jueves, 10 de abril de 2014

Estado de gracia


Poisonous love (Amor venenoso) es una canción de Río 2, en la que Gaby (Kristin Chenoweth, en la versión original), una ranita venenosa expresa la imposibilidad de concretar su amor con el pajarraco Nigel (Jemaine Clement, también en el original, claro). Fue compuesta por John Powell y tiene dos partes discernibles. En la primera se sigue la impronta Kurt Weill y en la segunda el molde Puccini. En realidad procura seguir el modelo de Lloyd Webber para El fantasma de la Ópera, pero como bien dijo un crítico, la partitura de El fantasma es un “music box Puccini” (un Puccini de caja musical), o sea un Puccini devaluado, y ya que aquí, Powell supera el modelo, lo remito directamente al mismísimo Puccini. Fue escrita especialmente para Kristin Chenoweth, una Broadway Baby, que vive en estado de gracia. Su sentido del humor es tan inmenso como su capacidad vocal. A las pruebas me remito…

miércoles, 2 de abril de 2014

Doce casas




Me deliran las actrices y las buenas, ni les digo. Esperaba el estreno de Doce casas con la expectación con que otros esperan, no sé, un clásico de fútbol, la polla de potrancas o el concierto de su banda favorita. Que Leonor Manso, Rita Cortese, Cristina Banegas, Tina Serrano, María Onetto, Julieta Zylberberg, Susu Pecoraro, Aylín Salas, Verónica Llinás, Alejandra Flechner, Julia Calvo, entre otras magníficas, fueran a habitar y respirar textos de Santiago Loza (que se ganó mi admiración fiel con ese hermosísimo monodrama Nada del amor me produce envidia) acrecentaba la urgencia. Sé que no es aconsejable alentar tanta ansiedad, que es el camino más veloz a otra desilusión, aunque esta vez había un reaseguro, el inconmensurable talento de las mencionadas, quienes hasta en sus peores noches vuelven la cita ineludible.


Son doce historias, cada una de ellas dividida en cuatro capítulos de media hora. El hilo que las une es la visita de una imagen de la Virgen a cada casa.


Antes del estreno, Loza en un reportaje, adelantaba lo siguiente: "Las historias se desarrollan en un pueblo pequeño en la década del 80, con el final de la dictadura como telón de fondo. Fue la época en la que la televisión pasó del blanco y negro al color. Rescatan una estética, un imaginario y unos referentes culturales importantes para los que hoy andamos por los 40 años: películas como Flashdance y programas como los de Gasalla y Juana Molina de aquellos días. Es una propuesta alternativa desde lo visual y también desde la formación del elenco.” (…) “Me parece que en este ciclo se va a ver algo más cercano a mi teatro que a mi cine. Todo el proyecto tiene algo de experimento, pero no porque sea algo críptico. En realidad, son situaciones muy cotidianas que ocurren íntegramente en interiores, en casas de clase media de un pueblo chiquito. Pero tienen una estética de clase media que no se ve en la tele de hoy, donde todo parece de diseño. Tienen humor, sensibilidad y un clima de melodrama."(…) “Nos pareció interesante la idea de trabajar todo en estudios y dialogar con un tipo de televisión que yo vi mucho durante la primavera alfonsinista.”


Esto último está muy logrado y es el primer y único escollo a superar. El programa dialoga con Situación límite de Alejandro Doria, por ejemplo, y la verdad, uno está desacostumbrado a esa quietud de planos, a ese parsimonioso desarrollo de personajes  y conflictos, a esa minuciosa creación de tensiones, a esa concentración de climas narrativos. Pero sobrepasada esa desazón inicial, una vez decodificado el estilo en que la historia se desarrollará, el resto es puro placer.


Esta semana es el turno de La historia de Lidia y Ester. Lidia (Marilú Marini) y Ester (Claudia Lapacó) son dos hermanas mayores y solteras que tienen una mercería. La llegada de un sobrino, Claudio Tolcachir, introducirá una fisura en una relación que creían monolítica.


Verlas a Marilú Marini y Claudia Lapacó desplegar su arte es un banquete, gozoso como pocos. Tolcachir también está muy bien, pero como el eje pasa por Marini-Lapacó son ellas, las que en principal medida, llevan el histrionismo, lisa y llanamente, a pináculos de gloria. Sólo el ditirambo más desatado puede dar una idea de lo que logran. Si como yo son degustadores de grandes actuaciones, no pueden dejar pasar esta oportunidad única.
 
Doce casas va de lunes a jueves a las 22:30 por Canal 7

viernes, 28 de marzo de 2014

Shakespeare va al Oeste




En la segunda mitad del siglo XX, Shakespeare, en particular, y la Ópera también,  experimentaron, con estoicismo o éxito, adaptaciones, actualizaciones, trasposiciones temporo-espaciales. ¿Por qué hacer transcurrir las obras de Shakespeare en el siglo XVI (o cuando sea que transcurran originalmente) cuando podemos trasladarlas a cualquiera de los siglos que vinieron después? ¿Por qué Romeo y Julieta deben siempre amarse en Verona cuando pueden hacerlo en Jamaica, Los Ángeles o la India? ¿Por qué arrinconar siempre a la Norma de Bellini entre druidas y romanos cuando podemos hacerla sufrir con gusto en la Italia fascista con coros que comen pizzas? No vean crítica en lo que antecede, ni por un instante crean que me he vuelto (¡Dios no lo permita!) tradicionalista o conservador, no, (Vive la liberté!) sólo menciono ejemplos.


Entre los tantos tiempos y lugares a los que fue a parar Shakespeare figura nada más ni nada menos que el Far West o sea el viejo y querido Lejano Oeste.


Esto viene a cuento porque en un foro privado en el que los adscriptos nos intercambiamos películas, alguien sube King of Texas (de Uli Edel, 2002) que no es sino una versión vaquera de Rey Lear protagonizada por el grande entre los grandes, Patrick Stewart, acompañado por Marcia Gay Harden, Lauren Holly y Julie Cox como las hijas (las dos primeras, como corresponde, muy ambiciosas y la última, dulce y cariñosa) y por Colm Meaney, Patrick Bergin y Steven Bauer como sus consortes o pretendientes, David Alan Grier como el bufón, y por el recordado Roy Scheider, Matt Letscher y Liam Waite en la subtrama paralela del otro padre y sus hijos, malo y bueno respectivamente. Más allá de simplificaciones inevitables (la obra dura unas tres horas y monedas, y la película, un telefilm en realidad, una hora y media), precisiones innecesarias (se insiste demasiado en las batallas de El Álamo y de San Jacinto) y atenuación del espíritu trágico (lógicamente grandioso en un escenario y con razón amenguado para la intimidad de la cámara), la cosa funciona bien. Sobre todo por el compromiso y la sapiencia de Sir Patrick. El rey, en este caso un terrateniente, a cambio de un halago a su vanidad, sigue dividiendo sus comarcas con consecuencias desastrosas; tarde se dará cuenta de su estupidez, sufrirá una locura temporaria y la razón le volverá para ser consciente por última vez de su gigantesco error. En resumen, una versión válida de este triste cuento de padres miopes que no saben distinguir los hijos nobles de los otros que lo son poco o nada.


Un par de días después, en el citado foro, alguien escribe: “Tengo algo mejor” y sube Johnny Hamlet. ¡Una versión de Hamlet en spaghetti western! Es de 1968, se llamó originalmente Quella sporca storia nel west y la dirigió uno de los directores favoritos de Quentin Tarantino: Enzo G. Castellari, el de los Inglorious Bastards (Quel maledetto treno blindato, 1978) originales que él homenajeó. Aquí la cosa está un poco cambiada, y bueno, en el Oeste en el que por cualquier pavada humea el revólver, Hamlet no puede andar dudando mucho. De todos modos, con buena voluntad, el argumento se reconoce, aunque no es lo importante. Lo que cuenta es el liberador y libertario delirio con el que se acomete la tragedia del “noble príncipe”. Entre sus muchas virtudes (confieso que faltarle el respeto a Hamlet es uno de mis deportes favoritos) deliré con los nombres: Hamlet pasó a ser Johnny Hamilton (obsérvese la sutileza del símil), Horace siguió siendo Horacio, Claudius pasó a ser Claude a secas, Gertrude es ahora Gertry (¡qué tierno!), Polonius es Polonio (como se lo conoce también en español) y aquí es ¡el sheriff!, Ophelia es Ofelia “as usual”, pero no tan “comme d'habitude”, no se suicida sino que ¡la mata Claudio acusándolo a Hamlet, perdón, a Johnny (Hamilton, of course!), Rosencrantz y Guildenstern son ahora Ross y Guild ¡dos pistoleros sanguinarios al servicio de Claudio! Y como estamos en un western, el incidental sepulturero de Shakespeare pasa a tener un rol fundamental. Un tal Andrea Giordana (rebautizado Chip Corman para el público anglosajón) es Johnny Hamlet, perdón, Hamilton, un buenmocito de ojos verdes (en el spaghetti western casi nadie tiene ojos oscuros), este señor sigue en carrera hasta hoy y parece que aprendió a actuar porque interpretó después personajes que se le dan generalmente a los buenos actores, como Herodes en una historia de la Virgen María y el conde Rostov de La guerra y la paz dovstoievskiena. La curiosidad es que el rol de Horacio es cubierto por Luis Antonio Dámaso de Alonso, “Amigo” de sobrenombre, o sea bigotín de oro Gilbert Roland, hombre de múltiples carreras, pasó de extra a Ídolo de Matinée en el cine mudo, fue Latin Lover en las comedias parlantes de los años treinta, después bandido mexicano en películas B, buen actor de reparto en películas súper A, e hizo su canto del cisne en Cinecittà. Murió sin poder cumplir su sueño de interpretar a Salvador Dalí en una biopic, no lo lamentó demasiado, fue un hombre tan viril como feliz. Ah, en esta versión Hamlet queda vivo y se va con Horacio, cualquier parecido con Casablanca es pura coincidencia.


¡Y pensar que hace algunos años yo me creí muy vivo escribiendo una continuación de la tragedia shakesperiana en clave de comedia de acción que llamé Hamlet 2! (Una vez más derrotado por la poesía). (Perdón por la autoreferencialidad, yo también tengo mi pasado, qué joder).

sábado, 22 de marzo de 2014

Efemérides propias


 

Por una broma tonta con mi hermano, me entero de que en un día como hoy, 22 de marzo, nacieron dos de los hombres que más quiero y admiro: Nino Manfredi y Stephen Sondheim. Nino ya no está con nosotros aunque vive en el recuerdo imperecedero de todos los que nos emocionamos y reímos con él, actor de raza y con mil caras, que en algún momento decidió dirigir y nos legó un par de maravillas: Por gracia recibida (1971) y Desnudo de mujer (1981). En la foto se lo ve en una de sus actuaciones más recordadas, la de Feos, sucios y malos (Ettore Scola, 1976). En el video se lo oye cantar y tal como dice la canción “puede que la voz no sea mucha pero es entonada”, no obstante canta como los actores “quizá no a plena voz pero con el alma en paz”. Cuando en los años mozos estudiaba teatro, mis compañeros querían ser James Dean o Marlon Brando, yo no, Dios me perdone el atrevimiento, yo quería ser Nino Manfredi, Marcello Mastroianni o Fernando Fernán Gómez. 

Stephen Sondheim comenzó como letrista de musicales (West Side Story, música de Leonard Bernstein, Gypsy, música de Jule Styne, Do I hear a waltz? música de Richard Rodgers) después aparte de la letra compuso la música. Su primera incursión fue una auténtica comedia musical, gozosa como pocas: Algo gracioso sucedió camino del foro, pero revolucionaría el género con dramas y comedias más amargas: Follies, Company, A little night music, Merrily we roll along, Sweeney Todd, Sunday in the park with George, Passion. En el video se ve la versión de la canción final de Sunday in the park with George en la celebración de su cumpleaños número 80, todos los actores cantantes de las producciones de Broadway que estaban en cartel en ese momento se unen para esta interpretación, sentado en la platea Stephen lucha por manejar la emoción. En la obra original, todos los integrantes del cuadro “Un dimanche après-midi à l'Île de la Grande Jatte” de Georges Seurat celebran la pintura a la que pertenecen y afirman que una obra de arte es para siempre. ¡Felices rejóvenes 84, Stephen!

miércoles, 19 de marzo de 2014

Marcha


Me tomé el día libre en el kiosco de las traducciones, no fuera cosa que entrara una en la mitad del evento. De todos modos nada los detiene si se trata de joder. Cuando volví de pasear a su majestad Perrito, llegó la actualización de una con la que trabajé el fin de semana, por suerte se trataba de corregir un par de palabras. Lo hice, la mandé,  me abrigué un poco, algo de lo que después me arrepentí y salí. El día pintaba gris y a la madrugada había llovido. Por raras asociaciones que ya no me cuestionó, resolví que era un día ideal para escuchar la Obertura 1812 de Tchaikovski, la seleccioné en el telefonito, me puse los auriculares y apreté inicio. Caminé hasta la plaza Olazábal de donde se saldría. En 8 y 39 me quité los auriculares y apagué el celular. Me dirigí al centro de la plaza, sobre 7. Eran como las 10 y 10. Me encontré con un colega, lo que fue providencial, ya que la marcha tardó en arrancar. Es un excelente profesor de historia, didáctico y con mucho humor, así que su charla es amena e iluminadora. Avezado en política y con opiniones bien fundadas, llenó unas cuantas lagunas, que en mí siempre corren el riesgo de convertirse en océanos, sobre procesos políticos y movimientos históricos más o menos recientes. Le comenté que me sorprendía que la huelga se hubiera endurecido y extendido tanto tiempo, me contestó que no le pasaba lo mismo, que se venía venir, que la paritaria del año pasado se había cerrado en desventaja para nosotros y que este año pretendían hacer lo mismo, y al ver que no se podía, la impericia de la administración actual, en vez de flexibilizar el tema, lo había empujado a un punto muerto, que no dejaba más remedio que un paro por tiempo indeterminado. Seguíamos en la vereda, a nuestro alrededor circulaba cada vez más gente y las columnas que ocupaban la calle se engrosaban. Al rato cayó un conocido suyo que enriqueció y coloreó más la conversación, tampoco le faltaba humor, virtud que siempre aprecio. No digo que la charla hiciera que el tiempo volara, pero al menos lograba que fluyera. Cerca de las 12 la marcha comenzó. El colega dijo que en vez de sumarse a los que se agrupaban en columnas, prefería acompañar la marcha por la vereda (su conocido momentos antes se había reunido con amigos de una agrupación), propuse acompañarlo y aceptó. Nunca había hecho eso, a las otras marchas que asistí, busqué conocidos y caminé con ellos. Participar adelantándote por el costado te permite verla en toda su magnificencia, y ésta se mostraba pulposa, generosa. Mientras esperábamos en la plaza Olazábal, supe que sería multitudinaria, no porque me empujara cada vez más gente, sino porque veía caras que no asistirían a una manifestación contra la pena de muerte incluso si las primeras víctimas fueran ellos mismos. La vanguardia no comenzaba en la plaza sino casi un par de cuadras antes. Toda marcha tiene su logística y liturgia, y ésta, como se sabía, poderosa, elegía desplegarse en todo su esplendor.  Nos adelantamos un par de cuadras y llegamos a Plaza Italia para esperarla (en realidad huíamos de las voces chillonas, muy amplificadas, de las maestras de ceremonia, locomotoras imparables que encabezaban la caminata). En mitad de la plaza Italia, nos encontramos con otra colega recientemente jubilada. Conversamos entre los tres mientras el bullicio lo permitía, después dejé que charlaran entre ellos prácticamente a los gritos y me puse a disfrutar de lo que veía. No tengo cabeza de cineasta, no me atrevo, constriñó mi imaginación a los límites de un escenario teatral, pero juro que esta vez ansiaba tener una cámara para captar la soberbia belleza que se desplegaba. La vanguardia llegaba ya a 7 y 45, la retaguardia estaba lejos y el río de gente llenaba la avenida que ciñe la redondez de la plaza. Desde donde estaba, la panorámica era perfecta, la mitad de un círculo pletórico de personas bullentes, vocingleras, henchidas. Nada hay más hermoso que tener razón, y celebrarlo encima, defendíamos el baluarte irrenunciable, la más radiante de todas nuestras joyas: la educación pública. Mis colegas me sacaron del ensueño y sugirieron que siguiéramos andando. Caminamos, acompañando primero la marcha, superándola después para detenernos a esperarla en Plaza San Martín. Estábamos sobre 7, frente al viejo bar El Parlamento. De algunos balcones, unas señoras saludaban blandiendo banderas y otras tiraban papelitos. Por perrero y pulgoso, me detuve en un detalle que sin duda quedaría en el montaje final de mi película: los perros callejeros del centro, a los que esquivan siempre los apurados transeúntes, aprovechaban la falta de autos y la marea humana para refregarse y robar un poco de afecto a los manifestantes, no le labraban a los bombos y redoblantes, los tomaban como la música que acompañaría siempre el recuerdo del día en que hicieron acopio de caricias para compensar un poco el desamparo cotidiano. Las majestuosas y variopintas columnas comenzaron a llenar la plaza. Vendrían los discursos, los aplausos, el himno, fin de fiesta. Una marcha, aunque sea de protesta, siempre tiene alma de festejo. Y sí, separados nos pisamos las tristezas, mancomunados nos hermanamos en el fervor, que nos dure, que nunca nos falten las ganas de seguir, de insistir.