En
todos los shows de Les Luthiers, en las presentaciones previas a los diferentes
números musicales se citan apreciaciones críticas que merecieron las distintas
obras. A mí la de Las majas del bergantín me mata. No puedo evitar
desternillarme cuando su majestad, Marcos Mundstock, con su deadpan habitual y
su magistral manejo de las inflexiones vocales dice:
El crítico del Correo
Lírico escribió: Si los decorados hubieran sido tan rígidos e inconmovibles
como lo fueron los cantantes, y si el argumento hubiera despertado tanta
intriga como la afinación de la orquesta, probablemente los aplausos habrían
sido tan abundantes como el físico de la soprano...
Estrenaron en 2014 en una sala que me quedaba muy
lejos del itinerario de los micros que me devuelven a La Plata, a horarios que
dificultaban aun más tanto la ida como el regreso. Buenos Aires es muy
cosmopolita, pero sus hacedores de espectáculos olvidan que hay que hacer, al
menos una vez por semana, una función temprana que facilite la logística del
traslado al lugar, máxime cuando se alejan del centro. Me interesaba
sobremanera, sobretodo porque me interesa sobremanera todo lo que hace Sandra
Guida, desde que la conocí allá por el 89 en Sor-presas, procuro seguirla de cerca. A él se suponía que lo había
visto en Ella (2008) y en Chicago, edición 2010, pero a decir
verdad no lo identificaba. En los papeles, la propuesta era más que atractiva,
cantar canciones muy populares de diferentes géneros en inusitadas e
inesperadas versiones en tango. Una aciaga tarde, aciaga porque estaba con el
ánimo por el piso por algún problema laboral, alguien me dijo que habían hecho
un clip de uno de los temas del espectáculo y lo habían subido a YouTube. Se
trataba de Fiesta, el hit de Raffaella Carrá cantado por Oscar Lajad. Y estaba
también el No me arrepiento de este amor de Gilda cantado por Sandra Guida.
Subirían después Aserejé cantado por Lajad. Estos temas en versión clips, no en
versión espectáculo, me abrieron más el hambre de ver el espectáculo. Con el
show cosecharon críticas altamente laudatorias y se llevaron unos cuantos
premios. Lo reprisaron en el 2015 en la misma sala del estreno a horarios
igualmente imposibles para los que andan de a pie y dependen de trenes y
micros. A fin del año pasado, cuando en las páginas online de musicales
anunciaron que ¡por fin! llegarían al centro, me alegré, tendría la oportunidad
de verlo.
Saqué entrada para el primer fin de semana, me
acuciaba una gran duda: ¿se sostenía la idea durante todo el espectáculo o se
agotaba rápidamente? De ser un tema o “una isla” en un show de music-hall, no
habría duda de su efectividad, pero todo un show con el mismo “gimmick” podría
ser cansador. Contrarrestaban la duda, los premios y las críticas, pero claro
una cosa es lo que dicen los otros y otra muy distinta es lo que le pasa a uno.
Limé todas las expectativas previas, porque sé que tenerlas en demasía lleva a
desilusiones, desencantos y frustraciones.
El Petit Tabarís es una sala subterránea, pequeña y
acogedora. El escenario que había visto hacer suyo a Facundo Arana unas semanas
atrás con su unipersonal es diminuto. Me preguntaba como harían para convivir
en él músicos, cantantes y bailarín. Sí, ya me había enterado de que el show
incluía un bailarín. Como sabía que estaba en medio de la hilera de butacas,
procuré entrar entre los primeros para no molestar después a mis compañeros de
fila. Mientras me ubicaban, comprobé que como en el Lola Membrives aparte de
caramelos, gaseosas y esas cosas, ahora también te venden café. Después de leer
el programa, me dediqué a mi placer favorito de cuando voy solo al teatro:
escuchar las conversaciones ajenas. Nadie tenía mucha idea de lo que venía a ver,
salvo que era un show de tango, claro. El título me había parecido pedorro,
pero ahora al escuchar a los demás, comprobaba que era un hallazgo. La derecha
tiene muy vendida la idea de corrupción (cuando la ejercen ellos, no es
corrupción, son negocios) y asociarla al tango, que será lo que será, pero uno
no imagina “corrupto”, desata una curiosidad en la cabeza de las gentes, algo
que uno siempre busca con los títulos.
Lanzaron el aviso de apagar los celulares y entraron
los músicos. Romy Terzo en piano y dirección musical, Julia Peralta, bandoneón,
Nicolás Fernández, contrabajo y Carolina Rodríguez, violín. Se denominan La
falsa orquesta de señoritas La Desvelada. Sí, como en Glorias Porteñas hay un afán de evocar los lejanos tiempos de los
bailes en los clubes de barrios y de sus locutores que abusaban de los
adjetivos. Gracia que persiste en el cartel de la puerta, debajo del título y
de su aclaración: Canciones populares reivindicadas al compás del 2 x 4, dice
Cantor Óscar Lajad y debajo entre paréntesis el Trovador Canoro, al lado en la
misma línea dice Cantora Invitada Sandra Guida y entre paréntesis la Calandria
de Santa Lucía. Bueno, la cuestión es que después de una breve obertura, entra
Óscar Lajad y nos gana con su simpatía. Literalmente, o sea usa el famoso truco
de desarmarnos con un vengo-a-hacer-lo-mío-ojalá-les-guste, o sea la de seducir
como casi sin querer, como quien no quiere la cosa. Hay que ser un mal público,
o sea sentarse con un mal humor irremontable para resistirse a esa actitud.
Hace un monólogo ocurrente en el que se presenta como provinciano, salteño si
mal no recuerdo. Y antes o después del monólogo, no me acuerdo bien, se
despacha con Fiesta, qué fantástica, fantástica esta fiesta, a todo 2x4. La
carcajada es unánime, los que ya sabían de qué venía la cosa se contagian de
los que no tenían ni idea. Lajad tiene una voz muy trabajada, cálida y
agradable. Y claro, hace gala del “empaque” o “gola” tanguera. Después las
carcajadas serán a destiempo, según vayamos cayendo, a mi compañero de la
izquierda le bastaban las primeras líneas para identificar el tema y comenzar a
gozar del chiste, a mí, a veces, tenía que llegar al estribillo para largar la
risa, no adolezco de falta de cultura popular, pero tampoco soy un experto. En
algún momento hace su entrada el bailarín Sebastián Colavita, el Rey del
Firulete. Baila según una coreografía propia y demuestra que cuando hay talento
verdadero se puede bailar en cuatro baldosas, que es más o menos el espacio que
les queda libre en el escenario. Colavita es un bailarín asentado, sazonado,
elegante hasta la perfección, y expresivo con su cara como pocos, lo cual es
ideal para esta propuesta. Sin decir una palabra, con cara y cuerpo nos cuenta
todas sus intenciones. Y después llega ella, la extraordinaria, y me quedo
corto, Sandra Guida. En este país si la televisión o el cine fueran más
abiertos al musical, sería nuestro equivalente a las figuras señeras del género
del Hollywood de Oro. Su primer tema es No me arrepiento de este amor, cantado con
todo, no sé, como si fuera su pariente Je ne regrette rien. Porque eso también
forma parte del hallazgo del espectáculo: descubrir que a veces hay hondura
detrás de esas letras que cantamos casi mecánicamente sin recalar mucho en lo
que se dice. Para entonces ya estábamos en mitad del show y la duda no existía,
el “gimmick” no solo se sostenía, sino que nos iba a dejar con las ganas.
Porque sin querer comenzábamos a pensar qué canciones incluiríamos nosotros,
cuál nos gustaría que rehicieran a ritmo de tango. Después habría momentos en
que estarían los tres en el escenario, y entonces el pequeño tablado parece
haberse estirado porque ahora hasta tenemos la impresión de que sobra espacio.
Y como suele suceder en los shows muy logrados, el
público es un espectáculo aparte. Desde prácticamente el minuto uno, se entrega
sin reservas al juego y lo saborea, lo disfruta. Según se le pida, corea, mueve
brazos, hace palmas. Goza, bah.
La dirección general es de Julio Panno, los arreglos
musicales de Gustavo Calabrese y los arreglos vocales de Sandra Guida.
A la salida, si se es gustoso, se puede comprar el CD
del espectáculo. Eso sí, no conviene prestarlo a quienes no vieron todavía el
show, para no desatarles todas las sorpresas. Aunque es tan mágicamente potente
que aunque se sepan todos los temas que cantarán, igual disfrutarán, en el
disco no están las caras, los movimientos, esa cadera quebrada, ese revoleo de
ojos ni las ocurrencias de los monologuitos entre tema y tema.
Creo que a esta altura recomendarlo más que una
obviedad es casi una redundancia. Dejarse corromper por este tango más que un
delito es una obligación moral. No son tiempos de perderse un disfrute.
El aplauso final fue caluroso pero corto, si querés
largas ovaciones, hacé drama o un musical. En una comedia, la devolución son
las risas o el aplauso súbito ante un logro que toma desprevenido al público.
Aproveché que estaba en punta de banco para salir entre los primeros. El
espectáculo no me había gustado particularmente, pero tampoco me había
disgustado particularmente. En la calle Corrientes, como era domingo, la marea
humana no era tan densa como la de un sábado, ni tampoco tan diluida como lo
será en unos meses cuando la falta de plata ya sea indisimulable. Los empresarios
teatrales son paradojales, en los reportajes se muestran bien derechosos y
apoyan cuanta gestión garca se nos venga encima, aunque sus éxitos más
recordables los hacen bajo gobiernos populistas. Ay, ay, ay. Voy a las apuradas
por Cerrito a la parada del Plaza de Marcelo T de Alvear. Cuando llego a
Paraguay, cruzo con temeridad el tramo de avenida que me separa del metrobus,
no sea cosa que a último momento pierda el micro. En la parada hay una cola más
o menos corta para el de autopista, la integran jóvenes en su mayoría y están
sentados o recostados en el piso, lo que indica que hace rato que están, lo que
abriga mi esperanza de que el micro venga pronto. En los primeros cinco minutos, repaso el espectáculo y concluyo con
que cumplió su cometido de hacerme olvidar que al día siguiente comienzo las
clases y que como tengo primeros años, el inicio escalonado no me afecta y
tengo que dar clase en todos los cursos. Como dice el viejo chiste, la fortuna
más que sonreírme, se me caga de risa. A
los diez minutos, alguien prende un cigarrillo y me renacen las ganas de
volver a fumar. Pasó más de un año desde que dejé y todavía lo extraño. Estas
esperas eran más placenteras pitando y pitando. Enumero las ventajas de no
fumar, dejo de contar para no deprimirme, son magras en comparación con los
goces del hermoso vicio abandonado. A los
quince minutos, suspiro y maldigo el sistema público de transporte. Las
compañías de colectivos son mafiosas y arman rápido un monopolio. Durante años
y años, hubo solo una empresa que te llevaba de Buenos Aires a La Plata y
viceversa, of course. Era más mala que quitarle el helado a un niño, pero al
ser única le conocíamos todas las pulgas y al menos sabíamos a qué atenernos.
Ahora son dos, y en vez de competir por un mejor servicio, se copian las mañas.
Y nuestra desprotección es gigante. Si el gobierno anterior, muy amigo del
estado presente, poco y nada hizo para supervisar el transporte automotor,
éste, tan amigo del estado ausente y de que las empresas se regulen por sí
mismas, acentuará nuestra desprotección. Uno de estos días pagaremos cuatro o
cinco veces más el boleto por un servicio incluso peor que el actual. Hay que
ser boludo para votar un gobierno contrario a tus intereses. Y sin embargo, acá
nos tenés, y no es que yo sea un vivo bárbaro, no, soy tan boludo como el que
más, pero yo, garca no te voto ni aunque me laven el cerebro y el cerebelo. Si
después de que me cagaron una vida entera, no puedo identificar a los que me
cagaron, más que cagado, soy un boludo de cuadro de honor. A los veinte minutos, me acuerdo de una línea de una canción de
Sondheim, she’ll grow older by the hour, cambio el she por we y la hour por
minute y la línea nos describe con exactitud a los de la cola. El fastidio y el
cansancio de la espera nos tira encima décadas enteras, las caras lozanas de
los jóvenes que me acompañan se vuelven máscaras mal terminadas. Y a los que
tenemos muchos años vividos, las arrugas se nos profundizan con fiereza. Las
alegrías nos hacen, al menos, joviales, las tristezas, en cambio, nos hacen lo
que somos, simplemente viejos. A los
veinticinco minutos, suspiro por mi inhabilidad de manejar nada que no sea
un triciclo, la lancha a pedal que heredé de mi hermano y mi bicicleta. Por eso
nunca pretendí tener un auto, cosa que en momentos como este lamento hasta las
lágrimas. Encima como estamos en el metrobus, o sea en carriles exclusivos para
micros, es altamente improbable que se repita lo que apenas se dio un par de
veces en doscientos años de esperar el micro: que pase un conocido, nos vea y
se ofrezca a llevarnos. A la media hora,
miramos con fijeza el horizonte por donde debería venir el micro. Queremos
materializarlo con la fuerza de nuestra voluntad. Pero por más voluntad que le
ponemos, la magia no se engendra y el micro no aparece. Según la sabiduría
oriental, al universo hay que pedirle con claridad para que nos dé. Los que
estamos esperando el micro, le pedimos al universo con claridad que lo haga
venir de una vez, pero el universo no parece estar comprendiéndonos o se hace
el zonzo, o como todos los dioses se divierte con nuestra desgracia. Y sí,
somos dignos en nuestra felicidad y ridículos en nuestras tragedias. A los treinta y cinco minutos, estamos
en Kafka hasta el tuétano. La realidad se fue de cauce. Se supone que los
micros pasan. Por experiencia sabemos que uno se para en determinados puntos,
esperamos un tiempo prudencial y el colectivo llega. ¿Por qué entonces no se
comprueba ahora ese hecho esperable? ¿Los micros habrán dejado de pasar? ¿Esta
parada acaso ya no es parada? ¿Desde cuándo? Porque estoy en el metrobús, ¿no?
¿Y si decretaron que el metrobus sea desde hace una media hora una bicisenda y
no nos enteramos? Pero tendríamos que saberlo, con tanto teléfono inteligente,
pero la información se digita, ¿y si optaron por no hacérnoslo saber? A la
medianoche, la no certeza será cierta, porque a esa hora dejan de pasar,
incluso cuando pasaban. A los cuarenta minutos,
el abandono se me vuelve furia. El despreocupado llegó cuando había solo una
chica detrás de mí. Por entonces la cola ya no era formal. Como dije los
jóvenes de adelante estaban como piedras que cruzan un charco, más que en
línea, diseminados, pero era claro que había una cola. El despreocupado es
joven y lo hipnotiza su teléfono. Elige no ponerse en la cola y deambular cerca
de los que están adelante. Me enfurece que sea un caótico, un irrespetuoso con
las formalidades sociales, un tonto que se cree libre de convenciones. Ahora la
cola es más larga que nuestra paciencia. Sé que cuando llegue el micro, se incorporará
a los de adelante y subirá antes que nosotros. Y que lo dejarán, porque los
demás no están atentos a cuándo se incorporó a nuestro paisaje, pero yo sí, presté
atención y sé que le corresponde el turno después de la chica que me sigue
detrás. Tengo ganas de gritarle que se ponga en la fila, que no vaya a colarse,
pero no lo haré, porque no quiero que me tomen por un viejo cascarrabias. Sé
que el despreocupado se aprovecha de mi adhesión al qué dirán, que encubre o
funda mi cobardía, para cagarme. Me enfurece que sea libre a costa de mi
esclavitud. A los cuarenta y cinco minutos,
me acuerdo de una idea que me pasó un amigo. Dice que lo único que tenemos con
certeza es tiempo. Tiempo que tarde o temprano se nos acabará inexorablemente.
Y que al ser dueños solo de nuestro tiempo, debemos gastarlo como se nos dé la
gana, y lo peor que pueden hacernos es obligarnos a gastarlo en tareas
inútiles, en esperas desangeladas, irrecuperables. La idea se me pegó, porque
en educación hay gente, léase, directivos, que te hacen adherir a normas
irrazonables nada más que porque existen. Si no tenés alumnos, por ejemplo, en
vez de dejarte ir, te obligan a cumplir todo el horario, por la responsabilidad
civil de que aparezca un alumno, te dicen, porque es responsabilidad tuya el
alumno en tu horario, o por el seguro, te dicen, porque si se te cae un piano
en la cabeza después que cumpliste tu horario, tu familia liga algo, pero si el
piano se te cae en el horario en que debías estar trabajando en tu aula, tu
familia no liga ni el pésame y se muere de hambre, pelotudeces contrarias al
sentido común de dejarte ir y que seas feliz. A los cincuenta minutos, me arrepiento de no tener cargada en el
teléfono La guerra y la paz. Medio en chiste, medio en serio digo que quiero
volver a leerla. De haberla tenido cargada, ya iría por la mitad o la habría
terminado. A los cincuenta y cinco
minutos, estoy tan cansado de la espera desesperada que caigo en la
ofrenda, regalo mis principios a cambio de que venga de una vez, digo que
dejaré que el despreocupado suba, que no protestaré, que no lo señalaré a las
masas para que lo pongan en su lugar, o lo dejen en el páramo del metrobus para
que repita la espera de otro micro que quizá tampoco llegue. A la hora, me pongo fatalista, me digo
que quizá nos salvamos de un grave accidente, que si el micro hubiera venido a
horario por ahí nos hubiéramos hecho moco, desbarrancándonos desde lo alto de
la autopista, incrustándonos por falla de frenos contra una pared o explotando por
chocar contra un camión con combustible. Procuro abandonar el fatalismo porque
funciona con doble filo, porque por ahí el micro se demoró para que nos desbarranquemos,
nos incrustemos o explotemos, y ahora vendrá precisamente para eso, para
conducirnos al desastre, algo que podría haberse evitado de llegar a tiempo. A la hora y cinco minutos, llega. Los de
adelante cierran filas, obstruyen con sus cuerpos el acceso a los escalones del
micro para que el despreocupado no pueda colarse, hago lo mismo y no lo dejo
subir antes de mí, la chica de atrás no hace lo mismo y se cuela. De haber
hecho la fila, estaría detrás de ella. No ganó mucho, adelantó solo un casillero.
El colectivo engulle toda la cola. En la parada del obelisco hay tanta o más
gente que en la nuestra. La mitad queda abajo. No hace más paradas porque no
hay más lugar. En el camino nos olvidamos de la espera. Hasta la próxima vez.
Sumi Jo canta Simple Song 3 de David Lang. Canción de la película La juventud de Paolo Sorrentino nominada para el Óscar. (La canción, no la película, fue nominada para el Óscar). En la película el personaje de Paul Dano le dice al de Michael Caine, que en la ficción es un compositor y el autor de la canción, que a pesar de todas las cosas maravillosas que compuso son estas canciones simples las que más lo identifican. Después un niño le dirá que no solo son simples sino muy hermosas. Aquí y allá un emisario de la reina de Inglaterra procurará convencer al personaje de Michael Caine de que las dirija en una gala. En algún momento Caine dirá que tienen dueña. En el film se dice también que el personaje de Michael Caine anduvo de parranda con Stravinsky. Un crítico de The Guardian dice que en realidad esta canción simple le debe más a Britten que a Stravinsky. No sé tanto de música para discutirlo o refrendarlo. Lo digo porque lo leí. No importa, la canción es hermosa (o a mí así me lo parece).