

Estas, y unas cuantas preguntas más, podrían contestarse si el autor hubiera escrito una obra de teatro, pero cómo sólo escribió un relato teatral, son cuestiones que le parecen irrelevantes porque exclusivamente le interesa que la historia avance. Y la historia avanza a través del deterioro físico de Catalina quien primero tiene inutilizado un brazo, después anda con bastón y termina en silla de ruedas sin perder jamás el buen humor porque (y hete aquí la moraleja de la historia) una obsesión avasalladora puede ayudar a que la gente muera bien.

Aunque el esquema de las escenas es mecánico y repetitivo, no todo es torpeza, hay momentos muy logrados. Como la primera cita en un concierto de Clara y David, resuelta con el truco inventado por O’Neill en Extraño interludio (casualmente la  obra anterior que hizo en Broadway Jane Fonda), mismo recurso que fuera inolvidablemente explotado en cine en John and Mary de Peter Yates, con los jóvenes por entonces Dustin Hoffman y Mia Farrow. O la escena en la cafetería en la que Gertie propone hallarle a Catalina un masajista que también le haga el amor para escándalo de David. O la metateatralidad de la voz en off de la azafata cuando Catalina está por aterrizar en Bonn. O la buena réplica de Beethoven cuando se le presenta a Catalina. ¿Usted?, le dice Catalina. A lo que Beethoven responde: ¿Qué, hubiera preferido a Tchaikovski? Variación del cordobesísimo: No, si vua se Tchaikovski.

Sin embargo, más allá de todos los peros, el espectáculo es seductor y hasta fascinante debido principalmente a la presencia en escena de un eximio pianista (Natalio González Petrich) que ejecuta casi permanentemente música de Beethoven. Además claro de la hermosa puesta de la talentosísima Helena Tritek, que concertó magistralmente escenografía, luces, movimientos y hasta pasos de baile. Y por supuesto de un elenco soñado que se entrega sin reservas.

Marilú Marini despliega su elegante ductilidad y como Alfredo Alcón en Filosofía de vida, que se ofreció en esa misma sala, se divierte a lo grande paseando en silla de ruedas con motorcito. Lito Cruz hace gala de su histrionismo y revolea su capa y su amplia bata con gusto. Malena Solda conmueve con su sensibilidad y plasticidad. Los demás no tienen mucho para hacer, pero lo hacen con brío. Gaby Ferrero, Alejo Ortiz y  Rodolfo de Souza ensayan caracterizaciones y Francisco Donovan defiende su galán.
O sea, una directora y un elenco inspirado te vuelven viable hasta una no-obra.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Presente del indicativo



Tomé unas cuantas decisiones equivocadas, pero no me culpo ni me castigo porque quizá fueron las mejores que pude tomar dadas las circunstancias de cada encrucijada en la que me hallé. De todos modos la realidad que me fabriqué dista de la que imaginé. De allí que insista en la preeminencia de sobrevivir. A como dé lugar para disfrutar de los recreos que pueda permitirme. A lo que voy es…. a algo que ya expresó en letra y música mi amigo Stephen Sondheim incomparablemente. Ahí va: (primero subtitulado en español y después en inglés, enjoy!)
 
 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Secuencia



La gente de la costa (¿los operadores turísticos?, ¿los intendentes?, no sé, no presté atención, mi mente como siempre está perdida en algún dilema existencial irresoluto) pide que las clases comiencen en marzo. Contra toda esperanza mi corazón va con ellos.

Días después, Sileoni, el ministro nacional de educación, explica que es imposible que las clases empiecen en marzo porque deben alcanzarse los 190 días del último decreto (el último decreto que pasé contigo / quisiera olvidarlo pero no he podido) y como la educación está en crisis (el eufemismo del siglo) los chicos necesitan todos los días de clases posibles (mirá vos). Cualquier portero sabe lo que necesitan los chicos para educarse, lástima que los ministros prefieran los asesores pedagógicos, personas que saben todas las respuestas sin haber pisado un aula en su vida desde que salieron de la salita rosa.

Lunes a la tarde, sudo frío, me tiemblan las manos, el corazón me late más fuerte que la batería de Phil Collins, estoy llegando a una escuela en la que debo dar clase de dos horas reloj a adolescentes que se resisten a aprender nada. Menos llevar señoritas para que hagan el baile del caño, mariachis que canten en inglés, disfrazarme de payaso o balancearme en un trapecio, lo intenté todo sin ningún resultado. Llego y le digo a la preceptora que esta tarde quizá renuncie, que no los aguanto más. Si le sirve de consuelo, me dice, los del otro primero son peores. No me sirve de consuelo, pero logro navegar la frustración y el ataque de pánico y no renuncio. La educación es para los hombres y mujeres de coraje.

Todavía no nos estamos yendo, falta lo peor para llegar a las vacaciones y ya sabemos que las clases del año próximo comenzarán el 26 de febrero y que el 11 de dicho mes tengo la primera mesa de examen. Las vacaciones docentes no son vacaciones, son sólo días de libertad condicional.

Leo las notificaciones pegadas al pizarrón de entrada de una de mis escuelas. Me entero que de haber asueto administrativo, las mesas del día 23 de diciembre pasarán para el 27 de diciembre. Inglés, por supuesto, se rinde el 23. Reiría si tuviera aliento, lloraría si tuviera lágrimas, putearía si no estuviera tan cansado o resignado. Entro a mi aula y digo hola, nadie me contesta, los alumnos están tan hartos o resignados como yo. Paso lista y comienzo la clase. A enseñar se ha dicho. Perdón.  A sobrevivir se ha dicho. (Termino estas palabras, entro a los diarios y descubro que en la provincia las clases comenzarán el 5 de marzo, no será la panacea ni un Abate Faria con un mapa del tesoro, pero ¿vieron? sólo se trata de sobrevivir)

viernes, 1 de noviembre de 2013

Bajo el ala del ángel



El teatro puede ser un ritual milagroso. El texto es el mismo, el elenco es el mismo, los técnicos son los mismos y ninguna función es igual. Algunas se deslizan como sobre aceite, otras andan a los tumbos como sobre camino pedregoso y otras van de desastre en desastre y terminan porque todo termina. Y hay otras en que por una rara combinación astral o por la decantación aritmética del azar, todos los componentes del ritual se alinean, la representación se trasciende a sí misma, y aunque la repartición de roles entre actores y público persiste, volvemos por un rato al origen del teatro en que todos éramos oficiantes, un actor inicia un gesto que es leído al instante por el público, el público determina el ritmo al que debe ir la representación y el milagro se vuelve asequible, comprensible, remontable.

Era un día poco propicio para el milagro, 27 de octubre, domingo de elecciones. Sólo medio teatro lleno, un día a contrapelo. Sin embargo, la función de Vale todo (Anything goes) de Cole Porter de tan luminosa se volvió portentosa. Tengo autoridad para decirlo, era la tercera o la cuarta función de este espectáculo a la que asistía. En otra entrada de este blog ya hablé de las cortedades del entramado textual y de las limitaciones de la versión, pero la función del 27 habitó la hazaña. 35 actores, cantantes y bailarines, más una docena de músicos, más no sé cuántos técnicos, más sabrá Dios cuántos espectadores se contagiaron del duende, del ángel o del secreto de la magia y dimos una función extraordinaria. Después de 3 o 4 asistencias, sé cada chiste, cada gag, no obstante me reía no como la primera vez, más aún porque la ejecución provenía de la mezcla perfecta de ensayo y dominio de cada resorte de la  obra. Nadie desafinó irremediablemente, ningún bailarín entró a destiempo desvergonzadamente, ningún actor se desconcentró ostensiblemente, no hubo risas discordantes ni aplausos atrasados, hasta el único bebé presente emitió en la pausa ideal un sonido audible que le dio el  pie a Martín Salazar para un gag. Angelados estábamos. (El único lunar fue que los anteojos de Catarineu se negaron a resbalarse en el gag del sombrero con Pinti).

Cuando terminó, la platea se puso de pie, no para agradecer lo dado, sino para estar como el elenco en el escenario, parados todos, porque sin saberlo, (es imposible vivir el prodigio y ser consciente del mismo), nos celebrábamos.
Si creen  que deliro, que mi amor por cada una de las notas de una de las partituras más bellas jamás escritas para el teatro musical me obnubila, pregúntenle a mi sobrina que me acompañaba o a cualquiera de las otras personas que tuvieron la suerte de asistir a esa función sublime.

viernes, 25 de octubre de 2013

Amadeus es Amadeus



Amadeus es Amadeus, una buena obra, no en vano célebre, con contrastes, ironías y contradicciones rotundas. Salieri se pelea con el Dios mercantilista de su pueblo (de su infancia) porque le ha dado todo menos genio. Mozart, literalmente un animalito de Dios, soporta el genio más como una maldición. Y la suprema ironía, Salieri, el santo de los mediocres, como el mismo se denomina, es el único capaz de advertir el genio de Mozart en toda su valía.

El tiempo pasa y las buenas obras puede que no pierdan vigencia, aunque sin duda envejecen. Como a las buenas y viejas casas es necesario adecentarlas un poco para que sigan cobijando bien.

El edificio Amadeus tiene una estructura sólida como pocas. Peter Shaffer, ya con La real cacería del sol, pero fundamentalmente con Equus y Amadeus, innovó la manera de plantear una obra de teatro. Tomamos nota e hicimos escuela. Y tal como es el mundo, las innovaciones de ayer son los lugares comunes de hoy. E ironía frecuente, lo que ayer fue revolucionario, hoy es apenas nostalgia de los memoriosos y de los eruditos. A lo que voy es que Amadeus ya no sorprende. Y si a eso le sumamos que la película basada en la obra fue muy vista y es muy recordada, estamos como ante Hamlet, antes de entrar ya lo sabemos todo, sólo la versión nos salvará de la llovizna del tedio, del frío del aburrimiento.

Por suerte, Javier Daulte es un buen arquitecto teatral. Fusionó los dos actos en uno, aligeró la hojarasca, expuso conflictos con nitidez e hizo que la obra fluyera rauda.

La bellísima escenografía de Alberto Negrín se va significando de a poco y cerca del final, si cabe, se vuelve incluso más hermosa. Eso sí, es una escenografía simbólico-referente como las que suelen verse en el Teatro San Martín, de modo que le da a esta producción comercial aires de una realización del complejo oficial.

El elenco está muy bien, aunque la verdad sea dicha, los Venticelli (aquí tanto coro como sirvientes) no tuvieron una buena noche, arrancaron vomitando texto y si bien después calentaron motores, lucían desdibujados, sin embargo por momentos exhibían que tenían un trabajo sólido detrás. (Cosas del teatro, la obra es la misma pero ninguna función es igual a otra).

No se puede decir que Verónica Pelaccini esté mal como Constance, pero tiene escenas en que no alcanza la relevancia requerida, como si no pudiera darle a su personaje la cohesión necesaria (le falta cinco para el peso, bah…). Rodrigo de la Serna, uno de nuestros actores jóvenes más completos y talentosos, da un Mozart personalísimo que no se parece en nada al de la película ni al del propio Oscar Martínez treinta años atrás (lo recuerdo como si fuera ayer, por entonces yo era un jovencísimo aprendiz de actor y su Mozart me voló la cabeza, tampoco olvidaré jamás el grito mudo que congelaba a Leonor Manso (Constance) cuando moría Mozart, casualmente este año Pompeyo le marcó un grito de dolor similar en el excelente León en invierno). De la Serna no hace hincapie en la famosa risita y prefiere transitar otros recursos. Confieso que me ató un buen nudo en la garganta en la escena de la agonía cuando se aferra a Salieri y lo confunde con el espectro del padre, algo raro en mí, la muerte de los personajes teatrales no me conmueven, en el cine, personaje que muere desaparece de la acción para siempre jamás (a menos que resucite en un flashback, claro), en teatro eso de que mueran y saber que al rato en el saludo final estén de lo más saludables, hace que me cueste entregarme al juego y me pone la emoción entre paréntesis, pero aquí De la Serna me partió el alma con su desgarro. No obstante, el héroe de la velada es Oscar Martínez, Salieri es el que articula toda la obra y necesita un gran actor e inspirado. Martínez es lo primero y está lo segundo. Sentados medio atrás, en la fila 18, vimos como toda la platea anterior se puso de pie como accionada por un resorte cuando salió en el saludo final. Un pequeño homenaje bien ganado, merecido.
Para ver un clásico del que sabemos todo, conviene ir siempre con alguien que tenga poca o ninguna idea de la obra en cuestión, lo que nos da casi siempre alguien joven, su asombro nos devolverá un poco el que tuvimos cuando éramos así de iniciáticos. En mi caso esta vez fui con mi sobrina, que me reclamaba que este año no la había llevado al teatro. Las bondades de la obra la apasionaron. Claro, después hubo que decepcionarla, decirle que la obra era sólo un cuento bien contado aunque falaz, que Salieri no mató a Mozart y que quizá no hizo nada en su contra, y que si bien no fue un Mozart, nadie más que Mozart lo fue, no fue ningún negado y creó buena música. No importa, me dijo, al menos ahora sé con exactitud a que se refiere León Gieco con eso de somos los Salieris de Charly.

Salir a la luz



Me enorgullece estar en la misma vereda que Diego Peretti, Diego Capusotto, María Onetto, Mercedes Morán, Cecilia Roth, Darío Grandinetti, Daniel Fanego, Arturo Bonín, Alejandra Darín, Osqui Guzmán, Pepe Monje, Alejandro Awada, Claudio Rissi, Federico Luppi, Nancy Dupláa, Pablo Echarri, Juan Leyrado, Ernesto Larrese, Adriana Varela, Lito Vitale, Rodo García, Víctor Heredia, Peteco Carabajal, Christian Aldana, Victoria Carreras, Víctor Laplace, Andrea del Boca, Luis Machín, Gerardo Romano, José Pablo Feinmann, Horacio Verbitsky, Horacio González, Guillermo Martínez, Federico Luppi, Guillermo Fernández, Mavi Díaz, Marián Farías Gómez, Florencia Peña, Rodo García, Hernán Brienza, Mempo Giardinelli, Araceli Bellota, Malena D'Alessio, Julia Zenko, Cristina Banegas, Gustavo Santaolalla, Fernán Mirás, Leonardo Sbaraglia, Hugo Arana, Raúl Rizzo, Susana Rinaldi, Lito Cruz,  Esther Gorís, Gastón Pauls, Horacio Fontova, Julieta Díaz, Ricardo Mollo, León Gieco, el indio Solari, Teresa Parodi, Charly García entre muchos otros. Y sí, soy K (o KK como dirían los anti-K) y a mucha honra. Porque sé agradecer y tengo memoria. No me puedo olvidar que venimos de la Carpa Blanca, de las cuasi-monedas, de las jubilaciones de hambre, de la licuación de los pasivos del grupo Clarín, de la Argentina atendida por los que se creen sus dueños, del FMI ordenando políticas económicas, de la desesperanza, del estado ausente, de la desprotección total a los que nada tienen, lugares a los que nos quieren devolver los que tienen opciones de ganar el domingo. Ojalá que en la elección prime la sensatez y no el prejuicio o el manijazo cotidiano de medios emperrados en no perder poder para no ir en cana. Ojalá que estemos a salvo del movimiento pendular que nos lleve de vuelta a todas esas cosas horribles que dejamos atrás. Ojalá...

viernes, 18 de octubre de 2013

Todos contra Juan



Los hechos pasarán a la historia intrascendente de las operaciones políticas más berretas como la Semana Cabandié. El señorito Juan tuvo el mal gusto de pasarle el trapo al aforístico rabino Bergman y a la reina del pastelito Carrió en un debate de la señal Todo Nocivo y como, a pesar de operaciones de prensa anteriores que lo presentaban como el boludo que dice que hay peces en el Riachuelo, comenzaba a subir en las encuestas, debía ser castigado.

Durante el fin de semana largo nos bombardearon con un videíto por el que, a lo sumo, podíamos decir que lo desnudaba como un pelotudo importante con problemas de personalidad. Sin embargo, se hacían unas lecturas tan intensamente morales que dejaban a los puritanos fanáticos a la altura de la filósofa libertaria Moria Casán.

Yo no tengo ni una bicicleta, pero los que tienen autos cuentan anécdotas jugosas con inspectores de tránsito, de allí que en algunos foros los más sensatos decían: che, no es más que un fragmento de una discusión para evitar que te secuestren el auto.

El domingo en su programa de sandeces de saldo, el ex progre devenido estrella reaccionaria presentó un minuto más del ya famoso videíto y se desgarraba las vestiduras trepado a coturnos Paruolo de canje, conseguidos mediante extorsión.

Para el martes el tema estaba en su máximo apogeo. Entro a una clase de sólo mujeres, sacan el tema y prenden teas para asar al señorito Juan a la Juana de Arco. Las detengo en la puerta con el grito: ¡No, estamos siendo manipulados! Se quedan de una pieza y creen que por fin me he sumido en la locura del alcohol y la fatiga. Les explico que no podemos sacar conclusiones drásticas de un video editado en el que apenas se ven fracciones de una discusión mayor y que incluso en el intento de perjudicarlo se ven atenuantes tales como no quiero chapear de diputado y esas cosas, que tendremos más elementos de juicio cuando veamos, si tal cosa pasa, el video completo. Apagan las teas y sofrenan la furia justiciera cuando les digo que todas han discutido con sus maridos y que si alguien las hubiera filmado y hubiera editado sólo frases sueltas y se hubiera mostrado el resultado a sus suegras, éstas las envenenarían con estricnina en el próximo asado familiar.

El miércoles se conoce un video más extenso en el que el señorito Juan queda hasta bien parado. Los medios hegemónicos, que se disfrazan de periódico escolar en las audiencias de la Corte Suprema a la Maryland, lo han hecho otra vez. Convertirnos a todos en matronas histéricas para que no hablemos de política. Hacen bien, la política los puede mandar en cana si avanzan las causas de complicidad con la dictadura. Mientras tanto en otro lugar del planeta, el eterno Raphael hace aspavientos y canta: Es un escándalo.  Y Juan Perugia junta los dedos y dice: ¿Y ahora me lo venís a decir?