jueves, 10 de octubre de 2013

Breaking bad... very bad



Hay cosas a las que llego tarde, no tanto como para que hayan perdido vigencia, pero sí para sumarme al entusiasmo, el fanatismo o la idolatría. Llegué tarde a Los Soprano, pero menos mal que llegué. En un verano inolvidable, consumí todos los capítulos de cada temporada con la sed de un perdido en el desierto. Tuve que restringirme y conformarme con una dieta de tres episodios por día. Me maravillaba a cada paso. Paraba para convivir por un rato con lo que veía, paladearlo, dejar que los hechos narrados se asentaran en mi mente. Cuando el verano agonizaba y las clases comenzaban, volví a ver todas las temporadas para fortalecer los recuerdos y que me ayudaran a sobrevivir el año lectivo. En la actualidad dar clases es una tarea para valientes y ninguna herramienta sobra cuando se trata de sobrevivir. Un buen recuerdo compensa el maltrato, la desidia, la burocracia.

Y ahora llego tarde a Breaking bad, pero llego. Entramos ahora en la peor etapa del año lectivo: la del cansancio, la pérdida de la paciencia, el hartazgo. Etapa que requiere todo el coraje que podamos reunir para no sucumbir a la enfermedad, la locura o el crimen. Sólo el que se para frente a un aula sabe el horror por el que hay que atravesar minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día. No exagero, lo peor del sistema es su desorientación, su volatilidad, su disgregación. Hay que mantener la cordura a como dé lugar. Y poner la mente en el destino de Walter White es buena idea para no enloquecer.

Disponer de todas las temporadas, de la historia concluida, es tanto una ventaja como una desventaja. La ventaja es no tener que esperar a que llegue el próximo capítulo o la próxima temporada, no, todo está allí al alcance de la mano, uno puede organizar ver la historia con la frecuencia que se le ocurra. La desventaja es que todo está en internet, al alcance de todos… los que no tengan Fibertel. Intento ver la primera temporada completa on line. Un auténtico martirio. Tardan un siglo en cargar apenas una porción, pero cómo  internet se interrumpe continuamente, hay que comenzar de cero otra vez y termino viendo 200 veces las mismas escenas.

Para evitar no caer en las trampas de la locura de la docencia, caigo en las trampas de la locura de Fibertel. Si hubiera justicia en el mundo, deberían cerrar a Fibertel por deshonestidad comercial. Pago por 3 gigas y obtengo apenas unos discontinuos 250 mb El grupo Clarín es monopólico, abusivo y como buena mierda que es no hace más que cagarnos la vida en todas las formas posibles.

jueves, 3 de octubre de 2013

Morbosas curiosidades satisfechas



Durante los ochenta y noventa, la industria editorial nos bombardeó con biografías y autobiografías de cuanta figurita repetida brillara mucho, poquito y casi nada en las galaxias del arte, el deporte, la política, la ciencia o el dinero. Claro, por obsesiva inclinación me especialicé en las del mundo del espectáculo. Tanto que podría ofrecerme a los clubes de jubilados para disertar sobre ellas.

Entre las biografías, las categorías que se imponen son las autorizadas y las no autorizadas. Las primeras corresponden a estrellas perezosas que dejaron a biógrafos profesionales hurgar en sus archivos, dialogar con parientes y ex amantes, completar algún hueco y santificaron después el resultado con una bendición. Las no autorizadas escarbaron en las miserias, preferentemente sexuales, del famoso inmolado de turno. Escandalosas y difamatorias, están siempre sospechadas de ser tan veraces como una planta de plástico.

Las autobiografías, en cambio, se dividen entre las legítimas, es decir las escritas de puño y letra por la celebridad que se celebra y las fraudulentas, o sea las que el famoso firma pero que en realidad fueron confeccionadas con la complicidad de un ghost writer (negro en la jerga local), un autor en bambalinas al que no se le reconoce públicamente el crédito, aunque sí en contratos y regalías.

Entre las legítimas figuran, por ejemplo, las de Michele Morgan, David Niven, Michael Caine, Liv Ullman, Angela Lansbury, Lauren Bacall, Diane Keaton, Graciela Duffau o Sophia Loren (que transformó la suya en una mini serie en la que se interpretó a sí misma y a su propia madre). Otros comenzaron con una autobiografía y descubrieron una vocación literaria que derivó en ficciones y ensayos de todo calibre, como Dirk Bogarde, Julie Andrews, Lili Palmer, Simone Signoret, Carrie Fisher o Kirk Douglas. Shirley Mc Laine inauguró una categoría inédita, como sus libros son tanto autobiográficos como relatos de sus vidas pasadas, mezclan realidad y ficción en cóctel delicioso. Y no olvidemos a quienes ya escribían de antes y que en algún momento produjeron una autobiografía, como Steve Martin, Nöel Coward, John Huston o Peter Ustinov.

Las fraudulentas son un secreto bien guardado. Yo sospecho de unas cuantas que he leído, pero no expondré mis dudas por tratarse de estrellas que quiero y que me regalaron unos cuantos buenos momentos. De todos modos, tarde o temprano, el velo se corre, ya se sabe, por ejemplo, que la autobiografía de Heddy Lamarr la escribió Leo Guild y a la de George Sanders, Graig Rice.

Hace más tiempo del que quiero recordar, vi en el teatro Liceo, Memoir (rebautizada aquí La divina Sarah) de John Murrell en la que Bernhardt (Cipe Lincovsky) intentaba dictarle sus memorias a su secretario Georges Pitou (interpretado por un actor uruguayo cuyo nombre no recuerdo). La obra no era gran cosa, pero la situación me fascinó. Procuré imaginar cómo sería lidiar con una gran dama o astro de la escena para que se avenga a recordar las vicisitudes de su vida. Una gran estrella es una contradicción con piernas, tiene el problemita del ego más agigantado que el resto de los mortales, es a la vez tanto frágil e insegura como dominante y manipuladora, pasan de ser el centro del universo al último orejón del tarro, opuesto casi iguales, en ambos el protagónico es absoluto: el “centro”, el “último”, no caben las medias tintas. Durante años supuse que escribiría una obra de teatro en la que un o una grande le dictaba sus recuerdos a un escriba. En el 2009 abandoné la idea cuando Tito Cossa presentó Cuestión de principios, no había aquí una estrella sino un viejo militante de izquierda que le pedía a su hija, una escritora de éxito, que le editara sus memorias. Como sea me pareció que la confrontación sobre “memorias” al menos en el teatro argentino estaba zanjada. De todos modos, continuaba intrigándome el día a día entre una gran celebridad y un “negro” que se esfuerzan por sacar adelante un libro de recuerdos.

Ya lo sé y nada más ni nada menos que a través de Ava Gardner, uno de mis amores de toda la vida. Ava Gardner, the secret conversations de Ava Gardner y Peter Evans es la respuesta a todas mis preguntas. En 1988, Ava se contacta con Evans para pedirle que sea su “negro”, le concede largas entrevistas, supervisa algunos capítulos y, al enterarse de que Sinatra había demandado a Evans y la BBC  por explicitar su asociación con la mafia, termina por arrepentirse y negar la publicación del material total o parcial. Ava buscará otro “ghost writer”, Stephen Birmingham, y producirá Ava, my story, que se publicará a poco de su muerte en 1990.

Hace un par de años, Peter Evans consiguió el permiso de los herederos de Ava para sacar a la luz no la biografía trunca sino la historia de las conversaciones que mantuvieron. El libro quizá no ofrezca el retrato más halagüeño y completo de Ava, pero la muestra con una sinceridad feroz que la hace más querible. Recordar es un proceso que le hace daño porque no la motiva hacer las paces con el pasado sino el dinero: “Querido, es esto o vender las joyas, y después de tanto tiempo estoy apegada a mis piedras”. Salta de un tema al otro, trata de escamotear información y más que de las películas habla de los hombres que conoció, sus coprotagonistas (fue amante de algunos), sus maridos (Mickey Rooney, Artie Shaw y Frank Sinatra), del intermitente amor que mantuvo con Howard Hugues y de su violenta relación con George C. Scott, quien la molió a palos más de una vez. Pero lo atrapante, al menos para mí, es la seducción y la coacción a la que somete constantemente a Evans.
Lo curioso es que estas conversaciones parecen destinadas a no hallar una forma literaria definitiva, Peter Evans murió cuando trabajaba en este libro. Lo que leemos es un borrador sin su pase a limpio. Quizá no importe, Ava, en el ocaso, vuelve a fulgurar como nunca o como siempre.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Festival Darrieux



La casualidad determina que me organice este minifestival Danielle Darrieux, porque en las distintas páginas en las que hallo películas, ponen casi simultáneamente tres films con esta gran estrella francesa de los años 40, 50 y 60 del siglo pasado. La chica nació en 1917 y por suerte todavía está entre nosotros. La última vez que la vimos por estos parajes en la gran pantalla fue en ese delicioso homenaje a las divas que armó François Ozon intitulado 8 mujeres.

Comienzo mi festival con Madame de… de Max Ophüls (La ronde, Le plaisir), el hombre que más sabía cómo se vivía en el siglo XIX. Después de ver su cine, se podrían escribir tratados sociológicos sobre la vida de los privilegiados y sus sirvientes en aquellos tiempos. Creo no haber visto esta película y de a poco voy descubriendo que sí, que se trataba de esas películas que los mayores te desaconsejaban ver en la temprana adolescencia, no porque tuviera nada inconveniente para nuestras dulces mentes, sino porque manejaban temáticas que nos excedían, pero que igual veíamos con la soberbia tonta de los que creen saberlo todo y apenas saben atarse los cordones. Hoy con canas, achaques y unas cuantas cicatrices sabemos que hay relaciones más densas que el barro y que no hay conducta humana que se abarque en una oración por brillante que sea. Danielle está casada con un militar noble, Charles Boyer. Tiene todo lo que una chica puede pedir, pero su corazoncito díscolo se enamora de un diplomático italianísimo, el gran Vittorio De Sica. La trama gira alrededor de unos aros de diamante que Charles le regaló para un aniversario y que Danielle vendió para pagar deudas contraídas a escondidas de Charles. Los aros terminarán en manos de Vittorio, que volverá a regalárselos a Danielle, quien no podrá lucirlos porque había dicho haberlos perdidos. Max Ophüls, como todo gran maestro, nos hace simpatizar con personajes francamente detestables. Danielle es coqueta y boba, Charles, un manipulador tremendo y Vittorio, un hipócrita mañoso. Sin embargo, mientras vemos el film, nos preocupamos por ellos y sólo después, una vez terminado, caemos en cuenta de la pobre catadura moral de los protagonistas. Danielle aquí andaba por los treinta largos y luce espléndida. Recordemos que se filmó en 1954 y por entonces no había los artilugios que hay hoy para postergar los efectos del paso del tiempo. Es bella, pero no tiene la perfección de una Catherine Deneuve, por ejemplo, aunque la cámara ama su rostro despejado y amplifica los matices de sus cambios de humor y emoción. Charles Boyer se pinta solo para ser más sinuoso que la cuesta del Totoral y Vittorio De Sica que, aparte de un director de la puta madre, era un actor espléndido seduce hasta quienes lo odian. Max Ophüls, maestro de la puesta en escena, escribe con la cámara. Y no exagero ni miento, en la primera escena se ven sólo unas manos de mujer que escarban cofres de joyas y desbaratan las pieles de un ropero y tras unos cuantos minutos vemos recién a Danielle frente al espejo de un tocador probarse los aros que venderá. Troesma total. Y hay más, Boyer le escapa a una discusión corriendo cortinas y cerrando ventanas y la cámara lo toma siempre desde afuera de la casa, y queda clarísimo que cierra el problema enterrándolo. Y no insisto para no abrumar y porque creo que aclaré el punto.

Sigo con Marie Octobre (1959) del también maestro Julian Duvivier (Pépé le Moko, Un carnet de bal, La fin de jour, Sous le ciel de Paris, L'affaire Maurizius, etc). Aquí Danielle es la chica del título, única mujer de una célula de la Resistencia contra la ocupación nazi. La célula se disolvió la noche que fueron atacados y mataron a su jefe. Unos quince años después, los integrantes de dicha célula se reencuentran en la casona en que transcurrieron los hechos fatídicos. Marie Octobre, devenida una especie de Cocó Chanel o sea diseñadora y dueña de una casa de modas, tuvo de cliente a un alemán que confesó haber pertenecido a la SS y que le contó que fueron traicionados por uno de los integrantes del grupo. ¿Quién? Se desata pues una intriga fascinante que revela personalidades duales, motivaciones oscuras y secretos más o menos inconfesables. Salvo la secuencia de los títulos, toda la película se resuelve en el interior de esta casona campestre y es tal la maestría de Duvivier que nada parece teatral ni extrañamos otras locaciones (Bergman, no sos el único maestro de los ambientes cerrados). Danielle está soberbia y entre el numeroso elenco masculino se lucen algunos nombres insignes del cine francés: Lino Ventura, Bernard Blier y Serge Reggiani.

Termino con Meurtre en 45 tours (Muerte a 45 revoluciones) (1960) de un tal Etienne Périer (¿?). Aquí Danielle es una cantante exitosa casada con un compositor no menos exitoso, que la cela porque cree que lo engaña con el pianista que la acompaña. Paranoia no infundada ya que Danielle de verdad le mete los cuernos con el rascateclas. El compositor cree también que están complotados para matarlo, idea que tampoco resulta trasnochada porque al rato muere en un accidente automovilístico de lo más sospechoso. Esta película tiene su importancia porque en la historia del cine policial o de misterio es un claro antecedente de esos films tramposos que se realizarán en gran cantidad en los noventa, tipo Malice/Daños corporales (1993) de Harold Becker con Nicole Kidman, Alec Baldwin, Bill Pullman, etc. La trama va cambiando de punto de vista a cada rato y el culpable puede terminar siendo el boletero que mató para implicar a la acomodadora porque lo dejó por el proyeccionista. Es decir, el argumento da más vueltas que un círculo para hipnotizar, los personajes cambian de motivaciones más que una modelo de ropa en un desfile y la historia se cierra a presión, dejando unos cuantos cabos sueltos que se usaron de cebo para despistarnos un rato, como el ovejero alemán que desaparece y aparece a voluntad del guionista. Entretiene, claro, deslealmente, a  puras trampas. Danielle como Doris Day en Encaje de medianoche está a punto de perder la razón, y al igual que Doris, por más desequilibrios psicológicos que padezca, no se olvida de peinarse, maquillarse y llevar trajes último modelo. Qué se le va a hacer, las divas enloquecen así. Pierden la cordura pero no los maquilladores, peluqueros y vestuaristas.

Demás está decir que con estas tres películas la pasé mejor que Perrito en un paseo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Volveré...

...cuando sentado a la computadora luzca exactamente igual a Gregory Peck en esta foto, mechón incluido... Está bien, esta bien, vuelvo antes...

jueves, 5 de septiembre de 2013

To be or not to be (qué cagada... soy actor)




Soy un actor, ante todo, por sobre todo, debajo de todo. Por elección, por imposición, por obstinación. Aunque no ejerza, en un rincón del espejo, en una foto perdida, aunque nadie venga a mis funciones. Y más que nada, claro, un actor de teatro, porque de televisión y cine, tan poco, casi nada.

 

Cuando asume un personaje, un actor de teatro investiga, propone, prueba, recrea, pone el cuerpo, mete la pata, avanza, retrocede, apuesta, le hace trampas a la emoción, a la intención, traza el conflicto del derecho, del revés y al través, juega, se aburre, se entusiasma, se rebela, reniega, cansa, sueña y vuelve a intentarlo otra vez. Ensaya, bah, hasta que lo logra, hasta que hace pie, hasta que el personaje respira en él, con él, y si no se desvía, si no se desconcentra, fluye en él.

 

Al fin, por fin. Sonríe. Y todos los maestros que tuvo también. Los muertos en sus tumbas, en sus nubes, en el viento. Los vivos en sus ascensores de gloria, en sus cadalsos de ego, en los libros insurgentes que prometieron escribir y que jamás garabatearán. Al fin, por fin. Todas las clases de actuación a las que asistió, todas las discusiones en las que participó, los hectolitros de café que tomó, las horas de sueño que perdió, cobran sentido, abandonan su imbecilidad, se recubren de significación. Al fin, por fin. No descubrió la cura de nada, no disminuyó el hambre, la pobreza, no pasará a la historia, ni desandará la trascendencia, pero el pedacito de mundo que le tocó habitar es un poquito menos lúgubre, porque él hizo su trabajo y casi atrapó un personaje. Porque, lamento decepcionarlos, un personaje nunca se atrapa del todo, el muy pillo puede desvanecerse con la celeridad con que se corporizó, no es hijo de mujer, es cosa de la imaginación.

 

Por eso el actor sabio sólo sonríe, ya aprendió que si se cree el César o descorcha el champán, vuelve a cero, o lo que es peor a la mascarada vacía. Ya sabe que a pesar de las luces, del aplauso, crear es casi una proeza secreta. Y si es un buen actor, uno de verdad, se olvida de todo, estira los músculos, calienta la gola, ejercita la respiración y se prepara para la repetición. Porque el teatro es un ajo, da sabor, deja aliento perfumado y repite.

 

Quienes no entienden el trabajo del actor teatral creen que la repetición es una maldición, un espejismo absurdo, una quimera rota, una contradicción insalvable, que es imposible disfrutar una y otra vez de algo que se sabe cómo empieza, cómo se desarrolla y cómo termina. Pero claro hay un truco para todo, hasta para el amor. El truco, ya lo dije, como al pasar, es olvidarse de todo, o, bueno, hacer cómo que todo se olvida. Entrar a escena y que nada exista salvo este aquí y ahora. Ése es el juego, como en el del amor, ir de a un paso a la vez, decirse sólo estoy en este segundo, desentenderse de toda ansiedad y expectativa, ser aquí, en este instante, uno, entero, abierto, y las líneas saldrán solas, sin que deba recordarlas, nada más que porque soy en este juego.

 

Actuar es también un viaje programado en el que todo saldrá bien si lo preparamos con detalle y previmos las contingencias. La ropa puede rasgarse, no importará si traemos un par de hilos y la aguja. La comida puede darnos acidez, no importará si el botiquín básico está cubierto. Y así. Y así también, un minuto lleva a otro y a otro y a otro. Y como atendemos nada más que la aventura de cada minuto, con su dicha o con su angustia, todo vuelve a ser nuevo otra vez y volvemos a sorprendernos como la primera vez. Ésa es la ilógica lógica del actuar, el eterno placer renovado de la repetición, el espejismo milagroso de hacer siempre lo mismo.

 
(Esta perorata es una respuesta a un alumno que me preguntó: che, profe, ¿no te aburre enseñar siempre el to be?)


jueves, 29 de agosto de 2013

De premios, leones y Leonores



Las entregas de premios me aburren soberanamente. En algún momento me entusiasmaron, ya no. El martes a la noche, a pesar del cansancio, trasnocho y veo completa la entrega de los premios teatrales ACE, no por darle la razón a Walt Whitman y su “qué carajo importa si me contradigo a mí mismo”, sino porque he visto la mayoría de las obras nominadas y coincido mayoritariamente con las nominaciones. Hago fuerza porque ganen mis favoritos y en las ternas que más me importaban, lo logran. No hace mucho, en este mismo blog, hablaba de Manzi, la vida en orsai, que con justicia se alzó con los premios al Mejor Musical o Music Hall (Betty Gambartes, Diego Vila, Bernardo Carey), Mejor Dirección de Musical o Music Hall (Betty Gambartes) y Mejor Actuación Masculina y Femenina en Musical y Music Hall para los impares Jorge Suárez y Julia Calvo. Manzi, una vida en orsai está en cartel e invito a que la vean.

Ganan también Leonor Manso y Daniel Fanego como Actriz y Actor Protagónico en Drama por El león en invierno de James Goldman, que desafortunadamente ya no está en cartel. Lo ganó primero Leonor y me puse a hacer fuerza para que lo ganara también Fanego. Sobre todo porque, al margen de los merecimientos personales indiscutibles, armonizaban tan bien en escena que sólo hay una palabra para describir lo que hacían toda vez que estaban juntos: delicia. Las buenas actuaciones se disfrutan, se paladean, y en las rarísimas ocasiones en las que los protagónicos conjugan al unísono el tan mentado verbo jugar, el placer intelectual se vuelve orgásmico de tan físico. Calvo y Suárez también se complementan de maravillas, pero ya hablamos de ellos, hablemos hoy de la Manso y el Fanego.

El león en invierno transcurre en la Navidad de 1183. El rey Enrique II Plantagenet libera para la ocasión a su reina a la que tiene prisionera, Leonor de Aquitania, para negociar quién sucederá en el trono. Enrique quiere que sea el que luego será conocido como Juan sin Tierra, mientras que Leonor quiere que sea el que pasará a la historia como Ricardo Corazón de León. A Godofredo, el  otro hijo en baile, nadie lo quiere. En esta reunión cumbre también participan Alaís, ex  protegida de Leonor y actual amante de Enrique, y el hermano de ésta, el rey de Francia, Felipe II. Habrá escaramuzas varias, duelos verbales agudos, mucho humor punzante y también dolor.

El león en invierno tiene rumbosas e ineludibles versiones, una cinematográfica y otra televisiva. En cine la hicieron nada más ni nada menos que Katherine Hepburn y Peter O’Toole (1968). Y en televisión la hicieron nada más ni nada menos que Glenn Close y Patrick Stewart (2003). La Manso y el Fanego, por arte exhibido en incontables oportunidades, nada tienen  que envidiarles a sus prestigiosos predecesores. Pero como excelentes actores que son, ofrecen una lectura de la obra personal e intransferible.

En las visiones de O’Toole y de Stewart, Enrique es un león demasiado viejo y mañoso para dar zarpazos mortales. El león de Fanego es más de temer, todavía puede desmembrar de un zarpazo, algo que el director Pompeyo Audivert señala en la primera escena en la que aparece Enrique al mostrarlo con el torso descubierto. Nos dice: puede que este hombre no esté en la plenitud, pero la sangre aun le corre vigorosa. Y tanto la Leonor de Hepburn como la de Close son mujeres que evocan su pasado como laureles que ya no pueden reverdecer, la Leonor de la Manso evoca el pasado pero no lo da por gloria irrecuperable, no, cree que todavía puede dar pelea y si se le diera la chance recuperar a Enrique, de allí que cuando pide que Enrique bese a Alaís delante de ella no lo haga para matar sus esperanzas sino con la saña masoquista y voyerista de quien quiere ver lo que le están quitando. Esta visión más latina de arrancarles a los personajes sus pies de las tumba le da a esta hermosa obra y sus juegos una inmediatez y una vitalidad arrolladoras. No hay aquí ronroneos intelectuales que reemplazan a las ardores de antaño, sino pasiones que todavía rugen estentóreas.
Tuve el honor de ver la obra dos veces, la primera cerca del estreno y la segunda cerca del final de la temporada. Las funciones fueron a cual mejor. Manso y Fanego respiraban sus personajes magistralmente y fue una alegría verlos premiados por tal inolvidable maravilla.