viernes, 20 de marzo de 2026

Lecturas 2026 - Hoy: Me desperté temprano y saqué al perro


 

Y entonces llegué al cuarto libro de Kate Atkinson, protagonizado por el expolicía, ¿exdetective privado? Jackson Brodie.

 

El título parece fáctico, "Me desperté temprano y saqué al perro", pero en realidad es la primera línea de un poema de Emily Dickinson.

 

Los poetas tienen unas mentes singulares, y en singularidades y peculiaridades la Dickinson es soberana. ¿De dónde saca esas metáforas?, se preguntará por ahí Jackson y todos asentiremos.

 

El libro se cierra también con otro poema de la Dickinson, aquel de "Esperanza es algo con plumas"

 

Volviendo a Atkinson, como ya es su marca, juega con las habitualidades de los policiales y las regenera. Aquí hay tres hilos de historias que maneja paralelamente hasta que las junta.

 

Todo transcurre en Leeds y adyacencias. Ahí llegó un itinerante Jackson Brodie que anda un poco de turismo y un poco buscando donde sentar un hogar.

 

Lo trae también a Leeds una averiguación que no pudo rechazar, una tal Hope desde Australia le pidió que descubra quienes son sus padres biológicos, misterio que sus padres adoptivos no supieron develar, le contaron una historia que no se sostuvo cuando pidió la partida de nacimiento.

 

Lo que Hope necesita saber se supone algo sencillo para un detective. Aunque nada es fácil en un policial. ¿Hope fue secuestrada, "entregada" en adopción por policías que interpretan la ley según les convenga y, hoy como ayer, no quieren que se los exponga?

 

Estas inquisiciones involucrarán más temprano que tarde a la policía jubilada, Tracy Waterhouse, una mujerona tan grandota como sensible, que tiene ahora a su cargo la seguridad de un shopping. Tracy hizo un balance de su vida y le dio negativo. (En las novelas de Atkinson, como en la vida, bah, los mortales comunes que no tienen mucha suerte, viven como les sale)

 

No haber forjado una familia es uno de sus déficits y una tarde que ve en el shopping a una puta, que conoció cuando era policía, arrastrar de mala manera a una nena de 4 años, la encara y se la "compra". Anda embilletada, porque justo esa mañana había ido al banco a sacar una plata que le debía al albañil que le estaba haciendo unos trabajos, así que ahora usa ese dinero, convenientemente fajado y ensobrado, para pagar por la niña.

 

Ahora bien, ¿es la nena hija de la puta o esta solo la estaba cuidando, si es así, qué origen tiene la nena, la mafia, el narco, la trata de blancas?

 

El tercer hilo de la trama gira alrededor de vida y obra de Matilda Squires, Tilly para los amigos, una actriz septuagenaria que anda por los albores de una senilidad galopante.

 

Solo al final, sabremos por qué Tilly está en esta novela. Mientras tanto el por qué no nos pesará porque Tilly tiene una vida apasionante como para una miniserie de 8 episodios.

 

Los tres hilos son espejos que reflejan problemas y urgencias de niños en peligro. Cada historia viene con sus protagonistas y sus secundarios y sus terciarios, todos muy atractivos.

 

Y para que el título no sea metafórico, Jackson Brodie se agencia de un cachorro, inolvidable la forma que llega a su vida y lo hace quedar, viene con una chapa que dice Embajador, no creo que siga con ese nombre. Y será también inolvidable cuando el perrito le salve la vida.

 

En lo personal, recordaré siempre este libro, creo, porque cuando promediaba la lectura, me devastó la noticia de una muerte cercana. Y en la impotencia de ser un deudo lejano, en la geografía al menos, me aferré a terminarlo para amenguar el dolor. Y el libro se la bancó. Gracias, Brodie. Gracias, Atkinson.

Gustavo Monteros


viernes, 13 de marzo de 2026

Lecturas 2026 - Hoy: Esperando noticias de Kate Atkinson


 

Y ya voy por el tercer libro protagonizado por el expolicía, exinvestigador Jackson Brodie, "Esperando noticias" y su autora, Kate Atkinson, sigue cumpliendo con su parte del contrato: atraparme, entretenerme, dejarme con ganas de más.

 

Le gusta distinguirse de los demás autores policiales, jugar con las tramas y las formas. Aquí parece, al menos en el comienzo, que va a cumplir con las normas clásicas. El primer capítulo es el relato de un crimen.

 

Es verano, por una campiña inglesa apartada, una mujer joven empuja un cochecito donde va un bebé que no cumplió todavía los 2 años, la acompañan sus dos hijas mayores de 8 y 6 años, y cierra la fila un perro juguetón. De repente, un loco malo con un cuchillo los ataca y mata a todos, menos a la hija de 6 que logra esconderse en un trigal cercano.

 

Pasan 30 años, estamos en Edimburgo, y la nena que escapó es ahora una médica con un bebé. Tiene la edad que tenía su madre cuando la mataron y su bebé, la edad de su hermanito.

 

El asesino cumplió la condena y saldrá libre. La policía que le avisa sobre la salida de su victimario tiene en sus manos otro caso con otro loco, un padre divorciado que no acepta que sus hijos no estén con él, y que en la fiesta de cumpleaños de su hija (hay también un hijo) mató a su exsuegra, a su excuñada y a la madre de un chico invitado a la fiesta. En realidad, iba a matar a su exmujer y a sus dos hijos. Este desquiciado logró escapar, la inspectora del caso cree que volverá a atacar, algunos colegas creen que no.

 

Un accidente hará que Jackson Brodie se involucre en el caso de la médica y su bebé.

 

El secreto de los policiales (o de todos los libros, en realidad) es crear personajes interesantes, con los que nos identifiquemos, o que nos importen, o a los que nos guste odiar, que no nos sean indiferentes para nada y nos hagan dar vueltas las páginas y seguir leyendo. En teoría parece sencillo, en la práctica no siempre es un propósito que se consigue. La Atkinson sabe hacerlo.

 

Aquí, como en las noveles anteriores, hay una galería de personajes a cuál más atractivo, pero dos se llevan los laureles. La médica superviviente del crimen inicial y la adolescente que la ayuda con el bebé, que se llama Reggie, aquí diminutivo de Regina.

 

Nombre más que apropiado porque esta huérfana, menuda, que parece tener menos de los 16 que tiene, es una reina guerrera que se impone a una realidad que le es cruel, a su favor tiene un don, que aprovecha y expande con estudio y dedicación, una inteligencia feroz. Don que le garantiza tener humor, porque el humor es inteligencia en uso o en acción.

 

En un momento, la policía, medio enamorada de nuestro Jackson, recientemente casada evoca lo siguiente: "Recordaba una balada o un poema ambientado en una época lejana, en que se celebraba una boda en una gran casa y todos los invitados jugaban al escondite como parte de la fiesta (imagínate algo así ahora). La recién casada se había escondido en un enorme baúl, en una parte recóndita de la casa donde a nadie se le ocurrió buscarla. La tapa del baúl tenía un muelle oculto y solo podía abrirse desde fuera; la joven se asfixió allí dentro antes de haber pasado siquiera la noche de bodas. Encontraron su esqueleto años después, ataviado con el traje de novia. Enterrada viva, pero algunas relaciones eran también así. Quién sabía, a lo mejor a la pobre novia le había ido mejor muerta. Alison Needler decía que su exmarido la habría tenido «encerrada en una caja de haber podido». «La novia de Mistletoe», así se llamaba el poema. Si esperabas el tiempo suficiente, tu memoria venía a tu encuentro. Un día dejaría de hacerlo."

 

Esta mención activó mi memoria, pero la novia no se ocultaba en un baúl sino en un banco de jardín veneciano, y así me devolvió el argumento del cuento largo de Beatriz Guido que sería la base de la última película de Leopoldo Torre Nilsson: "Piedra libre".

 

Entonces es verdad lo que se dice: los amigos se van, los amores se pierden o se acaban, la salud te hace largar el tabaco y el alcohol, pero leer es un placer que no se va, no se pierde, no se acaba y que nada te hace largar.

Gustavo Monteros

viernes, 6 de marzo de 2026

Lecturas 2026 - Hoy: Mashenka de Vladimir Nabokov


 

Si quiero hacer bien los deberes y leer las 6 novelas de Kate Atkinson protagonizadas por Jackson Brodie y las tres primeras de Vladimir Nabokov, cronológica pero no sucesivamente, tengo que leer dos de Atkinson/Brodie, intercalar con una de Nabokov, y repetir el ciclo hasta terminar.

 

Leídos (con sumo placer) los dos primeros Atkinson/Brodie, me toca el primer Nabokov. Se llama "Mashenka" y transcurre en el año en que fue escrita o sea 1926.

 

Sucede en una pensión en Berlín. Ya me predispone bien, después de "Rosaura a las 10" de Marco Denevi, me gustan las novelas que pasan en pensiones. Nunca viví en una, pero hay una intimidad forzada cuando se comparten comidas, baños, llaves, horarios y a veces hasta cuartos. Tienen, diríamos, una promiscuidad emocional.

 

A esta la regentea una señora ya mayor, Lydia Nikolaevna, que al quedar viuda, para vivir con desahogo, transforma la holgura de su piso en pensión.

 

Sus pensionados son Podtyagin, un viejo poeta, Alfyorov, un matemático que se gana la vida como contable, Klara, una joven de veintiséis años, que es mecanógrafa, Gornotsuetoy y Kolin, jóvenes bailarines y Lev Glebovich, Ganin para los amigos, escritor en ciernes, a través del cual se narra la historia.

 

Todos exiliados de la vieja Madre Rusia. Lydia ya estaba en Berlín desde mucho antes de la Revolución, pero al llegar a su viudez comprendió que ya no podía volver. A los demás los corrió el bolcheviquismo.

 

Y si cada persona es un mundo, estos de puro rusos, son como un universo. Alfyorov, un cuarentón (o sea para la época un vejestorio matusalémico) espera con ansía la llegada de su esposa, Mary, que por unas fotos, nuestro protagonista descubre que no es otra que su Machenka, su primer amor y su iniciación sexual.

 

Detalle llamativo. Gornotsuetoy y Kolin son muy queer. Se maquillan, juegan con lo andrógino y Kolin coquetea abiertamente con Ganin, pero al revés del uso y costumbre de la época en que los personajes homosexuales eran tratados con crueldad y mofa, estos están retratados con ternura y simpatía y sin una sola nota escandalizada.

 

Y como Nabokov era un novelista natural no parece ni ahí una primera novela. Es que, al ser un narrador nato, no tiene nada que aprender, solo desarrollar. Tenía 27 años al escribirla.

 

Y si en su "Habla, memoria", las descripciones llegaron a insuflarme la paciencia, aquí tienen un lugar lógico y ¡breve!

 

Es más, me gustaron mucho, tanto que cito una: "Aquella noche, como todas las noches, un viejecito envuelto en una capa negra avanzaba lentamente por la acera de la larga y desierta avenida, golpeando el asfalto con el pincho en que terminaba su bastón, mientras buscaba colillas de cigarrillo —de papel o con boquilla dorada o de corcho— y medio deshechas colillas de cigarro. De vez en cuando, bramando como un ciervo, pasaba veloz un automóvil, o bien ocurría algo en que las gentes que caminan por la ciudad nunca se fijan: una estrella, más rápida que el pensamiento, y más silenciosa que una lágrima, cruzaba el firmamento. Más espIendentes y más alegres que las estreIIas, eran las letras de fuego que surgían una tras otra sobre un negro tejado, desfilando en fila india, y se desvanecían de repente en las tinieblas. (…) Y en esas calles, ahora tan anchas como brillantes mares negros, a última hora de la noche, cuando la última cervecería ha cerrado sus puertas, un ruso abandona el sueño y, sin sombrero ni chaqueta, cubierto con un viejo impermeable, pasea como en trance de vidente. Y a esta hora tardía, por esas anchas calles pasaban mundos absolutamente ajenos entre sí: un juerguista sin juerga, una mujer, o simplemente un caminante, cada cual un mundo aislado, y cada cual un todo de maravillas y desdichas. Cinco viejos carruajes de caballos aguardaban en la avenida junto a la voluminosa forma, con estructura de tambor, de un pissoir: cinco adormilados, cálidos y grises mundos con uniforme de cochero, y cinco otros mundos sobre doloridos cascos, dormidos y sin soñar en otra cosa que en avena escapando por el roto de un saco, con suave sonido de caída.

En momentos como éste todo adquiere naturaleza fabulosa, todo se convierte en insondablemente problema y la vida parece terrorífica, en tanto que la muerte es todavía peor. Y entonces, mientras uno camina deprisa por la ciudad nocturna, mirando las luces a través de las lágrimas y buscando en ellas gloriosos y deslumbrantes recuerdos de pasada felicidad —un rostro de mujer, que surge del fondo de muchos años de olvido—, de repente, en nuestro loco avance, nos detiene cortésmente un peatón y nos pregunta el camino para llegar a tal o cual calle, nos lo pregunta en voz normal, pero en una voz que nunca más volveremos a oír."

 

No se lo digan a nadie, en realidad me gustó mucho porque me hizo recordar este poema de Oliverio Girondo: "Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana. Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas. Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.

¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?

Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes.

A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.

Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.

¡Silencio! —grillo afónico que nos mete en el oído—. ¡Cantar de las canillas mal cerradas! —único grillo que le conviene a la ciudad—." (Nocturno, 1922)

Gustavo Monteros