Cerramos momentáneamente por problemas técnicos. Volvemos el viernes 3 de junio. Gracias.
Gustavo Monteros
Cerramos momentáneamente por problemas técnicos. Volvemos el viernes 3 de junio. Gracias.
Gustavo Monteros
Soy un espectador
quisquilloso como el que más. Pero antes de que no me inviten más a un estreno
o que no vuelvan a recomendarme más nada, aseguro que tengo otras ventajas para
compensar. Tengo gustos muy definidos (sobre todo para lo que no disfruto para nada,
el género de terror, por ejemplo, o los novelones de educación sentimental y
todos sus derivados), pero si me insisten sobre alguna virtud de los mismos y
me dan tiempo a prepararme, podría llegar a apreciarlos.
Sin embargo, el
máximo beneficio que ofrezco es ser paciente incluso donde la mayoría ya se ha
hartado y desechado lo que comenzó a ver con expectativas. Algo puede no
atraerme de entrada, pero procuro decodificar qué intentan contar, qué
herramientas están usando, y aunque no se perfilen para el lado de mis preferencias
temáticas y estéticas, si logro la decodificación, me quedo hasta el final y
aprecio el proyecto.
Así mismo si algo no
se corresponde para nada con mis apetencias temáticas y estéticas, logro la
decodificación, pero no estoy de ánimo para adentrarme más, planto bandera,
digo esto no es para mí y sigo con otra cosa.
Evito los disgustos,
las malas experiencias y los enojos infructuosos, uno nunca sabe. Puede que,
simplemente, no sea mi momento de acceder a eso que se me cuenta, aunque puede que
en otro momento en que me halle más permeable, sí.
Me ha pasado forzarme
a ver algo que terminé odiando. Me ha pasado también ver algo que comenzó a
disgustarme, dejar de verlo y retomarlo más adelante para mi entero beneplácito.
Nuestros humores ante
lo que vemos pueden ser tan inescrutables como los designios divinos. Lo mismo
que los momentos y los accesos para acceder a algo que termina por encantarnos.
Esta perorata tiene
un sentido. Hace unos pocos años cuando estrenaron en Netflix Dix pour cent, me recomendaron que no me
la perdiera, porque era muy buena y era sobre actores, uno de mis temas
favoritos. Vi el primer episodio, y dije, contra todo pronóstico, y para
sorpresa de quien me la recomendaba: Gracias, no es para mí. Esta creación de
Fanny Herrero no me atrapó, era obviamente muy buena, una comedia amarga
claramente lograda, pero su marcada francesidad acaso, me dejaba fuera.
El tiempo pasó y los
ingleses probaron hacer su versión que ahora estrena Prime Video en ocho
episodios, de la que ojalá sea su primera y no única temporada. ¿Qué me
atrapaba esta vez? El tráiler era seductor, con música alegre, y se veía a
Kelly Macdonald, una de mis favoritas, y a las buenas de Helana Bonham Carter,
Olivia Williams entre otras participaciones rutilantes, recuperaba a Jack
Davenport, que me cae muy bien y que en estos últimos tiempos andaba en
proyectos con los que no me había cruzado, más Jim Broadbent, que siempre es un
placer verlo.
Vi el primer episodio
y me gustó mucho, mucho. Tanto que inmediatamente volví a ver en Netflix el uno
de la versión francesa.
La acción transcurre
en una agencia de representación de actores, escritores, directores
relacionados con el cine y la televisión principalmente. Y de movida se nota
que a la hora del estrellato, la gente de la agencia es tan estrella como sus
representados. Primer elemento de humor. Ya se sabe, las veleidades, los
caprichos, los desplantes de las grandes estrellas ocultan inseguridades, dudas,
resquemores. Los actores son seres extraños, duros y frágiles a la vez. Duros
porque se ganan la vida poniendo el cuerpo, y frágiles precisamente por lo
mismo.
En el primer
episodio, tanto en el original francés como en la reelaboración ingresa, una
actriz debe asumir el paso del tiempo, una de las peores transiciones para una
figura. En la francesa es Cécile de France y en la inglesa, Kelly Macdonald.
El segundo episodio
se centra en que dos actrices son convocadas para el mismo papel, en la inglesa
son Helena Bonham Carter y Olivia Williams y en la francesa, Line Renaud y Françoise
Fabian.
Por supuesto, en cada
episodio al margen del problema con los astros invitados, se ventilan,
desarrollan, crecen los conflictos entre los distintos miembros del staff de la
agencia.
De la serie original
francesa, que está en Netflix, hay 24 episodios comprendidos en 4 temporadas.
En la reelaboración inglesa que está en Prme Video hay solo 8. O sea que si
sigo viendo primero uno y después otro, hasta el 8 tengo para comparar, después
solo tendré la original.
La inglesa no es una copia fiel, por suerte, son muchos los cambios implementados, lo que acrecienta el placer de compararlas. Si gustan de comedias sutiles, refinadas, inteligentes, no se las pierdan. Juntas, separadas, una detrás de la otra, garantizan entretenimiento de primera.
Gustavo Monteros
Concluyo mi
retrospectiva personal de la trayectoria de Dino Risi con una de sus obras
maestras: La marcia su Roma de 1962.
Estamos en Italia en
1922. Domenico Rocchetti (Vittorio Gassman) es un sobreviviente de la Primera
Guerra Mundial. Y como tantos excombatientes, ve que no tiene futuro, esperanza,
un lugar donde hacer pie. Mendiga cigarrillos y dinero para comida. un
exoficial que conoció en el frente, lo introduce en el movimiento fascista, más
precisamente en las squadristi o escuadras de acción, que molían a palos a los
opositores en la calle y en sus locales partidarios. Huyendo de un ataque en el
que fueron superados en número por los contrarios, Domenico se reencuentra con
otro excombatiente, Umberto Gavazza (Ugo Tognazzi) que vive de la caridad de su
cuñado, aunque lo ayuda en la labranza del campo. Umberto ama trabajar la
tierra y si hubiera alguna política de incentivo, sería un campesino integrado.
Termina junto a Domenico como mano dura fascista. Llegamos ya a octubre de 1922
que es cuando el Partido Nacional Fascista organiza la ahora célebre Marcia su
Roma (Marcha sobre Roma) congregación de las milicias de camisas negras de toda
Italia y su invasión “pacífica” a la capital. La Marcha inició el régimen
fascista de Benito Mussolini y la abolición del sistema parlamentario.
El film se centra en
las desventuras de los marginados Domenico y Umberto y como negocian sus
propios límites con el fascismo, qué están dispuestos a aceptar hacer y hasta
dónde llegar. Sobrevivientes extremos que no tienen mucha opción, para ellos es
fascismo o muerte por hambre.
Resumido así parece
asunto de drama, pero no, es una clásica y modélica commedia all’italiana. Y
como todas ellas, es agridulce, tragicómica, y profundamente humana. Se
complementa a la perfección con la maravilla de 1959 del inmenso Mario
Monicelli, La grande guerra, en la
que Alberto Sordi y Vittorio Gassman integraban el ejército italiano que peleó
contra los austríacos en la Primera Guerra. Estas dos películas podrían
conformar un magnífico programa doble que iluminaría la participación del
ciudadano italiano común en estos dos momentos históricos: la gran guerra y el
fascismo.
La marcia su Roma
dura 94 minutos y abarca casi vidas enteras. Lo recalco ya que durante décadas
del siglo XX fue la duración promedio de las películas, había un ejercicio
narrativo estandarizado de contar en esa duración. Hoy parece haber una
nostalgia al respecto, porque entre las selecciones con que Netflix organiza lo que
ofrece, está la categoría de films que duran 90 minutos (no olvidemos que la
costumbre de films de 90 minutos de duración se alteró primero y se perdió
después, cuando por necesidades comerciales se dejó de lado el programa doble
(o triple en varios cines de nuestra ciudad) y se pasó a ofrecer solo una película,
y para evitar eventuales protestas, los productores yanquis “estiraron”
(innecesariamente en muchos casos) la duración de sus productos. Lo que se
cuenta dura lo que toma contarlo, dice el sentido común. Pero también, ¿por qué
contar en dos horas o dos horas y media lo que se puede narrar en 90 minutos?
En el viejo teatro,
cuando había todavía obras en verso, se llamaba “ripio” a todos los versos que
no agregaban nada, que daban vuelta y machacaban sobre lo ya contado y que
estaban solo para acrecentar la duración de la pieza, que debía abarcar 3, 4 o 5
actos. Hoy hay mucho “ripio” en las películas…
Gustavo Monteros
Continúo con mi retrospectiva personal de la carrera de Dino Risi. Hoy es el turno de Anima persa / Almas perdidas (1977), obra atípica de su repertorio, un cuento gótico elegantemente misterioso.
El joven Tino (Danilo
Mattei) va a estudiar arte a Venecia. Se hospedará en el palazzo de su tía
Sofia (Catherine Deneuve), casada con el imponente e intimidante, Fabio
(Vittorio Gassman). El palazzo tiene estancias a las que está prohibido entrar
(de ahí que en los países de habla inglesa, se la conozca como The Forbidden Room o sea La habitación prohibida). Dilucidar el
misterio toma toda la película, armada como un cuento corto con muchos elusivos
puntos suspensivos siempre inquietantes y un final sorprendente.
Risi narra con buen
pulso y llega a destino sano y salvo, a pesar de atravesar tramposo terreno
desconocido. El film bordea el famoso giallo italiano y no cae en los sustos
intensos, la tensión enfermiza, las temeridades tremendas, y el gore que lo
caracteriza.
Aunque Risi ha
trabajado con los otros grandes actores del período, Nino Manfredi, Ugo
Tognazzi, Alberto Sordi, Totò, Marcello Mastroianni, su cine se ha asentado
sobre todo en la figura y talento de Vittorio Gassman, como en el presente
título.
Gassman desplegaba un
histrionismo avasallante y desconcertante. En medio de su despliegue demoledor,
uno se preguntaba si no estaba cameleando (dar una actuación muy marcada,
jugada, pero falsa y hueca) a lo bestia, entonces una lágrima despuntaba, su
espalda se desarmaba, las piernas ya parecían no sostenerlo y todas las dudas y
sospechas de camelo se desvanecían hasta evaporarse, lo suyo era tan verdadero
como el amor, el hambre, la muerte. Un grande, intenso, fervoroso, dinámico, al
borde siempre de la teatralidad, histriónico incluso cuando fungía inexpresividad,
único, singular, fácil de imitar y a la vez inimitable, porque su juego
fervoroso se reservaba el misterio de sorprendernos cuando menos lo
esperábamos. Por suerte están las películas que lo contuvieron para estudiarlo,
descubrirlo, dejarse ganar por su talento rampante. Solo el lugar común lo
abarca por completo: “Ya no los hacen así”
Continúo con mi
retrospectiva personal de Dino Risi. Hoy le toca el turno a su película de
1976. Telefoni bianchi / La diva del
teléfono blanco, sin perder jamás sus ímpetus de cine popular, es un juego
de espejos sobre el cine, estructurado en una historia que es tanto de amor
como de supervivencia en tiempos desgarrados por fascismos y guerras.
Algo así como Pasqualino Settebellezze / Pasqualino Siete
Bellezas (Lina Wertmüller, 1975) se fusiona con I girasoli / Los girasoles de Rusia (Vittorio De Sica, 1970), según
la búsqueda de linajes que tanto le gusta a los críticos anglosajones.
Estamos en Venecia en
los tiempos del fervor Mussoliniano. Marcella (Agostina Belli en su esplendor),
una camarera de un hotel de lujo, está enamorada de Roberto (Cochi Ponzoni), un
pescador. Su trabajo en el hotel pone a la chica en contacto con el mundo del
cine y así iniciará su periplo de aventuras, desventuras, gloria, caída y
recuperaciones varias.
Será amante
accidental, novia abandonada, prostituta, cantante, estrella de cine, fugitiva
política, entre otros varios roles. Roberto, paralelamente, pasará por todos
los frentes de batalla de la Italia fascista y habrá reencuentros frecuentes.
Aunque parezca que se
trata de otra beldad en aventuras galantes provechosas, Marcella no usa su
cuerpo para ascender como sus compañeras de The
Amorous Adventures of Moll Flanders / Las aventuras amorosas de Moll Flanders
(Terence Young, 1965) y Forever Amber /
Por siempre Ambar (Otto Preminger, 1947), no, es como que su cuerpo al no
poder pasar desapercibido la llevara de lecho en lecho, a despecho incluso de su voluntad.
La película cuenta
con la participación especial de Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman. La secuencia
con Tognazzi está muy lograda en la presentación y desarrollo de un personaje
miserable como pocos, aunque en el fondo es solo un superviviente sin
escrúpulos potenciado por la guerra.
Gassman que venía de
hacer con Risi, Profumo di donna /
Perfume de mujer en 1974 tiene dos escenas en las que despliega su
histrionismo único. El problema es que en la edición final quedaron una detrás
de la otra y cuentan exactamente lo mismo. Son absolutamente redundantes, pero
supongo que no eliminaron una para tener más tiempo en pantalla a Gassman en
acción. (En una de esas escenas, su personaje, un divo del cine, enloquece en
medio de una fiesta, en la escena siguiente, su personaje ha huido del
manicomio donde estaba confinado e irrumpe en medio de otra fiesta)
Si Primo amore transcurría toda en
invierno, aquí la acción por entero transcurre en verano. De nuevo esa
circunstancia de contrato de actores que solo están disponibles una temporada
acotada para un proyecto específico, que debe concluirse cuanto antes por
necesidades comerciales de estreno es usada de modo creativo.
Telefoni bianchi no es perfecta ni por asomo, pero es muy regocijante.
Conozco poco de los entretelones del género de Teléfono blanco italiano, aunque
leí por ahí que las desventuras de esta actriz ficcional revelan mucho para los
que estaban al tanto de lo pasaba en bambalinas. Por eso, para todos los demás
nos queda la suposición de que, aunque no lo digan, el argumento está basado en
algunos hechos muy reales.
Gustavo Monteros
Continúo con mi
retrospectiva personal de Dino Risi. Hoy le toca el turno a Primo amore (1978) con Ugo Tognazzi y
Ornella Muti. Por aquí se la conoció como Casi
una historia de amor.
Con Primo amor, Risi homenajea
explícitamente a El ángel azul / Der
blaue Engel, Josef von Sternberg, 1930) e implícitamente a El fin del día (La fin du jour, Julien Duvivier, 1939).
Ugo Cremonesi, también
conocido como “Picchio” (Ugo Tognazzi)
termina en un asilo de actores retirados (al igual que el protagonista de El fin del día) porque la liquidación de
su jubilación tarda más de lo esperado y ya no puede mantenerse por su cuenta. Dado
que todavía está bastante entero, se enamora de una de las camareras del lugar,
Renata Mazzetti (Ornella Muti) y es humillado porque ya no está para esos
trotes (como en El ángel azul). La
referencia al clásico de von Sternberg es directa, cerca del final, Tognazzi
imita el canto del gallo que hace Emil Jannings en esa película.
Más allá de la
celebración de vida que hay en toda la película, se evidencia un tono elegíaco.
Sobre todo por el olvido generalizado a actores y formas teatrales, hasta ayer
nomás muy populares. Cremonesi / “Picchio” fue un cómico de varieté (lo que
nosotros llamamos teatro de revistas) disciplina que en la Italia de los setenta ya estaba harto
perimida (por entonces en la Argentina todavía subsistía, tendría su tiro de
gracia a mediados de los ochenta) y entre sus números hacía una imitación de
Totó. Cuando la recrea para su hijo, la novia de este y para Renata, las dos
mujeres jóvenes no se ríen, no tienen idea de quién es Totó. Y el hijo disfruta
más de la evocación de su propia infancia que de la supuesta comicidad del
número.
El ocaso de Cremonesi
/ “Picchio” está subrayado con un invierno perpetuo. Los típicos lugares de
veraneo en los que transcurre el grueso de la acción (San Pellegrino Terme y
Capri) están nevados y gélidos y brumosos. Es una circunstancia de producción
usada dramáticamente (las estrellas solo podían filmar durante ese invierno y
como la necesidad tiene cara de hereje, se la transforma en arte)
La subyacente
perspectiva abiertamente machista puede escandalizar a los espectadores
modernos. Pero no se puede ver las obras de antaño con las lecturas actuales. A
cada tiempo, su aire.
Detalle curioso, en
el asilo en una gala improvisada Cremonesi / “Picchio” revitaliza uno de sus
grandes éxitos, la recreación de diversos tipos jugando al billar. Entre ellos,
está un jugador afeminado, pero muy digno, a pesar de la burla que hay en la
caracterización. Tognazzi usaría gestos y modales parecidos, aunque con mayor
dignidad y sin burla alguna en el personaje de la película que haría a
continuación, su inolvidable Renato de La
Cage aux folles / La jaula de las locas (Édouard Molinaro, 1978), proyecto que
promovería un amplio respeto hacia otras formas de vida, poco o nada
tradicionales.
Por eso no hay que
ser muy duro con algunos artistas del pasado. Puede que no tuvieran una
permanente actitud desafiante, pero como les gustaba abrir cabezas,
aprovechaban cada oportunidad que se les presentaba. Puede que avanzaran muy de
a poco y sobre seguro, pero avanzaban. Como se dice en la calle, todo depende
de la leche con la que se hacen las cosas. Y aquí había de la buena, de la muy
buena.
Gustavo Monteros
Me dispongo a hacerme
una retrospectiva de Dino Risi. Comienzo por Fantasma d’amore (1981), que vi cerca de su estreno y que me gustó,
aunque no volví a ver desde entonces. En aquellos tiempos las historias de
viejos o de mayorcitos eran datos, ahora, claro, me interpelan de otra manera,
son una referencia directa.
Nino Monti (Marcello
Mastroianni) un juez de paz, sino felizmente al menos pacíficamente casado, de
mediana edad (Mastroianni andaba por los 56 en la vida real) decide un día
cualquiera tomarse un bus para ir a trabajar. En la parada siguiente sube una
mujer vieja (Romy Schneider) sin un billete ni monedas acordes para la máquina
expendedora de boletos, Nino le da una moneda y ella insiste en que se la
devolverá. Al día siguiente recibe en su trabajo una llamada de la mujer vieja,
que insiste en devolverle el importe del viaje y que termina por presentarse,
dice ser Anna Brigatti, con quien tuvieron en los años mozos un apasionado romance.
Los recuerdos se amontonarán en la memoria de Nino y le devolverán una historia
que creía superada y olvidada. Comenzará a revisitar lugares significativos y
la mujer se le reaparecerá en distintos estados de salud, bienestar económico y
edad. Algo extraño, pero por llamarse la película como se llama no tanto.
Romy Schneider,
espléndida en sus cuarenta y pocos, fascina en este misterioso personaje.
Mastroianni, sencillamente extraordinario, como siempre, no solo protagoniza
sino que narra en off con su voz profunda y bella las singularidades de la
historia. Y Dino Risi, con suma habilidad y elegancia, crea una atmósfera
inquietante sin exageraciones ni acentuados obvios (señalar lo que no hay puede
parecer tonto, pero si se lo menciona es por los muchos subrayados y obviedades
con que hoy se narran estas historias que deben pretenderse sutiles). Sobre el
final, hay una sorpresiva vuelta de tuerca, que racionaliza lo contado, pero
que no es un quiebre por la delicadeza con que Risi manejó la narración.
Pero, a pesar de
todas las bondades del talento de Dino Risi, es la pareja protagónica la que
garantiza los placeres cinematográficos. Schneider (que moriría al año
siguiente sin que se sepa todavía la causa fehaciente, la creencia establecida
dice que se suicidó por ingesta de barbitúricos, algo que no contradice el escueto
certificado de defunción por paro cardíaco, y no, no hubo autopsia
dilucidadora) es como dice el título de la obra de Ibsen, Madera de reyes. Y Mastroianni, se sabe, fue un rey del cine si los
hay o hubo. Por lo tanto este Fantasma de
amor es un entretenimiento adulto regio de toda realeza.