viernes, 20 de febrero de 2026

Lecturas 2026 - Hoy: Habla, memoria de Vladimir Nabokov


 He visto tantas películas basadas en ficciones de Nabokov que siento que estoy en deuda, que alguna vez debería adentrarme de primera mano en su literatura.

 

En los lejanos tiempos de mi adolescencia leí "Lolita". Con la temeridad de esa edad, me pareció que el aura de escándalo que la perseguía era exagerado e hipócrita. Por entonces triunfaba una película que enamoraba a todos y no escandalizaba a nadie: "Verano del 42", historia de una iniciación sexual de un púber por parte de una treintañera. La polémica que yo quería crear entre ambas era falsa.

 

"Lolita" es sobre la precocidad sexual y el uso rapaz que puede hacerse de la misma. "Verano del 42" es sobre una iniciación sexual, justificada melodramáticamente.

 

La mujer al enterarse de que su marido había muerto en la guerra, cambia por un rato su duelo por sexo, triunfo de la pulsión de vida que le dicen.

 

"Lolita" no es un melodrama, es una novela de ideas que expone la explotación que puede dársele a la precocidad sexual, a la vez que ataca las hipocresías con que se revisten las verdades que no quieren verse.

 

Ahora Nabokov me atacaba de nuevo. Me dispongo a leer el primer libro de memorias de Alan Alda, "No embalsames a tu perro" y la contratapa me dice que el estilo remite a Nabokov y su "Habla, memoria".

 

Decido alternar la lectura de los distintos capítulos del libro de Alda con los de otro libro de memorias, el de la actriz Illeana Douglas, "Dennis Hopper tiene la culpa y otras historias". En el prólogo me cuenta que su narración, por consejo de Mike Nichols, puede remitir a Nabokov y su "Habla, memoria".

 

Entonces dejo los dos libros, el de Alda y el de Douglas y me pongo a leer "Habla, memoria" de Vladimir Nabokov.

 

A mitad del primer capítulo quiero revolearlo contra la pared. Está tan lleno de descripciones minuciosas que me aburre. Es un temita que tengo, las descripciones lentas y elaboradas y detalladas y exhaustivas me aburren soberanamente.

 

No digo que todos deban escribir como Hemingway, pero hacer de cada cuarto un inventario abarcador, con hasta las manchas del picaporte y las telarañas pegados a los marcos de los cuadros, tampoco.

 

Nabokov reconoce que su memoria es prodigiosa, que con ponerse a evocar, puede recordar hasta lo más insignificante. No sé si creerle o atribuir su intención a su condición de exiliado.

 

Pertenecía a una familia rica y aristocrática de la Rusia zarista, de la que debió huir apenas iniciada la revolución. De ahí que la prodigalidad de los detalles quizá sea una idealización de lo que cree recordar.

 

Evito entrar en esa discusión con Nabokov y aceptar lo que él dice. Me tomo con paciencia la catarata de detalles y confío en que en algún momento, más tarde que temprano, llegará a la narración de hechos.

 

Y cuando lo hace, me gana. No al divino botón es uno de los mejores autores del siglo XX. No sin dificultad, con una mezcla de gusto y displacer, termino el libro. Me costó, pero la balanza se inclina para el lado de que valió la pena.

 

Me propongo leer en orden cronológico sus primeras tres novelas. Ojalá cumpla, por ahora me tomo un recreo con las novelas de Kate Atkinson para reponerme.

Gustavo Monteros


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