viernes, 1 de abril de 2022

Fantasma d'amore


 

Me dispongo a hacerme una retrospectiva de Dino Risi. Comienzo por Fantasma d’amore (1981), que vi cerca de su estreno y que me gustó, aunque no volví a ver desde entonces. En aquellos tiempos las historias de viejos o de mayorcitos eran datos, ahora, claro, me interpelan de otra manera, son una referencia directa.

 

Nino Monti (Marcello Mastroianni) un juez de paz, sino felizmente al menos pacíficamente casado, de mediana edad (Mastroianni andaba por los 56 en la vida real) decide un día cualquiera tomarse un bus para ir a trabajar. En la parada siguiente sube una mujer vieja (Romy Schneider) sin un billete ni monedas acordes para la máquina expendedora de boletos, Nino le da una moneda y ella insiste en que se la devolverá. Al día siguiente recibe en su trabajo una llamada de la mujer vieja, que insiste en devolverle el importe del viaje y que termina por presentarse, dice ser Anna Brigatti, con quien tuvieron en los años mozos un apasionado romance. Los recuerdos se amontonarán en la memoria de Nino y le devolverán una historia que creía superada y olvidada. Comenzará a revisitar lugares significativos y la mujer se le reaparecerá en distintos estados de salud, bienestar económico y edad. Algo extraño, pero por llamarse la película como se llama no tanto.

 

Romy Schneider, espléndida en sus cuarenta y pocos, fascina en este misterioso personaje. Mastroianni, sencillamente extraordinario, como siempre, no solo protagoniza sino que narra en off con su voz profunda y bella las singularidades de la historia. Y Dino Risi, con suma habilidad y elegancia, crea una atmósfera inquietante sin exageraciones ni acentuados obvios (señalar lo que no hay puede parecer tonto, pero si se lo menciona es por los muchos subrayados y obviedades con que hoy se narran estas historias que deben pretenderse sutiles). Sobre el final, hay una sorpresiva vuelta de tuerca, que racionaliza lo contado, pero que no es un quiebre por la delicadeza con que Risi manejó la narración.

 

Pero, a pesar de todas las bondades del talento de Dino Risi, es la pareja protagónica la que garantiza los placeres cinematográficos. Schneider (que moriría al año siguiente sin que se sepa todavía la causa fehaciente, la creencia establecida dice que se suicidó por ingesta de barbitúricos, algo que no contradice el escueto certificado de defunción por paro cardíaco, y no, no hubo autopsia dilucidadora) es como dice el título de la obra de Ibsen, Madera de reyes. Y Mastroianni, se sabe, fue un rey del cine si los hay o hubo. Por lo tanto este Fantasma de amor es un entretenimiento adulto regio de toda realeza.

Gustavo Monteros

viernes, 4 de marzo de 2022

Curiosidades Atendidas 01

Muchos me preguntan qué películas, series, shows, obras, etc, veo. Confieso que responder me da un poco de pudor, ¡veo cada cosa! Soy propenso a placeres culpables. Solo en materiales audiovisuales o auditivos, aclaro. 


Hasta el próximo, buh, cuando Amazon Prime Video suba los dos últimos episodios de la penúltima temporada, mis viernes no se apaciguan hasta que no haya visto mi cuota semanal de The Marvelous Mrs. Maisel, ficción que eleva mis niveles de endorfinas. 




 Por la tarde, terminaré de ver Seven Sweethearts, incidentes cotidianos impidieron que la viera completa el fin de semana pasado.


Y esta noche, veré en Amazon Prime Video, una de las últimas con Robert De Niro, The Comeback Trail. Es todo por ahora. Durante la semana juntaré coraje para decidir si les cuento qué veo cada día. No prometo nada. ¡Buen descanso!

Gustavo Monteros

jueves, 2 de diciembre de 2021

Apartment Zero


 

El cinéfilo siempre tiene algo para ver. Aquel film que al final no llegó a ver. Aquel otro que siempre lo elude. Aquel que le falta para completar la filmografía de tal o cual director que le interesa en particular.

 

O como en mi caso, aquel film que cree que no ha visto y en realidad sí. Nada más caprichoso que la memoria que hace sus malabares a su antojo y que deja caer los objetos que tiene en el aire cuando menos se espera. En esto de no recordar cosas que se han visto, contribuye también y no poco la obsesión. Para el no cinéfilo no haber visto el cuarto Fellini, lo tiene muy sin cuidado, sigue su vida sin alteraciones y si despierta en medio de la noche, el recuerdo de no haber visto el cuarto Fellini no figura ni remotamente en lo que puede desvelarlo. Pero el cinéfilo es un desequilibrado y cualquier ocasión es buena para pasar revista de lo que le falta ver. A veces las hadas del azar lo premian y ponen el cuarto Fellini en su camino. El cinéfilo que soy lo ve, pero no le hace mella porque es un film menor que se olvida fácil (Esto del cuarto Fellini es a título de ejemplo, recalco porque en realidad el cuarto Fellini es un episodio de Amor en la ciudad (L’amore in città, 1953) titulado Agenzia matrimoniale, en este film ómnibus, hay también cortos o medio metrajes de Michelangelo Antonioni, Alberto Lattuada, Carlo Lizzari, Francesco Maselli, Dino Risi y Cesare Zavattini y ¡no recuerdo haberlo visto!) Retomo, a lo que voy es que el cinéfilo, yo en este caso, he visto el cuarto Fellini, pero no hay registro indeleble en la memoria. De ahí que pasado el tiempo e innumerables filmes después, a la primera noche desvelada vuelva a aparecer en la lista de los filmes no vistos, el bendito cuarto Fellini. La obsesión se impone porque es más dulce recordar no haberlo visto que rememorar el desencanto que significó.

 

En los tiempos del auge del videocassette vi Apartment zero (Martin Donovan, 1988) y por motivos que no me conviene indagar o profundizar lo olvidé. Aquí se la rebautizó Conviviendo con la muerte y fue duramente criticada en el momento de su estreno. Sin embargo, espectadores fieles (o más fieles que yo al menos) no la olvidaron y lograron vencer al tiempo y la desmemoria abrevando en sus particularidades y no en sus supuestos despropósitos. La crítica corta todo con la misma tijera, y a menos que el film que ve lo tome del cuello y lo obligue a reconocer sus particularidades, el pobre crítico miope semanal emite su juicio según los principios predeterminados que maneja.

 

En el caso de Apartment Zero, un thriller de autor, primera curiosidad, se lo desestimó por no cumplir con las puntos básicos de lo que debe ser un thriller. La acción transcurre en Buenos Aires en 1986 u 87. Adrian LeDuc (un jovencísimo Colin Firth, el hombre nació en 1960) es un cinéfilo (¡!) que regentea un cine arte de barrio o periférico por lo que se ve (otra curiosidad a tener en cuenta). No es su principal fuente de ingresos, menos mal porque los espectadores de cada función se cuentan con los dedos de una mano. Es dueño también de un edificio señorial en franco deterioro. Un ex palacio o petit hotel transformado en casa de departamentos. En la planta baja, quizá portería, está una pareja mayor, el señor Palma (Miguel Ligero) y la Sra. Treniev (Cipe Lincovsky) que uno sospecha que es ex actriz porque siempre va vestida como para el escenario. En los pisos superiores se reparten dos ancianas inglesas náufragas, las hermanas McKinney, Margaret (Dora Bryan) y Mary Louise (Liz Smith), una vino a casarse, la otra a acompañarla, la casamentera se casó, pero enviudó al poco tiempo y por motivos que no se develan, ya no regresaron a su patria de origen. Un matrimonio italiano, a pesar de su apellido (Warpachowsky) Laura (Mirella D’Angelo) y Alberto (Juan Vitali). La ambigua Vanessa (James Telfer). Y last but not least, un argentino de pura cepa, Carlos Sánchez Verne, interpretado por el italianísmo Fabrizio Bentivoglio de unos treinta años por entonces, en pleno apogeo de su galanura, el hombre se convertiría en un actor de fuste con los años y la pérdida consecuente de su donosura. A este personaje le gustan las mujeres tanto como respirar, pero si le son esquivas, no anda con pruritos si otro hombre se ofrece a poblar por una noche su amplia cama.

 

Adrian (el joven Colin Firth, que por convertirse después en superestrella contribuyó a que este film fuera de culto) es lo que llamamos brutalmente un “aparato”. Tiene solo una amiga, Claudia (Francesca d’Aloja) víctima directa o indirecta, no queda del todo claro, de la dictadura militar que asoló la Argentina entre 1976 y 1983 y su madre (Elvia Andreoli, que debió haberlo tenido en otra vida, porque la señora había nacido en 1950) está internada en una clínica psiquiátrica con lo que parece un Alzheimer incipiente que se vuelve pronto galopante. Por los gastos que la internación le ocasiona y para fortalecer sus ingresos y de paso mitigar su aislamiento, Adrian decide alquilar el cuarto que su madre dejó libre.

 

De entre los singulares aspirantes que se presentan opta por Jack Carney (Hart Bochner) por dos motivos principales, es yanqui (a Adrian le gusta hablar en inglés a pesar de ser argentino porque se crió y estudió en Inglaterra mientras vivió su padre, un diplomático de carrera) y porque es más de buen ver que las cataratas del Uguazú y Adrian, aunque no lo sepa o no lo quera admitir, es más gay que el David de Buonarotti.

 

Jack usufructuará la latente homosexualidad de Adrian y se congraciará de un modo u otro con todos los otros inquilinos del joven. Detrás, en el trasfondo primero, más en primer plano después, hay un asesino en serie que acumula víctimas de ambos sexos. ¿Se tratará del misterioso Jack o del reprimido Adrian?

 

El director Martin Donovan es argentino. Su verdadero nombre es Carlos Enrique Varela y Peralta Ramos y sí, su tatarabuelo fue Patricio Peralta Ramos, el fundador de Mar del Plata. De adolescente viajó a Europa y ya no volvió. Trabajo como asistente de Luchino Visconti e integró una compañía teatral en Inglaterra y en cine colaboró también con los directores Peter Brook, John Schelesinger y Vittorio De Sica.

 

Apartment Zero es su segunda película y hasta la fecha la más destacada de su carrera como director. Se rodó por completo en la ciudad de Buenos Aires y su resolución dialoga con La historia oficial (Luis Puenzo, 1985). En ambos filmes la dictadura es un pasado ominoso que repercute trágicamente en el presente, ojo la película de Donovan ni por asomo se acerca a las honduras de la de Puenzo, en realidad su referencia a lo que se llamó la “mano de obra desocupada” la acerca más a En retirada (Juan Carlos Desanzo, 1984)

 

Este Apartment Zero que como dijimos fue vilipendiado en su estreno al ser redescubierta fue emparentada con trabajos de Joseph Losey (por ejemplo, The servant / El sirviente, 1963) o de Roman Polasnki (en especial Repulsión, 1965, o Le locataire / El inquilino, 1976) Pero para nosotros por esto de encierros en ambientes señoriales decadentes que circundan un despeñamiento en la locura nos remite a algunos títulos emblemáticos de la dupla Beatriz Guido (guionista) Leopoldo Torre Nilsson (director) en especial La casa del ángel, 1957, La caída, 1959, La mano en la trampa, 1961 o Piedra libre, 1976.

 

En el elenco completo se hallan nombres que alcanzarían fama, están en pequeños roles que van de ser prácticamente extras (Germán Palacios, Luis Romero, Inés Estévez) a personajes de alguna relevancia (Max Berliner, Gabriel Corrado, Federico D’Elía) Y se agradece la inclusión de Marikena Monti que en buena forma hace un Cambalache destacable.

 

La siguiente película que hará Colin Firth (Valmont, Milos Forman, 1989) será el primer sólido peldaño que cimentará su proyección mundial.

 

Quién sabe si Apartment Zero hubiera sido rescatada sin su participación en el protagónico, aunque dicen que es sin duda el mejor trabajo de su coprotagonista, Hart Bochner, galán fotogénico al que según parece, no lo conozco mucho, nunca le pidieron más que su apostura y profesionalidad.

 

Ahora bien, ¿por qué esta película fue rescatada? Porque tiene un código propio, una extrañeza inherente, todos los personajes y las situaciones en las que están inmersos están corridos de lo que se considera “real” o “creíble”, sin embargo las caracterizaciones y sus accionares van adquiriendo una “lógica” que remite a lo que aceptamos como thrillers psicológicos sin serlo del todo. Esa “rareza” hace que el film respire en sus propios términos, acercándose a géneros catalogados sin arraigarse o posicionarse del todo.

 

El director Donovan coescribió el guión con David Koepp. Ambos algunos pocos años después habrían de escribir el guión de Death becomes her / La muerte le sienta bien (Robert Zemeckis, 1992), reaseguro de ganarse un lugar en la historia del cine. Si no se los da Apartment Zero, el film de Zemeckis con Meryl, Bruce y Goldie se los garantiza con firmeza.

Gustavo Monteros

Apartment Zero puede verse en YouTube

jueves, 22 de abril de 2021

Two Distant Strangers - Feeling Through



 

Dejé de ver las entregas de premios porque me aburrían. Las películas nominadas puede que me gustaran, pero no me apasionaban. La mayoría de ellas, para darme la razón, resisten mal el paso del tiempo.

 

Este año quizá revea la voluntad de no ver la entrega de los Óscars, más que nada porque será atípica con cuatro sedes en tres ciudades (Los Ángeles, Londres y París). La pandemia ha convulsionado hasta estas tradiciones conservadoras. Tal vez este esfuerzo de logística haga la entrega más rígida que otras veces o tal vez no, quien sabe quizá surjan errores involuntarios o inesperados que se vuelven gags.

 

Como sea, estoy casi decidido a verla. Cuando las veía, cuando todavía conservaban algún atractivo para mí, la entrega que más me intrigaba era la de los premios laterales, sobre los que no sabía nada o muy poco: documentales, los mediometrajes, y a veces los cortos de animación.

 

Prestaba especial atención a la presentación de estos premios y algunos me atraían lo suficiente como para buscar donde poder verlos o bajarlos. Muchas veces la búsqueda se volvía infructuosa y el interés se perdía en el olvido.

 

Esto ha cambiado, con tanta plataforma de streaming, a casi todos los títulos nominados se los halla con facilidad. Incluso a los cortometrajes.

 

En Netflix puede verse Two Distant Strangers y en YouTube, Feeling Through.

 

En los viejos tiempos cuando presentaban esta categoría, lo que me llamaba la atención es que fueran casi siempre sobre experiencias humanas ejemplares, no en el sentido de “a imitar”, sino en el de “sacar una lección, un aprendizaje o una moraleja”.

 

La ficción puede cargar con esa intención, aunque se distingue más, gracias a Dios, por divertir o entretener (cuando viene para el lado de la emoción, puede incurrir en querer asentarnos una lección de vida, un sermón o un mantra de autoayuda.)

 

Si alguien me lee con atención, podría estar analizando hallarse ante una contradicción. Si me disgusta que me den lecciones, como puedo estar añorando piezas que se dedican precisamente a eso. Yo no veo contradicción, por la sinceridad de las intenciones.

 

Si uno va a misa, habrá un sermón. Es parte de la ceremonia, y ya que uno está ahí, no queda más remedio que escucharlo y uno puede hallarlo desde abominable hasta iluminador, de acuerdo a cómo se haga y nuestra predisposición a no aprovechar para dormirnos.

 

En cambio cuando uno ve una película, espera muchas cosas, pero un sermón, una lección de vida, no está entre las primeras.

 

Feeling through es una advertencia sobre las conveniencias de la solidaridad. Dar es mejor que no dar, nos hace sentir mejor y si prestamos atención surge con más naturalidad que resistirse a ayudar.

 

Un adolescente negro va a jugar con flippers y otras antiguallas con unos amigos, arregla una cita por mensajes con una amiga, novia o amigovia y cuando está con el teléfono es interrumpido por un cieguito que le pide una moneda.

 

Se lo saca de encima con vehemencia y al ratito se topa con alguien que lleva un cartel y que obviamente necesita ayuda. Es un sordo mudo también ciego al que le cuelga un cartel que explica su condición y cuál es la mejor manera de comunicarse con él y que en las manos lleva un anotador que tiene atada una lapicera con los que hace pedidos inmediatos, ahora pide por ejemplo que le indiquen la parada más cercana a un bus que lo lleve a tal dirección.

 

Obviamente, nuestro adolescente negro ayudará a este hombre impedido (detalles en los que no ahondaré, porque son el nudo y la razón de ser del corto) y el chico cuando se vuelva a cruzar con el cieguito del principio le dejará más que una moneda.

 

La nominación no es injustificada, la cosa está resuelta con eficiencia y sensibilidad y no sorprende que entre los que integran la producción esté Marlee Matlin.

 

Feeling Through (2020) fue escrita y dirigida por Doug Roland con los protagónicos de Steven Prescod y Robert Tarango.

 

Two Distant Strangers (2020) también se centra en dos protagonistas masculinos, pero aquí la sinrazón es el eje.

 

De un lado un joven negro triunfador, del otro un policía de gatillo fácil y en el medio algo más que el fantasma de George Floyd y su trágico destino.

 

Es una pieza didáctica altamente entretenida. Es como que El día de la marmota se codea con Bertold Brecht.

 

Y no cuento más para la disfruten descubriendo sus secretos, porque por más pedagógica y con moraleja que venga, no baja línea, no subraya, no resalta con marcador, sino que deja que uno recapacite o que piense por su cuenta.

 

El final es debidamente conmovedor. Se puede ver en Netflix y dura apenas media hora. No se lo pierdan.

Two Distant Strangers fue dirigida por Trevor Free y Martin Desmond Roe con guión del primero y los protagónicos de Joey Bada$$, Andrew Howard y Zaria.

Gustavo Monteros


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Programa doble con Joseph Cotten


 

Así como hay actores que se la pasan esquivando premios, otros no reciben los que merecen.

 

Joseph Cotten fue uno de los actores menos valorados del mundo a pesar de tener un talento notable y envidiable. En toda su larga y prolífica carrera solo recibió el León de Oro del festival de Venecia de 1949 por su actuación en Portrait of Jenny (William Dieterle, 1948)

 

Y eso que era ubicuo y proteico como pocos. Alto, delgado, de cintura estrecha y anchas espaldas, de no muy mal ver, con una agradable voz baja, formado sólidamente podía darle a Hitchcock un villano lleno de aristas en La sombra de una duda (Shadow of a doubt, 1943) o ser un agradable héroe inesperado en El tercer hombre (The Third Man, Carol Reed, 1949) para mencionar solo dos hitos imperecederos que lo tuvieron de glorioso protagonista.

 

Amigote de Orson Welles desde antes de que recalaran en Hollywood, tuvo el honor y la suerte de estar en la ineludible y revolucionaria El ciudadano (Orson Welles, 1941), muy comentada por estos días debido a Mank (David Fincher, 2020)

 

Decido hacerme un programa doble con películas suyas por culpa de que me cruzo en Facebook con una foto de I’ll be seeing you a la que acompaña una párrafo que informa que se trata de un film navideño romántico entre dos personajes con permisos especiales por las fiestas, el de él otorgado por un hospital psiquiátrico, el de ella por la prisión.

 

Recuerdo vagamente haberla visto, pero se me olvidó el motivo por el que Ginger Rogers podría haber terminado presa. Me prometo averiguarlo a la primera ocasión, que decido sea verla de nuevo y no buscar solo el dato.

 

I’ll be seeing you / Te volveré a ver es como El retrato de Jenny, mencionado antes, una película dirigida por William Dieterle (con colaboración no reconocida de George Cukor) y pertenece a la etapa en que Cotten estaba bajo contrato de otro amigote, David O. Selznick.

 

Cotten es un soldado traumado de la Segunda Guerra de permiso, como dijimos, de un hospital psiquiátrico. En un tren conoce a una chica, Ginger Rogers, también de permiso navideño, de una prisión en su caso, aunque no se lo dice, si no que le miente un trabajo de viajante. La chica le gusta y decide bajar en su estación, después de todo a él no lo espera nadie en ninguna parte.

 

La chica va a casa de sus tíos, padres de una adolescente que no es ni más ni menos que Shirley Temple ídem.

 

La ex niña adorable, como sabemos, se convirtió en una adolescente poco agraciada, pero el público como le tenía cariño a la nena eterna que desataba sonrisas, no dejaba de interesarse por ella (hasta que registraron la magia perdida y no insistieron más y la ex niña prodigio se retiró)

 

Aquí hace de una adolescente bastante detestable que, a pesar de “su inocencia”,  no hace más que provocarle angustias y dolores a la pobre Ginger, (ay, Shirley, Shirley, si te agarra Freud, se hace una panzada.

 

La cuestión es que Ginger invita a Joseph a comer en casa de sus tíos, salen y terminan por enamorarse. Ella no le cuenta que está presa, pero Shirley sí, entonces…

 

Es una variante del romance tristón de películas hechas durante la guerra, en la línea de El reloj / The clock con Judy Garland y Richard Walker (Vincente Minnelli, con colaboración no reconocida de Fred Zinnemann, 1945), mi favorita de este sub-género.

 

Joseph está muy bien como acostumbra y saca a relucir el galán que no solo debe seducir sino hacer sobresalir a la estrella que lo acompaña, virtud que le permitiría más tarde resaltar a Marilyn Monroe (Niágara, Henry Hathaway, 1953)  o a Bette Davis (Beyond the forest / Perfidia de mujer, King Vidor, 1949), cuando él más que galán era co-estrella característica.

 

Ah, last but not least, Ginger estaba presa no por robar como suponía, sino por haber matado accidentalmente a un fulano que pretendía violarla.



Como de todo hago un programa doble, elijo September Affair, también de William Dieterle (un talentoso alemán que triunfó primero como actor) de 1950, película que siempre olvido por motivos que explicaré oportunamente.

 

Estos dos filmes con los que armo mi programa doble, valga la redundancia, tienen mucho en común, toman el título de canciones emblemáticas que son usadas como leit motiv. En el caso de I’ll be seeing you, la homónima con letra de Irving Kahal y música de Sammy Fain. Y en September Affair o Sinfonía Otoñal, usan September Song con música de Kurt Weill y letra de Maxwell Anderson.

 

Aquí Joseph es un ingeniero muy exitoso, dueño de fábricas y esas cosas, de viaje por Italia para aclararse las cosas, ya que arrastra un matrimonio mal avenido con una joven por entonces Jessica Tandy. Le ha pedido el divorcio, pero ella que, en un principio estaba de acuerdo, le pide al final de una carta que lo intenten otra vez para beneficio del hijo post adolescente que tienen.

 

Él ha decidido anticipar el regreso para ver si pueden recomponer la relación.

 

En el avión de regreso conoce a Joan Fontaine, aquí una reconocida pianista.

 

El avión hace un aterrizaje de emergencia en Nápoles y ellos, mientras lo arreglan, se van a ver paisajes, lo bien que hacen. Pero, claro, regresan al aeropuerto justo cuando el avión ya está en vuelo.

 

Deciden quedarse unos días más para conocer mejor Italia, eso sí, como amigos. Los días que comparten son tan hermosos que ella, para no enamorarse más de él y romper la alianza de amistad, opta por volver a los Estados Unidos.

 

Mientras están en un café, compran el New York Times que les informa que el avión que perdieron se accidentó y que tripulación y pasajeros murieron.

 

O sea que llevan días dados por muertos. Se disponen a informar a familiares y representantes que están vivos, pero comprenden que si se callan podrán tener la oportunidad de rehacer sus vidas. Elijen, claro, esto último.

 

Además él tuvo la suerte de hacerse enviar una fortuna en los días previos, mientras paseaban, a la cuenta de una amiga/mentora/maestra de ella, de modo que pueden vivir a lo grande, y alquilar un “Castelo” en Florencia, from all places!!!

 

Hasta aquí el planteo es rico, por lo fantasioso, pero Tandy, una pesada, quiere saber por qué él decidió regresar, ¿volvía porque estaba convencido de reintentarlo, por amor quizás o solo por compromiso? Así que hacia Italia parte acompañada del hijito. El amigo Freud, de nuevo, se hubiera hecho una panzada.

 

El resto me enoja sobremanera porque Joan, hasta ese momento una apasionada a morir, a la altura de un personaje de Ingrid Bergman, de repente se vuelve una histérica de libro.

 

La cosa es sencilla, Joan, lo amás o no lo amás al Joseph, lo querés con vos para siempre jamás o no lo querés, lo demás es verso de mina de mierda, con el perdón, no es mi intención ser discriminador o misógino, diría lo mismo si fuera hombre, o no binario. Por eso es que me olvido de su argumento y si me apuran digo que no me la acuerdo mucho.

Gustavo Monteros

martes, 22 de diciembre de 2020

Programa doble con Jacqueline Bisset


 

Me hago un programa doble con Jacqueline Bisset (dicho así hasta suena erótico, pero es más inocente que jugar a la mancha, porque se trata solo de dos películas con Jacquie).

 

Veo primero la que coprotagonizó con Charles Bronson, St Ives (J. Lee Thompson, 1976)

 

A Bronson le gustaba hacer películas con el amor de su vida, Jill Ireland, pero como en la variedad está el gusto, de vez en cuando optaba por otras actrices hermosas para acompañarlo.

 

Sorprende su buen gusto, o no tanto. ¿Quién no hubiera optado por Liv Ullmann o Dominique Sanda o Jacqueline Bisset de haber podido?

 

No era casual que eligiera musas del cine arte, ni tampoco que ellas aceptaran.

 

Costaba lo mismo hacer buenas o malas películas, que fuera cine industrial, popular, de entretenimiento no significaba necesariamente hacerlas malas o vulgares.

 

Y así él se codeaba con actrices de prestigio y ellas se daban un baño siempre bienvenido de popularidad.

 

Liv Ullmann está con Bronson en un Terence Young, De la part des copains, 1970, mientras que Dominique Sanda y Bisset están en sendos J. Lee Thompson, St Ives, Bisset y Caboblanco (1980) Sanda.

 

St Ives, conocida aquí como El temerario Ives, se basa en una novela de Ross Thomas y es un buen policial.

 

Bronson es Raymond St. Ives, un ex policía que escribe una novela policial que ninguna editorial quiere publicar.

 

Acepta entonces llevar un montón de dinero para que el millonario Abner Procane (John Houseman) recupere unos cuadernos con notas que le robaron.

 

Como se sabe hacer de intermediario no es fácil ni sale bien.

 

Procane tiene una asistenta, Janet Whistler (Jacqueline Bisset) y como padece del corazón, un ¡psiquiatra!, el Dr. John Constable (Maximilian Schell).

 

Vista hoy, dos detalles sobresalen, en una escena, un par de maleantes quieren pasar al otro mundo al pobre Bronson (sin lograrlo, claro, porque Charles es el protagonista y todavía falta mucha película). Los maleantes (muy jóvenes ellos por entonces) son Robert Englund (que hallaría fama imperecedera como el Freddy Krueger de las Pesadillas) y Jeff Goldblum que entre otros muchos logros escaparía de los dinosaurios de Spielberg.

 

Y el otro detalle es John Houseman, muy mentado en estos meses por ser un personaje prominente de Mank (David Fincher, 2020), interpretado por Sam Troughton es el intermediario de Orson Welles, que se le aparece al convaleciente Mank con órdenes, paquetes y algún que otro ultimátum. El hombre Houseman antes de triunfar como actor en su vejez fue un artífice del famoso Ciudadano Wellesiano.



Completo mi programa doble con La escalera de caracol (Peter Collinson, 1976) remake innecesaria del clásico The spiral staircase de Richard Siodmak de 1946.

 

Hay una mudita a proteger de un asesino serial que mata discapacitadas. La chica, en el original de 1946, que transcurre a principios del siglo XX, trabaja de dama de compañía de una anciana postrada en una casona, en la que también viven sus dos hijos, uno de ellos con una secretaria, más una enfermera, una cocinera y su marido, un hombre fuerte para todo tipo de trabajos.

 

La casona está apartada y la visita más frecuente es el médico que atiende a la anciana, novio para casarse de la mudita.

 

Nada cierra mucho, ni los personajes ni las relaciones, pero Siodmark la volvió un clásico ineludible por la creación de climas, con muchas sombras expresionistas, puesta en escena intensa y una capacidad para transformar en ominoso hasta el ventanal más anodino.

 

En 1976 los productores decidieron que transcurriera en la actualidad de su hechura o sea los setenta.

 

Y si la historia no cerraba en tiempos pre-Freudianos, en los setenta post-Freudianos cierra menos. Tampoco funcionan las relaciones entre el personal que puede que fuera ligeramente lógico para un caserón de principios de siglo, pero para los setenta, alejado, pero no aislado de zonas más urbanas suena a despropósito.

 

Obviamente la mudita es Bisset, la anciana es Mildred Dunnock, el hijo con secretaria es Christopher Plummer, la secretaria es Gayle Hunnicutt, el otro hijo, díscolo él, es John Phillip Law y la enfermera es Elaine Stritch, en una de sus participaciones para el cine, la señora fue fundamentalmente un mito teatral en todo su derecho.

 

La película, como adelantamos, es mala. No tan mala como para ser un hito, pero si lo suficientemente mala como para preguntarse ¿Por qué?, ¿con qué necesidad?

Gustavo Monteros

viernes, 11 de diciembre de 2020

¡Ay, ay, ay, ay!


 

Uno de los críticos teatrales de The Guardian dice que un musical es bueno si su libro lo es. No es que la música no importe, pero un buen libro garantiza que un musical perviva mejor que al revés, uno con un repertorio de excelentes canciones insertadas en un obra mediocre.

 

Me he pasado incontables horas discutiéndole en mi cabeza. No es que no le reconozca autoridad al señor que, por ser un crítico en una de las capitales teatrales más activas del mundo, ve casi un centenar (a veces quizá más) de musicales por año.

 

Pero no me gusta darle la razón (o negársela) a nadie sin haberla considerado o analizado antes.

 

El primer problema que uno enfrenta es que, en el cine que se basa en producciones que vienen del teatro, aprendimos a amar musicales que son ejemplares en su perfección (Mi bella dama, Sweet Charity, El violinista en el tejado, Hello, Dolly, más otras con grandes cambios en sus transcripciones cinematográficas como Cabaret, En un día claro se ve hasta siempre y La novicia rebelde). En estos títulos proverbiales hay un equilibrio perfecto entre libro, letras y música.

 

Si quiero darle la razón al señor, elijo Oklahoma y Carrusel. El primero tiene canciones inolvidables que cantaron Dios y María Santísima, con un primer acto atractivo y colorido. Todo parece ir para el lado de la comedia romántica o de costumbre o de personajes, pero cerca del final introduce un personaje nefasto, oscuro y siniestro, como salido de otra obra, que domina el segundo acto en el que hay más drama de sangre que canciones luminosas. Eso quizá haga que nunca pase del primer acto, me da siempre muy pocas ganas de ver el segundo, al que me obligo a ver para tener una perspectiva de toda la obra. Carrusel más que un mal libro, tiene uno con marcada moraleja, que me resulta poco o nada atractivo para seguirlo con fruición, eso sí, la partitura es preciosa, con canciones que también no en vano cantó casi todo el mundo.

Con el cine que filmó musicales del teatro no se me ocurren otros ejemplos.

 

Hasta que llegué a The Prom (bautizada El baile para su estreno). La obra que se estrenó en talleres en el 2016 y en el 2018 en Broadway, no fue hecha en nuestros escenarios y no la conocía ni por disco.

 

La esperaba con ansías porque Netflix y su director/productor Ryan Murphy le habían dado una realización grandiosa y un elenco de excepción. Descansé como un niño porque sabía que cuando me despertara ya estaría disponible. Tanta era mi expectativa. Sin dudas, mi predisposición era la mejor.

 

Y por la mitad le daba la razón al crítico de The Guardian y con creces, hasta le pedía disculpas por haber dudado de sus palabras. El libro es muy bueno, lo musical es, para decirlo amablemente, dudoso.

 

El inicio es promisorio y atrapante. Por un lado, en un pueblito de Indiana, la presidenta de la liga de padres, la Sra. Greene (Kerry Washington) ha conseguido coartarle el baile de fin de curso al director de la secundaria, Hawkins (Keegan-Michael Key) que pretende que sea inclusivo para que la alumna Emma (Jo Ellen Pellman) pueda ir con su novia.

 

Por el otro, dos súper figuras de Broadway, con más ego que cerebro, Dee Dee Allen (Meryl Streep) y Barry Glickman (James Corden) fracasan estrepitosamente con un musical delirante sobra vida y milagro de Eleanor Roosevelt. Terminan la fatídica noche con el “bar tender” de donde recalaron, Trent Oliver (Andrew Rannells) un actor que conoció tiempos mejores y que ahora atiende el bar entre proyectos, y más tarde se les une Angie Dickinson (Nicole Kidman) una corista de toda la vida a la que pasan por alto siempre para cubrir el rol de Roxie Hart en la eterna, por longeva ya, temporada de Chicago.

 

Para mejorar la imagen narcisista de Dee Dee y Barry, buscan una causa noble para capitanear. Se cruzan en Twitter con el revuelo de Emma y hacia allá parten los cuatro en un micro con el elenco de una versión de Godspell cuya gira organiza Trent. Una vez llegados, no todo será tan fácil como imaginaban…

 

No hagamos misterio, Ryan Murphy sabe armar elencos y esta vez no fue la excepción. Meryl está, como acostumbra,  ma-ra-vi-llo-sa, lisa y llanamente. Nos entrega otros dos o tres momentos antológicos para nuestra colección de “escenas inolvidables de Streep”. Todos los demás no le van a la zaga.

 

Me emocioné hasta las lágrimas con la escena de los recuerdos de amores contrariados de Dee Dee (Streep) y Barry (Corden). Kidman y Rannells (que no nacieron con el protagónico sino que llegaron a él) saben hacer reparto y esperar con paciencia sus momentos de lucimiento, sin robar ni interferir las escenas ajenas. Nicole está deliciosa en su escena de chica Fosse y Rannells se luce en el momento en que desarma los argumentos puritanos de los compañeros de Emma.

 

Conmigo todo bien con la parte no musical, disfrutaba los chistes, me emocionaba a tiempo, me sorprendía con las vueltas de argumento, pero por primera vez compartía en los números musicales lo que sienten los que detestan el musical, imploraba que no se pusieran a cantar o bailar (¡yo que creía amar el género por sobre todo traspié!) porque las canciones son HORRIBLES. Y van trabajando por acumulación un hartazgo indigerible. Con las primeras uno se dice, bueno, es mala, pero la letra no tanto, o las melodías son medio berretas pero efectivas. Pero promediando el film se vuelven irremediablemente insoportables. Solo el libro fluido y el encanto imperecedero sobre todo de los cuatro representantes de la comunidad de Broadway hacían que uno no mandara todo al diablo.

 

Cuando la vean ojalá digan que exagero, que las canciones no son tan malas, que alguna que otra se puede rescatar.

 

Yo por mi parte concluyo con que el crítico teatral de The Guardian tenía razón, un musical con canciones espantosas pero con un libro decente puede hasta llegar a ser un film de gran producción con Streep, Kidman y Corden. 

 


Hoy, viernes 11 de de diciembre, a la tarde pude resarcirme del mal gusto que me dejó en la boca The Prom / El baile con la versión de Gypsy filmada en un teatro londinense y protagonizada por Imelda Staunton que ofrece la página The Show Must Go On gratis en YouTube solo por 48 horas. Gypsy pertenece también a la categoría de musical perfecto. Se basa en las memorias de la reina del strip tease, Gypsy Rose Lee. En Gypsy, libro y música se integran para gloria del género, del teatro, de la actuación, porque regala unos cuantos personajes inolvidables por los que los actores son capaces de todo para conseguirlos.

 

Una de cal y una de arena.

 

Una partitura olvidable por lo mala, otra inolvidable por lo excelsa. No siempre se gana, pero con The Prom / El baile ni la magia de Meryl (devolvedora de precios de la entrada si las hay) disimula una ristra de canciones tan maaaalas.

 

Gustavo Monteros