He visto tantas películas basadas en ficciones de Nabokov que siento que estoy en deuda, que alguna vez debería adentrarme de primera mano en su literatura.
En los
lejanos tiempos de mi adolescencia leí "Lolita". Con la temeridad de
esa edad, me pareció que el aura de escándalo que la perseguía era exagerado e
hipócrita. Por entonces triunfaba una película que enamoraba a todos y no
escandalizaba a nadie: "Verano del 42", historia de una iniciación
sexual de un púber por parte de una treintañera. La polémica que yo quería
crear entre ambas era falsa.
"Lolita"
es sobre la precocidad sexual y el uso rapaz que puede hacerse de la misma.
"Verano del 42" es sobre una iniciación sexual, justificada
melodramáticamente.
La mujer al
enterarse de que su marido había muerto en la guerra, cambia por un rato su
duelo por sexo, triunfo de la pulsión de vida que le dicen.
"Lolita"
no es un melodrama, es una novela de ideas que expone la explotación que puede
dársele a la precocidad sexual, a la vez que ataca las hipocresías con que se
revisten las verdades que no quieren verse.
Ahora
Nabokov me atacaba de nuevo. Me dispongo a leer el primer libro de memorias de
Alan Alda, "No embalsames a tu perro" y la contratapa me dice que el
estilo remite a Nabokov y su "Habla, memoria".
Decido
alternar la lectura de los distintos capítulos del libro de Alda con los de
otro libro de memorias, el de la actriz Illeana Douglas, "Dennis Hopper
tiene la culpa y otras historias". En el prólogo me cuenta que su
narración, por consejo de Mike Nichols, puede remitir a Nabokov y su
"Habla, memoria".
Entonces
dejo los dos libros, el de Alda y el de Douglas y me pongo a leer "Habla,
memoria" de Vladimir Nabokov.
A mitad del
primer capítulo quiero revolearlo contra la pared. Está tan lleno de
descripciones minuciosas que me aburre. Es un temita que tengo, las
descripciones lentas y elaboradas y detalladas y exhaustivas me aburren
soberanamente.
No digo que
todos deban escribir como Hemingway, pero hacer de cada cuarto un inventario
abarcador, con hasta las manchas del picaporte y las telarañas pegados a los
marcos de los cuadros, tampoco.
Nabokov
reconoce que su memoria es prodigiosa, que con ponerse a evocar, puede recordar
hasta lo más insignificante. No sé si creerle o atribuir su intención a su
condición de exiliado.
Pertenecía a
una familia rica y aristocrática de la Rusia zarista, de la que debió huir
apenas iniciada la revolución. De ahí que la prodigalidad de los detalles quizá
sea una idealización de lo que cree recordar.
Evito entrar
en esa discusión con Nabokov y aceptar lo que él dice. Me tomo con paciencia la
catarata de detalles y confío en que en algún momento, más tarde que temprano,
llegará a la narración de hechos.
Y cuando lo
hace, me gana. No al divino botón es uno de los mejores autores del siglo XX.
No sin dificultad, con una mezcla de gusto y displacer, termino el libro. Me
costó, pero la balanza se inclina para el lado de que valió la pena.
Me propongo
leer en orden cronológico sus primeras tres novelas. Ojalá cumpla, por ahora me
tomo un recreo con las novelas de Kate Atkinson para reponerme.
Gustavo
Monteros

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