El
paso del tiempo es difícil para todos. Y quizás lo es más para los que viven de
su imagen, como los actores. Hugh Grant encara (suponemos que con la gracia y
elegancia que lo caracteriza) la transición de galán a parte estelar del
ensamble. Michael Caine en su autobiografía relata con amargo humor ese
trascendente momento. Cuenta que recibió comme d’habitude un guión en el que se
le especificaba que su personaje era Mark. Comienza a leerlo y ve que Mark no
aparece hasta la página 56 y que no es el protagonista, supongamos, un seductor
ladrón de guante blanco que concita el interés de todas las chicas de la trama,
sino un maduro magnate que en apariencia es burlado aunque luego se descubre
que no. Llama a su agente para preguntarle si se trata de un error. El agente después
de una elocuente pausa le dice que no. Michael no haría esa película pero
comprendería que si bien se sentía joven todavía, los productores, los
directores, el público ya no lo veían así. Duro golpe, parecido al que debe
asimilar Goldie Hawn en El club de las
divorciadas cuando no le ofrecen el rol de Monique sino el de la madre de
Monique y dice una de las líneas más felices e inolvidables de su trayectoria:
I’m Monique’s mother! (de donde puede deducirse que en la comedia situación y
personaje son tan importantes como el ingenio, ya que la línea es llana pero de
devastador efecto cómico).
Volviendo
a Hugh Grant, digamos que acaba de filmar dos películas que grafican la
transición de la que hablábamos. En la primera The rewrite de Marc Lawrence (que ya lo dirigiera en Amor a segunda vista, 2002, Letra y música, 2007 y ¿Dónde están los Morgan?, 2009) Hugh
sigue siendo el protagonista romántico. En la segunda, en cambio, El agente de CIPOL de Guy Ritchie, no es
ni Napoleón Solo ni Illya Kuryakin sino Waverly, el jefe, que en la recordada
serie era interpretado por el “viejo” Leo G Carroll.
Aún
es demasiado pronto para saber si sus días de galán terminaron, lo indiscutible
es que declinan. Bien podemos, entonces, repasarlos mientras le rendimos
homenaje.
No
nació protagonista, se hizo. Comenzó desde abajo haciéndose notar en Pasión incontrolable (White mischief, Michael Radford, 1987), Maurice (James Ivory, 1987), La guarida del gusano blanco (Ken
Russell, 1988), Impromptu (James
Lapine, 1991), Nuestros hijos (TV
film, John Erman, 1991). A su favor tenía rasgos parejos y luminosos, una
fotogenia verificable y ningún parentesco aunque el mismo apellido de una de
las figuras más rutilantes del cine: el inmenso Cary. (En realidad el apellido verdadero de Cary era Leach, en cambio el de Hugh es Grant). Alternó secundarios: Lo que queda del día (James Ivory, 1993)
con estelares: Champagne Charlie
(miniserie, Allan Eastman, 1989), Perversa
luna de hiel (Roman Polansky, 1992), Sirenas
(John Duigan, 1993), pero su protagonismo no se cimentó hasta que no se tropezó
con Cuatro bodas y un funeral (Mike
Newell, 1994), comedia hoy clásica que lo catapultó al estrellato mundial
absoluto. Y esculpió de paso su mejor perfil: el del galán infalible.
Aquí
y allá intentó ampliar su registro: Restauración
(Michael Hoffman, 1995), Medidas extremas,
(Michael Apted, 1996), Mickey Blue Eyes
(Kelly Makin, 1999), Ladrones de medio
pelo (Woody Allen, 2000), El diario
de Bridget Jones (Sharon Maguire, 2001), Un gran chico (About a boy,
Chris y Paul Weitz, 2002), American
dreamz (Paul Weitz, 2006), ¿Y… dónde están los Morgan? (Marc Lawrence,
2009), Cloud Atlas: La red invisible
(Tom Tykwer, Andy Wachowski y Lana Wachowski , 2012) sin embargo, es en la
comedia o drama romántico donde brilla sin par.
Como
se dice, en la comedia o el drama romántico, sean buenos, regulares o malos,
para amplificar sus logros o atenuar sus fallos, es imprescindible que entre
sus protagonistas se dé la tan mentada “química”. Y quizá por la formación
actoral inglesa que le otorga la misma prioridad a la elaboración de los
personajes que a las relaciones que se establecen entre ellos (hasta el híper
egocéntrico Hamlet no actúa solo, los
actores británicos saben en los huesos que actuar es, como en el fútbol, más
allá de los destellos de talento personal, cosa de equipo) Hugh Grant se tomó
la molestia de “amar” a todas las damas que tuvo en frente y tiene hoy una
envidiable foja de servicios.
Nadie
“amó” mejor que Hugh Grant a Julia Roberts (Notting
Hill, Roger Michell, 1999), Drew Barrymore (Letra y música, Marc Lawrence, 2007), Julianne Moore (Nueve meses, Chris Columbus, 1995),
Sandra Bullock (Amor a segunda vista,
Marc Lawrence, 2002), Tara Fitzgerald (El
inglés que subió una colina, pero bajó una montaña, Christopher Monger,
1995), Martine McCutcheon (Realmente amor,
Richard Curtis, 2003), Emma Thompson (Sensatez
y sentimientos, Ang Lee, 1995), Andie MacDowell (Cuatro bodas y un funeral, Mike Newell, 1994).
No
con todas se llevó bien cuando la cámara estaba apagada, no hay nadie más
inseguro que una actriz joven que debe ser hermosa, elegante, brillante y
única. (Está bien, trabajar en educación es peor, pero a cada cual lo suyo). No
obstante en pantalla no permitió que se filtrara desavenencia alguna.
Amar,
en el fondo, es un trabajo y Hugh es un gran trabajador (bah, el primer trabajador).
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