Lunes. Perrito me despierta para que
lo saque a pasear. Espío el reloj, no me puedo hacer el zonzo, es una hora
prudente. Me incorporo y la realidad me pega una trompada en el estómago. Tengo
que desandar una de las peores semanas del año. Me gustaría que ya hubiera
pasado, ilusión vana, hasta los malos tragos se pasan de a sorbos. Paseo a
Perrito. Vuelvo y me tomo un café negro, muy Bogart, con tostadas untadas de queso
crema, para nada Bogart. De repente me dobla un psicosomático dolor de espalda.
Adelanto el comienzo oficial del verano. Antes me curaba el dolor de espalda
acostándome sobre el piso, pero el frío de los mosaicos se me colaba. Hace un
par de años para no ensuciar el colchón nuevo tirándolo al piso, compré un
colchón inflable. Lo inflo cuando tomo el último examen y aunque deba patearlo
todo el verano, no lo desinflo hasta que las clases regresan. Perrito se
entusiasma, el colchón inflable me pone a su altura, no debe treparse con mañas
de saltimbanqui para acostarse conmigo. Después de jugar un ratito, nos
despatarramos. Prendo el ventilador de techo, creo una contracorriente con el
ventilador de pie y que vengan degollando, que a nosotros no nos importa nada.
Dormito unos minutos y Perrito ronca a sus anchas. Es un paraíso temporario,
más temprano que tarde habrá que levantarse y enfrentar el día. No debo caer en
el pánico, me repito. Se dice fácil, se cumple difícil. Proveerse de municiones
es la respuesta. Es imperativo que ponga nueva música en el celular. Las
oberturas de películas épicas no dan el
resultado Walter Mitty esperado, no me disparan a realidades paralelas.
Necesito algo yang, muy masculino, potente. Los últimos días del año lectivo no
son para gente sensible o delicada. Sin levantarme del colchón repaso mi
musiteca. Me acuerdo de uno de mis discos favoritos, The pursuit, que hace unos
años me regaló mi amigo Horacio para un cumpleaños. Me despego del colchón, lo
busco, lo paso a la compu, selecciono algunos temas, le agrego otros de Heard
it all before y tomo nota mental de preguntarle a Horacio si tiene
Twentysomething para que me lo copie. Bien, Jamie Cullum servirá para los
caminos entre escuelas. Imprimo la letra de Anyone can whistle de Stephen
Sondheim, me encanta reacomodar mis órganos de fonación con estas palabras de
Stephen. Poder decir o cantar palabras de Sondheim me devuelve el placer de
saber inglés. Bien, Sondheim servirá para la desesperación durante las clases.
Busco los libros con la obra pictórica de Seurat, servirá para cuando no pueda
redondear las palabras de Sondheim. Seurat es un pintor muy cerebral del que es
difícil enamorarse, pero Sondheim con su Sunday in the park with George me
enseñó a quererlo. Bien, municiones anti estrés, anti pánico, anti suicidio,
anti homicidio listas. Primera y segunda clases de la tarde, normales, los
sentenciados a examen aceptan su destino y no patalean. Tercera clase de la
tarde, horror de los horrores. Huí de ellos el lunes 18, el lunes siguiente fue
feriado, hoy ya no hay clases normales en esa escuela, sólo asisten los que
deben rendir examen. Mientras Jamie Cullum me da valor rumbo a la escuela, cruzo mis dedos para que no los
hayan hecho venir a todos, aunque yo no haya cerrado las notas. Una quimera.
Están todos y cada uno de ellos. Me torturaron todo el año y aquí están para
arruinarme hasta el último segundo. Les digo que si quieren aprobar deben hacer
este trabajo compensatorio que les llevo fotocopiado. Salvo tres, los demás
deben hacer buena letra si quieren que el promedio les dé siete. Por más que
pretendan portarse bien, en segundos la clase es el caos habitual. No pueden consigo
mismos. Uno de los más comprometidos protesta por el trabajo a realizar, dice
que no tiene por qué hacerlo, que tiene la carpeta completa. Cuento hasta dos
millones quinientos setenta y siete mil y le digo que tiene nada más que los
días que vino, que no fueron muchos, que a pesar de que se lo pedí muchas
veces, jamás completó los días que faltó, que fueron en realidad más de los que
vino. Insiste en que tiene todo. Tomo la carpeta de su hermana, que está
completa, y le muestro que le falta más de la mitad de los trabajos. A pesar de
la obvia evidencia, insiste en que tiene todo, que siempre que vino trabajó y
que no tiene por qué completar los días en que no vino por la sencilla razón de
que no vino. Exploto, vuelvo a tomar su carpeta y le muestro que, en
comparación con la de su hermana, ni siquiera hizo todos los trabajos los días
que vino. No tengo que hacer este trabajo compensatorio, tengo todo, insiste.
No puedo salir de la clase y dar un paseo por el patio para calmarme. Le digo
que haga la tarea o que se va a examen. Insiste por lo bajo con que soy un
tirano. Bueno, la frase que usa es soez, pero la idea creo que esa. Es hora de
Sondheim, tomo la letra de Anyone can whistle y la leo en voz baja. Una
nena me dice: ¿reza, profe? Le contesto
que algo así. Hasta el horror pasa y la clase termina, me queda otro lunes de espanto,
pero falta una semana para eso. Estoy en casa cuando la tormenta se desata. Por
suerte. Son cinco minutos intensos que dejan todo dado vuelta. Por supuesto se
corta la luz. La radio aconseja no salir por lo de los cables cortados.
Obedezco. Es un alivio. A esta altura, clase que no se da es un alivio. Menor,
porque las clases a las que falto eran de adultos y venían sin problema a la
vista. La luz no vuelve. Nunca me sentí mentido por el INDEC, porque midiera lo
que midiera a mí no me mentía. Voy al almacén dos o tres veces por semana, y a
los grandes supermercados una o dos veces por mes, así que sé si hay o no inflación,
y si mi sueldo está o no por encima de la inflación. Pero me siento mentido
cada vez que EDELAP no me informa por qué la luz no vuelve. Quiero saber qué
corno está generando el que no tenga luz, por qué y cuándo volverá. Quiero
saber si la culpa es de ellos o de la tormenta, y qué hacen para solucionarlo,
y cuándo mierda voy a volver a tener luz. Odio sus informes generales que no
dicen nada en concreto. Sé que me mienten y nadie protesta porque los medios
los apañan. Mi cuarto sin ventilador es el infierno tan temido… intensificado.
La noche es larga y sudorosa. El calor persiste, y aunque todo lo que puede
estar abierto está abierto, me sofoco. Dormito un poco y mal. A mitad de la
noche, vuelvo al living, tiro el colchón inflable y duermo allí. En el living,
con la ventana del patio y la puerta de la cocina abiertas, corre algo que con
buena voluntad puede considerarse un aire. Perrito se aviva o se apiada de mí y
elige dormir en el piso. Nos despiertan las primeras luces del alba, bastante
antes de que suene el despertador. La electricidad no volvió. Como la cafetera
no funciona, me preparo un café instantáneo, no es muy Bogart pero casi.
Durante la noche se oían cierras, cuando le doy a Perrito su paseo de las 6 y
media de la madrugada, antes ir a la escuela, el árbol caído en la esquina ya
está cercenado y no obstruye nuestro camino. Me visto de docente y salgo.
Curiosamente todas las escuelas a las que voy este martes, tienen luz. Suprema
ironía. Me toca la primera clase de orientación para examen, los alumnos están
en negación y rechazo. Saco los cuadernillos de fotocopias que les corresponde,
les hago un repaso y propongo el primer ejercicio. No tardan en decirme que no
entienden. Exploto, qué tienen que entender, les digo. Es un ejercicio de sustitución
por pronombres. Acabamos de repasar que I es yo, les digo, you es vos, he es
él, she es ella, etc, en las fotocopias al lado de cada pronombre está la
correspondiente traducción, si Miss
Perkins es la Srta Perkins ¿por cuál pronombre vamos a reemplazarlo? Por ella,
me contesta uno. ¿Y según esta lista, cuál es ella?, pregunto. She, me dice
otro. ¿Y entonces qué es lo que no entendés?, concluyo. Inglés, no entiendo, me
responde. No te pido que entiendas el inglés, le aclaro, sólo te pido que completes
el ejercicio para el que tenés en la fotocopia todos los elementos necesarios para
cumplimentarlo. No entiendo inglés, insiste. No exploto porque me tomo la
libertad de pasear por el patio para calmarme. Para disimular entro en
Preceptoría y pregunto una obviedad para la que ya tengo respuesta. Camino de
regreso al aula, decido que necesitamos mediación. Imposible, si doy
participación a una autoridad nos terminaría retando a todos y demoraría más el
conflicto. Es hora de Seurat, abro el libro con sus obras y mientras me pierdo
en el paseo de la Grande Jatte, vuelvo a explicar qué es lo que pretendo. El
alumno rebelde se resigna a que deberá rendir un examen y se aplica. A la clase
siguiente el calor ha regresado, techo de chapa, sol refulgente, sudamos como inmigrantes
ilegales en un conteiner. Me cago en la reputísima madre de todos los ministros
de educación, pasados, presentes y futuros, que dan como única respuesta a los
problemas de la educación agregar días de clase. Vengan ustedes, hijos de remil
putas, a dar clase en estas condiciones y van a ver qué ganas de aumentar días
cuando más calor hace les van a quedar. Es hora de combinar las municiones,
mientras los alumnos hacen su ejercitación, me calzo los auriculares con Cullum,
veo los cuadros de Seurat y leo a Sondheim, todo a la vez. Sobrevivo, incluso
cuando una alumna sale del aula dando un portazo, previo tirarme las fotocopias
por sobre Seurat y Sondheim. Cuando abro la puerta y le digo que se las lleve,
que igual le servirán, que ahí están todos los temas del examen, me mira con
odio reconcentrado y por suerte no me dice nada. Al rato aparece divertida la
preceptora para informarme que la fugitiva ha decidido no presentarse a rendir.
Cuando vuelvo a casa, la luz todavía no volvió. Preparo un bizcochuelo
Exquisita, cosa para la que no hay que ser chef. Mientras espero que se enfríe,
me digo, no sé la cultura, pero Cullum, Sondeim, Seurat y un colchón inflable
pueden salvar vidas. La mía y las de todos los que no estrangulé. Bueno, tampoco
los sobrevaloremos, que recién es martes a la tarde…
jueves, 5 de diciembre de 2013
viernes, 29 de noviembre de 2013
Catársis épica
Para mí noviembre y diciembre son
meses muy difíciles. Las vacaciones están a la vuelta de la esquina, pero el
cansancio, la frustración y el hastío ya están en los huesos. Y cada año que
pasa es peor, hacen que enfrentar las obligaciones cotidianas sea como empujar
una locomotora. Y si a esto le sumamos la poca paciencia y la irritabilidad de
la andropausia, la ecuación de tan volátil es peligrosamente explosiva. No perdamos el humor, me digo, pero por más que
lo repito es lo primero que pierdo. Y el poco que conservo es más negro que el
miedo. Por ejemplo, la famosa frase de Nerón (ojalá la humanidad tuviera una
cabeza para poder contársela) me parece deliciosa y me dan ganas de volverla mi
mantra.
No ser dueño de mi tiempo para
planificarlo a mi antojo (situación que puedo sobrellevar con mayor o menor
aplomo en los meses precedentes) se me antoja insoportable. Además, desde que
aparte de las clases hago traducciones, tengo menos vida social que Robinson
Crusoe antes de que apareciera Viernes. Los trabajos de traducción llegan a
cualquier hora del día y de la noche y son siempre más urgentes que una
emergencia sanitaria. Tampoco respetan feriados ni fiestas de guardar (jamás
olvidaré ese 31 de diciembre en que volví de ver los muñecos y hallé una
tareíta que necesitaban de vuelta en menos de 7 horas, y ¡la hice! metiéndome
la cena de fin de año… en el olvido). Traducir para esta empresa no se condice
con las costumbres humanas de comer, dormir, cagar o pasear al perro. Aunque
claro siempre se puede decir que no, a lo que me resisto porque, como queda
evidenciado en el ejemplo recién citado, tengo un súper yo freudiano muy
acendrado. ¿Idiota, yo? ¡Sí!
Pero al apostolado de la docencia no
se le puede decir no. Una vez aceptado, se muere con las botas puestas. Hay un
par de pido gancho: la enfermedad y la locura. Pero como a mí la salud física y
(la que yo llamo) mental me gustan, procuro sobrevivir sin pagar tan altos
costos. (Algo pago porque la docencia en estos tiempos es devastadora). Sin
pausa y con prisa, el sistema ha logrado que el docente tenga todas las
obligaciones y el alumno ninguna. Si no se interesa es porque no hacés
atractiva tu materia. Si no aprende es porque no trabajaste lo suficiente para
llegar a él. Si no trae hojas ni con qué escribir, tenés que proveérselas. Si
falta mucho, tenés que alcanzarle trabajos compensatorios. Y si se va a examen,
tenés que darle todas las herramientas para que pueda aprobarlo. Por más que en
la primera clase hayas dictado, copiado en el pizarrón o fotocopiado para que
peguen en la carpeta el sacrosanto programa y las benditas expectativas de
logro, por más que hayas hecho firmar a los padre (en el caso de los menores) y
repetido (hasta el hartazgo en el caso de los adultos) que en el período de
orientación para el examen deben venir con una carpeta completa (propia o
ajena), llegado el momento (lo cual sucederá en estos días) aparecerán frescos
y rozagantes sin ni siquiera una lapicera. Y si vos pretendés hacer valer tus
derechos, esgrimiendo pruebas (“mirá tengo fotocopia de la nota firmada por los
padres” en el caso de los menores o
“juro que lo repetí en todas las clases” en el caso de los adultos), la
dirección te dirá que igual tenés que orientarlos y que si no tenés nada
preparado que le des clase de todo lo que aparecerá en el examen usando el
pizarrón. Y por más que seas una olla a presión y te salga humo por la nariz y
las orejas de la bronca y la indefensión, igual tendrás que volver al aula y
enseñarle cual egregia maestrita importada por Sarmiento los beneméritos temas
del examen.
La experiencia enseña, claro. Me paso
algunas horas del fin de semana largo revisando viejos (mas no perimidos)
libros de enseñanza de inglés y selecciono páginas con teoría y práctica, las
fotocopio y armos cuadernillos para cada curso que doy. Después fotocopio cada
cuadernillo por el número de alumnos que se va a examen y goodbye pinela.
En el camino de regreso de la
fotocopiadora me pregunto ¿con tanto mimo qué carajo estamos trasmitiendo? En
la vieja época, entre otras cosas íbamos a la escuela a aprender a hacernos
responsables. Hoy no les podés ni pedir la hora, no sea cosa de que los estés
excluyendo.
Como camino a todas las escuelas que
voy, mientras escucho música, cargo en el celular las oberturas de Ben-Hur, Los
diez mandamientos, El puente sobre el río Kwait, Lawrence de Arabia, Lo que el
viento se llevo, Los siete magníficos, etc. Música grandiosa para darme ánimo.
Sobrevivir a fin de año es heroico, titánico, épico. Al lado nuestro, lo del
Cid Campeador es un poroto, mirá.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Muñecos de torta
Estarán muy a la moda, pero pantalones ajustados y sacos cortos nos da, sin importar la altura... muñecos de torta.
(Los muñequitos son Nicolás Francella y Peter Lanzani)
(Los muñequitos son Nicolás Francella y Peter Lanzani)
jueves, 21 de noviembre de 2013
La variación 34
33
variaciones de Moisés Kaufman marcó el regreso de Jane Fonda a
Broadway. Por saberes previos de cómo se hacen las cosas en el centro mundial
del teatro comercial, esperé una obra bien construida con personajes que
permitieran el lucimiento de las o la estrella principal. Sorpresa.
Construcción hay, también la posibilidad de lucimiento, lo que no hay es una
obra de teatro en el sentido estricto del término. Una obra teatral se
diferencia de las otras formas literarias en que se motoriza a través de conflictos
modificadores de personajes claramente delineados. Aquí hay unos cuantos
conflictos, pero mueren en embrión, jamás se desarrollan o se potencian.
Esta obra es más el relato de dos
obsesiones o de una, la de Beethoven, que cobija la otra. La cosa es así, hay
dos grupos de personajes. Por un lado tenemos a Catalina (Marilú Marini), una
musicóloga con una enfermedad terminal que está obsesionada en saber por qué
Beethoven hizo 33 variaciones de un vals pobretón de Anton Diabelli. Tiene una
hija, Clara (Malena Solda) que va sin rumbo fijo por la vida, cambiando de
profesión como de zapatos. Por una consulta médica ambas conocen a David Clark
(Francisco Donovan) un kinesiólogo que se enamorará de Clara. Catalina parte a
Bonn y conocerá y se hará amiga de Gertie (Gaby Ferrero), la guardiana del
archivo Beethoven que le permitirá ver los borradores de las partituras de las
33 variaciones.
Por otro lado tenemos a Beethoven
(Lito Cruz) que está pobre, sordo y crepuscular. Un día, el editor Anton
Diabelli (Rodolfo De Souza) le propone, como le ha propuesto a todos los
grandes compositores del momento, que escriba una variación de un vals que el
propio Diabelli acaba de componer. Como sabemos ya, Beethoven no hará una sino
33 variaciones del dichoso valsecito. Beethoven tiene un secretario Anton
Schindler (Alejo Ortiz) que le es más fiel que un perro.
El relato se estructura en escenas
que van de un grupo de personajes al otro, y a veces ambos grupos se entremezclan.
El desarrollo del relato se basa en la alternancia de una supuesta normalidad
de Beethoven y en ocasionales caídas en la enfermedad y una desmesura que
bordea la insania por un lado y por el otro en el progresivo deterioro físico
de Catalina.
Hay tres personajes que cuentan con
cierta entidad propia. Beethoven, el genio sordo e incomprendido. Catalina, una
musicóloga narcisista con más ganas de comprender a Beethoven que a su hija. Y
Clara que debe aprender a asimilar la influencia de su madre y hallar un camino
propio.
Catalina es el centro del relato. Y
sus supuestos conflictos se solucionan sin desarrollo alguno. Gertie le dice en
un momento que ignora a su hija y a la escena siguiente como por arte de magia
no la ignora más. Al principio soporta la hostilidad de Gertie y después de
esperar un tren juntas son las más amigas del mundo. Beethoven le dirá (lugar
común de todos los dramas de enfermedades) que se deje morir y ella muy
obediente se muere.
A Clara la conocemos más por
anécdotas que por desarrollo dramático. Parece tener problemas sexuales y de
relación que resuelve de la noche a la mañana con sólo dejarse llevar (si la
vida fuera así de fácil, los psicoanalistas se morirían de hambre).
David, el novio kinesiólogo, parte a
Bonn y se queda. ¿No necesita trabajar? ¿Tiene licencias acumuladas? ¿Es rico?
En Bonn se hará voluntario de la Cruz Roja, ¿gratis o le tirarán algún viático?
Si demuestra ser el candidato ideal para cualquier chica, ¿cómo es que llegó
los 30 años solterito y con apuro?
Gertie está casada, se dice por ahí.
¿El marido no le tira la bronca porque se pasa todo el tiempo con Catalina,
Clara y David? Pasa de ser una guardiana feroz del archivo Beethoven a poner en
peligro ese trabajo llevándole incunables a la casa de Catalina, ¿nada más que
porque padece una enfermedad similar a la que tuvo un pariente cercano? ¿Y el
espíritu prusiano del principio, qué, era puro verso?
Anton Schindler, el perfecto
secretario, ¿respetaba y admiraba a Beethoven, el genio, o sentía afecto a
Beethoven, el hombre? ¿Beethoven le pagaba algún sueldo? Cuando estaba en la
mala ¿Schindler ayudaba con algún mango ahorrado a que Beethoven tuviera un pan
para llevarse a la boca o un remedio para aliviar la enfermedad? ¿Por qué no
hace más que repetir lo escrito en la biografía de Beethoven cuando Catalina y
Gertie le echan en cara el error en las fechas que acaban de descubrir? ¿Fue un
error de atolondrado o se traía algo bajo el poncho?
Anton Diabelli ¿es un comerciante
descarado que escribió un vals para hacer plata o cree haber escrito algo
bueno? ¿Por qué tiene tanto apuro en que Beethoven le entregue las variaciones
y después ninguno? ¿Por qué no reacciona cuando le dicen que escribió una
composición mediocre? ¿Por qué se ofende cuando descubre que las variaciones se
apartan del original y en una escena posterior le encantan?
Beethoven era un genio, eso nadie lo
discute, pero ¿era un loco, un santo, un idealista o un boludo a pedal?
Estas, y unas cuantas preguntas más,
podrían contestarse si el autor hubiera escrito una obra de teatro, pero cómo
sólo escribió un relato teatral, son cuestiones que le parecen irrelevantes
porque exclusivamente le interesa que la historia avance. Y la historia avanza
a través del deterioro físico de Catalina quien primero tiene inutilizado un
brazo, después anda con bastón y termina en silla de ruedas sin perder jamás el
buen humor porque (y hete aquí la moraleja de la historia) una obsesión
avasalladora puede ayudar a que la gente muera bien.
Aunque el esquema de las escenas es
mecánico y repetitivo, no todo es torpeza, hay momentos muy logrados. Como la
primera cita en un concierto de Clara y David, resuelta con el truco inventado
por O’Neill en Extraño interludio
(casualmente la obra anterior que hizo
en Broadway Jane Fonda), mismo recurso que fuera inolvidablemente explotado en
cine en John and Mary de Peter Yates,
con los jóvenes por entonces Dustin Hoffman y Mia Farrow. O la escena en la
cafetería en la que Gertie propone hallarle a Catalina un masajista que también
le haga el amor para escándalo de David. O la metateatralidad de la voz en off
de la azafata cuando Catalina está por aterrizar en Bonn. O la buena réplica de
Beethoven cuando se le presenta a Catalina. ¿Usted?, le dice Catalina. A lo que
Beethoven responde: ¿Qué, hubiera preferido a Tchaikovski? Variación del
cordobesísimo: No, si vua se Tchaikovski.
Sin embargo, más allá de todos los
peros, el espectáculo es seductor y hasta fascinante debido principalmente a la
presencia en escena de un eximio pianista (Natalio González Petrich) que
ejecuta casi permanentemente música de Beethoven. Además claro de la hermosa
puesta de la talentosísima Helena Tritek, que concertó magistralmente
escenografía, luces, movimientos y hasta pasos de baile. Y por supuesto de un
elenco soñado que se entrega sin reservas.
Marilú Marini despliega su elegante
ductilidad y como Alfredo Alcón en Filosofía
de vida, que se ofreció en esa misma sala, se divierte a lo grande paseando
en silla de ruedas con motorcito. Lito Cruz hace gala de su histrionismo y
revolea su capa y su amplia bata con gusto. Malena Solda conmueve con su
sensibilidad y plasticidad. Los demás no tienen mucho para hacer, pero lo hacen
con brío. Gaby Ferrero, Alejo Ortiz y
Rodolfo de Souza ensayan caracterizaciones y Francisco Donovan defiende
su galán.
O
sea, una directora y un elenco inspirado te vuelven viable hasta una no-obra.jueves, 14 de noviembre de 2013
Presente del indicativo
Tomé unas cuantas decisiones
equivocadas, pero no me culpo ni me castigo porque quizá fueron las mejores que
pude tomar dadas las circunstancias de cada encrucijada en la que me hallé. De
todos modos la realidad que me fabriqué dista de la que imaginé. De allí que
insista en la preeminencia de sobrevivir. A como dé lugar para disfrutar de los
recreos que pueda permitirme. A lo que voy es…. a algo que ya expresó en letra
y música mi amigo Stephen Sondheim incomparablemente. Ahí va: (primero subtitulado en español y después en inglés, enjoy!)
jueves, 7 de noviembre de 2013
Secuencia
La gente de la costa (¿los operadores
turísticos?, ¿los intendentes?, no sé, no presté atención, mi mente como
siempre está perdida en algún dilema existencial irresoluto) pide que las
clases comiencen en marzo. Contra toda esperanza mi corazón va con ellos.
Días después, Sileoni, el ministro
nacional de educación, explica que es imposible que las clases empiecen en
marzo porque deben alcanzarse los 190 días del último decreto (el último
decreto que pasé contigo / quisiera olvidarlo pero no he podido) y como la
educación está en crisis (el eufemismo del siglo) los chicos necesitan todos
los días de clases posibles (mirá vos). Cualquier portero sabe lo que necesitan
los chicos para educarse, lástima que los ministros prefieran los asesores
pedagógicos, personas que saben todas las respuestas sin haber pisado un aula
en su vida desde que salieron de la salita rosa.
Lunes a la tarde, sudo frío, me
tiemblan las manos, el corazón me late más fuerte que la batería de Phil
Collins, estoy llegando a una escuela en la que debo dar clase de dos horas
reloj a adolescentes que se resisten a aprender nada. Menos llevar señoritas
para que hagan el baile del caño, mariachis que canten en inglés, disfrazarme
de payaso o balancearme en un trapecio, lo intenté todo sin ningún resultado.
Llego y le digo a la preceptora que esta tarde quizá renuncie, que no los
aguanto más. Si le sirve de consuelo, me dice, los del otro primero son peores.
No me sirve de consuelo, pero logro navegar la frustración y el ataque de
pánico y no renuncio. La educación es para los hombres y mujeres de coraje.
Todavía no nos estamos yendo, falta
lo peor para llegar a las vacaciones y ya sabemos que las clases del año
próximo comenzarán el 26 de febrero y que el 11 de dicho mes tengo la primera
mesa de examen. Las vacaciones docentes no son vacaciones, son sólo días de
libertad condicional.
Leo las notificaciones pegadas al
pizarrón de entrada de una de mis escuelas. Me entero que de haber asueto
administrativo, las mesas del día 23 de diciembre pasarán para el 27 de
diciembre. Inglés, por supuesto, se rinde el 23. Reiría si tuviera aliento,
lloraría si tuviera lágrimas, putearía si no estuviera tan cansado o resignado.
Entro a mi aula y digo hola, nadie me contesta, los alumnos están tan hartos o
resignados como yo. Paso lista y comienzo la clase. A enseñar se ha dicho.
Perdón. A sobrevivir se ha dicho.
(Termino estas palabras, entro a los diarios y descubro que en la provincia las
clases comenzarán el 5 de marzo, no será la panacea ni un Abate Faria con un
mapa del tesoro, pero ¿vieron? sólo se trata de sobrevivir)
viernes, 1 de noviembre de 2013
Bajo el ala del ángel
El teatro puede ser un ritual
milagroso. El texto es el mismo, el elenco es el mismo, los técnicos son los
mismos y ninguna función es igual. Algunas se deslizan como sobre aceite, otras
andan a los tumbos como sobre camino pedregoso y otras van de desastre en
desastre y terminan porque todo termina. Y hay otras en que por una rara
combinación astral o por la decantación aritmética del azar, todos los
componentes del ritual se alinean, la representación se trasciende a sí misma,
y aunque la repartición de roles entre actores y público persiste, volvemos por
un rato al origen del teatro en que todos éramos oficiantes, un actor inicia un
gesto que es leído al instante por el público, el público determina el ritmo al
que debe ir la representación y el milagro se vuelve asequible, comprensible,
remontable.
Era un día poco propicio para el
milagro, 27 de octubre, domingo de elecciones. Sólo medio teatro lleno, un día
a contrapelo. Sin embargo, la función de Vale
todo (Anything goes) de Cole
Porter de tan luminosa se volvió portentosa. Tengo autoridad para decirlo, era
la tercera o la cuarta función de este espectáculo a la que asistía. En otra
entrada de este blog ya hablé de las cortedades del entramado textual y de las
limitaciones de la versión, pero la función del 27 habitó la hazaña. 35
actores, cantantes y bailarines, más una docena de músicos, más no sé cuántos
técnicos, más sabrá Dios cuántos espectadores se contagiaron del duende, del
ángel o del secreto de la magia y dimos una función extraordinaria. Después de
3 o 4 asistencias, sé cada chiste, cada gag, no obstante me reía no como la
primera vez, más aún porque la ejecución provenía de la mezcla perfecta de
ensayo y dominio de cada resorte de la
obra. Nadie desafinó irremediablemente, ningún bailarín entró a
destiempo desvergonzadamente, ningún actor se desconcentró ostensiblemente, no
hubo risas discordantes ni aplausos atrasados, hasta el único bebé presente
emitió en la pausa ideal un sonido audible que le dio el pie a Martín Salazar para un gag. Angelados
estábamos. (El único lunar fue que los anteojos de Catarineu se negaron a
resbalarse en el gag del sombrero con Pinti).
Cuando terminó, la platea se puso de
pie, no para agradecer lo dado, sino para estar como el elenco en el escenario,
parados todos, porque sin saberlo, (es imposible vivir el prodigio y ser
consciente del mismo), nos celebrábamos.
Si
creen que deliro, que mi amor por cada
una de las notas de una de las partituras más bellas jamás escritas para el
teatro musical me obnubila, pregúntenle a mi sobrina que me acompañaba o a
cualquiera de las otras personas que tuvieron la suerte de asistir a esa
función sublime.
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